09 noviembre, 2020

El Coliseo en llamas.

 En nuestra anterior entrega, comentábamos detalles biográficos sobre la actriz metida a monja Rosa Pérez y de pasada, aludíamos la situación anómala que vivió el teatro en Sevilla durante los siglos XVII y XVIII; durante mucho tiempo, los sevillanos hicieron gala de una enorme afición a los escenarios, sobre todo a las comedias, destacando incluso la presencia de Lope de Vega durante un tiempo en nuestra ciudad o con anterioridad la muy estimada labor como comediante del hispalense Lope de Rueda, autor de infinidad de entremeses o farsas y considerado como el primer actor profesional español de todos los tiempos. 


 ¿A qué teatros se podía acudir a presenciar representaciones? Durante mucho tiempo, fue famoso el llamado Corral de la Montería (1626-1679), ubicado en los Reales Alcázares bajo los auspicios del Conde Duque de Olivares y que gozó de merecida fama por su planta elíptica y el amplio aforo y comodidades con que contó. Un desgraciado incendio lo destruyó en 1692 en plena etapa de prohibición de las representaciones teatrales, por lo que no hubo interés en reedificarlo. Otro corral destacable en grado sumo fue el llamado de Doña Elvira, construido en la antigua Judería en terrenos de los Condes de Gelves y que desapareció "engullido" por la construcción del Hospital de Venerables Sacerdotes en 1632.

Por último, y es el que en esta ocasión centrará nuestro interés, habrá uno situado en la actual calle Alcázares, ejemplo de cómo las autoridades utilizaron el teatro no sólo como entretenimiento para el pueblo, sino para obtener beneficios económicos como veremos a continuación. En 1608 el consistorio de la ciudad hallábase en dificultades económicas; para salir del atolladero, el cabildo sevillano, sabedor de la afición al arte drámatico de muchos, decidió y aprobó la construcción de sendos teatros, para con sus ingresos aumentar los ingresos y sanar las maltrechas arcas municipales. Uno de esos teatros será el de Doña Elvira ya comentado, y el otro en el llamado Corral de los Alcaldes en la collación de San Pedro, que con el tiempo será denominado Corral del Coliseo. 

 

El ayuntamiento buscó también dos modos de conseguir beneficios económicos en ambos teatros, por un lado, con el cobro de la cantidad de ocho maravedís en concepto de entrada para el público, por otro, arrendando la gestión del escenario a comediantes (en el mejor sentido de la palabra) como los conocidos entonces Diego Almonacid, padre e hijo. El corral del Coliseo será alquilado a éste por seis años previo pago de 3.250 ducados anuales, reservándose además el consistorio la gestión particular de catorce "aposentos" (palcos, para entendernos). 

 


 Será Juan de Oviedo el encargado de poner en marcha las obras del corral, con varios detalles, descubiertos por Sanchez- Arjona: a un tal Diego del Valle, maestro ensamblador, se le encargó la hechura de 250 sillas de respaldo y 50 taburetes con asientos y respaldos de cuero por importe de 5.450 reales, lo que da idea aproximada del aforo de público sentado, aunque no podemos olvidar que no eran pocos los que presenciaban las representaciones de pie. Además, como quiera que las obras de los vestuarios para los actores habían perjudicado un muro perteneciente a la casa palacio de los marqueses de Ayamonte, se acordó en compensación que éstos tuviran un palco con caracter permanente, contando incluso con su propio acceso desde su vivienda. 

 


 El ambiente en estos corrales no es difícil de imaginar: al igual que hombres y mujeres se hallaban separados, (aquellas en la denominada "cazuela" o palco reservado para ellas) también era posible que en cualquier momento surgiera una riña que terminase en duelo a espadas, que abundasen los aguadores y vendedores ambulantes de frutas secas, dulces, aloja o vino o que estudiantes y gentes de mal vivir intentasen "colarse" en el recinto sin abonar la entrada dando lugar a no pocas trifulcas. Si a ello unimos el olor de los candiles o de la cera de las velas (y el olor a "humanidad", no lo olvidemos), la música o el griterío, no es de extrañar que el parecido con una representación de nuestros días sea casi mera coincidencia. 

Durante años, el Corral del Coliseo se convirtió en la referencia para los aficionados a la farsa, a la comedia, a los entremeses; en él se pusieron en escena obras de los más afamados autores, cosechando triunfos y fracasos, logrando aplausos o abucheos.  

  JUAN-RANA-CORRAL-DE-COMEDIAS-1

 A lo largo de su existencia, el teatro que comentamos sufrió también diversas desgracias en forma de incendio, cosa habitual por otra parte dados los materiales inflamables (telas, maderas, papel...) que se utilizaban en el escenario y la iluminación a base de candilejas o bujías en el proscenio o entre bastidores.

Así, llegamos al meollo de la cuestión. El jueves 23 de julio de 1620, a las ocho de la tarde, finalizando el último acto de la obra "El Rey de los Desiertos" por la compañía de Ortiz y los Valencianos, una vela prendió fuego a unas ramas, pasando las llamas rápidamente al resto de los decorados y de ahí a la techumbre y viguería de maderas, prendiendo y cayendo sobre el aterrorizado público. Podemos imaginarnos el humo, la confusión y los gritos de terror, constatándose muchos más daños por la avalancha humana deseosa de abandonar el corral que por el efecto de las propias llamas. El cronista Joaquín Guichot, allá por el siglo XIX, relataba cómo incluso hubo "amigos de lo ajeno" que aprovechando el tumulto hicieron su agosto sustrayendo joyas y bolsas a no pocas víctimas y heridos en vez de socorrerlos. 

 

 El Asistente, conde de Peñaranda, acudió rápido con los socorros necesarios, derribándose dos casas fronteras al foco del incendio para prevenir que éste se extendiera por toda la manzana de casas. Poco quedó del teatro salvo sus cuatro paredes, el fuego permaneció activo hasta las tres de la mañana. Jesuitas de la cercana Casa Profesa y dominicos del convento de Regina dieron los últimos auxilios espirituales a las 16 víctimas mortales. Del cuadro de actores todos se salvaron, excepción hecha del que hacía de la figura del ángel, que se chamuscó todo y del actor que interpretaba a San Onofre quien vió como sus ropas ardían completamente hasta dejarlo casi desnudo, cubriéndose con una mata de yedra por paños menores, de esta guisa corrió hasta su casa, perseguido por un grupo de muchachos, regocijados por la desgracia ajena. Tres niños quedaron huérfanos, pregonándose sus circunstancias ya que eran tan pequeños que no daban razón de sus padres. 

