19 septiembre, 2022

Duelos y quebrantos.

Ahora que medio mundo anda pendiente de las solemnes exequias en honor de la Reina Isabel II de Inglaterra, tan llenas de protocolo y liturgia, no estaría de más dar algunos detalles sobre cómo honró Sevilla el fallecimiento de otro monarca, con tanta fastuosidad que hasta mereció un soneto por parte del autor del Quijote. Pero como siempre, vayamos por partes. 

A las cinco de la madrugada del 13 de septiembre de 1598, sosteniendo en una mano un cirio encendido y en la otra un crucifijo, fallecía en San Lorenzo de El Escorial el monarca Felipe II, cerrando todo un ciclo fundamental en la historia española. Tal como cuenta Francisco de Ariño en sus "Sucesos de Sevilla", la noticia llegó por carta cuatro días después, ordenándose que el domingo 20 a la una de la tarde todos los campanarios y espadañas de Sevilla doblaran sus campanas en señal de duelo.

Felipe II en 1565, plasmado por la pintora Sofonisba Anguissola.

No quedó ahí la cosa. Al día siguiente, la ciudad comenzó a vestirse, literalmente, de negro, pues se dispuso que se pregonara la obligatoriedad de portar prendas de luto como muestra de respeto. Teñir de negro las vestimentas, hay que decirlo, era caro y costoso, el propio Ariño lo contaba así:

"Yo gasté ciento y trece reales y diez maravedís en el luto que hice, que me duró más de cuatro meses, y hubo tanta falta de bayetas que subieron a 18 reales la vara, y no se hallaba, y para Inquisición, Audiencia y Cabildo y Contratación de Indias se gastaron 48 piezas de paño muy fino, porque hasta los criados y escribanos públicos y toda la justicia y sus caballos y mulas hubo luto, que fue la mayor grandeza que jamás los nacidos han visto". 

Evidentemente, no todos los sevillanos de aquellas calendas pudieron permitirse tamaño cambio de "look" (como se dice ahora), sobre todo los menos pudientes y los pobres, de quienes se apiadó el nuevo rey Felipe III dispensándolos de llevar luto excepto, eso sí, en los sombreros. Todo un detalle, pues había multas y penas de cárcel incluso para quienes no cumplieran con lo ordenado.


A los dos meses, en noviembre, comenzaron los funerales solemnes en la Santa Iglesia Catedral, con vigilia de gala; el problema, o mejor, la crisis, llegó a la hora de la Misa de Requiem, cuando el personal de la Real Audiencia dispuso cojín y sillón de terciopelo cubierto con telas negras para su Regente, a lo que se opuso firmemente el Cabildo de la Ciudad alegando con presteza que ésa no era la costumbre. El conflicto entre jurisdicciones estaba, pues, servido. La discusión, en medio de la celebración eucarística dicho sea de paso, fue alcanzando el rango de alboroto y, finalmente, el inquisidor Blanco que oficiaba la ceremonia, ordenó detener la liturgia hasta que se solventase el enredo protocolario que sin embargo se prolongó durante horas, días y semanas con cartas, idas, venidas, excomuniones, quejas, insultos, afrentas, forcejeos y discusiones, hasta que por fin, el 30 de diciembre, pudo terminarse el funeral por Felipe II tras un acuerdo que no contentó a ninguna de las partes. 

Para hacernos una idea de cómo fue el pleito, baste decir que por la parte de la Ciudad figuraba como Asistente el famoso Marqués de Puñonrrostro, viejo conocido de esta página, quien ya se las había tenido en otras ocasiones con la Real Audiencia por cuestiones de jurisdicción. Por cierto, a la Inquisición le tocó rascarse el bolsillo y hacer frente al pago del enorme gasto de cera producido, pues mientras se solventaba la cuestión el altar permaneció encendido durante horas. 

No podemos, ni debemos, dejar en el tintero el fabuloso monumento funerario, el túmulo, levantado en el interior de la catedral con motivo de tan fausta ocasión y en cuya realización, encabezada por el arquitecto Juan de Oviedo, participaron artistas de la talla de Francisco Pacheco, Juan Martínez Montañés, Diego López Bueno o Marcos Cabrera, entre otros muchos, en lo que supuso una absoluta movilización de talleres y obradores con un objetivo común: una enorme "máquina funeraria" que absorbió ingentes cantidades de dinero y madera en unos tiempos en los que las arcas municipales y eclesiales andaban de capa caída. 


Pintado con el mismo tono de la piedra de El Escorial y estructurado en varios cuerpos con diferentes niveles y tamaños, el túmulo poseía una carga simbólica indudable, ya que estaba lleno de lemas y leyendas en latín con alusiones a las virtudes cristianas en recuerdo emocionado al fallecido monarca, además de numerosas alegorías escultóricas, emblemas, heráldica y, como colofón, un obelisco en su cúspide, lo que hacía de todo ello un conjunto irrepetible al que habría que sumar la ingente cantidad de cera que lo iluminaba; poseía además dos galerías porticadas y decoradas con motivos pictóricos relacionados con la vida del "Rey Prudente", a manera de relato histórico. No es de extrañar, por tanto, que Miguel de Cervantes, tras contemplar aquel impresionante montaje efímero proclamase su majestuosidad, valga la palabra, en el famoso soneto (con estrambote): 

¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!,
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo!, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y nobleza!

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria, donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado,
Y el que dijere lo contrario, miente."

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Y, como suele decirse, "A rey muerto, rey puesto"

El el 4 de enero de 1599 amaneció con toda la ciudad ataviada de gala y hasta se barrieron sus calles, cosa rara. Brillaba el sol pese al frío reinante, mientras toda la guarnición hispalense aprestaba sus armas y pertrechos para comenzar la ejecución de un gran alarde militar, disponiéndose varias piezas de artillería en la Alameda y numerosas tropas cubriendo las calles desde los Alcázares hasta el mismo palacio de los Marqueses de la Algaba en la calle Feria, residencia del Asistente, desde donde partió la comitiva en enjaezadas cabalgaduras para alcanzar una rebosante Plaza de San Francisco y allí, como era de ley, proclamar a los cuatro vientos la coronación de Felipe III al grito de "¡Viva el rey Don Felipe III, Nuestro Señor!", con el telón de fondo del tronar de tambores, las melodías de los pífanos, el olor a pólvora de los mosquetes y arcabuces y el estruendo de falconetes y bombardas, mientras tremolaban pendones y estandartes, la muchedumbre aplaudía enfervorizada y la Giralda repicaba un pino de gloria.

