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09 marzo, 2026

Cuaresmas del XIX.

Mucho se ha escrito y hablado sobre la celebración de los días de la Semana Santa en Sevilla a lo largo de la Historia, pero curiosamente, son escasas las referencias sobre cómo se preparaba la ciudad para estos días; en esta ocasión, a modo de prólogo, vamos a dar a conocer textos del siglo XIX que relatan cómo eran esas Cuaresmas sin redes sociales, medios de comunicación cofrades, ensayos de costaleros, protagonismos o polémicas por asuntos cofradieros, así que, para variar, vamos a lo que vamos.

En 1864 se publicaba en Barcelona, por el escritor Nicolás Díaz de Benjumea una especie de enciclopedia con un título verdaderamente extenuante: "Costumbres del universo o descripción y pintura de la fisonomía peculiar de las más importantes naciones del globo, tales como son en su vida íntima: caracteres, ingenio, tipos populares, bellezas...". Dedicada a la Reina Isabel II, en esta obra, editada en dos tomos, se detallaban, por países, sus aspectos más peculiares en cuanto a folklore, religión o cultura y en el apartado dedicado a España el autor tenía palabras sobre cómo era la espera de la Semana Santa de nuestra ciudad, en la que prácticamente participaba la mayoría de los sevillanos de una forma u otra; como se verá, para más inri, hay aspectos que no han cambiado ciento sesenta y dos años después:

"Es de ver la trascendencia que tiene y el movimiento a que da principio la sola idea de la aproximación de la Semana Santa en la famosa ciudad de San Fernando. No hay clase, no hay gremio, no hay persona, cualquiera que sea su condición, edad, sexo y estado, que no la espere como un gran acontecimiento, del cual de una manera ó de otra piensa sacar partido. A unos aguija el verdadero celo, a otros el interés, a otros la distracción, a estotros, finalmente, la mera curiosidad. Al clero, el beneficio que reporta de la piedad de los fieles; a los mayordomos, diputados y hermanos mayores de congregaciones, hermandades, cofradías y archicofradías la vanidad de lucir, y el deseo de mandar a sus cofrades; a los mercaderes la esperanza segura de ganancia en el aumento de sus ventas; a los hosteleros y fondistas la nube de forasteros que ha de llover sobre la ciudad; a los vendedores de comestibles el aumento de la demanda; a los inquilinos o dueños de casas en las calles privilegiadas la utilidad que han de tener por el alquiler de los balcones, ventanas y azoteas; a los escultores sonríe la perspectiva de las muchas obras que han de encomendárseles, como el reponer algún sayón, retocar la cabeza de algún apóstol, encarnar el rostro de alguna imagen ó estofar su vestidura y, en suma, los músicos, cereros, fabricantes de velas de adorno, bordadores, y aun los mismos atletas que han de conducir los enormes pasos están de enhorabuena y se prometen grande acopio del entusiasmo y excitación de los fieles. Por otra parte, los padres de familia convidan a sus hijos y parientes, los amigos a los amigos, y preparan habitaciones y provisiones de lentejas y abadejo; los estudiantes se festejan pensando en el asueto; las jóvenes en la libertad con que han de pisar las calles; las viejas en las estaciones que han de recorrer y templos que visitar, y hasta los niños se regocijan pensando en las torrijas y otras chucherías que son propias del tiempo santo."
Joseph Saint-Germier: Semana Santa. 1891. Museo Thyssen

Unos años después, en abril de 1898, el diario local La Andalucía publicaba un artículo muy distinto, en tanto en cuanto en él se mencionaban aspectos que aludían a un nuevo concepto de Semana Santa visto desde la perspectiva del visitante que provenía de fuera de la provincia o del país, su importancia económica (algo impensable en las fechas semanasanteras de varias décadas antes) y el progreso que suponía para la ciudad la instalación de mejoras en lo que ahora se llaman "equipamientos urbanos":

"Siguen nubes importunas acompañando el azul incomparable de nuestro cielo, y un aire molesto, haciéndonos creer que no es el mes de abril el que entró ayer, sino el triste otoño. Claro que esto no puede durar muchos días, porque en cuanto se serene la atmósfera y diga Febo aquí estoy, tendrán que soltarse las prendas del invierno. Las torrenciales aguas caídas días pasados, parece que no han perjudicado mucho al campo, como se creían algunos: algún daño pueden haber hecho en el arbolado y en las hortalizas. En cambio, el aire frío ha dejado sentir su perniciosa influencia en las sementeras. 

Animación hay mucha, pues todos los trenes llegan completamente llenos de "touristas" ávidos de presenciar las admirables procesiones que empiezan a salir mañana domingo. En todo el día de ayer, por las calles céntricas se han visto grupos de extranjeros, siendo éstos, naturalmente, en mayor número en los edificios célebres como son la Catedral, Alcázar, Lonja, etc. Los hoteles "Madrid" y "París" están llenos, y es tan extraordinario el pedido que hay de habitaciones que les ha sido necesario tomar en arrendamiento algunas casas para poder atender sus compromisos. 

Los palcos de la Plaza de San Francisco quedarán hoy terminados. Uno de ellos, señalado con la letra D, bajo derecha, lo pone el alcalde señor marqués de Paradas, a disposición de la prensa local. Las pruebas de alumbrado eléctrico por las calles del centro que han de recorrer las cofradías, se han hecho con muy buen resultado. Todo hace esperar, si el tiempo lo permite, que han de revestir extraordinario lucimiento las procesiones."

Por cierto, era frecuente también que anualmente el Consistorio publicase por un lado, los listados de las "distinguidas familias" que ocuparían los Palcos de San Francisco tras abonar las correspondientes tasas y por otro, un Bando Municipal en vísperas de Semana Santa, en el que se estipulaban ciertas prohibiciones que, como imaginarán los lectores, eran un reflejo de las prácticas que realmente tenían lugar en estos días. Hemos recogido del diario La Andalucía Moderna las correspondientes al año 1900 y, como suele decirse, no tienen desperdicio:

"PARA SEMANA SANTA

De conformidad con las prácticas sancionadas por una tradición constante, ha dispuesto la Alcaldía recordar la estricta observancia de los siguientes artículos de las ordenanzas municipales vigentes:

Desde la diez de la mañana del Jueves Santo hasta el Sábado después del toque de Gloria, estarán cerrados todos los establecimientos y tiendas de cualquier clase que sean. Podrán estar abiertas únicamente las destinadas a la venta de viandas y medicamentos.

Durante el mismo tiempo, se prohíbe la venta por las calles de toda clase de comestibles y efectos, así como el tránsito de carruajes y caballerías. Esta prohibición es extensiva a los demás días de Semana Santa en que haya procesiones, aunque sólo por el tiempo en que permanezcan en la estación y por los sitios próximos a la misma donde el vecindario concurra.

