28 julio, 2025

Recaredo.

Con permiso, una vez más, de las altas temperaturas, vamos a darnos una vuelta por una calle, avenida casi, que albergó uno de los conventos más importantes de Sevilla, afectada por las riadas en tiempos pasados y que fue de las primeras en formarse fuera del histórico perímetro amurallado de la ciudad. Pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Entre las desaparecidas y aún nombradas Puerta Osario y Puerta de Carmona, la calle Recaredo fue rotulada con este nombre hace ahora ciento sesenta y seis años, en 1859, en honor al conocido rey visigodo, célebre por su conversión al cristianismo, pero existía ya como vía de unión entre las dos puertas antes mencionadas, pues por aquella zona se encontraba, por ejemplo, el célebre y hoy extinguido convento de San Agustín, fundado a fines del siglo XIII y comienzos del XIV, del que se conservan algunos fragmentos, como el refectorio o comedor (usado hasta hace unos años como salón de actividades por la Hermandad de San Esteban) o el claustro, en cuyo centro, a cielo abierto, está depositada la portada de piedra que decoraba el acceso principal, encargada por los padres agustinos al arquitecto Hernán Ruiz II en 1563. Cuando escribimos estas líneas, el edificio está en obras para la creación de un hotel.

A fines del siglo XVI comenzaron los trámites para la creación de una iglesia parroquial que sirviera para auxilio espiritual para la población de aquella zona, ya muy numerosa, por lo que se erigió un templo de tamaño menor al actual, sustituto del primitivo tras un incendio en 1759 y que, con diferentes reformas y restauraciones ha llegado hasta nosotros: San Roque, santo además protector frente a la Peste. Su cercanía al arroyo Tagarete le hizo sufrir no pocas inundaciones, destacando por ejemplo la acaecida el 4 de enero de 1758, cuando el nivel de las aguas fue tal que un sacerdote, a caballo, tuvo que retirar el copón del sagrario de la parroquia y trasladarlo a la de San Esteban. 

Aparte de ser sede de dos hermandades, la parroquia, con su planta de salón, tres amplias naves y puertas a Recaredo y Plaza de Carmen Benítez, acoge la imagen del Santo Cristo de San Agustín, copia realizada por Agustín Sánchez-Cid de la primitiva que recibía culto en el convento de la Puerta Carmona y que fue víctima, junto con el templo parroquial, del incendio provocado durante los sucesos de julio de 1936. Advocación de gran devoción y arraigo a lo largo de la historia de la ciudad, prueba de ello es la anual y solemne Función que se celebra en su honor cada 2 de julio como Voto de Acción de gracias del Ayuntamiento por su milagrosa intervención durante la terrible epidemia de Peste del año1649.

Mucho antes, en plena Edad Media y para atender a la minoría de raza negra esclava que vivía en Sevilla, el cardenal Gonzalo de Mena, fundador del Monasterio de Santa María de las Cuevas de observancia cartuja, propició la constitución de otro hospital, esta vez bajo el título de Nuestra Señora de los Reyes y a posteriori de Los Ángeles, germen de la Hermandad de los Negritos, considerada una de las más antiguas de nuestra ciudad. La constitución de este hospital sirvió para que se generase una manzana de casas, con calles como Conde Negro, tal como refleja el catedrático Isidoro Moreno en la interesante Historia de la Hermandad del Jueves Santo: 

"No es de extrañar, pues, que el Arzobispo, respondiendo al principio de subsidiaridad cristiana, y ejerciendo su protección sobre los más desamparados, crease en estas circunstancias una institución asistencial para ellos: nace así el hospital y casa para morenos. Junto a este, ya desde el principio, pudo instituirse una hermandad, del mismo tipo de las que atendían muchos de los otros hospitales existentes en la ciudad; pero incluso si no hubiera sido así, dicha casa-hospital se convertiría necesariamente en el eje de la sociabilidad y luego del asociacionismo étnico hasta consolidarse la hermandad ya de forma institucionalizada."

Prueba de todo ello es que en 1611 los vecinos de la zona solicitaron a las autoridades que la Puerta de Carmona permaneciese abierta las veinticuatro horas del día, al igual que son frecuentes durante estos siglos las quejas del vecindario por la presencia de grandes aglomeraciones de basuras y escombros, por la suciedad de los husillos o por la presencia de tintoreros o curtidores, cuya actividad insalubre era perjudicial, por no hablar de la presencia de piaras de cerdos por sus calles o de la cercanía del arroyo Tagarete, por lo que durante años esta zona fue considerada marginal, apartada del entramado urbano. Prueba de todo ello es la reivindicación que encontramos en la revista El Tío Clarín correspondiente a junio de 1864: 

"Tenemos a la vista un extenso comunicado suscrito por varios vecinos de la calle Ancha de San Roque, hoy Recaredo, en el que se lamentan del excesivo polvo que diariamente se les entra por la puerta, inutilizándoles de camino los muebles y emporcándoles toda la casa.

Esta superabundancia de falta de policía urbana es tanto más censurable, cuando que a cuatro pasos de la calle que nos ocupa hay una caudalosa fuente llamada  de los Caños de Carmona con su correspondiente pilón constantemente lleno de agua que convida para el riego.

Disponga el Sr. Alcalde que se riegue por las tardes el camino real o arrecife, impropiamente llamado calle de Recaredo, según se hace con otros sitios, quizás de menos urgencia, que no costará tanto; y si cuesta, se paga y punto concluido, que así como hay dinero para morteradas, cohetes de dirección rauda y caprichosa y otras bagatelas tan escasas de importancia, como retumbantes de nombre, también debe haberlos para asear los sitios públicos. Antes que lo superfluo está lo preciso."

En el Plano de Olavide (1771) la calle es llamada Ancha de San Roque y todavía puede apreciarse en el extremo que daba a la Puerta Osario la existencia de montículos, quizá de escombros, a los que habría que añadir los "fétidos lodazales" que mencionaba la prensa de la época y que a partir de mediados del siglo XIX serán nivelados para la formación de la acera de los pares, coincidiendo con el derribo de la muralla y la alineación de la calle entre las puertas de Carmona y Osario; se sabe que en torno a 1823 se encontraba en el número 1 de la calle la Posada del Osario, desde donde partían carruajes y diligencias hacia Madrid, que junto a la capilla de los Ángeles existió un hospital para soldados malheridos en 1856 y que 1870, derribada la Puerta Osario en 1868, se construye una manzana que dará lugar a las calles Puñonrostro y Diego de Merlo y, al poco, extenderse la calle hasta la actual Gonzalo Bilbao, alcanzando su configuración actual. Como curiosidad, la calle fue adoquinada en 1925, y ya desde 1907 disfrutaba de iluminación eléctrica e incluso del paso de tranvías. 

Las antiguas casas de vecindad o corrales de vecinos (como el de don Miguel López o el del Judiano) serán sustituidas poco a poco por edificios de mayor empaque y función residencial, predominando los de corte regionalista y destacando el concebido inicialmente para Escuela Normal de Magisterio y constuido entre 1929-1932 por el arquitecto Juan Talavera, sede posterior del Centro de Educación Especial Virgen de la Esperanza y actualmente Colegio de Educación Infantil y Primaria "Jardines del Valle" y el ocupado por el Colegio "Santo Tomás de Aquino", fundado en 1940 y que tuvo como vecino en los años 60 al Cine Recaredo. 

Justo enfrente, en el número 30, pervive un peculiar edificio regionalista, de 1912,  que en su origen habría sido una subcentral de la Compañía Catalana de Gas y que, si el curioso viandante se fija, se encuentra a un nivel inferior del actual. Un poco más adelante, al final de la calle, esquina con Gonzalo Bilbao, se encuentra el antiguo edificio de la Fábrica de Harinas de Francisco Clavero, llamada "Santa Ana", de los años 1884-1886, pero esa, nunca mejor dicho, esa es harina de otro costal.

