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23 febrero, 2026

De manigueta.

Como cada Cuaresma, en Hispalensia, nos vamos a centrar en aspectos relacionados con la pequeña historia de nuestras hermandades, o con aspectos alusivos a detalles poco conocidos para, así, darlos a conocer. En esta ocasión, como el que no quiere la cosa, nos centraremos en un objeto que viene a ser casi un fósil de tiempos pasados; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Cuando comenzaron a celebrarse las primeras estaciones de penitencia, a finales del siglo XV o comienzos del XVI, aquellos cofrades sacaban a la calle a sus Titulares con la intención de propagar su devoción, de manera que aparecían sobre unas andas de madera que eran llevadas a hombros por los propios hermanos de la cofradía, usándose unos largueros. Estas parihuelas se caracterizaban por su sencillez y austeridad, sin apenas más exorno que la escasa cera que alumbraba a las imágenes y eran sostenidas quizá por varas rematadas en horquillas que encajaban en los largueros antes aludidos, mientras transitaban por calles casi a oscuras por la carencia de alumbrado público. El escritor Félix González de León allá por 1852 describía cómo era la Estación de Penitencia de su Hermandad del Silencio en el siglo XVII, con palabras para los portadores de las andas de Jesús Nazareno:

"Los cuatro mozos de carga que iban por fuera ayudando a llevar el paso por las maniguetas, iban también vestidos con túnicas, como los nazarenos, pero sin cola y el capirote bajo."

El Paso de Jesús Nazareno de Jerez portado por horquilleros.

Ese modo de portar los pasos, ayudados a veces por horquillas, se ha conservado en muchas poblaciones andaluzas, comenzando por la ciudad de Cádiz, donde el sonido de la propia horquilla, golpeada rítmicamente contra el suelo por el hermano manigueta es una de las señas de identidad de aquella Semana Santa o, por citar otros casos, la forma de portar los pasos de la jerezanas hermandades de Jesús Nazareno o el Cristo de la Expiración y también el estilo propio que mantiene la Vera Cruz de Alcalá del Río, sin olvidar los malagueños Hombres de Trono, colocados bajo los varales, palabra que aquí designa a las maniguetas. 

"Juan Martínez Montañés presenciando la salida de Jesús de la Pasión", de Joaquín Turina y Areal, 1890. Fragmento.

Como han estudiado no pocos especialistas en la materia, el gran cambio se producirá a partir del siglo XVII, con la irrupción del Barroco como estilo artístico que buscará, al unísono, emocionar y formar; todo ello será el fermento para que las hermandades cambien la manera de sacar a sus imágenes titulares, empleando para ello andas cada vez mayores e incluso añadiendo figuras secundarias que servirían para "teatralizar" pasajes de la Pasión y Muerte de Jesús reflejados en los Evangelios, imitando para ello el aspecto de las conocidas "carrozas" que salían en la multitudinaria procesión del Corpus Christi que cada año organizaba, y organiza, el Cabildo de la catedral hispalense. 

El problema de esas parihuelas, más grandes, era el peso y el que a lo mejor no hubiera cofrades físicamente preparados para el esfuerzo a realizar durante el recorrido procesional, de manera que, poco a poco, y a semejanza del Paso de la Custodia catedralicia, serán "mozos" asalariados los encargados de este menester, y lo serán "por dentro", esto es, bajo la parihuela, cubiertos su frente, trasera y costeros por los faldones, para que nadie pueda verlos y dar la sensación de que el Paso posee vida propia, gobernado por el capataz.

Dispuestas de manera transversal bajo la "mesa" del Paso, surgen las trabajaderas, mientras progresivamente se irán reduciendo los largueros exteriores con los que portar a hombros, para quedar convertidas en "maniguetas", simples apéndices decorativos en los cuatro zancos que recuerdan aquel antiguo modo de portar las andas. Curiosamente, en una fotografía de mediados del XIX realizada al Paso de Jesús Nazareno de la Hermandad del Silencio se puede apreciar con nitidez cómo las maniguetas aparecen forradas con una especie de almohadillas que quizá nos indiquen que aún iba "por fuera" algún portador cargando el peso de las andas, mientras bajo los faldones figuraba el resto de la cuadrilla. 


