15 agosto, 2022

La calle de los costales.

En esta ocasión, pleno agosto, vamos a buscar la "sombrita" al abrigo de una calle poco transitada y que formó parte de uno de los conventos masculinos más importantes de su tiempo; pero como siempre, vayamos por partes. 

A finales del siglo XVII, el arzobispo Palafox y Cardona, impulsor de la devoción a Santa Rosalía en Sevilla, promovió la implantación en nuestra ciudad del Oratorio de San Felipe Neri, congregación creada en el XVI por este santo nacido en Florencia y fallecido en Roma en 1595; el carisma de esta peculiar orden, carente de votos ni de organigrama, excepto la caridad mutua entre sus componentes, se basaba en la oración y la predicación, con la particularidad de que cada convento era independiente de los demás, sosteniéndose con sus propios fondos. 

A comienzos del XVIII, tras bendecirse su iglesia en 1698 por el arcediano de Niebla, Francisco Lelio Levanto,  ya estaba radicado el Oratorio en Sevilla. Para ello, contaron con el apoyo de Josefa Antonia de Alverro, quien donó unas casas de su propiedad en la calle Costales, en la feligresía de Santa Catalina; como curiosidad, esta calle, actual de San Felipe, recibía este nombre porque al parecer en ella se alquilaban los costales necesarios para el transporte del grano que se almacenaba en la cercana Alhóndiga. La nueva sede de los filipense fue puesta bajo la protección de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.

La actual vía, que arranca en Doña María Coronel y finaliza en Almirante Apodaca, sería, pues, testigo de la llegada de los filipenses a Sevilla, encabezados por el Padre Navascués y del paulatino crecimiento de aquella zona como sede de la congregación, especialmente durante los años como Prepósito (especie de superior o abad) del P. Teodomiro Díaz de la Vega. Sevillano de nacimiento, bautizado en la hispalense parroquia de San Andrés, ingresó en la orden con apenas veinte años, en 1757, y con el tiempo alcanzó fama y popularidad por sus predicaciones, entablando amistad con Fray Diego José de Cádiz y con el también filipense Antonio Sánchez Santa María, fundador del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz. 

Otro filipense, el P. Cayetano Fernández, lo describió como "de estatura prócer, de complexión robusta y carácter enérgico, al mismo tiempo que atractivo y amable, el P. Vega ganaba para Dios las voluntades, imponiéndose irresistiblemente por la admirable fuerza de su fogosa palabra". Fruto de su ingente labor al frente del oratorio (donde se realizarán obras de mejora en capilla y sacristía por más de medio millón de reales) será lograr que el propio Carlos IV colocase al Oratorio bajo Patronato Regio y el enriquecimiento de la iglesia con diversas pinturas y enseres, y lo que es más importante, conseguir gran difusión de los ejercicios espirituales que allí se celebraban, como contaba el escritor José María Blanco White: 

Este sacerdote estaba dotado de grandes cualidades, pero su extraordinaria influencia sobre los demás se debía particularmente a un profundo conocimiento de la humanidad, una gran confianza en sí mismo y una tosca aunque apasionada elocuencia que se unía a los más vehementes sentimientos religiosos. No me cabe la menor duda de que era un hombre sincero, pero también estoy convencido de que amaba el poder y sabía conseguirlo usando la técnica más depurada y eficiente. Ningún potentado oriental podría llegar a superar sus dotes de mando, que rendían a los espíritus más resueltos en cuanto entraban bajo su influencia (...) Tenía una voz ronca y nasal, pero en la capilla privada que había preparado para los ejercitantes sabía modular el tono de su voz con sorprendente efectividad. La celebración de la misa le afectaba de tal manera que sus ojos derramaban torrentes de lágrimas especialmente en el momento de la consagración. Quizás algunos pudieran pensar que era un buen actor, pero yo, que lo conocía muy bien, después de haber meditado muchas veces sobre su persona me veo obligado a librarlo sinceramente de este cargo.

El historiador González de León que llegó a conocer el templo filipense, lo describía así: 

En esta calle estaba la casa de este instituto de San Felipe de Neri, o como generalmente es llamado, oratorio; era en estos últimos tiempos el más rico en alhajas y preciosidades de todos los de la ciudad, con riquísimos ornamentos y ropa de sacristía. El templo es una nave bastante larga, pero no muy ancha, con su capilla mayor elevada sobre cuatro grandes arcos, con su cúpula o bóveda redonda. A los pies del templo está el coro alto, fuera del área, porque, para su construcción, tomaron todo lo ancho de la calle y formaron un arco sobre el cual pisa el coro; y por los lados hay pequeñas capillas que las forman arcos sobre columnas de mármol, y encima pisan tribunas cerradas con antepechos de barandas de hierro, cubiertas con canceles laboreados, pintados y dorados.
                                San Felipe (Número 81), en el plano de Olavide de 1771.                                                                              Pueden apreciarse también los conventos de Santa Inés (91), Las Dueñas (84) y de la Paz (98).

 Además, la sede de la congregación tenía fachada a la calle Doña María Coronel, en cuyos muros, figuraba un muy buen azulejo (atribuido por José Gestoso a José de las Casas, siglo XVIII) representando a Cristo Caído acompañado del Cirineo camino del Calvario y que por fortuna se conserva en el zaguán de acceso al Museo de Bellas Artes de Sevilla, mientras que el muro meridional de la iglesia era frontero a la calle Costales, que no tardó en llamarse, lógicamente, de San Felipe. Detalle interesante, durante un tiempo el llamado Arquillo de San Felipe, o también las Cuatro Esquinas de San Felipe, encrucijada de las calles Gerona (donde aún seguía en pie el monasterio de Las Dueñas) y Doña María Coronel, fue lugar peligroso y poco recomendable por la gente de mala reputación que allí se congregaba aprovechando su escasa o nula iluminación nocturna.

