Ahora que se acercan fechas rocieras, en esta ocasión, en Hispalensia, vamos a dedicar un pequeño apartado a una forma de transporte que proviene de tiempos ancestrales y que, gracias a la tradición y a la celebración de romerías, ha pervivido hasta llegar a nosotros; pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Durante la revolución que supone el periodo Neolítico, la Humanidad abandonó el sistema de caza y recolecta y, dejando el nomadismo, comenzó a asentarse de manera fija en tierras que se dedicaron al cultivo, comenzando entonces la Agricultura como base de la alimentación; hace unos diez mil años, se produce otro cambio importante que tiene que ver con la domesticación de determinados animales para ser criados como ganado, sin olvidar, además, cómo las faenas agrícolas se verán aliviadas con la aparición de un elemento: el arado.
En muchas culturas, especialmente en las ibéricas o mediterráneas, brotará el culto al toro como símbolo de fuerza y fertilidad, no en vano, el mítico Hércules, en uno de sus trabajos, tendrá como misión acudir al sur de la Península Ibérica y robar los bueyes del no menos mítico rey tartésico Gerión; no es de extrañar, pues, que se hayan encontrado numerosas representaciones del toro, especialmente en forma escultórica.

Al arado le saldrá un compañero: el yugo. Con él, podían amarrarse, uncirse, animales para arar, suponiendo ello, como decíamos, un mucho menor esfuerzo físico para el agricultor y también un aumento de las superficies a cultivar, lo que generaba, lógicamente, el incremento de la producción. Uno de los animales preferidos para esta tarea serán los bueyes, por su fortaleza física, por su resistencia y por su alimentación; Sobre el cinco mil o seis mil antes de Cristo se tiene constancia de la presencia de arados tirados por este tipo de bóvidos, reverenciados, como el toro, en civilizaciones como la egipcia, la griega o la romana.
En el cristianismo hay muchas alusiones al yugo, que aparece en el Evangelio de Mateo "Mi yugo es llevadero y mi carga ligera" e incluso en el ritual del matrimonio, la ceremonia de las velaciones (de raigambre litúrgica mozárabe) nos habla de cómo la pareja queda unica como "cón-yugues", es el símbolo de la Virtud de la Obediencia y, para rematar con estas cuestiones, el yugo fue también emblema de los Reyes Católicos.
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La Obediencia, con el yugo. Ático del retablo de la Capilla Doméstica de San Luis de los Franceses
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Lo bueyes eran uncidos al arado o, inventada ya la rueda, al carromato mediante yugos de dos tipos, unidos a la viga o vara, el de collera, empleado también para mulos o caballos y el llamado de cornal, que permite fijar al buey al yugo mediante una fuerte soga de cáñamo, llamada coyunda, que pasa varias veces (mide unos ocho metros) desde la base de la cornamenta al propio yugo, realizado éste en madera de fresno, álamo y sapelly (madera dura y semipesada de origen tropical); la doma para estos bueyes, que suelen pesar en algunos casos hasta mil kilos, se consigue mediante meses de esfuerzo, colocando habitualmente a un buey "novato" junto a uno veterano, enganchados a carretas que llevan el peso equivalente al que portarán cuando llegue Pentecostés. El boyero, por su parte, los gobierna mediante voces y utilizando la ijada, vara de madera, normalmente realizada en acebuche, de unos dos metros de alto y que tiene en su extremo superior una pequeña punta de hierro o ijón; agradecemos vivamente todos estos datos al compañero costalero Germán Cano, carretero del Simpecado de la Hermandad del Rocío de Gines.
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Frontil. Hermandad del Rocío de Coria del Río.
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Además, se les colocan los llamados frontiles, definidos según el Diccionario de la Lengua Española como "pieza acolchada de materia basta, regularmente de esparto, que se pone a los bueyes en la frente y la coyunda, a fin de que ésta no les haga daño". Los frontiles pueden además quedar decorados mediante piezas de madera que se revisten de tela y adornan con espejos, orfebrería o bordados, con motivos alusivos siempre a la hermandad dueña de la carreta y que se unen en su extremo con la parte superior del templete, donde va el Simpecado, con unas cintas o "moñas", de manera que se simboliza la unión entre la yunta y la carreta. Como relevo en caso de cansancio de los bueyes, las hermandades disponen de "yuntas de cuarta", que caminan con la comitiva sin ir uncidas a las carretas.

