12 enero, 2026

La calle del Áncora (o del Ancla).

Entre estos fríos invernales, quizá sea buen momento, recién estrenado el año, para conocer un poco mejor una calle que se creó en el XIX con una sola acera, fue sede de una conocida posada, amén de estar en ella las residencias de una escritora y un torero; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

En antiguos padrones de 1665 se hace mención a la calle del Mesón de Ancla, que estaría entre la actual calle Arfe y el Paseo de Colón, o lo que es lo mismo, pegada al lado sur de la Plaza de Toros. Del nombre dado en el XVII se pasaría, en el XIX a la Acera del Áncora, término este sinónimo de Ancla, mientras poco a poco la calle va conformándose como parte extrema del barrio de la Carretería. Al parecer, muchos de los primeros edificios fueron construidos entre la mencionada posada y las cuadras del coso maestrante, aunque será su proximidad al puerto lo que le otorgue cierto valor ya que por ella se producía la entrada y salida de mercancías procedentes de los navíos surtos en el muelle o destinadas a embarcar en los mismos, de ahí la presencia de no pocos locales destinados a almacenar dichas mercaderías, tal como hemos comprobado, pues, por citar varios ejemplos, en 1871 tenían allí sus sedes la ferretería de Carlos Sironi, el almacén de coloniales de Francisco Santa-Cruz y los almacenes de hierros y aceros propiedades de José María Ibarra y los señores Lamarque y Compañía.

La actual calle Antonia Díaz en 1771. Plano de Olavide.

Precisamente, la proximidad del barrio de la Carretería y la existencia de estos almacenes hará que sean frecuentes las quejas sobre el aspecto que presentará la calle, especialmente en el XIX y comienzos del XX, como ha quedado recogido en algunas crónicas periodísticas de la época, como ésta de mayo de 1897 publicada en el diario local La Andalucía:

UN BARRIO ABANDONADO.

El famoso barrio de la Carretería sigue tan descuidado y tan sucio como de costumbre. Se conoce que al teniente del distrito le importa muy poco hacer cumplir las Ordenanzas municipales, o que los industriales que éstas son amigos del Usía del barrio y siguen en sus trece de interceptar la vía pública con barriles de aceitunas, ruedas de carros, caballerías atadas a las ventanas para herrarlas a la vista del público, etc., etc.

Es muy pintoresco el aspecto de la calle Antonia Díaz, con todos lo artefactos que mencionamos; y si salimos de esta vía principal y nos fijamos en las calles afluentes a la misma, y en las callejuelas que circundan la barriada mencionada, entonces sería cuento de nunca acabar, y las censuras, con ser grandes, resultarían pálido reflejo de la realidad (...) ¿Sería mucho pedir al Usía del distrito que mejorase las condiciones del desdichado barrio, que por incurias y torpezas está convertido en aduar marroquí?"

Dos incisos: en aquellos tiempos se solía llamar "Usía" al concejal como abreviatura de Vuestra Señoría, mientras que se denomina "aduar" al campamento de beduinos formado por chozas y tiendas. 

Anuncio en prensa local, 1877.

Álvarez-Benavides, en sus Curiosidades Sevillanas, narra que la Posada del Áncora estuvo ubicada en el número 19 y que fue muy popular por su antigüedad, conociéndose que el 9 de agosto de 1805 José Toscano, natural del pueblo onubense de Trigueros adquirió dicho establecimiento a la Hermandad de la Sangre, destacando también cómo en el número 9 había un pozo con aguas de tan excelente calidad que los aguadores que asistían a las corridas de toros llenaban sus cántaros en dicho lugar, sin olvidar que, al parecer, en el número 3 pervivió, hasta 1833, la casa original donde vivió el célebre matador de toros José Delgado Guerra, apodado "Pepe-Hillo", cuya cogida y muerte en la Plaza de Madrid en 1801 fue reflejada por Francisco de Goya en uno de sus conocidos grabados. Por cierto, se atribuyó tradicionalmente a Pepe-Hillo la colocación, en esta calle que visitamos, de un retablo con un lienzo representado la caída de Jesús en la calle de la Amargura, llamado entonces "el Señor del Baratillo", imagen que gozó de enorme devoción no sólo entre los vecinos, sino en toda la ciudad, como probaba la gran cantidad de flores, velas y exvotos que le eran ofrecidas.

Foto Reyes de Escalona.

A partir de 1892 la calle será denominada de Antonia Díaz, en honor a la poetisa del mismo nombre, nacida en Marchena en 1827 y casada en 1861 con el también poeta José Lamarque de Novoa, cuyo primer apellido ya ha aparecido un par de párrafos más arriba y que además era cónsul de Australia. Instruida en la educación de la época, quedó siempre en segunda línea por detrás de su marido, pero ello no fue obstáculo para que publicase numerosos artículos y poemas en diversas revistas literarias del momento, en un ambiente cultural que contaba con el telón de fondo de la presencia en Sevilla de la llamada "Corte Chica" de los Duques de Montpensier en el Palacio de San Telmo. 


Estudiada su figura por las profesoras Marta Palenque e Isabel Román de la Universidad de Sevilla,  se sabe que en 1867, tras un largo bagaje de composiciones líricas editadas en publicaciones diversas, editará su primer libro Poesías, en el que predominan la inspiración religiosa y la preocupación moral, mientras que en 1877 ve la luz Flores marchitas, publicado en dos tomos llenos de leyendas, canciones y poemas en métrica diversa. No serán sus únicos libros, llegando su marido a editar, de manera póstuma, una antología de su producción poética que incluyó textos inéditos.

El escritor José María de Cossío, conocedor de su obra, escribió sobre Antonia Díaz en estos términos:

"Fue merecido el singular prestigio de que gozara esta distinguida poetisa sevillana. Su espíritu piadoso, su concepto del papel de la mujer en la literatura, impidieron que desarrollara toda su capacidad poética que, sin duda, era muy grande. Las muestras que ofreció le aseguran un puesto preeminente entre las poetisas del siglo XIX, ciertamente fecundo en ellas. De aptitud literaria nada tenía que envidiar a las más eminentes". 

Desde 1872 el matrimonio de Lamarque y Antonia Díaz vivirá en la Alquería del Pilar, en Dos Hermanas, convertida en punto de encuentro para poetas y escritores, entre los que destacarán Luis Montoto, José y Mercedes de Velilla o un joven Juan Ramón Jiménez. Antonia Díaz fallecerá en 1892.

Foto Reyes de Escalona.

 Durante las primeras décadas del siglo XX proseguirán las quejas sobre el estado de la pavimentación de la calle y sobre la suciedad acumulada en la misma, manteniendo su actividad centrada en almacenes y comercios dedicados a hierros o maquinaria, así como algún tostadero de café y negocios típicos de barrios, como tiendas de ultramarinos o una barbería en el número 3, que en julio de 1934 sufrió un robo que quedó reflejado en la prensa local del momento en estos términos:

 "Un robo. En una peluquería establecida en la calle Antonia Díaz número 3 penetraron ayer tarde unos rateros que se llevaron treinta y dos navajas de afeitar, cuatro máquinas de pelar y varios frascos de esencia, valorado en trescientas cincuenta pesetas. El dueño del establecimiento, José Victorio García, presentó la correspondiente denuncia en la Comisaría de la calle Jesús".

Dos nuevos incisos: por fortuna, la peluquería permanece abierta, con el mismo apellido del dueño citado en el artículo, mientras que conviene indicar que la calle Jesús es, como algún lector habrá adivinado, la calle Jesús del Gran Poder; por cierto, en ese mismo año 1934 y en el número 31, comenzará a emitir su señal la radio oficial del Partido Comunista de España, gestionada por el militante Nicolás Crespo, miembro del comité provincial de dicho partido; en ese mismo edificio también tuvo su sede por aquellas fechas la Sección del Puerto perteneciente al Sindicato Unificado de Transportes.