También se prohíbe la abusiva costumbre de disparar armas de fuego después de Gloria. Suprimiéndose el Viernes Santo la limpieza general de la población por no permitirse el tránsito de carruajes, se cuidará eficazmente de que por ningún motivo se depositen basuras en las calles.

La contravenciones a lo dispuesto en los artículos precedentes, serán castigadas con multa de 5 a 25 pesetas".

José García Ramos: Cofradía del Silencio. 1902.

Como ya se ha visto, una interesante fuente de ingresos para algunos propietarios de viviendas en el centro de la ciudad era el alquiler de sus balcones para presenciar el paso de las procesiones en Semana Santa, de hecho se sabe que en algunos casos, cuando se vendía un inmueble se incluía una cláusula que daba derecho de uso de sus balcones por parte del anterior dueño de la casa cuando llegaba el tiempo de las cofradías. Además, desde el punto de vista arquitectónico, hay que indicar que la aparición de elementos de hierro para sustentar estos balcones los hacía, lógicamente, más seguros y dispuestos a "soportar" espectadores. La prensa local se hacía eco de estos alquileres de balcones, de hecho, hemos dado con dos de ellos a manera de ejemplo:


Diario La Andalucía, 31 de marzo de 1858.


El Noticiero Sevillano, marzo de 1897.

También, por qué no, había tiempo para el humor. En 1864 la revista satírica El Tío Clarín, que ya ha aparecido en otras ocasiones en nuestro blog, publicaba un suelto en el que se comprometían a dejar de usar ciertas expresiones "ofensivas", eso sí, hasta que se recogiera la última cofradía:

"Habiéndose acercado a nuestras oficinas (no tenemos mas que una, pero como es frase corriente entre periodistas, por eso la usamos) algunos cofrades de las diversas hermandades que acostumbran hacer estación en la Semana Santa, suplicándonos que no hagamos uso del equivoco, tonto de capirote , hasta pasada dicha época, en atención a que, usando ellos capirotes, podrían ser objeto de una interpretación desfavorable, accedemos a su prudente indicación, y les damos palabra de no utilizar el dicho tonto de capirote, hasta pasada la época de los capirotes."

Terminamos. Tras esta pequeña singladura sobre cómo eran aquellas cuaresmas del XIX bien podríamos decir que aunque todo ha cambiado, en realidad nada lo ha hecho; pero esa, esa ya es harina de otro costal. 


23 febrero, 2026

De manigueta.

Como cada Cuaresma, en Hispalensia, nos vamos a centrar en aspectos relacionados con la pequeña historia de nuestras hermandades, o con aspectos alusivos a detalles poco conocidos para, así, darlos a conocer. En esta ocasión, como el que no quiere la cosa, nos centraremos en un objeto que viene a ser casi un fósil de tiempos pasados; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Cuando comenzaron a celebrarse las primeras estaciones de penitencia, a finales del siglo XV o comienzos del XVI, aquellos cofrades sacaban a la calle a sus Titulares con la intención de propagar su devoción, de manera que aparecían sobre unas andas de madera que eran llevadas a hombros por los propios hermanos de la cofradía, usándose unos largueros. Estas parihuelas se caracterizaban por su sencillez y austeridad, sin apenas más exorno que la escasa cera que alumbraba a las imágenes y eran sostenidas quizá por varas rematadas en horquillas que encajaban en los largueros antes aludidos, mientras transitaban por calles casi a oscuras por la carencia de alumbrado público. El escritor Félix González de León allá por 1852 describía cómo era la Estación de Penitencia de su Hermandad del Silencio en el siglo XVII, con palabras para los portadores de las andas de Jesús Nazareno:

"Los cuatro mozos de carga que iban por fuera ayudando a llevar el paso por las maniguetas, iban también vestidos con túnicas, como los nazarenos, pero sin cola y el capirote bajo."

El Paso de Jesús Nazareno de Jerez portado por horquilleros.

Ese modo de portar los pasos, ayudados a veces por horquillas, se ha conservado en muchas poblaciones andaluzas, comenzando por la ciudad de Cádiz, donde el sonido de la propia horquilla, golpeada rítmicamente contra el suelo por el hermano manigueta es una de las señas de identidad de aquella Semana Santa o, por citar otros casos, la forma de portar los pasos de la jerezanas hermandades de Jesús Nazareno o el Cristo de la Expiración y también el estilo propio que mantiene la Vera Cruz de Alcalá del Río, sin olvidar los malagueños Hombres de Trono, colocados bajo los varales, palabra que aquí designa a las maniguetas. 

"Juan Martínez Montañés presenciando la salida de Jesús de la Pasión", de Joaquín Turina y Areal, 1890. Fragmento.

Como han estudiado no pocos especialistas en la materia, el gran cambio se producirá a partir del siglo XVII, con la irrupción del Barroco como estilo artístico que buscará, al unísono, emocionar y formar; todo ello será el fermento para que las hermandades cambien la manera de sacar a sus imágenes titulares, empleando para ello andas cada vez mayores e incluso añadiendo figuras secundarias que servirían para "teatralizar" pasajes de la Pasión y Muerte de Jesús reflejados en los Evangelios, imitando para ello el aspecto de las conocidas "carrozas" que salían en la multitudinaria procesión del Corpus Christi que cada año organizaba, y organiza, el Cabildo de la catedral hispalense. 

El problema de esas parihuelas, más grandes, era el peso y el que a lo mejor no hubiera cofrades físicamente preparados para el esfuerzo a realizar durante el recorrido procesional, de manera que, poco a poco, y a semejanza del Paso de la Custodia catedralicia, serán "mozos" asalariados los encargados de este menester, y lo serán "por dentro", esto es, bajo la parihuela, cubiertos su frente, trasera y costeros por los faldones, para que nadie pueda verlos y dar la sensación de que el Paso posee vida propia, gobernado por el capataz.

Dispuestas de manera transversal bajo la "mesa" del Paso, surgen las trabajaderas, mientras progresivamente se irán reduciendo los largueros exteriores con los que portar a hombros, para quedar convertidas en "maniguetas", simples apéndices decorativos en los cuatro zancos que recuerdan aquel antiguo modo de portar las andas. Curiosamente, en una fotografía de mediados del XIX realizada al Paso de Jesús Nazareno de la Hermandad del Silencio se puede apreciar con nitidez cómo las maniguetas aparecen forradas con una especie de almohadillas que quizá nos indiquen que aún iba "por fuera" algún portador cargando el peso de las andas, mientras bajo los faldones figuraba el resto de la cuadrilla. 


¿De dónde proviene el término "Manigueta"? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se trata de "mango de utensilios o herramientas", en cambio, en el Diccionario Marítimo Español de Martín Fernández de Navarrete, del año 1831 se la define de un modo que bien podría tener que ver con aquellos carpinteros de ribera que algunos sostienen fueron los autores de las primeras parihuelas de madera: 
"Pedazo de madera escuadrado y algo curvo, que va ensanchando hacia su cabeza, donde tiene o forma por cada cara un poco de arco saliente que viene a redondearse o terminar, por una y otras de las que habían de ser esquinas, en el centro de su tope, por cuyo medio se impide que se escurra o escape el cabo a que se da vuelta o en él se amarra."


