lunes, 17 de mayo de 2021

Ni pitos, ni flautas.

 

Campanas al vuelo, estallidos de cohetes, crujir de carretas, vivas, cascos de caballos sobre adoquines o asfalto, palmas, guitarras y palillos, eran muchos los sonidos característicos durante estas semanas previas a la celebración de la Romería de la Virgen del Rocío por Pentecostés en muchas ciudades y pueblos; quizá uno de los más emocionantes y añorado sea el de la gaita y el tamboril llamando a los cultos de las diferentes hermandades del Rocío en vísperas de, este año, una especial celebración de la anual Romería que tiene lugar en tierras almonteñas.

 

Como instrumento musical, la flauta, gaita o "pito" andaluz o rociero, remonta su origen histórico a tiempos muy antiguos, cuando se crea la llamada flauta de tres agujeros, pariente de similares características a los ejemplares hallados de tiempos de la antigua Grecia, cuando se atribuyó al travieso dios Pan su invención, incluso pinturas del año 450 antes de Cristo, de época etrusca, atestiguan el uso de este tipo de flautas; en las célebres Cantigas de Alfonso X el Sabio, recopiladas en el siglo XIII, aparecen ilustraciones con personajes tocando el tambor y la flauta, cantigas, precisamente, como señala el investigador musical José Manuel Castellano, en las que hay alusiones al coto de caza de las Rocinas, lugar donde hoy es encuentra la Ermita en la que recibe culto la imagen de la Virgen del Rocío.

Algunos autores sostienen que en la Edad Media, en tiempos de la Reconquista castellana, muchos leoneses se asentaron en el Sur de Extremadura y en Andalucía Occidental, trayendo consigo no pocas costumbres y elementos de su folklore, entre ellas el uso de la flauta y el tambor, cuyo empleo se extendió por la Sierra Suroeste de Badajoz, el Andévalo y el Condado onubense y el Aljarafe sevillano, siendo en estas zonas donde se han registrado siempre el mayor número de tamborileros. Pese a todo, conviene resaltar que durante los siglo XVI y XVII el tamboril y la flauta estaban presentes en prácticamente toda España, con distinciones sociales incluso entre los llamados tamborileros cortesanos, encargados de animar las danzas, y los rurales, mucho más populares, que se ganaban la vida tocando en ferias de aldea en aldea, conservando las mismas y arcaicas melodías que en algunas ocasiones, y casi de milagro, han llegado hasta nuestros tiempos. 

Así, en la procesión del Corpus Christi de Sevilla, por poner un ejemplo, durante el siglo XVI fueron frecuentes varias danzas profanas, las cuales, al decir del cronista del XIX Simón de la Rosa: "Se movían al compás del pito y del tamboril ó de rabeles y panderetas, y debían marchar según el ceremonial primitivo detrás de la Custodia con las torres, castillos y carros de autos". Eran, por tanto, bailes destinados a animar al pueblo que contemplaba el paso del cortejo, mientras que los "cantorcicos" o "Seises" bailaban de modo mucho más respetuoso, sin caretas ni cascabeles, ante el Santísimo Sacramento portado devotamente en la Custodia.

Cruces de Mayo, romerías, procesiones, festejos populares, en todos ellos la figura del tamborilero es considerada fundamental, ya que con sus toques característicos y su ritmo al tambor, supone el telón de fondo musical para la fiesta, entendida en el mejor sentido de la palabra. Ya en el siglo XVIII se constata en antiguos grabados la presencia de tamborileros en el entorno de la ermita de la Virgen del Rocío, mientras que en el XIX el tamborilero será protagonista, arte y parte, en todos los actos de las hermandades, animando cultos y caminos con sus toques del Alba, el "romerito" o el "Paso de Carretas" y colaborando, y de qué manera, en la animación con sus sevillanas, rumbas, fandangos y demás composiciones, en lo que vendría a ser, salvando muy mucho las distancias, un trasunto de los actuales "Disc Jockeys".

