21 septiembre, 2026

Barriendo para casa.

En esta ocasión, como si hiciéramos limpieza, nos vamos a centrar en un objeto cotidiano, con miles de años de antigüedad, relacionado con vuelos hechiceriles y que da nombre a centenaria taberna y a devota representación pictórica de Jesucristo, sin olvidar que se le asocia a un santo muy querido por la piedad popular, a una castiza calle por San Gil o a una secular taberna; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Allá por el año 4.000 a. C., en la antigua Mesopotamia, alguien debió darse cuenta de que, abandonado al fin el ir de aquí para allá que suponía el primitivo nomadismo, uno de los problemas que brotaba en el suelo de sus viviendas era el de la suciedad acumulada, así que, dada la necesidad, surgió la ingeniosa idea de atar ramas secas de arbustos y con ellas hacer algo tan simple y prosaico como barrer el pavimiento; con el tiempo, el invento quedó rematado, nunca mejor dicho, con el añadido de una vara o palo para facilitar su manejo: había nacido la escoba. 


Definida por la Real Academia de la Lengua como «utensilio compuesto por un haz de ramas flexibles o filamentos de otro material sujetos normalmente al extremo de un palo o de un mango largo, que sirve para limpiar el suelo», en 1797 un granjero norteamericano, llamado Levi Dickenson ideó una escoba que empleaba el tallo y hojas del sorgo (un tipo de planta cereal) y pronto su uso se extendió por muchos lugares y concebida en principio como elemento redondo, ya que las ramas se ataban en círculo en torno al remate del palo, hasta que, a principios del siglo XIX, se dice que fueron los Shakers (rama escindida de los cuáqueros protestantes) quienes acertaron a crear la conocida escoba plana, que al ser más ancha resultaba más efectiva a la hora de empujar la suciedad. 

 

Cervantes, en su novela "Rinconete y Cortadillo" relatará una fiesta improvisada en el patio trianero del famoso Monipodio, rey de los ladrones, donde cada cuál bailará o tocará a su leal saber y entender, sobresaliendo cómo el propio Monipodio crea unas castañuelas con unos platos rotos o como "La Gananciosa", una de sus compinches, en presencia de Rinconete y Cortadillo, hace lo propio acompañando la melodía rasgueando una escoba como si fuera un laúd. 

Rinconete y Cortadillo. Detalle. 1858. Manuel Rodríguez de Guzmán.
 

Por cierto, y como barruntará ya algún lector, no podemos "barrer bajo la alfombra" (con permiso de Harry Potter) e ignorar que será un elemento tradicionalmente asociado a las brujas desde el siglo XV, aunque no será más adelante cuando se las represente volando sobre ellas, algo que algunos han asociado al consumo de determinadas sustancias alucinógenas y al hecho de “volar” cuando entraban en trance. El pintor Francisco de Goya, en sus Caprichos, publicado en 1799, reflejó en uno de sus grabados, titulado “Linda Maestra” el vuelo de dos brujas desnudas, una de mayor edad y otra más joven y, como afirma la explicación que se conserva en el Museo del Prado: «la escoba es uno de los utensilios más necesarios a las brujas, porque además de ser ellas grandes barrenderas, como consta por las historias, tal vez convierten la escoba en mula de paso y van con ella que el diablo las alcanzará.»

 

Más detalles en torno a las escobas. En la conocida como Nave del Lagarto de la Catedral, en uno de sus muros, puede encontrarse una antigua pintura al fresco que representa un Calvario con Jesús Crucificado (curiosamente sin la lanzada en el pecho) en compañía de la Virgen María y San Juan Evangelista, datable como de la primera mitad del siglo XVI y que ha sido restaurada en 2024 por el Cabildo Catedralicio. Nuestro habitual en estas páginas, el historiador José Gestoso, allá por 1885, denominó a esta imagen con el inusual nombre de el Cristo de los Escobones, porque, según él, la lampara de aceite que iluminaba esta imagen se mantenía encendida con el importe de las escobas viejas que se gastaban en la limpieza del templo y eran revendidas, de modo y manera que gracias al “reciclaje” dicho Calvario nunca estaba a oscuras.


Además, a escasos metros de esta pintura, en el arranque de la popularmente conocida Cuesta del Bacalao, se encuentra la conocida Taberna de las Escobas, de la que al parecer se tiene noticia desde 1386 y por la que, a lo largo de su dilatada historia, pasaron personajes de la talla de Lope de Rueda, el antes mencionado Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Alejandro Dumas, Lord Byron o, más recientemente, los hermanos Álvarez Quintero; al parecer, el origen de este establecimiento radica en un artesano que, a la vez que fabricaba escobas, aprovechaba para vender vino, ganando poco a poco terreno la función hostelera frente a la "escobera" y perdurando hasta nuestros días.

 

Que el uso de las escobas era harto frecuente en Sevilla lo demuestra que hasta tengamos en nuestro callejero una calle denominada Escoberos desde 1665 nada menos y que abarca desde la calle Peral, atravesando Feria, hasta la Plaza de San Gil. Aunque algunos de sus tramos recibieron los nombres de Huerto de los Linos, San Salvador o Santa Isabel, a la postre, en 1845, todos quedaron unificados en el nombre que ha llegado hasta nosotros y que tiene que ver quizá con la presencia de artesanos que fabricaban escobas en este sector de la feligresía. Paralela a las calles Bécquer, Antonio Susillo o Relator, experimentó numerosos cambios en su trazado y fue siempre calle de las más habitadas del barrio de San Gil. 
 
La calle del Huerto (ahora Escoberos) en el Plano de Olavide (1771).
 
Como era habitual en esa época, la calle se hallaba apenas empedrada y, como veremos, sufría las consecuencias de los temporales, tal como se recoge en un escrito vecinal publicado en el diario El Liberal de febrero de 1932:
 
«Los vecinos de las calles Faustino Álvarez y Escoberos protestamos del abandono en que tiene el Ayuntamiento el trozo que existe desde la calle Escoberos a Bécquer, pues se da el caso de cuando caen tres gotas se hace un lodazal estilo porqueriza, con notorio perjuicio para la salud pública por el insoportable hedor que despide, infestando los domicilios de este humilde y pacífico vecindario, digno de mejores atenciones. Al mismo tiempo es atentario al decoro de Sevilla. Seguramente el señor teniente de alcalde y concejales por el distrito no pasan nunca por este trozo y si pasan, cerrarán los ojos para no ver el citado lugar. No dudamos de que al hacer pública la queja la deficiencia denunciada no continuará mucho tiempo subsistiendo, por lo que tiene de justa y en bien del vecindario de esta parte de la ciudad. Gracias, señor director, por la publicación de esta queja.»


