29 junio, 2026

Abanicando.

Objeto imprescindible en fechas veraniegas, cargado de historia, con usos religiosos, bélicos y hasta políticos, a veces obra de arte y otras con curioso y desaparecido lenguaje propio; en esta ocasión, hablamos del abanico, pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Hace miles de años, la humanidad buscó algo con que espantar los molestos insectos y refrescarse de los rayos del sol, sobre todo en aquellas zonas donde el calor era difícil de soportar; fruto de esa necesidad, comenzaron a usarse grandes hojas de loto, plátano o palmera. Poco a poco, este abanico inicial evolucionó y formó parte de ajuares reales junto con quitasoles o espantamoscas, tal como documentó allá por 1920 el historiador del arte Joaquín Ezquerra del Bayo en bajorrelieves egipcios o asirios y en miniaturas indias, donde aparecían portadores de grandes abanicos conformados por plumas de pavo real colocados en el extremo de un largo palo. 


En el siglo XXVII antes de Cristo se sitúa en China la invención del abanico rígido, algo similar al conocido "paipay", mientras que en Japón la leyenda establece que el abanico plegable surgió a imitación de las alas del murciélago, de ahí que antiguamente los primeros abanicos de este tipo se llamasen komori, que significa "murciélago" en japonés; además de uso cotidiano, religioso o suntuario, merece la pena que destaquemos el llamado "abanico de guerra" que o bien servía como señalero a la hora de disponer las operaciones tácticas de las tropas en batalla o bien se empleaba como peligroso elemento de combate (llamado tessenjutsu) realizado en metal y en cuyo uso eran adiestrados los samurais con efectos mortíferos al ser arrojado al contrincante o emplearse como escudo contra dardos. 

Abanico plegable japonés. Siglo XII.

Desde el lejano oriente, quizá comercializados por los fenicios a través del Mediterráneo o llegados a través de rutas caravaneras, los abanicos llegaron a la península ibérica, incluso en su versión griega con mango corto que no hacían necesaria la presencia de un esclavo; en tiempos de la dominación romana se impuso la costumbre del empleo del flabelum como utensilio ligado al lujo, realizado con ricas maderas, con vivos colores que llegó a poseer hasta cierto fin litúrgico, ya que servía para avivar el fuego sagrado empleado en los sacrificios. En el año 2005 fue descubierto en excavaciones arqueológicas realizadas en Itálica un interesante ejemplar de abanico-paipay romano, realizado en marfil, quizá dorado y que había formado parte del ajuar funerario de una dama de la alta sociedad, siendo data como del siglo III d. C.


 Fruto quizá de esa utilidad religiosa serían los flabelos que todavía a mediados del siglo XX se usaban como símbolo distintivo a la hora realizar el acompañamiento procesional del Santo Padre cuando éste era trasladado en la llamada Silla Gestatoria, hoy sustituida por el "Papa Móvil", mientras que aún hoy en la liturgia de la Iglesia Ortodoxa se emplea el "Rapidio", realizado en metal con forma redonda y en el que aparece un serafín alado; por cierto, ya que andamos con abanicos ceremoniales, un recuerdo para los usados por los beduinos de la Cabalgata de Reyes Magos de Sevilla, recuerdo de tiempos pasados. 

El nombre actual de "abanico" parece que proviene del término latino "vannus" que hacía alusión a un utensilio destinado a aventar la cascarilla de los granos de cereal en el medio agrícola o en el ámbito doméstico para aventar el fuego, sin olvidar su función para espantar insectos. En la Castilla del siglo XV se llamó Aventalle, ejecutado en madera de ébano o metales preciosos, plegados en pergamino o terciopelo y pronto las damas nobles, a imitación de las sofisticadas italianas, comenzaron a portarlo colgado por una fina cadenita metálica. En el inventario realizado tras la muerte de la reina Dña Juana (llamada La Loca), acaecida en 1565 puede constatarse todo un listado de abanicos fabricados en oro, con filigranas, sedas o plumas decorando el pais, o sea, la zona semicircular que remata el varillaje.

En ese mismo siglo XVI, Moctezuma, gobernante azteca, regalará primitivos y toscos abanicos a Hernán Cortés cuando éste llegue a sus tierras mejicanas, ignorante aún de las intenciones de éste y ya en el XVII, en la corte de Felipe IV, llegó a crearse el oficio o cargo de "abaniquero de la reina", en una época en la que tenían abiertos talleres de abanicos en Sevilla, aunque no llegaron a formar gremio como en otras ciudades, gentes como Carlos de Arocha, portugués, con vivienda en El Peladero, actual calle Boteros; Alonso de Ochoa, con vivienda en la calle Azafrán y José Páez, éste con obrador en la calle Francos; prueba del valor del abanico, nuestro paisano y pintor Diego Velázquez no tendrá inconveniente en retratar a damas cortesanas portando abanicos allá por 1635.

La mejor calidad de los abanicos franceses o italianos, con permiso de los valencianos, hizo que poco a poco aquellos inundasen el mercado español en tiempos ya de los Borbones; ofrecidos en todo tipo de materiales, de los más caros a los más baratos, los abanicos de aquellos tiempos eran pintados con paisajes o escenas mitológicas, mientras que en el castizo siglo XIX abundarán las escenas ligadas a la tauromaquia, aunque en tiempos de Alfonso XII abundaron los llamado "Pericones", de enorme tamaño, realizados con plumas y de procedencia vienesa. También los hubo de color negro para acompañar al luto, para ocasiones especiales como bodas, como recuerdo de actos o efemérides, como complemento para las "bailaoras" flamencas,  los afamados "de mil caras", traídos por el Galeón de Manila, propagandísticos, etc.

Anuncio en la Guía de Sevilla, 1867.

En nuestra ciudad se había convertido ya en objeto de recuerdo, casi un "souvenir", contando con varios fabricantes de abanicos en Sevilla, muchos con tienda en la calle Sierpes: en 1852, en el antiguo Café del Turco, ponía a la venta sus abanicos el industrial José Colomina, quien presumía de poseer género procedente de Inglaterra y China; en el número 88 la "Abaniquería Española" o Casa Chapartegui y en el 66 José Rubio, un clásico que ya existía en 1853 y que lamentablemente desapareció en el año 2005 como tantos otros comercios tradicionales; tal como reflejó el viajero Roger Burch en su libro "Un verano en España", publicado en 1925 y donde plasmó una costumbre andaluza que le chocó bastante:

"Ninguna visita a Sevilla podría considerarse completa sin recorrer las tiendas de la calle de las Sierpes, la más animada y más de moda de la ciudad. Es muy estrecha, y para reducir el calor se tienden toldos desde los edificios de un lado a otro. Este arreglo con las vistosas exhibiciones de los escaparates y la gran actividad de la gente hacen esta calle verdaderamente pintoresca. Todo turista desea abanicos de Sevilla y yo sé bien que cada abuela, madre, hermana, prima y amiga de los jóvenes recibieron uno. Pero a pesar de tener tantos no aceptamos la costumbre de los señores de Andalucía que los llevan en el bolsillo de la americana y los usan como las señoras."
Foto Reyes de Escalona. 