En 1978 la autoridades municipales expropiarán el edificio situado en la desembocadura de la calle junto a la Plaza de Toros, sede de la consulta de otorrinolaringología del Doctor Alemán; derribado con la idea de dar más visibilidad al coso maestrante, el solar se convertirá en zona ajardinada dónde en 2001 se colocará una estatua dedicada al diestro Curro Romero realizada por el escultor Sebastián Santos Calero.

Foto Reyes de Escalona.

Terminamos; convertida ahora en una vía al servicio del turismo que visita el barrio del Arenal y la Plaza de Toros, repleta de bares, restaurantes y tiendas de souvenires, conserva un callejón, donde tuvo su casa y falleció, en 1998, el torero Antonio Ordóñez, llamado Iris sin que se sepa a ciencia cierta el por qué, que únicamente se convierte en calle cuando se abre la cancela que lo separa de la Plaza de Toros, ya que es el lugar por el que acceden a ella los matadores en días de corrida, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

15 diciembre, 2025

Aguinaldos.

En esta ocasión, metidos ya casi de lleno en las celebraciones de la Navidad, entre olor a castañas, sonidos de panderetas y luces en las calles, vamos a conocer una antigua costumbre, casi desaparecida y relacionada con las Pascuas y que tuvo defensores a ultranza y enemigos acérrimos; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Los antiguos pueblos celtas, mucho antes del nacimiento de Cristo, denominaban "eguinad" al obsequio que solía hacerse con motivo de la llegada del año nuevo con el deseo de buena suerte y prosperidad, o lo que es lo mismo, buenos augurios, algo que en Roma pasó a llamarse "strenna" y que se remontaba a los tiempos de Rómulo, uno de los fundadores de la ciudad; así, las clases altas entregaban gratificaciones monetarias a sus sirvientes mientras éstos obsequiaban a sus señores con el llamado "pan de salud", realizado con frutas escarchadas. 

De la unión de ambas costumbres surgió el Aguinaldo, entendido, según la RAE, como "Regalo que se da en Navidad o en la fiesta de la Epifanía", mientras que Covarrubias, en su Tesoro de la Lengua Española (1611), menciona que el aguinaldo "es lo que se presenta de cosas de comer, o vestir por la fiesta de Pascua de Navidad". La costumbre se mantuvo a lo largo de toda la Edad Moderna, para luego tomar carta de naturaleza como obsequio que se entregaba a determinados oficios o profesiones (serenos, carteros, panaderos, faroleros, basureros, etc.) cuando éstos iban por las casas felicitando las Pascuas, deseando feliz año y también como propina o donativo a aquellos chiquillos que lo solicitaban tras cantar villancicos por las calles, sin olvidar la tradición de entregarlos en el ámbito familiar, sobre todo por abuelos a los nietos. 

Daniel Perea: Navidad.  Ilustración para la Revista "La Ilustración Española". 1875
 

Por cierto, desde el punto de vista litúrgico, existían también las llamadas Misas de Aguinaldo, celebradas en parroquias y otros templos en los días previos a Nochebuena como muestra de devoción en la espera de la llegada del Salvador; en las Constituciones del Arzobispado de Sevilla, promovidas en 1591 por el cardenal Rodrigo de Castro, se las menciona y en no muy buenos términos, quizá porque eran ocasión para la jarana y el jolgorio por parte del pueblo:

"Por obviar los abusos y inconvenientes que hay en el decir de las Misas que llaman Aguinaldo, que se dicen algunos días antes de Navidad: mandamos que de aquí en adelante no se digan las dichas Misas antes que sea de día claro, ni se abran las puertas de las iglesias en aquellos días hasta entonces, sopena de quinientos maravedís al que dijere Misa y otros quinientos a la persona a cuyo cargo es abrir y cerrar las dichas puertas, por cada vez que contravinieren. Y lo mismo mandamos se guarde en todos los monasterios."

Pese a ello, en nuestros días, se mantienen todavía en Hispanoamérica, con mención especial a Venezuela, donde poseen incluso el privilegio dotado por el Vaticano para que se puedan cantar villancicos en esas celebraciones eucarísticas. 

Serafín Adame y Muñoz, allá por 1849 y en su libro Glorias de Sevilla, describía el aguinaldo de esta manera, vinculado en este caso a festividad litúrgica de los Santos Inocentes del 28 de diciembre: 

"Los aguinaldos: dulce palabra que repite sin cesar cada párvulo a todo aquel que tiene la desgracia o la felicidad de presentarse ante alguno el día de los Inocentes; cuya petición que en otro cualquier tiempo fuera reprendida con la más dura severidad por los padres del demandante es en este día la frase más graciosa que pronuncia el angelito. Costumbre es esta a la verdad, que aunque hoy a perdido su verdadero significado, creemos debe perpetuarse en memoria siquiera del grande pensamiento que envolvía en el tiempo en el que fue creada." 

Costumbre popular o tradición navideña, a finales del siglo XIX, 1897 por más señas, la prensa se quejaba de cómo la llegada de la temporada de aguinaldos provocaba incluso cierto resentimiento social, como contaban en el diario El Baluarte de diciembre de aquel año: 

"Sin duda para aprovechar los aguinaldos de las próximas Pascuas, han llegado a Sevilla bastantes mendigos forasteros. Esto ocurre, desgraciadamente, en cuanto alguna feria o festividad se aproximan a nuestra capital. No teníamos bastante con los pobres de aquí y se nos entra por las puertas una caravana de forasteros, dispuestos a no dejar en paz con sus quejumbrosas peticiones a nadie. 

Indudablemente, en nuestra ciudad deben hacer buen negocio esos pordioseros de oficio, cuando con tanta frecuencia la visitan; ahora lo que faltaba es que las autoridades, cumpliendo con su deber, enviase a estos "touristas" a sus respectivas localidades, porque pobres, con los que en Sevilla existen, sobran."

Anuncio en El Liberal. Diciembre 1923.

Otros "plumillas", como los del periódico satírico "Perecito" se quejaban, en diciembre de 1887, de que la costumbre se había degradado dando lugar una masificación de los aguinaldos: 

"La petición de aguinaldos va siendo realmente insoportable. Todo el mundo se cree con derecho a pordiosear con motivo de las Pascuas. Serenos, municipales, guardas, carabineros del muelle, repartidores de periódicos, carteros, aguadores, fontaneros, etc , etc., os acosarán con sus injustificadas peticiones. Los unos en prosa, en versos chistosísimos los otros; ello es que se da el sablazo, y, lo que es más triste, se recibe con resignación. Pero hay un modo eficaz de parar los golpes: contra el vicio de pedir hay la virtud de no dar. Y decir claro que no, a todo el que merezca las atenciones que solicita."

En este sentido, los villancicos populares son una buena fuente de información sobre cómo se percibía el fenómeno de los aguinaldos como aquél tan cantado de:

"En la puerta de mi casa
voy a poner un petardo
"pa" reírme del que venga
a pedirme el aguinaldo" .


Como curiosidad, en la prensa de la época puede leerse cómo se efectuaban colectas para el llamado "Aguinaldo del Soldado", o "del Marinero", o cómo determinadas empresas, como las de Aguas, en las hacían saber en los diarios haber dado orden a sus empleados de que abandonasen la práctica de pedir dichos aguinaldos, costumbre que, de hecho, irá desapareciendo paulatinamente con el paso de las décadas, quedando quizá como resto de lo antedicho la también cada vez más infrecuente costumbre de las cestas de Navidad, entregadas por las empresas a sus empleados, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Terminamos, y antes de concluir, aprovechamos para desear a los pacientes lectores de este humilde Blog unas Felices Pascuas y un inmejorable año 2026.