Desde el punto de vista de la azulejería devocional destaca el azulejo de la Virgen de la Esperanza que preside la fachada del número 17, realizado por Enrique Mármol en 1930 a instancias del promotor del edificio, Ramón Labanda Oviedo, que, curiosamente, llegó a ser Hermano Mayor de la Hermandad de Todos los Santos y también otro azulejo, datable como de 1917 en el número 24, que representa al Cristo del Amor, pintado por André Lapouzade e idéntico a otro que se encuentra en el sevillano barrio del Porvenir. 
 
 
Terminamos, no sea que nos alcance el "coche-escoba" o que nos sacudan desde "el tren de la escoba". Dejamos para el final cómo en 1962 el limeño Fray Martín de Porres (1597-1639) fue elevado a los altares por el Papa Juan XXIII, reconociendo en este dominico, primer santo mulato de la historia, las virtudes de la fe, la caridad y la humildad, materializada ésta en que siempre se le representa portando una escoba, lo que le ha hecho poseer el cariñoso apelativo de Fray Escoba y ser nombrado patrón de barberos y empleados de limpieza. Recibe culto en algunas iglesias sevillanas, como la Capilla de los Ángeles de la Hermandad de los Negritos o el Convento de Madre de Dios de la calle San José. Coincidiendo con su canonización el Ayuntamiento de Sevilla nombró de San Martín de Porres a la Plaza situada en la encrucijada de San Jacinto, López de Gómara y Ronda de Triana, pero esa, esa ya es harina de otro costal.
 

07 septiembre, 2026

Se busca pintor.

En esta ocasión, arrancando casi como el nuevo curso escolar en este verano que se resiste a marchar, nos vamos a ocupar del destino final de un conocido pintor paisano nuestro, universalmente famoso por sus magistrales obras pero cuya tumba no podemos visitar; pero, para variar, vamos a lo que vamos, aunque en esta ocasión, como veremos, nos tengamos que desplazar a la capital del Reino. 

Casa natal, pila bautismal y placa dedicada a Velázquez. Foto Reyes de Escalona.

Bautizado en la sevillana parroquia de San Pedro, donde se conserva el documento de su partida bautismal junto con una placa de mármol que recuerda la efemérides, vecino de dicha feligresía al vivir en la muy cercana calle Padre Luis María Llop, en el antiguo barrio de la Morería, de la que ya hablamos en otro momento, Diego Velázquez habría nacido en junio del año 1599, hijo de Juan Rodríguez de Silva, un notario eclesiástico con antepasados portugueses y de Juana Velázquez, de quién tomará el apellido. Formado inicialmente en el taller de Francisco de Herrera, el mal carácter del maestro le hará buscar otro tutor, de ahí que, con solo once años de edad, pase al de Francisco Pacheco, situado en la llamada calle del Puerco, actual calle Trajano, a la altura hoy de su número 31, donde se encuentra ahora el Hotel Venecia. 


En 1617 se examinó finalmente como maestro pintor, ingresando en el correspondiente gremio y al año siguiente, antes de cumplir diecinueve años, contraerá matrimonio con Juana Pacheco, la hija de su maestro, alquilando sucesivamente varias viviendas en calles como las del Garzo (ahora de García Ramos) o de la Garbancera (Jesús del Gran Poder, a la altura de Conde de Barajas) pero no tardará en destacar por su buena mano en la composición y ejecución tanto de retratos (como el de Luis de Góngora) como pintura religiosa, sin olvidar tipos populares (como el Aguador de Sevilla), logrando poco a poco cierta fama en los mentideros artísticos de Sevilla. Al contrario que su paisano Murillo, que fue cofrade de la Vera Cruz y de la Virgen de la Alegría, no hay datos escrito que confirmen que Velázquez perteneciera a alguna hermandad sevillana o madrileña.


Fruto de ello, en un caluroso mes de agosto de 1623 emprenderá viaje a Madrid, escuchando la llamada del entonces todopoderoso Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares, Valido del rey Felipe IV, y quedando bajo la protección de otros sevillanos residentes en la Corte que prosperaban bajo la sombra del Valido: Juan de Fonseca y Francisco de Rioja. Dará con ello principio a una etapa en la que pasará a formar parte de los complicados y protocolarios engranajes la Corte, desempeñando el cargo de Pintor de Cámara con un sueldo de veinte ducados mensuales. Del mismo modo, ostentará cargos que en principio poco tendrán que ver con su oficio, como el de Ujier, el de Alguacil de corte, de Ayuda de Guardarropa, Ayuda de cámara e incluso Superintendente de Obras, participando de la vida cortesana como retratista de la familia real y decorador de espacios tales como el Palacio Real o el del Buen Retiro, para el que creó La Rendición de Breda (1634-1635), amén de toda una serie con retratos de bufones. Su trayectoria pictórica (en la que le acompañará su hermano Juan, fallecido en 1631) y palaciega provocará no pocas envidias; será llamado "el Sevillano" por su seseo al hablar, acusado de ambicioso y no faltarán, a lo largo de los siglos, críticos de su vida y obra.

En una última etapa madrileña, tras la caída en desgracia del Conde Duque de Olivares en 1643, quizá por estar repleto de responsabilidades palaciegas, el caudal creativo del maestro Velázquez se reducirá bastante, aunque, en contrapartida, surgirán obras como Las Meninas o Las Hilanderas, que no harán sino consagrar una trayectoria artística repleta de belleza y aciertos. Viajará por Italia, tratará al también pintor Rubens de igual a igual y, en 1660, prueba del grado de confianza ganado ante el monarca, se ocupará ni más ni menos que del alojamiento de toda la corte en la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, a donde se había desplazado para los esponsales de la Infanta María Teresa con el monarca francés Luis XIV y habría coincidido, dicen, con un capitán de mosqueteros apellidado D´Artagnan. Agotado por el tremendo esfuerzo que suponía tal tarea, contraerá la viruela a su regreso a Madrid, falleciendo a las tres de la tarde del 6 de agosto de aquel año en su vivienda cercana al Palacio Real, donde también estuvo su taller, actual Plaza de Oriente número 3, como recuerda una placa al efecto.

Como caballero de la Orden de Santiago, fue sepultado en la Iglesia de San Juan Bautista, un antiguo edificio del siglo XIII ubicado en la Plaza de Ramales y que fue considerado una de las primeras diez parroquias de Madrid, y dada su proximidad al Palacio Real, se convirtió en Parroquia del Real Palacio. Derribada por José Bonaparte en 1810 dentro de sus planes urbanísticos, desde entonces y por desgracia se le perdió la pista a la sepultura de Velázquez, de modo y manera que en la actualidad se desconoce dónde está su cuerpo, algo parecido, curiosamente a lo acontecido con la sevillana sepultura de Murillo en la también demolida Parroquia de Santa Cruz.