A buen seguro, algún lector estará pensando ya en otra de las cualidades de los abanicos, la de servir como emisores de señales en el cortejo amoroso y no va descaminado, ya que entre los siglos XVIII y XIX en España se generó una especie de código que las damas empleaban para enviar mensajes ocultos a sus pretendientes o amantes, convirtiéndose en algo imprescindible en las técnicas de galanteo de la época, tanto que hasta el célebre escritor Ramón Gómez de la Serna declaró que "el abanico es la celosía del corazón". Como curiosidad, se llegaron a editar incluso reglamentos o normas sobre esta cuestión, como el que hemos encontrado, del año 1882 y publicado por Florencio Jazmín, buen seudónimo, por otra parte.

 

Terminamos, no sin antes mencionar que existió en Sevilla una fuente llamada del Abanico, de la que se tiene noticia en el siglo XVIII y que estaría próxima a los Jardines de las Delicias promovidos tanto por Pablo de Olavide como por el Asistente Arjona; dicha fuente, erigida en el camino que llevaría desde el actual Palacio de San Telmo hasta Eritaña fue bastante transitada por los sevillanos como lugar de paseo, aunque la prensa local, allá por mayo de 1877 criticaba con dureza que dicho esparcimiento fuera invadido por cabalgaduras: 

"Ignoramos si la invasión a que nos referimos proviene de abuso de los jinetes o de permisión de la Alcaldía, pero de cualquier modo que sea, parécenos que esa nueva costumbre debe abolirse cuanto antes, y lo mismo el abuso que están cometiendo los mismo jinetes al invadir todos los caminos que desde la fuente del Abanico conducen a la venta de Eritaña, los cuales convierten los caballos en un lodazal, donde el pedestre se llena de barro hasta las rodillas, además de verse expuesto a ser atropellado".

Con el paso de algunas décadas, en esa zona se situaría la llamada Glorieta del Abanico ya en tiempos de la Exposición de 1929; dicho espacio está ahora ocupado por la estatua dedicada a Simón Bolívar frente al Pabellón de Argentina en la Avenida de la Palmera, pabellón que actualmente acoge el Conservatorio Profesional de Danza "Antonio Ruiz Soler", pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Francisco Solano: retrato de Carmen González Povea. 
Siglo XIX. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

 


15 junio, 2026

Como la seda.

Con forma de ángulo recto, alejada del bullicio del centro, apenas más que transitada por sus vecinos, próxima a uno de los conventos de clausura más ricos e importantes de Sevilla, en esta ocasión nos vamos a conocer mejor una calle vinculada a un gremio que tuvo una enorme influencia en la ciudad y que, por desgracia, desapareció; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

A tiro de piedra del centenario convento de San Clemente, la calle Arte de la Seda recibió en principio los apelativos de Peral, Arquillo de San Clemente o Compás Viejo de San Clemente, desembocando el tramo más corto a Santa Clara (surgido tras la parcelación de una serie de huertas en el siglo XIV) y el más largo a Lumbreras, tras otra operación similar en torno al año 1500, fruto todo ello quizá, de la expansión urbanística que tenía lugar por aquel entonces en Sevilla, siempre dentro del perímetro amurallado. En 1845 fue rotulada como calle Arte y posteriormente, en 1935 Arte de la Seda. 

Plano de Olavide, año 1771.

El nombre final, el que ha llegado hasta nosotros, se debe, como veremos, a que en esta calle tuvo su casa el gremio o Arte de la Seda, en la que se acopiaban las diferentes piezas de tela una vez terminadas; como corporación, fue heredera del saber musulmán en cuanto a la cría de gusanos de seda y el posterior aprovechamiento de los hilos producidos por éstos como paso previo a su conversión en capullo y mariposa, una compleja y delicada técnica que nació allá por el 2700 a. C. en la lejana China. Las manufacturas sederas sevillanas gozaron de justa fama a lo largo de la Edad Media, prueba de ello es su ubicación en la llamada Alcaicería de la Seda, creada en el año 1196 por el califa Yacub Yusuf y que se asentó en el sector de las calles Hernando Colón y adyacentes, mientra que su Hospital, bajo la advocación de San Onofre, radicó en la calle Santa Ana, en el barrio de San Lorenzo. El comercio con las Indias marcará la edad de oro de los telares sevillanos, habida cuenta también la gran demanda de este tipo de productos por parte de las clases altas y la Iglesia.

Todavía en 1780, según Álvarez Benavides, se contabilizaban doce mil telares en Sevilla, que daban trabajo a cientos de aprendices, oficiales y maestros, sin olvidar la enorme cantidad de personas que criaban gusanos en sus hogares (algo que aún hoy realizan muchos niños cuando llega el mes de marzo) conformando una industria que no tuvo competencia y gozó del privilegio de poder trabajar en la misma calle con la prohibición de que los viandantes molestasen a los operarios bajo severas penas. Por cierto, tuvo siempre este gremio fama de aguerrido, pues miembros del mismo, protagonizaron en gran parte la famosa sublevación del año 1652, en la que, al grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno", muchos se alzaron en armas contra las autoridades por la subida de precios y el encarecimiento del pan, revuelta popular duramente reprimida con la condena y ejecución de sus principales cabecillas.

Ejemplo del auge de la seda hispalense, en la cercana calle Hombre de Piedra se contaba con un establecimiento que llegó a albergar más de seiscientos trabajadores, además de contar con capellán propio, farmacéutico, médico y un sin fin de dependencias. Como detalle urbano, el gremio se asentó en el sector norte de la ciudad, sobre todo en las collaciones de San Marcos, San Gil, San Lorenzo o Santa Marina, lo que motivaría, en el siglo XVII, que oficiales del arte de la seda ingresasen como cofrades en la Hermandad de la Piedad radicada entonces en aquella parroquia, comenzando con ello una etapa de cierto esplendor que culminará a principios del siglo XIX, quizá debido precisamente a la extinción de toda la estructura gremial auspiciada por la corona; como "canto del cisne", haya que mencionar que el gremio se encargó de costear el arco de triunfo erigido en la Puerta de Triana en honor a la reina Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII en septiembre de 1816. 