¿De dónde proviene el término "Manigueta"? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se trata de "mango de utensilios o herramientas", en cambio, en el Diccionario Marítimo Español de Martín Fernández de Navarrete, del año 1831 se la define de un modo que bien podría tener que ver con aquellos carpinteros de ribera que algunos sostienen fueron los autores de las primeras parihuelas de madera: 
"Pedazo de madera escuadrado y algo curvo, que va ensanchando hacia su cabeza, donde tiene o forma por cada cara un poco de arco saliente que viene a redondearse o terminar, por una y otras de las que habían de ser esquinas, en el centro de su tope, por cuyo medio se impide que se escurra o escape el cabo a que se da vuelta o en él se amarra."


Otra teoría, muy distinta,  nos llevaría a términos como "manija" o "manijero", con orígenes éste último en el ámbito rural y que se relaciona con el oficio de capataz al mando de una cuadrilla de agricultores. Poco o nada puede sacarse en claro sobre la procedencia de la palabra en cuestión, quizá sea ese parte del encanto que tal palabra posee en el léxico cofradiero.


En número de cuatro, rematando las esquinas de los respiraderos, se realizarán en diversos tipos de madera barnizada, en su color o dorada, en metales como la plata o el bronce (caso de la Quinta Angustia), forradas de terciopelo (Pasos de Cristo de la Vera Cruz y el Museo) o se inspirarán en detalles de la ciudad, como las del palio de la Estrella, repujadas a imitación los atlantes* diseñados por Delgado Brackembury para balcón principal de la casa número 11 de la calle Reyes Católicos, por la que transita cada Domingo de Ramos esta cofradía trianera; las más historicistas, las del palio de la Virgen de los Dolores de la Hermandad de las Penas de San Vicente, inspiradas en los pináculos de la fachada de la iglesia de San Esteban de Salamanca.

Cien años de diferencia. El Cristo de las Penas de la Hermandad de la Estrella en los años 20 del pasado siglo XX a su paso por la calle Reyes Católicos. Se pueden apreciar los atlantes del número 11. Foto cortesía del Archivo Barcaiztegui.

Los manigueteros desaparecerán durante el siglo XIX y principios del XX para luego, poco a poco, resurgir como papel simbólico, asidos a las maniguetas no sólo sin soportar peso, sino ocupando puestos de privilegio dada su cercanía con la imagen. Su atuendo será el de los penitentes, antifaz sin capirote y en algunas hermandades vestirán de forma distinta, como ocurre, por ejemplo, el palio de la Virgen de la Merced de la Hermandad de Pasión, usando el blanco hábito mercedario como recuerdo de la estancia de esta corporación en el convento Casa Grande de dicha orden, en el Valle o El Silencio la túnica será de terciopelo morado, mientras que en San Esteban, La Lanzada o la Sed emplearán los hábitos originales de las primeras salidas procesionales, sin capa. 


Como dato curioso, uno de los manigueteros de la Soledad de San Lorenzo será siempre descendiente del diseñador de dicho Paso, Santiago Martínez, ya que al no querer percibir cantidad alguna por su trabajo recibió como recompensa perpetua para él y su familia tal honor en mayo de 1951. Además, habrá hermandades que preferirán colocar en tal sitio a servidores vestidos de librea, como en la Quinta Angustia o Sagrada Mortaja, otras, directamente, no llevarán manigueteros, como la Borriquita, la Exaltación, la Macarena o el Santo Entierro y en otras figurarán pese a que el Paso carezca de ellas, como sucede en la Oración en el Huerto de Montesión. Sobre la designación de estos puestos, cada hermandad posee sus propios criterios y normas, primando la antiguedad en la nómina de hermanos o, en algunos casos, la recompensa por servicios prestados a la propia corporación, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 

Glosario:

- Atlante: Columna con forma de hombre, bien de cuerpo entero, bien mediado por la cintura, que aparece en arquitectura sosteniendo algo. 