Se había alcanzado la parte del acto más ansiada por el pueblo. Lanzadas por el Marqués de Puñonrrostro, volaron por los aires cientos de monedas con la efigie del nuevo monarca en el anverso y la figura de la Esperanza en el reverso. Nuestro cronista Francisco de Ariño, testigo de todo aquello, narró así aquel tumulto monetario: 

"Y de estas monedas tomó el marqués a puñados y arrojó a todas partes de la plaza entre la gente, de que hubo muchas puñadas. Y en la plaza de la Feria volvieron a hacer otra ceremonia y volvieron a echar las dichas monedas, y al son de la música y artillería, y puñadas y perdimiento de capas y sombreros que llevó por coger las monedas, vino la noche y se acabó la fiesta. 

Yo cogí una de las monedas, que perdí por ella una daga muy buena, y la di por bien empleada, por haber visto tan buena fiesta y tener una cosa de gran memoria, y por venir cansado y con buena gana de cenar".

Con Felipe III en el trono, la ciudad se adentraba, quizá sin saberlo, en el siglo de la crisis, el XVII, pero esa, esa ya es otra historia...

12 septiembre, 2022

De la Imagen.


En esta ocasión no vamos a recorrer una plaza repleta de monumentos o edificios dignos de visitar, o una avenida llena de hitos históricos que merezca la pena recordar, sino que dedicaremos este espacio, con permiso de los oyentes y/o lectores a una calle sin nombre hasta el siglo XVII, que pasó de ser peligrosamente estrecha a espaciosamente amplia, en detrimento, quizá, de su propia estética; pero como siempre, vayamos por partes. 

Si en pleno siglo XVI hubiésemos preguntado a un sevillano de aquel tiempo por la calle que va desde San Pedro a la Encarnación, probablemente, nos habría mirado con extrañeza y no nos habría dicho nombre alguno, al ser calle de corto trayecto y con apenas anchura. Sin embargo, ya en 1684 comienza a recibir su nombre actual, Imagen, debido a la existencia en ella de un retablo dedicado a la Virgen que recibía culto en plena calle. Como detalle curioso, en la cercana calle dedicada a Sor Ángela subsiste un interesante retablo en el zaguán de entrada al Colegio de San Francisco de Paula en el que se puede contemplar una imagen de la Virgen con el Niño Jesús en brazos de cierto mérito dentro de la estética sevillana del siglo XVIII.


Por testimonios gráficos antiguos, como el conocido plano de Olavide de 1771, puede comprobarse que se trató siempre de una vía rectilínea y muy estrecha, nada que ver con la actual, con el añadido de que a partir de la creación del Mercado de la Encarnación se convertirá en arteria por la que accederán carros y carromatos con productos alimenticios para dicho mercado, lo que hará que el tráfico "rodado" (incluso con el peligroso transitar de tranvías) se incremente generando las inevitables protestas de los vecinos por ruidos y suciedades; el 22 de junio de 1910 el Diario El Liberal publicaba:

"Vecinos de la calle Imagen nos remiten una carta protestando de las molestias que sufren a diario a causa de los desaforados gritos de los vendedores ambulantes que allí se sitúan desde el amanecer y que quitan toda tranquilidad y sosiego a los pacíficos moradores de aquellas casas. 

También se nos quejan en la citada carta de que los tales vendedores apenas dejan pasar a los transeúntes, ofreciéndoles sus mercancías con tal insistencia que se hacen harto fatigosos. Convendría que los guardias municipales hicieran cumplir las Ordenanzas a estos vendedores, en beneficio del público."

Y todavía en 1957, el escritor y periodista Fausto Botello lo resumía así: 

"Mucho comercio, pero mucho comercio baratillero, de ganga y diez de últimas. Allí se vendía de todo. Desde unas gafas graduadas que no recetaba el oculista hasta media docena de vasos baratos y en buen uso, pasando por la menudencia esperanzada del perejil y la hierbabuena... Había vida, mucha vida, en la tortuosa estrechez del lugar, entre casas vacilantes en imposible sostén de puro viejas, entre escaparates arañados por dedos y ojos deseosos, entre tenderetes de poca monta que ofrecían, por nada y menos, unos crisantemos con que recordar a los muertos o una estrella de papel de chocolate con que alumbrar el nacimiento de Cristo". 

Durante el siglo XIX, recibirá en 1848 el nombre de Almirante Valdés, nacido en el número 4 de esta calle y bautizado en la parroquia de San Pedro, almirante de la Armada española, quien participó en la expedición Malaspina que dio la vuelta al mundo en un denominado "Viaje político y científico alrededor del mundo" (1789-1794) y protagonizó numerosos hechos heroicos a borde de buques de guerra españoles, combatiendo en San Vicente o Trafalgar y asumiendo con posterioridad importantes cargos en el organigrama de la Armada hasta su fallecimiento en 1835.

Poco durará el recuerdo al belicoso almirante. Entre 1868 y 1875 la calle se llamará Calvo Asencio, en esta ocasión, en recuerdo al fundador del periódico Iberia y prócer político del periodo revolucionario en Sevilla en torno a 1854. Por fin, en 1875, recuperará su nombre primitivo, Imagen, para no volver a ser modificado hasta nuestros días. 

Un año clave, en principio, para Imagen será 1911, cuando el Ayuntamiento decida acometer un ambicioso plan de ensanches que traerá consigo la apertura de la Avenida de la Constitución y la creación de un eje desde la Campana a la Puerta Osario, lo que traerá consigo la actual configuración de calles como Martín Villa o Laraña e incluso, en su momento, la demolición del Mercado de la Encarnación. Papel decisivo en estas reformas urbanísticas ostentará el entonces alcalde Antonio Halcón, a quien los sevillanos pondrán el apodo de "Alcalde Palanqueta" por los derribos y reformas que sufrieron determinadas zonas de la ciudad bajo sus diferentes mandatos al frente del consistorio de la Plaza de San Francisco. 