Para perpetuar la memoria de Velázquez en 1960 se acordó colocar una cruz de forja (diseñada por el arquitecto  Fernando Chueca) con fuste de piedra sobre sencilla base de mármol, siendo todo ello iniciativa de las autoridades madrileñas. En su basamento se recuerda el lugar donde descansan los restos mortales del pintor y una frase: “Su gloria no fue sepultada con él”. En 1999, durante unas catas arqueológicas en la mencionada plaza de Ramales para la construcción de un aparcamiento subterráneo, se pudo desenterrar parte de la cimentación de dicha parroquia, reproduciéndose su planta en el pavimento y dejándose bajo el suelo, acristaladas, zonas de la edificación de aquel primitivo templo que acogió los huesos de un pintor sevillano cuya tumba, como las de otros contemporáneos suyos, como Calderón de la Barca, Cervantes o Lope de Vega, por ahora, no podemos visitar; pero esa, esa ya es harina de otro costal.


P. d. dedicado a Antonio, fiel lector y vecino del Salvador. Ahora, seguro, está en El Paraíso. 

27 julio, 2026

Por la Puerta la Carne.

En esta ocasión, en Hispalensia y siempre "por la sombrita", vamos a trasladarnos para descubrir una calle en pleno barrio de la Judería, muy vinculada al Martes Santo, donde se dice hay una casa en la que durmió un rey y que incluso conserva, en sus entrañas, testimonio funerario de épocas pasadas; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Partimos de la base de que su nacimiento como calle tuvo que ver con el hecho de surgir como vía paralela e interior a la muralla almohade, pues extiende sus extremos entre dos plazas: desde la de los Refinadores (donde el monumento a Don Juan Tenorio) a la de los Curtidores, no lejos de la parroquia de San Bartolomé. Por esta circunstancia, recibirá el nombre (poco original por otra parte) de Muro, Muro de la Carne o Muro de la Puerta de la Carne, hasta que con el derribo del mencionado lienzo de muralla en el siglo XIX pasó a llamarse Calle del Retiro, quizá por asimilación con la cercana Huerta del Retiro, zona ocupada ahora por los actuales Jardines de Murillo, creados a comienzos del XX.


En 1917 pasará a llamarse Cano y Cueto, pero ¿Quién este este señor con apellidos tan sonoros? Aunque nacido en Madrid allá por 1849, siendo un niño se trasladó a Sevilla con su familia, donde no llegó a terminar sus estudios de Derecho. Huérfano desde joven y dotado de muy buena capacidad para la escritura, tanto en prosa como en verso, no tardó en convertirse en articulista habitual en los diarios sevillanos del momento, sin olvidar su profundo amor por nuestra ciudad, plasmado en sus numerosos textos dedicados a sus leyendas y tradiciones, con varios libros de esta temática en su haber. Tampoco ignoró la política, perteneciendo como diputado monárquico al Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo y llegando a ostentar el cargo de gobernador civil en varias capitales de provincia andaluzas, entre ellas Sevilla. Además, fue miembro de la Academia de Buenas Letras (1886) y presidente del Ateneo de Sevilla, lo que da idea de su fecunda vida cultural. Lo olvidábamos, gran admirador de Alejandro Dumas y Víctor Hugo, como curiosidad, fue traductor al español de la obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, en concreto sus "Historias Extraordinarias", en el año 1871, contando sólo con 21 años de edad. En el prólogo de una de sus obras se justificaba sobre su atrevimiento al escribir sobre Sevilla:
"No soy sevillano. Pero aquí, en esta ciudad, he pasado toda mi vida. Sevillana es la mujer cuya hermosura hechiza mis ojos y cuya virtud enamora mi alma. Sevillano es mi hijo, consuelo de todos mis dolores. Sevillana es la tierra que guarda las cenizas de mis padres. No soy sevillano, pero merezco serlo; siquiera porque he dedicado toda mi actividad y toda mi inteligencia, en trabajo tan rudo como estéril, a ensalzar, en desapacibles, pero entusiastas himnos, todo cuanto en Sevilla fue, todo lo que yace en el olvido, todo su pasado. Más generoso que amar a los vivos es amar a los muertos. Y a los muertos sevillanos he consagrado amor invencible." 

 

Calle de paso para acceder a la zona norte del Barrio de Santa Cruz por Refinadores, posee varios edificios dignos de mención, destacando el que hace esquina con la calle Santa María la Blanca, en cuyo número 17 se conserva una interesante casa con tres plantas y un peculiar  mirador "de silla", a semejanza de los que pueden hallarse en el casco antiguo de Cádiz y que, sobrepasando en altura a la muralla, nos habla de la proximidad a la Puerta de la Carne y al Matadero y de la posibilidad de hacer de "vigía" para avisar quizá de la llegada de mercancías o personas importantes. El historiador Joaquín González Moreno descubrió que el mirador, barrocamente decorado, dataría en torno al siglo XVIII, aunque la parcela, cuya construcción primitiva no ha llegado por desgracia hasta nosotros, sería mucho más antigua, en concreto del XVI y habría sido, en principio, propiedad del Hospital de San Cosme y San Damián, popularmente conocido como de las Bubas. El citado historiador, además, aludía a otro mirador, en este caso ubicado en la calle de Santa Lucía de El Puerto de Santa María como quizá referencia para éste que relatamos. 

Seguimos hablando de arquitectura: sería pecado no destacar el número 1 de la calle que comentamos, ejecutado bajo planos de Aníbal González: la Casa Prieto, construida entre 1915 y 1919 y de la que destaca, aparte del habitual uso del ladrillo, la cerámica y la forja, su magnífica balconera acristalada o "cierro", que sobresale casi como un espigón en la esquina y se sostiene por un dinámico juego de ménsulas o apoyos en forma de "S" realizados en forja. Del mismo modo, destaca su interior, con un precioso patio de columnas en torno al cual se articula la distribución de los diferentes espacios, todo ello en un momento en el que triunfa el estilo regionalista amparado por las élites culturales y políticas de la ciudad que aguardaban la Exposición Iberoamericana como "agua de mayo", dentro de su regeneracionismo. 