Como es habitual, el equipo de Hispalensia, con permiso de Don Alonso de Escalona, se tomará días de asueto y ocio, regresando, Dios mediante, a principios ya del mes septiembre, de modo que tengan vuesas mercedes feliz y próspero verano. 

NOTA: publicado este texto, Carmen, amable lectora, nos ha proporcionado datos sobre el edificio que acoge el actual Colegio de Santo Tomás de Aquino, del que ella es muy buena conocedora; al parecer, fue construido en 1918 por el arquitecto José María Sainz como regalo de bodas para un joven matrimonio, sin embargo, pero, fallecido prematuramente el marido, la viuda lo puso a la venta llegando a la postre a manos de los abuelos de Carmen en 1940 como comentábamos. 

Por otra parte, Pepe, otro buen seguidor de estas páginas, nos hace llegar sus recuerdos sobre el primer bar abierto por Becerra junto a la capilla de Los Negritos. 

Mil gracias a ambos. 


14 julio, 2025

Orden público.

Invierno de 1595. La ciudad ha sorteado, una vez más, la permanente amenaza de las aguas de un Guadalquivir desbordado, pero no va a poder, en esta ocasión, superar una auténtica rebelión procedente del mismo río; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Escudriñando antiguas crónicas, hemos comprobado cómo la gestión del orden público, allá por las postrimerías del siglo XVI, era cosa harto complicada, pues en no pocas ocasiones una simple pendencia, como veremos, podía prender la mecha de toda una violenta y tumultuosa sublevación en armas. Tal es el caso de lo sucedido, lo narra Francisco de Ariño en sus Sucesos de Sevilla, en la orilla de Triana, unida a Sevilla por un Puente de Barcas recién reparado tras ser destruido por las aguas del río el año anterior y terminar encallando sus restos sobre las antiguas Almonas* (zona del actual Paseo de la O). 

Es 23 de diciembre, víspera de Nochebuena. En las aguas del Guadalquivir flotan orgullosos once navíos de la corona española. Las tripulaciones de estas galeras, con permiso de sus superiores, han desembarcado bulliciosas y deseosas de vaciar sus bolsas buscando diversión y otras cosas que no vienen al caso. Como por arte de magia, en el Arenal y Triana brotan tablas de juego, donde se apuesta fuerte a los naipes o a los dados en un ambiente de gran animación regado, como es de suponer, por mostos, aguardientes o licores. Proliferan "enganchadores", tahúres y "mirones", atentos siempre a desplumar a incautos, pícaros de toda condición marcan bolsas y faltriqueras repletas de monedas mientras que en el no lejano Compás de la Laguna, uno de los mayores prostíbulos de Europa, es día de fiesta.

La mezcla no deja de ser explosiva, el actual emporio de Las Vegas estadounidense se quedaría en pañales ante aquel alarde de dinero contante y sonante, borracheras, juego y sexo, por lo que no es de extrañar que todo fuera como una inmensa y colorida olla exprés a punto de estallar. Y estalló, en la misma orilla de Triana y por un quítame allá esas pajas; que si hubo fullería en una mano ganadora de cartas, que si hubo disputa por el favor de una mujer, que si un fulano acusó a otro de birlarle el rosario de azabache de su madre, lo cierto es que al ruido del alboroto acudió el alguacil de aquel barrio, Francisco de Meneses para apresar a uno de los revoltosos (militar por más señas) y aunque en principio logró su propósito (no sin tener que desenvainar el acero para ello), la pronta concentración de soldados y marineros de las galeras en favor del detenido, hizo que el alguacil tuviera que poner pies en polvorosa junto con los suyos y refugiarse en el cercano Castillo de San Jorge (sede del Santo Oficio) tras sufrir una auténtica lluvia de piedras y cuchilladas. El presunto agresor, llevado en volandas, escapó de entrar en el calabozo.

Para colmo de males, en un clima cada vez más caldeado por dimes y diretes, por rumores y habladurías de todo tipo, aguerridos tripulantes y belicosa tropa montaron guardia a la puerta del castillo, y allí se habrían quedado de "plantón" y "Sine die" de no ser por la apaciguadora intercesión del Secretario de la Inquisición Sr. Briceño, quien con buenas palabras aquietó los ánimos e invitó a marcharse a los allí congregados, logrando su propósito para tranquilidad del vecindario. Pero la cosa no quedó ahí. 

La mañana de Nochebuena, al soldado detenido y liberado, herido su orgullo marcial, espadón y daga al cinto, no se le ocurrió otra cosa que volver a desembarcar y enfilar la Puerta de Triana hacia el centro urbano, llevando esta vez al hombro, como inseparable compañero, a su arcabuz, bien cebado de mecha, pólvora y proyectiles, no teniendo ningún recato en cargarlo y dispararlo cuando de nuevo las huestes del alguacil, dicen que puestas sobre aviso por un chivatazo procedente de la zona de la Carretería, intentaron prenderlo, sin que hubiera corchete o justicia que se atreviera a echarle el guante. Tras un desigual combate, "fueron tantos los palos y albardazos que le dieron hasta que cayó al suelo y así le asieron y no pudieron quitar la espada de la mano". A los "¡A mí, a mí!" del soldado, acudieron muchos de sus camaradas y en masa se encaminaron a la Plaza de San Francisco, provocando la huida atemorizada de todos los que por allí se congregaban, desde escribanos a porteros, desde alcaldes a alguaciles, desde paseantes hasta desocupados, pasando por mujeres y niños. Postigos clausurados, ventanas cerradas a cal y canto e incluso las propias Puerta de la ciudad quedaron atrancadas; nadie osaba toparse con la turbamulta de una soldadesca enfurecida por la detención de su compañero, que incluso se lanzó, con poco éxito, a asaltar la Cárcel Real para rescatar a su hermano de armas. 

El Asistente, a la sazón Pedro Carrillo de Mendoza, Conde de Priego, recibió mensaje del General al mando de la flota de galeras surta en el río, en el que se solicitaba la liberación del soldado apresado, ya que de lo contrario el referido militar declaraba no hacerse responsable de los "desatinos" que podrían cometer las tropas bajo su mando. Priego, respondió afirmativamente, con la condición de que se retirasen los contingentes militares que, pese al frío reinante, merodeaban por la ciudad con gran alboroto en busca de pendencia o, simplemente, de alguna taberna que se hubiera atrevido a franquearles el paso. La "tregua" dio su fruto pero con un final inesperado, quizá sea mejor que lo cuente el propio cronista,  Francisco de Ariño:

"Con esto mandó el general que ningún soldado entrase en Sevilla por aquel día y a la una de la noche mandó el conde poner muchos guardas por las calles y mandó ahorcasen al soldado a la reja de la cárcel y amaneció ahorcado".

Como puede apreciarse, no se andaba con chiquitas el señor Carrillo de Mendoza, del que se conoce otra peripecia de ese mismo año, cuando en unión de un nutrido grupo de alguaciles acudió a un ventorrillo junto a la Puerta de la Barqueta con la intención de detener Gonzalo Xeniz, uno de los más conocidos delincuentes de esa época, quien dio la bienvenida a la concurrencia con toda una salva de pólvora y plomo, escapando con la consecuencia de que el Asistente ordenase derribar la venta y dar doscientos azotes a su ventero;  aunque finalmente resultó apresado y enviado a galeras, en agosto de 1596 regresó a Sevilla y estuvo a punto de herir al Asistente conde de Priego de un balazo durante una nueva refriega, siendo finalmente ahorcado el 17 de octubre de ese año en la Plaza de San Francisco y despedazado su cuerpo para ser colocado como escarmiento en el citado ventorrillo de la Barqueta.

Por cierto, lo olvidábamos, no hay reseñas de nuevas revueltas de la soldadesca por aquellos años, aunque esa, esa ya es harina de otro costal.


-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


GLOSARIO:

- Almona: fábrica de jabón. 

- "Enganchador": en la jerga de aquella época, aquel que servía como "gancho" para alentar a otros a participar en juegos de naipes o dados. 

- Tahúr: jugador tramposo. 