01 diciembre, 2025

Socorro.

Sede de un inactivo convento de clausura femenino y de un, en cambio, más que activo centro educativo, en esta ocasión nos vamos a descubrir lo que encierra una calle que siempre ha servido para unir dos de las más clásicas parroquias de Sevilla; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre las plazas de San Marcos y la de San Román, la calle Socorro ha llevado este nombre desde muy antiguo, pues se tienen referencias de dicha denominación ya en pleno siglo XVII. El nombre de la calle, como supondrán los lectores, tiene mucho que ver con el convento del mismo nombre, fundado en 1522, en unas casas de la calle Bustos Tavera por doña Juana de Ayala, hija de don Gonzalo Gómez de Cervantes, caballero veinticuatro de la Ciudad y sobrina del cardenal don Juan de Cervantes; La familia de la fundadora gozaba de un más que holgado patrimonio acumulado a lo largo de generaciones, ocupando toda una manzana entre las calles Bustos Tavera y Socorro; además, a todo esto se añadió la compra de otras propiedades como la casa de las almenas de don Alonso de Mendoza.

La calle Socorro en el Plano de Olavide. 1771.

Hay que recordar que la Orden Concepcionista, creada por Santa Beatriz de Silva en 1489, llegó a tener otros tres conventos en Sevilla: el de San Miguel, en la calle del mismo nombre, desaparecido con la Desamortización de Mendizábal y del que se conserva su artesonado en madera en el salón de actos del Colegio Notarial, el de las Santas Justa y Rufina, situado en la calle Vírgenes, desaparecido por idénticas razones y, por último, el de la Concepción. Junto a San Juan de la Palma, fue derribado tras la Revolución de 1868.

La primera comunidad quedó conformada por siete monjas, cuatro del Monasterio de Santa María de las Dueñas y tres del de Santa Paula, aumentando después hasta veinte que en palabras de su fundadora eran “pobres doncellas honestas de buena vida y fama, o viudas que viven honestamente en servicio de Dios”. Aunque siempre se ha dicho que existió un criterio selectivo a la hora de escoger las monjas que integrarían la comunidad, ya que no debían sobrepasar el número de veinte y pertenecer a familias aristocráticas, parece ser que los estatutos nada de esto afirman, de hecho el monasterio sobrepasó esa cantidad y admitió con el tiempo a monjas que no eran nobles.

Fue la propia fundadora la que diseñó la estructura interna inicial de la comunidad, compuesta por una abadesa, vicaria, dos sacristanas, dos porteras, una mayordoma, una sillerera y doce monjas para el oficio divino.

Convento del Socorro. Interior de la iglesia. Año 2014.

La iglesia, cerrada tristemente al culto tras la marcha de las religiosas en 2018 a otro convento radicado en el Aljarafe sevillano, data de 1524-1525, siendo el autor de la traza Alonso Ortiz, cuya capilla mayor presenta dos tramos, uno recto y otro poligonal con nervaduras góticas. Bendecida en 1529, tiene una única nave, se cubre con buen artesonado mudéjar, estaba decorado con un interesante zócalo de azulejería de Pickman de 1904 y posee un retablo mayor obra de Felipe de Ribas, sin olvidar el magnífico retablo de Martínez Montañés dedicado  a San Juan Bautista y que fue llevado a la iglesia de la Anunciación, donde hace poco fue restaurado.

Convento del Socorro. Claustro. Foto de 2014. 

La otra institución a destacar en la calle, con permiso de la casa hermandad de Los Gitanos, bendecida en 1978 y ahora usada como almacén para sus pasos, es el Colegio Luisa de Marillac, perteneciente a la Congregación de las Hijas de la Caridad, nacida en 1638 y establecida en Sevilla doscientos años después, cuando se hicieron cargo de los niños de la Casa Cuna y de los Hospitales de las Cinco Llagas y de la Santa Caridad. Aunque constituido en 1878, no será a comienzos del siglo XX cuando se traslade a la calle que comentamos, contando ya en 1932 con cuarenta internas y cuatro clases de pequeños con entre sesenta y ciento veinte alumnos; en 1971 se convirtió en Centro Concertado con 16 unidades de EGB. Sobra decir que la labor de las Hijas de la Caridad en lo docente y lo caritativo es digna siempre de encomio, no en vano, además de este centro educativo, gestionan otros en nuestra ciudad y sobre todo, los dos comedores benéficos de Triana y el Pumarejo, ambos ejemplo de solidaridad y entrega a los desfavorecidos siguiendo la estela de de los santos fundadores de la congregación: Vicente de Paul y Luisa de Marillac. 

Foto Reyes de Escalona. 

No faltaron casas nobles en la calle, ya que Félix González de León mencionaba alguna que otra en una de sus obras, allá en 1844, en estos términos, quizá sea éste el escudo nobiliario que aún puede verse en el edificio del colegio Luisa de Marillac: 

"Frente de esta iglesia (del Socorro) está la casa principal de mayorazgo de Don Luis de Guzmán, casa del mismo tono que las de su clase. Portal de caballerías y viviendas de lacayos, gran patio claustrado con hermosas e iguales columnas, número crecido de cómodas habitaciones y fresco y divertido jardín".

Por cierto, Joaquín Hazañas y La Rúa, en su obra La Casa Sevillana (1930) aludía a que sobre el dintel de la puerta de cierto edificio de la calle que comentamos existía una lápida con esta curiosa inscripción: "Magna aliena, parva; parva propia, magna", o lo que es lo mismo, "Lo pequeño, siendo propio, es grande; lo grande, siendo ajeno, es pequeño". 

Terminamos. Enladrillada en 1573, empedrada en varios momentos del siglo XVII, fueron constantes las quejas de sus vecinos por el deterioro de su pavimentación, adoquinada por primera vez en 1898 y en 1921, dotada de alumbrado eléctrico. Dada su ubicación, en el sector norte de la ciudad, donde a finales del XIX y comienzos del XX existía una abundante población obrera, en el número 11 de esta calle tuvo su sede el llamado Centro de Oficios, donde celebraban sus reuniones los miembros de sindicatos relacionados con la tipografía y la panadería, mientras que también se sabe de la existencia en esos años de una taberna, un polvero o una casa de empeños, pero esa, esa es harina de otro costal. 

Foto Reyes de Escalona. 

16 noviembre, 2025

Pedro Mexía y su Plaza.

Pese a su ubicación, alejada del tráfico rodado y de los grandes acontecimientos de la ciudad, en esta ocasión, bien merece una reseña una pequeña plaza que presenta la particularidad de que alude al oficio y no al nombre de quién lo ejerció, con lo que siempre ha quedado sobre ella la duda de a quién está dedicada realmente; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Foto Reyes de Escalona.

Desde tiempos antiguos, así lo atestiguan documentos que alcanzan a 1755, fue una simple barreduela junto a San Blas y dentro de la llamada calle de Alcalá, ahora Divina Pastora, conocida como barreduela o plazuela de los Adelantados; tanto el de Alcalá como el de los Adelantados habrían hecho alusión a los vecinos más ilustres del barrio, los Enríquez de Ribera, Adelantados Mayores de Andalucía, Duques de Alcalá, cuyas casas-palacio habrían estado situadas en la manzana que ahora ocupa el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses. Doña Catalina de Ribera, promotora del Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas o su hijo Don Fadrique, marqués de Tarifa, nacido en el propio lugar en 1474, famoso por su viaje a Tierra Santa y por traer de allí la devoción al Via Crucis, germen, dicen, de la actual Semana Santa hispalense, habrían residido allí hasta que el segundo finalice las obras de la que será su palacio definitivo, la Casa de Pilatos, en la collación de San Esteban. 