Con una medida media de unos 36 centímetros, la flauta rociera se ha venido realizando desde siempre con materiales como las maderas de fresno, naranjo, cerezo o limonero, todas ellas fáciles de adquirir por su abundancia en la naturaleza, mientras que para el "pito" o "capucha" se empleaba el asta de toro o o chivo. Por su parte, el tambor, mayor en dimensiones (80 centímetros de altura y 50 de diámetro) que sus "primos lejanos" castellanos o gallegos, consta de un cuerpo de madera contrachapada y dos aros de madera en sus extremos, los cuales, con la ayuda de un sistema de tensores de cuerdas y cueros, tensan los dos parches de piel de chivo o cabra. Además, dos bordones o cuerdas, en ambos parches, ayudan con su vibración a darle un sonido ronco y solemne, que basta y sobra incluso para acompañar con su ritmo cadencioso el caminar de los peregrinos a pie en torno a la carreta del Simpecado. 

 
Durante años el saber de los tamborileros, como tantos otros oficios, pasó de padres a hijos como legado tradicional, constituyéndose auténticas dinastías en hermandades como las de Triana, Huelva, Moguer o Villamanrique, con nombres inolvidables para muchos rocieros antiguos y nuevos como Celedonio o Carmelo, Félix o Curro "El de Villamanrique", Curro "De Escacena", José González "El Pollo", José y Juan "Tenazas", José "El Sanjuanero" (constructor de flautas y tamboriles, además) o José Manuel en el Rocío de Sevilla. Hay que tener en cuenta que, según calcula, Castellano Márquez, que además de investigador es también tamborilero, en la anual Romería del Rocío suelen darse cita en torno a 200 tamborileros, y que todos tienen un emocionante punto de encuentro en la llamada Misa de Tamborileros, que se celebra ante la Virgen en la tarde del Domingo de Pentecostés. 

Con el paso de los años, en 1987 el compositor Manuel Pareja Obregón crea en la aldea de El Rocío la primera Escuela de Tamborileros, que será el germen de la actual Escuela promovida por la Hermandad Matriz de Almonte, a la que seguirán otras escuelas, e incluso Asociaciones como la manriqueña de "Curro el de Villamanrique", responsables todas de que no se pierda el importante legado musical y devocional de los diferentes toques y melodías; igualmente, se han celebrado encuentros y convivencias con otras entidades tamborileras del resto de España. 

Un último detalle, que habla de la admiración que se siempre han despertado los tamborileros: tanto en Almonte como en Villamanrique de la Condesa se alzan sendos monumentos en su honor, el primero obra de José Manuel Díaz Cerpa y el segundo realizado por Francisco Parra García. 

Ojalá el año que viene, recuperada la normalidad, quiera la Virgen del Rocío que volvamos a escuchar es inconfundible son de la flauta y el seco e inolvidable toque del tamboril...


 




 


lunes, 10 de mayo de 2021

En Cruz.

 Por desgracia, y por motivos de sobras conocidos, este año por segunda ocasión consecutiva, no tendrán lugar las diferentes Cruces de Mayo que habitualmente se venían instalando en plazas o patios sevillanos, normalmente por cuenta de vecinos, asociaciones, hermandades o entidades que con ello buscaban crear un lugar para la convivencia con el cante y el baile con el telón de fondo de la Santa Cruz debidamente engalanada. La omnipresente pandemia ha borrado de un plumazo una celebración que solía ser continuación de la Feria de Abril, y que en los últimos años había recuperado cierto auge contando con el apoyo de las autoridades municipales que incluso habían promovido un certamen para premiar a las mejores. 

La celebración de las cruces de mayo, muy extendida en toda Andalucía, tiene su origen en la festividad litúrgica de la Invención de la Santa Cruz fijada al menos el siglo VII el día 3 de mayo y conmemora la fecha en la que Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén, en el año 326, la Cruz de la Pasión de Cristo. Con el Papa Juan XXIII la festividad fue sustituida por la fiesta de la Exaltación de la Cruz cada 14 de septiembre. 

Joaquín Sorolla: El Baile. 1915.

 Antropólogos, como Rodríguez Becerra, han resaltado que esta celebración habría tenido un histórico origen que se remontaría a fiestas incluso precristianas y que se centrarían en el culto al árbol florecido en primavera, para luego ser transformadas sustituyendo el árbol por otro Árbol, en este caso de la Salvación, o sea, la Cruz. El fenómeno festivo de la cruz de mayo incluso fue recogido en algunas comedias de Lope de Vega, como por ejemplo, en "El acero de Madrid" o en "El testigo contra sí":

Paseando por Sevilla
día de la Cruz de mayo,
en el muestra más grandeza
que en el discurso del año,
porque con su devoción
en mil partes levantando
pirámides a la Cruz,
al mismo sol vence en rayos,
entre unos altares vi,
en su riqueza admirado,
a Lisardo, a quien el cielo
dio su merecido pago.