- "Mirones": ayudantes de los tahúres a la hora de saber las cartas de los rivales. 

- Faltriquera: bolsa de tela que se llevaba atada a la cintura bajo el ropaje. 

- Arcabuz: arma de fuego portátil, antigua, semejante al fusil, que disparaba prendiendo la pólvora del tiro mediante una mecha móvil incorporada a ella. 

- Hueste: ejército en campaña.

30 junio, 2025

Una calle con dos historias.

En esta ocasión, siempre "por la sombrita", y a poder ser en horario propicio, nos vamos a encaminar a una calle que encierra una doble historia: la de quién le da nombre y la de quién habitó en ella; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Desembocando en uno de sus extremos en Cabeza del Rey Don Pedro, Candilejo, Corral del Rey, Muñoz y Pabón y Almirante Hoyos (encrucijada que antiguamente se llamó popularmente "Las afluencias" por la cantidad de bocacalles), y por el otro, en la subida de la Cuesta del Rosario y Cristo de las Tres Caídas, durante años se llamó de San Isidoro, no en vano, uno de los laterales de esta parroquia da a un ensanche creado tras la supresión de unas gradas del propio templo, donde se colocó una hermosa cruz de cerrajería procedente de la cercana Plaza de la Alfalfa, aunque los rosales de sus jardineras están lastimosamente secos. Por cierto, desde diciembre de 2022 esa zona ha pasado a denominarse "Jardín Doctor Ismael Yebra", en honor al destacado médico y dermatólogo, director de la Real Academia de Buenas Letras, escritor y benefactor y divulgador de la labor de los conventos de clausura sevillanos. Fallecido en diciembre 2021, su hermano José ha sido conocido desde siempre por regentar una famosa taberna situada en la calle Boteros, cerrada no hace muchos años. 

 

Aunque Santiago Montoto recordó que también recibió el nombre de Velador, como recuerdo de la cercana calle vinculada con la leyenda del candilejo y el Rey Don Pedro, no es menos cierto que ese apelativo lo va a mantener hasta 1882, cuando pase a llamarse Plasencia, y finalmente, en 1941, complete su nombre con Augusto Plasencia, pero ¿De quién se trata?

Gaditano de San Fernando, del año 1837, se graduó como teniente del Arma de Artillería en 1856 y alcanzó el grado de coronel de dicha Arma, viajando a Viena y San Petersburgo para estudiar diversos tipos de metales para fundición de cañones y destacando por su capacidad para el diseño y mejora de varios tipos de armas y, en especial, por la creación en 1872 del llamado "Cañón de montaña de 8 cm.", fundido en acero en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla (de la que Plasencia fue Subdirector), que todavía prestaba excelente servicio en el ejército a comienzos del siglo XX y que hasta entonces era conocido como "cañón Plasencia". 

Tras dejar el servicio de armas, fue diputado en Cortes, Alcalde de Sevilla y Presidente del Ateneo. Como Alcalde, a instancias de José Gestoso, promovió una de las primeras restauraciones de las Casas Consistoriales, allá por 1890. Ostentando el cargo de Vocal de la Junta de Instrucción Pública, en 1889 y durante una visita a las escuelas de la ciudad de Dos Hermanas, comprobó cómo la mayoría de los alumnos iban descalzos; a los tres días fueron enviados desde la Alcaldía de Sevilla 83 pares de calzado para aquellos niños. Además, formó parte de la comisión que encargó al escultor Antonio Susillo el monumento a Daoiz de la Plaza de la Gavidia, inaugurado en ese mismo año de 1889. En agradecimiento por los servicios prestados a la nación, en 1887 la Regente María Cristina vino a otorgarle el título de Conde de Santa Bárbara, nombre de la patrona del Arma de Artillería, falleciendo en 1903. 

 

Ancha en su comienzo en San Isidoro, se estrecha notablemente hacia su mitad, conservando todavía algún guardacantón de mármol, deslizándose en suave pendiente desde un tramo a otro, lo que indica que estaría situada quizá sobre la primitiva elevación de terreno junto al río donde se fundó la ciudad primitiva, algo que ya comentamos al tratar la no lejana calle Galindo. Entre sus edificios de mayor antigüedad destaca, por supuesto, la fachada correspondiente a la parroquia de San Isidoro antes aludida, presidida por un rosetón donde se representa una alegoría de la Eucaristía junto con las Ánimas del Purgatorio y también un precioso azulejo dedicado a la imagen de Nuestro Padre Jesús de las Tres Caídas, titular de la Hermandad que anualmente hace su Estación de Penitencia en la tarde del Viernes Santo. Bendecido el 16 de febrero de 1947, fue pintado por Antonio Kiernam tomando como modelo un lienzo al óleo propiedad de un hermano, obra que, como narra Martín Carlos Palomo en la web de referencia Retablo Cerámico, fue subastada para con su importe pagar la hechura e instalación de dicho panel cerámico.

 La casa hermandad de esta señera corporación se encuentra precisamente en el número 3 de esta calle que comentamos, fue bendecida por el cardenal Bueno Monreal en el año 1976 y constituye un interesante caso de vivienda del XIX reformada para cumplir con la misión de servir de punto de reunión para sus hermanos y albergar las diversas dependencias y estancias en las que guardar enseres y el propio paso procesional del Cristo titular de dicha cofradía.

Sin embargo, poco, por no decir nada, queda de la vivienda esquina con la calle Jesús de las Tres Caídas, derribada en 1962 para levantar un moderno edificio de pisos con su correspondiente local comercial (por ahora) abajo. La importancia de la casa derribada estriba en que en ella se hospedó con su familia uno de los viajeros ingleses que más destacó nuestra ciudad durante sus estancias en ella: Richard Ford (1796-1858).

Uno de sus biógrafos, Ian Robertson, sostiene que tras la llegada de Ford a Sevilla en noviembre de 1830, junto con él llega su esposa Harriet y sus tres hijos, se hospedarán en la casa de huéspedes de la señora Stalker, en la plaza de la Contratación, para luego, gracias a su compatriota Hall Standish, pasar a habitar una "excelente casa" con jardín, chimenea y orientada hacia el sur en el entonces número 11 de la plazuela de San Isidoro. Aquella será su morada hasta de 1832, allí nacerá Richard, su cuarto retoño e incluso aparecerá en un dibujo que Ford realiza de la Plazuela de San Isidoro, donde casi puede atisbarse el pescante del farolillo que iluminaría por las noches el retablo de Ánimas que comentábamos más arriba. 

 

 

Tratando de mejorar la depresión su esposa Harriet por la temprana muerte de su hijo Dudley, Ford, aconsejado por varios amigos, había decidido cambiar de aires y escoger el sur de Europa, de ahí su presencia en nuestra ciudad, aunque durante su estancia realizará varios periplos por ciudades como Granada, Mérida, Tarragona o Toledo, por citar algunas o incluso recorrerá de parte a parte toda la cornisa cantábrica. De todos estos viajes quedará reflejo escrito y pintado, pues Ford, que se consideraba un mero aficionado al arte, no tenía mala mano para tomar lápiz o pincel, aunque Harriet le aventajaba en preciosismo detallista. 

Sería extenso analizar esos años del viajero Ford en nuestra ciudad, pero como curiosidad habría que indicar que se lamentó por carta a su buen amigo Henry Addington (embajador británico en Madrid) de que aquella Semana Santa de 1832, debido a la agitada situación política no salieron las cofradías, aunque, por contra y pese a las inundaciones provocadas por el Guadalquivir, el clima era de lo más benigno y el estado de ánimo de Harriet había experimentado una más que notable mejoría, afirmando que, sin duda que Sevilla era, a su parecer, "una de las ciudades españolas más agradables para una larga estancia", aunque, eso sí, con permiso de ciertos "caníbales o guerrilleros del aire": los mosquitos.