Otra teoría, muy distinta,  nos llevaría a términos como "manija" o "manijero", con orígenes éste último en el ámbito rural y que se relaciona con el oficio de capataz al mando de una cuadrilla de agricultores. Poco o nada puede sacarse en claro sobre la procedencia de la palabra en cuestión, quizá sea ese parte del encanto que tal palabra posee en el léxico cofradiero.


En número de cuatro, rematando las esquinas de los respiraderos, se realizarán en diversos tipos de madera barnizada, en su color o dorada, en metales como la plata o el bronce (caso de la Quinta Angustia), forradas de terciopelo (Pasos de Cristo de la Vera Cruz y el Museo) o se inspirarán en detalles de la ciudad, como las del palio de la Estrella, repujadas a imitación los atlantes* diseñados por Delgado Brackembury para balcón principal de la casa número 11 de la calle Reyes Católicos, por la que transita cada Domingo de Ramos esta cofradía trianera; las más historicistas, las del palio de la Virgen de los Dolores de la Hermandad de las Penas de San Vicente, inspiradas en los pináculos de la fachada de la iglesia de San Esteban de Salamanca.

Cien años de diferencia. El Cristo de las Penas de la Hermandad de la Estrella en los años 20 del pasado siglo XX a su paso por la calle Reyes Católicos. Se pueden apreciar los atlantes del número 11. Foto cortesía del Archivo Barcaiztegui.

Los manigueteros desaparecerán durante el siglo XIX y principios del XX para luego, poco a poco, resurgir como papel simbólico, asidos a las maniguetas no sólo sin soportar peso, sino ocupando puestos de privilegio dada su cercanía con la imagen. Su atuendo será el de los penitentes, antifaz sin capirote y en algunas hermandades vestirán de forma distinta, como ocurre, por ejemplo, el palio de la Virgen de la Merced de la Hermandad de Pasión, usando el blanco hábito mercedario como recuerdo de la estancia de esta corporación en el convento Casa Grande de dicha orden, en el Valle o El Silencio la túnica será de terciopelo morado, mientras que en San Esteban, La Lanzada o la Sed emplearán los hábitos originales de las primeras salidas procesionales, sin capa. 


Como dato curioso, uno de los manigueteros de la Soledad de San Lorenzo será siempre descendiente del diseñador de dicho Paso, Santiago Martínez, ya que al no querer percibir cantidad alguna por su trabajo recibió como recompensa perpetua para él y su familia tal honor en mayo de 1951. Además, habrá hermandades que preferirán colocar en tal sitio a servidores vestidos de librea, como en la Quinta Angustia o Sagrada Mortaja, otras, directamente, no llevarán manigueteros, como la Borriquita, la Exaltación, la Macarena o el Santo Entierro y en otras figurarán pese a que el Paso carezca de ellas, como sucede en la Oración en el Huerto de Montesión. Sobre la designación de estos puestos, cada hermandad posee sus propios criterios y normas, primando la antiguedad en la nómina de hermanos o, en algunos casos, la recompensa por servicios prestados a la propia corporación, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 

Glosario:

- Atlante: Columna con forma de hombre, bien de cuerpo entero, bien mediado por la cintura, que aparece en arquitectura sosteniendo algo. 







07 abril, 2025

Un poco sobre los "De abajo".

Dado que seguimos en Cuaresma y a pocos días de la Semana Santa, en esta ocasión, aprovecharemos para dar varias "chicotás" en honor a un personaje denostado y admirado según las épocas, figura indispensable por su papel en las cofradías y labor siempre digna de estudio; pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

El término "costalero" aludía históricamente a los llamados "mozos de cuerda", mozos que, usando sogas o costales de arpillera, se empleaban para transportar cargas pesadas como fardos, sacos o equipajes; los pícaros por antonomasia, Rinconete y Cortadillo, ingresarán en este oficio adquiriendo sendos costales ("pequeños, limpios o nuevos") con los que ejercerlo, comenzando sus peripecias hispalenses en la Plaza del Pan, por poner un ejemplo. Con el tiempo, serán llamados "Gallegos" por ser la mayoría de aquellas tierras e incluso existirá un corral con su nombre en la calle Oropesa, junto a Cuna y serán contratados para portar los Pasos en Semana Santa, gozando de no muy buena fama enter algunos sectores de la sociedad sevillana por su rudeza y comportamiento. 

Novelistas, escritores y poetas han intentado dejar por escrito sus particulares visiones sobre este trabajo anónimo y callado, ya desde finales del siglo XX en manos de hermanos o voluntarios que sustituyeron a los "profesionales", trabajadores experimentados en el Muelle o en Mercasevilla al mando de dinastías de capataces que gozarán de justa fama: Franco, Ariza, Bejarano o Borrero, por citar algunas.

En una primera "chicotá", hemos extraído la perspectiva de un escritor nacido en Camas en 1876 y fallecido en Sevilla en 1954, José Muñoz San Román, autor de El Encanto de Sevilla (1921), en uno de cuyos pasajes se refleja el trabajo del capataz y su cuadrilla durante una procesión, en el que podemos apreciar incluso las voces de mando o la manera de recompensar a "los de abajo":

"Los pasos son llevados en alto por unos hombres fuertes, conocidos por los costaleros. Van en cuádruples hileras debajo de las andas, soportando la enorme y pesada carga sobre los cuellos robustos. Los riquísimos faldones de terciopelo y oro ocultan a la vista del público los fatigados cuerpos de esos hombres infelices que, en fuerza de trabajo y fatiga, nunca llegan a rendirse.

Sólo se les ven los pies andando a compás y produciendo un sordo y crudo rumor. En los descansos suelen echarse a tierra, asomándose bajo las suntuosas telas para pedir un cigarrillo o agua. Cuando paran ante determinadas tabernas se les reparan un tanto las fuerzas con vino del de la hoja, por cuenta de la Hermandad. Y es de ver aquellos rostros renegridos, sudorosos y tristes, cómo se animan con el engañoso vigor que les da la bebida.

El capataz, que va delante y fuera del paso, los guía y es un primor su destreza. Cuando el paso descansa en tierra y hay que ponerlo en marcha, el capataz da un golpe con el llamador y les avisa:

"Muchachos, que voy a llama... Una subiita suave y... a esta é...". Da nuevamente un golpe con el llamador, y los costaleros, a un solo tiempo, elevan el paso en alto y comienzan a andar. Durante el trayecto no cesa de gritar el que guía:

"Esa derecha atrá..." "Esa izquierda alante...", según la dirección que deberán tomar los que pierden la linea debida. Y cuando han de parar les dice: "Muchachos, una agachaita por iguá y quearse paraos... ¡a esta é! Y da un fuerte golpe con el aldabón.