Foto Reyes Escalona

En su época de mayor esplendor, el oratorio llegó a tener alojamiento para hasta noventa personas, seglares o sacerdotes, que acudían a realizar los célebres y antes aludidos Ejercicios Espirituales, sobre todo a raíz de la expulsión de los jesuitas en 1767. El Padre Díaz de la Vega, a quien tocó vivir en primera persona varios sucesos, como el ajusticiamiento de la Beata Dolores en 1788, a quien acompañó al cadalso, o predicar durante el funeral en Sevilla a Luis XV tras pasar por la guillotina durante la revolución francesa, falleció 1805 y sus honras fúnebres fueron toda una manifestación de duelo; en el más que solemne funeral, que congregó a la flor y nata de la sociedad sevillana del momento, se interpretó el Requiem de Mozart.

Ya que mencionamos la música, destacar que para los filipenses era parte más que importante para la liturgia, de modo que misas y funciones solemnes se armonizaban con la participación de orquestas de cuerda a las que se sumaban incluso instrumentistas aficionados, aunque de una curiosa manera como recordaba de nuevo con su prosa José María Blanco White:

“Por otro lado, la iglesia de San Felipe Neri tenía para mí otra gran atracción: en ella se escuchaba música con tanta frecuencia que con razón San Felipe Neri podría ser considerada como la Ópera religiosa de Sevilla. Los buenos padres del Oratorio habían ideado un ingenioso plan para que la música no les costara dinero. Para ello cultivaban la amistad de los mejores músicos profesionales de la ciudad y recompensaban sus servicios dándoles por un lado ayuda espiritual y por otro prestigio mundano. Como también había en nuestra ciudad buen número de aficionados, cuya cooperación gratuita pudiera dar más fuerza a la orquesta, los Padres habían preparado un lugar en la iglesia, oculto por una celosía, donde los caballeros aficionados podían unirse a la orquesta sin ser vistos del público. La buena sociedad sevillana, en vez de considerar degradante este servicio, los consideraba al contrario  como un excelente acto de devoción."

 

Demolición de 1868. Al fondo el convento de Santa Inés.

Aparte de los reseñados desperfectos de 1843 por Van Halen, el año 1868 será crítico para el Oratorio. Poco podría pensar el joven sacerdote y futuro cardenal Marcelo Spínola,  quien habría celebrado allí su primera misa en 1864, que al cabo de un año, en 1865, un incendio dañaría el templo filipense, y que cuatro años después, como decimos, las autoridades de la llamada "Revolución Gloriosa" iban a decretar no sólo la incautación de todos los bienes filipenses, sino incluso la demolición total del edificio e iglesia. Todo ello se realizó en cuestión de días en los meses de septiembre y octubre de aquel fatídico año de vaivenes políticos, prueba de la premura de los trabajos fue que no dio tiempo a trasladar a la cercana parroquia de San Pedro a la totalidad de difuntos sepultados en las bóvedas de San Felipe, perdiéndose al parecer los restos mortales del afamado P. Vega.

A través de sucesivos inventarios y artículos, como los de Roda Peña, Jordán Fernández o Martínez Lara, se puede comprobar la triste disgregación de parte de los bienes filipenses; algunos pudieron ser recuperados por la propia congregación tras su restablecimiento en Sevilla, en la ex iglesia carmelita de San Alberto, como la propia imagen de la Virgen de los Dolores o Santa Rosalía y Santa María Magdalena, ambas de Pedro Duque Cornejo, otros, sin embargo, se conservan en lugares a donde los llevó la fortuna, como es el caso de un San Felipe Neri del mismo autor, ahora en el convento de Santa Isabel, sendos canceles de madera recibidos por las hermandades de Montserrat o El Silencio, o del órgano, importante pieza del siglo XVIII que fue trasladada a la parroquia de la O junto con otros enseres de San Felipe. 

Foto Reyes Escalona
 

En 1878, el nuevo Prepósito filipense, P. García Tejero (cuya figura merecería un artículo aparte) redactó una petición al arzobispado con la intención de recuperar tanto el órgano como cinco lámparas, alegando el pleno derecho y propiedad de las mismas; tras un decreto arzobispal en el que se ordenaba la devolución, en la mañana del 8 de febrero de aquel año, todo estaba preparado para el desmontaje y posterior traslado del órgano, mas, con lo que no contaba nadie es con que: "habiéndose presentado muchos hermanos de Nuestra Señora de la O, han impedido su entrega, alegando que ellos son los únicos propietarios de esta iglesia y de todo lo contenido en ella. No ha habido desorden ni palabras descompuestas. Lo que me apresuro a ponerlo en conocimiento de V. S. para que me de sus órdenes superiores". Allí quedó el órgano a la postre, sobreviviendo incluso a la quema de la parroquia de julio de 1936, y pendiente de una restauración, pero esa, esa ya es otra historia...



08 agosto, 2022

Un "Plan B" para la Virgen de los Reyes.


Ahora que nos vamos adentrando en las vísperas de la celebración de la Asunción, y que en Sevilla han comenzado los solemnes cultos anuales a la Virgen de los Reyes, no estaría de más comentar algo sobre una curiosa faceta de la devoción a esta imagen: la teatral, que fue tan importante y respetada que incluso provocó hasta el rechazo de una obra escrita por uno de los mejores dramaturgos españoles de todos los tiempos; pero como siempre, vayamos por partes. 