Por cierto, si al comienzo mencionábamos el pasado judío de este sector, habría que resaltar su importancia como cementerio hebreo, algo que puede comprobarse in situ si bajamos hacia el parking cuya entrada se encuentra casi al lado del arranque del cercano Paseo de Catalina de Ribera. Una vez usado el acceso peatonal, sorteando con cuidado el tráfico, encontraremos, junto a la plaza de aparcamiento número 63 una tumba que permanece intacta en su ubicación original y que fue hallada, junto con otras, durante la excavación arqueológica dirigida por Isabel Santana en 1992; del denominado tipo "lucillo", datable entre el siglo XIII y el XV y orientación oeste-este, está configurada por varias hiladas de ladrillo y rematada por una bóveda de medio cañón compactada con arcilla y a veces con cascotes. Al parecer, se hallaron restos de clavos o puntillas, señal del uso de ataúdes de madera.


Terminamos, y lo hacemos mencionando el número 7 de la calle, ahora restaurado y perteneciente al siglo XVII:la tradición popular marca que el azulejo que corona su fachada (del siglo XVIII), con la imagen del Rey San Fernando alude a que el monarca castellano durmió en este inmueble, entonces posada, la noche antes de su entrada en Sevilla allá por 1248. En uno de sus bajos comerciales se aloja un célebre puesto de "calentitos", fundado antes de 1860 y que durante un tiempo combinó esta actividad con la venta de joyería realizada en ámbar, justo al lado del conocido restaurante Modesto, con raíces en la onubense Villalba del Alcor y que va ya por la tercera generación al frente de sus fogones; en definitiva, calle antigua y moderna a la vez, que cada noche de Martes Santo luce como nunca al paso de la Hermandad de la Candelaria tras su paso por los Jardines de Murillo, en un itinerario que ha cumplido ya cien años, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

13 julio, 2026

Una calle Bárbara.

Nos acordamos de ella cuando truena, es patrona de artilleros y mineros, mártir, tiene una festividad que va y viene, su devoción y culto se extiende por toda la cristiandad y, además, tiene calle muy antigua en Sevilla; en esta ocasión, en Hispalensia, nos centramos en la figura de Santa Bárbara, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Pocos, muy pocos datos históricos se conservan sobre esta joven de gran belleza; se la supone nacida en el siglo III en la ciudad de Nicomedia, provincia romana de Bitinia, actual ciudad turca de Izmit. Hija de un rico comerciante, llamado Dióscoro, fue encerrada en una torre para que nada ni nadie pudiera acercarse a ella, sin embargo, durante un viaje de negocios de su padre caerá enferma y será curada milagrosamente por la intercesión de Jesucristo, recibiendo el bautismo a continuación gracias a una cristiana criada suya. El regreso del padre supondrá el fin de sus días, ya que, tras negarse a volver a sus creencias y adorar a los dioses romanos será martirizada de todas las manera posibles por el prefecto Marciano sin que sufra daño alguno para sorpresa de todos. Será su padre quien, finalmente, decapite a Bárbara en un monte, encontrando también la muerte por el súbito impacto de un rayo que no dejará ni rastro de Dióscoro. 


La tradición marca el 4 de diciembre como fecha de su muerte, y su cuerpo, en unión del de Santa Juliana, será enterrado en la ciudad de Heliópolis, llamada Kizil Irmak en nuestros días y perteneciente del mismo modo a Turquía. Pronto su sepulcro se convertirá en centro de peregrinación, sus reliquias se repartirán por Europa y se extenderá su devoción hasta que en el siglo V se constata su culto en lugares tan alejados como Irlanda o Alemania. En la Edad Media, el Camino de Santiago será una de las vías de difusión por España de la devoción a Santa Bárbara, dándose el caso de que tras la conquista de Écija en 1240 por Fernando III el Santo una de las cuatro parroquias creadas llevará su nombre. Su culto fue confirmado por Pío V en 1568, quien la incluirá en el santoral católico, desapareciendo y volviendo a aparecer del mismo en tiempos recientes con motivo del Concilio Vaticano II.

Convento de San Leandro. Retablo mayor. Foto: Reyes de Escalona.  

El impulso quizá definitivo vendrá de la mano de Felipe el Hermoso y el Emperador Carlos, ya que el culto a la santa estaba muy extendido en Flandes, tierra natal de ambos, mediante cofradías y corporaciones formadas por artilleros, destacando la figura de Juan de Terramonda, capitán artillero que el 4 de diciembre de 1522 celebrará la festividad de su patrona con salvas de cañón disparadas desde el castillo de Burgos, en las que se emplearon dos barriles de pólvora y cuya huella documental es la primera señal de esta devoción entre bombardas y cañones. A partir de ahí, en manuales artilleros, se ordenaba que, a la hora de preparar un disparo desde una pieza, el artillero se encomendase a Santa Bárbara, que además, curiosamente, da nombre al pañol o compartimento de cualquier navío de guerra donde se almacena la pólvora: la santabárbara (todo junto); por su parte los mineros españoles, habituales en el manejo de los explosivos, comenzarán a rendirle culto y también la convertirán en patrona en torno al año 1870.


Representada siempre como una joven de gran hermosura, aparecerá portando por un lado la palma del martirio y casi siempre una torre con tres ventanas, recuerdo de su cautiverio y de las tres personas de la Santísima Trinidad, aunque en otras ocasiones llevará en sus manos una espada o un cáliz, como testimonio de su conversión al cristianismo. 

En Sevilla el culto a Santa Bárbara estará ligado al Arma de Artillería, que tendrá su epicentro la Real Maestranza de Artillería, primero en el Arenal (donde hubo una capilla presidida por una pintura de la Santa de Alonso Miguel de Tovar) y luego en el barrio de San Bernardo. A partir de ahí surgirá la estrecha vinculación con la parroquia y cofradía de penitencia del mismo nombre, que cada Miércoles Santo, acompañada por un piquete de tropa de artillería, saca un banderín dedicado a la santa mártir que también aparece en el faldón delantero del hermoso paso de palio de la Virgen del Refugio. Figura importante en el ámbito artillero será la del coronel Augusto Plasencia, del que hablamos no hace mucho al dar pormenores de la calle que lleva su nombre. y al que Isabel II otorgará el título de Conde de Santa Bárbara por los servicios prestados a la corona.  Por cierto, desde 1990 la fábrica de artillería, denominada ahora General Dynamics European Land Systems -  Santa Bárbara, se encuentra radicada en Alcalá de Guadaira

Parroquia de Omnium Sanctorum. 