¿Qué ocurrirá con Imagen? No será hasta 1956 cuando comiencen las demoliciones, desapareciendo una barreduela en su mitad, y a comienzos de los sesenta se irán construyendo las nuevas y modernas edificaciones que harán desaparecer todo su carácter decimonónico. Con construcciones como la del número 2, obra de los arquitectos Arévalo Camacho y Costa Valls, lo contemporáneo se abría paso en el corazón de la ciudad. Oficinas y bajos comerciales con soportales serán desde entonces la seña de identidad de esta calle, muchos recordarán aquello de quedar en la esquina de Cortefiel, los cafés de madrugada para noctámbulos en el Spala (el bar que nunca cerraba) o incluso la anécdota de la tienda de colchones junto al monumento a Sor Ángela donde en una ocasión un cliente se quedó profundamente dormido al probar uno. 

Amplio escenario para procesiones y cofradías, refugio en días de ansiada lluvia, la torre inclinada de San Pedro se asoma en su extremo, mientras el tráfico rodado que nunca cesa se adueña de sus calzadas, mientras que al fondo se distingue la estructura de madera las Setas de la Encarnación, pero esa, esa ya es otra historia...

05 septiembre, 2022

Fin de trayecto.

Era sábado y muy temprano. Podía escucharse el oleaje y el crujir de los aparejos y cuadernas del navío. El vigía, entrecerrando los ojos, a lo lejos, entre brumas transparentes, divisó algo y con andares extenuados, agotados, abandonó su puesto, se encaminó hacia donde estaba el oficial de guardia y comunicó la nueva desde unos labios agrietados que cubrían unas encías inflamadas por el escorbuto. Aguzando la vista, Miguel de Rodas, que era a la sazón uno de los tres pilotos contramaestres supervivientes de la agónica singladura, confirmó la visión del vigía. 

Apoyado en la borda, suspiró aliviado y con breves órdenes inquirió a la menguada tripulación que ajustara el velamen e izara todo el escaso trapo disponible a fin de alcanzar la ansiada costa. Juan Sebastián Elcano, el capitán, descansaba en duermevela en esos momentos, pero, súbitamente espabilado por el insólito trajín en la cubierta, salió a tomar el mando de la casi desarbolada nave una vez fue cumplimentado por sus contramaestres. "Tierra", le dijeron al llegar al timón de popa. Era el 6 de septiembre de 1522. Tras recorrer lugares como la Patagonia, Filipinas, las Islas Marianas, Mactán (donde muere Magallanes) o las Molucas, Sanlúcar de Barrameda era el penúltimo eslabón de la cadena. 

Puede que, más o menos, así podría haber sido aquella histórica mañana de verano cerca del puerto sanluqueño de Bonanza. Pero como siempre, vayamos por partes.


 La travesía emprendida en 1519 por Magallanes y finalizada por Elcano, constituyó un acontecimiento capital tanto para la confirmación de la redondez de la Tierra como para el logro de una ruta especiera alternativa a la habitual, lo que suponía una indudable ventaja para la corona castellana frente a su rival portuguesa, por no hablar de los nuevos territorios descubiertos, que incluían hasta todo un nuevo océano: el Pacífico, al que se accedió a través del Estrecho bautizado como de Magallanes al sur de las Indias. 

Sería muy largo enumerar las vicisitudes de esta inédita singladura, de modo que, ahora que se acerca el Quinto Centenario de su finalización, daremos algunos detalles sobre cómo fueron recibidos en Sevilla Elcano y sus marineros. 

Como hemos mencionado al principio, tras vislumbrarse Sanlúcar desde la Nao Victoria (único navío sobreviviente de los cinco que iniciaron el viaje), se tomó la decisión de fondear allí, aunque para ello, como ha constatado la historiadora Consuelo Varela, hubo de contarse con los servicios de Pedro Sordo, práctico del puerto, quien cobró 525 maravedís por participar en la aproximación hasta la costa, sorteando la barra de la desembocadura del Guadalquivir. 

A Elcano le acuciaba la premura, ya que ansiaba cuanto antes ofrecer la primicia de la buena noticia al emperador Carlos, de modo que desde el mismo Sanlúcar partió un mensajero hacia la corte, radicada entonces en Valladolid, portador de una misiva en la que el capitán de la Victoria informaba del cumplimiento del objetivo del viaje promovido por la propia corona con, entre otras, estas palabras:

"Mas sabrá su Alta Majestad lo que más avemos de estimar y temer es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por occidente e veniendo por el oriente". 

 Como curiosidad, el correo a caballo, de nombre Luis de Castellanos, a galope tendido y agotando sucesivas monturas, entregó la carta en la ciudad del Pisuerga en sólo dos días y dieciocho horas, lo que se consideró entonces toda una hazaña. Ni que decir tiene que Elcano no olvidó escribir a Sevilla, de modo que otro mensajero recibió el encargo de partir sin demora hacia allí...

Nada más cruzar las puertas de la ciudad, el correo acudió con presteza al encuentro de algún miembro del Cabildo de la Ciudad. Somnolientos quizá por lo temprano de la hora, los caballeros Veinticuatro, que fueron convocados en su sede del desaparecido Corral de los Olmos se vieron insólitamente sorprendidos por la misiva de Elcano que hablaba de la inminente llegada de una expedición que muchos ya daban por perdida y que ahora anclaría con un más que jugoso cargamento de especias que a buen seguro enriquecería a no pocos.

No había tiempo que perder. El Cabildo acordó con presteza comprar un barco de seis remos, botado con quince hombres y cargado con doce arrobas de vino, un cuarto de carne de vaca, melones y setenta y cinco hogazas y roscas de esponjoso y recién hecho pan adquirido en la Plaza del Pan, como no podía ser de otra forma. El navío partió de Sevilla y alcanzó a la Nao Victoria a la altura de las Horcadas, a solo ocho leguas ya de remontar al puerto hispalense remolcada por una nave sanluqueña cedida por el también sanluqueño Pascual Garza. Podemos imaginar la alegría y paz con que los tripulantes capitaneados por Elcano cenarían aquella noche de 7 de septiembre, aseados y fondeados en Coria del Río, mientras, eso sí, un escribano, Juan de Eguívar, y el propio Elcano vigilaban la valiosa carga alojada en las oscuras bodegas. 