La marcha de los gigantescos pasos por las estrechas calles sevillanas ofrece grandes dificultades, y para el que guía constituye toda una ciencia su servicio. Por eso son, en fin, contados los buenos capataces, y se les busca y contrata en las mejores condiciones. Las fatigas y trabajos de los pobres costaleros debieran inspirar al corazón del público que ve pasar las Cofradías las más tiernas conmiseraciones. Porque son ellos los verdaderos y obscuros penitentes."

Damos un salto temporal y nos plantamos en el año 1964, fecha en la que se publica en México la novela El Capirote, de la que es autor el escritor sevillano Alfonso Grosso (1928-1995). Con una prosa  áspera y social describe las última semanas de vida de un jornalero gravemente enfermo de tuberculosis que se alista en la cuadrilla de un capataz apodado "Trinidad" para sacar cofradías en Semana Santa; Grosso, autor maldito en su época para algunos, demuestra en su novela El Capirote (publicada en México debido a la censura) que conoce a la perfección los usos y códigos del mundillo de capataces y costaleros asalariados, desde la terminología hasta los usos y formas de comportamiento: 

 "Los costaleros iniciaban ya el rito de la colocación del costal sobre la cabeza. Se ayudaban unos a otros para ajustar el saco plegado que les almohadillaría los hombros y la nuca. Algunos, apretaban una vuelta más sobre la cintura la negra faja que les mantendría erguidos, o se agachaban para amarrar con destreza las cintas de sus alpargatas. 

Trinidad los fue distribuyendo por estatura. La falda de raso del paso de palio permanecía aún levantada. Los hombre, en fila india, iban ya entrando para ocupar su lugar bajo las trabajaderas." 

El comienzo de la maniobra de la salida del paso de la iglesia queda plasmada con rapidez, frases cortas y casi ausencia de adjetivos:

"El llamador duplicaba su golpe dentro del paso. La lamparilla de aceite procesionaba la sombra de los cuellos y de los brazos, de las manos apoyadas sobre las trabajaderas delanteras. Le sudor resbalaba sucio y salobre por los pechos y las espaldas. Era un leve murmullo el caminar, como un silbido, cuando las alpargatas de cáñamo se arrastraban por el suelo. Al llegar a la puerta de la iglesia, el capataz, a través de los respiraderos, ordenó "rodilla en tierra". Los cuarenta hombres se dejaron resbalar lentamente hasta que el palio de la Dolorosa bajó tres palmos en el arco de medio punto del portal. Los laterales quedaban separados apenas unos milímetros de los dos quicios. Las rodillas empezaron entonces a moverse lentamente, de manera imperceptible. Por unos instantes, parecieron las andas quietas, estáticas, milagrosamente justas a los bordes de la portada de piedra y no parecía que pudieran adelantar ya ni un solo centímetro."

Queda, del mismo modo, la visión idealizada, nostálgica de Luis Cernuda (1902-1963) cuando, en el capítulo de su libro Ocnos (1942) titulado Las Tiendas menciona de pasada a los costaleros cuando escudriña en las covachas de la Plaza del Pan, como buen conocedor de aquella zona al haber sido vecino cercano de la calle Acetres:

"Estaban aquellas tiendecillas en la Plaza del Pan, a espaldas de la Iglesia del Salvador, sobre cuya acera estacionaban los gallegos, sentados en el suelo o recostados contra la pared, su costal vacío al hombro y el manojo de sogas en la mano, esperando baúl o mueble que transportar. (...) En la plaza, los gallegos (denominación gremial y no geográfica, porque algunos eran santanderinos o leoneses) se encorvaban soñolientos y fofos, más al peso de los años que al de las cargas ingratas que su oficio les condenaba. Eran ellos quienes en Semana Santa, durante los altos de las cofradías, asomaban tras las andas de terciopelo sus caras congestionadas, bajo la masa dorada de esculturas, candelabros y ramilletes, alineados tal esclavos en los bancos de una galera."

Terminamos. Dejamos para el final una visión relativamente reciente, la del historiador, novelista y académico de la Lengua el hondureño Marcos Carías Zapata (1938-2018), de quien destacamos este escueto texto perteneciente a su obra Vara de Medir (1999) y que aporta la visión peculiar del foráneo, no por externa menos interesante, finalizando con una frase que nos ha llamado mucho la atención:

"Tarjeta postal: Los costaleros van en la penumbra. Cuando se detienen acuden los aguadores, sus cirineos. La aparición del aguador tiene que ser exacta al paso del desfile del paquidérmico tablao. Usted no ve la operación, ni a los costaleros ni a los aguadores, ocupado como está comprando souvenires y sin terminar de decidir su fidelidad entre los souvenires o el desfile de carrozas con sus divinos trabajos de imaginería barroca (y los imagineros que todavía siguen produciendo), sus celestiales objetos de orfebrería barroca (y los orfebres que siguen produciendo), hasta las hermanitas de clausura abonan para que abunde la oferta vendiendo por única vez en el año confituras y bollos de monja (la cofradía de los Servitas estrena dos farolas para acompañar, la de la O ha restaurado el manto de la virgen, la de los Gitanos le ha puesto faldones nuevos al paso del palio, la de Montesión estrena el mantolín y el cíngulo del Señor, la de los Estudiantes la insignia del Senatus). En las cofradías se agrupan creyentes y no creyentes. No se necesita creer para andar en la procesión, basta con creer en la procesión."

Sin duda, la figura del costalero ha sido, es y será objetivo de literatos y poetas cuando se trate de plasmar lo que de divino y humano tiene nuestra Semana Santa. Ojalá se nos brinde un descanso entre borrascas y podamos disfrutarla, pero esa, nunca mejor dicho, esa ya es harina de otro costal. 

 

31 marzo, 2025

Carrera Oficial.

Aprovechando el tiempo cuaresmal, vamos a darnos una vuelta entre palcos y sillas, para comprobar cómo, allá por tiempos pasados, vivía la ciudad eso de colocar asientos para ver las cofradías; pero para variar, vamos a lo que vamos.


Desde sus antiguos orígenes, las cofradías de penitencia sevillanas realizaban estación de penitencia a los principales templos de la ciudad, como el Salvador o a lugares fuera de las propias murallas, como el conocido Humilladero de la Cruz del Campo, por poner algún ejemplo; sin embargo, en 1604, el Cardenal Niño de Guevara ordenará a las hermandades realizar estación únicamente a la catedral y dentro de unos horarios concretos; pretendiendo controlar los itinerarios y evitar abusos instaurará el llamado Cabildo de Toma de Horas, celebrándose en principio el Martes Santo en la Capilla de las Doncellas de la catedral, para luego, paulatinamente, ir pasando al Sábado de Pasión y, por último al domingo previo al Domingo de Pasión. 