Será finalmente en 1868 cuando reciba su nombre actual, Plaza del Cronista, algo que siempre nos intrigó desde siempre, porque ¿Quién era dicho cronista?

Realmente, la plazuela del Cronista bien habría podido llamarse Plaza de Pedro Mexía, pues a él está dedicada. Sevillano de nacimiento, había nacido en 1497 en el seno de una familia de abolengo, pues su padre Rodrigo Mexía, será alcalde de Niebla en 1508 y su abuelo, Caballero Veinticuatro. Estudiante de Leyes en Salamanca, diestro en las armas, poseedor de un enorme saber (mantuvo correspondencia con Luis Vives o Erasmo de Rotterdam), estuvo al servicio del Emperador Carlos, lo cierto es que en 1537 recibirá el nombramiento de Cosmógrafo de la Casa de Contratación de Sevilla, desempeñando también los cargos de alcalde de la Santa Hermandad y caballero veinticuatro dentro del cabildo de su ciudad. Autor de varias obras literarias de gran enjundia y aceptación, destacan los llamados Coloquios y Diálogos, así como la Silva de Varia Lección, especie de saber enciclopédico que tuvo el honor de ser reeimpreso en numerosas ocasiones. A la postre, dada su gran formación humanista y dominio de las letras, será nombrado cronista imperial en  julio de 1548, con el privilegio de no tener que abandonar su residencia sevillana debido a sus problemas de salud. 


Su muerte, en 1551, le impidió finalizar su Crónica, iniciada con Julio César, siendo enterrado en la capilla familiar de la parroquia de Santa Marina, tal como narró Francisco Pacheco en su obra "Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorable varones" (1599-1637):

"Sepultaron su cuerpo con solemne pompa en la capilla mayor de la iglesia parroquial de Santa Marina, entierro de sus antepasados de más de ciento cincuenta años. Sabida su muerte, mandó el Emperador se entregase lo que había escrito, cerrado y sellado, al secretario Juan Vázquez de Molina. Y aunque muchos ilustres ingenios han celebrado las alabanzas de este doctísimo caballero, el doctor Benito Arias Montano, singular ornamento de nuestro siglo, quiso mostrarse agradecido a la buena memoria de Pedro Mexía, de quien en sus primeros años fue afamado y favorecido con oficio de padre y maestro y así compuso en honra suya un epitafio para que se esculpiese en la piedra de su sepultura, donde se ve hoy."
Foto Reyes de Escalona.

Víctima de los vaivenes de la historia, la lápida de mármol de nuestro buen cronista puede aún verse en la nave central de Santa Marina, pero desplazada hacia su zona central desde su ubicación original en la cabecera del templo. Traducida del culto latín que se estilaba en el siglo XVI por el profesor Pascual Barea, dice así:
"Al noble sevillano Pedro Mexía, de los caballeros
veinticuatros de la ciudad, de cincuenta y dos años,
y a la noble Doña Ana de Medina, de sesenta y dos años, 
sus piadosísimos y queridísimos padres, Don Francisco Mexía,
el único que sobrevive a los once hermanos de ese matrimonio,
lo colocó con aflicción.
Tus cenizas, que han de vivir nuevo, este pequeño mármol
encierra, y tus huesos y restos de tu morada terrena.
Tu espíritu se pasea libre en la corte celestial,
y goza de Cristo y de los dones de Dios.
Tu nombre queda en el mundo y llega hasta los últimos reinos
de la tierra, y atraviesa los confines del agitado océano.
Pues esto, Pedro, te lo procuró la solidez de tu cultura,
escasísima en nuestros tiempos, así como tu virtud".

Bajo el escudo de armas de la familia, también puede leerse otra inscripción, que traducida del latín dice lo siguiente: 

            "En este pequeño sepulcro yace Pedro Mexía,
                    grato a los Césares, a los Reyes y al pueblo,
            que ayudado por la destreza de su ingenio,
                    penetró afortunado todas las causas de las cosas,
            y que poderoso en clara nobleza, había sacado a la luz
                    con suma alabanza los triunfos de los Césares,
            que con el ánimo superó grandes cuidados, que se burló
                    de las riqueza mudables y grangeó las eternas." 

Adecentada en varias ocasiones, con alcorques y bancos, la Plaza del Cronista atravesó tiempos mejores gracias a una célebre taberna que en torno a 1889 atraía a numerosos vecinos del barrio o a que en 1879 existía allí una fábrica de harinas, sin olvidar que en mayo se instalaban en corrales de vecinos situados en ella conocidas y renombradas Cruces ganadoras incluso de algunos premios. Sin embargo, su mal estado y el de sus viviendas quedó reflejado en la prensa de otros tiempos, pues en un suelto de El Liberal de diciembre de 1926 puede leerse:

"QUEJAS DEL VECINDARIO.

Vecinos de la casa plaza del Cronista, 10, se nos quejan de que desde hace algún tiempo se encuentra lleno el pozo negro, constituyendo un verdadero foco de infección para los infelices vecinos de dicha casa. Transmitimos la justa queja a la autoridad correspondiente, con el fin de que se evite tal abuso."

Foto Reyes de Escalona.

Dejamos, pues, la adoquinada Plaza del Cronista, con sus naranjos, su pequeño parque infantil y su cotidiano trajín de gente que va, viene o cruza desde San Luis a González Cuadrado o viceversa, con el recuerdo a su vecino Pedro Mexía, quien le dio su oficio por nombre para luego caer casi en el olvido para su ciudad salvo por una maltrecha losa de mármol, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

02 noviembre, 2025

La calle de la Faltriquera.

En esta ocasión, retomando nuestro querido tema de calles y plazas hispalenses, nos vamos a recorrer una vía carente de elementos destacables en principio y nacida de otras dos calles, pero que en fechas semanasanteras resulta muy socorrida porque permite atajar entre dos zonas muy concurridas a veces: San Andrés y la Encarnación. Pero para variar, vamos a lo que vamos. 

Llamada desde al menos 1665 como calle de la Coneja por la existencia de un corral de vecinos con dicho nombre, la actual calle Atienza, entre la trasera de la parroquia de San Andrés y la Plaza del Pozo Santo, debe su nombre, desde el siglo XIX a la figura del pintor Martín de Atienza, quien fuera secretario y mayordomo de la Academia de Pintura promovida, entre otros, por Bartolomé Esteban Murillo en torno a 1660. Aún en 1875 recibía el nombre de calle del Olivo, pues esta especie vegetal crecía en el patio de una de las casas, aunque recibió otros nombres, como Horno y Horno de Santa Ana.

La calle de la Coneja. Plano de Olavide. 1771.
 

En sus orígenes, la calle que comentamos poseía dos barreduelas o callejones sin salida, una, la llamada de la Faltriquera, fue cerrada a petición de los vecinos en el siglo XIX y otra, la de Atienza propiamente dicha, que surge como calle tras la demolición de una serie de casas y que refunde toda la vía en una sola, en un fallido intento de ensanche urbanístico que buscaba trazar una línea más espaciosa entre las referidas zonas del Pozo Santo y San Andrés, de ahí que el primer tramo, que da a la primera plaza, sea mucho más amplio que el resto de la calle. 