En el siglo XIX se sabe que la organización corría por cuenta de las mujeres de cada vecindad, patio o corral de vecinos, sin que la iglesia ejerciera cierto control. El cante, el baile, la alegría y la manzanilla corrían a raudales bajo el altar montado para la ocasión con innumerables lamparillas, farolillos, cadenetas y colchas y mantones de Manila como telón de fondo para la Cruz de Mayo que presidía el espacio con sus mejores galas, macetas y plantas, flores naturales y rodeada de utensilios de cobre del ajuar doméstico, candelabros o incluso piezas cedidas por alguna Hermandad, como ocurría en la Cruz montada la calle San Jacinto en 1926 con enseres de la Hermandad de la Esperanza de Triana; un periodista del momento indicaba en el diario "El Liberal" que "estas cruces no pueden competir con las de vecinos, porque nadie tiene esos componentes a mano"

En el zaguán del patio o corral, se colocaba una especie de mesa petitoria ("la batea") a cargo de jóvenes vecinas en la que se recababan donativos para sufragar los gastos del montaje. Presidía la Cruz, como decimos, pero también estaban presentes elementos ya prácticamente desaparecidos y hasta desconocidos muchos, como el pianillo u organillo. 

¿Cómo era la celebración hace cien años en Sevilla? Rebuscando un poco en hemeroteca, hemos hallado algunas crónicas y referencias de aquella época.

En 1923, por ejemplo, el jurado formado por los señores Piazza, Bermudo, Rueda, Carretero, Luca de Tena y Grosso, visitaba las diferentes cruces inscritas en el concurso del Ayuntamiento, con 500 pesetas en premios, 200 para el primero, 150, 100 y 50 pesetas para las siguientes cruces, con la curiosidad de que sólo se permitía participar a cruces montadas por particulares, quedando excluidas las de entidades o hermandades, quienes veían en ello una oportunidad para sanear sus siempre maltrechas arcas. Como dato, aquel año se instalaron un total de 45 cruces, permaneciendo montadas hasta la festividad del Corpus, primando, a la hora de valorarse, tanto el adorno de la cruz como el ambiente festivo en torno a ella. 

En el Diario El Liberal, siempre atentos a las tradiciones locales, se publicaban sabrosas crónicas sobre las diferentes cruces y quienes las montaban, destacando aquel año 23 la de la Hermandad de Monte Sión, situada en el Pasaje de Valvanera:

Diario "El Liberal", 20 de mayo de 1923.

Por aquel entonces, se planteaba un interesante debate acerca de la necesidad de cobrar "invitación" por entrar o de al menos solicitarla para "privatizar" la celebración, como ocurría por ejemplo en la organizada por la Agrupación Cultural de Dependientes en la calle Amor de Dios número 23 o en la antes aludida de San Jacinto, instalada por cofrades de la Esperanza como José Mensaque o José Rodríguez. En la calle Relator, al hilo de esta cuestión, en el llamado "Salón Moderno" se encontraba en 1926 la Cruz de la Sociedad "Los Criticones" (nombre que lo decía todo, a fuer de ser sinceros), quienes afirmaban que se montaba "para recibir a sus amigos y enemigos. No se trata de una Cruz de Mayo con entrada de pago ni un baile de profesionales", todo lo cual era una declaración de intenciones. Otra Cruz, aunque sólo para sus socios, la montaba el Círculo Mercantil en su caseta de Feria en el Prado de San Sebastián, ya que se trataba de una estructura metálica que permanecía siempre situada allí. 

Calle Feria, número 3

Calles como Pureza, Almirante Valdés número 5 (desaparecida barreduela en la zona de la calle Imagen, por la Hermandad de la Trinidad), Valme (en San Bernardo), Plaza Menjíbar, Rodrigo de Triana, Pureza, Torneo 67, González Cuadrado 52, Divina Pastora 25 o Resolana 28 (con pancarta incluida que decía "Viva la Macarena porque es su barrio") formarían parte de un recorrido en aquellos meses de mayo de los "felices años veinte" cuando propios y extraños acudían a la expectante Sevilla de los preparativos de la Exposición Iberoamericana de 1929. 