09 febrero, 2026

Al corriente.

Acercándonos ya a una nueva Cuaresma, las hermandades se aprestan un año más a celebrar sus cultos anuales, que culminarán con la salida de la cofradía en Estación de Penitencia en Semana Santa; desde tiempos inmemoriales, como se dice en estos casos, toda esta actividad cultual ha generado siempre gastos económicos importantes, cubiertos casi siempre, por aportaciones de diverso tipo, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Por estas fechas, en muchas casas de hermandad, se celebran los llamados Cabildos de Salida, que tras las oraciones de rigor y la lectura del acta del cabildo anterior suele comenzar con la pregunta, casi ritual, del hermano mayor a su junta de gobierno: "¿Salimos este año?" Contestada por aclamación positivamente por todos los oficiales, inmediatamente todas las miradas se dirigen al Mayordomo (siempre rodeado de papeles y cuentas) al que el máximo mandatario de la corporación interrogará casi protocolariamente: "¿Hay dinero?". Lo que ahora parece simple formalidad fue, durante mucho tiempo, asunto complicado y casi vital, ya que de la bonanza económica de las arcas de la hermandad dependía la salida o no de la cofradía cada año, dándose casos, incluso a comienzos del pasado siglo XX, de votarse la no salida de alguna hermandad debido a la escasez de recursos.

Durante siglos, las hermandades, muchas de ellas gremiales, actuaron como "mutuas", ya que además de ofrecer a sus miembros participar en una serie de actos litúrgicos, cuidaba de ellos durante su enfermedad, dotaba económicamente a sus hijas casaderas en algunos casos y, por supuesto, garantizaba que, una vez fallecido cristianamente, el hermano tuviera un entierro digno con cera, paño mortuorio de la hermandad, tumba o panteón corporativo (a veces) y misas por su alma.

Todos estos gastos eran sufragados por las "averiguaciones", o lo que es lo mismo, por las cuotas o limosnas que voluntariamente entregaban los cofrades para cubrir las necesidades de la tesorería de la hermandad. Como imaginará el lector, estas cuotas se pagaban en concepto de nuevo ingreso, para los cultos o para la salida de la cofradía, como recogían las Reglas de la Hermandad de las Tres Caídas de San Isidoro allá por 1788:

"Todo el que se recibiere de hermano contribuirá por una vez con la limosna de dos libras de cera y dos reales al Muñidor; debiendo todo hermano pedir una Demanda una vez al año para la Estación de nuestra Cofradía, y en caso de no pedirla, deberá dar una libra de cera para el propio efecto". 

Interesante resulta también el término "Demanda" que consistía en que los hermanos pedían ("demandaban") limosnas para su cofradía, ya de manera privada (con huchas o alcancías), ya en la calle, con la figura de los "Demandantes", que no eran otra cosa que hermanos nazarenos que portando "demandas", o bolsas rogaban un donativo a los que contemplaban el paso de la cofradía. Esta figura del demandante resultó muy controvertida por los abusos que cometían e intentó regularse, con poco éxito, en varias ocasiones a lo largo de la historia, como  en 1604 durante el mandato del cardenal Niño de Guevara:

"Que se quiten los muchachos que andan pidiendo en estas procesiones, y nuestros jueces no les consientan en manera alguna andar en ellas, pues no sirven más que de inquietar y quitar la devoción y quedarse para jugar con la limosna que les dan."