Fascinado por la ciudad tanto por su belleza como su pobreza, tanto por su incultura como por sus tradiciones, Ford aprenderá nuestro idioma, mientras que Harriet recopilará cantos y melodías populares; hay constancia de sus visitas a la feria de Mairena del Alcor, a bailes y tertulias, a templos y palacios, a ejecuciones y festejos taurinos, sumado todo ello al interés por el coleccionismo de obras de arte y libros; lo más granado de la sociedad sevillana lo acogerá con perpleja reserva, pues, en sus propias palabras "en verdad creen que todos nosotros hemos llegado de la luna". En mayo de 1832 Richard Ford y su familia se mudarán a otra zona de Sevilla, a un palacio que, aunque muy reformado, sigue por fortuna en pie aunque con incierto destino, el de los Monsalves, pero esa, esa ya es harina de otro costal.


16 junio, 2025

Corpus en Blanco.

Pese a ser considerado un "sevillano maldito" por algunos, pese a haber abandonado su ciudad natal para no volver, pese a incluso a haber renegado de la religión que le inculcaron sus mayores, pese a fallecer en tierras extranjeras, un antiguo sacerdote católico, nacido junto a los Venerables, luego presbítero anglicano, supo en sus escritos reflejar el desarrollo y belleza de una de las procesiones más importantes del año hispalense. Pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

José María Blanco Crespo había nacido en 1775, en la calle Jamerdana y en un hogar de profundas creencias religiosas, no en vano procedía de una familia irlandesa católica dedicada al negocio de la exportación, de ahí que inicialmente fuera educado para proseguir la tradición comercial; sin embargo, a los doce años mostró una profunda vocación por el sacerdocio, aunque con profundas inquietudes por la creación literaria. A trancas y barrancas, pues las dudas y los deseos de abandonar fueron sus habituales compañeros de viaje durante su formación, finalmente obtuvo el titulo de licenciado en Teología, siendo ordenado como sacerdote en 1799 y obteniendo por oposición plaza de capellán magistral en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla. 

Sin embargo, sus inseguridades espirituales  le harán marchar, casi huir, a Madrid, donde mantendrá una relación con Magdalena Esquaya cuyo fruto será Fernando, un hijo del que no sabrá nada hasta unos años después y también será testigo de los sucesos del 2 de mayo de 1808, hecho que, a su vez, precipitará su regreso a Sevilla, donde no tardará en prestar ayuda como colaborador escrito en El Semanario Patriótico, un diario contrario al enemigo francés. La llegada de las tropas napoleónicas a Sevilla hará que decida marchar al exilio a Inglaterra en febrero de 1810, donde proseguirá su oposición frontal a los franceses. Se ganará la vida como profesor, escritor y como sacerdote, pero anglicano al abandonar la práctica católica, viviendo en Londres, Dublín y Liverpool, donde fallecerá en 1841. Durante su exilio inglés, modificará su nombre, pasando a apellidarse tal como ha pasado a la historia: Blanco-White.

Publicadas entre 1821 y 1822 sus famosas Cartas de España, contextualizadas de manera magnífica por el recientemente fallecido catedrático de Filología Inglesa de la Hispalense Antonio Garnica, son todo un lienzo en el que pormenorizar, con todos los colores, el atraso y fanatismo religioso español, aunque suavizado con cierto barniz costumbrista sumamente logrado. La sociedad, el estilo de vida, las diversiones y costumbres copan el relato, sin olvidar aspectos históricos o religiosos.

En la Novena Carta, nuestro autor, haciendo memoria, elabora, según sus palabras, su propio Almanaque Sevillano, donde reflejará recuerdos propios sobre las diferentes festividades y fiestas que, antes de su partida de España, tenían lugar en nuestra ciudad. Ya que estamos en sus fechas, destacaremos cómo era la procesión del Corpus organizada por la Catedral, de la que Blanco White hace un pequeño resumen en relación a elementos que ya por entonces, en su época, habían desaparecido, como aquellas extinguidas figuras grotescas:

"Detrás de los gigantones, y como dominándolos, venía un paso con la figura de una hidra rodeando un castillo del que, para delicia de los niños sevillanos, salía un muñeco parecido a Polichinela, vestido con un jubón escarlata guarnecido de cascabeles. El muñeco bailaba una especie de danza salvaje y se volvía a ocultar en el cuerpo del monstruo, desapareciendo de la vista del público. Esta representación llevaba el nombre de Tarasca, palabra de la que no conozco ni el significado ni el origen."

 

Tras recordar a diversos grupos de danzantes, como los valencianos o los del baile de espadas, por último, alude a los Seises, que en tiempos de nuestro autor constituían, y constituyen hoy día, la única pervivencia de todo aquel entramado barroco y teatral, de los que alaba la elegancia y agilidad de sus pasos de baile, acompañados del repicar de castañuelas, destaca la numerosa presencia de órdenes monacales masculinas y de reliquias, que Blanco White enumera y entre las que sobresalen un diente de San Cristóbal, la cabeza de una de las once mil vírgenes o fragmentos de la cruz de Cristo, entre otras. No menciona que acudieran gremios o hermandades, pero sí que:

"Tan larga es la procesión y su paso tan lento y solemne que, sin ninguna interrupción en sus filas, tarda una hora en salir de la Catedral. Las calles están adornadas de colgaduras con mayor gusto que durante las procesiones de Semana Santa y, además, están cubiertas a lo largo de todo el recorrido con gruesos toldos que las guardan del sol, y el pavimento aparece alfombrado de juncia".

Cuando, por fin, sale el paso que porta la espléndida Custodia con la Eucaristía se produce una escena que nuestro paisano pinta con enorme cromatismo, no en vano la habría presenciado en multitud de ocasiones:

"Las campanas anuncian su presencia con un repique ensordecedor, las bandas militares mezclan sus vibrantes notas con los solemnes himnos de los cantores, nubes de incienso suben ante el móvil santuario, mientras que las voces de mando se confunden con el ruido de las armas que los soldados, de rodillas, rinden a tierra. Cuando los ocultos portadores de la custodia la presentan en el principio de la larga calle en que empieza la carrera, la muchedumbre, que llena calles y ventanas, se arrodilla en profunda adoración, sin atreverse a levantar la vista hasta que desaparece el objeto de su religioso temor. Una lluvia de flores cae desde las ventanas y el paso se muestra adornado con los más bellos ramilletes."


En otra ocasión, comentando esta misma procesión y la forma en la que era llevado el Paso de la Custodia de Arfe, (este año felizmente recuperada la costumbre de que sea portado por costaleros), mencionábamos que su uso era muy antiguo y correspondía tal tarea a determinados oficios; en este caso, Blanco White los alude en otra de sus cartas, la Segunda, escrita en 1798, cuando se refiere a los llamados aguadores y mozos de cordel, que tenían derecho de uso de una capilla en la catedral:

"Pero el privilegio que tienen en más es el que veinte de los más fornidos entre ellos lleven el paso de la hostia consagrada en la procesión del Corpus, que va entronizada en un templete de plata maciza. Los portadores van ocultos detrás de las ricas colgaduras de tisú de oro que bajan hasta el suelo por los cuatro lados del paso, y aunque el peso de la máquina es enorme, estos veinte hombres lo soportan sobre la parte posterior del cuello y lo mueven con tanta agilidad y regularidad como si el impulso saliera de la fuerza del vapor o de otro poder mecánico continuo." 

La nítida descripción concluye narrando que el cortejo, con toda su carga de liturgia y boato, es presidido, a la postre, por el prelado hispalense, luciendo sus mejores galas y con un detalle curioso:

"Lo que da a este cortejo el más sorprendente toque final es un clérigo en sobrepelliz que porta un abanico circular de seda, ricamente recamado, de unos dos pies de diámetro, sostenido por una barra de plata de seis pies de largo. Este abanico se agita constantemente a conveniente distancia del arzobispo cuando éste asiste al servicio de la Catedral en los meses de verano, para aliviarlo así del opresivo efecto de sus vestiduras bajo el ardiente sol andaluz. Esta costumbre creo que es propia de Sevilla." 