Calle Macasta

Fiesta profana y religiosa, quizá con más de lo primero que de lo segundo, en 1926 el entonces Cardenal Ilundáin decide tomar cartas en el asunto ante, se supone, algunos hechos, y firma un decreto en el que  “...reprobamos el abuso de colocar cruces, llamadas de Mayo, en lugares profanos, señaladamente en teatros, casinos, centros de recreo, cines y otros lugares, celebrándose fiestas licenciosas, o bailes escandalosos, y otros excesos que no son la verdadera tradición andaluza sino una profanación de la cruz y de la tradición andaluza de legítimo abolengo cristiano...”, rogando incluso a los fieles cristianos a no asistir a estas celebraciones donde tenían sitio bailes “peligrosos o se concurre con trajes provocativos o atavíos libidinosos”.

 No deja de ser curioso, además, cómo las modas influían, pues la prensa local se hacía eco de elementos "modernos" que, según ella, desentonaban, como orquestas de Jazz, bailes poco andaluces como el fox-trot o el vals, o la instalación de "ambigús" o tómbolas, por no hablar de la cada vez más frecuente utilización de ¡bombillas eléctricas!.  

Tras la Guerra Civil, el fenómeno de las cruces de mayo fue apagándose poco a poco, incluso la prensa local, allá por mayo de 1959 se lamentaba de la falta de noticias sobre el montaje de ni siquiera una en la ciudad: 

Sevilla: Diario de la Tarde. 20 de mayo de 1959.

Como vemos, no siempre cualquier tiempo fue mejor...

lunes, 3 de mayo de 2021

A comer

 

A la hora de detallar aspectos sobre cualquier convento o monasterio, bien masculino, bien femenino, siempre suele hallarse bastante información sobre su historia, su patrimonio artístico y otros elementos quizá más “llamativos”, pero pocas veces se encuentran pormenores de zonas que, aunque cotidianas, tenían capital importancia dentro de la vida monástica, como por ejemplo el Refectorio.

Originada del latín “Reffectorium”, la palabra alude al espacio en el que los monjes tomaban alimento, tres veces al día, a veces solo dos, o incluso una en tiempos de ayuno en Adviento o Cuaresma, contituyendo uno de los momentos, junto con la liturgia en el templo, en el que la comunidad se reunía en torno al prior o abad. Los grandes artífices del fenómeno monástico europeo, como San Benito de Nursia o Bernardo de Claraval, especificaron y ordenaron la vida en el cenobio, haciendo especial hincapié en la necesidad de la autosuficiencia y del aislamiento del mundo. Huertos, rebaños, maitines, silencio, escritorios donde los copistas realizaban su labor hoja a hoja, "ora et labora", en definitiva; quien haya leído "El Nombre de la Rosa" o incluso visto la cinta cinematográfica, sabrá de qué hablamos. 

Orientado al claustro normalmente y en dirección norte-sur, el refectorio se ubicaba siempre en el sector con mayor luz solar a lo largo del día, y también se construía con cierta altura y abovedado, a fin de gozar de buena acústica para una de sus funciones, pero no nos adelantemos. Los cistercienses, por poner un caso, prescindían de todo tipo de decoración en él, mientras que en otras congregaciones, los jerónimos por ejemplo, una escena de la Sagrada Cena solía decorar el muro de la cabecera, como la que se conserva en el refectorio del desaparecido monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo en Santiponce. Datable como del siglo XV por su arcaismo, destaca por sus grandes dimensiones.


También vale la pena recordar, por qué no, que el antiguo refectorio del Convento de San Agustín, en los aledaños de la Puerta de Carmona, se conserva todavía en pie y en uso por la Hermandad de San Esteban, quien lo usa como salón de actos o que la actual Sala II del Museo de Bellas Artes de Sevilla se ubica en lo que fue refectorio del Convento Casa Grande de la Merced.