O como se procuró desde los sectores Ilustrados ya en el siglo XVIII, durante la estancia en nuestra ciudad del Asistente Pablo de Olavide, secundado por el cardenal Delgado Venegas, quien el 17 de marzo de 1777 dictó una serie de órdenes para regular a las cofradías, entre las que figuraba:

"Que los demandistas sean personas de maduro juicio y prudencia, usen de pocas voces y esto con modestia y devoción, y no sean muchachos." 

De manera simbólica, los "limosneros" hoy perviven delante de la cruz de guía de la Hermandad de los Negritos, quien los recuperó en 1993 con una función meramente presencial, ya que no recogen donativos. Del mismo modo, podemos recordar cómo otra hermandad bien distinta, la de la Santa Caridad, mantiene la costumbre de colocar una mesa petitoria los domingos por la mañana en la catedral de nuestra ciudad, justo antes de la salida por la Puerta de San Miguel.

Abundando en lo anterior, no podemos resistirnos a incluir un precioso y preciso pasaje de un artículo del canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón, procedente de su obra Cruz y Claveles (1920) donde en un imaginario recorrido en coche de caballos por una Sevilla en plena Cuaresma visita diversos lugares relacionados con la inminente Semana Santa, cuando, en un momento concreto de esa "ruta" la animada charla que mantiene con su acompañante "capillita" se ve interrumpida bruscamente por la aparición de otros cofrades, en este caso, de la llamada entonces Hermandad de la Piedad: 

" - ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!, ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!
- ¿¿...???
- ¡Los de Santa Marina, con la demanda!
- ¿Y a tí qué más te da un duro más o menos? ¿Vas a llevarte quizá los dinerales que tienes? ¡¡Para, cochero!!
- ¡Hola, señores!
- ¿Qué tal va esa demanda?
- Medianeja nada más... Doscientas pesetas próximamente, desde la una de la tarde.
- Pues no va mal... ¿Y se podría pasar un durejo por cabeza?
- ¡Figurese usté la pedrá en los dientes!  
- Pues vaya. 
- Pues vaya.
- ¡Pues Dios se lo pague a ustedes!
- Y a ustedes los pasos.
- ¡¡Anda!!...".

Hay que recordar que las aportaciones económicas se venían haciendo tanto en metálico como en especie, esto último con un elemento muy caro por aquellas calendas: la cera pura para culto, pesada en libras, equivalentes a unos 460 gramos de nuestros días. Además, existían también otras cantidades a abonar en concepto de "multas" por inasistencia a cabildos o procesiones, y éstas, para más inri, también podían abonarse de ambas maneras, como hemos podido leer en la Regla de la Hermandad de la Hiniesta de 1671, cuando se alude a las obligaciones del cofrade: 

"Tendrá obligación de asistir a todas las Fiestas que la Hermandad celebrare a nuestra Señora, especialmente a la que se le hace en septiembre, siendo para esta avisados por nuestro Muñidor: y la falta que en cualquiera de ellas se hiciere, no constando de ausencia o enfermedad, se multe en media libra de cera".

Aún sin cuentas corrientes ni domiciliaciones bancarias, sin ordenadores ni pagos con tarjeta, será la figura del cobrador, heredero del muñidor, quien acudirá a los domicilios de los hermanos para cobrar las cuotas, llevándose una pequeña comisión por ello. El efectivo quedaba depositado en la llamada "arca de tres llaves", que recibía tal nombre por poseer tres cerraduras diferentes, que podían ser abiertas únicamente por tres miembros de la junta de gobierno, depositarios de las tres llaves que facilitaban su apertura; en este tipo de arcas también se guardaban documentos importantes. En las antes referidas Reglas de la Hiniesta se alude al arca o caja y al sistema de contabilidad en estos términos:

"Y en dicha caja entrará todo el dinero que se cobrare de las rentas de la Hermandad, y de las demandas y limosnas que se le hicieren, y que sobrare de las misas sabatinas y platillos de domingos y días de fiesta, y se sacará lo que fuere necesario para los gastos precisos, uno y otro con la asistencia de los oficiales y tomando razón de todo el Secretario, poniendo con distinción de lo que procede cada partida que entrare y para que efecto es la que saliere."