Entrando por el Pozo Santo, toda la acera izquierda queda ocupada por los altos muros del Hospital del mismo nombre, mientras que en la acera de la derecha predominan las casas de estilo popular aunque también hay construcciones más modernas. En el siglo XVII, así lo atestiguó José Gestoso, tuvieron sus talleres los pintores Tomás de Contreras y Manuel Ramos, mientras que  en 1839 Félix González de León la describía de este modo: 

 "Está en el cuartel C y en la parroquia de San Andrés. El nombre lo tomó de un corral de vecindad que había en ella que llamaban el corral de la Coneja; y de más antiguo se llamaba de Santa Ana, por un retablo de esta santa que tenía en una pared. Es corta, angostosísima, triste y sola".

Esa estrechez y oscuridad del sector, casi al lado del misterioso Angostillo de San Andrés, propició que proliferasen numerosas casas donde habitaban las llamadas "putidoncellas", tal como quedó reflejado en un curioso documento de octubre de 1692 en el que José de Bayas, Provisor del Arzobispado, afirmaba que: 

"Se le ha dado noticia que en la calle de la Coneja vivían María y Ana de Morales con notable escándalo admitiendo en su casa hombres para ofender a Dios sin embargo de haberlas amonestado el Teniente Segundo y que la dicha María de Morales trataba de diez años a aquella parte torpe e ilícitamente con un hombre". 
Foto: Reyes de Escalona. 

 Las quejas de los vecinos por este tema proseguían aún en el año 1814, criticando que la barreduela ya referida de Faltriquera "solo servía de depósito de basura y acogimiento en la noche de mujeres rameras, soldados y paisanos", mientras que en 1890 será el propio clero de  San Andrés el que solicite la erradicación de "una casa de latrocinio". Por cierto, todavía en 1932 se podían contabilizar hasta ocho casas dedicadas al ejercicio de la prostitución en esta calle, lo que quizá tenga  que ver con la decisión tomada por las autoridades, al cerrarse la famosa Mancebía del Compás de la Laguna, de sacar este tipo de actividades fuera de las calles principales y situarlas en lugares más discretos y menos concurridos. 

Prueba de la inseguridad de la zona eran los frecuentes atracos y reyertas, como ésta que hemos hallado en el diario El Liberal de mayo de 1925 y que no nos resistimos a transcribir en parte:

"Anoche, a las diez, ocurrió un sangriento suceso en la calle Atienza, del que ha resultado víctima un individuo llamado José Topete, como de cuarenta años, de oficio carrero, natural de Carmona. El herido, terminadas las faenas del día, cogió el canastillo del almuerzo y marchó en busca de su compadre, también natural de Carmona, llamado José Zapata, de cuarenta y dos años. Ambos se dedicaron a tomas unas copas, bebiendo hasta embriagarse, estando en situación más lamentable el José Topete.

Éste propuso a su compadre marchar a la calle Atienza, para entrar en una de aquellas casas, y así lo hicieron. Los dos intentaron entrar en una de ellas, en cuya puerta se encontraban situados varios individuos. La ama o encargada de la casa no quiso abrir a los compadres, por que el Topete dijo al Zapata:

- Vámonos, que aquí no abren más que a los vainas.

Al decir esto, los individuos que allí se encontraban apostados promovieron cuestión con el carrero, viniendo a las manos. A los poco momentos el grupo desapareció, quedando solos los dos compadres, que marcharon hacia la calle del Amparo."

Herido de gravedad uno de los dos protagonistas por arma blanca, necesitó asistencia médica urgente, siendo trasladado al Hospital Central (ahora Parlamento de Andalucía) "no pudiendo prestar declaración debido al estado de embriaguez y de cloroformización". A la postre, no se pudo dar con los agresores. 

Foto: Reyes de Escalona. 

  Un azulejo en la esquina con la calle Lepanto, colocado en 2007, recuerda que en el número 10 de la calle Atienza nació en 1932 el músico y compositor Miguel Vázquez Garfia, profesor de piano, organista de la parroquia del Sagrario, director de la Escolanía "Virgen de los Reyes" y gran defensor y protector de los Seises de la catedral en unos tiempos en los que no gozaban de especial predilección en determinados ambientes clericales. En su haber, marchas procesionales como "Nuestro Padre Jesús de la Pasión", "Jesús Despojado", "Nuestra Señora de los Desamparados" o "Azucena de Sevilla", ésta última dedicada a Sor Ángela de la Cruz. Vázquez Garfia falleció en 1992, mientras que su viuda, Ana Robles, lo hizo el pasado año 2024 sin que pudiera ver hecho realidad su anhelo de conseguir levantar un monumento al Seise.

Continuando con esta temática cofradiera, en el número 3 de la entonces llamada como calle del Olivo tuvieron su taller de bordados Elisa Rivera junto con su prima Emilia Salvador allá por finales del siglo XIX, de cuyos bastidores salieron  piezas para enriquecer el patrimonio de hermandades como la Sagrada Mortaja (el actual Sinelabe), la Macarena y otras. 

Terminamos. En nuestros días, la antigua calle de la Faltriquera, o de la Coneja, sigue siendo, como decía aquel, "corta y angostosísima", y afortunadamente, ha mantenido su clásico caserío, aunque, signo de estos tiempos, parte del mismo sean los  inevitables apartamentos turísticos, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Foto: Reyes de Escalona. 

20 octubre, 2025

Husillos y chapines.

En esta ocasión, aunque de manera somera, hablaremos de dos elementos muy diferentes en la Sevilla de hace siglos, cada uno con un cometido diferente pero buscando solución a un problema común y endémico; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Si tuviéramos la oportunidad de viajar en el tiempo y llegásemos a la pujante Sevilla de los siglos XVI y XVII quizá una de las primeras impresiones nos entraría por los orificios nasales, y no precisamente por los olores a perfumes o a plantas aromáticas, antes bien, quizá nos llevaríamos una desagradable "bofetada" procedente de los más diversos y fétidos aromas, procedentes tanto de las calles como de las propias personas. 

Atribuido a Alonso Sánchez Coello: Vista de la ciudad de Sevilla. Fines del siglo XVI. Museo del Prado.

En el ámbito de un urbanismo originariamente musulmán, con calles estrechas y barrios en expansión habitados por una población que superaría a Venecia, París o Londres, la ciudad presentaba un aspecto nada saludable, con calles repletas de basuras, escombros de obras, ciénagas malolientes o incluso cadáveres de animales, todo lo cual, nunca mejor dicho, era caldo de cultivo para la proliferación de enfermedades relacionadas con esa falta de limpieza, piénsese que el gran historiador Domínguez Ortiz llegó a contabilizar en documentos de la época la existencia de hasta ocho calles que recibían el nombre, sin tapujos, de "Sucia". 

Historiadores locales como Antonio Albardonedo, experto en urbanismo del XVII, han constatado que aunque se realizaban campañas puntuales de limpieza por parte del Cabildo de la ciudad, era obligación de los propios vecinos el evitar echar desperdicios en la vía pública, cosa que no se cumplía pese a Bandos y multas y que dio lugar a dos apariciones: la de los llamados "muladares" o enorme depósitos de basuras improvisados y la de numerosas cruces en esquinas o plazas, con cuya colocación se pretendía evitar que se echasen basuras en un lugar, se supone, sagrado. Por ello, el propio Santo Oficio llegó a escribir a la Corte en relación a esas cruces sevillanas: "En esa ciudad hay un abuso de pintar cruces en lugares profanos e indecentes, donde se echan inmundicias, lo cual es cosa de muy mal ejemplo". Como anécdota, dos siglos después, los canónigos del Salvador determinarán pintar amenazantes llamas y terribles fuegos del Infierno en los muros de la Colegial como amenaza para evitar el problema de las "aguas menores" en sus muros, sin que sirviera de nada. 