Poco a poco, el Corral del Coliseo resurgió de sus cenizas, volviendo a abrir sus puertas, aunque en 1659 se volvió a repetir el suceso y las llamas dañaron seriamente el teatro. Finalmente, en 1679, la autoridad eclesiástica, el arzobispo Ambrosio Spínola, a instancias del predicador Tirso González (quien afirmaba que "no entraría la peste en Sevilla si se desterrasen las comedias") y de Miguel de Mañara, rogó al Cabildo de la Ciudad que prohibiera las representaciones teatrales, prohibición que se logró y se mantuvo por muchos años. 


 Del primitivo corral de comedias de la calle Alcázares subsiste en la actualidad el edificio, bastante reformado, y convertido en viviendas tras una profunda restauración, en su interior, si algún lector accede franqueando sus puertas, parecen aún flotar los ecos de las representaciones, el murmullo del público, los pregones de los vendedores, el ambiente, en una palabra, que rodea al mundo del teatro...

Obras de rehabilitación
 en el Corral del Coliseo. 1983.

Cartel publicitario anunciado una función teatral, Archivo Municipal de Sevilla. "Vallejo y Acasio representan sus famosas fiestas "Oi" miércoles en Doña Elvira a las dos. 1619.


 







01 noviembre, 2020

Entre bastidores


No hace mucho, nos llegó a través de nuestro numerosísimo equipo de bibliotecarios, archiveros y documentalistas, una historia que en principio no transcurría en Sevilla, sino en el dorado Hollywood de los años cincuenta, pero que luego nos hizo descubrir un relato casi gemelo, pero con acento hispalense.


Como se suele decir, principio quieren las cosas; en 1957, el rey del Rock Elvis Presley se estrenaba en una película titulada “Loving You”, en la que debutó en un papel secundario una joven actriz de apenas diecinueve años: Dolores Hart, aunque su apellido real fuera Hicks. Hija de actores y nieta incluso de un empleado de una sala proyección, no es de extrañar que pronto se decantase por la carrera cinematográfica, logrando diferentes papeles secundarios hasta su debut final como primera protagonista en 1960. De indudable belleza, a partir de ahí alcanzó importantes cotas en el teatro en Brodway (nominada a algún premio, incluso) y compartió reparto con actores tan importantes como Robert Wagner, Montgomery Clift o George Hamilton, por citar algunos aparte del propio Presley, con quien volvería a coincidir en otro film. Tenía una legión de admiradores, todo estaba a su favor...

Lo que son las cosas, algunos especialistas sostienen que si hubo un papel que marcó el destino de nuestra actriz fue el de Santa Clara en la película “San Francisco de Asís” (1961), dirigida por Michael Curtiz; al poco de estrenarse, y ante la sorpresa de muchos, Dolores Hart rompió su compromiso matrimonial y decidió ingresar en la rama femenina de la orden benedictina, profesando como novicia en el monasterio de Regina Laudis en Bethlem (Conneticut) y llegando a ser su abadesa entre 2001 y 2015. Todavía continúa allí su vida contemplativa y de oración, concediendo entrevistas y publicando su biografía. Como curiosidad, en la actualidad es la única monja con derecho a voto en la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas a la hora de conceder los premios “Oscar”. 

 

 


Cambiemos de escenario.


Estamos en la Sevilla del siglo XVIII, donde el teatro venía padeciendo innumerables tribulaciones, enmedio de agrias polémicas entre los Ilustrados, como Pablo de Olavide, que defendían a ultranza su utilidad pedagógica, y la Iglesia, que lo calificaba como algo casi corrupto por los abusos e incidentes indecorosos que ocurrían en las representaciones. De hecho, las representacions cómicas estuvieron ausentes de los teatros hispalenses durante muchísimos años, de manera que solo el “Bel Canto”, la ópera, pudo representarse en nuestra ciudad.

En el centro de aquella vorágine de pros y contras, surgió la figura de una actriz y cantante, Rosa Pérez, que logró sonados triunfos en los mejores teatros y que por su belleza y elegancia arrastraba tras de sí toda una legión de admiradores y pretendientes de la más variada condición, quien “bebía los vientos” por los favores de la artista y dió lugar, dicen, a no pocos episodios galantes y amorosos, dignos de novela de capa y espada. Dotada de una hermosa voz, su faceta dramática tampoco quedaba atrás, de manera que fue una destacada figura en el panorama escénico de finales del siglo.


En la cima de la fama, cuando todo el mundo se rendía a sus pies, Rosa Pérez, en un gesto que dejará pasmados a sus admiradores, decidirá ingresar como religiosa de clausura en el Convento de Santa María la Real, ubicado por aquel entonces en la calle San Vicente y ahora ocupado por los dominicos. La solemne ceremonia de profesión tuvo lugar el 2 de febrero de 1800 y a ella acudió lo más granado de la alta sociedad sevillana, en un acto religioso que reunió a no pocos “fans” (aunque la palabra no existiera entonces) de la intérprete, sin que a ciencia cierta trascendiera los motivos de tan súbita vocación religiosa y de tan ardientes deseor por retirarse de la vida de la farándula sustituyéndola por el claustro y el coro.


La nueva novicia, valga la redundancia, tomará el nombre de Sor Rosa de Jesús María si que se conozcan más detalles de su vida en el convento, aunque hay que resaltar que el día de su solemne toma de hábitos un anónimo admirador, que respondía a las iniciales “F. M. C.” publicó unas “aleluyas” o versos de alabanza en honor de la nueva religiosa y que fueron distribuidad entre quienes acudieron aquella mañana de febrero al convento dominico.


Rosa, sin duda que nacistes para aplausos:

los hombres admirastes:

al mundo con tu acento sorprendistes,

y elogios de las gentes escuchastes.

Desengañada, al claustro te vinistes

y aquí el reposo con placer hallastes;

hay siempre quien te aplauda con anhelo;

antes era la tierra, ahora es el cielo.

Canta Rosa, su voz tiene pendiente

un cúmulo de humanas atracciones

zozobrando en el rápido torrente

de aplauso general y aclamaciones.

Viénese al claustro, llora penitente

y al cielo le merece aceptaciones;

Rosa, tu suerte siempre la mejoras

feliz si cantas, más feliz si lloras.