Porque, por otra parte ¿Cuánto pagaba un cofrade allá por el siglo XIX? A modo de ejemplo aproximado, según los datos que se conservan, por citar un ejemplo, en hermandades como la Sagrada Mortaja, entonces en Santa Marina con apenas cien hermanos recaudaban unos dos mil reales anuales en concepto de cuotas, teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, sólo el importe de la cuadrilla de costaleros oscilaba entre los quinientos y seiscientos reales, de modo que casi no es necesario destacar la precariedad económica de hermandades pequeñas y de barrio. 

El importe de "demandas", "averiguaciones" (éste último término ya desaparecido) y papeletas de sitio, de las que hablamos en otra ocasión, era, como decíamos, insuficiente, lo que originaba que, salvo las cofradías más poderosas socialmente, las demás estuviesen muchas veces "a la cuarta pregunta" cuando llegaba la Cuaresma y el Hermano Mayor preguntaba aquello de "¿Salimos?"; en 1865, siendo alcalde Juan José García de Vinuesa (promotor de la demolición de las murallas y protagonista del episodio de la Piedra Llorosa), el consistorio comenzará a subvencionar la salida de las hermandades, buscando con ello una mayor presencia de público foráneo en las calles, algo que irá parejo con la colocación de las primeras sillas de pago en la Plaza de San Francisco, dando inicio, por así decirlo, a una nueva etapa en el mundillo cofradiero, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

11 abril, 2022

A latigazos.

La imagen actual de los nazarenos en Semana Santa portando cirios o cruces, orando en silencio en actitud de recogimiento o también, por qué no, repartiendo algún que otro caramelo, poco tiene que ver con la que los sevillanos de los siglos XVI y XVII pudieron contemplar. Pero como siempre, vayamos por partes. 

Como bien afirma el profesor Palomero Páramo, la implantación en Sevilla de la devoción al Via Crucis por parte de Don Fadrique Enríquez de Ribera supuso el origen de las procesiones de Semana Santa, ya que en esta práctica religiosa, que se realizaba durante los siete viernes de Cuaresma y finalizaba próxima al humilladero de la Cruz del Campo, participaban fieles y devotos con hábitos nazarenos que rezaban los 1.321 credos y padrenuestros que simbolizaban el número de pasos que caminó Cristo con la cruz. 


Los penitentes de entonces, hablamos en torno a 1521, cubrían sus rostros con capuchas y se azotaban en público con disciplinas, para conmovedora admiración de quienes contemplaban la escena penitencial, y seguían el esquema medieval del movimiento flagelante, que estimaba el autocastigo como forma de contricción ante los pecados cometidos y que alcanzó gran notoriedad en la Europa de la Peste de 1340, incluso con algún matiz casi herético, lo que le valió la desautorización eclesiástica.

Casi al mismo tiempo, las cofradías sevillanas, llegada la Semana Santa y movidas desde antiguo por el recuerdo de las predicaciones de San Vicente Ferrer, realizaban estación de penitencia a cinco iglesias próximas a su sede y en sus sencillos cortejos, aún sin pasos ni costaleros, formaban los denominados "hermanos de luz", portando cera para alumbrar el camino, no siempre bien iluminado de noche, y los "hermanos de sangre", quienes expiaban sus culpas flagelándose las espaldas como disciplinantes. El transitar de estos cortejos debía ser impresionante, silencioso, sobrio, casi "castellano", únicamente roto por el ruido de los golpes y los salmos. 

