02 noviembre, 2026

De aquí a la Eternidad.

En esta ocasión, teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos y comenzando este mes dedicado a difuntos, quizá sea momento de dar a conocer los comienzos de un lugar que muchos no desean ver ni de lejos, otros lo evitan lo más posible y algunos, los menos, lo visitan buscando paz y serenidad; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Hasta mediados del siglo XIX cuando un sevillano pasaba a mejor vida, lo usual era ser sepultado en su parroquia; dependiendo de su nivel socioeconómico podía disfrutar de un entierro con más o menos "latines" o con un enterramiento individual en zonas privilegiadas del templo, como capillas o bóvedas propias o incluso, si se lo podía costear, un sepulcro de mármol, como los que se pueden apreciar en la Catedral; los pobres de solemnidad tenían derecho a un enterramiento digno, aunque en la mayoría de los casos su última morada fuera una fosa común u osario, donde su cuerpo, apenas envuelto en una sábana, esperaría allí el fin de los tiempos. 

En ocasiones, debido a epidemias, como la terrible Peste de 1649, las iglesias quedaban repletas de cadáveres, de ahí que fuera necesario recurrir a las plazas aledañas de las propias parroquias para convertirlas en improvisados camposantos, aunque hay que dejar reseñada la importancia del llamado Cementerio del Prado de San Sebastián, actual sector del barrio del Porvenir, que sirvió dar sepultura a miles de fallecidos por aquella tremenda mortandad. En abril de 1787 el rey Carlos III emitió una Real Cédula que prohibía el enterramiento en el interior de las iglesias y ordenaba la construcción de cementerios "fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ella, en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias, y distantes de las casas de los vecinos y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos, como se ha empezado a practicar en algunos con buen suceso".

Sin embargo, no será hasta el año 1849 cuando el Ayuntamiento tome la decisión de comenzar los trámites para construir un cementerio, escogiendo para ello los terrenos de la llamada huerta de Lérida, a 2.5 kilómetros de Sevilla, cercanos al Hospital de San Lázaro, a corta distancia del Hospital de las Cinco Llagas, entonces el único sanitario de la ciudad y ocupando en principio unas 20 hectáreas de superficie; las Ordenanzas del Cementerio, publicadas y firmadas por el entonces Alcalde de Sevilla, José María Rincón, resultan toda una declaración de intenciones que busca un nuevo concepto, a medio camino entre el jardín y el cementerio, teniendo en cuenta que a partir del 1 de enero de 1853 sería obligatorio que todas las sepulturas se realizasen allí:

"Su situación al norte de la ciudad, la distancia que lo separa de sus muros, la disposición de depositar los cadáveres debajo de tierra, el poblar su recinto y alrededores de multitud de árboles y plantas que oxigenen la atmósfera, neutralizando los efectos de las exhalaciones cadavéricas, harán que el nuevo cementerio no sea un foco de enfermedades, ya que ha de ser el punto donde se conservarán los despojos que estas alcancen en la lucha constante que sostienen con el género humano".
Cementerio. Modesto Urgell e Inglada
1878. Museo del Prado.

Uno de los grandes cambios que supuso el nuevo cementerio , cuyos planos, como ha estudiado el profesor Rodríguez Barberán, ejecutó el arquitecto Balbino Marrón, fue la obligatoriedad del transporte de los féretros hasta el mismo, dándose la orden a todas las parroquias, excepto la de Santa Ana, con cementerio en Triana, de que los cuerpos de los fallecidos fueran transportados en féretros cerrados, en carruaje o a hombros, adjudicándose una Puerta de salida según la parroquia; así, por citar algunos, los de San Andrés lo harían por la Macarena, los de Santa Cruz por la de la Carne, los de San Pedro por la del Osario o los de San Román, por la del Sol. La cruz parroquial que encabezaría el entierro llegaría hasta la puerta correspondiente, prohibiéndose que el cortejo recorriese zonas concurridas; por su parte, los carruajes de acompañamiento tenían permitido llegar hasta poco antes de San Lázaro, no pudiendo continuar a partir de dicho punto.

Los funerales y entierros de quienes dejaban este mundo en la más absoluta pobreza ordenaba el Ayuntamiento fueran libres de gastos, mientras que se establecían unas tarifas concretas dependiendo de si la conducción era a hombros o en carruaje, siendo el más caro el llamado modelo número 7, al precio de 240 reales de la época y que consistía en dos caballos adornados con plumeros y mantas negras con galones y borlas de oro, llevando los criados guantes blancos y chaquetas y sombreros de copa negros; todo ello quedaba adjudicado a una empresa que tenía la exclusividad de este tipo de transportes inicialmente por seis años. Los empresarios eran José María González y Francisco de Paula Mezo y ambos se comprometían a construir siete carros fúnebres de distintos tipos, ("con toda solidez y el mejor gusto posible, pero con la diferencia que naturalmente debe haber entre ellos para proporcionar economía a las familias poco acomodadas y lujo y ostentación a las que quieran todo lucimiento"), así como el llevar a cabo el servicio de sepultureros.

El cementerio, según el Reglamento aprobado al efecto, contaba con sepulturas familiares, individuales y generales, dándose la posibilidad a los particulares de edificar panteones en terrenos adquiridos previamente y con diversas categorías según su tamaño, conservándose con esmero y colocados en zonas que se ajardinarán con "plantas que se distingan por su significación fúnebre, prohibiendo con especialidad las que produzcan alguna clase de fruto de los que se destinan al alimento del hombre".

Como curiosidad, se establecía un horario de apertura desde el amanecer hasta el toque de oraciones, prohibiéndose la presencia de público durante la noche y también la de animales, especialmente, perros. Para anunciar el cierre del camposanto era preceptivo el toque de campanas con quince minutos de antelación.

¿Con qué personal contaba el recién inaugurado cementerio? En primer lugar, quedó nombrado un capellán, que ostentaría la jefatura del lugar y se ocuparía de celebrar misa diaria en la capilla, realizar los responsos, disponer del necesario ajuar litúrgico, llevar registro escrito de los entierros y tener a sus órdenes a un capataz con sueldo de siete reales diarios, quien haría las veces de portero, sacristán y jefe de seguridad; a éste le auxiliarían de manera permanente dos guardas o jardineros, aseadamente vestidos y con vivienda en el interior, aunque sus familias residirán en el barrio de la Macarena y tendrán prohibido acompañarles en el recinto. Su misión consistiría en la vigilancia y la plantación y riego de diversas especies vegetales, como por ejemplo los clásicos cipreses; por último, un albañil se ocuparía del cierre de bóvedas y colocación de lápidas, teniendo permiso para residir fuera del cementerio aunque la obligación de entrar a trabajar a las seis de la mañana. 

