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03 febrero, 2025

La calle equivocada.

Es una calle poco frecuentada, sin tráfico rodado (con permiso de los patinetes, ya se sabe), de las que se usan para "cortar" entre vías importantes, por ejemplo, en fechas semanasanteras, de las que apenas aparecen en las guías y planos turísticos de la ciudad y que, para colmo, presenta un peculiar error a la hora de nombrarla. Pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

Desde Lineros y Puente y Pellón hasta la calle Cuna, la calle Lagar se extiende estrecha y sin pretensiones. Un azulejo en el número 2, no lejos de donde estuvo la juguetería del "0,95", sirve para rotular la calle, con la particularidad de que cada una de sus cinco letras presenta decoración en las que las hojas de parra o vid o sus racimos relacionan el nombre de la calle con, según la Real Academia de la Lengua, el "Recipiente donde se pisa la uva para obtener el mosto", pero, conviene aclararlo, nada más lejos de la realidad, pues desde el siglo XVIII era conocida como Lagar de la Cera, por hallarse en ella un taller que servía para el blanqueo de la cera, aunque en 1845 se acortó su nombre para quedarse como está hoy día, de ahí la confusión en el tipo de "Lagar". El lagar de cera era una especie de prensa de tornillo que servía para extraer la cera de los panales de abejas por el sistema de presión. 


Llegó a poseer sendos corrales de vecinos, hoy ambos desaparecidos, uno de ellos en el actual número 5, e incluso el cronista Álvarez Benavides la calificó como "vía de primer orden" en virtud a su ubicación, y porque en ella se localizaban negocios tan variopintos como la imprenta de Gironés y Orduña y el colegio de primera y superior enseñanza del Salvador; en el número 11 tuvo su depósito una fábrica de hielo allá por 1876 (razón social "La Quinta de la Florida"). Quizá por su céntrica ubicación, en 1899, como ha estudiado Carlos A. Font, el ingeniero alemán Otto Engelhardt, director de la Compañía Sevillana de Electricidad, fundada en 1894, promovió la construcción en esta calle de lo que sería una de las primeras estaciones de acumuladores eléctricos de la ciudad, constando de una batería con capacidad de 4.000 amperios/hora. A esta estación siguió en 1905 la de la calle Feria, en el número 154, edificio aún conservado por fortuna, obra de Aníbal González.

Pese a esta rica actividad comercial, la calle atravesó malos momentos, prueba de ello es que en su edición del miércoles 7 de abril de 1897 el diario El Baluarte se quejara abiertamente:

"Y... La calle Lagar de la Cera sigue tan sucia y en el mismo estado de abandono de antes. Mientras tanto el Municipio dicta medidas de buena policía, recomendando a los particulares cuiden del aseo de sus fincas, blanqueen fachadas y pinten balcones y puertas para la venidera Semana Santa, la Alcaldía se cruza de brazos, haciendo caso omiso de la recomposición o limpieza de algunas calles. ¡Pero qué cosas se ven en Sevilla!".
Corral de Vecinos en la calle Lagar. Años 70.

 En nuestros días, por desgracia, poco queda de todo lo mencionado. Salvo alguna excepción, modernas casas de pisos se han adueñado de la calle Lagar, aunque como símbolo moderno figure desde 2008 la peculiar escultura del caracol que trepa por la fachada del edificio que hace esquina con Lineros y el número 1 de nuestra calle (de cuya puerta echamos en falta un precioso azulejo de San José), una interesante muestra de arte urbano obra del escultor nacido en Olivares Chiqui Díaz; por cierto, el caracol tiene un "hermano" de siete metros de altura,  instalado en la localidad onubense de Palos de la Frontera. 

Enfrente, en el número 2, en lo que es ahora un moderno hotel, tuvo su sede uno de los primeros establecimientos considerado como Grandes Almacenes, promovidos por una familia oriunda de Almería, los Lirola, que usó para darle nombre las primeras sílabas del nombre y apellidos de una de las hijas de su promotor, Victoria Lirola Martínez, para crear un nombre comercial que pasó a la pequeña historia del comercio sevillano: Vilima, famoso por sus "Zafarranchos" y cuya inauguración, en la tarde del 31 de marzo de 1963, fue resaltada por la prensa local con  reseñas llenas de alabanzas en el estilo de aquellos años:

"Sin temor a incurrir en hipérbole, puede calificarse de verdadero acontecimiento en  la  vida  comercial  de  Sevi­lla la  solemne  bendición  de  la  primera fase  de  los  suntuosos  establecimientos VILIMA,  efectuada  en  las  últimas horas  de  la  tarde  de  ayer  domingo,  en vía  tan  céntrica  de  nuestra  ciudad como  la  calle  Lagar,  en  el  lugar  en que confluyen las de Lineros y  Puente y  Pellón.

Con semejante acontecimiento, Sevilla ha enriquecido de manera considerable su acervo de moderna  urbe comercial.  Cuanto  sé  diga  para  enalte­cer  la  elegante  y  sugestiva  instalación que  motiva  las  presentes  líneas,  resul­tará  pálido  ante  la  realidad.  Una  superficie  de  seiscientos  metros  cuadra­dos,  magníficamente  ocupada  por  vitrinas  y  finos  mostradores,  en  los  que se  admiran  atrayentes  colecciones  de bolsos,  prendas  infantiles,  sutiles  ro­pas  femeninas,  que  parecen  tejidas por manos de hadas; preciosos artículos de viaje, abanicos, mantillas y multitud de artículos  más  gratos  a  las  mujer, forman  un  conjunto  de  ensueño,  en­marcado  por  una  decoración y  un  sistema  adecuado  de  alumbrado,  que comunican al local una magnifica ento­nación,  que  hace  juego  maravillosa­mente con infinitos  detalles  de un  gus­to  irreprochable."

En el verano de 1968 un desgraciado y fortuito incendio declarado en el establecimiento se llevó las vidas de dos bomberos que intentaban sofocarlo, dañando gravemente el interior de la tienda, por lo que hubo que buscar unas instalaciones provisionales en la calle Francos número 34; al fin, el 1 de diciembre de 1969 se procedía a la reapertura de los remozados Almacenes. 


Hasta 2001, Vilima funcionó como emblema del comercio sevillano, generando a su vez una gran influencia en su zona, desde la calle Córdoba hasta la Encarnación, aunque finalmente el negocio se vio obligado a cerrar sus puertas en ese año.

Casi en la desembocadura con la calle Cuna, y con fecha de fundación en 1913, se asienta en la calle Lagar una de las dos sedes de Cuadros Venecia, especializados en láminas y enmarcaciones y cuya trayectoria ha sido reconocida por el Ayuntamiento en unos tiempos en los que el comercio tradicional atraviesa su peor momento, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 


26 enero, 2025

Varflora.

Se llamó Fernando Díaz de Valderrama, pero ha pasado a la historia de Sevilla por ser conocido por su seudónimo, con el que firmó obras imprescindibles para conocer la historiografía sevillana del siglo XVIII, y su nombre figuró en una calle del Arenal durante siglo y medio hasta que, cosas de esta ciudad, quedó desposeído del mismo a comienzos del siglo XXI; pero para variar, vamos a lo que vamos. 

