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09 febrero, 2026

Al corriente.

Acercándonos ya a una nueva Cuaresma, las hermandades se aprestan un año más a celebrar sus cultos anuales, que culminarán con la salida de la cofradía en Estación de Penitencia en Semana Santa; desde tiempos inmemoriales, como se dice en estos casos, toda esta actividad cultual ha generado siempre gastos económicos importantes, cubiertos casi siempre, por aportaciones de diverso tipo, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Por estas fechas, en muchas casas de hermandad, se celebran los llamados Cabildos de Salida, que tras las oraciones de rigor y la lectura del acta del cabildo anterior suele comenzar con la pregunta, casi ritual, del hermano mayor a su junta de gobierno: "¿Salimos este año?" Contestada por aclamación positivamente por todos los oficiales, inmediatamente todas las miradas se dirigen al Mayordomo (siempre rodeado de papeles y cuentas) al que el máximo mandatario de la corporación interrogará casi protocolariamente: "¿Hay dinero?". Lo que ahora parece simple formalidad fue, durante mucho tiempo, asunto complicado y casi vital, ya que de la bonanza económica de las arcas de la hermandad dependía la salida o no de la cofradía cada año, dándose casos, incluso a comienzos del pasado siglo XX, de votarse la no salida de alguna hermandad debido a la escasez de recursos.

Durante siglos, las hermandades, muchas de ellas gremiales, actuaron como "mutuas", ya que además de ofrecer a sus miembros participar en una serie de actos litúrgicos, cuidaba de ellos durante su enfermedad, dotaba económicamente a sus hijas casaderas en algunos casos y, por supuesto, garantizaba que, una vez fallecido cristianamente, el hermano tuviera un entierro digno con cera, paño mortuorio de la hermandad, tumba o panteón corporativo (a veces) y misas por su alma.

Todos estos gastos eran sufragados por las "averiguaciones", o lo que es lo mismo, por las cuotas o limosnas que voluntariamente entregaban los cofrades para cubrir las necesidades de la tesorería de la hermandad. Como imaginará el lector, estas cuotas se pagaban en concepto de nuevo ingreso, para los cultos o para la salida de la cofradía, como recogían las Reglas de la Hermandad de las Tres Caídas de San Isidoro allá por 1788:

"Todo el que se recibiere de hermano contribuirá por una vez con la limosna de dos libras de cera y dos reales al Muñidor; debiendo todo hermano pedir una Demanda una vez al año para la Estación de nuestra Cofradía, y en caso de no pedirla, deberá dar una libra de cera para el propio efecto". 

Interesante resulta también el término "Demanda" que consistía en que los hermanos pedían ("demandaban") limosnas para su cofradía, ya de manera privada (con huchas o alcancías), ya en la calle, con la figura de los "Demandantes", que no eran otra cosa que hermanos nazarenos que portando "demandas", o bolsas rogaban un donativo a los que contemplaban el paso de la cofradía. Esta figura del demandante resultó muy controvertida por los abusos que cometían e intentó regularse, con poco éxito, en varias ocasiones a lo largo de la historia, como  en 1604 durante el mandato del cardenal Niño de Guevara:

"Que se quiten los muchachos que andan pidiendo en estas procesiones, y nuestros jueces no les consientan en manera alguna andar en ellas, pues no sirven más que de inquietar y quitar la devoción y quedarse para jugar con la limosna que les dan."

O como se procuró desde los sectores Ilustrados ya en el siglo XVIII, durante la estancia en nuestra ciudad del Asistente Pablo de Olavide, secundado por el cardenal Delgado Venegas, quien el 17 de marzo de 1777 dictó una serie de órdenes para regular a las cofradías, entre las que figuraba:

"Que los demandistas sean personas de maduro juicio y prudencia, usen de pocas voces y esto con modestia y devoción, y no sean muchachos." 

De manera simbólica, los "limosneros" hoy perviven delante de la cruz de guía de la Hermandad de los Negritos, quien los recuperó en 1993 con una función meramente presencial, ya que no recogen donativos. Del mismo modo, podemos recordar cómo otra hermandad bien distinta, la de la Santa Caridad, mantiene la costumbre de colocar una mesa petitoria los domingos por la mañana en la catedral de nuestra ciudad, justo antes de la salida por la Puerta de San Miguel.