El hecho de acudir a la catedral hará que la mayoría de cofradías opte por pasar por los lugares ceremoniales de la ciudad, de ahí que la Plaza de San Francisco y la entonces llamada como calle Génova (ahora Avenida de la Constitución) tomaran especial protagonismo, sin olvidar la calle Sierpes, lo que hará que, en 1777, siguiendo el dictado del monarca Carlos III, se instale una especie tribunal en la confluencia de esta calle con la de Cerrajería, en lo que será el antecedente del "palquillo" (llamado por los cofrades clásicos "patíbulo") que a la postre terminará por colocarse en la plaza de la Campana en la Semana Santa de 1917 y configurará el modelo de Carrera Oficial que, salvo leves cambios, ha llegado hasta nosotros.

A todo esto, durante la segunda mitad del siglo XIX las autoridades locales comenzarán a comprobar cómo la Semana Santa podía ser fuente de ingresos para la ciudad, sobre todo por la atracción que tal festividad generaba en un más que incipiente trasiego de viajeros de otros países, deseosos de encontrar elementos pintorescos o exóticos en una celebración religiosa que se vivía con especial intensidad en Sevilla y que, poco a poco, había sustituido a la procesión del Corpus como fiesta mayor. Así, en 1865 el alcalde García de Vinuesa ordenará que se coloquen sillas en la zona de la fachada del Ayuntamiento que daba a la Plaza de San Francisco, al precio de 4 reales, para que así el público pudiera presenciar los cortejos penitenciales con más comodidad. 

Sin embargo, como suele ocurrir, la medida municipal no fue del agrado de todos, ya que hemos recabado una anónima Carta al Director publicada el Miércoles Santo de aquel año en el diario La Andalucía cuyo texto no deja lugar a dudas, aparte de reseñar otros comportamientos habituales entonces al paso de las cofradías:

 "Muy señor mío: bueno fuera que Vd. que tan celoso se muestra siempre por el decoro de nuestras funciones de la presente Semana Santa, se dirigiera a quien pudiera evitar que la multitud se agolpe al paso de las cofradías, principalmente en la plaza de San Francisco, quitándoles mucha parte del lucimiento que tenían años anteriores cuando se mantenía despejada, mientras pasaban aquellas, la ancha faja que media entre las sillas colocadas por el Ayuntamiento, y las que los particulares ponían enfrente para arrendarlas el público.

Es extraño que se permita también que muchachos sucios y harapientos se disputen, no solo cuando las mismas cofradías van por las calles, sino lo que es más, mientras hacen su estación para nuestra suntuosa Basílica, se disputen, repito, la cera que cae de los cirios que llevan los nazarenos, llegando la amabilidad de algunos de estos, a echar en el hueco de la mano de los tales niños, la parte de cera derretida alrededor del pabilo. 

El natural deseo de recoger más cera, hace que los citados mozalbetes anden de un lado a otro, promoviendo disputas entre sí y en lugar tan sagrado, con dolor y escándalo de propios, y más aún de tantos extraños como nos visitan estos santos días."

Por cierto, la carta alude también a comportamientos irreverentes en la catedral durante la Madrugada del Viernes Santo, como hablar en voz alta o dormir allí "como si estuvieran en una plaza"

Pero regresemos a las sillas de la Plaza de San Francisco, porque con el tiempo se convertirán en los Palcos y con ellos, su transformación en lugar para ver y dejarse ver, para lucir y lucirse dentro de un ámbito social perteneciente a las clases altas hispalenses. Abundan las reseñas periodísticas que destacan el aspecto deslumbrante de la Plaza de San Francisco en las tardes del Jueves o Viernes Santo, como esta del diario La Andalucía de abril de 1897:

 "Son muchos los extranjeros y personas notables que se encuentran ya en Sevilla para presenciar las grandes festividades de Semana Santa y Feria. En el hotel de Madrid hay hecho gran pedido de habitaciones y como todos los años las familias más linajudas y opulentas de la sociedad madrileña pararán estos días en la capital andaluza. 

Los palcos y sillas que coloca el Ayuntamiento en la plaza de San Francisco, están casi todos tomados por la flor y nata de la sociedad sevillana".


Sin embargo, un periódico satírico que ya hemos mencionado en alguna que otra ocasión, "El Tío Clarín", no tenía del todo claro la utilidad de las sillas en la Plaza, pues en uno de sus números cuaresmales de las década de los sesenta del siglo XIX recomendaba irónicamente a los visitantes foráneos:

"De  lo que tal vez no se instruya, por no estar en la nómina, si no lo toca de cerca, es de que las sillas colocadas en la carrera para su alquiler, cuestan cuatro reales en adelante cada una, precio excesivamente módico, comparado con la comodidad que ofrecen: 

Como que es una localidad de preferencia cuyo buen punto de vista esta garantizado convenientemente. Por eso verán ustedes que al que está sentado en una silla nadie lo pisotea. Ni lo estruja. Ni se le pone delante. Ni le sucede otra porción de cosas que ustedes experimentarán, si no siguen mi consejo. Huir de las sillas mientras haya otras cosas en que tirar el dinero."

Si los sevillanos del siglo XIX hubieran llegado a saber lo de las sillitas plegables, el CECOP y el público esperando cofradías desde horas antes... pero esa, esa ya es harina de otro costal.

24 marzo, 2025

Juego de varas.

Transitando por semanas cuaresmales como estamos, aprovecharemos este precioso tiempo de vísperas para, como en otras ocasiones, dar algunos detalles sobre objetos que forman parte de los cortejos penitenciales semanasanteros; esta vez, le daremos la oportunidad a una insignia muy valorada y apreciada y si además es dorada, mucho mejor, dicen. Pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

Desde tiempos históricos, el cetro, la vara, el bastón de mando o el báculo, por citar algunos ejemplos de este tipo de elementos siempre se consideraron símbolos de poder, de autoridad. Gobernantes desde los faraones egipcios hasta los Papas, pasando por el propio Moisés con su vara, ("Tu vara y tu cayado me sostienen", dice el Salmo 24 del Antiguo Testamento), centuriones romanos, monarcas medievales, jerarcas de tribus prehispánicas, generales decimonónicos, han ostentando este elemento para dar a conocer su autoridad y a sí mismos, como distintivo de prerrogativa o privilegio. Por citar un ejemplo, los reyes de la Edad Moderna portaban protocolariamente elaborados cetros realizado en metales preciosos y adornados con costosas joyas. Además, en un orden más cotidiano la vara era usada por los alcaides musulmanes como medida para establecer límites en las lindes o extensiones de parcelas si había controversia entre vecinos por estas cuestiones, de ahí que haya sobrevivido la expresión que alude a "varias varas de medir" o "medir con la misma vara". También había alguaciles en las catedrales: en la hispalense, como narraba Bernardo Luis Castro, su Maestro de Ceremonias en 1712:

"Había un peón vestido de negro y con golilla que traía vara de alguacil, cuidando que no se orinasen ni se hiciesen otras indecencias en los ámbitos de la iglesia, y por esto le llamaban el alguacil de los meados".