Nacido en 1745, unos estiman que ingresó en la orden franciscana, mientras que otros, en la de Santo Domingo. Erudito y escritor, Fernando alcanzó el nombramiento de Revisor y Consultor de la Real Academia de Medicina y Examinador sinodal del arzobispado hispalense. En 1766 publicó el conocido Compendio Histórico-Descriptivo de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, obra que fue corregida y aumentada en 1789 sin que en ella apareciera el nombre de su autor, antes bien, éste optó por elegir el de Fermín Arana de Varflora para ocultar el suyo. Además, escribió Hijos de Sevilla ilustres en santidad, armas, letras, artes y dignidades (1791), auténtico catálogo de personalidades al que han recurrido no pocos estudiosos y, como curiosidad, entre otros libros, editó unas Disertaciones sobre la imposibilidad física de celebrar exactamente el santo sacrificio de la Misa en un solo cuarto de hora. 

Falleció el 3 de mayo de 1804, dejando parte de su ingente trabajo sin publicar. El profesor y literato Mario Méndez Bejarano lo calificó así: 

"Era un hombre sencillo, ingenuo y confiado. Trabajó con sincero patriotismo, ajeno a toda sugestión de vanidad, ni menos de lucro. Si su crítica histórica no parece todo lo severa que hoy exige la escrupulosidad científica, no ha de olvidarse que en su tiempo se vivía en épica credulidad y que la crítica en materias históricas no había nacido aún en España".

En 1859 se rotuló como "Varflora" la antigua calle Real de la Carretería, entre la calle Arfe y el Paseo de Colón, en honor a este religioso e historiador. Rectilínea y con predominio de viviendas de dos y tres pisos, su estrechez en algunos tramos es de sobras conocida por los cofrades, que acuden cada tarde de Viernes Santo a contemplar la siempre complicada salida de la Hermandad de la Carretería desde su capilla (propia desde 1753 e inaugurada en 1761 con el gremio de Toneleros), lograda gracias al tremendo esfuerzo de capataces y costaleros, especialmente en el colosal Paso de las Tres Necesidades, acompañado de los característicos y románticos nazarenos de túnicas azules de terciopelo. 

Durante años, la calle albergó almacenes de aceitunas, tal como hemos comprobado en la Guía General de Sevilla y su Provincia, editada en 1860, donde aparecen apellidos como Galeano, Calzadilla o Vinuesa y que tienen que ver con la cercanía del puerto y el transporte de este tipo de mercancías, con mucha demanda (como ahora) en el exterior; en 1910 el diario El Liberal denunciaba precisamente la ocupación de la calle por este tipo actividad, generando molestias entre el vecindario. 

Por cierto, en 1878 todavía se registraba la presencia de toneleros en esta calle, también miembros del oficio de pintores y en los años treinta del siglo XX, en número 40, tuvo su sede la Gimnástica Andaluza, un modesto club de fútbol de categorías inferiores. 


En enero de 1919, un artículo del diario El Sol de Madrid alababa la labor de la empresa J. Bellido y Compañía, fundada dos años antes en el número 48, y cuyas exportaciones, al decir de la crónica:

"Se hacen en cajas y barriles, principalmente en cajas, teniendo un taller de barrilería, en el que se pueden atender rápidamente sus propias necesidades. Los Sres. J. Bellido y C.ª tienen varias marcas de aceites, que se propagan de contínuo por el éxito que las acompaña. Figuran entre ellas las denominadas "Cisne", "Pelayo" y "Gaviota", que son las preferidas de los clientes."

La cercanía del puerto, como decíamos, hará que también proliferen en esta zona del Arenal los llamados almacenes de "Efectos Navales", como recuerda un curioso azulejo localizado en la primera planta del edificio número 21 de la calle, recuerdo de un tiempo pasado en el que jarcias, boyas, pasamanos, sogas y cabos de todo tipo surtían a los navíos anclados en las cercanas orillas del río.



Aunque desde 1993 la Hermandad de la Carretería lo venía solicitando al Consistorio, no será hasta el año 2000 cuando el bueno de don Fermín Arana de Varflora quede "compuesto y sin calle" y que ésta pase a recuperar el de toda la vida: Real de la Carretería, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

11 noviembre, 2024

Bailén.

Transitada según en qué tramos, en esta ocasión nos vamos a recorrer una calle que en su tiempo pasaba por dos conventos, que fue escenario de robos y riñas a espadas, recibió varios nombres a lo largo de la historia e incluso a ella, cuando le dejaban, se asomaba cierto príncipe, viejo conocido de estas páginas, pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Desde San Pablo hasta casi la Puerta Real, la calle Bailén serpentea entre la Magdalena y el Museo; no deja de ser curiosa la serie de nombres que recibió en siglos pasados, pues el primer tramo, que coincide con la cabecera de la actual parroquia de la Magdalena (antiguo convento dominico de San Pablo) se llamó durante desde la primera mitad del siglo XV Dormitorio de San Pablo y también Pergaminería Vieja, mientras que el otro tramo, el que finaliza en Alfonso XII tras pasar por la cabecera de la iglesia de la antigua Casa Grande de la Merced, se llamó calle del Abc, sin que por supuesto tal denominación tuviera algo que ver con cierto periódico local, antes bien, historiadores locales como González de León lo atribuyeron a la presencia en esta vía de unas escuelas para niños en tiempos del rey Pedro I. 

Plano de Olavide. 1771.

Con un marcado carácter residencial, la calle albergó las sedes de importantes instituciones en su tiempo, como el Gobierno Civil, el llamado colegio de San Ramón (donde estudió el poeta Luis Cernuda entre 1913 y 1915) o una Casa Cuartel de la Benemérita, así como una Droguería o la afamada Botica de San Pablo, ésta casi en el comienzo de la calle que da a Murillo y San Pablo. Por cierto, el hecho de que los dormitorios dominicos dieran a ella sirvió para que a través de sus ventanales lanzara monedas de plata a los sevillanos el famoso (y falso) Príncipe de Módena durante su reclusión en el mencionado convento allá por 1748.

Plano de Olavide. 1771.

Sin embargo, dos sucesos destacan en esta calle, relatados por eruditos y cronistas:

El primero hace alusión a una revuelta popular, el denominado Motín de la Feria, acaecido en 1652 tras varios años de epidemias, malas cosechas y carestías. Levantada en armas parte de la población, cuenta Álvarez Benavides, siguiendo una relación anónima, que un grupo de sombrereros marchaba armado gritando aquello de "Viva el Rey, muera el mal gobierno", cuando uno de los sublevados, ya bajo los efectos del alcohol en abundancia osó gritar "Muera el Rey"; su muerte (la del sublevado ebrio) habría sido segura de no mediar por él, espada en mano, el alguacil Gonzalo de Córdoba, quien en medio de la tumultuosa refriega, mató de una certera estocada a un mozo, de Triana por más señas. La ira popular provocó que el infortunado alguacil pusiera pies en polvorosa para salvar su vida in extremis, refugiándose en el convento de San Buenaventura. 