A la mañana siguiente, festividad de la Natividad de la Virgen María, una enorme multitud de gente de toda condición se congregó en los muelles y orillas del río a la espera de la llegada de la expedición emprendida por Magallanes. Sonaban tambores y chirimías y los niños se impacientaban mientras algunos oteaban río abajo por si se distinguía en lontananza al esperado navío. El Arenal lucía sus mejores galas y puede decirse que toda la ciudad, enterada del suceso, acudió en masa mientras repicaban campanarios y espadañas. A su arribada al  Puerto de las Muelas, la Victoria saludó a la concurrencia que la vitoreaba disparando su menguada artillería por dos veces y a sotavento, como estaba mandado, tras una salva inicial lanzada desde propia la Torre del Oro. Era el ansiado momento de desembarcar. El cronista Pigafetta lo contó así: 

"Bajamos todos a tierra en camisa y a pie descalzo, con un cirio en la mano, para visitar la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y la de Santa María de la Antigua, como lo habíamos prometido hacer en los momentos de angustia". 

Esta última devoción se halla aún en la Catedral, mientras que, desaparecido el convento trianero de la Victoria (ahora terrenos los padres paules en calle Pagés del Corro), la imagen de la Virgen a la que rezaron Magallanes a la ida y Elcano a la vuelta se venera ahora en la Real Parroquia de Santa Ana. Acompañaron a la tripulación buena parte de las autoridades municipales y también eclesiásticas, sin olvidar a los responsables de la Casa de Contratación. Durante el trayecto a pie a ambos templos no dejaron de sucederse muestras de respeto y admiración, incluso con espectadores que preguntaban a los marinos por tal o cual tripulante y su suerte y, qué duda cabe, tras la celebración religiosa vendría la profana, a buen seguro que en la mancebía del compás de la Laguna la fiesta duró hasta bien avanzada la noche, que había mucho que celebrar y más tras las privaciones de aquellos últimos y tremendos meses. 


¿Qué ocurrió con la preciada carga que traía la Victoria en sus bodegas? Toda la mercancía fue descargada dos días después para proceder al pesado de los 381 costales o sacos repletos de clavo en que consistía; con su valor se pudo pagar el coste de la expedición y hasta lograr un nada despreciable beneficio; por cierto, ya que mencionamos el clavo, el Emperador ordenó colocar un puñado de esta especia en el nuevo escudo de armas que otorgó a Juan Sebastián Elcano, junto con un lema rodeando un globo terraqueo: "Primus circumdedisti me", "Fuiste el primero que la vuelta me diste". 


Como curiosidad, en algunas representaciones pictóricas aparece la tripulación con aspecto demacrado y largas cabelleras, se dice que en promesa a la Virgen María por el favor concedido de sobrevivir a tamaño viaje; sin embargo, y como apuntó Antonio Cascales en su momento, al ser día festivo habría que tener en cuenta que las ordenanzas del gremio de barberos ordenaban:

"Que ningún barbero afeite sábado noche, ni en domingo, ni en las fiestas señaladas por Pascua Florida, ni en los días de fiesta que mande guardar la Santa Madre Iglesia". 

De modo que aquella mañana festiva del 8 de septiembre Elcano y los suyos entraron en Sevilla y en la Historia triunfantes tras haber recorrido 37.753 millas náuticas (69.918 kilómetros), pero sin afeitar y sin corte de pelo; pero esa, esa ya es otra historia...




15 agosto, 2022

La calle de los costales.

En esta ocasión, pleno agosto, vamos a buscar la "sombrita" al abrigo de una calle poco transitada y que formó parte de uno de los conventos masculinos más importantes de su tiempo; pero como siempre, vayamos por partes. 

A finales del siglo XVII, el arzobispo Palafox y Cardona, impulsor de la devoción a Santa Rosalía en Sevilla, promovió la implantación en nuestra ciudad del Oratorio de San Felipe Neri, congregación creada en el XVI por este santo nacido en Florencia y fallecido en Roma en 1595; el carisma de esta peculiar orden, carente de votos ni de organigrama, excepto la caridad mutua entre sus componentes, se basaba en la oración y la predicación, con la particularidad de que cada convento era independiente de los demás, sosteniéndose con sus propios fondos. 

A comienzos del XVIII, tras bendecirse su iglesia en 1698 por el arcediano de Niebla, Francisco Lelio Levanto,  ya estaba radicado el Oratorio en Sevilla. Para ello, contaron con el apoyo de Josefa Antonia de Alverro, quien donó unas casas de su propiedad en la calle Costales, en la feligresía de Santa Catalina; como curiosidad, esta calle, actual de San Felipe, recibía este nombre porque al parecer en ella se alquilaban los costales necesarios para el transporte del grano que se almacenaba en la cercana Alhóndiga. La nueva sede de los filipense fue puesta bajo la protección de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.

La actual vía, que arranca en Doña María Coronel y finaliza en Almirante Apodaca, sería, pues, testigo de la llegada de los filipenses a Sevilla, encabezados por el Padre Navascués y del paulatino crecimiento de aquella zona como sede de la congregación, especialmente durante los años como Prepósito (especie de superior o abad) del P. Teodomiro Díaz de la Vega. Sevillano de nacimiento, bautizado en la hispalense parroquia de San Andrés, ingresó en la orden con apenas veinte años, en 1757, y con el tiempo alcanzó fama y popularidad por sus predicaciones, entablando amistad con Fray Diego José de Cádiz y con el también filipense Antonio Sánchez Santa María, fundador del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz. 

Otro filipense, el P. Cayetano Fernández, lo describió como "de estatura prócer, de complexión robusta y carácter enérgico, al mismo tiempo que atractivo y amable, el P. Vega ganaba para Dios las voluntades, imponiéndose irresistiblemente por la admirable fuerza de su fogosa palabra". Fruto de su ingente labor al frente del oratorio (donde se realizarán obras de mejora en capilla y sacristía por más de medio millón de reales) será lograr que el propio Carlos IV colocase al Oratorio bajo Patronato Regio y el enriquecimiento de la iglesia con diversas pinturas y enseres, y lo que es más importante, conseguir gran difusión de los ejercicios espirituales que allí se celebraban, como contaba el escritor José María Blanco White: 

Este sacerdote estaba dotado de grandes cualidades, pero su extraordinaria influencia sobre los demás se debía particularmente a un profundo conocimiento de la humanidad, una gran confianza en sí mismo y una tosca aunque apasionada elocuencia que se unía a los más vehementes sentimientos religiosos. No me cabe la menor duda de que era un hombre sincero, pero también estoy convencido de que amaba el poder y sabía conseguirlo usando la técnica más depurada y eficiente. Ningún potentado oriental podría llegar a superar sus dotes de mando, que rendían a los espíritus más resueltos en cuanto entraban bajo su influencia (...) Tenía una voz ronca y nasal, pero en la capilla privada que había preparado para los ejercitantes sabía modular el tono de su voz con sorprendente efectividad. La celebración de la misa le afectaba de tal manera que sus ojos derramaban torrentes de lágrimas especialmente en el momento de la consagración. Quizás algunos pudieran pensar que era un buen actor, pero yo, que lo conocía muy bien, después de haber meditado muchas veces sobre su persona me veo obligado a librarlo sinceramente de este cargo.