Según recogía la prensa local, el sábado 4 de diciembre de 1852 se bendijo en el palacio arzobispal la nueva campana destinada a la capilla del cementerio que comentamos, que fue solemnemente bendecido en una ceremonia que tuvo lugar el domingo siguiente, presidida por el Cardenal y Arzobispo Judas José Romo Gamboa y a la que acudió una gran cantidad de público que se mostró satisfecho con el nuevo camposanto, tal como reflejó el diario La Paz en su edición del 26 de junio de 1853:

"Debemos en honor a la verdad consagrar dos palabras a esta obra, que visitamos otra vez hace tres días. Si su inmensa pared nos parece todo un momento por sus condiciones de perfecta alineación, solidez y elegancia, la distribución interior de sus partes la reputamos también muy acertada. Los panteones subterráneos de familia y de algunas hermandades, única novedad que hemos notado ahora, completan un pensamiento que hace honor al arquitecto Marrón, aunque todavía no esté convenientemente desarrollado (...) De todos modos, la capilla, los caminos trasversales, la portada y los pabellones para el capellán y la sala de autopsias, son obras que no pueden dilatarse si el cementerio ha de aspirar figurar siquiera entre las regulares y bien concluidas".

 

En 1918, el escritor Eugenio Noel, en su obra Semana Santa en Sevilla escribirá sobre el camposanto hispalense en estos términos: 

"No existe en Europa un cementerio más alegre. Esa luz latina barre como un aire sutil la lobreguez, entra por todas partes sin respeto a las sombras, venerandas tinieblas de la paz, lo descubre todo, ilumina vigorosamente las encrucijadas, ríe sin miedo, convierte en jardín el único y vastísimo patio. En otros camposantos vuestro guía es la tristeza; en éste, no habéis atravesado el umbral cuando ya la luz os coge de un brazo, os deslumbra, cantada en vuestro oído". 

Terminamos. A lo largo de los años, el cementerio de San Fernando experimentará mejoras, ampliaciones, cambios e incluso poseerá su propio símbolo central, la rotonda dedicada al Cristo de las Mieles, obra de Antonio Susillo, quien será sepultado a sus pies, pero esa, esa ya esa harina de otro costal.

18 octubre, 2026

Santiago

En esta ocasión, cambiamos de zona y nos vamos al entorno de Santa Catalina-Muro de los Navarros, para acercarnos a una calle cargada de edificios importantes y de prácticamente toda condición, sin olvidar la existencia de una antigua parroquia, el palacio de un hombre hecho a sí mismo y hasta un extinguido convento de clausura, pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre el propio Muro de los Navarros y la confluencia de la Plaza de Ponce de León, Azafrán y Juan de Mesa, la calle Santiago se extiende por aproximadamente unos trescientos metros; se sabe que ya en 1584 recibía este nombre debido, como es lógico, a la presencia de la parroquia del mismo nombre, que se encuentra más o menos a mitad de la calle, en la Plaza de Jesús de la Redención. Existe una gran controversia sobre el origen histórico de este templo, ya que mientras algunos autores sostienen la tradición de que está construido sobre la casa en la que residió el mismo apóstol cuando, se supone, residió en la Hispalis romana, otros mantienen en cambio que el germen de dicha iglesia hay que buscarlo en un primitivo templo romano dedicado a la diosa Venus y no faltan quienes aluden a un posible edificio religioso visigodo, transformado posteriormente en mezquita tras la invasión musulmana y vuelto a cristianizar tras 1248 y la conquista de Fernando III de Castilla. 

Perteneciente estilísticamente al grupo de las llamadas "iglesias mudéjares" de Sevilla, experimentó reformas en diversas etapas, especialmente a fines del XVI y comienzos del XVII, cuando se le añadió el artesonado de madera, sobre arcos y columnas de mármol rojo y el retablo mayor, diseñado por Vermondo Resta y ejecutado por el escultor Andrés de Ocampo. En la actualidad, el templo es sede de la Hermandad del Beso de Judas, desde donde cada Lunes Santo hace su anual Estación de Penitencia.

Del mismo modo, la calle ha sido llamada también de San Cosme y San Damián, por la existencia en la misma, desde 1573, del Hospital del mismo nombre, denominado también de Las Bubas, ya que aunque en sus comienzos se dedicó a la curación de afectados por la Peste desde 1383 con sede y hermandad propia formada por médicos y cirujanos frente a la iglesia del Salvador, a la postre se encargó del tratamiento de una de las enfermedades de transmisión sexual más frecuentes por aquellos años, la Sífilis, permaneciendo en funcionamiento hasta 1836, fecha en la que estos servicios médicos quedaron integrados en el Hospital de las Cinco Llagas. 

Pascual Madoz describía el edificio todavía en 1848 de este modo: 

 "Es muy capaz por su extensión, cómodas cuadras, hermosos patios y habitaciones para los empleados. Tenía una buena iglesia con la advocación de las Santas Justa y rufina y en ella estaba la famosa Magdalena penitente, que se considera como una de las mejores obras de Montañés; pero este templo se arruinó y aunque principió a reedificarse, paró la obra que probablemente se terminará."

¿Dónde se encontraba Las Bubas? Si nos atenemos al Plano de Olavide (1771), se ubicaría en la acera derecha entrando por Santa Catalina, quizá a la altura del actual número 6 y en él ejerció como Administrador el sacerdote y poeta Juan de Salinas, de quién hablamos en otra ocasión por poseer calle con su nombre muy cerca de la que ahora comentamos; falleció en 1645 y fue sepultado no lejos de aquel lugar, como veremos, sin olvidar que en esta calle tuvo también su casa, luego palacio de los Acebes el conocido y noble caballero Gonzalo Argote de Molina, militar, poeta, bibliófilo y humanista que llegó a atesorar una importante colección de obras de arte y a relacionarse con un gran número de eruditos y escritores de su época y falleció en las islas Canarias en 1596. 

Uno de los edificios más notables de la calle es el Palacio de Villapanés, ahora establecimiento hotelero, que tras su restauración ha conservado algunos elementos históricos, como por ejemplo el gran escudo heráldico que preside la monumental escalera que da paso a la primera planta. El emblema en cuestión, repleto de detalles, perteneció al constructor del palacio en 1728, el comerciante y militar Manuel López Pintado, nacido en la localidad toledana de Tembleque, quien tras emigrar a Sevilla comenzó una más que rápida carrera como marino, embarcándose en sucesivas expediciones a Indias hasta que finalmente logrará el título de Almirante de la Flota. 

Prueba de su prosperidad social y económica (como decíamos, un auténtico "hombre hecho a sí mismo") es que irá adquiriendo numerosas fincas agrícolas en el Aljarafe, relacionándose con el ámbito bodeguero de Jerez de la Frontera e incrementando notablemente su fortuna, logrando ennoblecerse con el hábito de la Orden de Santiago, el cargo de Caballero Veinticuatro y, al fin, el título de marqués de Torre Blanca de Aljarafe, otorgado por Felipe V. Sus descendientes habitarán el palacio hasta comienzos de nuestro siglo, cuando decidan enajenarlo y quede convertido en el actual hotel. 

Como detalle, hemos encontrado una noticia de mayo de 1933 donde se informa: 

"Esta madrugada a las dos hizo explosión en Sevilla una bomba de gran potencia que había sido colocada en el Palacio de Villapanés, habitado por la marquesa viuda de Villapanés, edificio que tiene el número 19 de la calle de Santiago. La explosión fue tremenda y a consecuencia de ella la puerta del palacio fue arrancada de cuajo, rompiéndose todos los cristales del palacio y de las casas colindantes. El hijo de la marquesa don José Estrada Moreno, ha manifestado su extrañeza por este atentado, pues no pertenecen a la patronal."