Foto Reyes de Escalona

Sabido es que la devoción a la Virgen de los Reyes arranca tras la conquista de Sevilla en 1248 por Fernando III el Santo, y que esta devoción, ligada estrechamente a la ciudad y a sus cabildos eclesiales y seculares, tuvo siempre especial protagonismo, considerándose su salida procesional del 15 de agosto una de las fechas más importantes del calendario religioso hispalense, junto con la anual procesión del Corpus Christi.

¿Qué tendrían en común ambas festividades con respecto al teatro? Viajemos al año 1620. El consistorio sevillano ha nombrado una delegación de caballeros veinticuatro (especie de concejales, pero eso sí, aristócratas únicamente) para que se ocupe de todo lo relativo a la organización de los festejos y procesión del Corpus, y para ello, propone encargar al gran Lope de Vega Carpio, residente entonces en la Villa y Corte, no uno, sino cuatro textos para otros tantos autos sacramentales a representar en tan señalada fecha. Sin embargo, y pese a aceptar el encargo de buen grado, todo son evasivas por parte del encumbrado escritor, alegando falta de tiempo para entregar los manuscritos, sin olvidar que la compañía teatral encargada de representarlos, regida por Alonso de Olmedo, presionaba para tener los manuscritos cuantos antes, ya que en caso contrario se vería con apenas unos días para ensayar adecuadamente tan importantes obras.

El siempre concienzudo historiador Santiago Montoto, recogió el curioso testimonio de primera manodel escritor Hipólito de Vergara, poeta nacido quizá en Osuna, ensalzado por el mismo Cervantes, y que en numerosas ocasiones había demostrado una especial devoción tanto por San Fernando como por la Virgen de los Reyes, ya que, por ejemplo, cuando se recaban supuestos hechos milagrosos atribuibles al Rey Santo para su canonización, Vergara había comunicado hasta dos de estos hechos, como quedó transcrito en 1627 en un volumen denominado "Antepreguntas que se han de hazer a los testigos que declararen en las provanças del Santo Rey Don Fernando, antes que se examinen":

“Tenía una mujer estéril, y aviendo estado sin parir doce años, se encomendó al Santo Rey, a quien hizo dezir una missa y poco después su mujer se halló preñada, y en fin de nueve meses parió felicísimamente, lo qual por merced que luego al instante le fue hecha, se atribuyó por todas las personas a la intercesion del Santo Rey: lo qual fue, era, y es verdad, publico, notorio, y manifiesto, publica voz, y fama.”

Y para mayor abundamiento:

“Tenia un esclavo, a quien dio ciertas escrituras, las quales estimava en mucho, y las perdió, y encomendandose al dicho Santo Rey, con promesa de vna Misa, luego milagrosamente las halló: lo qual fue, era, y es verdad, publico, notorio, y manifiesto, pública voz y fama.”

Vergara sabía moverse en círculos mercantiles y aristocráticos; había hecho negocios monetarios con Francisco Madrid, guarda mayor de la vallisoletana Casa de la Moneda y, aquí lo importante, contaba con la amistad de Antonio Domingo de Bovadilla, caballero veinticuatro, familiar del Santo Oficio, custodio de la devoción a la Reina de Reyes, y uno de los que encarga la antedicha obra a Lope de Vega. Presintiendo que se les venía encima un más que probable incumplimiento por parte de éste, se juramentaron solemnemente para tener prevenido un “Plan B”, valga la expresión, consistente en que Vergara escribiría un auto dedicado a la Virgen de los Reyes “donde se haría notoria al mundo la tradición de su milagroso santuario, quedando así su particular devoción, y la de su ciudad más satisfecha”

Foto Reyes de Escalona

 Los veinticuatro suspiraron aliviados en principio cuando, tres días antes del Corpus, llegaron los escritos de Lope procedentes de Madrid, pero pronto sintieron que no les llegaba la camisa al cuello cuando uno de los autos, concretamente el dedicado a la patrona de Sevilla, era reprobado sin ambages por los canónigos de la Catedral, ¿la razón?, un sacerdote y su particular manera de documentar a Lope de Vega sobre la Virgen de los Reyes y el nacimiento de su devoción:

“Por haber venido y estar errado en la parte principal, que es la verdad de la tradición; y la culpa de este error tuvo un capellán de la Real Capilla, que siendo nuevo en ella, sin más fundamento que haber visto dos flores de lis en los zapatos de la Virgen, pareciéndole que eran insignias de Francia, y que San Luis pudo enviar al Santo Rey aquella Imagen, lo certificó por una memoria que envió a Lope de Vega.”

Desafortunadamente, no se conserva el texto de Lope, pero todo parece indicar que en él no aparecía la milagrosa leyenda de los dos misteriosos jóvenes peregrinos y escultores, (¿Ángeles?) que en tiempo récord realizan una imagen solicitada por San Fernando durante el sitio de Sevilla, idéntica a la soñada por él, desapareciendo como por ensalmo, sino una versión diferente que también ha sido difundida a lo largo de los años: que el monarca francés Luis IX, futuro San Luis de los Franceses, habría obsequiado gentilmente la imagen de la Virgen con el Niño en su regazo a Fernando, su primo castellano a fin de cuentas.

¿Qué sucedió al final? ¿Llegó a representarse el auto de Lope de Vega? ¿Se estrenó la farsa de Hipólito de Vergara con el apoyo de Bovadilla?

 


Acudimos de nuevo a Montoto. Don Santiago comprobó los pagos realizados en aquellos años dentro de los gastos del Corpus, existiendo una partida de 1.200 reales abonados a Lope de Vega por la escritura de cuatro autos sacramentales (cuyos títulos no han llegado hasta nosotros) aunque esto no significa que se representasen finalmente como atestiguó Hipólito de Vergara, quien a la postre no cumplió el juramento de tener pergeñado el “Plan B” y a quien la vida, como castigo según él mismo por su negligencia o pereza, se le complicó allá por diciembre de 1622: un tribunal madrileño había dictado orden de captura contra su persona.