El historiador González de León que llegó a conocer el templo filipense, lo describía así: 

En esta calle estaba la casa de este instituto de San Felipe de Neri, o como generalmente es llamado, oratorio; era en estos últimos tiempos el más rico en alhajas y preciosidades de todos los de la ciudad, con riquísimos ornamentos y ropa de sacristía. El templo es una nave bastante larga, pero no muy ancha, con su capilla mayor elevada sobre cuatro grandes arcos, con su cúpula o bóveda redonda. A los pies del templo está el coro alto, fuera del área, porque, para su construcción, tomaron todo lo ancho de la calle y formaron un arco sobre el cual pisa el coro; y por los lados hay pequeñas capillas que las forman arcos sobre columnas de mármol, y encima pisan tribunas cerradas con antepechos de barandas de hierro, cubiertas con canceles laboreados, pintados y dorados.
                                San Felipe (Número 81), en el plano de Olavide de 1771.                                                                              Pueden apreciarse también los conventos de Santa Inés (91), Las Dueñas (84) y de la Paz (98).

 Además, la sede de la congregación tenía fachada a la calle Doña María Coronel, en cuyos muros, figuraba un muy buen azulejo (atribuido por José Gestoso a José de las Casas, siglo XVIII) representando a Cristo Caído acompañado del Cirineo camino del Calvario y que por fortuna se conserva en el zaguán de acceso al Museo de Bellas Artes de Sevilla, mientras que el muro meridional de la iglesia era frontero a la calle Costales, que no tardó en llamarse, lógicamente, de San Felipe. Detalle interesante, durante un tiempo el llamado Arquillo de San Felipe, o también las Cuatro Esquinas de San Felipe, encrucijada de las calles Gerona (donde aún seguía en pie el monasterio de Las Dueñas) y Doña María Coronel, fue lugar peligroso y poco recomendable por la gente de mala reputación que allí se congregaba aprovechando su escasa o nula iluminación nocturna.

Foto Reyes Escalona

En su época de mayor esplendor, el oratorio llegó a tener alojamiento para hasta noventa personas, seglares o sacerdotes, que acudían a realizar los célebres y antes aludidos Ejercicios Espirituales, sobre todo a raíz de la expulsión de los jesuitas en 1767. El Padre Díaz de la Vega, a quien tocó vivir en primera persona varios sucesos, como el ajusticiamiento de la Beata Dolores en 1788, a quien acompañó al cadalso, o predicar durante el funeral en Sevilla a Luis XV tras pasar por la guillotina durante la revolución francesa, falleció 1805 y sus honras fúnebres fueron toda una manifestación de duelo; en el más que solemne funeral, que congregó a la flor y nata de la sociedad sevillana del momento, se interpretó el Requiem de Mozart.

Ya que mencionamos la música, destacar que para los filipenses era parte más que importante para la liturgia, de modo que misas y funciones solemnes se armonizaban con la participación de orquestas de cuerda a las que se sumaban incluso instrumentistas aficionados, aunque de una curiosa manera como recordaba de nuevo con su prosa José María Blanco White:

“Por otro lado, la iglesia de San Felipe Neri tenía para mí otra gran atracción: en ella se escuchaba música con tanta frecuencia que con razón San Felipe Neri podría ser considerada como la Ópera religiosa de Sevilla. Los buenos padres del Oratorio habían ideado un ingenioso plan para que la música no les costara dinero. Para ello cultivaban la amistad de los mejores músicos profesionales de la ciudad y recompensaban sus servicios dándoles por un lado ayuda espiritual y por otro prestigio mundano. Como también había en nuestra ciudad buen número de aficionados, cuya cooperación gratuita pudiera dar más fuerza a la orquesta, los Padres habían preparado un lugar en la iglesia, oculto por una celosía, donde los caballeros aficionados podían unirse a la orquesta sin ser vistos del público. La buena sociedad sevillana, en vez de considerar degradante este servicio, los consideraba al contrario  como un excelente acto de devoción."

 

Demolición de 1868. Al fondo el convento de Santa Inés.

Aparte de los reseñados desperfectos de 1843 por Van Halen, el año 1868 será crítico para el Oratorio. Poco podría pensar el joven sacerdote y futuro cardenal Marcelo Spínola,  quien habría celebrado allí su primera misa en 1864, que al cabo de un año, en 1865, un incendio dañaría el templo filipense, y que cuatro años después, como decimos, las autoridades de la llamada "Revolución Gloriosa" iban a decretar no sólo la incautación de todos los bienes filipenses, sino incluso la demolición total del edificio e iglesia. Todo ello se realizó en cuestión de días en los meses de septiembre y octubre de aquel fatídico año de vaivenes políticos, prueba de la premura de los trabajos fue que no dio tiempo a trasladar a la cercana parroquia de San Pedro a la totalidad de difuntos sepultados en las bóvedas de San Felipe, perdiéndose al parecer los restos mortales del afamado P. Vega.

A través de sucesivos inventarios y artículos, como los de Roda Peña, Jordán Fernández o Martínez Lara, se puede comprobar la triste disgregación de parte de los bienes filipenses; algunos pudieron ser recuperados por la propia congregación tras su restablecimiento en Sevilla, en la ex iglesia carmelita de San Alberto, como la propia imagen de la Virgen de los Dolores o Santa Rosalía y Santa María Magdalena, ambas de Pedro Duque Cornejo, otros, sin embargo, se conservan en lugares a donde los llevó la fortuna, como es el caso de un San Felipe Neri del mismo autor, ahora en el convento de Santa Isabel, sendos canceles de madera recibidos por las hermandades de Montserrat o El Silencio, o del órgano, importante pieza del siglo XVIII que fue trasladada a la parroquia de la O junto con otros enseres de San Felipe. 