26 octubre, 2020

Crimen en la Cartuja

 
 
 
Como probablemente sabrán muchos de los lectores de aquestos pliegos, el actual Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y antes Fábrica de Loza de Pickman, fue en sus orígenes un importante monasterio perteneciente a la orden cartuja, fundado a comienzos del siglo XV en el sitio denominado de Las Cuevas por el Cardenal Alonso de Mena, quien recurrirá al patrocinio de aristócratas locales para iniciar las obras del cenobio aunque no pueda verlo finalizado al fallecer en 1401 en Cantillana por una epidemia. A la fundación ayudaría no poco la aparición (milagrosa, dicen) en esos terrenos de una imagen de la Virgen de mucha antiguedad, y que daría nombre al Monasterio.


Poco a poco, Santa María de las Cuevas, nombre que recibiría una vez constituida la comunidad cartuja, fué convirtiéndose en uno de los conventos masculinos más importantes de Sevilla. Albergó en su interior la tumba de Cristóbal Colón, destacó por la riqueza de su patrimonio (allí recibió culto por vez primera el montañesino Cristo de la Clemencia) y por la abundancia de sus limosnas y comidas a los pobres, e incluso, con el tiempo, la figura de su Prior pasó a ser considerada como más que respetable y llena de prestigio, siempre tenida en cuenta en cuestiones de pleitos, pendencias o enfrentamientos, a manera de "pacificador", en unos tiempos, como veremos más que violentos. 
 
Tampoco podríamos olvidar la abundancia y fertilidad de sus tierras o su famoso "Jamón de la Cartuja" (mojama de atún, para entendernos) que era realizada en el monasterio con materia prima traída de almadrabas gaditanas, habida cuenta que los monjes tenían prohibido por regla el consumo de carnes; igualmente, era muy estimada la llamada "tortilla cartujana" que en tiempos decimonónicos pasó a llamarse "tortilla francesa",  receta "robada" por los invasores franceses del Mariscal Soult allá por comienzos del XIX.


http://www.museosdeandalucia.es/documents/1973906/50748270/Foto01.jpg/e9571a47-017c-4e4c-8edb-59149d28b11f?t=1557385631529

Un viajero alemán del siglo XV, Jerónimo Münzer,  daba estos detallados pormenores sobre la Cartuja de Sevilla: 
 
"Extramuros de Sevilla, al otro lado del Betis, y al occidente, hay un célebre monasterio de cartujos, llamado de Nuestra Señora de las Cuevas, cuya fábrica es verdaderamente admirable. Tiene un refectorio con mesas de mármol blanco, bellísima capilla, buenas celdas, con sus dormitorios, en un piso superior, y sus respectivos vestíbulos con mucho primor construidos; lindos jardines y uno amenísimo en el centro del edificio, plantado de jazmines y naranjos, en el que han hecho con arrayán caprichosas labores. Adyacentes al monasterio hay dos grandes huertas, regadas con el agua que dos mulas traen del río; crecen en aquel frondoso paraje cidros, naranjos, higueras, almendros, parras y perales, cuyos frutos aún pendían de los árboles. No vi nunca huertas cuidadas con tanto esmero. Los canales para el riego están perfectamente dispuestos. A los legos se les destina un lugar separado, así en los huertos y jardines como en las habitaciones, que son de selecta fábrica. Había entonces cuarenta padres, treinta legos, y un prior, venerable y de profunda doctrina." 
 
 

 
Como puede apreciarse, el escenario no podía ser más laborioso y bucólico, cercano a todo un remanso de paz y tranquilidad, ayudado por el proverbial silencio monacal estipulado para los hermanos cartujos, que hacen voto de silencio. 
 
Sin embargo, en el siglo XVII, la armonía y la tranquilidad del monasterio se vieron rotas por una serie de sucesos que casi podríamos poner a la altura de la famosa novela de El Nombre de la Rosa del italiano Umberto Eco. ¿Qué ocurrió?
 
Para narrar someramente aquellos acontecimientos aciagos (bien narrados por el Abad Gordillo y resumidos por José Santos Torres) tendríamos que trasladarnos al que se llamó "el año del diluvio", o lo que es lo mismo, 1626; ante las tremendas inundaciones provocadas por el Guadalquivir, el Prior Diego de Güelvar ordenó de manera imperiosa el traslado d una parte de la comunidad monacal a tierras más altas, a una finca de propiedad cartujana situada en Tomares, mientras que otra parte se distribuiría por otras cartujas andaluzas. Sin embargo, un grupo de monjes se opuso con tremenda tenacidad a estas medidas, figurando entre ellos el Padre Diácono Pedro Pabón, recién ordenado a la sazón, con apenas 21 años de edad y que a partir de entonces estableció un enconado enfrentamiento con el prior al negarle éste la ordenación sacerdotal tan ansiada por aquel. 
 
 
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/1/1b/San_Hugo_en_el_Refectorio.jpg/800px-San_Hugo_en_el_Refectorio.jpg
 
 
La situación se radicalizó al extremo de fugarse el Padre Pabón y llegar hasta Roma para implorar al Sumo Pontífice que se cumplieran sus deseos, consiguiendo del Padre General de la Orden un decreto que obligaba al Prior de las Cuevas a otorgarle las órdenes del presbiteriado, algo muy apreciado entre los cartujos. Con este documento en su poder, confiando plenamente en lograr sus propósitos, se produjo el regreso a Sevilla...
 
Nada más lejos de la realidad. En lo que sería un jarro de agua fría para las aspiraciones del diácono, el Prior siguió "en sus trece" negándose a la ordenación sacerdotal para mayor enojo del Padre Pabón, quien vio cómo 13 de diciembre de 1630 veía desvanecerse su sueño. Fue la gota que colmó el vaso. La pugna había alcanzado su punto culminante. Días después, la noche del 27 de diciembre, provisto de un cuchillo, el monje accedió a los aposentos del Prior y le asestó, cuentan las crónicas, seis puñaladas que lo hirieron de suma gravedad, dejándolo en un charco de sangre y muriendo al día siguiente de resultas de tan feroz y alevoso ataque. Para colmo de males, tres días después, en olor de santidad, fallecía Fray Acacio Carrilo, quien tras haber acudido en socorro del prior en el momento de la agresión sufrió una puñalada en el cuello por parte del asesino. 
 
 

 
 
Ni que decir tiene que el suceso corrió como la pólvora por plazas y mentideros de Sevilla; el escándalo y la estupefacción se adueñaron de los sevillanos que comprobaron, horrorizados, cómo una figura respetada como el mismísimo Prior de la Cartuja caía acuchillado y además por un miembro de su propia comunidad. No tardaron en sucederse visitas de enviados del Arzobispado a Las Cuevas a fin de interrogar al Padre Pavón, hallado en estado de "shock" en una celda abierta y que fue encadenado y puesto en reclusión tras confesar su delito al sucesor del Prior, el vicario Fray José Santa María. 
 