Abundando en lo anterior, no podemos resistirnos a incluir un precioso y preciso pasaje de un artículo del canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón, procedente de su obra Cruz y Claveles (1920) donde en un imaginario recorrido en coche de caballos por una Sevilla en plena Cuaresma visita diversos lugares relacionados con la inminente Semana Santa, cuando, en un momento concreto de esa "ruta" la animada charla que mantiene con su acompañante "capillita" se ve interrumpida bruscamente por la aparición de otros cofrades, en este caso, de la llamada entonces Hermandad de la Piedad: 

" - ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!, ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!
- ¿¿...???
- ¡Los de Santa Marina, con la demanda!
- ¿Y a tí qué más te da un duro más o menos? ¿Vas a llevarte quizá los dinerales que tienes? ¡¡Para, cochero!!
- ¡Hola, señores!
- ¿Qué tal va esa demanda?
- Medianeja nada más... Doscientas pesetas próximamente, desde la una de la tarde.
- Pues no va mal... ¿Y se podría pasar un durejo por cabeza?
- ¡Figurese usté la pedrá en los dientes!  
- Pues vaya. 
- Pues vaya.
- ¡Pues Dios se lo pague a ustedes!
- Y a ustedes los pasos.
- ¡¡Anda!!...".

Hay que recordar que las aportaciones económicas se venían haciendo tanto en metálico como en especie, esto último con un elemento muy caro por aquellas calendas: la cera pura para culto, pesada en libras, equivalentes a unos 460 gramos de nuestros días. Además, existían también otras cantidades a abonar en concepto de "multas" por inasistencia a cabildos o procesiones, y éstas, para más inri, también podían abonarse de ambas maneras, como hemos podido leer en la Regla de la Hermandad de la Hiniesta de 1671, cuando se alude a las obligaciones del cofrade: 

"Tendrá obligación de asistir a todas las Fiestas que la Hermandad celebrare a nuestra Señora, especialmente a la que se le hace en septiembre, siendo para esta avisados por nuestro Muñidor: y la falta que en cualquiera de ellas se hiciere, no constando de ausencia o enfermedad, se multe en media libra de cera".

Aún sin cuentas corrientes ni domiciliaciones bancarias, sin ordenadores ni pagos con tarjeta, será la figura del cobrador, heredero del muñidor, quien acudirá a los domicilios de los hermanos para cobrar las cuotas, llevándose una pequeña comisión por ello. El efectivo quedaba depositado en la llamada "arca de tres llaves", que recibía tal nombre por poseer tres cerraduras diferentes, que podían ser abiertas únicamente por tres miembros de la junta de gobierno, depositarios de las tres llaves que facilitaban su apertura; en este tipo de arcas también se guardaban documentos importantes. En las antes referidas Reglas de la Hiniesta se alude al arca o caja y al sistema de contabilidad en estos términos:

"Y en dicha caja entrará todo el dinero que se cobrare de las rentas de la Hermandad, y de las demandas y limosnas que se le hicieren, y que sobrare de las misas sabatinas y platillos de domingos y días de fiesta, y se sacará lo que fuere necesario para los gastos precisos, uno y otro con la asistencia de los oficiales y tomando razón de todo el Secretario, poniendo con distinción de lo que procede cada partida que entrare y para que efecto es la que saliere."

Porque, por otra parte ¿Cuánto pagaba un cofrade allá por el siglo XIX? A modo de ejemplo aproximado, según los datos que se conservan, por citar un ejemplo, en hermandades como la Sagrada Mortaja, entonces en Santa Marina con apenas cien hermanos recaudaban unos dos mil reales anuales en concepto de cuotas, teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, sólo el importe de la cuadrilla de costaleros oscilaba entre los quinientos y seiscientos reales, de modo que casi no es necesario destacar la precariedad económica de hermandades pequeñas y de barrio. 