¿Qué comían? Cada Orden religiosa establecía qué tipo de alimentos y de qué manera habían incluso de prepararse, aunque casi todas coinciden en la abstinencia parcial o total de carne, de ahí que los cartujos sevillanos, por ejemplo, fuesen famosos por el llamado "Jamón de la Cartuja" o lo que es lo mismo, un exquisito atún en salazón (mojama, para entendernos) pescado en las almadrabas gaditanas propiedad de la propia orden cartujana y (alguna vez lo hemos comentado) famosos también por la denominada "tortilla cartujana", a base de simplemente huevos batidos, sal y aceite. Creada en los fogones de la propia Cartuja de Santa María de las Cuevas, los invasores franceses del Mariscal Soult (quienes convirtieron el refectorio en almacén de grano) tomaron la receta como propia llevándosela a su patria y convirtiéndola en la "tortilla francesa" de toda la vida. 

En general, abundaba, ni que decir tiene, el consumo de pan, aceite, legumbres, lácteos, hortalizas y frutas, con especial protagonismo para potajes, sopas y menestras, planteándose incluso una interesante dualidad entre la forma de comer de la nobleza, que se alimentaba de carne de caza y asados, y el clero regular, que como hemos dicho abogaba por la comida hervida. Cada monje recibía una libra de pan en las comidas, unos 400 gramos, acompañado de la consabida ración de vino, quien jugaba un papel protagonista al ser bebida usada con mucha frecuencia aunque con moderación; en la Regla de San Benito se establecía que cada monje recibiría una hemina de vino, el equivalente actual a un cuarto de litro. Algo similar ocurriría en el norte de Europa con otra bebida alcohólica que nuestros días también ha cobrado gran preponderancia social: la cerveza, empleada como sustitución del agua (casi siempre insalubre) y del alimento (al estar realizada con cereales nutritivos), por no hablar de su uso como producto a vender para obtener beneficios económicos para el monasterio.

Antes de las comidas, los monjes eran llamados a ellas mediante el toque de campana; debían lavarse concienzudamente las manos, eliminando la suciedad de la tierra labrada o de la tinta de los escribanos, la entrada al refectorio se hacía siempre de manera ordenada y con la presidencia del Abad o Prior, quien ocupaba el lugar preferente al fondo, rodeándose de los clérigos o monjes con cargos o con mayor antiguedad. Las mesas estaban dispuestas en paralelo y arrimadas a los laterales de la sala, en cuyos muros habría bancos corridos. La comida era servida en grandes ollas o marmitas y el primer bocado, para su aprobación, corría por cuenta del prior; quien en el caso de los cartujos, al hacer el gesto de descubrir el pan, tapado por una servilleta, daba por comenzada la comida, no sin antes las preceptivas oraciones de acción de gracias. 


 Varios monjes (o monjas) tendrían diversas funciones en el refectorio, uno de los más importantes sería el llamado "refitolero", encargado de su orden y de que todo estuviera dispuesto en cada comida, siempre con la ayuda de los cocineros y ayudantes que durante cada jornada se afanaban en los fuegos. El papel del Lector era fundamental, pues con sus textos ponía "banda sonora" al momento de comer, brindando, por así decirlo, "alimento espiritual" a sus compañeros y disponiendo para ello de una especie de púlpito desde el que proyectar su voz sobre el silencio reinante. En el sevillano convento de Santa Clara, actual Espacio Santa Clara dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, aún se conserva en su refectorio el púlpito, así como las dos hileras de mesas. Como curiosidad, la Regla de San Benito establecía que quien ejerciera de lector recibiera un vaso de vino y algo de comida antes de cumplir su cometido, y que comiera a la finalización junto con los cocineros y demás personal. 

Normalmente, desde la Edad Media, cada monje disponía de una escudilla, un jarro, un cuchillo y una servilleta a modo de servicio de mesa, aunque poco a poco se fue introduciendo el uso de la cuchara y más tarde, el tenedor. En el siglo XVIII, un manual para monjes capuchinos establecía una serie de normas sobre cómo debía comportarse en la mesa un buen "comensal": 