Condenado a muerte, dictada por los jueces eclesiásticos Sancho Noriega y Luis Venegas, provisor del Arzobispado, en la sentencia podía leerse: 
 
"Fallamos que debemos declarar y declaramos está probado bastantemente este delito. En consecuencia de lo cual, debemos condenarlo y condenamos al dicho don Pedro Pavón a que públicamente y en sitio y lugar del dicho convento de Santa María de las Cuevas, que para ello fuese escogido, en presencia de personas graves y calificadas de esta república, le sea dada una disciplina circular y luego le sea quitado el hábito de dicha sagrada orden de la Cartuja, que no ha merecido llevar, y la corona de religioso, y quedando en hábito clerical, conforme a sus órdenes de diácono, sea traído a las cárceles arzobispales, de donde sea sacado a un tablado o cadalso, que para ello se haga en la plazuela de la Casa Arzobispal, y así sea degradado públicamente." 
 
 
 
 
 
Rebajado de su estado religioso, lo siguiente habría sido sufrir la pena capital, pero tras un interminable periodo de apelaciones y súplicas, la sentencia de muerte, notificada al reo el 10 de marzo de 1631, nunca llegó a ejecutarse, siendo recluido en una celda de su antiguo monasterio con una estricta vida de penitencias y abstinencias (pan y vino tres días a la semana, cuentan) que lo llevaron a una permanente inestabilidad psiquiátrica. Convencidos los monjes de la locura de su ex compañero de orden, Pedro Pabón fue trasladado a otra zona del monasterio, donde poco a poco fue recuperando la cordura y terminando sus días, profundamente arrepentido de sus acciones, el 23 de junio de 1668. 

19 octubre, 2020

Isabel II en Itálica.

 Hace escasas fechas, aprovechando este otoño primaveral, acudimos en inmejorable compañía al conjunto monumetal de Itálica; como siempre, disfrutamos muchísimo de los restos romanos, fruto de las excavaciones realizadas allí desde el siglo XIX. A la entrada, como muchos recordarán, se encuentra una lápida de mármol donde aparecen los famosos versos de Rodrigo Caro (sobre 1595) que dan comienzo así:

Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora
Campos de soledad, mustio collado,
Fueron un tiempo Itálica
famosa;

Sin embargo, justo a su izquierda, desapercibida, existe otra lápida en la que se reseña la visita a Itálica de la reina Isabel II el 23 de septiembre de1862. ¿Por qué esa visita? ¿De qué modo se realizó?

 Nuestro habitual equipo de archiveros, documentalistas y bibliotecarios acudió en nuestra ayuda, siempre solícitos en todo lo que tenga que ver con la Historia y Sevilla, aunque esta vez los hechos tuvieron lugar en el término municipal de Santiponce; gracias a un texto que se conserva, obra del entonces cronista oficial de la ciudad, sabemos algo más de esa curiosa excursión a tierras poncinas, y lo que es más, nos encontramos con que la carreta de la Hermandad del Rocío de Triana, entonces cercana a cumplir el cincuentenario de su fundación, también se desplazó allí. Pero, vayamos por partes:

Previsto inicialmente para la primavera, circunstancias varias hicieron que finalmente el viaje real se realizase en el otoño de 1862, contándose para ello con la colaboración de todas las autoridades locales y de las diferentes fuerzas sociales, que buscaban con ello impresionar a la monarca y hacerle llegar sus inquietudes y peticiones; igualmente, a ello ayudó la presencia en Sevilla de la hermana de la reina, María Luisa, casada con Antonio de Orleans, Duque de Montpensier, residentes ambos en el Palacio de San Telmo, en lo que se ha dado en llamar la “corte chica”.

 Creada una comisión al afecto, bajo la presidencia del alcalde García de Vinuesa,se programaron no pocos festejos y actos, incluyendo conciertos, bailes de etiqueta, corridas de toros, fuegos artificiales, representaciones teatrales en el desaparecido Teatro San Fernando, y las lógicas visitas guiadas a los lugares más destacables de la ciudad y sus alrededores, sin olvidar acudir a lo mejorcito de las industrias, ganaderías y establecimientos agrícolas, como veremos. 

 

Como curiosidad, la ciudad obsequió a los monarcas con una carretela enjaezada a la andaluza con sus correspondientes caballos, mozos y conductores, a fin de que sirviera de transporte para tan preclaras personalidades; tampoco se descuidó el propio vestuario, ya que se realizó expresamente un juego de vestidos “regionales”, por llamarlos de algún modo, en los que abundaban los alamares, volantes y demás flecos y madroños.


Finalmente, la comitiva real llegó a Sevilla en la tarde del jueves 18 de septiembre enmedio de un gran gentío y con la ciudad volcada en sus calles, engalanadas con arcos triunfales, mástiles con gallardetes y banderolas, tropa de la guarnición cubriendo la carrera, bandera nacional ondeando en la Giralda y un sin fin de colgaduras y reposteros en los balcones de casas de toda condición; todo ello, en cierta medida, recordaría las entradas reales de otros monarcas en Sevilla a lo largo de su historia, aunque con una diferencia, la llegada de Isabel II se produjo en el más moderno medio de transporte de la época: el tren. Tras la bienvenida protocolaria, los monarcas se trasladaron entre aplausos y vítores a la que sería su residencia: el Palacio de San Telmo.


El programa de visitas fue de lo más extenso y variado y abarcó desde la propia Catedral de Sevilla, lógicamente, hasta el Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, pasando por Santa Inés, la Santa Caridad, el Museo de Bellas Artes, Santa Ana, la Universidad, la Fábrica de Tabacos, Fundiciones y demás industrias, sin olvidar, la Fábrica de Cerámica de La Cartuja, fundada por Pickman. El 23 de septiembre, día soleado según cuentan las crónicas, tras recorrer el barrio de Triana y la Cartuja, la real comitiva puso rumbo hacia Camas y de ahí a Santiponce, donde la Comisión de Monumentos en unión de la Diputación Provincial habían dispuesto todo para que la reina visitase el yacimiento arqueológico de Itálica, que por aquel entonces ya se estaba excavando.