Raro será el templo sevillano que no posea una imagen de Santa Bárbara, o incluso alguna reliquia suya, como es el caso de la Iglesia Colegial del Salvador, donde radicó una hermandad a su nombre, que data del año 1704 y en cuya torre se haya una campana también de mismo nombre de 1724 y un peso de setecientos kilos. Además, existirán capillas dedicadas a ella tanto a una orilla del río como a la otra, esto es, en la Catedral o en la Real Parroquia de Santa Ana, sin olvidar la existente, por ejemplo, en la parroquia de San Nicolás (que porta como torre una reproducción de la Torre del Oro) atribuida a Hita del Castillo o la que figura en la exposición permanente de San Luis de los Franceses, obra de Francisco Meneses Osorio (1703) y procedente del desaparecido Hospital de los Inocentes.

Como protectora ante truenos y rayos, suyo será el célebre refrán de “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”, relacionado con el recuerdo a alguien o algo cuando únicamente se tiene necesidad y, por añadidura, contará incluso con dos calles en Sevilla nada menos, la primera poseía ese nombre en la zona del Campo de los Mártires en 1739, aunque en 1859 pasó a llamarse de Atanagildo, rey visigodo al que la leyenda atribuye la fundación de un templo a San Cristóbal en la zona ahora ocupada por la parroquia de San Benito; con este cambio de nombre se buscaba evitar confusiones con la otra calle Santa Bárbara, ésta ubicada perpendicular a Jesús del Gran Poder y que desemboca en Trajano. En 1705 era conocida como Pasadera de San Francisco de Paula, dada su proximidad al convento de frailes mínimos franciscanos del mismo nombre, ahora sede de la Hermandad de los Javieres; ya en el último tercio del siglo XIX recibirá su nombre actual, debido al parecer a la existencia de un corral de vecinos en la zona desde al menos el siglo XVIII o quizá también a que en la iglesia de San Francisco de Paula estuvieron acuarteladas tropas de artillería en el XIX.


Adoquinada en 1898 y dotada de alumbrado eléctrico en 1949. en el siglo XIX fue muy conocida en la calle la llamada Farmacia del Potro, en alusión a la calle del mismo nombre perpendicular a Santa Bárbara y que ahora se renombrado en honor a Ana Orantes, como justo homenaje a la lucha contra la violencia de género; por cierto el nombre de Potro tiene un origen curioso, al parecer en una de las muchas y graves avenidas del Guadalquivir que afectaron a la ciudad, flotando en las aguas de la Alameda apareció el cuerpo de un potro, que poco a poco, (literal, como se dice ahora) “navegó” hasta entrar por el ventanal de una casa hasta la que había llegado el nivel de las aguas, pero esa, esa ya es harina de otro costal.



29 junio, 2026

Abanicando.

Objeto imprescindible en fechas veraniegas, cargado de historia, con usos religiosos, bélicos y hasta políticos, a veces obra de arte y otras con curioso y desaparecido lenguaje propio; en esta ocasión, hablamos del abanico, pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Hace miles de años, la humanidad buscó algo con que espantar los molestos insectos y refrescarse de los rayos del sol, sobre todo en aquellas zonas donde el calor era difícil de soportar; fruto de esa necesidad, comenzaron a usarse grandes hojas de loto, plátano o palmera. Poco a poco, este abanico inicial evolucionó y formó parte de ajuares reales junto con quitasoles o espantamoscas, tal como documentó allá por 1920 el historiador del arte Joaquín Ezquerra del Bayo en bajorrelieves egipcios o asirios y en miniaturas indias, donde aparecían portadores de grandes abanicos conformados por plumas de pavo real colocados en el extremo de un largo palo. 


En el siglo XXVII antes de Cristo se sitúa en China la invención del abanico rígido, algo similar al conocido "paipay", mientras que en Japón la leyenda establece que el abanico plegable surgió a imitación de las alas del murciélago, de ahí que antiguamente los primeros abanicos de este tipo se llamasen komori, que significa "murciélago" en japonés; además de uso cotidiano, religioso o suntuario, merece la pena que destaquemos el llamado "abanico de guerra" que o bien servía como señalero a la hora de disponer las operaciones tácticas de las tropas en batalla o bien se empleaba como peligroso elemento de combate (llamado tessenjutsu) realizado en metal y en cuyo uso eran adiestrados los samurais con efectos mortíferos al ser arrojado al contrincante o emplearse como escudo contra dardos. 

Abanico plegable japonés. Siglo XII.

Desde el lejano oriente, quizá comercializados por los fenicios a través del Mediterráneo o llegados a través de rutas caravaneras, los abanicos llegaron a la península ibérica, incluso en su versión griega con mango corto que no hacían necesaria la presencia de un esclavo; en tiempos de la dominación romana se impuso la costumbre del empleo del flabelum como utensilio ligado al lujo, realizado con ricas maderas, con vivos colores que llegó a poseer hasta cierto fin litúrgico, ya que servía para avivar el fuego sagrado empleado en los sacrificios. En el año 2005 fue descubierto en excavaciones arqueológicas realizadas en Itálica un interesante ejemplar de abanico-paipay romano, realizado en marfil, quizá dorado y que había formado parte del ajuar funerario de una dama de la alta sociedad, siendo data como del siglo III d. C.


 Fruto quizá de esa utilidad religiosa serían los flabelos que todavía a mediados del siglo XX se usaban como símbolo distintivo a la hora realizar el acompañamiento procesional del Santo Padre cuando éste era trasladado en la llamada Silla Gestatoria, hoy sustituida por el "Papa Móvil", mientras que aún hoy en la liturgia de la Iglesia Ortodoxa se emplea el "Rapidio", realizado en metal con forma redonda y en el que aparece un serafín alado; por cierto, ya que andamos con abanicos ceremoniales, un recuerdo para los usados por los beduinos de la Cabalgata de Reyes Magos de Sevilla, recuerdo de tiempos pasados. 

El nombre actual de "abanico" parece que proviene del término latino "vannus" que hacía alusión a un utensilio destinado a aventar la cascarilla de los granos de cereal en el medio agrícola o en el ámbito doméstico para aventar el fuego, sin olvidar su función para espantar insectos. En la Castilla del siglo XV se llamó Aventalle, ejecutado en madera de ébano o metales preciosos, plegados en pergamino o terciopelo y pronto las damas nobles, a imitación de las sofisticadas italianas, comenzaron a portarlo colgado por una fina cadenita metálica. En el inventario realizado tras la muerte de la reina Dña Juana (llamada La Loca), acaecida en 1565 puede constatarse todo un listado de abanicos fabricados en oro, con filigranas, sedas o plumas decorando el pais, o sea, la zona semicircular que remata el varillaje.