Foto Reyes Escalona
 

En 1878, el nuevo Prepósito filipense, P. García Tejero (cuya figura merecería un artículo aparte) redactó una petición al arzobispado con la intención de recuperar tanto el órgano como cinco lámparas, alegando el pleno derecho y propiedad de las mismas; tras un decreto arzobispal en el que se ordenaba la devolución, en la mañana del 8 de febrero de aquel año, todo estaba preparado para el desmontaje y posterior traslado del órgano, mas, con lo que no contaba nadie es con que: "habiéndose presentado muchos hermanos de Nuestra Señora de la O, han impedido su entrega, alegando que ellos son los únicos propietarios de esta iglesia y de todo lo contenido en ella. No ha habido desorden ni palabras descompuestas. Lo que me apresuro a ponerlo en conocimiento de V. S. para que me de sus órdenes superiores". Allí quedó el órgano a la postre, sobreviviendo incluso a la quema de la parroquia de julio de 1936, y pendiente de una restauración, pero esa, esa ya es otra historia...



08 agosto, 2022

Un "Plan B" para la Virgen de los Reyes.


Ahora que nos vamos adentrando en las vísperas de la celebración de la Asunción, y que en Sevilla han comenzado los solemnes cultos anuales a la Virgen de los Reyes, no estaría de más comentar algo sobre una curiosa faceta de la devoción a esta imagen: la teatral, que fue tan importante y respetada que incluso provocó hasta el rechazo de una obra escrita por uno de los mejores dramaturgos españoles de todos los tiempos; pero como siempre, vayamos por partes. 

Foto Reyes de Escalona

Sabido es que la devoción a la Virgen de los Reyes arranca tras la conquista de Sevilla en 1248 por Fernando III el Santo, y que esta devoción, ligada estrechamente a la ciudad y a sus cabildos eclesiales y seculares, tuvo siempre especial protagonismo, considerándose su salida procesional del 15 de agosto una de las fechas más importantes del calendario religioso hispalense, junto con la anual procesión del Corpus Christi.

¿Qué tendrían en común ambas festividades con respecto al teatro? Viajemos al año 1620. El consistorio sevillano ha nombrado una delegación de caballeros veinticuatro (especie de concejales, pero eso sí, aristócratas únicamente) para que se ocupe de todo lo relativo a la organización de los festejos y procesión del Corpus, y para ello, propone encargar al gran Lope de Vega Carpio, residente entonces en la Villa y Corte, no uno, sino cuatro textos para otros tantos autos sacramentales a representar en tan señalada fecha. Sin embargo, y pese a aceptar el encargo de buen grado, todo son evasivas por parte del encumbrado escritor, alegando falta de tiempo para entregar los manuscritos, sin olvidar que la compañía teatral encargada de representarlos, regida por Alonso de Olmedo, presionaba para tener los manuscritos cuantos antes, ya que en caso contrario se vería con apenas unos días para ensayar adecuadamente tan importantes obras.

El siempre concienzudo historiador Santiago Montoto, recogió el curioso testimonio de primera manodel escritor Hipólito de Vergara, poeta nacido quizá en Osuna, ensalzado por el mismo Cervantes, y que en numerosas ocasiones había demostrado una especial devoción tanto por San Fernando como por la Virgen de los Reyes, ya que, por ejemplo, cuando se recaban supuestos hechos milagrosos atribuibles al Rey Santo para su canonización, Vergara había comunicado hasta dos de estos hechos, como quedó transcrito en 1627 en un volumen denominado "Antepreguntas que se han de hazer a los testigos que declararen en las provanças del Santo Rey Don Fernando, antes que se examinen":

“Tenía una mujer estéril, y aviendo estado sin parir doce años, se encomendó al Santo Rey, a quien hizo dezir una missa y poco después su mujer se halló preñada, y en fin de nueve meses parió felicísimamente, lo qual por merced que luego al instante le fue hecha, se atribuyó por todas las personas a la intercesion del Santo Rey: lo qual fue, era, y es verdad, publico, notorio, y manifiesto, publica voz, y fama.”

Y para mayor abundamiento:

“Tenia un esclavo, a quien dio ciertas escrituras, las quales estimava en mucho, y las perdió, y encomendandose al dicho Santo Rey, con promesa de vna Misa, luego milagrosamente las halló: lo qual fue, era, y es verdad, publico, notorio, y manifiesto, pública voz y fama.”

Vergara sabía moverse en círculos mercantiles y aristocráticos; había hecho negocios monetarios con Francisco Madrid, guarda mayor de la vallisoletana Casa de la Moneda y, aquí lo importante, contaba con la amistad de Antonio Domingo de Bovadilla, caballero veinticuatro, familiar del Santo Oficio, custodio de la devoción a la Reina de Reyes, y uno de los que encarga la antedicha obra a Lope de Vega. Presintiendo que se les venía encima un más que probable incumplimiento por parte de éste, se juramentaron solemnemente para tener prevenido un “Plan B”, valga la expresión, consistente en que Vergara escribiría un auto dedicado a la Virgen de los Reyes “donde se haría notoria al mundo la tradición de su milagroso santuario, quedando así su particular devoción, y la de su ciudad más satisfecha”

Foto Reyes de Escalona

 Los veinticuatro suspiraron aliviados en principio cuando, tres días antes del Corpus, llegaron los escritos de Lope procedentes de Madrid, pero pronto sintieron que no les llegaba la camisa al cuello cuando uno de los autos, concretamente el dedicado a la patrona de Sevilla, era reprobado sin ambages por los canónigos de la Catedral, ¿la razón?, un sacerdote y su particular manera de documentar a Lope de Vega sobre la Virgen de los Reyes y el nacimiento de su devoción:

“Por haber venido y estar errado en la parte principal, que es la verdad de la tradición; y la culpa de este error tuvo un capellán de la Real Capilla, que siendo nuevo en ella, sin más fundamento que haber visto dos flores de lis en los zapatos de la Virgen, pareciéndole que eran insignias de Francia, y que San Luis pudo enviar al Santo Rey aquella Imagen, lo certificó por una memoria que envió a Lope de Vega.”