Sin embargo, la multitud, deseosa de venganza, saqueó su casa de la calle Catalanes (ahora Albareda) y mató de forma brutal su caballo, "con tanta crueldad, que lo hacían pedazos como si lo hubieran de pesar a libras". Sin embargo, los rumores de que Gonzalo de Córdoba no estaba en la calle Carlos Cañal sino en el cercano convento de San Pablo, provocaron que la multitud sitiara el lugar, rodeando las calles Cantarranas, San Pedro Mártir y ésta que relatamos y exigiendo la salida del estoqueador. Pese a los ruegos de las autoridades, la gente no consintió en marchar hasta que los dominicos franquearon las puertas y la masa entró y registró palmo a palmo el convento, desde desvanes a bóvedas pasando por la propia celda del prior, con graves daños y sin conseguir capturar al alguacil, cuyo rastro finalmente se dio por perdido.

Foto: Reyes de Escalona. 

 El otro suceso, también recogido por Álvarez Benavides, tuvo lugar en 1849. Poco podían sospechar los vecinos de la calle que los pacíficos arrendatarios de la casa número 16 eran en realidad auténticos expertos excavaciones, y no arqueológicas, precisamente, sino en túneles y que con sus amplios conocimientos estaban construyendo un eficaz pasadizo subterráneo con todos sus aditamentos, un metro de ancho, metro y medio de altura y que era capaz de soportar el tránsito de carruajes por encima. ¿Cuáles eran sus intenciones delictivas? Parece ser que el túnel se dirigía hacia la cercana Tesorería de San Pablo, pero la casualidad o la mala suerte, hicieron que la obra bajo tierra fuera descubierta y detenidos los cacos "zapadores". Por cierto, al ayuntamiento le costó quinientos reales rellenar la zanja dejada por el túnel y aplanar la zona con total seguridad para viandantes.

Finalmente, a mediados del XIX el consistorio hispalense tomó el acuerdo de rotular Dormitorio de San Pablo con su actual apelativo, Bailén, que homenajea la victoria española contra las tropas napoleónicas en la batalla acontecida en 1808 y de la que salió consagrado como héroe nacional el general Castaños y en 1868 el nombre de dicha batalla pasó a figurar en todo el tramo, desapareciendo el simpático nombre de "Abc".                                            

Coincidiendo casi con esta circunstancia, en 1842 se derribó la primitiva parroquia de la Magdalena, dejando como testigo la plaza del mismo nombre, alojándose la parroquia en el antiguo convento de San Pablo. Como recuerdo, aún quedan en la propia calle Bailén algunas lápidas que sirven como recordatorio para pedir los Santos Sacramentos a deshoras, y ya que estamos con referencia históricas, en el número 38 de la calle se puede apreciar un azulejo que recuerda que en esa casa falleció en 1978 el pintor alicantino afincado en Sevilla Domingo Gimeno Fuster y, una vez pasada la casa hermandad del Museo, en la esquina de la calle con Alfonso XII otro azulejo recuerda, ahora que las tenemos tan desgraciadamente presentes por los sucesos de Valencia, una riada con este texto: 

"A las nueve de la noche del miércoles 28 de diciembre de 1796, siendo Asistente de esta ciudad el Excelentísimo Señor Don Manuel Cándido Moreno, subió el río en los contornos exteriores de ella hasta el nivel correspondiente al pie de este azulejo".

Vaya nuestro recuerdo, pues, para la buena gente de Valencia, para las víctimas de las inundaciones y para todos los voluntarios que están luchando contra la desolación y la desesperanza. Nuestro aplauso para ellos.



30 septiembre, 2024

Vizcaínos.

Situada en pleno meollo de la ciudad y rodeada de calles importantes y de plazas de relumbrón en pleno centro de Sevilla, la que calle que nos ocupa, en cambio, apenas ha sido reseñada, salvo para algo tan nuestro como el habitual "callejeo" en fechas semanasanteras; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Foto Reyes de Escalona.

Tras la conquista de la ciudad por Fernando III, se cuenta que en esta vía se asentaron importantes caballeros del linaje de los Castro, procedentes de la localidad de Castro Urdiales, de ahí que en principio se denominase de este modo. Situada entre la calle de la Mar y saliendo casi al arquillo de San Francisco, esquina con la calle Génova, o lo que es lo mismo, entre García de Vinuesa y la Avenida de la Constitución, popularmente fue cambiando de denominación ya que, como reseñaba un cronista en ella vivía una importante población de origen vasco que tenían en el comercio del hierro su modo de vida:

"Gran número de vizcaínos que toda la calle ocupado han, y tratan y venden en ella los clavos, herraduras y toda cosa que armas de hierro, lanzas, hachas y hachetes pertenece."

Prueba de la pujanza económica y social de los vizcaínos asentados en Sevilla y de su vinculación con el Barrio de la Mar, fue la adquisición de una capilla, nada menos que en el cercano y próspero Convento de San Francisco (actual Plaza Nueva), donde labraron hermoso retablo barroco encargado a Francisco Dionisio de Ribas y Pedro Roldán en el siglo XVII y que en la actualidad, recientemente restaurado, preside la nave principal de la también cercana parroquia del Sagrario de la Catedral, fundándose la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad para agrupar religiosamente a los miembros de aquella colonia vasca. Nombres como los de Antonio de Eguino, Diego de Zárate o Domingo de Ochandiano destacarán por su labor en la Casa de Contratación, en estrecha relación con Sancho de Matienzo, su primer Tesorero, sin olvidar otros vizcaínos dedicados a las finanzas y la banca, como Domingo de Lizarrayas o Pedro de Morga, o también experimentados pilotos vinculados a las rutas a Indias. Como se ve, la comunidad vasca jugó un papel nada desdeñable y dejó huella tanto en nuestra ciudad como en su historia.  

Poco a poco, el nombre de Vizcaínos se fue imponiendo y así aparece ya en el conocido plano del Asistente Pablo de Olavide, fechado en 1771. Aparte de calle eminentemente mercantil, como decíamos, albergó también a parte del gremio de carpinteros, así como dos hospitales benéficos en época medieval: el de los Caballeros, constituido por gentes de la nobleza que habían combatido en la conquista de la ciudad, y el de los Cargadores, de cuya existencia ya hay datos en torno al año 1479. Tampoco faltaron imprentas de mucha importancia, como las de Francisco Lorenzo de Hermosilla o la de Francisco Garay, ambas con gran predicamento en el siglo XVIII.