 «No han de comer puestos los codos sobre la mesa, sino de modo, que las manos toquen solo por las muñecas en el borde de la mesa, teniendo el cuerpo igual, no agoviado. Assi mismo han de comer no apressuradamente, sino con modestia, y gravedad; ni han de comer à dos carrillos, ni à dos manos; ni royendo los huessos; ni sacando con estrepito voràz la caña de ellos, chupandolos, ò golpeando sobre la mesa para esso. Es vicio también morder el pan, y de las demás viandas, sin partirlas en menudos pedaços; sorber el caldo à grandes tragos; llenar de sopas migadas la escudilla hasta reboçar; aplicar la vianda à la boca con la punta del cuchillo; soplar al caldo, escudilla ò vianda; llegar con la boca al plato para tomar el bocado; comer la fruta a bocados y sin mondarla; ajar la comida con las manos; chupar los dedos; barrer con ellos la escudilla, ò plato,  dandole vueltas al rededor; dexar muchos fragmentos de pan; mancharlo con la bebida, ò vianda; descortezarle, ò, estando entero, decentarle para tomar del uno o dos bocados para acabar de comer. Todos estos vicios se han de huir, y lo nota San Buenaventura

Detalle interesante, la comida era preparada en el "Infierno", término coloquial para designar a las cocinas y que o tendría que ver con que allí se cocinaba la pecaminosa carne, o con la existencia de fuego y calor hasta extremos insoportables a semejanza del Averno. 

Tal era la importancia del momento de la comida comunitaria en el refectorio que una de las sanciones habituales que se imponían a los monjes, debido a faltas leves como la impuntualidad, la negligencia o la desobediencia, era la del castigo a comer en solitario, sin la compañía del resto de hermanos o incluso el ayuno durante un día a fin de darle tiempo para el arrepentimiento y la contrición. 

En cualquier caso, y tras este somero recorrido por los refectorios monacales, recordemos a Santa Teresa de Ávila: "También entre los pucheros anda el Señor". Que aproveche. 

lunes, 26 de abril de 2021

Beatos

 En no pocas ocasiones, una calle, mejor dicho, su nombre, coincide o alude a algún edificio construido en ella o cerca de ella. Los casos de de plazas como las del Salvador o San Francisco (en alusión a la desaparecida Casa Grande de ese nombre) o calles como San Isidoro, San Esteban o San Ángela de la Cruz son bien patentes;  sin embargo, no deja que ser interesante que la calle San Luis, como es obvio, aluda al magnífico y muy barroco Conjunto  Monumental de ese nombre, pero que también la calle que queda justo frente a su monumental portada posea el nombre de uno de los principales artistas que durante el siglo XVIII participó, de la mano de la Compañía de Jesús, en la decoración tanto del templo principal como en la de la hasta ahora poco conocida Capilla Doméstica: Duque Cornejo, o mejor, Pedro Duque Cornejo. Pero, como siempre, vayamos por partes.

Es sabido que en torno a 1442 la calle era conocida como Beatos, sin que se sepa a ciencia cierta el motivo de tal nombre, y que mantuvo ese nomenclátor hasta 1859, cuando recibirá el nombre del referido escultor y retablista. 

Lo curioso del caso es que su abuelo, también magnífico artista, tendrá que aguardar hasta 1929 para ver su nombre en una calle sevillana, en concreto en la zona del antiguo Matadero, en la Puerta de la Carne, pese a que en esta calle Beatos, como veremos, Pedro Roldán, nacido en Sevilla en 1624, tuvo vivienda y taller. 

 Tras formarse en su juventud en Granada con Alonso de Mena, Roldán regresa a Sevilla en 1647 y en 1651 ya tiene casa y taller en la Plazuela de Valderrama, en la collación de San Marcos; la muerte de Martínez Montañés durante la epidemia de Peste de 1649 había dejado un hueco importante en el panorama artístico hispalense, hueco que Roldán se apresuró a cubrir con apenas treinta años, sin olvidar que a lo largo de los años, y habida cuenta la extensión de su taller y de sus necesidades (más hijos y familia), siempre abrigó la esperanza de construir un espacio que sirviera casi como de factoría artística, logrando sus propósitos en 1665 cuando adquiere una serie de casas en la dicha calle Beatos, añadiéndolas a otras de su propiedad desde 1651 y que conformarán el gran taller barroco del que saldrán no pocas obras, como por ejemplo el retablo mayor de la Santa Caridad.