Desafortunadamente, no se conserva el texto de Lope, pero todo parece indicar que en él no aparecía la milagrosa leyenda de los dos misteriosos jóvenes peregrinos y escultores, (¿Ángeles?) que en tiempo récord realizan una imagen solicitada por San Fernando durante el sitio de Sevilla, idéntica a la soñada por él, desapareciendo como por ensalmo, sino una versión diferente que también ha sido difundida a lo largo de los años: que el monarca francés Luis IX, futuro San Luis de los Franceses, habría obsequiado gentilmente la imagen de la Virgen con el Niño en su regazo a Fernando, su primo castellano a fin de cuentas.

¿Qué sucedió al final? ¿Llegó a representarse el auto de Lope de Vega? ¿Se estrenó la farsa de Hipólito de Vergara con el apoyo de Bovadilla?

 


Acudimos de nuevo a Montoto. Don Santiago comprobó los pagos realizados en aquellos años dentro de los gastos del Corpus, existiendo una partida de 1.200 reales abonados a Lope de Vega por la escritura de cuatro autos sacramentales (cuyos títulos no han llegado hasta nosotros) aunque esto no significa que se representasen finalmente como atestiguó Hipólito de Vergara, quien a la postre no cumplió el juramento de tener pergeñado el “Plan B” y a quien la vida, como castigo según él mismo por su negligencia o pereza, se le complicó allá por diciembre de 1622: un tribunal madrileño había dictado orden de captura contra su persona.

Como descubrió el profesor navarro Miguel Zugasti, ni que decir tiene que el poeta hizo lo habitual en casos así, acogerse "a sagrado", en esta ocasión en el desaparecido monasterio de San Jerónimo, donde, en aquel monacal cautiverio voluntario tuvo tiempo para hacer examen de conciencia sobre el incumplimiento de su promesa con Bovadilla y componer finalmente el texto a la Virgen de los Reyes, afirmando incluso que “el mismo día y a la misma hora que yo comencé a escribir la comedia de la Virgen, se mandó en la corte que no se usase de la provisión contra mí que se había despachado”

 

File:Fernando III el Santo, rey de Castilla y León.jpg

La trama de la pieza teatral en sí viene a dramatizar la tradicional leyenda popular sobre la aparición de la Virgen María a Fernando III y el deseo por parte del monarca de lograr una escultura idéntica a su visión; en tal búsqueda el autor se tomará algunas licencias, desde anacronismos de libro, como que el escultor Juan Martínez Montañés (estamos, se supone, en el siglo XIII) es uno de los “candidatos fallidos”, a imágenes semejantes, como la Virgen de la Aguas del Salvador, una devoción también de origen fernandino, pasando por todo un repertorio de loas y alabanzas marianas. Como podemos imaginar, todo concluye con final feliz, con San Fernando literalmente "alucinado" por la prestancia de la devota imagen de la Virgen realizada por los dos peregrinos, proclamando ser idéntica a la de su milagrosa aparición y otorgándole la advocación de Virgen de los Reyes: 

"Retrato deseado y milagroso: 

¿Quién, sino quien os hizo, hacer pudiera

imagen tan perfecta y verdadera

de aquel original que vi glorioso?"

Casi lo dejamos en el tintero, la obra, finalmente, se estrenó en Sevilla por la compañía teatral de Hipólito Avendaño en 1624, coincidiendo casualmente, o no, con la estancia en la ciudad del rey Felipe IV.  Fernando III sería canonizado en 1671.

En definitiva, y prestos ya a echar el telón a este episodio, aquel “Plan B” por si Lope de Vega no llagaba a tiempo, se convirtió, en una época en la que las redes sociales ni se soñaban, en una de las más eficaces formas de propagar, desde los escenarios, el origen prodigioso de la patrona de Sevilla, constituyendo, al decir de los investigadores del tema, la primera ocasión en la que un texto dramático se ocupa de la milagrosa intervención angelical en la talla de una imagen mariana, pero esa, esa ya es otra historia...

Foto Reyes de Escalona


01 agosto, 2022

Control de Aduanas.

La llegada de Colón a América en 1492 supuso no sólo el descubrimiento de todo un continente, sino la posibilidad por parte de la corona castellana, de explotar una incalculable cantidad de recursos que poco a poco fueron llegando a Sevilla: especias, metales preciosos, maderas, etc. Este flujo de riqueza se compensaba con el envío a través del Atlántico de materias primas y objetos de lujo y para controlar y fiscalizar el beneficio de este comercio, las autoridades establecieron la Aduana. Pero como siempre, vayamos por partes. 

Desde tiempos del rey Alfonso X el Sabio, allá por el siglo XIII, se decidió establecer un impuesto real que gravase el tránsito de todas las mercancías que entrasen o saliesen del territorio castellano, bien por vía terrestre, bien por vía marítima. Para controlar el cobro de esta tasa se nombró a un grupo de "almojarifes" (término árabe que significa "inspectores") de ahí que tomase el nombre de Almojarifazgo y que se creasen diversas aduanas en las fronteras castellanas.  

En el caso de Sevilla, ésta estuvo situada en diversos lugares a lo largo del siglo XVI, incluyendo unas casas más arriba del Puente de Barcas, cerca del entonces Convento de Santiago de la Espada, ahora sede del colegio de las hermanas mercedarias de la calle San Vicente, hasta que finalmente queda asentada en una de las naves de las Atarazanas, en concreto, en la más próxima al Postigo del Carbón, frontera a la actual calle Santander, durando sus obras diez años y finalizándose en 1587. En la actual Delegación de Hacienda se conserva aún una placa de mármol que recuerda tal efemérides: 



"Año 1587.Reynando Felipe II y siendo Asistente de esta ciudad el Conde de Orgaz, mandó Sevilla a construir esta Aduana, teniendo a su cargo los Almoxarifazfgos de ella. Destruida casi generalmente por un incendio el día 7 de mayo de 1792, se reedificó de cuenta de la Real Hacienda reynando Carlos IV y siendo sucesivamente asistentes de la misma e intendentes de su ejército Don José de Ábalos y el Marqués de Ustáriz." 