En 1590 ya se registran peticiones de sus vecinos para empedrar la calle, lo cual vuelve a solicitarse años después, en 1609. Como curiosidad, en 1882 el Doctor Philip Hauser, de quien ya hablamos en otra ocasión escribía:

"Últimamente se ha hecho un ensayo en la calle Vizcaínos, por el Sr. D. Jorge Welton, de un embaldosado en cubos pequeños de madera sentados sobre asfalto. Esto parece, que reúne varias condiciones favorables, primero, disminuye la trepidación producida por la marcha de los coches, después disminuye el tiro hasta el punto que un caballo arrastra una carga equivalente a las de cuatro sobre un empedrado de piedra. Hace más de dos años que fue construido, y hasta ahora no se ha deteriorado; pero esto no basta para juzgar sobre su duración, pues tanto los cambios de temperatura como de humedad, tienen por efecto de deteriorar las mejores maderas".

 Afectada por la profunda reforma urbanística que supuso el ensanche de la Avenida a comienzos del siglo XX, carece de edificios de especial importancia, salvo el conocido como de La Adriática, en la esquina de la Avenida (en cuyos bajos estuvo tantos años la confitería Filella), construido entre 1914 y 1922 bajo planos del arquitecto José Espiau Muñoz y con diseño neomudéjar o regionalista, destacando por la vistosidad y cromatismo de la azulejería combinada con mármoles, yeserías, ladrillo o forja y por su cierto parecido con otro edificio del mismo autor, el de la Ciudad de Londres de la Calle Cuna. Como anécdota, indicar que a finales de los años setenta del pasado siglo el edificio perdió su remate en forma de cupulín recubierto de azulejos, y que éste, por fortuna, se recupero en una restauración realizada en 2003, volviendo de este modo a su aspecto original. 

Cuatro personajes, tres históricos y otro anónimo, destacan en la pequeña historia de esta vía.  Como relata Alonso Morgado en su Sevilla Mariana, allá por 1649, año de la Peste en Sevilla, vivía a la altura del número 18 una noble y rica dama, soltera por más señas, devota de una imagen de María Inmaculada a la que oraba con fervor en un pequeño retablo de su casa. Cierta mañana, al acudir María de San Francisco (que así se llamaba la señora) a sus rezos, escuchó una voz proveniente de aquel lugar que le decía: "Llévame a San Francisco, a la Capilla Mayor". Atemorizada, pudo ver al día siguiente que la imagen de la Virgen había bajado sola del retablo y, a la vez, oyó de nuevo: "Llévame a San Francisco, a la Capilla Mayor". Cuentan que el prodigioso suceso se repitió varios días, y en cada ocasión, la imagen fue hallada cada vez más cerca de la puerta de salida de aquella casa sin que, que se sepa, interviniera mano humana en ello. 

Avisada la comunidad franciscana, acudió a llevársela en procesión, siendo entronizada en la capilla mayor y no tardando en recibir innumerables oraciones y donativos de sus fieles, alcanzando fama de milagrosa, lo que no pasó desapercibido a los amigos de los ajeno, pues la venerada imagen sufrió un robo sacrílego que la despojó de sus joyas de oro y plata. El pueblo, pese a ello, afirmó que tal ultraje no afectaría a la Inmaculada, pues "Como es tan  Sevillana, no hace aprecio, ni caso de riquezas", y de ahí nació el llamarla "La Sevillana", siendo considerada una de las imágenes que despertó mayor fervor de su tiempo, atribuida a las gubias de Juan de Mesa. La desaparición del convento de San Francisco en el siglo XIX motivó su traslado al convento de San Buenaventura, allí se la puede encontrar, presidiendo el altar mayor.

Foto Reyes de Escalona.

En el número 13 nació, el 1 de mayo de 1855, Pedro Rodríguez de la Borbolla, considerado como uno de los grandes protagonistas de la política local de fin del XIX y comienzos del XX, quien, desde las filas del Partido Liberal ejerció como nadie como árbitro y cacique. Con ideas republicanas,  llegó a ser Ministro de Instrucción Pública y de Gracia y Justicia, así como Diputado en Cortes por Sevilla, Decano del Colegio de Abogados y Alcalde de su propia ciudad. 

Foto Reyes de Escalona.

Muestra de su influencia entre bastidores fue el apodo de "Don Pedro de las Mercedes" o "El Amo de Sevilla". Fallecerá en 1922 y en sobre su casa natal será colocada una lápida de mármol, que se conserva, en su memoria y en la avenida que lleva su nombre un simple pedestal con esta inscripción:

"ÍNTEGRO Y
CABALLEROSO.
FUE MUCHO
PARA TODOS Y
POCO PARA SÍ".

 Otro personaje, cuyo nombre completo no ha llegado hasta nosotros, será un humilde pordiosero que malvivía en un cuartucho de la calle Vizcaínos y que protagonizó un peculiar episodio.  Álvarez Benavides narra que allá por los años de 1781-1783, solía pedir limosna en la vecina calle de Hernando Colón; arrodillado en la acera con la cabeza descubierta, aguardaba pacientemente y en silencio las monedas que algunas almas caritativas le daban, respondiendo siempre con la misma frase de misterioso agradecimiento "Dios se lo pague y lo libre de malos temporales". Sin embargo, los vecinos comenzaron a echarlo de menos en junio de 1783, por lo que, preocupados, enviaron un sacerdote que lo conocía al lugar de su muy humilde residencia. Sobre una silla, uno de los escasos enseres en su única estancia, estaba depositada una carta con un enigmático mensaje y que decía:

"Mi respetable padre y señor. Bajo un ladrillo de los situados hacia la cabecera de mi cama, encontraréis quinientos ducados, que deseo sean repartidos entre los pobres que tengáis a bien elegir, y Dios pague tanto este favor como la caridad que conmigo habéis tenido. El año de 1780, regresando de las Indias con un único hijo que tengo, sufrimos tan terrible temporal que naufragamos, y en tan supremos instantes ofrecí a Dios que, si salvaba la vida, reuniría de limosna los quinientos ducados que para el fin dicho dejo a vuestra disposición. He cumplido lo que prometí.R. H. J.".

Terminamos. En esta calle también nacerá en 1821 el escritor, dramaturgo y poeta Manuel Fernández y González, uno de los grandes exponentes del folletín por entregas y con una obra extensísima, lo que no impedirá que fallezca en Madrid en 1888 en la más absoluta miseria. Quizá como recompensa, el Ayuntamiento decidirá que sus dos apellidos sustituyan al nombre de Vizcaínos de esta calle, ahora sede de la Casa de Extremadura, institución fundada en 1925 nada menos, pero eso, eso ya es harina de otro costal.


02 septiembre, 2024

Entre el Caballo y el Costurero.

En este recién estrenado mes de septiembre de 2024, zarpamos para nueva travesía con Hispalensia, esta vez con un recuerdo especial para el amigo Antonio Bejarano, con quien hasta no hace mucho hemos tenido la suerte y el privilegio de colaborar, y al que deseamos la mejor de las suertes en todos sus proyectos. Siguiendo sabios consejos, proseguiremos como hasta ahora, acudiendo a la cita de los lunes para que, quienes lo deseen, puedan atesorar, semanalmente, un poquito de Sevilla. 