El importe de "demandas", "averiguaciones" (éste último término ya desaparecido) y papeletas de sitio, de las que hablamos en otra ocasión, era, como decíamos, insuficiente, lo que originaba que, salvo las cofradías más poderosas socialmente, las demás estuviesen muchas veces "a la cuarta pregunta" cuando llegaba la Cuaresma y el Hermano Mayor preguntaba aquello de "¿Salimos?"; en 1865, siendo alcalde Juan José García de Vinuesa (promotor de la demolición de las murallas y protagonista del episodio de la Piedra Llorosa), el consistorio comenzará a subvencionar la salida de las hermandades, buscando con ello una mayor presencia de público foráneo en las calles, algo que irá parejo con la colocación de las primeras sillas de pago en la Plaza de San Francisco, dando inicio, por así decirlo, a una nueva etapa en el mundillo cofradiero, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

13 marzo, 2023

Perfiles cofradieros.

Fue en el año 1918 cuando vio la luz una obra escrita por un canónigo de la catedral hispalense no nacido en nuestra ciudad, cofrade, rociero, fumador empedernido, predicador incansable en cultos de hermandades y ferviente partidario de Joselito El Gallo; en esa obrita, con un barniz netamente costumbrista, el autor plasmó a diversos personajes vinculados a nuestra Semana Santa, de modo y manera que bien merecería la pena, aunque sea brevemente, dar cuenta de algunos de los perfiles reseñados en esa publicación; pero como siempre, vayamos por partes. 

El 15 de junio de 1866 nacía en la localidad onubense de Hinojos Juan Francisco Muñoz y Pabón, cuarto hijo de la familia formada por Antonio Muñoz García (que era sochantre o cantor de la parroquia del pueblo) y María Josefa Pabón Illanes. Buen estudiante, con doce años marchará a Sevilla a ingresar en el Seminario en 1878, viviendo con su tío Juan Francisco, también sacerdote, en la entonces plaza de López Pintado, actual de Jesús de la Redención. Ordenado sacerdote en 1890 tras superar todos los exámenes con brillantez, el cardenal Marcelo Spínola lo nombrará párroco de la de Santiago y en 1903 ganará por oposición la plaza de Canónigo Lectoral en el Cabildo de la Catedral, ejerciendo como rector del Sagrario, y como catedrático en el Seminario. Además, desarrolló una ingente labor como predicador en cultos de hermandades, donde era muy solicitado, llegando a predicar en un año hasta 162 sermones a diferentes cofradías, no sólo de la capital, sino de la provincia.

Desde temprana edad se sentirá profundamente inclinado a la escritura, y animado a proseguir en esa senda por el propio Spínola, mantuvo contacto con escritores de la talla de Rodríguez Marín, Luis Montoto o Juan Valera, cultivando una prosa de gran calidad dentro del realismo costumbrista, con su pueblo muchas veces como telón de fondo y sin faltar aspectos de denuncia social o ejemplarizantes. El Buen Paño, Paco Góngora, Justa y Rufina, La Millona, Oro de Ley, Juegos Florales, serán, por mencionar algunos, títulos salidos de su prolífica pluma, una pluma que, curiosamente llegó a recibir como regalo realizado en oro por parte de los partidarios del fallecido Joselito el Gallo por la defensa que realizó en la prensa de la celebración de sus honras fúnebres en la Catedral tras su trágica muerte en 1920, algo que no todos entendieron. La pluma de oro forma parte ahora del ajuar de la Esperanza Macarena, luciéndola prendida en la saya en las festividades cuaresmales, semanasanteras o especiales.

Ahora que tocamos la vertiente cofradiera, Muñoz y Pabón estuvo muy vinculado a dos cofradías del Jueves Santo: las Cigarreras y el Valle. En la primera influyó muy mucho en el cambio de su imagen cristífera, pasando la anterior a Hinojos, donde aún se conserva; en la segunda, como recordó uno de sus biógrafos el fallecido sacerdote Carlos Ros, fue anfitrión de la propia imagen de la Virgen en su casa de la calle Abades número 3 durante una restauración realizada a la misma por José Ordóñez en 1909 tras un incendio fortuito declarado en su sede de la iglesia del Santo Ángel en el mes de julio de aquel año y del mismo modo, influyó decisivamente en la realización del nuevo grupo escultórico del Paso de la Coronación de Espinas, obra de Joaquín Bilbao. 