Quizá el detalle pintoresco no fuera solo la masiva presencia de lugareños del Aljarafe agrupados en sus pueblos, muchos de ellos con letreros identificativos y bandas de música, sino también la “excursión” (así llamada por los cronistas) de la Hermandad del Rocío de Triana con la carreta de su Simpecado, carros, cabalgaduras y demás miembros de la corporación hacia tierras de Santiponce, acampando a la entrada de Itálica como si se tratase de una “pará” de camino rociero de Pentecostés. Además, abundaban los puestos ambulantes, buñoleras, casetas y todo tipo de grupos en los que la animación y el jolgorio se hacían presentes. Se calculó la presencia de unas cinco mil personas en aquellos terrenos, en una jornada a medio camino entre la visita arqueológica y la ruta campestre, por decirlo de alguna manera.


Junto al imponente anfiteatro se dispuso una tienda de campañada a la manera, dicen, romana, con abundancia de alfombras y tapices, estandartes y pendones en terciopelo morado con flecos dorados y letras también doradas con nombres como los de Trajano y Adriano, entre otros. Una nutrida representación de diferentes autoridades y estamentos dio la bienvenida a la reina, quien a continuación oró devotamente ante el Simpecado de Triana, llevado hasta allí por su Hermandad como hemos comentado, mientras que el profesor y erudito hispalense Demetrio de los Ríos fue el encargado de hacer las veces de guía para el séquito de la reina, quien quedó tan impresionada y complacida por los restos hallados que se comprometió a través del Gobierno a seguir financiando las exvacaciones, lo que al parecer se materializó en la subvención de 10.000 reales asignados desde Madrid para proseguir con los trabajos.


La visita concluyó entrada la tarde, tras el pertinente almuerzo, pero mejor dejemos que sea el cronista oficial de la ciudad, José Velázquez y Sánchez, quien narre como nadie la escena del final de aquel día memorable:

Al regresar a la tienda la Corte y el séquito oficial vieron el desfile en procesión de la Hermandad del Rocío, demostrando todos extraordinario placer en aquel episodio clásico de las costumbres de país; tanto más de agradecer su efecto, cuanto que se componía de detalles de otros cuadros, llenos de vida y magia en su conjunto. Cerca de las seis y media se retiraron Sus Majestades sin admitir el refresco, que preparado habían dichas corporaciones y cuerpos científicos a espaldas de la tienda real; reinando en la mesa, que ocuparon después los concurrentes, una franca alegría, excitada por brindis corteses y ocurrencias oportunas”.

Como recuerdo en mármol de aquel 23 de septiembre de 1862, se erigió una lápida que aún hoy puede verse en el edificio principal que queda a la derecha de la entrada al recinto italicense, mudo (y maltratado, todo hay que decirlo) testigo de cuando una reina de España recorrió las colinas de la antigua ciudad romana fundada por Escipión el Africano en el año 206 antes de Cristo. 

 


12 octubre, 2020

Pregonando.

  

 

En estos tiempos actuales, en los que los medios de comunicación o las redes sociales auspiciadas por Internet han acortado las distancias y es posible saber todo de todos, quien desee realizar alguna compraventa, solicitar empleo, declarar un objeto como perdido, reclamar una deuda o cobrarla, solo tiene que recurrir al mundo digital para conseguir sus propósitos. Además, desde casi sus orígenes, la prensa escrita ha dedicado parte de sus páginas a la inserción, gratuita o pagando, de anuncios de todo tipo, por no hablar de publicaciones específicas de estas características.


Pero, ¿Cómo era en el siglo XVI o XVII? ¿De qué manera podían proclamarse edictos judiciales, sentencias varias, embargos y resoluciones civiles o penales de todo tipo?



Para eso se contaba nada más y nada menos que con todo un gremio perfectamente organizado con sus propios estatutos y cargos, amén de su correspondiente sede social u hospital, un gremio con un nombre que quizá ahora nos suene más a atril, a poemas y a prosa evocadora: el gremio de los pregoneros.


Su origen se pierde en la noche de los tiempos, sabido es que en la antigua Roma existieron los llamados “Praecones”, quienes a modo de heraldos proclamaban de viva voz las sentencias de los juzgados, convocaban a los ciudadanos a las asambleas y comicios donde se celebraban elecciones o también anunciaban embargos, subastas o todos tipo de actos judiciales, sin olvidar el proclamar a los vencedores de los juegos públicos y otorgarles la corona de triunfo.


Pasados los siglos, se sabe que en Sevilla se conoció como Calle de los Pregoneros a la actual de Ximénez Enciso, en el barrio de Santa Cruz, que arranca en Jamerdana y finaliza en Santa María la Blanca, pues en ella, comenta Santiago Montoto, tuvieron su sede como corporación, sin que sepamos a ciencia cierta dónde se encontraría dicha casa con exactitud.


Las Ordenanzas de la Ciudad de Sevilla, impresas en 1527 y que hemos consultado, dedicaron un amplio espacio en regular el trabajo y misión de estos funcionarios adscritos a la Justicia, aunque hay que decir también que podían ser contratados por el público en general a fin de proclamar o anunciar negocios o asuntos particulares.


En esas Ordenanzas, promulgadas por la Corona, se constaba ya que el uso de esta figura “pregoneril” era bastante antiguo y que estaban establecidas las tarifas, e incluso la cantidad, y la existencia de dos Pregonero Mayores cuyo oficio era provisto por el Cabildo de la Ciudad, siendo vitalicio, junto con otros doce pregoneros “menores”, cifra interesante si contamos con que en París en sus mejores tiempos llegó a haber veinticuatro. Como condiciones para ingresar en el gremio se les pedía que tanto los mayores, como los menores fuesen:


Hombres buenos, y de buena vida y fama, y no viles personas, ni mal infamados, hábiles y pertenecientes para usar de dicho oficio, que tengan voces altas y claras y elegibles a vista y examinación de los mayores”.


Igualmente, y dado que al parecer eran depositarios de no pocos bienes de valor que a la postre salían a pública subasta, y para evitar “tentaciones”, se les obligaba a entregar la cantidad nada desdeñable entonces de cien mil maravedís como fianza o depósito de garantía; además, se prohibía que los pregoneros se asociasen para hacer negocios, bajo pena de mil maravedíes y hasta la pérdida del empleo.


Bien organizados, en la Ordenanzas se obliga a los dos Pregonero Mayores a que establezcan un cuadrante semanal, donde se establecía que hubiera siempre dos pregoneros disponibles al servicio de la Justicia y de la Alcaldía y también que esos pregoneros habrían de realizar la labor, especialmente en lo tocante al anuncio de la limpieza y barrido de las calles, de manera que sus vecinos estuviesen avisados cada quince días, lo que da idea de la higiene, o mejor dicho, de la falta de higiene que dominaba las calles hispalenses en aquella época.