De este modo, el uso de varas o bastones pasó a muchos ámbitos de lo social; en el siglo XVI los alguaciles, empleados dependientes del cabildo de la ciudad, portaban unas varas de cierta altura realizadas en madera con contera metálica con las que, en un momento dado, incluso podían golpear a aquellos que se oponían a su autoridad y hacerse, de este modo, respetar. Aunque eran cargos electos en principio, la voracidad del estado por conseguir fondos con los que sustentar las campañas bélicas o pagar los empréstitos suscritos para financiar la corona harán que estas varas de alguacil o alcalde se pongan a la venta, y de ahí, que se conviertan en elementos hereditarios que formen parte del patrimonio de determinadas familias. Así, en 1633 el pintor Diego Velázquez era recompensado por sus servicios como Pintor de Cámara en Madrid con "un paso de vara de alguacil de la Casa y Corte", o sea, el privilegio de vender dicho cargo y, por citar un ejemplo local, en un ejemplar del "Papel Semanario de Sevilla" correspondiente al 14 de agosto de 1787 puede leerse:

"Se vende la propiedad de una Vara de Alguacil de los veinte de esta Ciudad. Quien quisiera comprarla acuda a D. Manuel María Moure, Procurador del número de la Real Audiencia".

Los bastones o varas serán también signo de poder o autoridad en los Gremios; portadas por sus alcaldes en procesiones religiosas o cívicas servirán para identificar a los cargos de estas corporaciones. De ahí, es lógico pensar que los bastones o varas también entraran a formar parte del protocolo de hermandades y cofradías, sobre todo cuando, además, en Semana Santa los cofrades preservaban su anonimato con la túnica nazarena y era imposible saber, salvo por estos símbolos, quienes ostentaban la autoridad en los cortejos penitenciales. Además, eran elementos para mantener el orden en la procesión; en las Reglas del Gran Poder de 1570, por citar unas, se establecía ya que las varas y bastones se entregasen a "personas prudentes para el dicho gobierno".

Lo que en principio eran simples varas para los alcaldes (aún no había cobrado protagonismo la figura del Hermano Mayor), con el tiempo irán decorándose, primero con la heráldica de cada hermandad, luego forrándose con telas lujosas los vástagos de estas varas y finalmente añadiéndosele los llamados "cañones", tubos de metal plateado, repujados o cincelados con sobrios motivos vegetales. Prueba de ello es que Diego Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla escribía al referirse al excesivo lujo de las cofradías en el siglo XVI:

"Desprecian las cofradías en las insignias, cruces, candeleros, varas, campanillas y otras alhajas cuanto no es preciosa plata".

Prueba de esto es que en diversos inventarios de hermandades puede leerse cómo existía cierto número de estos cañones, muchas veces de plata, que eran en cierto modo como señal de riqueza; poco a poco, las varas fueron cobrando cada vez más protagonismo, hasta en convertirse en acompañantes de las diversas insignias, incluida la cruz de guía, tal como mantienen hoy día hermandades como El Silencio o el Santo Entierro. Habrá incluso varas de varios tamaños, como las de los diputados de tramo, más pequeñas y manejables; otras hermandades en sus comienzos no contemplaban su uso, como la de La Sed en los años setenta, algunas mantienen austeros diseños con vástagos de madera, como Vera Cruz o el Calvario, mientras otras, destacan por poseer juegos de varas llenos de detalles, como el Humilladero de la Cruz del Campo en las de presidencia de la Hermandad del Polígono de San Pablo, la jarra de azucenas en las de San Benito, el diseño gótico de las de la Paz, las clásicas del Valle o las "minivaras" de La Borriquita. 

Por destacar un caso concreto, sabemos que el 7 de abril de 1935 se obsequió al entonces Hermano Mayor la entonces Piedad de Santa Marina, Guillermo Serra Pickman, una vara de plata dorada como muestra de su rango, realizada por el orfebre Juan Fernández Gómez, vara que quedó en propiedad de la hermandad y que tiene la particularidad de ser desmontable en dos mitades, ya que se entregó en un lujoso estuche, pero esa, esa ya es harina de otro costal y no será nuestra intención seguir "dando la vara". 



18 marzo, 2024

A latigazos (II).

Era un lugar sombrío y peligroso. La violencia y el peligro campaban a sus anchas, con la corrupción y el delito como compañeros inseparables. Sonaban los cerrojos y rechinaban las cerraduras, mientras se podían escuchar los gritos de los condenados o de quienes aguardaban una sentencia. Las pendencias menudeaban y por un quítame allá esas pajas podía prender el fuego del desafío en forma de rápida cuchillada o certera estocada. Nadie confiaba en nadie. Sin embargo, en algunas fechas concretas, aquellos hombres sucios y agresivos trocaban de carácter y se convertían en fervorosos cofrades. En esta ocasión, nos vamos a un lugar poco recomendable y del que era difícil salir vivo; pero como siempre, vayamos por partes. 

"Paradero de necios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de enemigos, república confusa, infierno breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos donde uno grita y trata de solo su locura. Siendo todos reos, ninguno se confiesa por culpado, si su delito de grave".
Gonzalo Bilbao. La Cárcel Real. 1901.

Un viejo conocido de este Blog, Mateo Alemán, describía con estas palabras cómo era la Cárcel Real allá por finales del siglo XVI. Establecida en un antiguo edificio reconstruido en 1418 con la ayuda de Doña Guiomar Manuel y reformado en 1569, por sus celdas y patios estuvieron personajes Martínez Montañés, Alonso Cano, el propio Mateo Alemán o el mismo Miguel de Cervantes quien dejó por escrito en el prólogo de su Quijote (al parecer comenzado a escribir en la calle Sierpes) cómo era vivir en un lugar como aquel: "mal cultivado ingenio mío... como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación". En este sentido, baste la cita deL cronista Alonso Morgado, quien en 1587 empleaba estas palabras para describir el ambiente de aquella prisión:

"Raras veces bajan de quinientos hombres presos que hay en esta Cárcel Real, y muchas suben de mil, y llegan a mil y quinientos. Casi todos andan sueltos sin prisiones, por uso de la Cárcel de Sevilla. Pero ver la chusma de tantos presos, tan asquerosos, desarrapados, y en vivas carnes, su hedor, confusión y vocería, no parece sino una verdadera representación del Infierno en la tierra."