Epidemias como la Peste de 1649, que diezmaron a la población eliminando tanta mano de obra que solo quedaron sesenta telares operativos, más la llegada de tejidos extranjeros, con precios más ventajosos, unidas al retraso tecnológico y las cargas fiscales, provocaron el declive del Arte de la Seda, sobreviviendo apenas unas docenas de telares en el siglo XIX, muy perjudicados por la proliferación de plagas que afectaban al gusano de seda; aunque hubo algún intento loable por revitalizar esta industria a comienzos del siglo XX lo cierto es que poco a poco los telares dejaron de funcionar perdiéndose su sonido característico. 

Foto Reyes de Escalona. 

En el número 13 de la calle que nos ocupa se habría edificado a la antes aludida Casa del Arte, lugar donde se efectuaba el plegado de las telas y demás tareas del gremio, y que poseyó incluso capilla propia, permaneciendo en pie hasta bien entrado el siglo XIX; en nuestros días, dicho solar es ocupado por la trasera de un moderno edificio cuya fachada da a la paralela calle Torneo.

Merece la pena que relatemos que, allá por finales del XVIII ocupaba el cargo de Oidor de la Real Audiencia el granadino Francisco Bruna (apodado popularmente "el Señor del Gran Poder" por su gran influencia en asuntos políticos y culturales) quien había adquirido la costumbre de dar largos paseos en solitario al atardecer, recorriendo lo que sería ahora la Ronda Histórica; una noche, regresando a su domicilio a la calle de la Muela (ahora O´Donnell) al pasar por una solitaria calle del Arte de la Seda se le aproximó un individuo mal vestido y de peor catadura que, embozado y de manera sigilosa le hizo entrega de un doblado pliego de papel a su nombre, con las iniciales "D. C." en el remitente. Llegado a su casa, Bruna abrió la misiva y en ella, en una cuartilla de tosco papel, con mala caligrafía, pudo leer: 

«Sr. D. Francisco: sé que Vd. me persigue  como el perro persigue al gato y como el gato al ratón. El ganarse la vida como yo me la gano y como Vd. se la gana, son los destinos de los hombres, pues cada uno ha nacido con su estrella, y querer pelear con el sino de las criaturas es cosa que ninguna de los dos podemos evitar. Esta tarde he podido matar a Vd., con cuyo asesinato no hubiera hecho más que lo que debe hacer toda persona sentenciada a muerte por Vd., como yo, lo estoy, pero quiero demostrarle que si mi desgracia me echó al camino, alivio algunas penas con el dinero de los ricos, pero no asesino a nadie ni lo rodeo de traidores que lo vendan como Vd. me tiene rodeado y yo me veo obligado a enfriarles la cabeza y pararles lo pies con una bala de retaco*. 

Sé también que ha pregonado mi cabeza en treinta y una onzas de oro y como yo la aprecio en mucho más, dentro de poco tendré el gusto de llevarme esos cuartos para que la Audiencia duplique la cantidad.- Diego Corrientes.»

Ni que decir tiene que este suceso, a medio camino entre la realidad y la leyenda, no hizo sino alimentar la proverbial rivalidad surgida entre el Oidor y el bandolero, de la que ya hablamos cuando repasamos la antigua calle de la Muela y, en cualquier caso, se supone que haría que Bruna dejase de transitar de noche por calles vacías.

Foto Reyes de Escalona. 

Con predominio de viviendas junto con los inevitables apartamentos turísticos, el único edificio reseñable desde el punto de vista artístico, es una antigua central eléctrica de la Catalana de Gas y Electricidad; de estilo neomudéjar y en el número 6, pertenece a una serie de edificios de este tipo diseñada por el arquitecto Antonio Arévalo entre 1914 y 1916, con arcos de herradura, ladrillo y azulejería. Del mismo modo, en el número 17 pervive una antigua casa vecinal con patio en cuyo fondo se puede encontrar todavía un castizo azulejo de una de las grandes devociones del barrio: la Virgen del Carmen de Calatrava, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

*Retaco: escopeta corta muy reforzada en la recámara.

Foto Reyes de Escalona. 






31 mayo, 2026

La calle de los Ataúdes.

Repasando notas y borradores, no nos habíamos percatado de un olvido en relación a la serie de artículos que sobre calles y plazas venimos realizando desde hace tiempo: el de una vía muy transitada del Centro Histórico, perpendicular a Sierpes y que desemboca en la segunda plaza más importante de la ciudad; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Llamada de Gallegos desde al menos 1384, siempre ha existido cierta controversia sobre el origen de esta denominación, pues mientras unos autores sostienen que procede de las gentes de Galicia que acudieron con San Fernando a la conquista de Sevilla y se establecieron aquí, otros opinan que procedería del noble medieval Martín Meléndez Gallego, primero de este linaje. Además, en beneficio de la primera teoría, en esta calle se vendió el llamado "pescado çeçial" procedente de Galicia y que consistía en pescado curado al sol y al aire, sin añadírsele sal. Por cierto, en un callejón cercano, el de Oropesa, estuvo el llamado Corral de los Gallegos, dedicados entonces a ejercer como mozos de cuerda o cargadores, de ahí que popularmente a los costaleros se les llamara "gallegos".

Foto Reyes de Escalona.

El nombre de Gallegos convivió un tiempo (siglos XV y XVI) con otro algo tétrico: Ataúdes, suponemos que debido a la existencia de talleres donde se elaboraban estos funerarios elementos, siempre necesarios, por otra parte, y más en tiempos de epidemias. Gallegos se llevará la palma y, finalmente, se mantendrá hasta 1903, hasta que la calle reciba el nombre de un célebre político, jefe el partido liberal y presidente del Consejo de Ministros, que morirá ese año a los setenta y siete años de edad: Práxedes Mateo Sagasta, y con Sagasta ha llegado hasta nuestros días, salvo un período entre 1938 y 1981 en que volvió a llamarse Gallegos, aunque todo el mundo siguió usando el nombre de Sagasta. A la mitad de la calle se encuentra un callejón o barreduela de bastante antigüedad, pues en el siglo XV se llamaba Ataúderos (casi nada) y en 1868 se cambió por el de Monardes en honor al médico sevillano de dicho apellido; primitivamente unida al antes aludido callejón de Oropesa, al fondo, casi como acceso secreto, se encuentra la puerta trasera de la sede del Círculo Mercantil.