En ese mismo siglo XVI, Moctezuma, gobernante azteca, regalará primitivos y toscos abanicos a Hernán Cortés cuando éste llegue a sus tierras mejicanas, ignorante aún de las intenciones de éste y ya en el XVII, en la corte de Felipe IV, llegó a crearse el oficio o cargo de "abaniquero de la reina", en una época en la que tenían abiertos talleres de abanicos en Sevilla, aunque no llegaron a formar gremio como en otras ciudades, gentes como Carlos de Arocha, portugués, con vivienda en El Peladero, actual calle Boteros; Alonso de Ochoa, con vivienda en la calle Azafrán y José Páez, éste con obrador en la calle Francos; prueba del valor del abanico, nuestro paisano y pintor Diego Velázquez no tendrá inconveniente en retratar a damas cortesanas portando abanicos allá por 1635.

La mejor calidad de los abanicos franceses o italianos, con permiso de los valencianos, hizo que poco a poco aquellos inundasen el mercado español en tiempos ya de los Borbones; ofrecidos en todo tipo de materiales, de los más caros a los más baratos, los abanicos de aquellos tiempos eran pintados con paisajes o escenas mitológicas, mientras que en el castizo siglo XIX abundarán las escenas ligadas a la tauromaquia, aunque en tiempos de Alfonso XII abundaron los llamado "Pericones", de enorme tamaño, realizados con plumas y de procedencia vienesa. También los hubo de color negro para acompañar al luto, para ocasiones especiales como bodas, como recuerdo de actos o efemérides, como complemento para las "bailaoras" flamencas,  los afamados "de mil caras", traídos por el Galeón de Manila, propagandísticos, etc.

Anuncio en la Guía de Sevilla, 1867.

En nuestra ciudad se había convertido ya en objeto de recuerdo, casi un "souvenir", contando con varios fabricantes de abanicos en Sevilla, muchos con tienda en la calle Sierpes: en 1852, en el antiguo Café del Turco, ponía a la venta sus abanicos el industrial José Colomina, quien presumía de poseer género procedente de Inglaterra y China; en el número 88 la "Abaniquería Española" o Casa Chapartegui y en el 66 José Rubio, un clásico que ya existía en 1853 y que lamentablemente desapareció en el año 2005 como tantos otros comercios tradicionales; tal como reflejó el viajero Roger Burch en su libro "Un verano en España", publicado en 1925 y donde plasmó una costumbre andaluza que le chocó bastante:

"Ninguna visita a Sevilla podría considerarse completa sin recorrer las tiendas de la calle de las Sierpes, la más animada y más de moda de la ciudad. Es muy estrecha, y para reducir el calor se tienden toldos desde los edificios de un lado a otro. Este arreglo con las vistosas exhibiciones de los escaparates y la gran actividad de la gente hacen esta calle verdaderamente pintoresca. Todo turista desea abanicos de Sevilla y yo sé bien que cada abuela, madre, hermana, prima y amiga de los jóvenes recibieron uno. Pero a pesar de tener tantos no aceptamos la costumbre de los señores de Andalucía que los llevan en el bolsillo de la americana y los usan como las señoras."
Foto Reyes de Escalona. 

A buen seguro, algún lector estará pensando ya en otra de las cualidades de los abanicos, la de servir como emisores de señales en el cortejo amoroso y no va descaminado, ya que entre los siglos XVIII y XIX en España se generó una especie de código que las damas empleaban para enviar mensajes ocultos a sus pretendientes o amantes, convirtiéndose en algo imprescindible en las técnicas de galanteo de la época, tanto que hasta el célebre escritor Ramón Gómez de la Serna declaró que "el abanico es la celosía del corazón". Como curiosidad, se llegaron a editar incluso reglamentos o normas sobre esta cuestión, como el que hemos encontrado, del año 1882 y publicado por Florencio Jazmín, buen seudónimo, por otra parte.

 

Terminamos, no sin antes mencionar que existió en Sevilla una fuente llamada del Abanico, de la que se tiene noticia en el siglo XVIII y que estaría próxima a los Jardines de las Delicias promovidos tanto por Pablo de Olavide como por el Asistente Arjona; dicha fuente, erigida en el camino que llevaría desde el actual Palacio de San Telmo hasta Eritaña fue bastante transitada por los sevillanos como lugar de paseo, aunque la prensa local, allá por mayo de 1877 criticaba con dureza que dicho esparcimiento fuera invadido por cabalgaduras: 

"Ignoramos si la invasión a que nos referimos proviene de abuso de los jinetes o de permisión de la Alcaldía, pero de cualquier modo que sea, parécenos que esa nueva costumbre debe abolirse cuanto antes, y lo mismo el abuso que están cometiendo los mismo jinetes al invadir todos los caminos que desde la fuente del Abanico conducen a la venta de Eritaña, los cuales convierten los caballos en un lodazal, donde el pedestre se llena de barro hasta las rodillas, además de verse expuesto a ser atropellado".

Con el paso de algunas décadas, en esa zona se situaría la llamada Glorieta del Abanico ya en tiempos de la Exposición de 1929; dicho espacio está ahora ocupado por la estatua dedicada a Simón Bolívar frente al Pabellón de Argentina en la Avenida de la Palmera, pabellón que actualmente acoge el Conservatorio Profesional de Danza "Antonio Ruiz Soler", pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Francisco Solano: retrato de Carmen González Povea. 
Siglo XIX. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

 


15 junio, 2026

Como la seda.

Con forma de ángulo recto, alejada del bullicio del centro, apenas más que transitada por sus vecinos, próxima a uno de los conventos de clausura más ricos e importantes de Sevilla, en esta ocasión nos vamos a conocer mejor una calle vinculada a un gremio que tuvo una enorme influencia en la ciudad y que, por desgracia, desapareció; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

A tiro de piedra del centenario convento de San Clemente, la calle Arte de la Seda recibió en principio los apelativos de Peral, Arquillo de San Clemente o Compás Viejo de San Clemente, desembocando el tramo más corto a Santa Clara (surgido tras la parcelación de una serie de huertas en el siglo XIV) y el más largo a Lumbreras, tras otra operación similar en torno al año 1500, fruto todo ello quizá, de la expansión urbanística que tenía lugar por aquel entonces en Sevilla, siempre dentro del perímetro amurallado. En 1845 fue rotulada como calle Arte y posteriormente, en 1935 Arte de la Seda. 

Plano de Olavide, año 1771.