Como descubrió el profesor navarro Miguel Zugasti, ni que decir tiene que el poeta hizo lo habitual en casos así, acogerse "a sagrado", en esta ocasión en el desaparecido monasterio de San Jerónimo, donde, en aquel monacal cautiverio voluntario tuvo tiempo para hacer examen de conciencia sobre el incumplimiento de su promesa con Bovadilla y componer finalmente el texto a la Virgen de los Reyes, afirmando incluso que “el mismo día y a la misma hora que yo comencé a escribir la comedia de la Virgen, se mandó en la corte que no se usase de la provisión contra mí que se había despachado”

 

File:Fernando III el Santo, rey de Castilla y León.jpg

La trama de la pieza teatral en sí viene a dramatizar la tradicional leyenda popular sobre la aparición de la Virgen María a Fernando III y el deseo por parte del monarca de lograr una escultura idéntica a su visión; en tal búsqueda el autor se tomará algunas licencias, desde anacronismos de libro, como que el escultor Juan Martínez Montañés (estamos, se supone, en el siglo XIII) es uno de los “candidatos fallidos”, a imágenes semejantes, como la Virgen de la Aguas del Salvador, una devoción también de origen fernandino, pasando por todo un repertorio de loas y alabanzas marianas. Como podemos imaginar, todo concluye con final feliz, con San Fernando literalmente "alucinado" por la prestancia de la devota imagen de la Virgen realizada por los dos peregrinos, proclamando ser idéntica a la de su milagrosa aparición y otorgándole la advocación de Virgen de los Reyes: 

"Retrato deseado y milagroso: 

¿Quién, sino quien os hizo, hacer pudiera

imagen tan perfecta y verdadera

de aquel original que vi glorioso?"

Casi lo dejamos en el tintero, la obra, finalmente, se estrenó en Sevilla por la compañía teatral de Hipólito Avendaño en 1624, coincidiendo casualmente, o no, con la estancia en la ciudad del rey Felipe IV.  Fernando III sería canonizado en 1671.

En definitiva, y prestos ya a echar el telón a este episodio, aquel “Plan B” por si Lope de Vega no llagaba a tiempo, se convirtió, en una época en la que las redes sociales ni se soñaban, en una de las más eficaces formas de propagar, desde los escenarios, el origen prodigioso de la patrona de Sevilla, constituyendo, al decir de los investigadores del tema, la primera ocasión en la que un texto dramático se ocupa de la milagrosa intervención angelical en la talla de una imagen mariana, pero esa, esa ya es otra historia...

Foto Reyes de Escalona


01 agosto, 2022

Control de Aduanas.

La llegada de Colón a América en 1492 supuso no sólo el descubrimiento de todo un continente, sino la posibilidad por parte de la corona castellana, de explotar una incalculable cantidad de recursos que poco a poco fueron llegando a Sevilla: especias, metales preciosos, maderas, etc. Este flujo de riqueza se compensaba con el envío a través del Atlántico de materias primas y objetos de lujo y para controlar y fiscalizar el beneficio de este comercio, las autoridades establecieron la Aduana. Pero como siempre, vayamos por partes. 

Desde tiempos del rey Alfonso X el Sabio, allá por el siglo XIII, se decidió establecer un impuesto real que gravase el tránsito de todas las mercancías que entrasen o saliesen del territorio castellano, bien por vía terrestre, bien por vía marítima. Para controlar el cobro de esta tasa se nombró a un grupo de "almojarifes" (término árabe que significa "inspectores") de ahí que tomase el nombre de Almojarifazgo y que se creasen diversas aduanas en las fronteras castellanas.  

En el caso de Sevilla, ésta estuvo situada en diversos lugares a lo largo del siglo XVI, incluyendo unas casas más arriba del Puente de Barcas, cerca del entonces Convento de Santiago de la Espada, ahora sede del colegio de las hermanas mercedarias de la calle San Vicente, hasta que finalmente queda asentada en una de las naves de las Atarazanas, en concreto, en la más próxima al Postigo del Carbón, frontera a la actual calle Santander, durando sus obras diez años y finalizándose en 1587. En la actual Delegación de Hacienda se conserva aún una placa de mármol que recuerda tal efemérides: 



"Año 1587.Reynando Felipe II y siendo Asistente de esta ciudad el Conde de Orgaz, mandó Sevilla a construir esta Aduana, teniendo a su cargo los Almoxarifazfgos de ella. Destruida casi generalmente por un incendio el día 7 de mayo de 1792, se reedificó de cuenta de la Real Hacienda reynando Carlos IV y siendo sucesivamente asistentes de la misma e intendentes de su ejército Don José de Ábalos y el Marqués de Ustáriz." 

El profesor Morales Padrón afirmaba que el distrito aduanero comprendía a la ciudad y su territorio en cinco leguas a la redonda, lo que vendrían a ser unos veinticinco kilómetros, además de otras aduanas menores desde Lorca hasta Cádiz, teniendo jurisdicción sobre otras del Reino de Castilla. Este control fiscal no era completo, pues era frecuente que muchas mercancías no pasasen por la Real Aduana, de modo que la lucha contra el fraude fue siempre uno de los objetivos por parte de la Corona. Como curiosidad, la Aduana era tenida como uno de los mejores lugares para la picaresca sevillana, tal como recuerda un azulejo cervantino situado en la calle Núñez de Balboa, que indica que Rinconete y Cortadillo habrían entrado en la ciudad por la llamada Puerta de los Azacanes o de la Aduana. No es de extrañar, pues,  que Luis Vélez de Guevara en su Diablo Cojuelo tuviese palabras para la Aduana sevillana: 

«La Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el muelle, chupadera de cuanto traen amontonados los galeones en los tuétanos de sus camarotes».