La participación en las procesiones era regulada por las Reglas de cada corporación, siendo obligatoria para los cofrades, bajo pena del pago de multas en cera, salvo para hermanos enfermos o con jusitificación; los flagelos empleados variaban según las hermandades, como ha analizado Grando Hermosín, abarcaban desde carretillas de plata a manojos de cáñamo, pasando por rodezuelas o rosetas de plata de volantín; además, como epílogo de la estación, era costumbre que los hermanos más veteranos debían tener preparadas en la sede canónica grandes ollas con rosas, laurel, arrayán, romero y vino hervido a fin de lavar las heridas de los penitentes, lograr la cicatrización y evitar posibles infecciones. Com curiosidad, en 1645 un tal Luis Núñez organizó el "lavatorio" de los disciplinantes de la desaparecida Hermandad de las Tres Humillaciones, gastando 26 reales, de los cuales 3 y medio  fueron para media arroba de vino, unos seis litros y medio.

Sin embargo, lo que en principio era una práctica humilde y ascética, poco a poco fue transformándose en nada edificante exhibicionismo, sin que faltasen vanidades, desórdenes, actitudes picarescas o incluso que algunos flagelantes, expertos, buscasen  salpicar con su propia sangre el borde del vestido de la mujer a la que pretendían, gesto ahora impensable pero que en aquella época era considerado el máximo de la galantería y virilidad. Por supuesto, el término "latigazo" también comenzó a extenderse como práctica relativa al consumo de mostos y aguardientes, con los consiguientes efectos...


A ello habría que sumar cómo los nobles obligaban a sus servidores a azotarse por ellos, el uso de túnicas acolchadas en la espalda para ocasionar ruidosos azotes para impresionar al pueblo o incluso la creencia popular que afirmaba que la flagelación tenía efectos reconstituyentes para el cuerpo. En 1604, el Cardenal Niño de Guevara instauró el Cabildo de Toma de Horas, ordenó que todas las hermandades hicieran estación a la Catedral (las de Triana, a Santa Ana) y reguló los abusos de los penitentes, prohibiendo la presencia de mujeres como tales, las túnicas cortas o transparentes, el "alquiler" de flagelantes, los excesos de los "demandantes" (cofrades algo "insistentes" que pedían donativos para la hermandad durante el recorrido) así como la obligación de mantener la debida compostura, acorde a la solemnidad del acto. ¿Se cumplieron las normas establecidas entonces? 

El Abad Gordillo escribía un tiempo después sobre una hermandad en concreto, aunque podría aplicarse al resto: 

"En el tiempo presente ha variado mucho esta cofradía, porque ya no son tantos los caballeros y hombres nobles que a ella acuden, ni tanto el fervor de la penitencia. Se ha reducido todo a seguir la novedad y galas que se  permiten, que es cosa lastimosa lo que en esto se usa. Ya no hay caballeros que se disciplinen porque la sangre de color rojo ya se derrama de mala gana... Todos van sueltos y galanes..."

Será finalmente Carlos III quien con una Real Orden en 1783 prohiba enérgicamente la presencia en las procesiones de Semana Santa de disciplinantes, empalados y todo aquello que desdiga del auténtico espíritu de este tipo de celebraciones.

Procesión de disciplinantes

Pese a todo, los flagelantes siguieron desfilando por las calles, prueba de ello es la célebre pintura de Francisco de Goya, realizada en torno a 1814, sin que sirvieran los lamentos de escritores ilustrados como el sevillano Blanco White, que hablará del tema en estos términos sobre 1822:

"Hace exactamente cuarenta años fue prohibida por orden del gobierno la repugnante exhibición de gente bañada en su propia sangre. Aque llos penitentes procedían de las clases sociales más abyectas. Vestían enaguas de lino, capirotes, antifaces y unas camisas que exponían a la vista la espalda desnuda, todo ello de color blanco. Antes de incorporarse a la procesión se herían la espalda y ya en ello se azotaban con disciplinas hasta hacer que la sangre corriera por sus hábitos. Fácil es comprender que la religión nada tenía que ver con estas voluntarias flagelaciones. En efecto, estaba muy extendida la idea de que este acto de penitencia tenía un excelente efecto sobre la constitución física y, mientras que la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las más robustas beldades de las clases más humildes."