Si en este palacio llegaron a convivir unas 200 personas entre familiares, invitados y personal de servicio, casi al lado, en cambio, vivieron hasta 4.000 pero en unas condiciones de vida muy distintas, nos estamos refiriendo al conocido como Corral del Conde, en el número 27 de la calle Santiago, casi al frente del número 22, donde estuvo colocada la llamada Cruz de los Navarros. Considerado como uno de los mejores ejemplos de arquitectura popular, hunde sus orígenes en la etapa musulmana y en el siglo XVII fue propiedad de Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, de ahí su nombre. El actual edificio es fruto de la unión del propio corral del Conde con el del Horno y su estructura se articula en torno a un patio con forma de "L", con habitaciones (llegó a tener 134) en tres plantas y lavaderos, cocinas y retretes e incluso capilla comunitarios.

Durante años fue famoso por su populoso vecindario, donde no faltaban las fiestas populares en torno a celebraciones familiares, como bodas, bautizos y velatorios, o populares, como las conocidas Cruces de Mayo, que daban lugar fechas festivas en el calendario, tal como reflejó Francisco Palacios "El Pali" en algunas de sus sevillanas: 

"En el Corral del Conde
hubo un bautizo,
que gozaron con gracia
"to" los vecinos.
Y pa salero
el padrino del niño
que era bombero."

Tras décadas de uso, en las que recibió incluso la visita de los famosos actores cinematográficos Douglas Fairbanks y Mary Pickford en 1924, desgraciadamente en 1969 el corral fue declarado en ruina y diez años después, declarado Monumento Histórico Artístico en noviembre de 1979; a la postre y por fortuna, entre 1981 y 1984 se emprendió su restauración, a cargo del arquitecto José Manuel Martínez Escribano, recuperando el esplendor perdido, aunque ahora, signo de los tiempos, los modernos apartamentos turísticos se han apropiado de aquel recinto. 

Casi enfrente con el zaguán de entrada al Corral del Conde, en el número 38, tal como recuerda un azulejo, tuvo su taller el escultor e imaginero Sebastián Santos Rojas, nacido en 1895 en Higuera de la Sierra (Huelva) y autor, por ejemplo, de la imagen de Jesús de la Sagrada Cena o Dolorosas como la de los Dolores del Cerro del Águila, Refugio, Merced o Concepción, sin olvidar su fecunda producción como artista plástico en esculturas de pequeño formato y monumentos civiles, como el de Carmen la Cigarrera o el busto de Cervantes de la calle Entrecárceles.

Terminamos, no sin antes hacer referencia al poco conocido convento de Santa María de los Reyes, de religiosas dominicas, fundado en 1611 por Sor Francisca Dorotea (retratada por Murillo y cuyo proceso de beatificación se detuvo) sobre las antiguas "Casas Principales" del Duque de Veragua, aunque según investigaciones arqueológicas el lugar habría albergado desde una necrópolis romana hasta un barrio de época almohade, pasando por la residencia medieval del llamado "Rey de Baeza", Fernando Abdelmon, apelado así por haberse convertido al cristianismo en tiempos de la conquista de Sevilla en 1248. Por cierto, en la plaza de Jesús de la Redención, un hotel con encanto ha tomado el nombre del rey, sin mucho fundamento, todo sea dicho.

Con iglesia construida en el XVIII bajo los auspicios del arzobispo Luis Salcedo, en 1970 quedó cerrado el convento y las seis religiosas que quedaban fueron trasladadas al monasterio de Santa María la Real de la calle San Vicente. Será finalmente la Junta de Andalucía quien adquiera el inmueble en 1986, con la desgracia de que en 1991 un incendio destruirá parcialmente la iglesia en la que estaban sepultados Juan de Salinas, Sor Francisca Dorotea y el mismo Manuel López Pintado, lo que obligará a diversas obras de restauración para transformar parte del edificio, ahora perteneciente a la Consejería de Fomento, que por el momento lo mantiene cerrado y sin uso definido pero esa, esa ya es harina de otro costal.

05 octubre, 2026

Dueñas.

Aprovechando la aparente y ¿definitiva? bajada de temperaturas, en esta ocasión, nos vamos a dar una vuelta por una calle que pese a lo corto que supone hacer su trayecto posee el privilegio de haber albergado y albergar conventos, palacios y ser lugar de nacimiento de dos afamados escritores sevillanos; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre la confluencia de Sor Ángela de la Cruz-San Juan de la Palma-Gerona y la calle Doña María Coronel, se extiende una vía que en principio, según Santiago Montoto, recibió el nombre de Duque de Alcalá en el siglo XVI, en alusión a los descendientes de la famosa Catalina de Ribera, aunque desde el siglo XVII, sin embargo, comenzó a ser conocida como calle de las Dueñas, en referencia al convento femenino cisterciense de Santa María de las Dueñas. En el plano de Olavide de 1771, la denominación de Dueñas se extendía incluso por la actual calle Doña María Coronel hasta la esquina con Bustos Tavera.

Solitaria y sin apenas casas a lo largo de la su historia, en esta calle tuvo una de sus primeras sedes la renovada Academia de Pintura, que siguiendo la de Murillo fue refundada en 1759 por el pintor Juan de Uceda y el platero Eugenio Sánchez Reciente, y que alcanzó a contar con 250 alumnos que eran formados en dibujo, modelado, matemáticas y pintura; posteriormente la academia se situará en otras sedes, como la calle del Puerco (actual Trajano) o los Reales Alcázares. 

La calle Dueñas en 1771: el edificio con el número 84 es el desaparecido convento de Las Dueñas.

En la acera derecha, entrando por la esquina del conocido Bar Dueñas (con más de cincuenta años de historia a sus espaldas) habría que echar en falta el antes mencionado convento, fundado en tiempos de Fernando III, siendo el segundo en antigüedad tras el de San Clemente; a las monjas de este lugar se las llamaba "dueñas", de ahí su nombre. A lo largo de su trayectoria como cenobio acogió a religiosas procedentes de la nobleza y gozó de bastante riqueza económica, con tierras de labor en propiedad en numerosos municipios de la provincia; figuras relevantes serán Catalina de los Ríos (que vivió en el siglo XV), que llegó a ser abadesa de las Dueñas y de San Clemente o la monja poetisa Constanza Ossorio (1564-1637), monja y abadesa del convento que destacó por su gran talento en lo musical y en lo lírico, dominando con soltura el latín y teniendo en su haber varias obras escritas de mérito.

Derribo del convento de las Dueñas. 1868.