Interesante también un detalle para los “novatos”: cuando un nuevo pregonero ingresaba en el gremio: Por honra de él, haya de dar y de un yantar a los otros pregoneros, mayores y menores, ayuntados en el lugar que ellos acordaren, antes que use del dicho oficio y que sea obligado a dárselo en dineros o en viandas, cual escogieren o más quisieren los otros pregoneros, o la mayor parte de ellos, con tanto que ahora se de en vianda o en dineros, no se gaste en ellos más de quinientos maravedís”


En resumidas cuentas, el nuevo debía o bien pagar una “convidá” por su ingreso en el Gremio o bien entregar al mismo el importe que pensase gastarse en la comida y bebida.


¿Dónde se colocaban los pregoneros a la hora de comunicar anuncios, edictos y demás asuntos? Según el texto que hemos consultado, se mencionan las Gradas de la Catedral, las Plazas del Salvador, la Alfalfa, Santa Catalina y la Feria (hay quienes aluden también al trianero Altozano) como espacios de obligado cumplimiento (quizá los más populosos en aquel tiempo por la existencia de mercados en ellos), cobrando por ello la cantidad fija de cuatro maravedís, aunque también podían pregonar en otros lugares previo pago extra de dos maravedís.

 


 Sabemos que aparte de este salario, los pregoneros podían cobrar algo parecido comisiones por sus servicios, pues las aludidas Ordenanzas establecían lo siguiente: “Otrosí, como quiera que los dichos pregoneros hasta ahora han llevado treinta y tres maravedís y medio de cada millar por su salario de las cosas que vendían, así en las almonedas de los difuntos, como en las Gradas y en las otras plazas públicas de esta ciudad, y porque este salario es muy excesivo, mando que de aquí en adelante los dichos pregoneros lleven por su salario de las cosas que vendieren en las dichas almonedas o fuera de ellas veinte maravedís de cada millar”, lo que en definitiva parece una rebaja de sus comisiones, que habrían pasado del 3,3 por ciento al 2 por ciento. ¡Ignoramos cómo sentaría esta medida en la institución!

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Como curiosidad, y acerca de la actividad de esta curiosa corporación, un texto de las Ordenanzas que alude a otro gremio, el de fabricantes de colchas, nos da idea de cómo actuaban los pregoneros en ocasiones concretas:


Otrosí, porque por experiencia se ve que los pregoneros venden muchas cosas en almoneda y por evadirse de la dicha pena y engañar a los compradores, al principio que empiezan a pregonar la colcha dicen de lo que es, y después andando en almoneda no lo tornan a reiterar y decir; y porque en la dicha almoneda sobrevienen otras personas que no oyeron al principio si la dicha colcha era de algodón, o de lana, y la pujan y compran creyendo ser de algodón, de que resciben engaño, que los tales pregoneros y otras personas que así vendieren las dichas colchas declaren y digan al principio de la dicha almoneda, y al remate de ella, de lo que es la dicha colcha, so pena que si así no lo hiciere, pierda la dicha colcha o su valía de ellam si fuere suya, y si fuere ajena, que pague seiscientos maravedís y esté diez días en la cárcel, y que no se pueda excusar de la dicha pena, puesto que al principio de la dicha almoneda diga y declara de lo que es la dicha colcha, si no lo dijere, y declare al tiempo del remate”.


Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad se venden

Otro cometido no menos interesante era el ir delante de los reos proclamando la condena de cada uno, antecediendo al cortejo de alguaciles, jueces y sacerdotes camino del patíbulo o cadalso. Cervantes en su novela picaresca El Licenciado Vidriera hace aparecer al pregonero durante una ejecución en Valladolid y Francisco de Quevedo, por su parte, lo narró en verso de este modo:


Con chilladores delante

y envaramiento detrás,

a espaldas vueltas, les dieron

el usado centenar.


Los “chilladores” serían nuestros pregoneros, mientras que el envaramiento aludiría a las varas de autoridad que portarían los alguaciles; era habitual que la pena de azotes fuera de cien y que con las espaldas vueltas al pueblo los condenados recibieran dicha pena


¿En qué momento desaparece el oficio de pregonero tal como se concebía en aquellos tiempos? Se conservan nombres de pregoneros sevillanos de finales del XVI y del XVII como Martín Macías de Salamanca (que además era librero según relata María del Carmen Álvarez Márquez) o Cristóbal de Zamora de quien se poseen referencias en 1597; incluso se sabe que una Real Cédula firmada en Sevilla en 1732 contiene las Ordenanzas del Gremio de Plateros de Barcelona y en ellas se incluyen términos y alusiones a los pregoneros al igual que en una publicación de práctica forense editada en Barcelona en 1832, donde se les menciona. 

 

Quizá la disminución del analfabetismo, la llegada de la prensa escrita y, más tarde, de la radio o la televisión, terminasen con el oficio, aunque aún pervive la figura del pregonero en no pocos pueblos pequeños de la geografía española, aparte, claro está, de los pregoneros líricos y exaltadores de la Semana Santa, Patronas o fiestas populares, pero esa, esa ya es otra historia…

05 octubre, 2020

Terremoto por San Dionisio.

El amanecer del miércoles 9 de octubre de 1680 no fue un amanecer cualquiera para la mayoría de los andaluces de aquel tiempo. A las seis de la mañana, se registró un fuerte temblor de tierra con epicentro en la Sierra de Aguas, entre los municipios malagueños de Álora y Carratraca; por los daños causados, los expertos estiman que alcanzó la intensidad 9 sobre 10, lo que da idea de su capacidad destructiva. Los daños fueron especialmente graves en aquella zona oriental de Andalucía, con 70 muertos en la capital, Málaga, pero, ¿Y en Sevilla?

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 En esta ocasión contamos con un testigo de excepción, Don Diego Ignacio de Góngora, que contaba a la sazón la edad de 52 años, era Familiar del Santo Oficio y ejercía de profesión como Oficial de la Casa de Contratación; además, tuvo notables aficiones literarias, redactando una Historia del Colegio de Santo Tomás, entre otras publicaciones. Suyo, por tanto, es el testimonio que transcribimos rescatado por Joaquín Guichot en 1882 y que merece incluirse sin alteraciones por la riqueza de su vocabulario y la extensión de sus palabras: 

"En 9 de octubre, día de San Dionisio Areopagita, entre 6 y 7 de la mañana hubo en esta ciudad de Sevilla un gran temblor de tierra. Duró tanto espacio de tiempo y algo más que el que se puede ocupar en rezar un credo. Sintióse con el estruendo y ruido que hicieron las vigas de los edifcios, como si se desencajaran de sus lugares. 