 

No será hasta el siglo XVII cuando el Consistorio hispalense intente un embrionario servicio de recogida de basuras, con doce carros dedicados a tal menester con sus correspondientes peones, pero su labor fue irrelevante y por poco tiempo, ya que se conservan escritos en los que el vecindario protestaba sobre su escasa efectividad. En 1620 se tomó la decisión de cegar los desagües de las casas y conventos que vertían todo tipo (todo tipo) de líquidos a las calles, lo que obligó a la multiplicación de pozos negros, pues por aquellas calendas el alcantarillado era algo en desuso, aunque se decidió establecer una red de desagües que conducían las aguas de lluvia (y otras) hasta el río. Pese a que la idea era buena, tenía la contrapartida de que en tiempos de lluvias se formaban auténticos arroyuelos por las calles, que hacían necesaria la colocación de pequeños puentes o pasarelas para salvarlos; además, en caso de riada, el mecanismo actuaba a la inversa, de modo que el Guadalquivir podía servirse de estos husillos para invadir la ciudad, como ocurrió en algunas ocasiones a pesar de ser previsoramente sellados cuando se avecinaban inundaciones.

Uno de los husillos más importantes fue el llamado "Husillo Real", que servía para evacuar las aguas de la calle Santa Clara hacia el río, localizado en la antigua calle de las Mozas, ahora Álvaro de Bazán, donde un azulejo recuerda que allí pasó su infancia Antonio "El Bailarín" entre 1923 y 1934. En 1784 Cándido María Trigueros, en su obra La Riada, describía cómo este Husillo Real sufrió los embates del Guadalquivir durante las inundaciones del invierno del año anterior, cuando las murallas no eran suficientes para contener la crecida:

"A tan grande susto se agregó que el husillo Real que está junto a la Puerta de San Juan caminando hacia la de la Barqueta, comenzó a flaquear y dejar que entrase por él mucha abundancia de agua. A tantos peligros juntos parecía imposible ponerles remedio; más el incesante esmero de todos los encargados de estos puestos y las repetidas visitas que cada día, cada noche y aún cada hora hacía en todos el Caballero Asistente, pudieron conseguir que calafateando, cerrando, rellenando,  cargando y apuntalando, según se iba necesitando, se evitase al fin el peligro. En rellenar el Husillo Real se consumieron más de mil cargas de escombros de obras". 
Foto Reyes de Escalona.

Esquina con Lumbreras, el edificio del Husillo Real, especie de enorme alcantarilla, todavía seguía en pie en 1874 y fue descrito por otro cronista, Álvarez Benavides, en estos términos:

"Lleva este nombre por ser el principal de todos. Ocupa un edificio construido con las condiciones necesarias para el efecto, el cual apoya su espalda en un resto de la antigua muralla que tiene por esta parte 1,75 metros de espesor. Para cerrar del todo este husillo en tiempos de las mayores avenidas se invierte dieciocho tablones de 0,27 a 0,28 metros de ancho, los cuales colocados de canto unos sobre otros en correderas verticales, forman una altura próximamente de cinco metros. Otra serie de tablones como a un metro de distancia de la primera y colocada bajo el mismo sistema, detiene las aguas que se estancan en la población, a las cuales se les va dando salida según van disminuyendo las del río. 

Los encargados de estas operaciones tienen necesidad de ser muy prácticos en ellas y ejercer una vigilancia o cuidado a toda prueba, pues en ellos consiste que la ciudad no sea invadida por la inundación y que las aguas estancadas en los puntos ordinarios sean las menos posibles y desaparezcan cuanto antes".

¿Cómo se transitaba por una ciudad así? Hay que dar por sentado que quienes disponían de montura no dudaban en usarla, de ahí que nobles, clérigos y otros usasen caballos o mulas para ir de un lugar a otro, pero lo que resultó un auténtico quebradero de cabeza para los regidores de la ciudad fue el creciente aumento de carruajes, tanto propiedad de las clases altas (para quienes era símbolo de su status social) como de alquiler y de los que un viajero inglés de 1680 llegó a contar dos mil. Taponaban calles, dañaban sus precarios empedrados, expandían excrementos de los animales de tiro, levantaban nubes de polvo en verano o salpicaban a los viandantes en los días de chubascos... en definitiva, una problemática que ya entonces obligó a reducir el número de los de alquiler e incluso a ser necesario el permiso de la Corona para utilizarlos. No sirvió de nada. 

¿Y el sevillano de a pie? Sin duda, salir a la calle a trabajar o a cualquier otra gestión debía ser toda una carrera de obstáculos, sorteando hoyos, charcos, muladares, y demás, por no hablar de que, de vez en cuando, el consabido grito de "¡Agua va!" avisaba a los despistados cómo, de no estar al tanto, podían terminar mojados de Dios sabe qué. Las mujeres pudientes, por su parte, acostumbraban a usar chapines para caminar, pues servían para, por un lado, ganar algo de altura y, por otro, evitar que el borde de los vestidos se manchara de las inmundicias callejeras. Gremio importante, se ubicó entre las actuales calles Francos y Álvarez Quintero, donde aún se conserva su nombre, su importancia y la de sus manufacturas alcanzó a incluso la literatura de la época, pues Lope de Vega en su obra El Perro del Hortelano (1618) insertó estos versos:

No la imagines vestida
con tan linda proporción
de cintura, en el balcón
de unos chapines subida.
Todo es vana arquitectura;
porque dijo un sabio un día
que a los sastres se debía
la mitad de la hermosura. 

Los chapines, cuyo origen podría remontarse a la antigua Roma, se confeccionaban con sucesivas suelas de corcho, unas sobre otras, hasta conseguir una altura, para cerrarse atados al empeine mediante dos orejeras de tela o cuero, anudadas con cintas o cordones en el centro. Como ha investigado la profesora zaragozana Concepción Villanueva, el calzado se podía quitar y guardar en una bolsa de tela que las mujeres llevaban consigo, con el detalle, en algunas zonas españolas, de que este tipo de prendas sólo podían usarlo mujeres casadas, por lo que obsequiar chapines a una doncella casadera se consideraba un paso más hacia el matrimonio, existiendo incluso una expresión popular "ponerse en chapines" en clara alusión al cambio de estado civil femenino. Llevarlos con elegancia, todo hay que decirlo, exigía una buena dosis de destreza y equilibrio, por lo que no es de extrañar que en algunas comedias la dama fingiera un tropiezo con sus chapines para, así, como quien no quiere la cosa, caer en los brazos del galán o pretendiente.

Desde el siglo XIII al XVIII su utilización constituyó una forma avanzada del ajuar femenino, ya que también posibilitó dar mayor longitud a los vestidos, señal de riqueza y poderío, con la frontal oposición de los moralistas, a los que no gustó en absoluto esta moda, dado el derroche y fomento de la altivez femenina que suponía. Así, algunos desaconsejaron su empleo porque caerse con ellos podía provocar abortos y reivindicaron limitar su altura y suprimir la lujosa confección con guarniciones de oro, plata, perlas, bordados o flecos, ya que consideraban que era una ofensa a Dios tanto innecesario dispendio, tal como recoge la antes referida profesora Villanueva citando en el siglo XV a Fray Hernando de Talavera, confesor de Isabel I de Castilla, quien se refiere a los chapines en estos términos, no exentos de misoginia:

"¿Y de los chapines de diversas maneras obrados y labrados, castellanos y valencianos? Y tan altos y de tan gran cantidad que apenas hay ya corchos que los puedan bastar, a gran costa del paño, porque tanto ha de crecer su vestidura cuanto el chapín finge de altura, aunque ha de faltar y no llegar al suelo para que parezca lo pintado del chapín o del zueco (...) Y aún no es pecado traer chapines muy altos, que hacen crecer la costa y cantidad del paño, además de ser pecado de soberbia y de mentira, que se fingen con ellos y se muestran luengas las que de suyo son pequeñas y quieren enmendar a Dios, que hizo a las mujeres de menores cuerpos que a los hombres".