El abanico, pasando las medidas de pies a metros, tendría sesenta centímetros de diámetro y la vara, alrededor de metro ochenta y quizá Blanco White lo confundiera con el quitasol circular que todavía se empleaba para dar sombra al arzobispo a comienzos del siglo XX durante las procesiones del Corpus.

Como puede verse, la amenaza de "las calores" siempre ha planeado sobre el Corpus y su procesión, Fiesta Mayor de Sevilla, y en ocasiones ha habido cierta controversia sobre la idoneidad del horario o incluso sobre su fecha de celebración, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

02 junio, 2025

De cordeles rocieros.

Cercanos ya como estamos a la Romería del Rocío, a celebrar en el próximo Pentecostés, en esta ocasión nos vamos a centrar en cómo y de qué curiosa manera se difundía la devoción a la Virgen en los albores del siglo XIX; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

El antropólogo, historiador e investigador Julio Caro Baroja (1914-1995) uno de los mayores expertos en cuestiones relacionadas con el folklore y las costumbres populares, además de minucioso recopilador de aspectos alusivos a fiestas o rituales, utilizó el término "Literatura de Cordel", para definir un tipo de textos impresos para el consumo del pueblo, que o bien eran leídos de viva voz o recitados por ciegos, sus principales difusores. Este género, de enorme repercusión cultural, abarcaba desde relatos sobre milagros, crímenes o hazañas heroicas hasta cartas de amor, chascarrillos o sucesos extraños, pasando por las consabidas hojillas dedicadas a comedias, almanaques o novenas (sin olvidar bandidos y bandoleros) y es sabida su gran circulación, tanto en ámbitos urbanos como rurales. Muy en relación con estos textos, sobre todo los de carácter religiosos, estarían los "Exvotos", de los que ya hablamos en otra ocasión en fechas rocieras. 

El nombre de "cordel" alude a que estos textos, apenas unos breves pliegos mal impresos y con erratas que pasaban de mano en mano, se doblaban o incluso se destinaban finalmente a envolver alimentos, podían adquirirse por unas pocas monedas en las calles de manos de buhoneros, voceros y especialmente los llamados "ciegos papelistas", quienes los colgaban sujetos con pinzas en cuerdas o cordeles que colocaban, por ejemplo, de ventana a ventana de un edificio, a manera de escaparate. Serán los famosos Romanceros, acompañados muchas veces del consiguiente cartelón con dibujos que ilustraban las historas y que todavía, en el Carnaval de Cádiz, perviven como una modalidad de concurso, llena ahora de ironía, crítica y buen humor. 

Al hilo de todo esto, Joaquín Hazañas y La Rúa (1862-1934), catedrático e historiador sevillano que llegó a ser presidente del Ateneo de nuestra ciudad, consiguió recopilar una curiosísima serie de este tipo de pliegos de cordel, con una temática de lo más variado, como decíamos. Baste reseñar títulos tan peculiares (y anónimos) como: "Nueva y lastimosa relación: del horroroso castigo que ha sufrido un joven por haber intentado seducir a una virtuosa doncella", "Relación de el que metió la cabeza por una reja" o "Reflexión mística hecha a los padres y madres de familia, sobre la mala educación de sus hijos" o "Sucesos ocurridos a un ciego tocador de guitarra con un borracho y un tabernero loco", éste último de comienzos del XVIII y sin pie de imprenta, o lo que es lo mismo, editado sin autorización, algo que, por otra parte, las autoridades persiguieron con denuedo. 

De este tipo de literatura, enfocado a gentes humildes en su mayoría y que carecían de nivel para acceder a la educación y, por tanto, a la lectura y escritura, destacaron también las llamadas "cartas de soldados", misivas supuestamente redactadas por militares a sus familiares durante su instrucción castrense o en el propio campo de batalla; en ellas, con el consabido tono heroico, el supuesto soldado narra sus peripecias, penurias y hazañas, con continuas alabanzas a sus mandos, a la patria y a la corona;  puede que con estos textos se buscara, por qué no, fomentar el alistamiento de los jóvenes que escucharan tales relatos llenos de marcialidad y heroísmo. 

Dentro de esta interesante serie, custodiada por la Biblioteca Universitaria de Sevilla, destacaremos el pliego, de 1801 y reimpreso por la Imprenta de José María Moreno, en la ciudad de Carmona, titulado "Carta que le manda un soldado a su madre desde el campo del moro y contestación de la madre, naturales de Cádiar de la Alpujarra". 

Aunque hablamos de 1801, de ser cierta la carta, suponemos habría sido transcrita de la de un soldado combatiente en el llamado Sitio de Ceuta (1790-1791), episodio durante el cuál la ciudad fue sitiada y bombardeada por tropas marroquíes del hijo del rey Muhamad III, llamado Al Yazid; tras varias treguas y escaramuzas el 25 de agosto tropas españolas, procedentes de regimientos de Sevilla y Valencia, abandonaron Ceuta para atacar la baterías marroquíes con apoyo naval artillero, acción que fue respondida por una contraofensiva marroquí que fracasó pese a emplear más de 8000  hombres. Desmoralizadas, finalmente las tropas alauitas abandonaron el frente, permaneciendo Ceuta en manos españolas. La paz entre ambas naciones se firmaría, al fin, en 1799.

La narración, en versos de entre siete y diez sílabas con rima asonante y con un lenguaje llano e ingenuo, comienza con una especie de saludo y un conciso relato de cómo se encuentra Manuel, que así se llama el soldado:

Dos años ha que salí
pues la suerte me tocó, 
y no he podido escribir
pues que con mi batallón
a la guerra de los moros
salimos de espedición, 
a defender los derechos 
de la patria y religión
y hemos tenido un encuentro, 
mas la Virgen me libró. 

Junto con el "ardor guerrero" viene de la mano el temor, pues el protagonista no duda en expresar su pánico a ser capturado por el enemigo y torturado hasta la muerte por el mismo y, también, su nostalgia por la familia, por padres y hermanos. La misiva se despide con un ruego lleno de imágenes terribles a sus familiares: 

Pedir a la Virgen pura
que me libre del rigor,
de los infernales moros
que tienen el corazón
de víboras ponzoñosos
o de un tigre feroz,
de una serpiente maligna
o de un sangriento león.

El escrito prosigue con la, se supone, contestación de la madre del soldado, llena también de preocupación y temor, pues afirma haber vertido "lágrimas mil" al leer la misiva de su hijo. Aparte de enviarle cien reales, le informa dolorida que su padre está enfermo y su otro hermano también en la milicia, de manera que el cuadro alcanza cotas casi melodramáticas, aunque como esperanza, ruega a dos de sus más fervientes devociones que saquen del trance a su hijo sin un rasguño; una es San Antonio bendito, mientras que la otra:

El Señor te traiga pronto
que yo te vea, hijo mío,
antes que llegue la muerte
porque morir es presiso,
pero le pido a la Virgen, 
a la Virgen del Rocío,
que es la patrona de Almonte
le de a tus penas alivio
y le de salud a tu padre
para que vea a su hijo.

La madre, aparte de suplicar a su hijo que no deje de escribir a su casa, no deja de alabar a la Virgen del Rocío, exaltando sus milagros y el ser abogada para cualquier mal trance como epidemias, quizá en alusión a la de Fiebre Amarilla que afectó a Andalucía en el año 1800 y que motivó el traslado de la Virgen  a Almonte en rogativas por dicha enfermedad:

Bien sabes que esto es verdad
y que lo dicen los libros,
y que es madre milagrosa
según cuentan los antiguos,
y que libra en los contagios
al pueblo que está afligido,
y en tempestades de mar
también libra a los marinos
en la sierra a los mineros 
cuando se ven afligidos.
 
Adiós querido Manuel,
adiós mi querido hijo,
San Antonio te acompañe
y la Virgen del Rocío
ella te traiga con bien
después de haber defendido
los derechos de la reina
y la religión de Cristo,
que así que vengas, Manuel,
todos sabrán tu apellido. 
 