Así describía el edificio aduanero el cronista Rodrigo Caro allá por 1634:

 «Una de las cosas más célebres que tiene Sevilla (y se dijera toda España no me engañaré), es el Aduana, edificada en el sitio de las  Atarazanas, que ocupa buena parte de ellas. Su fábrica es muy ancha y alta; la mayor parte de cantería y ladrillo, edificada a modo de un templo con su crucero, toda la bóveda. Aquí vienen a parar todas cuantas mercaderías cosas que vienen a vender a Sevilla, y así está siempre llena de fardos, cajones, tercios y otros géneros de carga, que apenas puede andar por ella, estando las mercaderías unos sobre otras, haciendo grandes y altos cúmulos de ellas»

Por el mismo cronista sabemos que la plantilla de trabajadores habría rondado las 250 personas, formada por cargos de todo tipo, desde el Administrador y los dos Almojarifes, hasta Secretarios, oficiales, escribanos, contadores y selladores, pasando por todo un grupo conformado por subalternos como guardas, marineros, agentes o guardarropas, con un coste salarial anual de más de 50.000 ducados, coste que era asumido por la corona, quien no obstante rentabilizaba este gasto gracias al monopolio sevillano sobre las Indias, que perduró hasta el siglo XVIII. Hay que pensar cómo la llegada de la flota procedente de América suponía todo un acontecimiento para Sevilla, prueba de ello es que repicaban las campanas de la Giralda y Santa Ana en Triana y hasta se disparaban salvas de cañonería desde el montículo del Baratillo anunciando a la ciudad la buena noticia. 


Como edificio, constaba de una larga nave realizada en ladrillo, de gran anchura y altura, con bóveda sostenida por grande pilares, entre los cuales se situaban, como si fuesen capillas, almacenes provistos de rejas y cancelas para servir como almacén de los innumerables artículos y mercancías que allí se atesoraban a la espera de partir a Indias o de abandonar Sevilla. Dato curioso, el edificio contaba con sendas puertas situadas a ambos extremos de la gran nave, una cara al río y otra a la calle Tomás de Ibarra, entonces Plaza de la Aduana y ahora de Indalecio Prieto. 

Músicos militares en la calle Temprado, ante la portada de Poniente de la antigua Aduana.

Como todo lo que rodea a esos siglos de opulencia en la Sevilla Puerta de América, y dada la cercanía del Arenal, la Aduana fue escenario de pleitos, litigios, duelos y hasta lugar de predicación de un viejo conocido de este blog, El Loco Amaro, quien en uno de sus sermones, enfadado porque nadie allí le había dado limosna para el Hospital de los Inocentes, llamó a su personal "mercaderes del templo" y "cornudos judíos", rogando "un avemaría porque se quemen los libros de la Aduana con toda la generación de Eminentes". Hay que añadir que Eminentes era el apellido del entonces Administrador de la Aduana y que éste no tardó en quejarse al superior de Amaro, quedando aquel en reprenderlo. Aceptó la riña de buen grado nuestro personaje, y al día siguiente improvisó un púlpito sobre unos fardos dentro de la misma Aduana, disculpándose por haber llamado judío al señor Eminente aunque, eso sí, diciendo para concluir: "Sé que quien se pica, ajos come", y dicho esto abandonar el edificio con gran dignidad. 

El traslado de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 supuso un cambio fundamental para Sevilla, no sólo en lo económico, por la pérdida de gran cantidad de transacciones mercantiles que generaban los inevitables beneficios para el fisco, sino en lo poblacional, ya que varios miles de personas, vinculadas a la gestión del comercio con América, cambiaron de residencia aparte de la inevitable pérdida de protagonismo hispalense. 


Durante el siglo XVIII, el edificio de la Real Aduana sufrirá inundaciones que dañarán (algo habitual) mercancías y fardos almacenados allí y hasta los efectos de un tremendo vendaval en 1750 con relámpagos, truenos y lluvia que según Joaquín Guichot "dobló o quebró los cerrojos de la Aduana"; para colmo de males, el 7 de mayo de 1792 se declaró en ella un espantoso incendio que se prolongó durante cinco días, alcanzando las llamas al Hospital de la Caridad que hubo de ser evacuado y sus enfermos y asilados dormir en el cercano parque de artillería; las pérdidas materiales y económicas fueron cuantiosas y el edificio quedó maltrecho.

Trabajos de construcción en la antigua Aduana

Tras algunas reformas y mejoras durante el siglo XIX, la Aduana prosiguió con sus funciones, esta vez enfocadas a productos agrarios, destacando en la prensa local de aquel entonces las frecuentes subastas públicas de bienes decomisados (telas, sedas, algodón, pañuelos y hasta estampas litografiadas), hasta que finalmente se trasladaron las dependencias aduaneras a otro lugar y el vetusto conjunto fue derribado y, según Morales Padrón, parte de sus sillares trasladados al colegio mayor Hernando Colón. Desde los años cuarenta del siglo XX se comenzó el proyecto de ejecución de nuevo edificio, atrasado por la aparición de restos arqueológicos, hasta que en 1953 fue inaugurado el actual, sede de la Delegación de Hacienda bajo planos del arquitecto José Galnares Sagastizábal, de modo que, a la postre, aquella zona de la ciudad ha seguido siendo sede de asuntos fiscales y tributarios a la que acudir, pero esa, esa ya es otra historia...  


24 julio, 2022

Sota, Caballo y Rey.