Se nos quedaba en el tintero mencionar un curioso fenómeno social, el de cómo las clases medias, en claro deseo de emulación frente a las altas, también gastaba sus buenos dineros en la adquisición de este tipo de calzado, un comportamiento bastante común, por otra parte; no cabe duda de que se trataba de prendas fascinantes y populares, lujo inalcanzable para la mayoría y hasta fruto de discordia profesional entre zapateros y chapineros, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

06 octubre, 2025

De olores y perfumes.

De los cinco sentidos, no cabe duda de que el Olfato, la capacidad de oler, es uno de los más atrayentes, por todo lo que supone. Desde "olfatear el peligro" hasta "olor de santidad", desde "olor a humanidad" a "olor de multitudes", desde "olor a chamusquina" a "olor a azufre", nuestra lengua está plagada de alusiones o referencias a esos efluvios que penetran por los orificios nasales y nos hacen sentir placer, asco, hambre, deseo o excitación; en esta ocasión, en Hispalensia, hablaremos de perfumes, así que, para variar, vamos a lo que vamos.  

Desde tiempos primitivos, el ser humano comprobó que los olores que llegaban hasta su cerebro podían ser útiles para su supervivencia, como el de los alimentos en mal estado o simplemente causarle bienestar tras sentirlos, como el que brotaba de las flores o de las hierbas y maderas aromáticas que se quemaban en las hogueras. En la civilización sumeria (3500 a.C.) se encontró quizá la primera barra de labios de la historia, concretamente en el sepulcro de la reina Schubab, mientras que en Egipto los sacerdotes de las numerosas deidades adoptaron el rito de ungir sus estatuas con aceites fuertemente aromatizados, buscando con ello lograr pasar al más allá; prueba de ello son los más tres mil recipientes con fragancias que acompañaban el cuerpo momificado de Tutankamon en su tumba. China y la India serán cuna de técnicas, mezclas y aromas, Gracias aportará su saber empleando hermosos frascos de cerámica para almacenar los perfumes, pero será la Roma republicana e imperial la que impregne con ellos casi todo, desde estandartes de las legiones hasta teatros, pasando por habitaciones, prendas o animales. 

Pedro Pablo Rubens y Jan Brueghel el Viejo: El Olfato. 1617-1618. Museo del Prado.

 Dejando a un lado la mirra y el incienso de los Reyes Magos, en los cuatro relatos evangélicos se narra cómo un caro perfume sirve a Jesús para regañar a sus discípulos cuando una mujer derrama sobre su cabeza el contenido de un frasco de alabastro para perfumar su cabeza, sin olvidar el papel de Nicodemo tras la Pasión, al ser quien proporcione cien libras de mirra perfumada y áloe con las que perfumar el cuerpo amortajado del Nazareno, de modo y manera que en la tradición cristiana el uso de aromas y olores, por poner un ejemplo, haya tenido siempre una carga simbólica. 

Serán los árabes los que, haciendo uso de alambiques para destilar el alcohol, elaboren perfumes como el Agua de Rosas, que gozó de gran demanda durante toda la época medieval, rivalizando con las creaciones procedentes de Florencia y Venecia.

Dejando a un lado el uso de pebeteros o quemaderos de hierbas aromáticas, no deja de ser curioso cómo, en una época en la que la higiene personal no era una prioridad, los perfumes y ungüentos se empleaban en algunos casos para enmascarar los malos olores corporales, a veces preparados en el propio domicilio de la dama en cuestión que para eso custodiaba celosamente cofres o talegas con los ingredientes necesarios para elaborar dichas recetas; igualmente, como complemento identitario de las clases nobles, era muy frecuente el uso de pañuelos y guantes perfumados, detalle éste estudiado por la profesora Aranda Bernal, como veremos a continuación. 

Tiziano: el hombre del guante. 1520-1523. Museo del Louvre.

 Como prendas usadas por las personas distinguidas, los guantes simbolizaban status social; confeccionados tanto en tela como en piel, existió en Sevilla el Gremio de Guanteros, que en 1597 encargó a Martínez Montañés el gran (en todos los sentidos) San Cristóbal que se venera en la Colegial del Salvador. Durante el siglo XVI se adoptó la costumbre "adobar" los guantes, o lo que es lo mismo, impregnarlos con aromas de canela, alhucema, estoraque, ámbar o esencias florales, con lo cual se lograba conseguir un olor agradable para las manos y el cuerpo. La tarea de "adobar" recaía precisamente en el gremio antes aludido y también en los perfumistas, quienes además realizaban el proceso periódicamente.

Además, el célebre Diccionario de Covarrubias (1622) menciona la existencia de las pomas o pomos como "pieza labrada redonda, en oro o plata, agujereada, dentro de la cual se traen olores y cosas contra la peste". Estos pomos podían portarse en la mano de manera elegante, pero también insertarse en cinturones o rosarios, y en su interior se colocaban algodones impregnados de esencias líquidas que emanaban agradables olores. En aquellos años, las damas de la nobleza sevillana portaban para sus rezos rosarios con cuentas realizadas con sustancias aromáticas, por lo que podemos decir que "mataban dos pájaros de un tiro" combinando oraciones y olores. 

Ni que decir tiene que este tipo de artículos alcanzaban precios muy altos por su escasez y no estaban al alcance de cualquier bolsillo (o bolsa). En un curioso listado de precios ordenado por el Cabildo de la Ciudad y editado en Sevilla en 1627 se marcan estas cantidades y precios dentro del apartado denominado "Droguería y Mercería": 

"Cada onza de ámbar gris alagartado de la mejor, a doce ducados.
Cada onza de algalia de la tierra, ochenta y ocho reales.
Cada onza de almizcle, siete ducados."

Una onza equivaldría en nuestro tempo a unos 28 gramos, mientras que el ducado de oro supondría unos 369,00 € de 2025. El ámbar gris era una secreción producida por el cachalote con un olor peculiar muy dulce, la algalia se extraía también de pequeños cuadrúpedos y su aroma era similar al almizcle, que también era extraído a partir de la secreción de glándulas de mamíferos como ciervos, ratas, bueyes o monos. El mundo vegetal también abría todo un abanico de posibilidades  para la elaboración de  perfumes: almendras, jazmines, azahares, romero, nuez moscada, clavo, canela y muchas más eran útiles para ser combinadas por los perfumistas, gremio formado a partir del de guanteros. 

Los perfumes servían también para agasajar a huéspedes ilustres, tal como ocurrió cuando, en 1631 visitó nuestra ciudad el embajador británico Sir Francis Cottington y para su disfrute (José Gestoso lo recogió en un artículo) se dispusieron dos azumbres de agua de olor, ocho pastillas de finas de olor, almizcle, estoraque y benjui (estas dos últimas resinas olorosas procedentes de Asia) contenidas en dos pomos de vidrio, algunos de ellos de los celebrados de Venecia. Se nos quedaba en el tintero, un azumbre equivaldría como medida a unos dos litros actuales. 

Prueba de que los olores, buenos, malos y peores pululaban por todas partes en aquella bulliciosa Sevilla del XVII la tenemos en la crónica que Diego Ortiz de Zúñiga incluye en sus famosos Anales, relatando el momento en el que el 17 de marzo de 1668 se abre la urna del rey San Fernando para inspeccionar su cuerpo y en ella, aparte de una larga descripción del físico y ropajes del monarca castellano, aparece una interesante alusión:

"Y en cuanto al olor, luego que se abrió este sepulcro, se conoció ser del mismo cuerpo tan singular y tan suavísimo que no puede explicarse, porque no es como los artificiales y naturales del ámbar, almizcle o algalia, ni cedro, ni otros semejantes, sino de singular fragancia y consuelo."