El profesor Morales Padrón afirmaba que el distrito aduanero comprendía a la ciudad y su territorio en cinco leguas a la redonda, lo que vendrían a ser unos veinticinco kilómetros, además de otras aduanas menores desde Lorca hasta Cádiz, teniendo jurisdicción sobre otras del Reino de Castilla. Este control fiscal no era completo, pues era frecuente que muchas mercancías no pasasen por la Real Aduana, de modo que la lucha contra el fraude fue siempre uno de los objetivos por parte de la Corona. Como curiosidad, la Aduana era tenida como uno de los mejores lugares para la picaresca sevillana, tal como recuerda un azulejo cervantino situado en la calle Núñez de Balboa, que indica que Rinconete y Cortadillo habrían entrado en la ciudad por la llamada Puerta de los Azacanes o de la Aduana. No es de extrañar, pues,  que Luis Vélez de Guevara en su Diablo Cojuelo tuviese palabras para la Aduana sevillana: 

«La Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el muelle, chupadera de cuanto traen amontonados los galeones en los tuétanos de sus camarotes».

Así describía el edificio aduanero el cronista Rodrigo Caro allá por 1634:

 «Una de las cosas más célebres que tiene Sevilla (y se dijera toda España no me engañaré), es el Aduana, edificada en el sitio de las  Atarazanas, que ocupa buena parte de ellas. Su fábrica es muy ancha y alta; la mayor parte de cantería y ladrillo, edificada a modo de un templo con su crucero, toda la bóveda. Aquí vienen a parar todas cuantas mercaderías cosas que vienen a vender a Sevilla, y así está siempre llena de fardos, cajones, tercios y otros géneros de carga, que apenas puede andar por ella, estando las mercaderías unos sobre otras, haciendo grandes y altos cúmulos de ellas»

Por el mismo cronista sabemos que la plantilla de trabajadores habría rondado las 250 personas, formada por cargos de todo tipo, desde el Administrador y los dos Almojarifes, hasta Secretarios, oficiales, escribanos, contadores y selladores, pasando por todo un grupo conformado por subalternos como guardas, marineros, agentes o guardarropas, con un coste salarial anual de más de 50.000 ducados, coste que era asumido por la corona, quien no obstante rentabilizaba este gasto gracias al monopolio sevillano sobre las Indias, que perduró hasta el siglo XVIII. Hay que pensar cómo la llegada de la flota procedente de América suponía todo un acontecimiento para Sevilla, prueba de ello es que repicaban las campanas de la Giralda y Santa Ana en Triana y hasta se disparaban salvas de cañonería desde el montículo del Baratillo anunciando a la ciudad la buena noticia. 


Como edificio, constaba de una larga nave realizada en ladrillo, de gran anchura y altura, con bóveda sostenida por grande pilares, entre los cuales se situaban, como si fuesen capillas, almacenes provistos de rejas y cancelas para servir como almacén de los innumerables artículos y mercancías que allí se atesoraban a la espera de partir a Indias o de abandonar Sevilla. Dato curioso, el edificio contaba con sendas puertas situadas a ambos extremos de la gran nave, una cara al río y otra a la calle Tomás de Ibarra, entonces Plaza de la Aduana y ahora de Indalecio Prieto. 

Músicos militares en la calle Temprado, ante la portada de Poniente de la antigua Aduana.

Como todo lo que rodea a esos siglos de opulencia en la Sevilla Puerta de América, y dada la cercanía del Arenal, la Aduana fue escenario de pleitos, litigios, duelos y hasta lugar de predicación de un viejo conocido de este blog, El Loco Amaro, quien en uno de sus sermones, enfadado porque nadie allí le había dado limosna para el Hospital de los Inocentes, llamó a su personal "mercaderes del templo" y "cornudos judíos", rogando "un avemaría porque se quemen los libros de la Aduana con toda la generación de Eminentes". Hay que añadir que Eminentes era el apellido del entonces Administrador de la Aduana y que éste no tardó en quejarse al superior de Amaro, quedando aquel en reprenderlo. Aceptó la riña de buen grado nuestro personaje, y al día siguiente improvisó un púlpito sobre unos fardos dentro de la misma Aduana, disculpándose por haber llamado judío al señor Eminente aunque, eso sí, diciendo para concluir: "Sé que quien se pica, ajos come", y dicho esto abandonar el edificio con gran dignidad. 

El traslado de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 supuso un cambio fundamental para Sevilla, no sólo en lo económico, por la pérdida de gran cantidad de transacciones mercantiles que generaban los inevitables beneficios para el fisco, sino en lo poblacional, ya que varios miles de personas, vinculadas a la gestión del comercio con América, cambiaron de residencia aparte de la inevitable pérdida de protagonismo hispalense. 


Durante el siglo XVIII, el edificio de la Real Aduana sufrirá inundaciones que dañarán (algo habitual) mercancías y fardos almacenados allí y hasta los efectos de un tremendo vendaval en 1750 con relámpagos, truenos y lluvia que según Joaquín Guichot "dobló o quebró los cerrojos de la Aduana"; para colmo de males, el 7 de mayo de 1792 se declaró en ella un espantoso incendio que se prolongó durante cinco días, alcanzando las llamas al Hospital de la Caridad que hubo de ser evacuado y sus enfermos y asilados dormir en el cercano parque de artillería; las pérdidas materiales y económicas fueron cuantiosas y el edificio quedó maltrecho.

Trabajos de construcción en la antigua Aduana

Tras algunas reformas y mejoras durante el siglo XIX, la Aduana prosiguió con sus funciones, esta vez enfocadas a productos agrarios, destacando en la prensa local de aquel entonces las frecuentes subastas públicas de bienes decomisados (telas, sedas, algodón, pañuelos y hasta estampas litografiadas), hasta que finalmente se trasladaron las dependencias aduaneras a otro lugar y el vetusto conjunto fue derribado y, según Morales Padrón, parte de sus sillares trasladados al colegio mayor Hernando Colón. Desde los años cuarenta del siglo XX se comenzó el proyecto de ejecución de nuevo edificio, atrasado por la aparición de restos arqueológicos, hasta que en 1953 fue inaugurado el actual, sede de la Delegación de Hacienda bajo planos del arquitecto José Galnares Sagastizábal, de modo que, a la postre, aquella zona de la ciudad ha seguido siendo sede de asuntos fiscales y tributarios a la que acudir, pero esa, esa ya es otra historia...