El nombre final, el que ha llegado hasta nosotros, se debe, como veremos, a que en esta calle tuvo su casa el gremio o Arte de la Seda, en la que se acopiaban las diferentes piezas de tela una vez terminadas; como corporación, fue heredera del saber musulmán en cuanto a la cría de gusanos de seda y el posterior aprovechamiento de los hilos producidos por éstos como paso previo a su conversión en capullo y mariposa, una compleja y delicada técnica que nació allá por el 2700 a. C. en la lejana China. Las manufacturas sederas sevillanas gozaron de justa fama a lo largo de la Edad Media, prueba de ello es su ubicación en la llamada Alcaicería de la Seda, creada en el año 1196 por el califa Yacub Yusuf y que se asentó en el sector de las calles Hernando Colón y adyacentes, mientra que su Hospital, bajo la advocación de San Onofre, radicó en la calle Santa Ana, en el barrio de San Lorenzo. El comercio con las Indias marcará la edad de oro de los telares sevillanos, habida cuenta también la gran demanda de este tipo de productos por parte de las clases altas y la Iglesia.

Todavía en 1780, según Álvarez Benavides, se contabilizaban doce mil telares en Sevilla, que daban trabajo a cientos de aprendices, oficiales y maestros, sin olvidar la enorme cantidad de personas que criaban gusanos en sus hogares (algo que aún hoy realizan muchos niños cuando llega el mes de marzo) conformando una industria que no tuvo competencia y gozó del privilegio de poder trabajar en la misma calle con la prohibición de que los viandantes molestasen a los operarios bajo severas penas. Por cierto, tuvo siempre este gremio fama de aguerrido, pues miembros del mismo, protagonizaron en gran parte la famosa sublevación del año 1652, en la que, al grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno", muchos se alzaron en armas contra las autoridades por la subida de precios y el encarecimiento del pan, revuelta popular duramente reprimida con la condena y ejecución de sus principales cabecillas.

Ejemplo del auge de la seda hispalense, en la cercana calle Hombre de Piedra se contaba con un establecimiento que llegó a albergar más de seiscientos trabajadores, además de contar con capellán propio, farmacéutico, médico y un sin fin de dependencias. Como detalle urbano, el gremio se asentó en el sector norte de la ciudad, sobre todo en las collaciones de San Marcos, San Gil, San Lorenzo o Santa Marina, lo que motivaría, en el siglo XVII, que oficiales del arte de la seda ingresasen como cofrades en la Hermandad de la Piedad radicada entonces en aquella parroquia, comenzando con ello una etapa de cierto esplendor que culminará a principios del siglo XIX, quizá debido precisamente a la extinción de toda la estructura gremial auspiciada por la corona; como "canto del cisne", haya que mencionar que el gremio se encargó de costear el arco de triunfo erigido en la Puerta de Triana en honor a la reina Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII en septiembre de 1816. 

Epidemias como la Peste de 1649, que diezmaron a la población eliminando tanta mano de obra que solo quedaron sesenta telares operativos, más la llegada de tejidos extranjeros, con precios más ventajosos, unidas al retraso tecnológico y las cargas fiscales, provocaron el declive del Arte de la Seda, sobreviviendo apenas unas docenas de telares en el siglo XIX, muy perjudicados por la proliferación de plagas que afectaban al gusano de seda; aunque hubo algún intento loable por revitalizar esta industria a comienzos del siglo XX lo cierto es que poco a poco los telares dejaron de funcionar perdiéndose su sonido característico. 

Foto Reyes de Escalona. 

En el número 13 de la calle que nos ocupa se habría edificado a la antes aludida Casa del Arte, lugar donde se efectuaba el plegado de las telas y demás tareas del gremio, y que poseyó incluso capilla propia, permaneciendo en pie hasta bien entrado el siglo XIX; en nuestros días, dicho solar es ocupado por la trasera de un moderno edificio cuya fachada da a la paralela calle Torneo.

Merece la pena que relatemos que, allá por finales del XVIII ocupaba el cargo de Oidor de la Real Audiencia el granadino Francisco Bruna (apodado popularmente "el Señor del Gran Poder" por su gran influencia en asuntos políticos y culturales) quien había adquirido la costumbre de dar largos paseos en solitario al atardecer, recorriendo lo que sería ahora la Ronda Histórica; una noche, regresando a su domicilio a la calle de la Muela (ahora O´Donnell) al pasar por una solitaria calle del Arte de la Seda se le aproximó un individuo mal vestido y de peor catadura que, embozado y de manera sigilosa le hizo entrega de un doblado pliego de papel a su nombre, con las iniciales "D. C." en el remitente. Llegado a su casa, Bruna abrió la misiva y en ella, en una cuartilla de tosco papel, con mala caligrafía, pudo leer: 

«Sr. D. Francisco: sé que Vd. me persigue  como el perro persigue al gato y como el gato al ratón. El ganarse la vida como yo me la gano y como Vd. se la gana, son los destinos de los hombres, pues cada uno ha nacido con su estrella, y querer pelear con el sino de las criaturas es cosa que ninguna de los dos podemos evitar. Esta tarde he podido matar a Vd., con cuyo asesinato no hubiera hecho más que lo que debe hacer toda persona sentenciada a muerte por Vd., como yo, lo estoy, pero quiero demostrarle que si mi desgracia me echó al camino, alivio algunas penas con el dinero de los ricos, pero no asesino a nadie ni lo rodeo de traidores que lo vendan como Vd. me tiene rodeado y yo me veo obligado a enfriarles la cabeza y pararles lo pies con una bala de retaco*. 

Sé también que ha pregonado mi cabeza en treinta y una onzas de oro y como yo la aprecio en mucho más, dentro de poco tendré el gusto de llevarme esos cuartos para que la Audiencia duplique la cantidad.- Diego Corrientes.»

Ni que decir tiene que este suceso, a medio camino entre la realidad y la leyenda, no hizo sino alimentar la proverbial rivalidad surgida entre el Oidor y el bandolero, de la que ya hablamos cuando repasamos la antigua calle de la Muela y, en cualquier caso, se supone que haría que Bruna dejase de transitar de noche por calles vacías.

Foto Reyes de Escalona. 

Con predominio de viviendas junto con los inevitables apartamentos turísticos, el único edificio reseñable desde el punto de vista artístico, es una antigua central eléctrica de la Catalana de Gas y Electricidad; de estilo neomudéjar y en el número 6, pertenece a una serie de edificios de este tipo diseñada por el arquitecto Antonio Arévalo entre 1914 y 1916, con arcos de herradura, ladrillo y azulejería. Del mismo modo, en el número 17 pervive una antigua casa vecinal con patio en cuyo fondo se puede encontrar todavía un castizo azulejo de una de las grandes devociones del barrio: la Virgen del Carmen de Calatrava, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

*Retaco: escopeta corta muy reforzada en la recámara.

Foto Reyes de Escalona. 






31 mayo, 2026

La calle de los Ataúdes.