En aquel taller, suguramente de techos altos, habitaciones amplias y bien ventiladas e incluso hasta con huerto propio, correteará el nieto preferido del maestro, pues llevará hasta su nombre: Pedro Duque Cornejo. Nacido en 1678, era hijo de Francisca Roldán Villavicencio, casada a su vez con uno de los oficiales del taller de Roldán, José Felipe Duque Cornejo, de modo que todo su ámbito familiar prácticamente tiene que ver con pintores, escultores o tallistas. Curiosamente, el patriarca se opuso al matrimonio de Francisca y José Felipe (ya lo hizo con su otra hija Luisa "La Roldana" con Luis Antonio de los Arcos), aunque en el primer caso el matrimonio tuvo lugar finalmente en la parroquia de San Juan de la Palma sin obstáculos finales.

La infancia de Pedro Duque Cornejo, rodeado de un ambiente absolutamente volcado en la creación artística, transcurrirá entre la plazuela de Valderrama y la calle Beatos; el abuelo, Pedro Roldán, fallece en 1699, cuando él cuenta la edad de veinte años, lo cual nos indica que es más que probable que su aprendizaje transcurriera a la sombra del patriarca de la familia; asentado como artista y ya casado en 1709, Duque Cornejo será vecino tanto de la entonces calle Real (actual San Luis) como del Caño de los Locos (actual calle Clavellinas), en una casa arrendada a un canónigo de la catedral, hasta que el 12 de noviembre de 1711 adquiere finalmente a su tía Josefa de Serrallonga, nuera de Pedro Roldán y por 3440 reales, la ya famosa casa y taller familiar de la calle Beatos, actual número 22 de la calle. 

Como curiosidad, en el verano de 1716, Duque Cornejo hubo de "acogerse a sagrado" en el Noviciado de San Luis de los Franceses, algo que en no pocas ocasiones ha servido para justificar que trabajase tanto y tan bien para los jesuitas sevillanos, dándose el caso de que problemas con la justicia debido a un encargo sin finalizar en Trigueros junto con un préstamo impagado hicieran que finalmente el artista marchase a Granada, donde prosiguió con su fecunda labor. 

Simpre hizo gala de su caracter de hidalgo, logró el título de "Vecino" de la ciudad que lo vio nacer, con las ventajas sociales y fiscales que ello suponía, amén de poseer derecho al uso de espada y carroza y llevar un tren de vida nada modesto, poseyendo incluso tierras de labor en la localidad aljarafeña de Valencina. En 1747 traslada su residencia a Córdoba, a fin de realizar la talla de la sillería del coro de su catedral, arrendando las casas de la calle Beatos a Juan Domínguez, zapatero, y también a José González, maestro albañil. 

Tras una vida plena de éxitos en el campo artístico, Pedro Duque Cornejo fallece en Córdoba en 1757, siendo sepultado en su catedral. Su viuda le sobrevivirá hasta 1776, siendo enterrada junto a su marido, lo que indica que no habría regresado a Sevilla. Las casas de la calle Beatos recaerán en su familia, aunque en algún momento parece que se desprenden de ellas, pues aproximadamente un siglo después, en agosto de 1868, cambian los propietarios: Juan Manuel Rodríguez de la Rosa y de María de los Dolores Ojeda Gómez toman posesión de la vivienda taller de Duque Cornejo, en la antigua de Beatos, tras comprársela a la hermana del primero por cien ducados a pagar en monedas de oro y plata, con la condición de que dicha hermana siguiera viviendo allí. 

Al tiempo, el hijo de ambos, Juan Manuel, establecerá allí su taller de bordado en oro. Perfeccionista y ordenado, el diseñador convertirá de nuevo aquel inmueble en un espacio para la creación, en el que oficialas y aprendizas, bajo la dirección de la "Tía Pepa", hermana de Juan Manuel y conocida por su fuerte carácter, serán las encargadas de bordar toda una serie de piezas imprescindible para entender la evolución estética de la Semana Santa sevillana en general y del concepto de paso de palio en particular.

Enclavada en pleno barrio de Santa Marina, el ambiente populoso rodeó siempre a la calle Duque Cornejo, incluso con negocios algo "nocivos" como un secadero de pieles que a finales del XIX generaba las protestas de los vecino por los malos olores desprendidos.

Mañes Manaute destaca incluso que en la referida casa hasta hubo en su interior un taller de fundición en bronce, a cargo de dos hermanos de Juan Manuel, José y Luis, del cual salió el Velázquez de la Plaza del Duque (con el modelo de Antonio Susillo, en 1892) o incluso una de las campanas de la Giralda, la "Santa Bárbara".