Se tiene noticia de que en origen la calle actual era mucho más estrecha, pero poco a poco, gracias a varios ensanches (uno de ello en 1868 que derribó casas próximas a la esquina con Sierpes) alcanzó la anchura actual. Empedrada o enlosada desde 1585, en 1859 podría presumir de ser una las calles mejor iluminadas de Sevilla. Entrando desde la Plaza del Salvador, el lateral izquierdo aparece ocupado por la fachada del Hospital de San Juan de Dios, fundado en 1574 sobre el antiguo Hospital de las Bubas, y que tiene su acceso a través de amplio zaguán en el número 1 de la calle que resumimos. 

Dada su inmejorable ubicación, la calle será de las más transitadas de Sevilla y en ella, como no podía ser menos, se instalará una gran variedad de talleres, negocios y tiendas de todo tipo, desde librerías como la desaparecida de El Rosario de Oro hasta cervecerías como La Oriental, donde en noviembre de 1925 el Sevilla F. C. colocaba a su cobrador para que los socios abonasen las mensualidades correspondientes a sus cuota, pasando por la Farmacia de Zambrano, tiendas como El Capricho, la Perfumería Floral (que databa de 1936), La Instaladora Moderna (fundada en 1945) o la que regentó el poeta y pregonero Antonio Rodríguez Buzón. 

Por fortuna, aún sobrevive la más que conocida Floristería Montero, fundada en 1880, que puede encontrarse a pie de calle y que exorna los Pasos de las hermandades de la Amargura o el Calvario. Curioso era, en días cuaresmales de los años setenta y ochenta del pasado siglo, contemplar una pequeña réplica de la cofradía de la Hiniesta colocada a lo largo del extenso escaparate de una tienda de trajes de novia que se hallaba entonces esquina con el callejón de Monardes, ahora, cosas de los tiempos, hay un moderno supermercado orientado hacia quienes se hospedan en los cercanos e inevitables apartamentos turísticos. Por cierto, pocas cofradías, de las de verdad, pasan por esta calle.



El historiador José Gestoso, allá por 1899, descubrió nombres de vecinos de la calle en los siglos XVI y XVII con la coincidencia de pertenecer todos al gremio de Espaderos, tales como Bernal de Herrera, Alfón Martínez o Diego Vargas; ello no debe extrañar, ya que la mayoría del gremio tenía también sus talleres en la próxima calle Sierpes, llamada de Espaderos durante una etapa de su historia. En el siglo XIX fue bastante conocida la Fonda Europa, situada en el número 19 y citada por el viajero romántico Richard Ford en 1830 y hemos de añadir que en esta calle de Gallegos vivió el famoso personaje sevillano Manolito Gázquez, famoso por sus míticos embustes, de quien hablamos en otra ocasión. 

Navidad de 1965. A la izquierda la Relojería Torner.

Hace poco más de diez años se produjo el traslado de uno de los establecimientos más característicos de la calle, la Relojería Torner. Fundada en 1877 por Rafael Torner Velasco, en 2015 pasó a la calle Alcaicería al hacerse cargo de ella el bisnieto del fundador; allí mantiene abierto un negocio que ostenta el cargo de Relojero Mayor de la Ciudad y se ha ocupado tradicionalmente del mantenimiento del relojes como el de la Giralda, Ayuntamiento, Reales Alcázares o Rectorado de la Universidad de Sevilla, entre otros. 

Rótulo actual en calle Alcaicería. 

Mención aparte merece que en el número 5 tuvo su sede en 1872 una revista femenina llamada El Nuevo Mundo, dedicada, son sus palabras textuales, "Al bello sexo" y cuya redacción estaba conformada por escritores locales como Luis Montoto, Amador de los Ríos o Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo de Fernán Caballero.

 
Terminamos. Otros negocios centenarios que sobreviven en la calle Sagasta son, en primer lugar, la Camisería Galán, fundada por el soriano Isaac Galán en 1905 y que aún mantiene la esencia de tienda clásica y cuidada con grandes espejos y mobiliario de madera y en segundo lugar, mucho más conocida, la Administración de Loterías número 16 "Los Millones", fundada en 1919 y que ha dado el Premio Gordo de Navidad hasta en tres ocasiones: 1961, 1966 y 1998, de ahí que sea una de las preferidas por los sevillanos y foráneos a los que no importa soportar largas colas para adquirir los correspondientes décimos navideños, pero esa, con estas "calores", es harina de otro costal.

Foto Reyes de Escalona.



18 mayo, 2026

Entre yugos y yuntas.

Ahora que se acercan fechas rocieras, en esta ocasión, en Hispalensia, vamos a dedicar un pequeño apartado a una forma de transporte que proviene de tiempos ancestrales y que, gracias a la tradición y a la celebración de romerías, ha pervivido hasta llegar a nosotros; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Durante la revolución que supone el periodo Neolítico, la Humanidad abandonó el sistema de caza y recolecta y, dejando el nomadismo, comenzó a asentarse de manera fija en tierras que se dedicaron al cultivo, comenzando entonces la Agricultura como base de la alimentación; hace unos diez mil años, se produce otro cambio importante que tiene que ver con la domesticación de determinados animales para ser criados como ganado, sin olvidar,  además, cómo las faenas agrícolas se verán aliviadas con la aparición de un elemento: el arado.

En muchas culturas, especialmente en las ibéricas o mediterráneas, brotará el culto al toro como símbolo de fuerza y fertilidad, no en vano, el mítico Hércules, en uno de sus trabajos, tendrá como misión acudir al sur de la Península Ibérica y robar los bueyes del no menos mítico rey tartésico Gerión; no es de extrañar, pues, que se hayan encontrado numerosas representaciones del toro, especialmente en forma escultórica. 

Al arado le saldrá un compañero: el yugo. Con él, podían amarrarse, uncirse, animales para arar, suponiendo ello, como decíamos, un mucho menor esfuerzo físico para el agricultor y también un aumento de las superficies a cultivar, lo que generaba, lógicamente, el incremento de la producción. Uno de los animales preferidos para esta tarea serán los bueyes, por su fortaleza física, por su resistencia y por su alimentación; Sobre el cinco mil o seis mil antes de Cristo se tiene constancia de la presencia de arados tirados por este tipo de bóvidos, reverenciados, como el toro, en civilizaciones como la egipcia, la griega o la romana. 