La revolución de 1868 expropió el convento y procedió, casi inmediatamente, a su derribo, perdiéndose incontables obras de arte, siendo algunos retablos desmontados y llevados a la parroquia de Santa Marina y conservándose en el Museo de Bellas Artes de nuestra ciudad varios valiosos relieves procedentes de otros retablos, obra de Andrés de Ocampo y Miguel de Adán; por su parte, el cancel de madera tallada quedó instalado en la parroquia de Omnium Sanctorum. La comunidad de monjas, tras un penoso periplo por varios conventos sevillanos, marchó finalmente al de Santo Domingo el Antiguo de Toledo, donde quedaron alojadas junto con diversas piezas y documentos de las Dueñas. Como detalle de la destrucción, los magníficos artesonados que decoraban las techumbres fueron algunos vendidos como leña y otros, como hemos encontrado en la prensa local, todavía estaban puestos a la venta en 1912:

En agosto de 1873 la prensa local se hacía eco de la situación en que había quedado el solar del desaparecido convento:

"Rota nuevamente la cañería de agua muy cerca del demolido convento de las Dueñas. corre el líquido por la calle del mismo nombre y por la de Bautista, hasta convertir en un profundo estanque la fosa que existe en la esquina de San Juan de la Palma. De baño público sirve a los muchachos del barrio la improvisada laguna, salpicando con agua tan negra como la tinta y hedionda por añadidura a cuantas personas pasan por los alrededores".

Al parecer, en 1874 se construyó sobre parte del antes mencionado solar un edificio de nueva planta, cuya fachada fue calificada por la prensa como "preciosa y elegante", concebido para albergar la Escuela Municipal de Farmacia, germen del actual Colegio de Farmacéuticos de Sevilla.

Por fortuna, mejor suerte ha corrido el convento del Espíritu Santo, fundado en 1538 por la dama malagueña María de Aguilar, que sería su Abadesa Perpetua hasta su fallecimiento, mientras que en 1711 el cardenal Manuel Arias fundará un colegio para atender a niñas de la nobleza, creándose el Colegio de Niñas Nobles del Espíritu Santo, que en 1965 se abrió a toda clase de niñas con clases de EGB y una residencia universitaria femenina, espacios ambos que serán sustituidos por la actual Casa de Espiritualidad. En la clausura del convento recibe culto el conocido Niño Jesús Milagroso cuya tradición mantiene que fue entregado por un desconocido a las religiosas de manera misteriosa en un cajón de madera, con la intención de que se lo guardasen un tiempo, tiempo que terminó convertido en un año, tras el que las monjas decidieron abrirlo y comprobar que en su interior se hallaba una hermosa imagen del Niño Jesús, que pronto gozó de fama por conceder favores y milagros. En su mano derecha porta una campanita, que algunos afirman haber oído tras producirse un gran favor o milagro. Un azulejo que lo representa aparece en la fachada del convento que da a Dueñas.

El otro gran edificio es el Palacio de las Dueñas, fundado inicialmente en el siglo XIV por la familia Pineda, según la tradición que recoge el cronista Ortiz de Zúñiga, la captura de un miembro de la familia por los musulmanes durante la guerra de Granada obligó a poner a la venta el palacio a fin de pagar el cuantioso rescate reclamado por la liberación del cautivo, siendo la beneficiaria de tal circunstancia Doña Catalina de Ribera, quien adquiere casas, corrales, huertas y edificios en 1496. Reformado profundamente, el palacio permanecerá en poder de los Enríquez de Ribera hasta que en 1612 Antonia Enríquez de Ribera contrae matrimonio con Fernando Álvarez de Toledo y Mendoza, cuarto Duque de Alba, por lo que la propiedad del palacio recaerá desde entonces en este ducado. Tras la muerte de Cayetana de Alba en 2014, el palacio será abierto al público para visitas.

En 1771 se construye su hermosa portada, donde destaca el imponente panel de azulejería con motivos heráldicos, bélicos y el blasón de la familia. En el siglo XIX el duque de Alba decide dividir el palacio en doce apartamentos para alquilar (nada nuevo, por otra parte), siendo la familia Machado una de las arrendatarias, de modo que en julio de 1875 nacerá en este palacio el escritor Antonio Machado, bautizado en la parroquia de San Juan de la Palma; tal como recuerda un precioso azulejo (colocado en 1985) y un curioso monumento, realizado por el escultor Julio López en 2015 y que combina un relieve del escritor con una joven lectora de su obra. En su «Retrato» que aparece en la obra Campos de Castilla recordará sus primeros años con unos versos que han pasado a la historia: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero".

Sin azulejo ni recuerdo, sin embargo, aparece el antiguo número 6 de la calle, ahora sin puerta, donde veintidós años después de Machado, un 7 de agosto de 1897, nacerá Manuel Chaves Nogales, uno de los escritores sevillanos del siglo XX que mejor ha sabido conocer las entretelas de La Ciudad, tal como la retrató en una de sus obras, aunque su formación periodística propiciará que nos haya dejado numerosos reportajes de raiz hispalense, no sólo sobre fiestas populares, sino sobre aspectos sociales y de denuncia sin caer en el falso almíbar ni en la autocomplacencia. Su biografía del matador de toros Juan Belmonte está considerada como una de sus mayores aportaciones literarias, sin olvidar cómo supo retratar con toda crudeza la crueldad de la Guerra Civil Española por parte de ambos bandos en su libro de artículos A sangre y fuego, de 1937. Asqueado por la violencia de los extremismos de izquierda y derecha en los primeros meses de la contienda, decidirá marcharse a París con su familia a fines de 1936 para luego, tras la invasión nazi de 1939, viajar a Londres, donde fallecerá en mayo de 1944 y será sepultado a la temprana edad de 47 años. 

Curiosamente, ese número 6 de Dueñas tendrá varios usos, en él radicaba en 1900 la tienda de Pérez Cobián, aunque en 1906 figuraba la tienda al por menor en la calle Martín Villa 10 y el almacén en Amor de Dios número 23. Dedicada a la fabricación de cabeceros y somieres de cama, con fábrica ubicada entonces en la Macarena, en la zona comprendida ahora entre las calles Antonio Buero Vallejo y  Dr. José Manuel Puelles de los Santos, donde está el IES "Macarena", con el tiempo pasó a la historia por ser zona de chabolas e incluso de fusilamientos en tiempos de la contienda civil. y en 1907 lo ocupará como sede social la Asociación de Albañiles, que allí ya tenía establecido su Centro de Instrucción. 

Terminamos. Aunque no pertenezca a la calle Dueñas, sería imperdonable no mencionar cómo ésta se ve presidida al fondo por la imponente espadaña del antiguo convento de la Paz, sede de la Hermandad de la Sagrada Mortaja, quien cada Semana Santa, como otras cofradías, emplea la calle de la que ahora nos despedimos como parte de su itinerario habitual el Viernes Santo, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 





21 septiembre, 2026

Barriendo para casa.