Literatura popular o correspondencia real entre un hijo y su madre, de lo que no cabe duda es de que con pliegos como éste se buscaba ensalzar el papel militar español, divulgar el miedo al enemigo marroquí y ensalzar la devoción a San Antonio y a la Virgen del Rocío, pues llama la atención que en 1801 su nombre se hubiera extendido hasta tierras alpujarreñas a más de cuatrocientos kilómetros de distancia de la aldea almonteña, aunque hay que decir que ya por aquellas calendas existían acudían a la romería hermandades desde Villamanrrique, Pilas, La Palma del Condado, Moguer y Sanlúcar de Barrameda, sin olvidar las luego extinguidas pero históricas de El Puerto de Santa María y Rota. El siglo XIX será importante para El Rocío, por los sucesos acaecidos durante la invasión francesa y que darán lugar al llamado Voto del Rocío Chico y por la fundación de tres nuevas hermandades, Umbrete, Coria del Río y Huelva, sin olvidar el apoyo e influencia de los Duques de Montpensier  y la creación del llamado Rosario del Domingo, a instancias de la hermandad de Villamanrique. 

Lo olvidábamos, como ya habrá comprobado el amable lector de estas líneas, el pliego con la Carta del soldado está encabezado por sendos grabados que representan por un lado a San Antonio con el Niño Jesús en su brazo izquierdo y a la propia Virgen del Rocío, representada de manera idealizada en su ermita y en el camarín de su retablo barroco, obra de Cayetano de Acosta (1764-1765) con una iconografía bastante simple, ataviada con ropajes bordados, rostrillo, corona en sus sienes y media luna a sus pies, pero sin la característica ráfaga de metal, pero esa, esa ya esa harina de otro costal.


19 mayo, 2025

Antes, Burro.

Quizá algún lector, visto el título, ya sepa por dónde nos vamos a mover en esta ocasión, lo que quizá desconozca es que fue lugar frecuentado por guerrilleros y carromatos; pero para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre las calles Puente y Pellón y Pérez Galdós, a medio camino entre la Encarnación y la Alfalfa, la calle Alonso el Sabio (con el "Don" por delante), ha sido tradicionalmente calle para chanzas y chascarrillos, no en vano, ya en el siglo XVI, sin que se sepa muy bien por qué, se llamó calle del Burro, y así lo comprobó José Gestoso cuando localizó viviendo allí a la maestra bordadora Antonia Bazo, perviviendo tan peculiar apelativo durante el siglo XVIII, como consta en padrones y documentos varios de 1713 o 1742; sin embargo, visto lo raro que quedaba escribir en las direcciones de las cartas aquello de "Don Fulano de tal, Burro número 5", el Consistorio acordó en 1845 otorgarle un nombre más preclaro, el del hijo primogénito de Fernando III de Castilla, o lo que es lo mismo, Alfonso X, apodado El Sabio, por su labor en pro de la cultura y las letras en aquellos tiempos medievales. No obstante, en el lenguaje popular quedó para siempre la broma, recogida por el escritor José María Izquierdo en su obra Divagando por la Ciudad de la Gracia (1923):

"La calle que la fidelísima y nobilísima ciudad del NO8DO rotuló con el nombre del hijo de su santo reconquistador, tenía antes una denominación que hacía pensar en la de una comedia de Plauto: la Asinaria... Durante cierto tiempo en las guías, en los anuncios y en los membretes se leía: Calle Alonso el Sabio, antes Burro..."

 

Foto Reyes de Escalona.

A medio camino, como decíamos, de la zona de las Carnicerías de la Alfalfa, de las Vinaterías o ya en el XIX del cercano Mercado de Abastos de la Encarnación, la calle, peatonal casi siempre, tuvo un marcado carácter comercial o de servicios. Álvarez Benavides en 1874 alude especialmente a los números 7 y 9, que en aquellos tiempos eran propiedad de Manuel de la Puente y Pellón, alcalde de Sevilla de quién hablamos en su momento al tratar la vía que lleva su nombre. Estas casas, ahora convertidas, para variar, en apartahotel de lujo, fueron terminadas en 1868 bajo la dirección del arquitecto José de la Vega y Alcalá, y se sitúan en lo que fue la famosa Posada de la Castaña.

De las más conocidas de la ciudad, la de la Castaña servía tanto como posada como mesón y en ella se hospedaron gentes de toda condición, desde Ignacio Cepeda, el amor imposible de la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda allá por 1839 (vecina entonces de la calle Cantarranas y autora de la primera novela anti esclavista, mucho antes de la conocida Cabaña del Tío Tom) hasta, unos años antes, en tiempos bélicos de lucha contra los franceses, el hermano Fray Demetrio, monje del Convento de Los Terceros que abandonó la celda y el rezo para empuñar un trabuco para encabezar la llamada Partida del Fraile, que encuadrada en la división del general Ballesteros dio no pocos quebraderos de cabeza a las tropas galas que estaban acuarteladas en el sur español. Por cierto, al finalizar la contienda, se cuenta que el monje regresó, a sus quehaceres monásticos como si nada hubiera pasado, con una conducta ejemplar, nada que ver precisamente con su "colega" de convento del que dimos cuenta oportunamente no hace mucho: Fray Ignacio o Antonio de Lagama. Ya que hablamos de conflictos bélicos, la calle de la que hablamos fue víctima en 1843 del llamado Bombardeo de Van Halen, general a la órdenes del Regente Espartero, cayendo en la misma un proyectil procedente de las baterías de artillería que asediaron, sin éxito, la ciudad.

Del Callejero de Sevilla. 1845.

La Posada de la Castaña, además, con su ambiente bullicioso y jaranero, con su ir y venir de huéspedes, era punto de partida para diligencias y postas que partían a diario hacia la cercana Carmona o, dos veces en semana, martes y jueves, propiedad de un tal Juan Amador, hacia el malagueño Balneario de Carratraca, célebre por sus aguas y al que a mediados del XIX comienza a acudir parte de la burguesía andaluza. Con el tiempo, cambió su nombre, pasando a llamarse Fonda Española desde 1868, que además de proporcionar hospedaje, poseyó salones para banquetes, en los que solía reunirse la clase política de tiempos de Alfonso XII.

 
Además, hay que destacar que la calle fue sede también de otros establecimientos, como la llamada Fonda de Malta, en el número 20 desde el año 1833 y que en 1874 estaba gestionada por el empresario Pedro Aragonés; aparte, albergó confiterías, tiendas de tejidos, tintorerías (donde en su momento estuvo el corral de vecinos llamado de Las Gallinas) o droguerías, destacando como curiosidad una fábrica de papel de fumar, dirigida por Salvador Pérez y Gisbert (que también tenía tuvo una fábrica de fósforos en la desacralizada iglesia de Santa Lucía) y que se nutría de papel procedente de Alcoy. En 1951 residía en esta calle el Colegio Andaluz de Árbitros de Fútbol, trasladado luego a O´Donnell y entrando en cuestiones cofradieras, en el número 7 ha venido funcionando desde hace bastantes años el taller de bordado en oro Santa Bárbara, que tantas y tan buenas obras ha legado para la Semana Santa y El Rocío. 

Foto Reyes de Escalona. 

En cuanto a edificios, merece la pena destacar el número 8, esquina con la calle Siete Revueltas, realizado por Aníbal González para Dolores Miravent y que es toda una declaración de intenciones en lo referente al llamado "estilo regionalista" en arquitectura, combinando elementos mudéjares y barrocos con materiales tan diversos como el azulejo, el cristal, el hierro forjado o las yeserías, sin olvidar el ladrillo tallado. Del mismo modo, llama la atención el número 12, de estilo "neoplateresco" y del que se tienen noticias a comienzos del siglo XX, aunque fue reformado en 1945, pero esa, esa ya es harina de otro costal.


04 mayo, 2025

El primer abril (O mejor, la primera Feria, para entendernos).