En el cristianismo hay muchas alusiones al yugo, que aparece en el Evangelio de Mateo "Mi yugo es llevadero y mi carga ligera" e incluso en el ritual del matrimonio, la ceremonia de las velaciones (de raigambre litúrgica mozárabe) nos habla de cómo la pareja queda unica como "cón-yugues", es el símbolo de la Virtud de la Obediencia y, para rematar con estas cuestiones, el yugo fue también emblema de los Reyes Católicos.

La Obediencia, con el yugo. Ático del retablo de la Capilla Doméstica de San Luis de los Franceses

Lo bueyes eran uncidos al arado o, inventada ya la rueda, al carromato mediante yugos de dos tipos, unidos a la viga o vara, el de collera, empleado también para mulos o caballos y el llamado de cornal, que permite fijar al buey al yugo mediante una fuerte soga de cáñamo, llamada coyunda, que pasa varias veces (mide unos ocho metros) desde la base de la cornamenta al propio yugo, realizado éste en madera de fresno, álamo y sapelly (madera dura y semipesada de origen tropical); la doma para estos bueyes, que suelen pesar en algunos casos hasta mil kilos, se consigue mediante meses de esfuerzo, colocando habitualmente a un buey "novato" junto a uno veterano, enganchados a carretas que llevan el peso equivalente al que portarán cuando llegue Pentecostés. El boyero, por su parte, los gobierna mediante voces y utilizando la ijada, vara de madera, normalmente realizada en acebuche, de unos dos metros de alto y que tiene en su extremo superior una pequeña punta de hierro o ijón; agradecemos vivamente todos estos datos al compañero costalero Germán Cano, carretero del Simpecado de la Hermandad del Rocío de Gines. 

Frontil. Hermandad del Rocío de Coria del Río.
 
Además, se les colocan los llamados frontiles, definidos según el Diccionario de la Lengua Española como "pieza acolchada de materia basta, regularmente de esparto, que se pone a los bueyes en la frente y la coyunda, a fin de que ésta no les haga daño". Los frontiles pueden además quedar decorados mediante piezas de madera que se revisten de tela y adornan con espejos, orfebrería o bordados, con motivos alusivos siempre a la hermandad dueña de la carreta y que se unen en su extremo con la parte superior del templete, donde va el Simpecado, con unas cintas o "moñas", de manera que se simboliza la unión entre la yunta y la carreta. Como relevo en caso de cansancio de los bueyes, las hermandades disponen de "yuntas de cuarta", que caminan con la comitiva sin ir uncidas a las carretas.


Estos frontiles, según algunos especialistas, serían un recuerdo de aquellos primitivos cultos que sacralizaban al toro (animal mitológico por excelencia en las culturas mediterráneas), durante los cuales, antes de su sacrificio ritual, se le adornaba con todo tipo de elementos. Además, a los bueyes se le colocan anchas cintas que rodean su lomo, llamadas "barrigueras", collarines de cuero con campanitas o pequeños cencerros y también telas de colores para disimular las sogas de la zona superior del yugo. 
 

 Al hilo de todo esto, merece la pena también reseñar que los profesores universitarios y arqueólogos Fernando Amores y José Luis Escacena han llegado a proponer una interesante hipótesis sobre cómo se habría colocado el conjunto de piezas del Tesoro del Carambolo, hallado en Camas el año 1958; en un artículo de 2016 y basándose en antecedente arqueológicos realizaron incluso una curiosa recreación sobre esta cuestión que indudablemente recuerda no poco a las actuales yuntas de bueyes que caminan cada año hasta El Rocío: 

 
 
Dentro del ámbito de la romería creada en torno a la devoción a la Virgen del Rocío ocupa un lugar primordial el papel de las carretas tiradas por bueyes, usadas tanto como medio para llegar al Rocío por los caminos como fórmula para portar el Simpecado que cada hermandad tiene como insignia primordial y que es llevado a la aldea almonteña cada fin de semana de Pentecostés, en unos tiempos en los que la mecanización agraria ha arrinconado las yuntas de bueyes. Según la tradición, el primero de estos Simpecados en llegar a El Rocío entronizado de esta manera fue el de la hermandad de Villamanrique de la Condesa allá por el siglo XVIII, que conserva el más antiguo de estos estandartes, datable como del siglo XVI y recientemente restaurado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. 
 
El "Cajón" de Umbrete, en El Rocío.

¿Cómo eran esas primeras carretas? Conocidas popularmente como "de cajón", estaban realizadas en madera pintada con sencilla decoración y sostenían un templete con seis columnas, poco iluminado y destacando en nuestros días el magnífico "Cajón" de la Hermandad de Umbrete, que fue estrenado en el año 1910 para sustituir al primitivo y que, adornado con pinturas, posee incluso una especie de armario trasero donde almacenar las diferentes insignias de la hermandad durante el camino. Tampoco podemos olvidar cómo la Hermandad de Triana fue la primera en llevar a su simpecado bajo un templete plateado, donado por los Duques de Montpensier en 1868 y realizado por el orfebre Isaura; este modelo de carreta de Simpecado se convertirá en modelo para muchas otras hermandades.   
 
Primera carreta de la Hermandad de Triana.
 
Juan Ramón Jiménez, en su inolvidable Platero y Yo, describe el regreso de la Hermandad del Rocío de Moguer a su pueblo tras la romería, en un cuadro lleno de colorido y poesía:
 
"Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, en los que chispeaba el trastorno del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el Sin Pecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio." 

Terminamos. Casi se nos queda en el tintero la algarabía y colorido de las comitivas de blancas carretas exornadas con flores de papel y carteles alusivos a la Virgen que acompañan al Simpecado por los caminos. En estas carretas, en las que quienes viajan en ellas lo hacen a una altura considerable, destaca la existencia en su zona baja del "corbujón", o zona donde antiguamente se llevaba el "costo" o lo que es lo mismo, los comestibles y "bebestibles" para los días de camino, pero esa, esa ya es harina de otro costal.


11 mayo, 2026

Siete Revueltas.

Pocas calles en Sevilla como ésta, pocas con una disposición similar, casi ninguna que genere tanta inquietud en quienes no la conocen, ninguna que posea un nombre más explícito; esta semana, en Hispalensia, nos vamos a conocer un calle con solera de siglos; pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Foto Reyes de Escalona.