Yo estaba vestido escribiendo en mi aposento de mi casa en la Atarazana del Rey, que tiene la Casa de la Contratación, para el beneficio de los azogue de Su Majestad, que se remiten a las Indias: el crujido de las maderas de las viga me hizo reparar y el no asustarme fue porque presumí que era  alguno de los carros que sirven en la ciudad para el tráfico de los fardos y ropa de la Aduana que se descarga en el muelle del río, y entendí que entraba por el postigo del Carbón cargado con algunos flejes de arcos de fierro, haciendo el ruido que suelen con esta carga, que ordinariamente entran por allí (tanto y tan grande fue el estruendo de las vigas) a cuyo tiempo la gente de mi familia salía corriendo de los otros aposentos de la casa, dando voces, especialmente una ama que le daba el pecho a un hijo mío y mi mujer que venía buscándome desnuda, pues  le cogió el terremoto en la cama, y lo conoció, porque vio los lienzos de pintura que se meneaban y con el grande estruendo que hacían las vigas presumió que se caía la casa. 

Toda la gente que había en la Resolana del río salió corriendo a aquella llanura que hay en aquel sitio y cada uno como le cogió; algunas personas desnudas con solo la camisa, porque les cogió en la cama; y lo propio sucedió en toda la ciudad. Me han certificado, que algunos que vivían en casas pequeñas y los despertó el estruendo, entendiendo que se caía la casa, y se arrojaron por los balcones; de estos se lastimaron uno o dos, con el ímpetu del golpe  (presumo vivirían en la calle de Francos). Algunas mujeres corrían despavoridas por las calles por librarse de que se les cayese la casa encima. Me han asegurado que una de éstas salió de su casa desnuda en carnes porque dormía de esta forma, corriendo y gritando en una calle de mucho concurso de gente. 

 

 

Los barcos y navíos que estaban surtos  y anclados en el río Guadalquivir, se leventaban en alto con el movimiento que hacía el agua; y los mismo sucedió con los barcos del puente de esta ciudad. Aseguráronme que se vieron olas tan levantadas como cuando el mar se alborota con una gran tormenta, y que esto sucedió por algún espacio de tiempo. 

 


 Algunas personas me han dicho, por haberlo visto, que desde la Plaza de la Lonja, frente al Alcázar, vieron que la torre de la Santa Iglesia Metropolitana se había meneado por tres vece de un lado a otro; y entre ellas, el Doctor Don Alonso de Valladares, Cura del Sagrario de dicha Santa Iglesia, me dijo, que saliendo por una puerta de la Sacristía de dicho Sagrario al patio de los Naranjos, con el espanto de lo que estaba sucediendo, vio este movimiento de la Torre de un lado a otro, como que se caía y que con la pena dijo a grandes voces: ¡Dios te tenga! ¡Dios te tenga!

 No es ponderable la confusión que hubo  en este breve tiempo, y el ruido de los clamores de las gentes. Todos recurrían al sagrado de los Templos a dar gracias a Dios por el beneficio que les había hecho de dejarlos con vida. 

 Muchos templos y edificios quedaron maltratados; pero fue Dios servido que no cayera ninguno."

No corrían buenos tiempos para Sevilla. Malas cosechas, epidemias, vendavales, temporales, riadas, todo parecía conjurarse para impedir que la ciudad saliese adelante tras la tremenda crisis poblacional de la epidemia de Peste de 1649. Si a todo esto añadimos el impacto de las guerras que mantenía la corona en Europa y las dificultadas que atravesaba el comercio con las Indias, casi podría afirmarse que el panorama reinante era desolador. 

 

 Quizá por eso, en los meses anteriores, se realizaron numerosas procesiones de rogativas a la Catedral, siendo llevadas allí imágenes de gran devoción como el Cristo de San Agustín o Jesús del Gran Poder, de quien se han cumplido ahora 400 años de la hechura de su talla por Juan de Mesa, lo que da idea de cómo los sevillanos buscaban aplacar la ira divina que los castigaba por sus pecados con todo tipo de calamidades como hemos señalado.

Las crónicas de la época relataban así la actitud del Cabildo de la Catedral ante tanta desgracia:

"En 9 de octubre. Este día se propuso en el Cabildo, que era bien aplicar la ira de nuestro Señor, que nos da a entender cuán indignada está su justicia, así con la peste que nos rodea, como con las tempestades que experimentamos: y finalmente con el inaudito y horrible terremoto de tierra y temblor que hoy a las siete de la mañana amedrentó los corazones de todos los ciudadanos, juzgando cada uno que se hundía su casa,  y en particular,el suntuosísimo edificio de esta Santa Iglesia, que juzgaron venía abajo, blandeándose esa maravilla del orbe, la torre de ella, como si fuera una débil paja; y que era bien hacer una especial rogativa; y a San Dionisio Areopagita, cuya memoria se celebra hoy, se le ponga por intercesor de la Divina Majestad, haciendo alguna demostración de Misa, u otro obsequio de devoción".

 

Por cierto, el apodo de San Dionisio, que fue discípulo de San Pablo, se debe a que vivió en el barrio del Areópago de Atenas.

 

















28 septiembre, 2020

El último en enterarse

Dentro de los sucesos o sucedidos sevillanos que pasaban de boca en boca, ocupó lugar preferente durante años el ocurrido en nuestra ciudad en octubre de 1624. El trío protagonista llenó la ciudad de dimes y diretes por lo inaudito de la situación y por cómo quedó finalmente resuelta.


Empecemos por presentar a los intervinientes en esta tragicomedia: en primer lugar Cosme Sevaro, sastre, de orígen catalán por más señas, y que poseía vivienda y negocio en el llamdo Pozo de los Traperos, cerca de la calle de los Tundidores, actual Hernando Colón; en segundo lugar, su esposa, una hermosa mujer llamada Manuela Tablante, dada a galanteos y coqueteos; por último, el tercero en discordia, José Márquez, oficial empleado en la sastrería de Cosme, robusto mozo según las crónicas, que no tardó en entablar relación con la mujer de su maestro, movido por una irreflenable atracción mutua, sin que el alfayate, que era como se llamaba entonces a los sastres, se percatase de ello ni notase nada extraño en cuanto a la fidelidad de su pareja. 