Estos frontiles, según algunos especialistas, serían un recuerdo de aquellos primitivos cultos que sacralizaban al toro (animal mitológico por excelencia en las culturas mediterráneas), durante los cuales, antes de su sacrificio ritual, se le adornaba con todo tipo de elementos. Además, a los bueyes se le colocan anchas cintas que rodean su lomo, llamadas "barrigueras", collarines de cuero con campanitas o pequeños cencerros y también telas de colores para disimular las sogas de la zona superior del yugo.

Al hilo de todo esto, merece la pena también reseñar que los profesores universitarios y arqueólogos Fernando Amores y José Luis Escacena han llegado a proponer una interesante hipótesis sobre cómo se habría colocado el conjunto de piezas del Tesoro del Carambolo, hallado en Camas el año 1958; en un artículo de 2016 y basándose en antecedente arqueológicos realizaron incluso una curiosa recreación sobre esta cuestión que indudablemente recuerda no poco a las actuales yuntas de bueyes que caminan cada año hasta El Rocío:

Dentro del ámbito de la romería creada en torno a la devoción a la Virgen del Rocío ocupa un lugar primordial el papel de las carretas tiradas por bueyes, usadas tanto como medio para llegar al Rocío por los caminos como fórmula para portar el Simpecado que cada hermandad tiene como insignia primordial y que es llevado a la aldea almonteña cada fin de semana de Pentecostés, en unos tiempos en los que la mecanización agraria ha arrinconado las yuntas de bueyes. Según la tradición, el primero de estos Simpecados en llegar a El Rocío entronizado de esta manera fue el de la hermandad de Villamanrique de la Condesa allá por el siglo XVIII, que conserva el más antiguo de estos estandartes, datable como del siglo XVI y recientemente restaurado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.
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El "Cajón" de Umbrete, en El Rocío.
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¿Cómo eran esas primeras carretas? Conocidas popularmente como "de cajón", estaban realizadas en madera pintada con sencilla decoración y sostenían un templete con seis columnas, poco iluminado y destacando en nuestros días el magnífico "Cajón" de la Hermandad de Umbrete, que fue estrenado en el año 1910 para sustituir al primitivo y que, adornado con pinturas, posee incluso una especie de armario trasero donde almacenar las diferentes insignias de la hermandad durante el camino. Tampoco podemos olvidar cómo la Hermandad de Triana fue la primera en llevar a su simpecado bajo un templete plateado, donado por los Duques de Montpensier en 1868 y realizado por el orfebre Isaura; este modelo de carreta de Simpecado se convertirá en modelo para muchas otras hermandades.
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| Primera carreta de la Hermandad de Triana. |
Juan Ramón Jiménez, en su inolvidable Platero y Yo, describe el regreso de la Hermandad del Rocío de Moguer a su pueblo tras la romería, en un cuadro lleno de colorido y poesía:
"Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, en los que chispeaba el trastorno del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio."

Terminamos. Casi se nos queda en el tintero la algarabía y colorido de las comitivas de blancas carretas exornadas con flores de papel y carteles alusivos a la Virgen que acompañan al Simpecado por los caminos. En estas carretas, en las que quienes viajan en ellas lo hacen a una altura considerable, destaca la existencia en su zona baja del "corbujón", o zona donde antiguamente se llevaba el "costo" o lo que es lo mismo, los comestibles y "bebestibles" para los días de camino, pero esa, esa ya es harina de otro costal.
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