En esta ocasión, como si hiciéramos limpieza, nos vamos a centrar en un objeto cotidiano, con miles de años de antigüedad, relacionado con vuelos hechiceriles y que da nombre a centenaria taberna y a devota representación pictórica de Jesucristo, sin olvidar que se le asocia a un santo muy querido por la piedad popular, a una castiza calle por San Gil o a una secular taberna; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Allá por el año 4.000 a. C., en la antigua Mesopotamia, alguien debió darse cuenta de que, abandonado al fin el ir de aquí para allá que suponía el primitivo nomadismo, uno de los problemas que brotaba en el suelo de sus viviendas era el de la suciedad acumulada, así que, dada la necesidad, surgió la ingeniosa idea de atar ramas secas de arbustos y con ellas hacer algo tan simple y prosaico como barrer el pavimiento; con el tiempo, el invento quedó rematado, nunca mejor dicho, con el añadido de una vara o palo para facilitar su manejo: había nacido la escoba. 


Definida por la Real Academia de la Lengua como «utensilio compuesto por un haz de ramas flexibles o filamentos de otro material sujetos normalmente al extremo de un palo o de un mango largo, que sirve para limpiar el suelo», en 1797 un granjero norteamericano, llamado Levi Dickenson ideó una escoba que empleaba el tallo y hojas del sorgo (un tipo de planta cereal) y pronto su uso se extendió por muchos lugares y concebida en principio como elemento redondo, ya que las ramas se ataban en círculo en torno al remate del palo, hasta que, a principios del siglo XIX, se dice que fueron los Shakers (rama escindida de los cuáqueros protestantes) quienes acertaron a crear la conocida escoba plana, que al ser más ancha resultaba más efectiva a la hora de empujar la suciedad. 

 

Cervantes, en su novela "Rinconete y Cortadillo" relatará una fiesta improvisada en el patio trianero del famoso Monipodio, rey de los ladrones, donde cada cuál bailará o tocará a su leal saber y entender, sobresaliendo cómo el propio Monipodio crea unas castañuelas con unos platos rotos o como "La Gananciosa", una de sus compinches, en presencia de Rinconete y Cortadillo, hace lo propio acompañando la melodía rasgueando una escoba como si fuera un laúd. 

Rinconete y Cortadillo. Detalle. 1858. Manuel Rodríguez de Guzmán.
 

Por cierto, y como barruntará ya algún lector, no podemos "barrer bajo la alfombra" (con permiso de Harry Potter) e ignorar que será un elemento tradicionalmente asociado a las brujas desde el siglo XV, aunque no será más adelante cuando se las represente volando sobre ellas, algo que algunos han asociado al consumo de determinadas sustancias alucinógenas y al hecho de “volar” cuando entraban en trance. El pintor Francisco de Goya, en sus Caprichos, publicado en 1799, reflejó en uno de sus grabados, titulado “Linda Maestra” el vuelo de dos brujas desnudas, una de mayor edad y otra más joven y, como afirma la explicación que se conserva en el Museo del Prado: «la escoba es uno de los utensilios más necesarios a las brujas, porque además de ser ellas grandes barrenderas, como consta por las historias, tal vez convierten la escoba en mula de paso y van con ella que el diablo las alcanzará.»

 

Más detalles en torno a las escobas. En la conocida como Nave del Lagarto de la Catedral, en uno de sus muros, puede encontrarse una antigua pintura al fresco que representa un Calvario con Jesús Crucificado (curiosamente sin la lanzada en el pecho) en compañía de la Virgen María y San Juan Evangelista, datable como de la primera mitad del siglo XVI y que ha sido restaurada en 2024 por el Cabildo Catedralicio. Nuestro habitual en estas páginas, el historiador José Gestoso, allá por 1885, denominó a esta imagen con el inusual nombre de el Cristo de los Escobones, porque, según él, la lampara de aceite que iluminaba esta imagen se mantenía encendida con el importe de las escobas viejas que se gastaban en la limpieza del templo y eran revendidas, de modo y manera que gracias al “reciclaje” dicho Calvario nunca estaba a oscuras.


Además, a escasos metros de esta pintura, en el arranque de la popularmente conocida Cuesta del Bacalao, se encuentra la conocida Taberna de las Escobas, de la que al parecer se tiene noticia desde 1386 y por la que, a lo largo de su dilatada historia, pasaron personajes de la talla de Lope de Rueda, el antes mencionado Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Alejandro Dumas, Lord Byron o, más recientemente, los hermanos Álvarez Quintero; al parecer, el origen de este establecimiento radica en un artesano que, a la vez que fabricaba escobas, aprovechaba para vender vino, ganando poco a poco terreno la función hostelera frente a la "escobera" y perdurando hasta nuestros días.

 

Que el uso de las escobas era harto frecuente en Sevilla lo demuestra que hasta tengamos en nuestro callejero una calle denominada Escoberos desde 1665 nada menos y que abarca desde la calle Peral, atravesando Feria, hasta la Plaza de San Gil. Aunque algunos de sus tramos recibieron los nombres de Huerto de los Linos, San Salvador o Santa Isabel, a la postre, en 1845, todos quedaron unificados en el nombre que ha llegado hasta nosotros y que tiene que ver quizá con la presencia de artesanos que fabricaban escobas en este sector de la feligresía. Paralela a las calles Bécquer, Antonio Susillo o Relator, experimentó numerosos cambios en su trazado y fue siempre calle de las más habitadas del barrio de San Gil. 
 
La calle del Huerto (ahora Escoberos) en el Plano de Olavide (1771).
 
Como era habitual en esa época, la calle se hallaba apenas empedrada y, como veremos, sufría las consecuencias de los temporales, tal como se recoge en un escrito vecinal publicado en el diario El Liberal de febrero de 1932:
 
«Los vecinos de las calles Faustino Álvarez y Escoberos protestamos del abandono en que tiene el Ayuntamiento el trozo que existe desde la calle Escoberos a Bécquer, pues se da el caso de cuando caen tres gotas se hace un lodazal estilo porqueriza, con notorio perjuicio para la salud pública por el insoportable hedor que despide, infestando los domicilios de este humilde y pacífico vecindario, digno de mejores atenciones. Al mismo tiempo es atentario al decoro de Sevilla. Seguramente el señor teniente de alcalde y concejales por el distrito no pasan nunca por este trozo y si pasan, cerrarán los ojos para no ver el citado lugar. No dudamos de que al hacer pública la queja la deficiencia denunciada no continuará mucho tiempo subsistiendo, por lo que tiene de justa y en bien del vecindario de esta parte de la ciudad. Gracias, señor director, por la publicación de esta queja.»


Desde el punto de vista de la azulejería devocional destaca el azulejo de la Virgen de la Esperanza que preside la fachada del número 17, realizado por Enrique Mármol en 1930 a instancias del promotor del edificio, Ramón Labanda Oviedo, que, curiosamente, llegó a ser Hermano Mayor de la Hermandad de Todos los Santos y también otro azulejo, datable como de 1917 en el número 24, que representa al Cristo del Amor, pintado por André Lapouzade e idéntico a otro que se encuentra en el sevillano barrio del Porvenir. 
 