 

En una carta escrita por un padre franciscano a Don Francisco de Quevedo se decía sobre los escarceos amorosos de Manuela y José: 

"Cuando el oficial tenía el antojo de ver a Manuela decía: Seda, señora maestra, y ella respondía: suba por ella, y de esto quedó un refrán que ahora se dice en todas las plazas de Sevilla". 

Pero como suele ocurrir en estos casos, enterado al final Cosme, en vez de montar en cólera y tomar venganza espada en mano como era habitual en estos casos de adulterio manifiesto, nuestro sastre, hombre de ánimo tranquilo y vengativo sin duda, denunció a los dos jóvenes ante el escribano del crimen Lázaro de Olmedo, desarrollándose un enconado y comentado pleito que trajo como final que la Audiencia sentenciase a morir, degollados según algunos autoros, bajo pena de garrote, segúin otros, a los dos adúlteros, tal como marcaba la ley:


Si muger casada fuese adúltera, ella y su adulterador ambos sean en poder del marido,y haga dellos lo que quisiere y de quanto han, así que no pueda matar al uno y dexar al otro; pero si hijos derechos hubieren ambos, o el uno dellos, hereden sus bienes; y si por ventura la muger no fue en culpa, y fuere forzada, no haya pena.


La resolución por parte de la Justicia no cayó nada bien en la ciudad, que consideraba excesivo el castigo y poco benevolente al tribunal, prueba de ello es la respuesta por parte de algunos que hasta en dos ocasiones, formando compactos grupos de gente, destuyeron y quemaron el patíbulo de madera donde debería tener la ejecución, lo que da idea del rechazo que este tipo de sentencias generaba entre el pueblo. Finalmente, con el refuerzo de dos compañías de soldados, pudo montarse un nuevo cadalso, de mayot altura. 

El 25 de octubre, a las once de la mañana, llevaron a la Plaza de San Francisco a los dos reos amantes y al marido denunciante, que debía presenciar el sumario castigo. Estaban presentes también el Asistente de la Ciudad, Don Fernando Ramírez Fariñas, el Teniente Mayor Don Luis Ramíres, el Teniente Ruano y el Alcalde de la Justicia, Don Francisco Alarcón. 

 Los dos condenados aparecieron montados de espaldas y con crucifijos en sus manos en sendos borricos, la mujer vestida de negro y el mozo de blanco. Como contaban las crónicas de sucesos de la época:

«Los sacaron de la prisión en dos jumentos, que quebrantavan los coraçones de dolor el ver una moçedad y cortos años puestos en muerte de tan grande afrenta».

Al llegar al cadalso, Manuela quedó de rodillas con el rostro vuelto hacia el edificio de la Audencia, y José de igual modo, pero mirando hacia el Ayuntamiento. A duras penas pudo llegar Cosme, el marido acusador, al lugar de la ejecución, escoltado por el Sargento Mayor y un piquete de soldados, ya que era enorme la multitud que se había concentrado en la Plaza, y en balcones, azoteas y ventanas.



De entre el gentío congregado no tardó surgir un sordo rumor que poco a poco se convirtió en ensordecedor griterío “¡Perdón, perdón, perdón!” suplicando encarecidamente a Cosme que concediera el perdón a su mujer y su amante y, con ello, el indulto; enmedio de tan monumental confusión, o mejor, para añadir más aún, se abrieron las puertas del vecino convento Casa Grande de San Francisco y de ellas surgió un gran número de frailes en procesión portando velas encendidas y llevando en alto un crucifijo. 

Lenta pero resueltamente, el nutrido cortejo, entonando oraciones y salmos, se abrió paso con dificultades entre la abigarrada multitud y no dudó en entabalr forcejeo con el cordón de soldados para rebasarlo, ocasionándose disparos por parte de la fuerza armada e incluso heridas de pólvora a algún religioso, hasta que el jesuita Padre Soto, junto con otros doce frailes, accedieron resultamente al cadalso y una vez allí, con grandilocuentes y exageradas muestras de dolor, rogaron repetidamente al esposo ultrajado el perdón, haciendo lo mismo la propia Manuela, quien se arrojó dramáticamente, hecha un mar de lágrimas, a los pies de su marido. ¡Hasta se le llegó a ofrecer al marido denunciante la nada despreciable cantidad de dos mil ducados que él dignamente rechazó inconmovible!


Entre los papeles del Conde del Águila se conserva un texto de aquel momento en el que se detalla cómo se produjo la suspensión de la pena de muerte impuesta:


Clamaban los alaridos de la gente porque la mujer era hermosa: cuatro de los religiosos se abrazaron al marido sin dejarle menear y ayudados de otros y diciendo a grandes voces: - Ya ha perdonado- , echaron abajo a la mujer, que dio un salto por la escalera como una gata, y sin cesar las voces de – Ya ha perdonado – fue notable el alarido y contento de todos, y se la llevaron en volandas a San Francisco. Cosme, alzando el brazo, lo meneaba muy depriesa, haciendo señales de que no era verdad, pero seguían voces de perdón y echaron en el bullicio del tablado abajo al adúltero medio muerto y lo llevaron también a San Francisco, quedando allí Cosme llorando”.


Las gentes del pueblo, que habían tomado partido decididamente por Manuela y José, celebraron con alborozo la salvación "in extremis" de ambos y no tardaron en surgir coplas que los mozalbetes cantaban por las calles:


Todos le ruegan al Cosme

que perdone a su mujer

y él responde con el dedo

Señores, no puede ser”.


Como se ve, el efectista ardid de los frailes, digno de Lope o de Calderón, haciendo creer que se había producido el perdón, surtió el efecto deseado, burlando al marido y consiguiendo el favor del pueblo ante lo que consideraban un exceso de justicia.

La historia, cuentan, se divulgó multiplicada, enriquecida y exagerada en numerosas relaciones en prosa y en verso, a cuál más curiosa y en poco tiempo las peripecias y enredos de Cosme, Manuela y José, como si fuera un "culebrón" sevillano en pleno siglo XVII, estuvieron en boca de todos.

 

¿Qué sucedió finalmente con los participantes en este suceso?

 

A la postre, José Márquez fue enviado como condenado a remar a las galeras del Rey, falleciendo allí poco después, el sastre finalmente concedió el perdón a su esposa con la condición que entrase en un convento y Manuela Tablante, apodada "La Mal Degollada", indudablemente mujer de armas tomar, aceptó inicialmente tomar los hábitos pero se cuenta que escapó del cenobio donde estaba recluida y vivió con total libertad en su ciudad, entregándose a mil aventuras amorosas según los cronistas y alcanzando singular fama por ello.