 El siglo XIX marcará el fin de las disciplinas cruentas y las violentas flagelaciones, aunque en estos días de Semana Santa, aún pervive un lugar en el que se ha mantenido esta costumbre, un pueblo de la Rioja llamado San Vicente de la Sonsierra que aún mantiene la tradición de los llamados "Picados" y auténtico fósil de tiempos pasados, conservando prácticamente el mismo esquema penitencial que los flagelantes del XVI, desde las túnicas, capas y capuchas hasta la curación de las heridas, pasando por todo un conjunto de normas para serlo en las que priman ser mayor de edad, buena fe y anonimato. Pertenecen a la antigua cofradía de la Vera Cruz, y acompañan las procesiones del Jueves y Viernes Santo; el término "picao" alude a los pinchazos (doce, en recuerdo de los doce Apóstoles) que se les practican en la zona lumbar tras los azotes realizados con una recia madeja de algodón, con la idea de hacer manar la sangre y evitar hematomas internos.   

Disciplinantes frente a la Virgen.jpg

Así, cuando en las jornadas semanasanteras contemplemos el transitar de nazarenos y penitentes, bien podríamos recordar aquellos tiempos en los que se vertía sangre en vez de cera y en los que los azotes no sólo eran cosa de la Hermandad de las Cigarreras. Pero esa, esa ya es otra historia.

15 marzo, 2021

Días de reparto.

 

 No cabe duda de que uno de los documentos que más anhela, o anhelaba, adquirir cualquier cofrade en estas fechas es la Papeleta de Sitio, o lo que es lo mismo, el impreso que refleja que el hermano ha abonado la llamada Limosna de Salida o la cuota anual según el caso y que por tanto tiene derecho a acompañar a los Titulares de su Hermandad durante la Estación de Penitencia. La Papeleta, ni que decir tiene, se decora como no podía ser menos con una orla precisa y preciosamente dibujada, imágenes del Cristo o la Virgen de la corporación, el escudo y, por supuesto, tanto el número de antigüedad como hermano como el puesto que ocupará durante el recorrido (cirio, cruz, acólito, insignia, costalero...); incluso no faltan aquellas que vienen acompañadas de un sobre destinado a algún donativo para la Diputación de Caridad o incluso el ruego inevitable de los mayordomos: "¿Va a dejar algo para las flores del Paso?".


 Importante, al dorso de la Papeleta, algo que casi nadie lee: las normas de comportamiento para el hermano nazareno, acólito o costalero, con especial hincapié en la uniformidad del hábito penitencial en cuanto a colores, tamaño del antifaz, colocación de cíngulos o escudos, hebillas o guantes, amén de lo que vendría a ser una especie de "guía" para el buen comportamiento, ya que tampoco quedan en el tintero cuestiones como las prohibiciones de levantarse el antifaz, vagar por las calles antes o después de la cofradía o simplemente realizar actos que desdigan el espíritu penitencial de la misma, por no hablar de la mala imagen que supone para la Hermandad.

Las firmas del Hermano Mayor o del Mayordomo y Secretario, junto con el sello corporativo, darán la pertinente autencidad al documento, que quedará guardado como oro en paño en casa de nuestro cofrade hasta el día de la salida de la cofradía, cuando sea necesario portarlo para acreditar el derecho a participar en la procesión. Muchos guardan como estimados tesoros las papeletas de sitio de la infancia, otros, las archivan por años, hay quienes, en fin, las conservan a modo de testimonio escrito tras cada Semana Santa.

Ni que decir tiene que las Papeletas de Sitio, junto con la subvención del Consejo de Cofradías, obtenida de la gestión de las sillas de la Carrera Oficial, constituyen una más que importante fuente de ingresos para las hermandades, aunque muchas ya hayan preferido optar por unificar cuota de hermano y papeleta para así garantizar unos ingresos mínimos.  