Que el juego como actividad ha acompañado al hombre desde sus primeros tiempos es un hecho más que comprobado, que jugar a las cartas fue pasatiempo de monarcas y rufianes, de burgueses y monjes, también, y que en en la Sevilla de comienzos del XVI pudo haberse creado la actual baraja española es más que una posibilidad; pero como siempre, vayamos por partes.

Del juego de azar, entendido como aquel en el que no basta con la habilidad del jugador sino también la intervención de la fortuna o la suerte, se tiene constancia ya en los tiempos más antiguos, como en la civilización sumeria en oriente, donde se jugaba con huesecillos animales a manera de dados, elemento éste que cobrará gran importancia en tiempos del imperio romano, baste decir que cuando Julio César cruza el Rubicón pronuncia la famosa frase "Alea iacta est" que significa "la suerte está echada" o mejor "que vuelen altos los dados" en recuerdo a una célebre comedia griega o que en los evangelios se indica que la túnica de Jesús se la jugaron a suertes los soldados romanos que lo custodiaban en el Monte Calvario, quizá usando los dados, muy populares en aquella época.

La aparición de los naipes no está del todo clara, algunos autores sostienen que las cartas habrían surgido en Egipto, otros que en la India y otros, los más, que en la China imperial, y que habría sido Marco Polo tras sus viajes, los musulmanes a través de la península ibérica o los caballeros participantes en la III Cruzada quienes los habrían traído a occidente, sin olvidar que ya entonces los cuatro palos de la baraja eran una cimitarra, una copa, una moneda y un bastón, o sea, espadas, copas, oros y bastos. Por otra parte, la baraja española poseyó tres figuras: el rey, el caballo y la sota, quizá en alusión a tres categorías estamentales. La baraja más antigua que se conserva en España fue datada en Sevilla en torno a 1390.

Caravaggio: Los jugadores de cartas. 1595.

Extendida la afición a los naipes, pronto las autoridades se dieron cuenta del problema de orden público que suponía, sobre todo por la aparición de casas en la que se establecían "tablas" de juego (como casinos, pero en medieval) donde desaprensivos "desplumaban" a no pocos inocentes que terminaban incluso endeudados hasta las cejas. Como ejemplo, en 1480 los Reyes Católicos prohibieron "tableros públicos", algo que volvieron a desautorizar en Granada en 1494. Las diferentes órdenes religiosas fueron muy estrictas en este tema, al considerarlo vicio peligroso, al igual que las órdenes militares y Felipe II, años después, que fijó en treinta ducados la máxima cantidad apostable en dineros, prohibió que se jugase a prendas o a fiado y decretó: 

Mandamos, que todo lo dispuesto por las leyes de estos reinos cerca del juego de los dados, ansí quanto á las penas y aplicación de ellas, como al modo de proceder en ellas ordenado, haya lugar, y se practique y execute en el juego de los naypes que llaman los bueltos, bien así y de la misma forma y manera que si real y verdaderamente el juego de los bueltos fuera juego de dados; y se entienda, y extienda y execute en los juegos que dicen del bolillo y trompico, palo o instrumentos, así de hueso como de madera o cualquier metal.

Se jugaba en muchos sitios y muchos eran los que lo hacían como pasatiempo o como forma de ganar buenos caudales: en las cubiertas de los navíos del rey, en las embarradas trincheras de Flandes, en los lujosos salones cortesanos, en las ventas enmedio de polvorientas veredas, en las almadrabas costeras, en las lejanas Indias, donde se dice que, nada más desembarcar, los marineros que acompañaban a Colón en su primer viaje fabricaron sus propias barajas con hojas de los árboles; a comienzos del XVI un viajero alemán escribía que donde más dinero se disipaba en la España de entonces, excluyendo el que se derrochaba en vestidos, mujeres y caballos, era en los juegos de azar, de hecho cartas, dados, danza y guitarra no podían faltar en cualquier burdel que se preciase de serlo... 

Naipe sevillano de 1647 en el que puede leerse: "con licencia del rey". Museo Fournier.

Sin embargo, de poco sirvieron edictos o pragmáticas de los diferentes monarcas españoles. La irrupción de la imprenta multiplicó la difusión de cartas y naipes e incluso Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) indicaba que la palabra "Naipe" procedía del taller de impresión de un tal Nicolao Papin, quien "firmaba" sus cartas colocando sus iniciales, que una vez leídas daban como resultado "Na y Pe". No deja de ser curioso que en la calle Sierpes, según Cervantes, estuviera la tienda de naipes de Pierre Papin, por lo que algunos hasta se han atrevido a deducir la paternidad sevillana de la baraja española. Es más, el investigador Rodríguez Marín, llegó a establecer que en 1572, a la luz de un padrón real, un tal Pierre habría vivido entre la Campana y la calle Azofaifo, casi en la misma zona donde ahora está la muy tradicional Papelería Ferrer (no es hacer publicidad, fundada en 1856) que a su vez sigue vendiendo naipes y barajas de todo tipo. 

De cualquier modo, se tiene constancia documental de impresores de naipes en Sevilla, como Andrés de Burgos, naipero vecino de la collación del Salvador que en 1540 se comprometió con el mercader Juan de Castros a suministrarle "56 docenas y media de naipes de torres buenos e de buen papel e de finas colores a vista de oficiales los quales son por razón de 10.576 maravedíes que el Castro había de pagar en su nombre a Juan de Ribesol, mercader genovés" o como Alonso Escribao, que fue muy conocido en su época y que, casado con Catalina Álvarez, tuvo vivienda en la calle de la Sierpe allá por 1556.