Fruto de su interés por la Semana Santa es la frecuente aparición de este tema en sus novelas, demostrando además un profundo conocimiento de las cofradías tanto en su organización interna y sus rituales como al entenderlas como expresión de la religiosidad popular. Así, en 1918 publicará "En el Cielo de la Tierra", recopilación de una serie de artículos aparecidos en el diario madrileño El Debate; en ellos, Muñoz y Pabón disecciona con gracejo y seriedad, valga la paradoja, parte del mundillo de las cofradías y sus personajes, en un estilo muy similar al de los protagonistas de los entremeses teatrales de los hermanos Álvarez Quintero, donde abunda la pronunciación popular. El nazareno, el "armao", el costalero o el penitente aparecerán en sus páginas, de modo que al menos nos centraremos en alguno de estos tipos para ver qué concepto tenía de ellos nuestro canónigo, quien sabe, a lo mejor hay lectores u oyentes que se sienten identifyicado con alguna de estas "siluetas", como las llamó su autor.

El artículo dedicado al nazareno, por ejemplo, se caracteriza por hacer un perfecto retrato de quien cada año se reviste con su túnica y lo que supone participar con ella en las cofradías, la responsabilidad en el pago de las cuotas de hermano, la participación en los cultos o la desilusión, siempre, que supone la lluvia el día de la Estación de Penitencia; quizá lo mejor sea cuando menciona, a modo de subtipo,  al "tipo más soberano de la Semana Santa": el "Capirotero", quien acude a varias hermandades para salir de nazareno, a veces sin ser hermano, y sin siquiera ni asistir a cultos o actos, aunque viva, a su manera, sus particulares vísperas con la misma intensidad que cualquier otro cofrade: 

"Una usted a esto que desde quince o veinte días antes de la Semana Santa, desde que se anuncia en los periódicos que tal o cual Hermandad "ha empezado a repartir las túnicas", él fue a recoger la suya, y la trajo a su casa, y se la probó, para que lo viera su mujer, su cuñada, su suegra, sus chiquillos y casi todas las vecinas del corral. Y se quitó la blanca, para ponerse la morada... y se puso luego la negra... y a seguida, la de sotana blanca y manto celeste; y luego la de sotana morada y manto negro... la de escapulario y la sin él..."

Salir en varias cofradías era práctica más cercana a la afición que a la devoción, aunque parece que no mayoritaria, lo cierto es que al describir al capirotero Muñoz y Pabón no olvidará su diferente comportamiento según sea hermandad seria o popular, ya que en esta última faceta retrata perfectamente cómo eran aquellas estaciones de penitencia de los "felices años veinte" tan bien descritas por otros escritores contemporáneos como Núñez de Herrera o Eugenio Noel: 

"Vaya en una cofradía de orden, seria, que es la expresión: y ni se moverá de su sitio, aunque se muera, ni se levantará el antifaz del capirote, ni le arrancará una palabra, aunque lo maten. ¡Ya pueden venir sobre él las necesidades más perentorias!... ¡El capirotero será la edificación de las naciones! Pero vaya, por la inversa, en una de bullanga y jaleo: y se fumará una cajetilla en la estación, y se beberá en cada esquina donde haya taberna -y haylas en todas- cuantos chatos "con tapas" y "destapados", cafés, cervezas, refrescos y copas de aguardiente le permita su portamonedas... y hasta su crédito comercial en la plaza, y volverá a su casa haciendo ese y hasta cedas, ronco, de los vivas de la entrada".
José García Ramos: "Nazareno, dame un caramelo". 1890.

El "gallego", como era entonces denominado el costalero por tratarse, en muchos casos, de  oriundos de aquella región, también queda reflejado en el libro, sobre todo en un curioso párrafo, lleno de expresividad donde se alude a la "corría" que realizaba entonces de uno de ellos, o sea, la lista de cofradías que sacaba con la excepción del Lunes Santo, jornada en la que aún no salían cofradías: 

¿Tú ves lo que es una casa en la calle Tetuán? ¡Po una casa en lo mejón de la calle Tetuán me ofrecían a mí ahora mismo, y no lo llaman! ¡Arma mía! ¡Ebajo de un paso, ¡seis vece!, En una Semana Santa...! Er domingo, en la Amargura. Er marte, en Santa Cru. El miércole, en la Siete Palabra. Er jueve, en la Virgen der Valle. Er vierne, de madrugá, en er Gran Podé, y er vierne, por la tarde, en la Carretería. Con la particularidá, para que te entere: que ni en Señó der Gran Podé cobra un cuarto, porque lo tiene de promesa por lo e las quinta, ni en la Carretería tampoco, porque la novia se llama Lú, como la Virgen y tiene esa fineza con la celestiar Señora. ¡Es mu güeno mi José...!