Pero, ¿Desde cuándo se emplean las papeletas de sitio? A lo largo de la historia de las hermandades, sus escribanos o secretarios procuraban dejar constancia escrita de todo lo que acontecía en su seno, mediante libros de acuerdos o de actas, libros de asientos de hermanos o listas de cofrades que participaban en la anual Estación de Penitencia, listas que servían casi como control de acceso y para evitar, por qué no, la entrada o participación de personas ajenas a la Hermandad el día de la salida procesional, y listas, además, que eran (y son en muchos casos) leídas aún de viva voz por los secretarios en no pocas hermandades minutos antes de que se abran las puertas del templo y salga la Cruz de Guía. La Papeleta de Sitio venía a ser el "salvoconducto" que permitía al hermano integrarse en la cofradía.

Por tanto, aunque hablamos de un documento casi meramente administrativo, posee no poca importancia, por lo que representa a la hora de acreditar no sólo la pertenencia al cortejo penitencial, sino también la antiguedad del hermano a la hora de figurar más próximo al Paso o el derecho a portar tal o cual insignia, de ahí que en nuestros tiempos incluso en muchas papeletas de sitio incluso aparezcan la fotografía del hermano y su número de carnet de identidad a fin de evitar suplantaciones. La Lista de la Cofradía, redactada por el Diputado Mayor, y colgada en un tablón en la Casa Hermandad o en el Templo residencia de la Hermandad, será el resultado final de esos días de reparto de Papeleras de Sitio, casi como un listado de participantes en el que cada año muchos verán como se separan de la Cruz de Guía y se acercan tramo a tramo al Paso.

Pertenecientes al siglo XVIII la Hermandad del Silencio conserva aún añejas papeletas de sitio encabezadas por la Cruz de Jerusalén, en las que se indica que "Nuestro hermano acompaña a Jesús Nazareno en su estación con (y aquí un espacio para indicar si es cirio, insignia o cruz) más la fecha y el nombre del hermano con esmerada caligrafía. Sabemos también, gracias al profesor López Bravo, que en 1850 la Hermandad de Montserrat poseía ya todo un Reglamento para ordenar la Estación de Penitencia, y que en el mismo se ordenaba a los hermanos abonar sus cuotas con antelación al Viernes Santo para así poder obtener la pertinente Papeleta de Sitio; como curiosidad, la cuota en aquel entonces estaba establecida en quince reales de vellón. 

Esta año, las papeletas de sitio ("controles de salida", se llaman en Cádiz) se han vuelto simbólicas, y en muchas hermandades, en un gesto que aplaudimos, su importe servirá para paliar las carencias de las siempre necesitadas Bolsa de Caridad u Obras Asistenciales; esperemos que la próxima Cuaresma, si Dios quiere, volvamos a ver esas largas colas de hermanos aguardando a que mayordomos y secretarios emitan, cuantas más, mejor.




06 abril, 2016

De cómo vivió Don Alonso días de Santa Semana.-

Lejanas poco a poco ya fechas semanasanteras en el almanaque, no queda sino recuerdo y ensoñación tras desfiles procesionales de las multitud de cofradías que devotamente hacen Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral. 

Nutridos cortejos, grandes masas de fieles, despliegue de artilugios para retransmitir en imagen todo lo que acontece, sesudos debates acerca de colocar vallas o no, horarios, previsiones de lluvia, habrá ahora un año (casi más) para discutir y hasta para buscar soluciones.

Por nuestra parte, quedámonos con la rapidez con que estos días transcurren, con la devoción con la que no pocos los aguardan y con la ilusión de niños, jóvenes y mayores a la hora de celebrar una Fiesta que traspasa fronteras y cautiva a cuantos acércanse a ella con mirada limpia y corazón entregado. Sólo nos resta decir que vivimos una Semana en la mejor compañía y que estas imágenes que siguen no son sino exiguo reflejo de lo acontecido: