En esta ocasión, nos vamos a centrar en un material procedente del fondo marino, apreciado por brujas y joyeros y utilizado comúnmente para embellecer y salvaguardar; pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Durante siglos, nadie supo a ciencia cierta qué era esa especie de piedra semipreciosa que se sacaba del mar y que resultaba muy apreciada por su vivo color rojizo, incluso la mitología griega la atribuyó a la cabellera de la Medusa tras morir. En realidad, el Coral, es el esqueleto de un sinfín de pólipos que viven en colonias que llegan a formar auténticos arrecifes, ahora en peligro de extinción por mano del hombre; pueden medir desde unos poco milímetros hasta unos centímetros y requieren aguas claras y luz solar, dejando al morir unas estructuras calcáreas que siguen siendo colonizadas por sus semejantes, de manera que han sido denominados "los arquitectos del mar". La especie de coral que nos interesa en este caso es el conocido como Corallium Rubrum, que crece en toda la fachada atlántica y mediterránea y que ya era pescado desde tiempos prehistóricos, pero será en la Antigüedad cuando su difusión y distribución se vea incrementada.
¿Para qué se usaba el coral? En primer lugar, hay que destacar su utilidad, en aquellos tiempos, contra cólicos, cálculos y males de la vejiga al mezclarse pulverizado con agua o vino; además, se decía que era útil como somnífero. En 1605, el médico y botánico aragonés Gaspar de Morales, en su obra De las virtudes y propiedades maravillosas de las piedras preciosas (que llegó a estar prohibida por la Inquisición), escribía sobre el coral:
«Sirve al uso de la medicina el coral colorado contra la epilepsia, si en naciendo la criatura se tomare un escrúpulo del polvo del coral colorado, muy sutil, y paladearen la criatura con él, y la miel, la librará en que no caiga en tal contagio, traída al cuello de manera, que toque la boca del estómago quita el dolor de él, en polvos y en ungüentos suelen los señores médicos usar de él para las necesidades que se ofrecen al estómago.»
En segundo lugar, el coral se empleó durante años como elemento apotropaico. Menuda palabreja ¿verdad?, nos explicamos: se trata de un término que proviene del griego y significa, literalmente, "que aleja el mal", lo que nos indica que fue utilizado, por tanto y muy mucho, como amuleto, especialmente contra una de las peores maldiciones de antaño: el mal de ojo. Esta creencia supersticiosa surgida en la antigua Mesopotamia, se consideraba que surgía de la mirada envidiosa de una persona hacia otra, siendo los niños y las mujeres embarazadas las principales "víctimas" de esta práctica, muy empleada en artes hechiceriles y aún hoy muy tenida en cuenta en determinadas culturas. Tampoco podemos dejarnos en el tintero el hecho de que el coral se usase, según San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (siglo VII) como protección contra rayos, tempestades y granizo.
La costumbre, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, de colocar colgantes de coral a los niños, se hizo bastante popular entre todos los estamentos sociales, de ahí que no es extraño apreciar dichos colgantes en numerosos retratos barrocos y, mucho antes, en imágenes del Niño Jesús en brazos de la Virgen María. En pleno Renacimiento italiano, el pintor Piero della Francesca (1415-1492) realizará la Madonna di Senigallia sobre 1474; conservada en la Galería Nacional de Urbino, puede apreciarse la ramita de coral que pende del cuello del Niño.
Habría que añadir que, dado su alto precio, el coral ha sido usado como elemento decorativo para piezas de joyería (collares, broches, pendientes...) que denotan el status social y económico de quien las porta. En este sentido, merece la pena destacar el pecherín repleto de alhajas de coral que posee la Virgen de los Reyes, fruto de numerosos donativos de fieles y devotos y, en especial, del rey Luis Felipe de Francia.
Ese alto precio que aludíamos era un claro obstáculo para que el coral, como amuleto, fuera adquirido por las clases menos favorecidas de aquella época, de ahí que se recurriera a "sucedáneos" como, por ejemplo, los lazos o cintas de color rojo que aún hoy son empleadas en hispanoamérica contra el mal de ojo y de lo que tenemos una buena referencia en una curiosa pintura procedente de la sevillana Casa Cuna y expuesta actualmente en la Exposición Permanente que sobre hospitales benéficos se haya situada en el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses. En concreto, como ha relatado su comisario Juan Luis Ravé, en el lienzo "Sagrada Familia con niños expósitos", datable como de comienzos del siglo XVIII puede apreciarse una cuna con seis niños colocados en ella, portando la mayoría las características cintas o lazos antes mencionados.
Seguimos con corales. En Sevilla, aparte de la calle Coral, situada en el barrio de Las Avenidas, hablar de ellos supone recordar un reconocido bar en la calle Almirante Bonifaz, fundado en 1938 (aunque en 1932 ya existía allí uno de los denominados "cafés económicos") y por el que "paraba" habitualmente mucho personal del mundillo taurino, destacando la conocida tertulia en la que participaban matadores como Rafael "El Gallo" o el mismo Juan Belmonte. El novelista y torero norteamericano Conrad Barnaby (1922-2013) reflejó en su novela El Matador (1957) el ambiente colorista y variopinto de aquel lugar:
«Me invitaron a almorzar y fuimos a un pequeño restaurante llamado Los Corales, en la estrecha calle Sierpes, donde se reúne la "gente con coleta". Había un viejo cuadro de Joselito en la pared cerca de la mesa donde nos sentaron, y recuerdo que El Gallo hizo un pequeño gesto simpático cuando el camarero intentó sentarlo en el otro extremo de la mesa. "No", dijo, acercando la silla a la pared, "aquí me pondré, a los pies de mi hermano"».
Especializado, como La Alicantina, en mariscos, Los Corales, como tantos otros establecimientos, cerró su puertas (daba también al 102 de Sierpes) a finales de los años Setenta y con ello perdimos un trocito de Sevilla, pero esa, esa ya es harina de otro costal.


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