Dejando atrás el bullicio y el trajín de Puente y Pellón, entrando desde la calle Alfonso X el Sabio (antes, Burro), hay un primer giro a la derecha, un segundo giro a la izquierda y a partir de ahí, cada pocos metros, la calle serpentea en siete ocasiones, hasta que al final, tras el último giro, se atisban los veladores del Bar Europa y la esquina de la antigua Ferretería de la Plaza del Pan. Siete Revueltas, quizá uno de los nombres más antiguos de calle en Sevilla, del que ya se tiene noticia en 1429 y que viene a ser casi un fósil de la antigua Morería, que estuvo establecida en este sector hasta llegar a la calle Alhóndiga, pasando por San Pedro y alcanzando la zona de la Alcaicería. 

La influencia mudéjar en este barrio puede apreciarse en algo que ya hemos comentado, como es la tendencia urbanística de calles estrechas y sinuosas, que buscaban evitar la luz solar, así como numerosos callejones sin salida, buen ejemplo de cómo a las viviendas se entraba desde estos espacios casi privados y discretos. Por cierto, el término "mudéjar" proviene de la palabra árabe "mudayyan", o lo que es lo mismo, "aquel que se le permite quedarse", en clara alusión a la población morisca que se mantuvo viviendo en Sevilla todavía en el siglo XVI.

Foto Reyes de Escalona.

Entre 1460 y 1585 el tramo más cercano a la Plaza del Pan era conocido como Herreros o del Hierro Viejo, ya que dicho tramo estaba habitado por herreros, existiendo además una estrecha barreduela conocida como callejuela de los Trapos y que tenía salida a la Alcaicería de la Loza, y que debió cerrarse pese a las solicitudes de los vecinos por mantenerla abierta en el siglo XVIII. 

Sin aceras y peatonal en nuestros días, tuvo, sin embargo, intenso tráfico de carromatos y carruajes en tiempos pasados, colocándose marmolillos para impedir el paso en algunas ocasiones. Conserva aún varias viviendas con el típico esquema sevillano, dos o tres plantas y patio interior, aunque conviven con edificios modernos de pisos. Por cierto, existen calles con nombre similar en ciudades como Fez (en Marruecos), Córdoba, Málaga (demolida en 1960 para crear la Plaza de las Flores), León o Sanlúcar de Barrameda, ésta última junto a la iglesia de Santo Domingo, muy cerca de las bodegas de Argüeso.

A lo largo de los siglos, fue calle de impresores, tal como investigó Joaquín Hazañas en su ensayo sobre la tipografía sevillana; en este sentido, destacaron maestros impresores como Tomás López de Haro (siglo XVII) o Manuel de la Puerta y sus herederos (siglo XVIII); pero no fueron los únicos oficios residentes en esta calle, en el siglo XVI vivieron en ella los plateros Alonso de Angulo, Bartolomé Ximénez, Juan López y Alonso de Córdoba o el cuchillero Alonso Rodríguez, lo que da idea de la importancia de este enclave. A comienzos del siglo XX tuvieron allí sus almacenes la Fábrica de San Clemente, con tienda en calle Lineros 13, la fábrica gorras La Alfonsina y la firma C. Rinaldi, que en marzo de 1904 publicaba anuncios de este tipo en la prensa local:

"Las personas que deseen comprar velos de pura seda de tres varas de largo en todas sus diferentes clases, deben visitar la casa de C. Rinaldi, que ha recibido un enorme surtido para las próximas fiestas, desde las clases más sencillas a las más ricas que se fabrican. Los precios empiezan por 6 pesetas uno. Despacho: Alcaicería 7 (pasaje) y Almacenes, Siete Revueltas 11,13 y 17".

Anuncio en El Noticiero Sevillano. Diciembre de 1922.

Tampoco podemos dejarnos en el tintero que en el número 10 de esta calle tuvo su taller de dorado Francisco Ruiz Rodríguez (1888-1961), más conocido en el mundillo cofrade como el "Maestro Curro" o "Currito el dorador", partícipe en numerosas obras de talla en madera, como el Paso de Jesús de las Tres Caídas de la Hermandad de San Isidoro, el de la Soledad de San Lorenzo o el del Cristo de la Salud de la Hermandad de San Bernardo, labor que mereció que fuera condecorado con la Gran Cruz de Alfonso el Sabio.

Sin embargo, como calle céntrica, bien comunicada aunque discreta y alejada de miradas curiosas, también tuvo "su otra faceta", como la registrada en 1797 cuando los vecinos se quejaban:

"De los escándalos, robos y camorras que continuamente se efectúan en la callejuela sin salida nombrada de los Trapos, a donde concurren a tales excesos mugeres prostitutas, soldados o forasteros de todas clases, productos de los cuarteles, mesones, bodegones y tabernas establecidas en sus inmediaciones, trascendiendo este continuado y abominable mal exemplo a todo el vecindario que por no exponerse y reservar sus buenas familias cierran sus puertas y bentanas".
Foto Reyes de Escalona.

Como dato luctuoso, en marzo de 2002 fue atracado en esta calle un conocido joyero de la Plaza del Pan, de 68 años de edad, que falleció por causa de las heridas sufridas en el asalto, unidas a patologías previas que padecía. El hecho levantó bastante alarma social entre los comerciantes del centro, siendo detenidos dos individuos por tal delito y finalmente condenados a seis años y medio de cárcel tras un juicio que quedó visto para sentencia en el verano del año 2003.  

Los años 70 y 80 del pasado siglo XX fueron época de "movida" juvenil en Siete Revueltas, donde destacaron bares como el Aldama, el Trama o El Mundo Otro Bar, este último punto de encuentro tanto del flamenco más moderno como del incipiente movimiento LGTBI, además de, como ya hemos mencionado antes, el Bar Europa, recientemente restaurado (conservando el azulejo de su esquina, de 1925) y que fue fundado en el año 1922.

Foto Manuel Sousa Puerto.

En el número 21 de la calle que comentamos nació, en 1854, la poetisa Concepción Estevarena, fallecida a la corta edad de veintidós años en la ciudad de Jaca, donde se había trasladado a vivir con un tío suyo sacerdote tras el fallecimiento de sus padres. Figura destacable del movimiento romántico, no llegó a publicar en vida, pues serán sus amigos poetas, José y Mercedes de Velilla los que editen una antología de poemas titulada "Últimas flores" en el año 1877. Y ya que estamos con nacidos en esta calle, aunque el conocido cronista taurino Doctor Theboussen publicó en la revista La Lidia de diciembre de 1886 su partida de bautismo, que tuvo lugar en la Iglesia del Salvador el 17 de marzo de 1754, algunos cronistas han dejado dicho que la calle de nacimiento del matador de toros e inventor de la suerte del "volapié",  José Delgado y Guerra "Pepe Hillo" habría sido la de las Siete Revueltas, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

La Lucha. 29 de julio de 1886. Gerona.