En algunas ocasiones, en estas mismas páginas, llegado el mes de abril o de mayo, hemos aprovechado para dar alguna pincelada sobre cómo vivía Sevilla su Feria de Abril antaño, o sobre aspectos concretos de la fiesta, siempre atractiva tanto para lugareños como para foráneos. Estando en plenas vísperas, Lunes de "alumbrao", quizá sea buena idea referir cómo fue la feria de 1847, o lo que es lo mismo, cómo transcurrió la primera feria de abril de la historia. Pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Todos los historiadores "feriantes" han insistido siempre en el protagonismo del vasco José María Ybarra y del catalán Narciso Bonaplata, ambos concejales del ayuntamiento, a la hora de proponer la idea inicial de feria de ganados, pero también habría que destacar también el papel del entonces alcalde de Sevilla, Alejandro Aguado y Ramos, conde de Montelirios. Buen conocedor al parecer de los complicados hilos de la alta política, recurrirá, como narra Chaves Rey en su obra sobre este asunto, a la influencia del entonces Ministro de Gracia y Justicia, Juan Bravo Murillo, que aunque había nacido en Fregenal de la Sierra, estudió leyes y estableció bufete en nuestra ciudad, hasta que marchó a Madrid para ejercer su cargo de Diputado a Cortes por su ciudad natal, encuadrado en el Partido Moderado. Bravo Murillo, a su vez, influirá en la reina Isabel II para que, por fin, el 5 de marzo de 1847 firme la Real Orden autorizando la celebración de la feria. El escrito, procedente de la corte madrileña, llegó a manos de los munícipes sevillanos en estos términos y firmado por Melchor Ordóñez, finalizaba en estos rimbombantes términos:

"Tengo el mayor placer en apresurarme a noticiar a Vuestra Excelencia la indicada Real gracia y en darle mi más cordial parabién por el feliz éxito que ha tenido el acertado pensamiento de la digna municipalidad que Sevilla se gloria de tener al frente de su administración, pues a cada paso toca nuevas muestras del incansable celo con que se dedica a promover cuanto puede influir a su prosperidad y engrandecimiento."

Aquel año de 1847 no se caracterizó por una buena Semana Santa. La lluvia, siempre inoportuna enemiga de la festividad, propició que sólo salieran las cofradías del Domingo de Ramos y Miércoles Santo, dejando a las demás sin poder realizar sus estaciones de penitencia. Pese al riesgo latente de riadas, el día antes del previsto para el comienzo de la feria, 17 de abril, tuvo lugar la primera exposición de ganados en el ruedo de la plaza de toros de la Real Maestranza, cedida para la ocasión, con varios premios en metálico, a saber: 6.000 reales al mejor caballo, dos premios de 4.000 reales a la mejor yegua y al mejor toro manso y dos de 1.500 reales para tantos otros lotes de carneros, sin olvidar el obsequio de unas espuelas de plata para el mejor jinete. Reunido el jurado, preparada una banda de música y presidido el certamen por miembros de la corporación municipal, el público que abarrotaba el coso maestrante pudo contemplar como saltaban al ruedo tres toros mansos, veinte carneros enteros, cuarenta y dos carneros merinos, un buey y nueve caballos.

Resultó premiado el caballo "Peregrino" tordo y de seis años, propiedad de D. Simón Gibaja, mientras el de mejor toro manso fue para el ganadero D. Buenaventura Galán. Las espuelas de plata fueron a manos del jinete D. Juan García, que había destacado sobremanera en sus ejercicios ecuestres en el anillo maestrante. Por cierto, olvidábamos mencionarlo, el alcalde Conde de Montelirios ocupó el cargo de secretario de la Nueva Sociedad de Fomento de la Cria Caballar, impulsora, al cabo de los años, de las carreras ecuestres en Sevilla.

En cuanto al certamen ganadero, eso fue todo, pero ¿Qué sucedió en el Prado de San Sebastián? Aunque como feria no podía, de momento, rivalizar con la de Mairena del Alcor, la mejor del momento, lo cierto es que el consistorio se esforzó posibilitar la animación, colocando puestos de artesanos en una entoldada calle San Fernando y más adelante, en el foso de la Fábrica de Tabacos, dos hileras de puestos de avellanas, turrones y alfajores, así como un quiosco para café, refrescos y licores. Más adelante, en el centro ya, se dispuso un estrado para que bandas de música militares amenizaran el lugar y ya cerca de la Enramadilla, tiendas de campaña para buñuelos, pescado frito, menudo y caracoles, regados, eso sí, con buen vino de Sanlúcar de Barrameda o Villanueva del Ariscal, además de aguardientes y anises. En lo que ahora es el comienzo del Paseo de Catalina de Ribera, más puestecillos, esta vez de castañuelas, guitarras, abanicos, juguetes, éstos realizados por artesanos de la Alcaicería o Triana y que se extendían hasta la cercana Puerta de la Carne.


Por todo el resto del Prado de San Sebastián, casi como un enorme campamento bíblico, se extendía todo tipo de ganado, ocupando un importante espacio el dedicado al negocio y trato de diversas especies, lo que, en definitiva, era la esencia de aquella primigenia Feria. Como apunta Chaves Rey, se produjo el cierre de 58 ventas, por importe de 216.522 reales, todo ello para una cabaña allí presente calculada en 9.684 ovejas, 4.289 carneros y borregos, 4.111 cerdos, 418 reses vacunas, 457 cabras, sin contar caballos, mulas o asnos.

Una feria incluso preparada para cualquier incidente de orden público (la manzanilla, ya se sabe...), ya que en la cercano recinto de la Fábrica de Tabacos se instaló un juzgado a cuyo frente tomó posesión un teniente de alcalde y un escribano, contando con el apoyo de las fuerzas de orden público de aquel momento, esto es, la guardia civil y los alguaciles municipales. Parece que no hubo incidentes de consideración, o al menos, no se registraron. 


Como complemento, no faltaron espectáculos teatrales coincidentes con la recién estrenada festividad, representándose obras como "Marido infiel", "Los caballeros de antaño" o "Treinta años o la vida de un jugador", títulos, como se ve, bastante sugerentes para el público, deseoso de drama y comedia tras los días de Cuaresma y por otra parte, la otra cara de la Feria, la taurina, ya se manifestó en aquel primer año, pues el día 18 de abril se lidiaron toros de Taviel de Andrade y de Cúchares para los espadas Juan Lucas Blanco de Sevilla y Manuel Díaz "Lavi" de Cádiz, con sus correspondientes cuadrillas de banderilleros.

¿Hubo "Calle del Infierno? Salvando las lógicas distancias, sí, pero será mejor que nos lo cuente el cronista Joaquín Guichot:

"Habiéndose acomodadas en la calle nueva, en zaguanes de sus casas, joyerías, roperías, despachos de efectos de modas, novedades y exhibiciones; repartiéndose por  los contornos del Prado las máquinas giratorias de caballos y calesas, cosmoramas y el siempre terrible aporreador, Don Cristóbal Polichinela con su inseparable Doña Rosita."

Un inciso: la calle Nueva, es la calle San Fernando, los cosmoramas eran imágenes (paisajes, monumentos...) que podían ser contempladas a través de un vidrio óptico por unos visores, muy en boga en aquellos años y Don Cristóbal Polichinela es un personaje del Guiñol, cascarrabias y adinerado. 

Por lo que puede apreciarse, el recinto ferial, salvo por unas breves lluvias, estuvo lleno los tres días, funcionando hasta las once de la noche, como había establecido la autoridad municipal. La prensa local y nacional alabó en gran medida la celebración de este festejo, baste con leer la reseña que publicó el diario madrileño El Clamor, unos días después de ser clausurada:

"El día 18 del corriente dio principio la celebración de la feria que ha concedido últimamente Su Majestad a la ciudad de Sevilla. Los periódicos de aquella capital vienen describiendo el aspecto y brillante y animado que aquella presentaba desde el primer día. El Diario de aquella capital dice a este propósito, entre otras cosas, lo siguiente:

"La hermosa y recta calle de San Fernando, perfectamente entoldada, y cuya acera derecha está cubierta de portátiles tiendas de todas clases de géneros y efectos, es como si dijéramos el principio o primer término del hermoso panorama que se presenta a la vista del espectador cuando se halla fuera de la puerta del mismo nombre. 

