07 septiembre, 2026

Se busca pintor.

En esta ocasión, arrancando casi como el nuevo curso escolar en este verano que se resiste a marchar, nos vamos a ocupar del destino final de un conocido pintor paisano nuestro, universalmente famoso por sus magistrales obras pero cuya tumba no podemos visitar; pero, para variar, vamos a lo que vamos, aunque en esta ocasión, como veremos, nos tengamos que desplazar a la capital del Reino. 

Casa natal, pila bautismal y placa dedicada a Velázquez. Foto Reyes de Escalona.

Bautizado en la sevillana parroquia de San Pedro, donde se conserva el documento de su partida bautismal junto con una placa de mármol que recuerda la efemérides, vecino de dicha feligresía al vivir en la muy cercana calle Padre Luis María Llop, en el antiguo barrio de la Morería, de la que ya hablamos en otro momento, Diego Velázquez habría nacido en junio del año 1599, hijo de Juan Rodríguez de Silva, un notario eclesiástico con antepasados portugueses y de Juana Velázquez, de quién tomará el apellido. Formado inicialmente en el taller de Francisco de Herrera, el mal carácter del maestro le hará buscar otro tutor, de ahí que, con solo once años de edad, pase al de Francisco Pacheco, situado en la llamada calle del Puerco, actual calle Trajano, a la altura hoy de su número 31, donde se encuentra ahora el Hotel Venecia. 


En 1617 se examinó finalmente como maestro pintor, ingresando en el correspondiente gremio y al año siguiente, antes de cumplir diecinueve años, contraerá matrimonio con Juana Pacheco, la hija de su maestro, alquilando sucesivamente varias viviendas en calles como las del Garzo (ahora de García Ramos) o de la Garbancera (Jesús del Gran Poder, a la altura de Conde de Barajas) pero no tardará en destacar por su buena mano en la composición y ejecución tanto de retratos (como el de Luis de Góngora) como pintura religiosa, sin olvidar tipos populares (como el Aguador de Sevilla), logrando poco a poco cierta fama en los mentideros artísticos de Sevilla. Al contrario que su paisano Murillo, que fue cofrade de la Vera Cruz y de la Virgen de la Alegría, no hay datos escrito que confirmen que Velázquez perteneciera a alguna hermandad sevillana o madrileña.


Fruto de ello, en un caluroso mes de agosto de 1623 emprenderá viaje a Madrid, escuchando la llamada del entonces todopoderoso Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares, Valido del rey Felipe IV, y quedando bajo la protección de otros sevillanos residentes en la Corte que prosperaban bajo la sombra del Valido: Juan de Fonseca y Francisco de Rioja. Dará con ello principio a una etapa en la que pasará a formar parte de los complicados y protocolarios engranajes la Corte, desempeñando el cargo de Pintor de Cámara con un sueldo de veinte ducados mensuales. Del mismo modo, ostentará cargos que en principio poco tendrán que ver con su oficio, como el de Ujier, el de Alguacil de corte, de Ayuda de Guardarropa, Ayuda de cámara e incluso Superintendente de Obras, participando de la vida cortesana como retratista de la familia real y decorador de espacios tales como el Palacio Real o el del Buen Retiro, para el que creó La Rendición de Breda (1634-1635), amén de toda una serie con retratos de bufones. Su trayectoria pictórica (en la que le acompañará su hermano Juan, fallecido en 1631) y palaciega provocará no pocas envidias; será llamado "el Sevillano" por su seseo al hablar, acusado de ambicioso y no faltarán, a lo largo de los siglos, críticos de su vida y obra.

En una última etapa madrileña, tras la caída en desgracia del Conde Duque de Olivares en 1643, quizá por estar repleto de responsabilidades palaciegas, el caudal creativo del maestro Velázquez se reducirá bastante, aunque, en contrapartida, surgirán obras como Las Meninas o Las Hilanderas, que no harán sino consagrar una trayectoria artística repleta de belleza y aciertos. Viajará por Italia, tratará al también pintor Rubens de igual a igual y, en 1660, prueba del grado de confianza ganado ante el monarca, se ocupará ni más ni menos que del alojamiento de toda la corte en la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, a donde se había desplazado para los esponsales de la Infanta María Teresa con el monarca francés Luis XIV y habría coincidido, dicen, con un capitán de mosqueteros apellidado D´Artagnan. Agotado por el tremendo esfuerzo que suponía tal tarea, contraerá la viruela a su regreso a Madrid, falleciendo a las tres de la tarde del 6 de agosto de aquel año en su vivienda cercana al Palacio Real, donde también estuvo su taller, actual Plaza de Oriente número 3, como recuerda una placa al efecto.

Como caballero de la Orden de Santiago, fue sepultado en la Iglesia de San Juan Bautista, un antiguo edificio del siglo XIII ubicado en la Plaza de Ramales y que fue considerado una de las primeras diez parroquias de Madrid, y dada su proximidad al Palacio Real, se convirtió en Parroquia del Real Palacio. Derribada por José Bonaparte en 1810 dentro de sus planes urbanísticos, desde entonces y por desgracia se le perdió la pista a la sepultura de Velázquez, de modo y manera que en la actualidad se desconoce dónde está su cuerpo, algo parecido, curiosamente a lo acontecido con la sevillana sepultura de Murillo en la también demolida Parroquia de Santa Cruz.

Para perpetuar la memoria de Velázquez en 1960 se acordó colocar una cruz de forja (diseñada por el arquitecto  Fernando Chueca) con fuste de piedra sobre sencilla base de mármol, siendo todo ello iniciativa de las autoridades madrileñas. En su basamento se recuerda el lugar donde descansan los restos mortales del pintor y una frase: “Su gloria no fue sepultada con él”. En 1999, durante unas catas arqueológicas en la mencionada plaza de Ramales para la construcción de un aparcamiento subterráneo, se pudo desenterrar parte de la cimentación de dicha parroquia, reproduciéndose su planta en el pavimento y dejándose bajo el suelo, acristaladas, zonas de la edificación de aquel primitivo templo que acogió los huesos de un pintor sevillano cuya tumba, como las de otros contemporáneos suyos, como Calderón de la Barca, Cervantes o Lope de Vega, por ahora, no podemos visitar; pero esa, esa ya es harina de otro costal.


P. d. dedicado a Antonio, fiel lector y vecino del Salvador. Ahora, seguro, está en El Paraíso. 

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