 
Terminamos, no sea que nos alcance el "coche-escoba" o que nos sacudan desde "el tren de la escoba". Dejamos para el final cómo en 1962 el limeño Fray Martín de Porres (1597-1639) fue elevado a los altares por el Papa Juan XXIII, reconociendo en este dominico, primer santo mulato de la historia, las virtudes de la fe, la caridad y la humildad, materializada ésta en que siempre se le representa portando una escoba, lo que le ha hecho poseer el cariñoso apelativo de Fray Escoba y ser nombrado patrón de barberos y empleados de limpieza. Recibe culto en algunas iglesias sevillanas, como la Capilla de los Ángeles de la Hermandad de los Negritos o el Convento de Madre de Dios de la calle San José. Coincidiendo con su canonización el Ayuntamiento de Sevilla nombró de San Martín de Porres a la Plaza situada en la encrucijada de San Jacinto, López de Gómara y Ronda de Triana, pero esa, esa ya es harina de otro costal.
 

07 septiembre, 2026

Se busca pintor.

En esta ocasión, arrancando casi como el nuevo curso escolar en este verano que se resiste a marchar, nos vamos a ocupar del destino final de un conocido pintor paisano nuestro, universalmente famoso por sus magistrales obras pero cuya tumba no podemos visitar; pero, para variar, vamos a lo que vamos, aunque en esta ocasión, como veremos, nos tengamos que desplazar a la capital del Reino. 

Casa natal, pila bautismal y placa dedicada a Velázquez. Foto Reyes de Escalona.

Bautizado en la sevillana parroquia de San Pedro, donde se conserva el documento de su partida bautismal junto con una placa de mármol que recuerda la efemérides, vecino de dicha feligresía al vivir en la muy cercana calle Padre Luis María Llop, en el antiguo barrio de la Morería, de la que ya hablamos en otro momento, Diego Velázquez habría nacido en junio del año 1599, hijo de Juan Rodríguez de Silva, un notario eclesiástico con antepasados portugueses y de Juana Velázquez, de quién tomará el apellido. Formado inicialmente en el taller de Francisco de Herrera, el mal carácter del maestro le hará buscar otro tutor, de ahí que, con solo once años de edad, pase al de Francisco Pacheco, situado en la llamada calle del Puerco, actual calle Trajano, a la altura hoy de su número 31, donde se encuentra ahora el Hotel Venecia. 


En 1617 se examinó finalmente como maestro pintor, ingresando en el correspondiente gremio y al año siguiente, antes de cumplir diecinueve años, contraerá matrimonio con Juana Pacheco, la hija de su maestro, alquilando sucesivamente varias viviendas en calles como las del Garzo (ahora de García Ramos) o de la Garbancera (Jesús del Gran Poder, a la altura de Conde de Barajas) pero no tardará en destacar por su buena mano en la composición y ejecución tanto de retratos (como el de Luis de Góngora) como pintura religiosa, sin olvidar tipos populares (como el Aguador de Sevilla), logrando poco a poco cierta fama en los mentideros artísticos de Sevilla. Al contrario que su paisano Murillo, que fue cofrade de la Vera Cruz y de la Virgen de la Alegría, no hay datos escrito que confirmen que Velázquez perteneciera a alguna hermandad sevillana o madrileña.


Fruto de ello, en un caluroso mes de agosto de 1623 emprenderá viaje a Madrid, escuchando la llamada del entonces todopoderoso Gaspar de Guzmán, el Conde Duque de Olivares, Valido del rey Felipe IV, y quedando bajo la protección de otros sevillanos residentes en la Corte que prosperaban bajo la sombra del Valido: Juan de Fonseca y Francisco de Rioja. Dará con ello principio a una etapa en la que pasará a formar parte de los complicados y protocolarios engranajes la Corte, desempeñando el cargo de Pintor de Cámara con un sueldo de veinte ducados mensuales. Del mismo modo, ostentará cargos que en principio poco tendrán que ver con su oficio, como el de Ujier, el de Alguacil de corte, de Ayuda de Guardarropa, Ayuda de cámara e incluso Superintendente de Obras, participando de la vida cortesana como retratista de la familia real y decorador de espacios tales como el Palacio Real o el del Buen Retiro, para el que creó La Rendición de Breda (1634-1635), amén de toda una serie con retratos de bufones. Su trayectoria pictórica (en la que le acompañará su hermano Juan, fallecido en 1631) y palaciega provocará no pocas envidias; será llamado "el Sevillano" por su seseo al hablar, acusado de ambicioso y no faltarán, a lo largo de los siglos, críticos de su vida y obra.

En una última etapa madrileña, tras la caída en desgracia del Conde Duque de Olivares en 1643, quizá por estar repleto de responsabilidades palaciegas, el caudal creativo del maestro Velázquez se reducirá bastante, aunque, en contrapartida, surgirán obras como Las Meninas o Las Hilanderas, que no harán sino consagrar una trayectoria artística repleta de belleza y aciertos. Viajará por Italia, tratará al también pintor Rubens de igual a igual y, en 1660, prueba del grado de confianza ganado ante el monarca, se ocupará ni más ni menos que del alojamiento de toda la corte en la localidad guipuzcoana de Fuenterrabía, a donde se había desplazado para los esponsales de la Infanta María Teresa con el monarca francés Luis XIV y habría coincidido, dicen, con un capitán de mosqueteros apellidado D´Artagnan. Agotado por el tremendo esfuerzo que suponía tal tarea, contraerá la viruela a su regreso a Madrid, falleciendo a las tres de la tarde del 6 de agosto de aquel año en su vivienda cercana al Palacio Real, donde también estuvo su taller, actual Plaza de Oriente número 3, como recuerda una placa al efecto.

Como caballero de la Orden de Santiago, fue sepultado en la Iglesia de San Juan Bautista, un antiguo edificio del siglo XIII ubicado en la Plaza de Ramales y que fue considerado una de las primeras diez parroquias de Madrid, y dada su proximidad al Palacio Real, se convirtió en Parroquia del Real Palacio. Derribada por José Bonaparte en 1810 dentro de sus planes urbanísticos, desde entonces y por desgracia se le perdió la pista a la sepultura de Velázquez, de modo y manera que en la actualidad se desconoce dónde está su cuerpo, algo parecido, curiosamente a lo acontecido con la sevillana sepultura de Murillo en la también demolida Parroquia de Santa Cruz.

Para perpetuar la memoria de Velázquez en 1960 se acordó colocar una cruz de forja (diseñada por el arquitecto  Fernando Chueca) con fuste de piedra sobre sencilla base de mármol, siendo todo ello iniciativa de las autoridades madrileñas. En su basamento se recuerda el lugar donde descansan los restos mortales del pintor y una frase: “Su gloria no fue sepultada con él”. En 1999, durante unas catas arqueológicas en la mencionada plaza de Ramales para la construcción de un aparcamiento subterráneo, se pudo desenterrar parte de la cimentación de dicha parroquia, reproduciéndose su planta en el pavimento y dejándose bajo el suelo, acristaladas, zonas de la edificación de aquel primitivo templo que acogió los huesos de un pintor sevillano cuya tumba, como las de otros contemporáneos suyos, como Calderón de la Barca, Cervantes o Lope de Vega, por ahora, no podemos visitar; pero esa, esa ya es harina de otro costal.


P. d. dedicado a Antonio, fiel lector y vecino del Salvador. Ahora, seguro, está en El Paraíso. 

27 julio, 2026

Por la Puerta la Carne.