Avenida llena de tráfico, especialmente cuando llega la Feria de Abril, contrasta el ir y venir de automóviles, viandantes y muchos, muchos turistas, con la belleza de la arboleda que la rodea y la prestancia de sus diferentes edificios, sin contar con que, como muchos ya habrán adivinado, tanto esta avenida como el frondoso parque que se halla a su vera llevan el nombre de una mujer fundamental para entender este sector de la ciudad, testigo sobre todo del paso del tiempo en los siglos XIX y XX; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Entre la Glorieta de San Diego y la de los Marineros Voluntarios, o lo que es lo mismo, entre el popular "Caballo del Cid" y el "Costurero de la Reina", la Avenida de María Luisa toma el nombre de Su Alteza Real Doña María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón, hermana de la Reina Isabel II, esposa de Antonio de Orleans, Duque de Montpensier y madre de María de las Mercedes, esposa de Alfonso XII. Aunque nacida en la corte madrileña allá por enero de 1832, muy joven marchará a Francia tras su matrimonio con el Duque de Montpensier (eterno conspirador y frustrado rey de Ecuador y España) con el que tendrá nueve hijos, entre ellos la mencionada María de las Mercedes, fallecida con apenas dieciocho años y cuya historia de amor con el monarca español pasó a la cultura popular y de ahí a la copla y el cine.

El matrimonio Orleans-Borbón se traslada precipitadamente a España tras la proclamación de la Segunda República Francesa en 1848, estableciéndose en Sevilla a la postre, creando en el adquirido Palacio de San Telmo la conocida como "Corte Chica", hacia la que supieron atraer a lo más destacado de las élites andaluzas y de los literatos y artistas hispalenses de aquel momento. La influencia de la pareja en la ciudad, que apodará al Duque de Montpensier como Don Antonio "El Naranjero" por sus extensas propiedades agrarias de cítricos, o la se hará sentir de muchas formas, pero cobrará especial importancia tras la muerte de éste en 1890, cuando el consistorio sevillano le solicite a María Luisa de Borbón una serie de terrenos anexos al Palacio de San Telmo para abrir una avenida que uniera la actual de Menéndez Pelayo con los Jardines de las Delicias, lugar habitual de diversión para muchos. 


Un año después, la Duquesa viuda accedió y se iniciaron los trabajos de apertura, consistentes sobre todo en la demolición de diversas construcciones correspondientes al personal de servicio de los Montpensier, sin olvidar de la creación del Parque de María Luisa con sus 34 hectáreas de superficie, a uno de los lados de la nueva vía, inicialmente creado en principio como jardín por el propio Antonio de Orleans auxiliado por el paisajista Claudio Boutelou y en 1912 reformado por el francés Jean Claude Forestier con vistas a la Exposición Iberoamericana. Con una anchura inicial de 27 metros, curiosamente nunca fue adoquinada, pese a que con ella se tenía la idea de unir el Puerto con la estación de ferrocarril de Cádiz.


A lo largo de la propia Avenida de María Luisa se levantan diversos edificios vinculados a la gran cita de 1929, como el Casino de la Exposición, el Teatro Lope de Vega, o pabellones como los de Perú salido de los planos del arquitecto Manuel Piqueras Cotolí (ahora Casa de la Ciencia) y Estados Unidos, diseñado por el norteamericano William Templeton Johnson en 1928 (actual sede de la Fundación Valentín de Madariaga), sin olvidar el denominado Costurero de la Reina, y que fue construido por orden del Duque de Montpensier bajo planos de Juan Talavera y de la Vega, padre del también arquitecto Juan Talavera y Heredia. Viendo la fecha de realización, es fácil deducir que la leyenda del pequeño y coqueto edificio, al parecer el primero en estilo neomudéjar en Sevilla, al que acudía María de las Mercedes para sus labores de costura y para ser cortejada por el futuro rey Alfonso no deja de ser una más de las leyendas populares que tanto gustan en nuestra ciudad y que, por mucho que queden desmentidas, sean prácticamente imposibles de diluir. 



Fallecida en Sevilla en 1897, el recuerdo de María Luisa de Borbón quedó, como hemos dicho, en el Parque que lleva su nombre, y en una bonita escultura de cuerpo entero colocada en la Glorieta de los Lotos, no lejos de la avenida que comentamos. Rodeada de pérgolas y de una variada vegetación que comprende un plátano de sombras, jazmines o bignonias, la efigie, que fue inicialmente realizada en piedra por el escultor Enrique Pérez Comendador en 1929 y colocada en otra ubicación diferente, muestra a una María Luisa en edad avanzada, en actitud pensativa, mirada perdida, libro en su regazo y una rosa en su mano derecha, quizá en alusión simbólica a su hija fallecida María de las Mercedes. 

Sin embargo, la actual imagen está realizada en bronce, sustituyendo a la primera, la cual pasó a los almacenes municipales para ser donada a la ciudad de Sanlúcar de Barrameda en 1972, colocándose en la plaza de los Cisnes y, finalmente, concluir su periplo en el primitivo palacio sanluqueño de los Montpensier, ahora sede municipal, donde todavía permanece como testigo de un tiempo pasado de esplendores, pero, mejor, dejémoslo ahí para otra ocasión. 

29 julio, 2024

Culebras.

Desconocido su nombre por muchos, en detrimento a la Cuesta que la sucede, lugar de paso de procesiones, espacio para acceder al Centro o calle para recorrer sin prisa pese a su corto trayecto, esta semana nos vamos a descubrir una vía que no tiene apenas números pero encierra varios detalles dignos de tener en cuenta, entre ellos una lápida de mármol que alberga una severa advertencia con fuerte castigo económico; pero como siempre, vayamos por partes.

Navegaba Colón hacia tierras ignotas cruzando el Océano Atlántico allá por 1492 cuando ya esta calle era  conocida como la de Culebras, sin que nadie haya aún acertado a decir el por qué de tal nombre; aunque puede aludir, naturalmente, al reptil ofidio inofensivo para el hombre, el término también alude al serpentín de vidrio de los alambiques usados en destilación; como mención peculiar, traemos a colación un párrafo de uno de los famosos sermones del Loco Amaro, quien en torno a 1684 sacaba a relucir esta calle al hilo de unas oposiciones a canónigos de la Colegial del Salvador:

"Crió Dios a nuestro padre Adán en el Paraíso, y le dijo: no hables con las fruteras. Llegó Eva, que nunca falta una alcahueta, que si no las hubiera no habría tantas putas, y le dijo: ¡mira que lucida tienda de manzanas! Estaba vendiéndolas, no a la postura sino bien caras, y por eso se le volvieron culebras. Llegó Eva y dióle a su marido una manzana, y como no le costó nada a la taimada, zampóse otra, y le dijo al inocente: Come hombre, que son de la Palma; come: serás canónigo de san Salvador; come y gobernarás a las fruteras de la calle de las Culebras". Comiólas el desventurado del canónigo de san Salvador, que siempre anda a la que salta, y al punto se vio zapatero de viejo. ¡Echarlo del Paraíso!, dijo el Niño de la Bola; que quien no entiende más que de manzanas no ha de entrar en la Iglesia Mayor, no ha de entrar en aquel Sagrario; no puede ser canónigo de oposición. Y yo les juro a Cristo, que a no haberse metido San Juan de Dios de por medio, que era el padre de la Paz, no había de entrar en el paraíso ninguno de la calle de las Culebras". 