A la derecha un hermoso café, y a la izquierda, bajo también cómodos toldos, una larga y interrumpida hilera de tiendas y puestos están como circundando el pintoresco y dilatado prado de San Sebastián, sobre cuya verde alfombra se destacan mil pintorescas tiendas, dando con ellas y la multitud que las rodea, la idea exacta de un numeroso campamento. 

Toda Sevilla vive estos días en los alrededores de la feria. Las bellezas de Sevilla, abandonando estos días las encantadoras riberas del Guadalquivir, van a ella a ostentar sus gracias, llevando en pos de sí, como es natural, a todo lo que encierra esta rica población."

Sin farolillos ni gallardetes o cadenetas, la primera Feria se volcó en la cuestión ganadera, pues no será hasta unos años más adelante cuando se instalen las primeras casetas sobre 1853-1854, pertenecientes al al Ayuntamiento, Casino Militar y a los Duques de Montpensier. Y en 1863 debutó en la Feria el Circo Price, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 



28 abril, 2025

La calle con una sola acera.

Atravesó el Postigo del Aceite con paso apresurado, bamboleando su capa negra y ensimismado en sus pensamientos. A su paso, tras reconocerle por su cruz de caballero de Calatrava, muchos inclinaban brevemente la cabeza en señal de reconocimiento. Sorteando carros de mano y algún que otro charco maloliente, a su izquierda, divisó la modesta cruz que sobre un humilde templete de mampostería acogía, cada día al atardecer, el devoto rezo del rosario por parte de un grupo de devotos.

La Resolana, en el Arenal, con sus chozas y casuchas, ruidosa y repleta de gente de lo más variopinta, se extendía desde las antiguas naves de las Atarazanas hasta las orillas del río, donde cabeceaban los mástiles de los galeones atracados, podía verse el trajín de lanchones y gabarras y el lugar por el que siempre entró y salió lo mejor y lo peor de la ciudad. En la zona más elevada, se atisbaban los rudimentarios andamios que servían para la construcción de la nueva iglesia del Señor San Jorge, propiedad de la Hermandad de la Santa Caridad, mientras que, a ambos lados, se levantaban, orgullosos, los almacenes en los que se podía encontrar mercancías y bagajes de todo tipo, férreamente fiscalizados, eso sí, desde la cercana Aduana, casi pegada al Postigo del Carbón. Se encogió de hombros y accedió al interior del Hospital de la Caridad, saludado fervorosamente por un enjuto portero que se había destocado rápidamente y cuyas ropas habían visto tiempos mejores.


Como habrá comprobado el lector, la Resolana que ha recorrido con paso apresurado nuestro caballero, que atiende, ya lo habrá adivinado, al nombre de Miguel de Mañara, poco tiene que ver con la actual Resolana que arranca junto a la Macarena y finaliza junto a la Barqueta, un poco después de la Torre de los Perdigones, sino con otra, a orilla del Guadalquivir. Para variar, vamos a lo que vamos.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua cuando alude al término Resolana, lo hace en relación a un lugar donde se puede tomar el sol al abrigo del viento; desde luego, la ubicación en el Arenal responde a un espacio soleado, pero destaquemos como curiosidad que esta calle, ahora llamada Temprado sólo tuvo durante años edificios en una de sus aceras, la de los impares en concreto. Esta gran extensión de terreno acogió a toneleros y carreteros, madereros e incluso panaderos, con la excepción de la pequeña capilla del Rosario, levantada en 1699 a partir de aquella modesta cruz sobre peana de mampostería, que Don Miguel de Mañara, fallecido antes, no llegará a ver y que desde 1977 es sede de la Hermandad de las Aguas.


De izquierda a derecha, en la esquina  con Dos de Mayo, donde ahora se construye el proyecto Caixaforum Atarazanas, las primitivas Atarazanas, destinadas a surtir de buques de guerra a la Armada Castellana, se vieron acompañada, en el siglo XIV, de la Maestranza de Artillería, o lo que es lo mismo, un espacio de fabricación y almacenaje de piezas artilleras para navíos, sin olvidar ser depósito de armas con todo lo ello conllevaba. En 1970 cambió de función para ser sede del Centro de Reclutamiento, hasta que en 1993 la Junta de Andalucía adquiere lo que queda de las Atarazanas para convertirla en centro cultural, sin que, hasta ahora, se haya producido la inauguración de dicho espacio, no exento de polémicas por su diseño, salido del estudio del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra y que está pensado para los 6.700 metros cuadrados que ocupa la parcela. 

A la derecha, el Hospital de la Caridad, cuya iglesia se encuentra cerrada ahora debido precisamente al mal estado de su estructuras por las obras adyacentes; lo que en principio fue una ermita dedicada a San Jorge para dar sepultura a los ahogados en el río cambia por completo a partir del ingreso como hermano de Miguel de Mañara en 1662, quien dedicará parte de su fortuna a mejorar el edificio y convertirlo en casa de acogida para desfavorecidos, "nuestros amos y señores, los pobres". Dormitorios, cocina, enfermería, todo se irá añadiendo hasta conformar un espacio asistencial de primer orden, destacando el cuidadoso programa iconográfico de la iglesia, basado en las siete Obras de Misericordia y que Mañara establecerá con la ayuda de artistas como Murillo, Roldán o Valdés Leal. Ya se sabe, se buscaba la curación de cuerpo, pero también la del alma. 

Por cierto, a la entrada de la puerta principal, abajo a la izquierda, se conserva una curiosa hendidura entre el suelo y el dintel izquierdo, constituyendo uno de los primeros bebederos para perros de Europa y que, según la tradición, fue ordenado colocar por el propio Don Miguel, afligido por la sed que pasaban estos animales en los tórridos veranos sevillanos. Pese a sus buenas obras, a sus rosales nunca marchitos, pese a ordenar ser enterrado a la  entrada de la iglesia de la Caridad para sufrir la humillación de que todos pisaran su tumba, por el momento Mañara no ha pasado, dentro del escalafón de la iglesia católica, de ser Venerable (como hace poco le ha sucedido al arquitecto Antonio Gaudí), pues su proceso de beatificación quedó varado hace años, quizá debido, dicen, a la confusión del propio Don Miguel con el personaje de Don Juan Tenorio, aunque cuando Tirso de Molina publica El Burlador de Sevilla Mañara apenas cuenta con cuatro años de edad, todo hay que decirlo. 

Pero la calle Temprado, por cierto llamada así en honor al capitán de artillería Claudio Temprado Pérez (1838-1874), héroe de las Guerras Carlistas, no es sólo la Santa Caridad; en otros tiempos, el edificio de la Aduana daba en unas de sus fachadas a esta calle, remarcando su presencia y su cercanía al río y marcando frontera con el llamado Postigo del Carbón, hoy desaparecido, en la confluencia de Temprado y  Santander, no lejos de la Torre de la Plata. Será en el siglo XIX cuando la acera de los pares se urbanice, adquiriendo la Santa Caridad en una parcela para levantar unos jardines presididos por una magnífica estatua de Mañara realizada por Antonio Susillo, mientras que el Cuerpo de Artillería ocupará una enorme manzana para conectar su Maestranza con un nuevo acuartelamiento.

Derribadas las dependencias militares que daban al Paseo de Colón, en  1987 comenzarán las obras del actual Teatro de la Maestranza, con planos de los arquitectos Aurelio del Pozo y Luis Marín, que incorporaban la fachada de la antigua maestranza artillera, un aforo concebido para mil ochocientos espectadores y un volumen aproximado de unos 20.000 m3. Inaugurado en 1991, ha sido escenario para la ópera, la música clásica y la danza, siendo pieza clave en el ámbito de la cultura sevillana desde entonces, pero esa, esa ya es harina de otro costal.