Como establecimiento penitenciario, situado en calle Sierpes, poco antes de salir a la Plaza de San Francisco, donde ahora se encuentra una entidad financiera, la Cárcel Real poseía tres puertas, apodadas de Oro, de Plata, o de Hierro, ya que según el metal que aportase el preso a sus custodios podría conseguir mayor o menor beneficio y comodidad durante su estancia en dichos "aposentos". Ni que decir tiene que todo el mundo en aquel submundo tenía un precio y que con sobornos era fácil conseguir desde raciones de comida traídas desde "casas de gula" cercanas hasta agradable compañía femenina previo pago, de ahí que en la ciudad se criticase muy mucho el elevado nivel de vida de ciertos funcionarios vinculados a la Cárcel. 

Una de las mejores visiones de este espacio la dejó por escrito un sacerdote jesuita, el jerezano Padre Pedro de León (1544-1632); consagrado a los desfavorecidos, constituyó un hospital para galeotes, una casa para exprostitutas en el Arenal y se entregó del mismo modo a la causa del cuidado de los reos, dedicando su ministerio a atenderlos en sus necesidades y servir como intermediario y como confesor para los condenados a muerte, de ahí la importancia de su testimonio, titulado "Compendio de algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía de Jesús, con que prácticamente se muestra con algunos acontecimientos y documentos el buen acierto en ellos, por orden de los superiores, por el Padre Pedro de León, de la misma Compañía".

En dicho texto, el Padre Jesuita describe minuciosamente las diferentes galerías ("galeras", las llama él) destacando por supuesto la consabida diferenciación según el nivel social y los sórdidos apodos que reciben algunas estancias: "Pestilencia", "Miserable", "Lima Sorda" sin olvidar que a medida que el delito es mayor, mayor es el peligro de pasar por esas zonas dado el carácter agresivo de sus moradores. Del mismo modo, el edificio contaba con enfermería, capilla, botica y hasta un Letrado que defendía de oficio a aquellos que no podían costearse un abogado. Dejando aparte los calabozos de aislamiento, es curioso cómo hace gala del profundo conocimiento de todas las interioridades de la cárcel al mencionar aspectos que no dejan de llama la atención:

"Hay cuatro tabernas y bodegones arrendados a catorce y quince reales de alquiler cada día. Y suele ser, el vino del alcaide, y el agua del tabernero; porque nunca faltan bautismos prohibidos en toda ley. Y aunque el Asistente la visita cada martes y mira el vino que tienen para ver si está aguado y el precio a como se vende, hay cuidado de poner cuatro jarros de vino riquísimo, uno en cada bodegón y de aquel hacen muestra, dando a entender que aquel es el que venden a los pobre, siendo el que les dan, pura hiel y vinagre".

No había horario de cierre o de apertura de puertas a la calle, de manera que el trajín, con permiso de los porteros, era constante durante toda la jornada, incluso con la salida de presos al exterior, consentida por sus guardianes previo pago, hasta que finalmente, a las diez de la noche, el Alcaide, acompañado de sus bastoneros salía a hacer la ronda reglamentaria y el "recuento", lo que, aparentemente interrumpía uno de los entretenimientos más comunes en aquel recinto junto con las bromas pesadas: el juego con naipes. 

Como puede apreciarse, todos los vicios y maldades parecían hallar en la Cárcel Real el mejor caldo de cultivo, de modo y manera que aquel espacio acogía un extenso catálogo de homicidas, maleantes, ladrones, timadores y toda ralea posible dentro del espectro de la delincuencia, en la que entraban también mujeres, quienes tenían su propia cárcel aledaña. Sin embargo, llegadas las fechas de Semana Santa, como imbuidos por el espíritu penitencial que inundaba la ciudad en aquellos días, los presos imitaban momentáneamente a sus paisanos del exterior, animados por el Padre Pedro de León a reunirse en cofradía de disciplinantes:

"Y llegó tanto su devoción que no se contentaron los presos con que fuese esta cofradía para estorbar pecados, no jurando, sin para hacer penitencia de lo que habían jurado, y el Viernes Santo hacían por dentro de la cárcel su procesión de azotes y sus insignias, como si fuera por las calles y con mucha sangre, y azotábanse con tal denuedo hasta caían por ahí desmayados. No había quien les quitase las disciplinas de las manos y era tan de ver la procesión, que venían gentes de fuera de la cárcel a verla, y decían que no había ninguna tan devota con sus pasos de la pasión y su estandarte y sus bocinas y muy gran número de disciplinantes, todos presos, y con muy grande concierto, y a la verdad como era dentro de la cárcel parecía que tenía un no sé qué de correspondencia con los azotes, que le habían dado a Nuestro Señor Jesús en la cárcel y prisión."

Por su parte, Morgado marcaba la cofradía el Jueves en vez del Viernes Santo:

"Los Jueves Santos hacen ellos por los corredores y patio una gran procesión con sus túnicas, derramando mucha sangre en memoria de la Pasión de nuestro Maestro y Redentor Iesu Christo, todo con mucha devoción, con sus Pasos y música en la procesión, y con mucha cera".

Aquella peculiar hermandad era autofinanciada por los propios presos, encargados de pregonar y solicitar cada noche entre la población carcelaria limosnas para la misma, e incluso el sobrante monetario tras la procesión se destinaba a obras caritativas, como pagar el sustento de algún preso y ayudar a sus familias, lo que denota que, pese a todo, la población reclusa tenía buen corazón; tampoco podemos dejarnos en el tintero que existieron cofradías dedicadas a auxiliar a los presos, una en el interior del propio recinto, formada por funcionarios y nobles, la de Nuestra Señora de la Visitación y otra en el exterior, la del Amor de Cristo y Socorro de Nuestra Señora, existente ya en 1569.

¿Qué ocurrió finalmente con la vieja Cárcel Real? Dejó de funcionar como tal en 1837, pasando a la posteridad la fecha del 3 de julio como el momento en el que las autoridades trasladaron a los quinientos reclusos al antiguo convento del Pópulo. La zona ocupada por el antiguo edificio fue reformada y en ella se instalaron sucesivamente hoteles, cafés, la sede del Círculo de Labradores (luego llevada al otro extremo de la calle Sierpes) y finalmente ha venido teniendo uso bancario, ya que varias entidades financieras, como el Banco Hispano Americano o la Caja San Fernando han tenido allí parte de sus oficinas centrales, pero esa, esa ya es otra historia.



04 marzo, 2024

Sobre la bocina.

En esta ocasión, proseguimos con la temática cofradiera, para dar algunos datos sobre un elemento que, aunque forma parte de muchos, casi todos, los cortejos procesionales de Semana Santa en Sevilla, ha quedado un tanto relegado en lo tocante a su significado. Pero como siempre, vayamos por partes.


En el Salmo 150 del Antiguo Testamento se indica que ha de alabarse al Señor "al son de trompetas" y en el Libro de Josué se menciona que siete sacerdotes judíos hicieron sonar sus trompetas, hechas de cuerno de carnero, para acompañar un grito con el que cayeron derrumbadas las murallas de la ciudad de Jericó, este tipo de instrumento, llamado "Shofar", pervive en nuestra Semana Santa en la Guardia Judía que figura en la Hermandad de la Milagrosa; también, en el Libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento donde se alude a los siete ángeles que harán sonar otras tantas trompetas para señalar el fin de los tiempos. 