Ya que hemos mencionado a Don Miguel de Cervantes, ilustre huésped de la famosa Cárcel Real hispalense, y uno de los mejores conocedores de la realidad de su época, merece la pena reseñar cómo en sus Novelas Ejemplares o sus Entremeses los naipes aparecen como algo cotidiano, en manos de gente de "baja estofa" o pícaros como Rinconete y Cortadillo, habituales merodeadores de casas de juego y gula, y que cuando cruzan a Triana a presentar sus respetos a Monipodio le indican:

Yo -respondió Rinconete- sé un poquito de floreo de Vilhán; entiéndeseme el retén; tengo una buena vista para el humillo; juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va por pies el raspadillo, verrugueta y el colmillo; éntrome por la boca de lobo como por mi casa, y atreveríame a hacer un tercio de chanza mejor que un tercio de Nápoles, y a dar un astillazo al más pintado mejor que dos reales prestados.

Las "flores" o "floreo" aludirían a las trampas o fullerías con las obtener una buena mano sin que se notase al barajar, con cartas marcadas o con algo muy parecido al famoso "as en la manga"; Vilhán alude al apellido de un legendario creador de los naipes, oriundo de Barcelona; como se ve, Cervantes dominaba toda la jerga de los fulleros y tahures del Arenal o la Feria, donde junto con los burdeles, en en ellos precisamente, abundaban coimas, mandrachos, palomares o leoneras, aquellos peligrosos garitos, abiertos día y noche, donde en un santiamén era fácil salir sin dinero, sin propiedades y hasta sin vida. Aquellas casas de juego eran, en muchos casos, propiedad de aristócratas quienes delegaban en el garitero la gestión del rentable negocio, concentrado en el juego de tal modo que se tenía todo dispuesto para que los jugadores pudieran hacer sus necesidades en el mismo cuarto de juego. 

En ellos antros proliferaba toda una fauna que resumiremos según su "pelaje":

- "Enganchadores", los que se ocupaban de atraer a los incautos a las mesas de juego.

- "Pedagogos", que ofrecían su consejo y sus malas artes a jugadores tan ricos como ingenuos, al decir de Néstor Luján.

- "Apuntadores", "mirones" o "guiñones", especie de cómplices ayudantes de los tahúres a la hora de saber las cartas que llevaban los rivales.

- Como no, los "prestadores" y "barateros", usureros que daban crédito a quienes veían perder su dinero y deseaban recuperarlo siguiendo en la partida. 

- Por último, y no menos importantes, los "maulladores", los últimos del escalafón garitero, aquellos que se encargaban de los más bajos menesteres, como por ejemplo hasta retirar los cadáveres de manera discreta tras algún altercado.

Se jugaba al rentoy, al faraón, al repáralo, al "hombre" (juego que triunfó en las principales cortes europeas), a las pintas, al andabobos, a la carteta e incluso a una modalidad consistente en no rebasar nunca la cantidad de 21, y que luego pasó a toda Europa (y a Las Vegas) con el nombre de "Black Jack", aunque en general a todos los juegos a carta cubierta se les denominaban "de estocada", sobra decir por qué. Este submundo quedó, como hemos visto, más que plasmado en la literatura picaresca de la época, pero tampoco faltaron libros y escritos censurando moralmente los juegos de azar en general y los naipes en particular por su inmoralidad.

Francisco de Goya: Jugadores de naipes. 1778.

Caso curioso, sobre el solar del antiguo corral de comedias de Doña Elvira se ubicó célebre taberna en el siglo XVII calificada por los cronistas como "oficina de malos resabios", pues a ella "acudían muchos hombres mal entretenidos y ociosos a jugar, y se perdía mucho dinero en él y casi siempre con malos medios y fullerías, siendo este sitio refugio de algunos ladroncillos, que para jugar buscaban dinero por este camino, ocasionándose estos tratos pendencias y disgustos que había cada día, hiriéndose unos a otros, y algunas muertes; teniendo la Justicia bien en que emplear sus diligencias y sacar dineros sin remediar nada." Con el tiempo, ironías del destino, sobre aquel solar se levantó el actual Hospital de Venerables Sacerdotes.

A lo largo de los siglos, los naipes sobrevivieron a prohibiciones y anatemas, y hasta su fabricación fue sujeta a tasa o arbitrio por la corona española entre el XVIII y el XIX, compartiendo predilección por parte de los españoles junto con las nacientes loterías nacionales, y eso que Carlos III reguló en 1771 los juegos de cartas, estableciendo en un real de vellón el importe máximo a jugar y penas de prisión y multas para los garitos clandestinos; en Sevilla se mantuvieron varios talleres o fábricas, con permiso de Don Heraclio Fournier, como la denominada El Carmen, que en 1879 radicaba en la calle Aire número 4, propiedad de Telesforo Antón, u otra situada en la céntrica calle Gallegos (actual Sagasta) que despachaba naipes de todas las fábricas de España, establecimiento propiedad entonces de Don Rafael Baldaraque. 

A comienzos del siglo XX la aparición de los "casinos" como lugar de esparcimiento para las clases altas marcó un antes y un después, las prohibiciones cayeron como un castillo de naipes, pero esa, esa ya es otra historia...


18 julio, 2022

Salinas.

 



Aunque el título de este post, Salinas, quizá nos recuerde a aquellos lugares costeros donde se trabaja para la extracción de la valiosa sal de las aguas marinas, en esta ocasión daremos pormenores sobre alguien que fue sepultado en un convento cercano a la calle de este nombre, ubicada entre Azafrán y Muro de los Navarros, justo detrás de cierta imprenta regentada por buenos amigos de esta página; pero como siempre, vayamos por partes. 