Como puede apreciarse, Amaro Rodríguez, misógino hasta los tuétanos y anticlerical de tomo y lomo, ni superó el adulterio de su mujer ni el que éste hubiera tenido lugar con un fraile, de ahí que no dejase títere sin cabeza en relación al sexo femenino,  ni tuviera pelos en la lengua a la hora de atacar al clero hispalense, especialmente al del Salvador, tan lleno de ínfulas como escaso de rentas, de ahí el dicho popular de "Canónigos del Salvador y Abad de Olivares, todo es aire".

En 1888 se le cambió el nombre y de Culebras pasó a denominarse Villegas, en honor al pintor sevillano José Villegas Cordero (1844-1921), perdiendo entonces también otro de sus nombres, correspondiente a la desembocadura en la Plaza del Salvador y que tuvo mucho que ver con un gremio del que ya hablamos en cierto momento: Cereros. Detalle interesante, Villegas mantendrá buena amistad con el músico y compositor Joaquín Turina, nacido no lejos, en la calle Buiza y Mensaque (en la trasera de Vilima, para entendernos) y éste por su parte vivirá en la propia desembocadura de Villegas al Salvador e incluso contraerá matrimonio con su novia Obdulia Garzón, que vivía en el número 10 de la plaza del Salvador, en la propia Parroquia de mismo nombre. Aficionado a la fotografía, Joaquín Turina retrató muchos momentos familiares en la azotea de aquel edificio, derribado en torno a 1925 para ensanchar la desembocadura de la calle Blanca de los Ríos.  

Casi toda la acera de los números pares, o lo que es lo mismo, la de la izquierda si venimos del Salvador, está ocupada por los muros de la antigua Colegial, levantada sobre los restos de la primitiva mezquita mayor de Sevilla, la de Ibn Adabbás, inaugurada en el año 829 y que, curiosamente, fue incendiada por los normandos en el 844 tras intentar infructuosamente su saqueo por la aparición de un joven de vestiduras blancas y luminosas que les ordenó marchar de allí y que la comunidad musulmana creyó era el propio Profeta Mahoma. Con el paso de los años, la ciudad fue recreciéndose, y prueba de ello es que el acceso a dicha mezquita, cristianizada en 1248 y derribada en 1671 se hacía mediante la bajada de veintidós escalones, dándose la circunstancia de que desde la propia calle Culebras podían tocarse los tejados del edificio, algo que siempre ha llamado mucho la atención.

Muy cercana a la calle Galindo, la de las Culebras destacó por su intensa actividad comercial a lo largo de la historia, con tiendas dedicadas a la venta de tejidos o otros artículos; incluso no hace mucho reseñábamos cómo precisamente en la tienda de un mercader asentado en esta vía fue secuestrada una niña que al cabo de los años fue rescatada de su captora en la calle Clavellinas. Además, como prueba de su importancia era cubierta con toldos desde el Corpus hasta el fin del verano formando parte de los más importantes recorridos procesionales y también de esa especie de "centro comercial" al aire libre que formaban las plazas de la Pescadería, la Alfalfa (con sus Carnicerías), la del Pan o el propio Salvador, a las que habría que sumar la calle de los Alcuceros (actual Córdoba).

Dos elementos perviven aún para marcar el territorio, en primer lugar la antigua cruz del propio cementerio parroquial, en otro tiempo colocada en el centro de la plaza del Salvador y ahora en el chaflán que forma la esquina de la Colegial con Villegas y en segundo lugar el magnífico azulejo del Cristo del Amor, restaurado recientemente y que fue bendecido en noviembre de 1930, interviniendo en su realización el ceramista Enrique Mármol y el ebanista Manuel Casana, destacado cofrade del Amor que colaboró también con otras hermandades como la Macarena o la Sagrada Mortaja. Curiosamente, fue Casana quien regaló el azulejo a la corporación del Domingo de Ramos, quien se lo agradeció cumplidamente con un hermoso panel de azulejería en homenaje a su persona, situado en la casa hermandad, que precisamente tiene salida a la calle que estamos comentando.

Además, es casi de obligado cumplimiento reseñar la colocación de una lápida de mármol por la Hermandad Sacramental del Salvador dos años después de la inauguración del nuevo templo colegial, en 1714, una lápida cuyo texto no deja indiferente y que da idea de cómo eran los comportamientos sociales muy influidos por la religión: 

EL REY D. JUAN, LEY 11. EL REY, I TODA PERSONA, 
QUE TOPARE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO, 
SE APEE, AUNQUE SEA EN EL LODO, 
SOPENA DE 600 MARAVEDIS DE AQUEL TIEMPO, 
SEGÚN LA LOABLE COSTUMBRE DE ESTA 
CIUDAD, O QUE PIERDA LA CABALGADURA, 
Y SI FUERE MORO DE 14 AÑOS ARRIBA 
QUE HINQUE LAS RODILLAS, O QUE PIERDA, 
TODO LO QUE LLEVARE VESTIDO, 
Y SEA DE EL QUE LO ACUSARE.
SE PUSO ESTA LOZA POR LA ARCHICOFRADÍA 
DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, DE ESTA 
IGLESIA COLEGIAL AÑO DE 1714.

Nos dejábamos en el tintero que la muy reverenciada entonces imagen de la Virgen de las Aguas podía  ser venerada a deshoras gracias al hecho de que podía ser girada hacia la calle en la plataforma de su barroco camarín, siendo visible desde un ventanal, algo que todavía hoy puede contemplarse con motivo de la procesión del Corpus Christi de la Catedral. 

En cuanto a edificios reseñables, merecen la pena los emplazados en la acera de los números impares, como el realizado por el arquitecto Juan Talavera entre 1926-1928 en los número 1-3 para Manuel Pérez Salvador, del que destaca el airoso torreón central en la fachada de Villegas, conjugando los mismos materiales, ladrillo y cerámica, que aparecen en la cercana cúpula del Salvador, con diseño de Leonardo de Figueroa en torno a 1712 y consiguiendo la integración estética del nuevo edificio junto al antiguo.  

En cuanto a comercios o tiendas, en julio de 1758 curiosamente allí radicaba una mercería, dato éste extraído de la edición del Hebdomadario Útil Sevillano donde puede leerse:

"Calle Culebras, en la tienda de Mercería de la tía Ana darán razón de dos mujeres solas, madre e hija, que para un todo buscan casa, la una 50 años la otra 26; sus habilidades informan ser a satisfacción, por el mucho primor en coser, planchar y aseo".