27 abril, 2026

Corales.

En esta ocasión, nos vamos a centrar en un material procedente del fondo marino, apreciado por brujas y joyeros y utilizado comúnmente para embellecer y salvaguardar; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Durante siglos, nadie supo a ciencia cierta qué era esa especie de piedra semipreciosa que se sacaba del mar y que resultaba muy apreciada por su vivo color rojizo, incluso la mitología griega la atribuyó a la cabellera de la Medusa tras morir. En realidad, el Coral, es el esqueleto de un sinfín de pólipos que viven en colonias que llegan a formar auténticos arrecifes, ahora en peligro de extinción por mano del hombre; pueden medir desde unos poco milímetros hasta unos centímetros y requieren aguas claras y luz solar, dejando al morir unas estructuras calcáreas que siguen siendo colonizadas por sus semejantes, de manera que han sido denominados "los arquitectos del mar". La especie de coral que nos interesa en este caso es el conocido como Corallium Rubrum, que crece en toda la fachada atlántica y mediterránea y que ya era pescado desde tiempos prehistóricos, pero será en la Antigüedad cuando su difusión y distribución se vea incrementada. 

¿Para qué se usaba el coral? En primer lugar, hay que destacar su utilidad, en aquellos tiempos, contra cólicos, cálculos y males de la vejiga al mezclarse pulverizado con agua o vino; además, se decía que era útil como somnífero. En 1605, el médico y botánico aragonés Gaspar de Morales, en su obra De las virtudes y propiedades maravillosas de las piedras preciosas (que llegó a estar prohibida por la Inquisición), escribía sobre el coral: 

«Sirve al uso de la medicina el coral colorado contra la epilepsia, si en naciendo la criatura se tomare un escrúpulo del polvo del coral colorado, muy sutil, y paladearen la criatura con él, y la miel, la librará en que no caiga en tal contagio, traída al cuello de manera, que toque la boca del estómago quita el dolor de él, en polvos y en ungüentos suelen los señores médicos usar de él para las necesidades que se ofrecen al estómago.»

En segundo lugar, el coral se empleó durante años como elemento apotropaico. Menuda palabreja ¿verdad?, nos explicamos: se trata de un término que proviene del griego y significa, literalmente, "que aleja el mal", lo que nos indica que fue utilizado, por tanto y muy mucho, como amuleto, especialmente contra una de las peores maldiciones de antaño: el mal de ojo. Esta creencia supersticiosa surgida en la antigua Mesopotamia, se consideraba que surgía de la mirada envidiosa de una persona hacia otra, siendo los niños y las mujeres embarazadas las principales "víctimas" de esta práctica, muy empleada en artes hechiceriles y aún hoy muy tenida en cuenta en determinadas culturas. Tampoco podemos dejarnos en el tintero el hecho de que el coral se usase, según San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (siglo VII) como protección contra rayos, tempestades y granizo.

La costumbre, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, de colocar colgantes de coral a los niños, se hizo bastante popular entre todos los estamentos sociales, de ahí que no es extraño apreciar dichos colgantes en numerosos retratos barrocos y, mucho antes, en imágenes del Niño Jesús en brazos de la Virgen María. En pleno Renacimiento italiano, el pintor Piero della Francesca (1415-1492) realizará la Madonna di Senigallia sobre 1474; conservada en la Galería Nacional de Urbino, puede apreciarse la ramita de coral que pende del cuello del Niño.


Quizá el mejor ejemplo en Sevilla lo tengamos con una de las imágenes más antiguas de la ciudad, que recibe culto en la parroquia de San Ildefonso: La Virgen del Coral. Considerada como de finales del siglo XIV, contemporánea de la Virgen de la Antigua de la Catedral o de la de Roca Amador de San Lorenzo y tal como han reseñado los profesores Valeriano Sánchez y Francisco Javier Gutiérrez fue una de las grandes devociones de la ciudad hasta, al menos, el siglo XIX, dedicándosele Novena solemne, villancicos cantados y numerosos grabados de la época; como curiosidad, durante las obras de la parroquia, entre 1791 y 1841, el muro que la conservaba quedó convenientemente protegido hasta la finalización de los trabajos. La imagen de la Virgen, con túnica y manto, sostiene en su brazo derecho la Niño Jesús, de cuyo cuello cuelga una ramita de coral, origen de la advocación.

Habría que añadir que, dado su alto precio, el coral ha sido usado como elemento decorativo para piezas de joyería (collares, broches, pendientes...) que denotan el status social y económico de quien las porta. En este sentido, merece la pena destacar el pecherín repleto de alhajas de coral que posee la Virgen de los Reyes, fruto de numerosos donativos de fieles y devotos y, en especial, del rey Luis Felipe de Francia. 

Ese alto precio que aludíamos era un claro obstáculo para que el coral, como amuleto, fuera adquirido por las clases menos favorecidas de aquella época, de ahí que se recurriera a "sucedáneos" como, por ejemplo, los lazos o cintas de color rojo que aún hoy son empleadas en hispanoamérica contra el mal de ojo y de lo que tenemos una buena referencia en una curiosa pintura procedente de la sevillana Casa Cuna y expuesta actualmente en la Exposición Permanente que sobre hospitales benéficos se haya situada en el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses. En concreto, como ha relatado su comisario Juan Luis Ravé, en el lienzo "Sagrada Familia con niños expósitos", datable como de comienzos del siglo XVIII puede apreciarse una cuna con seis niños colocados en ella, portando la mayoría las características cintas o lazos antes mencionados.

Seguimos con corales. En Sevilla, aparte de la calle Coral, situada en el barrio de Las Avenidas, hablar de ellos supone recordar un reconocido bar en la calle Almirante Bonifaz, fundado en 1938 (aunque en 1932 ya existía allí uno de los denominados "cafés económicos") y por el que "paraba" habitualmente mucho personal del mundillo taurino, destacando la conocida tertulia en la que participaban matadores como Rafael "El Gallo" o el mismo Juan Belmonte. El novelista y torero norteamericano Conrad Barnaby (1922-2013) reflejó en su novela El Matador (1957) el ambiente colorista y variopinto de aquel lugar: 

«Me invitaron a almorzar y fuimos a un pequeño restaurante llamado Los Corales, en la estrecha calle Sierpes, donde se reúne la "gente con coleta". Había un viejo cuadro de Joselito en la pared cerca de la mesa donde nos sentaron, y recuerdo que El Gallo hizo un pequeño gesto simpático cuando el camarero intentó sentarlo en el otro extremo de la mesa. "No", dijo, acercando la silla a la pared, "aquí me pondré, a los pies de mi hermano"». 