En esta ocasión, en Hispalensia y siempre "por la sombrita", vamos a trasladarnos para descubrir una calle en pleno barrio de la Judería, muy vinculada al Martes Santo, donde se dice hay una casa en la que durmió un rey y que incluso conserva, en sus entrañas, testimonio funerario de épocas pasadas; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Partimos de la base de que su nacimiento como calle tuvo que ver con el hecho de surgir como vía paralela e interior a la muralla almohade, pues extiende sus extremos entre dos plazas: desde la de los Refinadores (donde el monumento a Don Juan Tenorio) a la de los Curtidores, no lejos de la parroquia de San Bartolomé. Por esta circunstancia, recibirá el nombre (poco original por otra parte) de Muro, Muro de la Carne o Muro de la Puerta de la Carne, hasta que con el derribo del mencionado lienzo de muralla en el siglo XIX pasó a llamarse Calle del Retiro, quizá por asimilación con la cercana Huerta del Retiro, zona ocupada ahora por los actuales Jardines de Murillo, creados a comienzos del XX.


En 1917 pasará a llamarse Cano y Cueto, pero ¿Quién este este señor con apellidos tan sonoros? Aunque nacido en Madrid allá por 1849, siendo un niño se trasladó a Sevilla con su familia, donde no llegó a terminar sus estudios de Derecho. Huérfano desde joven y dotado de muy buena capacidad para la escritura, tanto en prosa como en verso, no tardó en convertirse en articulista habitual en los diarios sevillanos del momento, sin olvidar su profundo amor por nuestra ciudad, plasmado en sus numerosos textos dedicados a sus leyendas y tradiciones, con varios libros de esta temática en su haber. Tampoco ignoró la política, perteneciendo como diputado monárquico al Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo y llegando a ostentar el cargo de gobernador civil en varias capitales de provincia andaluzas, entre ellas Sevilla. Además, fue miembro de la Academia de Buenas Letras (1886) y presidente del Ateneo de Sevilla, lo que da idea de su fecunda vida cultural. Lo olvidábamos, gran admirador de Alejandro Dumas y Víctor Hugo, como curiosidad, fue traductor al español de la obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, en concreto sus "Historias Extraordinarias", en el año 1871, contando sólo con 21 años de edad. En el prólogo de una de sus obras se justificaba sobre su atrevimiento al escribir sobre Sevilla:
"No soy sevillano. Pero aquí, en esta ciudad, he pasado toda mi vida. Sevillana es la mujer cuya hermosura hechiza mis ojos y cuya virtud enamora mi alma. Sevillano es mi hijo, consuelo de todos mis dolores. Sevillana es la tierra que guarda las cenizas de mis padres. No soy sevillano, pero merezco serlo; siquiera porque he dedicado toda mi actividad y toda mi inteligencia, en trabajo tan rudo como estéril, a ensalzar, en desapacibles, pero entusiastas himnos, todo cuanto en Sevilla fue, todo lo que yace en el olvido, todo su pasado. Más generoso que amar a los vivos es amar a los muertos. Y a los muertos sevillanos he consagrado amor invencible." 

 

Calle de paso para acceder a la zona norte del Barrio de Santa Cruz por Refinadores, posee varios edificios dignos de mención, destacando el que hace esquina con la calle Santa María la Blanca, en cuyo número 17 se conserva una interesante casa con tres plantas y un peculiar  mirador "de silla", a semejanza de los que pueden hallarse en el casco antiguo de Cádiz y que, sobrepasando en altura a la muralla, nos habla de la proximidad a la Puerta de la Carne y al Matadero y de la posibilidad de hacer de "vigía" para avisar quizá de la llegada de mercancías o personas importantes. El historiador Joaquín González Moreno descubrió que el mirador, barrocamente decorado, dataría en torno al siglo XVIII, aunque la parcela, cuya construcción primitiva no ha llegado por desgracia hasta nosotros, sería mucho más antigua, en concreto del XVI y habría sido, en principio, propiedad del Hospital de San Cosme y San Damián, popularmente conocido como de las Bubas. El citado historiador, además, aludía a otro mirador, en este caso ubicado en la calle de Santa Lucía de El Puerto de Santa María como quizá referencia para éste que relatamos. 

Seguimos hablando de arquitectura: sería pecado no destacar el número 1 de la calle que comentamos, ejecutado bajo planos de Aníbal González: la Casa Prieto, construida entre 1915 y 1919 y de la que destaca, aparte del habitual uso del ladrillo, la cerámica y la forja, su magnífica balconera acristalada o "cierro", que sobresale casi como un espigón en la esquina y se sostiene por un dinámico juego de ménsulas o apoyos en forma de "S" realizados en forja. Del mismo modo, destaca su interior, con un precioso patio de columnas en torno al cual se articula la distribución de los diferentes espacios, todo ello en un momento en el que triunfa el estilo regionalista amparado por las élites culturales y políticas de la ciudad que aguardaban la Exposición Iberoamericana como "agua de mayo", dentro de su regeneracionismo. 


Por cierto, si al comienzo mencionábamos el pasado judío de este sector, habría que resaltar su importancia como cementerio hebreo, algo que puede comprobarse in situ si bajamos hacia el parking cuya entrada se encuentra casi al lado del arranque del cercano Paseo de Catalina de Ribera. Una vez usado el acceso peatonal, sorteando con cuidado el tráfico, encontraremos, junto a la plaza de aparcamiento número 63 una tumba que permanece intacta en su ubicación original y que fue hallada, junto con otras, durante la excavación arqueológica dirigida por Isabel Santana en 1992; del denominado tipo "lucillo", datable entre el siglo XIII y el XV y orientación oeste-este, está configurada por varias hiladas de ladrillo y rematada por una bóveda de medio cañón compactada con arcilla y a veces con cascotes. Al parecer, se hallaron restos de clavos o puntillas, señal del uso de ataúdes de madera.


Terminamos, y lo hacemos mencionando el número 7 de la calle, ahora restaurado y perteneciente al siglo XVII:la tradición popular marca que el azulejo que corona su fachada (del siglo XVIII), con la imagen del Rey San Fernando alude a que el monarca castellano durmió en este inmueble, entonces posada, la noche antes de su entrada en Sevilla allá por 1248. En uno de sus bajos comerciales se aloja un célebre puesto de "calentitos", fundado antes de 1860 y que durante un tiempo combinó esta actividad con la venta de joyería realizada en ámbar, justo al lado del conocido restaurante Modesto, con raíces en la onubense Villalba del Alcor y que va ya por la tercera generación al frente de sus fogones; en definitiva, calle antigua y moderna a la vez, que cada noche de Martes Santo luce como nunca al paso de la Hermandad de la Candelaria tras su paso por los Jardines de Murillo, en un itinerario que ha cumplido ya cien años, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

13 julio, 2026

Una calle Bárbara.