Conocidas en el Antiguo Egipto y en la Grecia clásica (donde incluso había concursos trompeteros en los Juegos Olímpicos), el Imperio Romano adoptó las trompetas con el nombre de buccina o de tuba, pasando a ser muy importantes sus diferentes toques en la instrucción militar de las legiones, mientras que a partir de la Edad Media esta modalidad de instrumentos de viento metal se empleaba para ejecutar "fanfarrias" que servían para anunciar la llegada de un personaje importante, como un monarca, tal como se sigue usando en nuestros días en monarquías como la británica o en determinadas ceremonias solemnes, como las entregas de medallas de los Juegos Olímpicos. Tampoco podemos olvidar su utilidad en las partidas de caza, por lo que Miguel de Cervantes en 1614 escribía en su obra Viaje del Parnaso:

"El ronco son de más de una bocina,
instrumento de caza y de la guerra,
de Febo a los oídos se avecina;
tiembla debajo de los pies la tierra,
de infinitos poetas oprimida,
que dan asalto a la sagrada tierra".


Si en la Via Dolorosa, con Jesús con la cruz a cuestas  camino del Calvario, sonaron instrumentos de viento  para anunciar y marcar la marcha de aquella trágica comitiva por las calles de Jerusalén, las cofradías sevillanas incorporaron en sus cortejos las llamadas "trompetas de dolor", encabezando la procesión, a semejanza de los muñidores, o colocadas delante de las andas con sus ecos lastimeros y profundos para conmover a cuantos presenciaban la procesión; como ha indicado el catedrático de trompeta del conservatorio hispalense, el jerezano José David Guillén, en el siglo XVI comenzaron a emplearse estos instrumentos de viento para, con ellos, llamar la atención de los fieles, dándose el caso incluso de que no todo el mundo podía tocar una de estas trompetas, ya que, por ejemplo, en la Hermandad de Jesús Nazareno de Cabra (Córdoba) no podían usarlas "mulatos, negros, ni otras personas indignas". En Murcia, por citar otro caso, existen la evolución llegó hasta los llamados los carros-bocinas que miden miden tres metros de longitud, y que portan unas ruedecillas en su boca que permiten ser llevadas por la calle, en Cartagena la Agrupación de la Oración en el Huerto (de la cofradía de "Los Californios"), procesiona con la llamada "Bocina el Castillo", de enormes dimensiones, realizada en 1986 en el sevillano taller de Orfebrería Villarreal y en Jaén, en 2015, la cofradía de Jesús Nazareno "El Abuelo" recuperó las figuras de los "bocineros" delante de su Cruz de Guía, tocando seis de estos instrumentos para llamar la atención de los fieles de la llegada de la cofradías por las calles jienenses.

Carro-bocina. Semana Santa de Murcia.

En Sevilla, el historiador decimonónico José Bermejo y Caraballo escribía sobre las bocinas en 1881 en estos términos:

"Las bocinas ó trompetas, que en estos actos llevan algunos hermanos de túnica, más bien que para dar la señal de andar ó parar, como dice D. Félix Gonzalez de Leon, debieron introducirse, según se desprende de reglas antiguas, para recordar con sus ecos lastimeros la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo; y también, en memoria de la que llevaban los soldados que escoltaron al Salvador hasta el monte de su sacrificio. El uso de las mismas se remonta por lo tanto á los principios de las cofradías; y llevaban generalmente cuatro; aunque en un edicto que publicó con fecha de 30 de marzo de 1776 el cabildo eclesiástico, del que tenemos un ejemplar, entre otras cosas se dice: que en ninguna cofradía habían de admitirse más de tres trompetas".

Bermejo alude a Félix González de León porque éste, en su libro "Historia Crítica y Descriptiva de las Cofradías de Penitencia, Sangre y Luz fundadas en la ciudad de Sevilla", editado en 1852, menciona que, cuando la Hermandad del Silencio comenzó a realizar sus estaciones de penitencia:

"Para no interrumpir en nada el profundo silencio y contemplación que guardaban, establecieron cuatro trompetas roncas, o dolorosas, que daban las señal de andar o de parar, y este es el origen de las bocinas".

Pasaron las décadas. Siguiendo la tendencia del progresivo enriquecimiento del patrimonio procesional, de los tubos de bocina inicialmente lisos se pasó a los repujados, de los paños de terciopelo sin adorno alguno con el simple escudo bordado se pasó a auténticas obras de arte realizadas por inolvidables artistas como Juan Manuel Rodríguez Ojeda, Esperanza Elena Caro o Concepción Fernández del Toro, quien, por ejemplo, realizaría las de la Amargura en 1931 siguiendo el diseño de Cayetano González (una de las cuales, como anécdota, portó algunos años el conocido pintor sevillano Alfonso Grosso) y las de la Macarena en torno a 1948-50.

En cuanto al número actual de bocinas que sacan las cofradías en Sevilla (y con la excepción de la hermandades del Polígono de San Pablo y Servitas, que carecen de ellas), es de los más variado, desde las 12 que lleva el Santo Entierro, en recuerdo a los Doce Apóstoles hasta las habituales cuatro o seis que puede llevar normalmente cualquier otra corporación, pasando por las ocho que posee la Hermandad del Gran Poder, y que se ubican en las esquinas de cada uno de los Pasos durante la Estación de Penitencia. En el caso del Paso del Cristo del Calvario, aparecen cuatro, en cuyos paños bordados figuran representados los cuatro Profetas Mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.

Repujadas en orfebrería, con lujosos paños bordados en los que suele aparecer la heráldica de la hermandad algunas poseen aún forma retorcida como las de las Siete Palabras o la Esperanza de Triana y otras son tamaño "mini" como las que portan los nazarenos de La Borriquita, algunas representan en sus paños pasajes de los Evangelios como las del palio de Los Estudiantes o Santa Marta, mientras otras poseen bastante antigüedad, como las de la Carretería (1861), La Mortaja (1884) o Las Aguas (1894). Lo habitual es que vayan delante de la Cruz de Guía y acompañando los Pasos, aunque la aparición, relativamente reciente, de los manigueteros ha hecho que en algunos casos hayan pasado a ir ubicadas delante de las presidencias o los ciriales.


Ya que hablamos de bocinas, tampoco se nos puede quedar en el tintero cómo las trompetas o bocinas incluso han aparecido en los propios Pasos procesionales, como es el caso del sayón que hasta 1960 figuraba en el de Los Caballos acompañando a Cristo en el momento de su Exaltación, o como sucedió durante un tiempo en el Paso del Señor con la Cruz al Hombro de la Hermandad del Valle, en el que aparecía otro de las mismas características, pero esa, esa ya es otra historia.