Hay referencias a una Botica, la de Juan de Álava, cerrada en torno a 1865 y a finales del XIX en la prensa local aparecen anuncios de un Depósito de Aguas Minerales en el número 5 de la calle y que por aquel entonces compraba botellas vacías de marcas como Marmolejo, Mondariz (procedente de tierras gallegas), Villaharta (de Córdoba) o Insalus (Guipúzcoa), al igual que existían los Almacenes de Tejidos Serrano y Miralles, éstos en el número 3. Por otra parte, en esta calle hubo tiendas dedicadas al vestuario nupcial, especialmente al femenino, acaparando junto con la Plaza del Pan o las calles Cuna y Lineros casi todo el sector del comercio de trajes de novia, ¿Quizá por la cercanía con la Iglesia del Salvador? Por último, siempre estará en nuestro recuerdo al estrecha fachada de la Librería Internacional Lorenzo Blanco, especializada en temas relativos al Derecho o las Letras y que cerró a principio de los años 90, pero esa, esa ya es otra historia.

GLOSARIO:

Ignota.

No conocida ni descubierta.

Taimado.

Astuto, disimulado y pronto en advertirlo todo. 

Ofidio.

Dicho de un reptil, sin extremidades, con boca dilatable y cuerpo largo y estrecho revestido de una epidermis escamosa que muda todos lo años y puede ser venenoso para los humanos. 



24 junio, 2024

Procrastinadores por San Lorenzo.

En esta ocasión, aprovechando el letargo provocado por estos días ya veraniegos, en los que todo invita al descanso y la siesta, vamos a centrarnos en una curiosa y excéntrica asociación que existió en Sevilla a comienzos del siglo XIX y que tuvo su sede, al parecer, no lejos de la parroquia de San Lorenzo; pero como siempre, vayamos por partes.

Preguntar ahora en nuestros días por la calle Caldereros nos llevaría de manera inmediata al barrio de Bellavista, a una vía rotulada en 1950 con este nombre y que anteriormente recibió (sin que se sepa por qué) el de Cañavate; sin embargo, en la Sevilla del siglo XVIII tal apelativo correspondería a la actual de Juan Rabadán, llamada así desde 1913 en honor a un condecorado teniente sevillano muerto en la Guerra de África, en concreto en Melilla, el año anterior de 1912. 

Foto Reyes de Escalona.

Lo de Caldereros, como imaginará quien lea estas líneas, tiene que ver con la presencia de dicho oficio y gremio en esta zona concreta de la ciudad, con el detalle de que la cercana y actual de Teodosio era conocida como Calderería, mientras que Caldereros transcurría (y sigue transcurriendo) desde la propia Plaza de San Lorenzo hasta la calle Torneo, aunque no fue éste el único nombre que recibió la calle, antes bien, fue llamada también de la Cabra (debido a un célebre corral de vecinos que llevaba tal nombre). El final de la calle, ya en Torneo, se llamó Bajondillo, nombre que perduró hasta mediados del siglo XIX debido a la existencia de una especie de hueco u hondonada creada en esa zona para la extracción de barro destinado a los alfares que existían en ese sector, destinados a la fabricación y cocción de ladrillos, vasijas o tejas. Todo ello, unido además a su cercanía al río, habría convertido el extremo de la calle en un apartado poco limpio y  maloliente, tal como reflejaba con frecuencia la prensa de la época.

Para la pequeña historia de la calle Caldereros o de Juan Rabadán, destacar que fue sede, concretamente su número 36, de la autodenominada Sociedad de la Posma, que nuestro habitual cronista Álvarez-Benavides supo retratar en cuando a fines y actividades. Antes que nada, conviene referir que la palabra "posma" hace alusión a pesadez, flema, lentitud o pachorra, de manera que una persona "posma" sería entonces alguien flemático, parsimonioso o, como se dice ahora, procrastinador. Luis Montoto, allá por 1888 escribía:

 "Dícese de la persona lenta y pesada en su modo de obrar, si nos atenemos al significado que de la voz posma da la Academia; pero en la persona que es un posma hay algo más que pesadez y lentitud. El posma enoja por su tenacidad, o, como los andaluces decimos, por su chinchorrería. Equivale a ser un pelma o pelmazo."

Tras todo esto, ¿Qué requisitos eran necesarios para ser recibido en  dicha Sociedad como miembro de pleno derecho?

"Para ser individuo de esta corporación, era preciso dirigir una solicitud a la presidencia y someterse luego a infinidad de pruebas marcadas en el reglamento que conformaran los méritos del aspirante, méritos que tenían necesariamente que basarse en la calma, paciencia, pesadez y todas las demás dotes que unidas formaban un "posma" digno, un "posma" reglamentario".

Al modo de club selecto, pertenecía a la Sociedad de la Posma gente de toda condición, y en sus juntas o reuniones se admitían aspirantes, se elegían cargos directivos o se castigaban comportamientos que iban contra la finalidad de la Asociación, o sea, que se penaba el ser demasiado rápido, diligente o expeditivo y se valoraba muy mucho, hasta el extremo, la falta de velocidad o la pereza suprema, por no decir la "sangre gorda". Los primeros años del siglo XIX fueron especialmente fructíferos en ocurrencias y anécdotas protagonizadas por miembros de esta asociación, algunas de ellas probablemente exageradas o inventadas como ésta que no nos resistimos a transcribir, del Noticiero Sevillano del 16 de noviembre de 1898 y recogida por el recordado profesor Alberto Ribelot:

"En una de las tardes del mes de agosto del año 1800, dos sujetos decentemente ataviados y rayando en las 50 navidades, se encontraron en la calle del Barco, vía próxima a la Alameda de Hércules. Después de cambiar un afectuoso saludo, pusiéronse a conversar, dándoles en el rostro los abrasadores rayos del sol del estío.

Transcurrieron horas y horas, llegó la noche, sonaron las doce, tocó el alba y ya el crepúsculo matutino del siguiente día se dibujaba en el horizonte cuando unos de los interlocutores dijo a su amigo:

-Con que, adiós paisano; en otra ocasión hablaremos más despacio. Voy corriendo a ver qué novedad ocurre en casa, pues ayer encontrándome en el despacho de don Cosme, el presidente de la sociedad, recibí un aviso urgentísimo participándome se había declarado un incendio en mi domicilio y aun ignoro las causas del siniestro y el incremento que haya tomado ya a esta hora.

-Vaya, pues que no sea cosa de cuidado-contestó el segundo "posma" alargándole la mano. Yo también voy deprisa, pues salí de casa con el doble objeto de sacarme una muela cuyos dolores me atormentan, y de camino, avisar a la comadre, pues dejé a mi señora en estado de dar a luz el noveno de mis queridos vástagos. 

-Está muy bien, compañero,  celebraré por mi parte que haya ocurrido ninguna novedad contraria al parto y desde luego me ofrezco a ser padrino de la criatura, si ésta, cuando usted llegue  a su casa, no hubiera recibido ya el agua del bautismo.

Y así diciendo, separáronse al fin después de trece horas de conversación."