Repasando notas y borradores, no nos habíamos percatado de un olvido en relación a la serie de artículos que sobre calles y plazas venimos realizando desde hace tiempo: el de una vía muy transitada del Centro Histórico, perpendicular a Sierpes y que desemboca en la segunda plaza más importante de la ciudad; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Llamada de Gallegos desde al menos 1384, siempre ha existido cierta controversia sobre el origen de esta denominación, pues mientras unos autores sostienen que procede de las gentes de Galicia que acudieron con San Fernando a la conquista de Sevilla y se establecieron aquí, otros opinan que procedería del noble medieval Martín Meléndez Gallego, primero de este linaje. Además, en beneficio de la primera teoría, en esta calle se vendió el llamado "pescado çeçial" procedente de Galicia y que consistía en pescado curado al sol y al aire, sin añadírsele sal. Por cierto, en un callejón cercano, el de Oropesa, estuvo el llamado Corral de los Gallegos, dedicados entonces a ejercer como mozos de cuerda o cargadores, de ahí que popularmente a los costaleros se les llamara "gallegos".

Foto Reyes de Escalona.

El nombre de Gallegos convivió un tiempo (siglos XV y XVI) con otro algo tétrico: Ataúdes, suponemos que debido a la existencia de talleres donde se elaboraban estos funerarios elementos, siempre necesarios, por otra parte, y más en tiempos de epidemias. Gallegos se llevará la palma y, finalmente, se mantendrá hasta 1903, hasta que la calle reciba el nombre de un célebre político, jefe el partido liberal y presidente del Consejo de Ministros, que morirá ese año a los setenta y siete años de edad: Práxedes Mateo Sagasta, y con Sagasta ha llegado hasta nuestros días, salvo un período entre 1938 y 1981 en que volvió a llamarse Gallegos, aunque todo el mundo siguió usando el nombre de Sagasta. A la mitad de la calle se encuentra un callejón o barreduela de bastante antigüedad, pues en el siglo XV se llamaba Ataúderos (casi nada) y en 1868 se cambió por el de Monardes en honor al médico sevillano de dicho apellido; primitivamente unida al antes aludido callejón de Oropesa, al fondo, casi como acceso secreto, se encuentra la puerta trasera de la sede del Círculo Mercantil.

Se tiene noticia de que en origen la calle actual era mucho más estrecha, pero poco a poco, gracias a varios ensanches (uno de ello en 1868 que derribó casas próximas a la esquina con Sierpes) alcanzó la anchura actual. Empedrada o enlosada desde 1585, en 1859 podría presumir de ser una las calles mejor iluminadas de Sevilla. Entrando desde la Plaza del Salvador, el lateral izquierdo aparece ocupado por la fachada del Hospital de San Juan de Dios, fundado en 1574 sobre el antiguo Hospital de las Bubas, y que tiene su acceso a través de amplio zaguán en el número 1 de la calle que resumimos. 

Dada su inmejorable ubicación, la calle será de las más transitadas de Sevilla y en ella, como no podía ser menos, se instalará una gran variedad de talleres, negocios y tiendas de todo tipo, desde librerías como la desaparecida de El Rosario de Oro hasta cervecerías como La Oriental, donde en noviembre de 1925 el Sevilla F. C. colocaba a su cobrador para que los socios abonasen las mensualidades correspondientes a sus cuota, pasando por la Farmacia de Zambrano, tiendas como El Capricho, la Perfumería Floral (que databa de 1936), La Instaladora Moderna (fundada en 1945) o la que regentó el poeta y pregonero Antonio Rodríguez Buzón. 

Por fortuna, aún sobrevive la más que conocida Floristería Montero, fundada en 1880, que puede encontrarse a pie de calle y que exorna los Pasos de las hermandades de la Amargura o el Calvario. Curioso era, en días cuaresmales de los años setenta y ochenta del pasado siglo, contemplar una pequeña réplica de la cofradía de la Hiniesta colocada a lo largo del extenso escaparate de una tienda de trajes de novia que se hallaba entonces esquina con el callejón de Monardes, ahora, cosas de los tiempos, hay un moderno supermercado orientado hacia quienes se hospedan en los cercanos e inevitables apartamentos turísticos. Por cierto, pocas cofradías, de las de verdad, pasan por esta calle.



El historiador José Gestoso, allá por 1899, descubrió nombres de vecinos de la calle en los siglos XVI y XVII con la coincidencia de pertenecer todos al gremio de Espaderos, tales como Bernal de Herrera, Alfón Martínez o Diego Vargas; ello no debe extrañar, ya que la mayoría del gremio tenía también sus talleres en la próxima calle Sierpes, llamada de Espaderos durante una etapa de su historia. En el siglo XIX fue bastante conocida la Fonda Europa, situada en el número 19 y citada por el viajero romántico Richard Ford en 1830 y hemos de añadir que en esta calle de Gallegos vivió el famoso personaje sevillano Manolito Gázquez, famoso por sus míticos embustes, de quien hablamos en otra ocasión. 

Navidad de 1965. A la izquierda la Relojería Torner.

Hace poco más de diez años se produjo el traslado de uno de los establecimientos más característicos de la calle, la Relojería Torner. Fundada en 1877 por Rafael Torner Velasco, en 2015 pasó a la calle Alcaicería al hacerse cargo de ella el bisnieto del fundador; allí mantiene abierto un negocio que ostenta el cargo de Relojero Mayor de la Ciudad y se ha ocupado tradicionalmente del mantenimiento del relojes como el de la Giralda, Ayuntamiento, Reales Alcázares o Rectorado de la Universidad de Sevilla, entre otros. 

Rótulo actual en calle Alcaicería. 

Mención aparte merece que en el número 5 tuvo su sede en 1872 una revista femenina llamada El Nuevo Mundo, dedicada, son sus palabras textuales, "Al bello sexo" y cuya redacción estaba conformada por escritores locales como Luis Montoto, Amador de los Ríos o Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo de Fernán Caballero.

 
Terminamos. Otros negocios centenarios que sobreviven en la calle Sagasta son, en primer lugar, la Camisería Galán, fundada por el soriano Isaac Galán en 1905 y que aún mantiene la esencia de tienda clásica y cuidada con grandes espejos y mobiliario de madera y en segundo lugar, mucho más conocida, la Administración de Loterías número 16 "Los Millones", fundada en 1919 y que ha dado el Premio Gordo de Navidad hasta en tres ocasiones: 1961, 1966 y 1998, de ahí que sea una de las preferidas por los sevillanos y foráneos a los que no importa soportar largas colas para adquirir los correspondientes décimos navideños, pero esa, con estas "calores", es harina de otro costal.

Foto Reyes de Escalona.