En diciembre de 1559 nacía en Sevilla, el hijo del Señor de Bobadilla y de su esposa Mariana de Castro, burgalesa de nacimiento, ambos pertenecientes a antiguos linajes nobiliarios. Juan, que con ese nombre recibirá las aguas bautismales, apenas conocerá a su madre, fallecida prematuramente, tras lo cual su padre decidirá trasladar a toda la familia a la riojana ciudad de Logroño, donde estudiará humanidades para pasar en 1576 a Salamanca (cánones y leyes, aunque la poesía ocupó sus días) y a su universidad, donde bien podría haber coincidido con el poeta Luis de Góngora; un viaje a Italia, con estancias en Roma y Florencia le permitió visitar allí a su hermano Alonso, que gestionaba negocios familiares. Por cierto que de Roma se llevó una fuerte impresión mientras aguardaba una posible prebenda eclesiástica, sobre todo por el tren de vida de la curia romana, del que posiblemente participó al quedar plasmado en sus poemas, y que le valió para entrenar su ingenio con composiciones satíricas que serán santo y seña a lo largo de su vida. 

Sor Francisca Dorotea y Juan de Salinas. S. XVII.

Conseguido un puesto de canónigo al fin para la catedral de Segovia, poco hubo de ejercer tal cargo eclesiástico, ya que un año después, en 1588, fallecía su padre y fue designado responsable de administrar su rico patrimonio, por lo que fijó definitivamente su residencia en su ciudad natal de Sevilla. Además, en 1601 recibió el nombramiento de administrador del Hospital de las Bubas, o de San Cosme y San Damián, situado entonces en la collación de Santiago, al que se entregó en cuerpo y alma. Por añadidura, ostentó el de capellán del ahora desaparecido convento de Nuestra Señora de los Reyes, siendo confesor y director espiritual de la Madre Sor Francisca Dorotea, su superiora, quien murió en olor de santidad y cuya biografía redactó en busca de una beatificación que no llegó a producirse.

Portada del exconvento de Ntra. Sra. de los Reyes. Calle Santiago. 

Su faceta como poeta le acompañará durante toda su vida, convirtiéndose en una especie de cronista local satírico, pues sus letrillas y epigramas tratarán sobre lo divino y lo humano, lo anecdótico y lo cómico, siempre  utilizando el doble sentido, el juego de palabras tan característico de nuestra forma de hablar y relacionarnos, incluso llegó a publicar unos irónicos "Ejercicios de San Ignacio" que poco tenían que ver con los ejercicios propuestos por el fundador de la Compañía de Jesús.

Tampoco puede quedar en el tintero que Salinas fue asiduo asistente de tertulias o "academias" literarias donde se rivalizó en cuestiones de lírica humorística; Junto a otros "tocayos" suyos, formó un interesante círculo de ingeniosos literatos de gran calidad, entre los que destacan su propio sobrino, Juan de Jáuregui, Juan de Robles, Juan de Arguijo o Juan de la Sal, dedicados a glosar las excelencias de la Sevilla del Imperio, alabar a María como Concebida Sin Pecado Original o, por ende, lanzar originales dardos en forma de poemas o cartas contra la secta de los Alumbrados, que tuvo en jaque a la Inquisición Hispalense durante algunos años, sin contar con que Salinas se movía como pez en el agua en los cenáculos aristocráticos y mercantiles de su época dada su condición y su red de contactos. Baste como ejemplo que fue padrino de bautismo del que luego sería historiador Diego Ortiz de Zúñiga. 

Sin menoscabo de sus poemas de tinte religioso, fue sobre todo Poeta de lo anecdótico, al decir de otro poeta, Rafal Laffón, ya que dejó ágiles versos dedicados a todo tipo de circunstancias cotidianas, como cuando al convento antes aludido le fueron incautados unos lenguados que fueron a parar a las cocinas de algún alto cargo del Santo Oficio: 

Unos pocos de lenguados
Que traía a mi convento.
Cual reos vi en un jumento
Llevaban aprisionados;
Yo, por excusar enfados,
al que la prisión obró
Dije: ¿cómo se atrevió.
Que nunca tal prisión vi?
Contra deslenguados, sí,
Mas contra lenguados. no.

También tuvo palabras para compañeros presbíteros poco aseados y egoístas, como la compuesta hacia (o mejor, contra) un "clérigo viejo y puerco que tenía una mula y no la prestaba a nadie": 

Cierto abad de Cantillana
tan viejo como guardoso
(dejo aparte lo asqueroso
que eso lo dirá la sotana)
su mulilla rabicana
jamás la quiso prestar
certificando a la par
con evidencias notorias
en sí dos contradictorias
no dar mula y muladar.
Indicar que "guardoso" es sinónimo de tacaño, que "rabicana" significaba que la mula tenía pelos blancos en su cola, y que "muladar" aludía a vertedero. 

Tampoco faltaron los "piropos" hacia miembros de órdenes monásticas, como en una cuarteta dedicada "A un fraile mentiroso y falto de dientes":

Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad
y es la primera verdad
que se ha visto en vuestra boca. 

Sería más que prolijo comentar y destacar su prolífica (y divertida, por qué no decirlo) obra, a la que invitamos a leer a quienes siguen estas páginas, sin perder de vista que su vida fue calificada por sus biógrafos como "arreglada y ejemplar, con gran fama de virtuoso". Como colofón, indicar que Juan de Salinas falleció  a los 83 años de edad el 5 de enero de 1643, siendo sepultado en el convento de Nuestra Señora de los Reyes con el acompañamiento de un nutrido cortejo de nobles y clérigos de la feligresía de Santa Catalina . Dejemos, a modo de epitafio, que sean los versos del propio Salinas los que despidan estas líneas:

No te amargues en lo fuerte
de tan duras exhortaciones;
que en su rigor te dispones
para más dichosa muerte,
pues llegando a empobrecerte,
no habrá en las horas postreras
ricas prendas lisonjeras
de que con dolor te acuerdes,
turbando con lo que pierdes
el gozo de lo que esperas.