Otro capítulo del libro será desde entonces casi referencia para muchos cofrades, ya que alude a un tipo de cofrade que en aquella época era muy minoritario, aunque esencial: el que vivía su hermandad y la Semana Santa todo el año. Según algunos autores, será Muñoz y Pabón el que acuñe el término para designarlo: Capillita, o lo que es lo mismo: "el hombre que tiene la fe de su cofradía, que profesó en el santo bautismo". Cofrade comprometido, erudito, ("se sabrá de memoria el libro de Don José Bermejo "Historia de las Cofradías"), experto en priostías y montajes de pasos, conocedor del mundillo artesanal vinculado a las hermandades, asistente habitual a quinarios y besamanos, es analizado como alguien que vive por y para la Cuaresma y lo que viene detrás, capaz de buscar recursos económicos donde no los hay o de dar el típico "sablazo" a personas de alto nivel económico siempre con el fin de mejorar el patrimonio de su Hermandad. Sería extensísimo reproducir completo el texto, ocurrente y de fina gracia, pero al menos, dejemos que el propio Canónigo Lectoral narre cómo vive las vísperas un Capillita de 1919, con especial atención a las últimas líneas, para comprobar que nada ha cambiado en este mundillo:

"Pero cuando la calentura cofradiera del Capillita sube y se recrudece, hasta no haber termómetro que alcance a marcarla, es cuando allá por los días de Pascua de Navidad comienza la novena al Gran Poder, que viene a ser algo así como el "rompan fuego" cofraderil. Porque tras ella viene la de Pasión, el quinario de la Sagrada Mortaja; a seguida, el del Calvario y el de la Quinta Angustia... ahora, el de las Siete Palabras y el de la Hermandad de la O..., el del Santo Cristo de Burgos y la novena de las Tres Caídas..., el del Amor y la del Silencio, el del Museo y el de la Carretería... y luego los septenarios de la Esperanza y de la Amargura (...) ¡Y deje usted de ir a ver ningún altar, aunque no sea más que para ponerle faltas, y de escuchar a ningún predicador, sobre todo si es forastero, porque eso sería imperdonable en un Capillita".

Para finalizar, y como no podía ser menos, describe los preparativos, el montaje de la cofradía y todas las pequeñas tareas a realizar, como si todo aquello fuera un conjunto de piezas por encajar hasta conseguir completarlo todo: 

 "Quédese, que ya es tarde, en el tintero, lo de tratar la cera y buscar el juego de dalmáticas para los acólitos; contratar los "gallegos" para los pasos y la banda o bandas de música para la estación... y el achuchón al bordador y la filípica al platero... la visita al taller del dorador y la llamada urgente al tallista... el recolectar alhajas para el pecho de la Virgen y el encargar las flores para los pasos... y a todo esto, ¡el de los respiraderos, que no los entrega! y ¡el de los faroles, que no los concluye!... las guardabrisas para los candelabros del Señor, que no se encuentran iguales, y ¡la toga del pertiguero, que ha aparecido comida de ratones!... ¡Por muestras, a la carrera, y volando, el sastre! ¡Y este hombre, teniendo que entender de todo, y hacerlo todo...!

Por cierto, muchos años después, en 2019, la Real Academia de la Lengua Española admitió el término "Capillita" en su Diccionario, con la siguiente acepción: dicho de una persona que vive con entusiasmo las actividades organizadas por las cofradías religiosas a lo largo del año y participa en ellas. Quizá por la buena amistad que mantuvo con un alto cargo de la Fábrica de Tabacos, Miguel de Quesada, mantuvo a lo largo de su vida un empedernido hábito de fumador, lo cual a la postre y desgraciadamente le provocó la muerte de un cáncer de pulmón a la edad de tan sólo cincuenta y cuatro años el 30 de diciembre de 1920, y al año siguiente el Ayuntamiento decidió dedicarle una calle junto a la parroquia de San Nicolás, pero esa, esa ya es otra historia.