Caminar lentamente por calles encharcadas hasta calarse los huesos en días lluviosos, sufrir por arrancar hojas del calendario, quizá no dar cuerda a los relojes o leer periódicos hasta que dejasen de tener actualidad por el paso de las semanas, eran señas de identidad de un buen "posma", por no hablar de responder cartas con meses de retraso o felicitar las Pascuas en junio, intentar sacar papeletas de sitio en septiembre o, es un poner, vestirse de gala para el Corpus en noviembre; en definitiva, se trataba de una filosofía que pretendía dejar que la vida pasase lenta y parsimoniosamente, lo que se llamó más tarde "el dolce far niente" o belleza de no hacer nada, algo que incluso ha llegado a la gastronomía con el conocido concepto de "slow food". El "estrés" no iba con los de la Posma, qué duda cabe.

Las noticias sobre la Sociedad de la Posma tienen quizá su primitivo origen en un texto burlesco, obra del gaditano Francisco Miconi y Cifuentes (1735-1811), segundo Marqués de Méritos, apodado "serenísimo y quietísimo señor", quien llegó a cartearse con el compositor Franz Joseph Haydn, texto en el que él mismo se autodenomina coronel del Regimiento de la Posma y  propone cómo realizar el viaje de Cádiz a Sevilla en el "corto" tiempo de "solo" un año. 

Foto Reyes de Escalona.

Por desgracia, a medida que avanza el siglo XIX se van diluyendo las noticias sobre la Posma, ¿Se "dejarían ir" hasta el punto de abandonar su cometido? ¿Llevaría la grandiosa pereza de sus componentes a quedar en estado latente "in saecula saeculorum"? Quien sabe, quizá al modo de alguna sociedades esotéricas o secretas, siguen ocultos aguardando su momento, a lo mejor en la misma calle Juan Rabadán, en su centenaria Bodeguita, fundada en 1864, para retomar su actividad tras décadas de "descanso", aunque ¿No es menos cierto que todos conocemos a algún buen candidato para engrosar las filas de tan preclara asociación?; pero esa, esa ya es otra historia...

17 junio, 2024

La calle del Chorro.

Aprovechando la sombra que proporciona sus estrecheces y a una hora en la que no esté masificado por los turistas, en esta ocasión nos desplazamos al barrio de Santa Cruz para indagar sobre el pasado de una calle con nombre peculiar en lo antiguo, ahora dedicada a un íntimo amigo del pintor Murillo y que incluso, se dice, fue testigo algún que otro suceso paranormal; pero como siempre, vayamos por partes. 

Foto: Reyes de Escalona

Entre la plaza de los Venerables y el callejón del Agua, en paralelo a la calle de la Pimienta, la de Justino de Neve toma su nombre del canónigo de la catedral nacido en 1625 y fallecido en 1685; de familia de comerciantes, se caracterizó por ser uno de los grandes mecenas artísticos de su tiempo, prueba de ello es el retrato que le realiza Bartolomé Esteban Murillo en 1665 y que se conserva en tierras británicas, como no podía ser menos. En dicho retrato, podemos contemplarlo con gesto serio y mirada penetrante, sentado en un sillón frailero portando en su mano izquierda un breviario y ante una mesa con tapete verde sobre la que descansan un reloj, una campanilla y un libro, símbolos de su status social. El detalle simpático lo constituye la perrita francesa con lazo rojo, prueba de la fidelidad, cerrando el ángulo inferior derecho de una composición sobria pero llena de vitalidad.

Entre otras obras pías, Justino de Neve, además, fundó el cercano Hospital de Venerables Sacerdotes en 1678 para acoger a presbíteros de edad avanzada y fue uno de los principales impulsores de las obras de mejora y enriquecimiento de la cercana parroquia de Santa María la Blanca, en la que contará de nuevo con la colaboración el aspecto pictórico de Murillo, de quien será vecino (en la actual calle Virgen de la Alegría) y finalmente albacea testamentario, lo que prueba el grado de amistad existente entre ambos.

Foto: Reyes de Escalona

La calle que mencionamos lleva el nombre de Justino de Neve desde 1895, momento en el que pierde su nombre tradicional, el de Calle del Chorro; ¿Por qué este nombre tan peculiar? En 1874, Álvarez Benavides, siguiendo la opinión de un "colega" en estas lides, se pronunciaba en estos términos: 

"Como dejamos indicado, esta calle perteneció a la aljama o barrio de los judíos, y según el señor González de León, su nombre de Chorro se origina por la circunstancia de algún derrame de agua que tuvo procedente de las cañerías que pasando por cerca de este punto se dirigen al Alcázar. No censuramos a los que dieron a esta vía semejante nombre por tan insignificante causa, pero sí a los que han permitido y permiten que continúe, sin embargo de tanto arreglo de nomenclatura".

Corta y estrecha, pavimentada con el característico ladrillo de canto en forma de espiga, alberga viviendas y establecimientos de hostelería, una de las viviendas de esta calle fue conocida durante algún tiempo como "la de Martinito", nombre con el que se llamó a cierto duende que todas las noches vagaba por la calle creando la alarma entre los vecinos por sus trastadas y travesuras. No deja de ser interesante tal asunto, pues, como recordarán los lectores, en la zona de la parroquia de San Andrés hubo otro "Martinito", tal como reflejamos cuando dimos detalles sobre la calle Angostillo; en aquel caso, el legendario geniecillo, según contaban los viejos del lugar, se dedicaba a secuestrar doncellas con la aviesa intención de mantenerlas cautivas en un subterráneo a la espera de que algún caballero quisiera disfrutar de ellas, previo pago al duende, por supuesto. El tema del duende Martín o Martinico aparece con cierta frecuencia dentro del folklore popular español con referencias en zonas castellanas como Mondéjar o Villaluenga de la Sagra o andaluzas, como en las jiennenses localidades de Arjonilla, Porcuna o Quesada, en la granadina de Baza o también en nuestras más cercanas Dos Hermanas o Los Palacios. 

Foto: Reyes de Escalona

Sin embargo, en este caso, los días del duendecillo de la calle del Chorro estaban contados; una noche de allá el año de 1803 un curioso vecino de la calle, harto de habladurías y supersticiones, decidió comprobar por sí mismo la naturaleza de dichas apariciones, de modo que, convenientemente armado con la consabida estaca de acebuche, montó paciente guardia hasta que dio con el presunto duende, al que derribó de un fuerte golpe tras arriesgada persecución por los tejados del barrio, descubriéndose que el tal Martinito no era sino un joven galán desenmascarado que, como en otras ocasiones, aprovechaba esa apariencia para sus citas amorosas. Este final inesperado, el del ente paranormal que es en realidad un mortal que usa su apariencia para cometer ilegalidades de forma anónima, aparece reflejado en el teatro del Siglo de Oro en obras de Calderón de la Barca, siempre atento a recalcar lo racional, como La Dama Duende (1629) o El Galán Fantasma (1637).

Por último, un azulejo recuerda a la entrada de la calle que en esta vía pudo haber nacido otro galán, en este caso, Don Juan Tenorio, glosado por Tirso de Molina y Zorrilla y no lejos de uno de los escenarios de tan famosa obra, la Hostería del Laurel, pero esa, esa ya es otra historia. 

Foto: Reyes de Escalona.