Nos acordamos de ella cuando truena, es patrona de artilleros y mineros, mártir, tiene una festividad que va y viene, su devoción y culto se extiende por toda la cristiandad y, además, tiene calle muy antigua en Sevilla; en esta ocasión, en Hispalensia, nos centramos en la figura de Santa Bárbara, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Pocos, muy pocos datos históricos se conservan sobre esta joven de gran belleza; se la supone nacida en el siglo III en la ciudad de Nicomedia, provincia romana de Bitinia, actual ciudad turca de Izmit. Hija de un rico comerciante, llamado Dióscoro, fue encerrada en una torre para que nada ni nadie pudiera acercarse a ella, sin embargo, durante un viaje de negocios de su padre caerá enferma y será curada milagrosamente por la intercesión de Jesucristo, recibiendo el bautismo a continuación gracias a una cristiana criada suya. El regreso del padre supondrá el fin de sus días, ya que, tras negarse a volver a sus creencias y adorar a los dioses romanos será martirizada de todas las manera posibles por el prefecto Marciano sin que sufra daño alguno para sorpresa de todos. Será su padre quien, finalmente, decapite a Bárbara en un monte, encontrando también la muerte por el súbito impacto de un rayo que no dejará ni rastro de Dióscoro. 


La tradición marca el 4 de diciembre como fecha de su muerte, y su cuerpo, en unión del de Santa Juliana, será enterrado en la ciudad de Heliópolis, llamada Kizil Irmak en nuestros días y perteneciente del mismo modo a Turquía. Pronto su sepulcro se convertirá en centro de peregrinación, sus reliquias se repartirán por Europa y se extenderá su devoción hasta que en el siglo V se constata su culto en lugares tan alejados como Irlanda o Alemania. En la Edad Media, el Camino de Santiago será una de las vías de difusión por España de la devoción a Santa Bárbara, dándose el caso de que tras la conquista de Écija en 1240 por Fernando III el Santo una de las cuatro parroquias creadas llevará su nombre. Su culto fue confirmado por Pío V en 1568, quien la incluirá en el santoral católico, desapareciendo y volviendo a aparecer del mismo en tiempos recientes con motivo del Concilio Vaticano II.

Convento de San Leandro. Retablo mayor. Foto: Reyes de Escalona.  

El impulso quizá definitivo vendrá de la mano de Felipe el Hermoso y el Emperador Carlos, ya que el culto a la santa estaba muy extendido en Flandes, tierra natal de ambos, mediante cofradías y corporaciones formadas por artilleros, destacando la figura de Juan de Terramonda, capitán artillero que el 4 de diciembre de 1522 celebrará la festividad de su patrona con salvas de cañón disparadas desde el castillo de Burgos, en las que se emplearon dos barriles de pólvora y cuya huella documental es la primera señal de esta devoción entre bombardas y cañones. A partir de ahí, en manuales artilleros, se ordenaba que, a la hora de preparar un disparo desde una pieza, el artillero se encomendase a Santa Bárbara, que además, curiosamente, da nombre al pañol o compartimento de cualquier navío de guerra donde se almacena la pólvora: la santabárbara (todo junto); por su parte los mineros españoles, habituales en el manejo de los explosivos, comenzarán a rendirle culto y también la convertirán en patrona en torno al año 1870.


Representada siempre como una joven de gran hermosura, aparecerá portando por un lado la palma del martirio y casi siempre una torre con tres ventanas, recuerdo de su cautiverio y de las tres personas de la Santísima Trinidad, aunque en otras ocasiones llevará en sus manos una espada o un cáliz, como testimonio de su conversión al cristianismo. 

En Sevilla el culto a Santa Bárbara estará ligado al Arma de Artillería, que tendrá su epicentro la Real Maestranza de Artillería, primero en el Arenal (donde hubo una capilla presidida por una pintura de la Santa de Alonso Miguel de Tovar) y luego en el barrio de San Bernardo. A partir de ahí surgirá la estrecha vinculación con la parroquia y cofradía de penitencia del mismo nombre, que cada Miércoles Santo, acompañada por un piquete de tropa de artillería, saca un banderín dedicado a la santa mártir que también aparece en el faldón delantero del hermoso paso de palio de la Virgen del Refugio. Figura importante en el ámbito artillero será la del coronel Augusto Plasencia, del que hablamos no hace mucho al dar pormenores de la calle que lleva su nombre. y al que Isabel II otorgará el título de Conde de Santa Bárbara por los servicios prestados a la corona.  Por cierto, desde 1990 la fábrica de artillería, denominada ahora General Dynamics European Land Systems -  Santa Bárbara, se encuentra radicada en Alcalá de Guadaira

Parroquia de Omnium Sanctorum. 

Raro será el templo sevillano que no posea una imagen de Santa Bárbara, o incluso alguna reliquia suya, como es el caso de la Iglesia Colegial del Salvador, donde radicó una hermandad a su nombre, que data del año 1704 y en cuya torre se haya una campana también de mismo nombre de 1724 y un peso de setecientos kilos. Además, existirán capillas dedicadas a ella tanto a una orilla del río como a la otra, esto es, en la Catedral o en la Real Parroquia de Santa Ana, sin olvidar la existente, por ejemplo, en la parroquia de San Nicolás (que porta como torre una reproducción de la Torre del Oro) atribuida a Hita del Castillo o la que figura en la exposición permanente de San Luis de los Franceses, obra de Francisco Meneses Osorio (1703) y procedente del desaparecido Hospital de los Inocentes.

Como protectora ante truenos y rayos, suyo será el célebre refrán de “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”, relacionado con el recuerdo a alguien o algo cuando únicamente se tiene necesidad y, por añadidura, contará incluso con dos calles en Sevilla nada menos, la primera poseía ese nombre en la zona del Campo de los Mártires en 1739, aunque en 1859 pasó a llamarse de Atanagildo, rey visigodo al que la leyenda atribuye la fundación de un templo a San Cristóbal en la zona ahora ocupada por la parroquia de San Benito; con este cambio de nombre se buscaba evitar confusiones con la otra calle Santa Bárbara, ésta ubicada perpendicular a Jesús del Gran Poder y que desemboca en Trajano. En 1705 era conocida como Pasadera de San Francisco de Paula, dada su proximidad al convento de frailes mínimos franciscanos del mismo nombre, ahora sede de la Hermandad de los Javieres; ya en el último tercio del siglo XIX recibirá su nombre actual, debido al parecer a la existencia de un corral de vecinos en la zona desde al menos el siglo XVIII o quizá también a que en la iglesia de San Francisco de Paula estuvieron acuarteladas tropas de artillería en el XIX.


Adoquinada en 1898 y dotada de alumbrado eléctrico en 1949. en el siglo XIX fue muy conocida en la calle la llamada Farmacia del Potro, en alusión a la calle del mismo nombre perpendicular a Santa Bárbara y que ahora se renombrado en honor a Ana Orantes, como justo homenaje a la lucha contra la violencia de género; por cierto el nombre de Potro tiene un origen curioso, al parecer en una de las muchas y graves avenidas del Guadalquivir que afectaron a la ciudad, flotando en las aguas de la Alameda apareció el cuerpo de un potro, que poco a poco, (literal, como se dice ahora) “navegó” hasta entrar por el ventanal de una casa hasta la que había llegado el nivel de las aguas, pero esa, esa ya es harina de otro costal.