Tendríamos aquí, pues, lo que algunos han llamado "olor de santidad" y que ha acompañado en muchas ocasiones a quienes han fallecido tras una vida de entrega a los demás y fe y también suele estar presente en apariciones celestiales, pero esa, esa es harina de otro costal.

22 septiembre, 2025

El pintor liberado.

Había nacido en Sevilla, alrededor de 1590. Su padre ejercía el oficio de grabador en cobre y pintor iluminador, de modo que no es de extrañar que sus hijos Francisco y Juan entraran en el taller familiar a edad temprana. Debió tener buena mano ante el caballete desde jovencito, pues en 1616 el gremio de pintores entablará pleito con él por haber aceptado un encargo del convento Casa Grande de San Francisco sin siquiera haberse aún examinado para ingresar en dicha corporación; dicen que se le agrió el carácter tras este encontronazo inicial e inesperado con sus "colegas" de profesión y que aquél empeoró tras nuevas querellas y litigios. Nada se sabe con certeza, pero no es menos interesante mencionar de Francisco de Herrera el Viejo que destacase tanto como para ser elogiado, asumiendo destacados encargos, como criticado por su áspera forma de ser; curiosamente, la calle que lleva su nombre queda muy cerca del Museo de Bellas Artes de Sevilla, de modo que, para variar, vamos a lo que vamos. 

Foto Reyes de Escalona.

Entre las calles Monsalves y San Roque, no lejos del Museo, como decíamos, la calle de Herrera el Viejo pasó a denominarse de este modo en 1875, en sustitución del anterior "Herrera" a secas, puesto en honor al poeta Fernando de Herrera (1534-1597) pero que en aquel referido año recibió una nueva calle en la zona de San Andrés, de ahí la modificación. Estrecha y con no mucho trayecto, fue conocida como "callejón de San Roque" o como una bocacalle que llegaba hasta la llamada Cruz de la Parra (parra que dio nombre tanto a un corral de vecinos como a un horno, muy conocido por la calidad de sus productos panaderos). Se tienen noticias del empedrado de la calle allá por 1619 y de su adoquinado en 1919, siendo primordial el uso residencial de la mayoría de los edificios, aunque no siempre fue así.

Volvamos a Herrera el Viejo. Pintor barroco, destacado grabador, autor de un extenso catálogo de obras de temática religiosa y profana, tuvo en su contra, como decíamos, un "mal pronto" del que fue víctima incluso un joven Diego Velázquez, aprendiz suyo, que pronto preferirá cambiar de maestro y continuar su formación con quien a la postre será su suegro: Francisco Pacheco, con taller en la calle del Puerco, ahora Trajano. En los muros del Museo sevillano cuelga la increíble Apoteosis de San Hermegildo, una creación llena de colorido, movimiento y energía, rompimiento de gloria incluido con la presencia de los grandes personajes de la Sevilla visigoda: San Isidoro, San Leandro, Recaredo y Leovigildo. La pintura fue realizada para el retablo mayor del jesuita colegio de San Hermenegildo, ahora en restauración, junto a la Plaza del Duque, y dio lugar a un singular episodio.

Apoteosis de San Hermenegildo, sobre 1620-1624. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Sobre 1619, lo cuenta Chaves Rey, el maestro Herrera fue incriminado judicialmente, acusado de fabricación de moneda falsa, lo que podía llevar a severa condena; temeroso de ser apresado y llevado a la Cárcel Real, se acogió a sagrado en el convento de San Hermenegildo, donde pintó el antes referido cuadro. Durante la estancia de la corte del rey Felipe IV en Sevilla en 1624, éste visitó el colegio jesuita y quedó profundamente conmovido por la belleza de la Apoteosis de San Hermenegildo; su majestad, interesada, preguntó por el autor del lienzo, siendo llevado a su presencia el propio Herrera el Viejo, quien humildemente explicó al monarca los pormenores y composición del cuadro, además de su situación de prófugo ante los tribunales. Se dice que Felipe IV, admirado, ordenó sin demora archivar la causa contra el pintor y que quedase libre de toda acusación, ya que, afirmó solemnemente, "quien sabía ejecutar obras como ésa no había menester el oro ni la plata". 

San Buenaventura recibe el hábito de San Francisco. 1628. Museo del Prado.

Fallecida su mujer durante la terrible epidemia de Peste de 1649, trasladado su hijo Herrera el Mozo a Italia (incluso algunos sostienen que huyó de la casa familiar llevándose una elevada suma de dinero), Herrera el Viejo prosiguió con su labor entre colores, lienzos y pinceles, siempre, eso sí, con el sambenito su mal temperamento, de modo que, viudo ya, hasta una hermana suya con quien compartía vivienda prefirió ingresar en un convento antes que continuar conviviendo con él. Trabajó para los franciscanos del colegio de San Buenaventura, entre otros, y se dejó influir por el estilo de Juan de Roelas, siendo considerado uno de los introductores del llamado naturalismo en la pintura hispalense. Desencantado quizá con la ciudad, mudóse a la capital del reino con avanzada edad, y en Madrid, villa y corte, concluirá su vida en la más absoluta pobreza en el año 1654.

Regresamos a la calle que recibió el nombre de nuestro maestro pintor. Álvarez Benavides, en 1871, daba detalles sobre cómo en el número 13 radicaba el Colegio de Nuestra Señora del Amparo:
"Colegio de instrucción primaria para señoritas, bajo la dirección de doña Dolores de los Ríos. En él se inculcan a las alumnas los más rectos principios religiosos y sociales y una esmerada instrucción en lectura, escritura, labores, etc."
Foto Reyes de Escalona.

Pese a esto, dada su condición recoleta y relativamente alejada del bullicio, fue sede de establecimientos relacionados con la prostitución y ello, como es habitual en estos casos, constituyó fuente de problemas de orden público con cierta frecuencia, tal como recogió el diario La Andalucía allá por junio de 1897 en un artículo con la peculiar prosa de aquellas calendas:
"En la calle Herrera el Viejo hubo ayer por la mañana un escándalo terrible. Parece que una "paloma" cambió de nido y las dueñas del palomar que echaron de menos el ave salieron a la calle y armaron tal marimorena que el público que pasaba estuvo entretenido durante dos horas largas.
 
Las frases más obscenas y más asquerosas salieron a relucir y hubo aquello de querer entrar en la casa derribando la cancela y otros excesos. Durante todo el tiempo de la repugnante escena no acertó a pasar por allí ningún guardia, a pesar de estar dicha calle al lado del Museo, sitio donde creemos que hay pareja. 
 
Mentira parece que en una población culta suceda esto. De seguir esta lenidad y este abandono respecto a ciertas industrias que debieran estar relegadas a determinados sitios, las personas honradas tendrán que formar fuerte liga y elegir sus viviendas en las afueras de la capital, toda vez que en la mayoría de las calles del centro hay infinidad de "nidos", cuyas "palomas" no pueden rozarse con las personas decentes".

Se nos quedaba en el tintero; indicando que vivía en la madrileña plazuela de los Herradores, la partida de defunción del maestro Herrera el Viejo se conserva en la parroquia de San Ginés, precisamente el mismo templo en el que contrajo matrimonio Lope de Vega en 1588 o en la que fue enterrado el músico Tomás Luis de Victoria en 1611, pero esa, esa ya es harina de otro costal...