Especializado, como La Alicantina, en mariscos, Los Corales, como tantos otros establecimientos, cerró su puertas (daba también al 102 de Sierpes) a finales de los años Setenta y con ello perdimos un trocito de Sevilla, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

13 abril, 2026

Rialto.


En esta ocasión, terminadas ya las celebraciones semanasanteras, recuperamos la costumbre de aportar algunos datos sobre una plaza o calle sevillana concreta y, para la ocasión, nos vamos a ir a una plaza que siempre se ha llamado por un nombre que no es el que aparece en su rótulo y que, incluso, albergó una prisión en tiempos aciagos; pero, para variar, vamos a lo que vamos.


Mucho antes del conocido Plano de Olavide (1771), en 1731, la plaza que comentamos era llamada del Carbón y estaba próxima a la de la Paja, todo ello en el entorno de la parroquia de Santa Catalina. En 1862 el Consistorio hispalense determinó denominar a esta plaza y a una calle que finalizaba en la Puerta Osario con el apellido de un célebre escritor sevillano que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que mantuvo tanto amistad con Miguel de Cervantes como profunda enemistad con Quevedo: Juan de Jáuregui. La calle mantiene el nombre, mientras que la plaza fue rotulada con el nombre de un sacerdote: el Padre Jerónimo de Córdoba.

La antigua Plaza del Carbón en el plano de Olavide. 1771.

¿De quién se trata? Francisco Córdoba Roldán había nacido en Villacañas (Toledo) en junio de 1863 y pese a la oposición materna decidió en 1879 ingresar en el noviciado de los Padres Escolapios de Alcalá de Henares, pasando a llamarse desde entonces Jerónimo. Tras una rigurosa formación en la que destacó por su predilección por el Latín, será enviado finalmente al colegio que tenían los escolapios en Sevilla, situado en lo que ahora es sede de EMASESA entre las calles Sol y Luna (ahora, Escuelas Pías). Allí sentará cátedra durante cuarenta y cinco años, como docente vocacional, docto poeta latinista y traductor a dicha lengua, llegando a “latinizar” la novela cervantina Rinconete y Cortadillo; además, será destacado difusor del Esperanto, idioma creado en el siglo XIX con la sana intención de dotar a la Humanidad de una lengua común, aunque no será el único esperantista que aparezca esta vez en nuestra página. Fallecerá en 1933 tras haber formado a no pocas generaciones de alumnos, entre los que se podría destacar un vecino de esta plaza que estamos “visitando”: el poeta Luis Cernuda, que vivirá junto a su familia (su padre era general del Cuerpo de Ingenieros) en el número 28 allá por el año 1918.


Cosa habitual, los vecinos de la plaza se quejarán del mal estado en que se encuentra, baste como ejemplo la reseña aparecida en noviembre de 1897 en El Noticiero Sevillano:

Es lamentable el estado en que se encuentra la plaza de Jáuregui: en ella no existe alumbrado, pues no puede darse tal nombre a dos postes de madera sin farola ni nada; y como no aparece nunca un vigilante por aquel sitio, los chiquillos hacen continuamente de las suyas, arrancando las piedras, destrozando los árboles y siendo el tormento continuo de aquellos vecinos. Esperamos por quien corresponda se den las oportunas órdenes para reparar el empedrado y para que haya alguna vigilancia, seguro que puede contar con el agradecimiento de todos los que viven en la plaza indicada”.

En aquellos años, era frecuente que la plaza fuera sede de “Veladas” populares, como la organizada por las cigarreras en honor a la Virgen de la Victoria en el año 1900, en una etapa en la que la Hermandad de la Fábrica de Tabacos estaba radicada en la iglesia de Los Terceros, o las organizadas también en honor a Santa Lucía, de la cercana Santa Catalina.

Durante un tiempo, a comienzos del siglo XX, existió en esta zona una comisaría de policía, cuyas autoridades, desbordadas durante las primeras semanas de la Guerra Civil, emplearán el cercano Cine Jáuregui como cárcel improvisada, por la que pasarán innumerables detenidos acusados de pertenecer a partidos o sindicatos de izquierdas. Uno de ellos será otro esperantista destacado, el notario de Coria del Río, Blas Infante, que saldrá de allí en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936 para ser finalmente fusilado en el Km. 4 de la carretera que unía Sevilla con Carmona. 

Programa de mano del Cine Jáuregui. 1935.

El tristemente famoso Cine cambiará de nombre en los años cuarenta, pasando a llamarse Cine Rialto (quizá en honor al puente veneciano con con ese nombre) y funcionando como sala de estreno y finalmente sala para reposiciones hasta su cierre definitivo en 1998. Signo de los tiempos, ahora es sede de un supermercado de una conocida cadena andaluza, pero generando una huella tan evidente que no somos pocos los que nos referimos a la Plaza del Rialto cuando aludimos a la de Jerónimo de Córdoba.

Casi al lado del Hotel Don Paco, recientemente reformado, se halla el número 1 de la plaza, un edificio de estilo regionalista ideado por el arquitecto José Espiau en 1935, tres años de su muerte, en el que el ladrillo y la forja se conjugan perfectamente. Además, en uno de sus bajos comerciales estuvo hasta no hace mucho una de las tiendas de “Casa Saluíta”, conocida perfumería fundada en 1940 y que aún mantiene abiertos otros establecimientos en nuestra ciudad. Además, merece la pena destacarse el número 6, que ahora alberga un estanco, edificio obra de Aníbal González.

Monumento a Pepe "Peregil" (sombrillas incluidas)

Terminamos. En el año 1915 abre sus puertas en la plaza una bodega dedicada a la expedición de vinos, especialmente los procedentes de la onubense localidad de Manzanilla, que con el paso de los años será regentada por José Pérez “Peregil”, célebre saetero y medalla de la ciudad en 2009, fallecido en 2012 y que puede contemplarse en forma de estatua en el lado opuesto de esta plaza del Rialto, realizada por el escultor José Antonio Navarro Arteaga en 2014. El “Quitapesares” es uno de esos lugares que muchos recuerdan, ahora regentado por Álvaro “Peregil”, en una zona que actualmente está en obras, pero esa, esa ya es harina de otro costal.