La fachada de la casa cuenta con una sencilla portada con pilastras toscanas y remate con frontón partido y con un azulejo de la Virgen de la Esperanza Macarena realizado por encargo de Juan Manuel Rodríguez Ojeda en los años veinte del pasado siglo al pintor Antonio Kiernam, a semejanza de otros similares en las calles Doña María Coronel o Sor Ángela de la Cruz. Tras seguir sirviendo como vivienda para sus familiares a su muerte en 1930, incluso con un negocio familiar relacionado con la fabricación de carpetería demás productos para papelería y artes gráficas, la casa quedó finalmente sin actividad de ningún tipo en torno a 1988, para ser profundamente reformada y convertida en viviendas entre 1989-1990 hasta la actualidad. 


Un panel de azulejería recuerda, en el patio interior de la actual casa, los devenires históricos que acaecieron en ella y que humildemente hemos intentado resumir.

lunes, 19 de abril de 2021

Dos años con Feria.

 

Sería de perogrullo decir algo tan obvio como que debido a esta maldita pandemia llevamos dos años sin que pueda celebrarse la Feria de Abril, algo que sólo ocurrió durante los años de la Guerra Civil, entre 1937 y 1939. Pero, en cambio ¿Cómo fue la Feria durante sus dos primeros años? 

Como es comúnmente sabido, los concejales Narciso Bonaplata y José María Ybarra, catalán y vasco, respectivamente, lograron de la reina Isabel II el permiso para establecer una feria anual de ganados y productos agrícolas en nuestra ciudad, con el loable fin de promover las transacciones comerciales y dar aliciente a labradores y criadores de ganado para mejorar sus productos, a semejanza de otras ferias ya conocidas como las de Mairena del Alcor o Carmona. Se fijaron a tal fin los días 18, 19 y 20 de abril del año 1847 y el llamado Prado de San Sebastián como lugar escogido para la Feria;  en ella, al decir de las crónicas de aquel momento, se movieron 9.684 ovejas, 4.289 carneros o 4.111 cerdos, y para los amantes de las cifras, baste decir que el volumen de negocio ascendió a la nada despreciable cantidad de 316.000 reales. 

Mas no todo fueron cuestiones económicas, pues se entoldó la calle San Fernando, en ella se situaron tiendas de paños, peinetas, joyas e incluso un curioso bazar marroquí, por no hablar de cómo en otra zona cercana se colocaron puestos de quincalla, juguetes de barro y latón, abanicos, y desde la Alcantarilla del Tagarete hasta la Enramadilla asentaron sus reales gitanas que freían buñuelos, y feriantes que ofrecían menudo, pescado frito y caracoles regados por vinos de Sanlúcar de Barrameda y el Aljarafe. Eso sí, las casetas, el paseo de carruajes o el circo tendrían que esperar algunos años para tomar carta de naturaleza en el real. 

Tampoco quedó al margen la Fiesta Nacional, programándose varios festejos taurinos en el coso maestrante, alternando Juan Lucas Blanco, de Sevilla con Manuel Díaz “Lavi”, de Cádiz, lidiando reses de acreditadas ganaderías. La lluvia deslució el final, pero se tomó la decisión, sobre la marcha, de ampliar la feria una jornada más. Al decir de los "plumillas" de la época, recogidas sus crónicas en la prensa local, el experimento resultó un sorprendente éxito, avalado por la gran presencia de sevillanos, aunque no faltaron voces discordantes como suele ocurrir.  

Incluso la prensa de la capital del reino se hizo eco de la actividad en el recinto ferial, como reflejó el diario El Clamor por aquellas fechas para sus lectores madrileños: 

El dia 18 del corriente dió principio la celebración de la feria que ha concedido útimamente S. M. a la ciudad de Sevilla. Los periódicos de aquella capital vienen describiendo el aspecto brillante y animado que aquella presentaba en el primer dia. El Diario de aquella capital dice de este  propósito , entre otras cosas, lo siguiente: «La hermosa y recta calle de San Fernando, perfectamente entoldada, y cuya acera derecha está cubierta de portátiles tiendas de todas clases de géneros y efectos, es como si dijéramos el principio ó primer término del hermoso panorama que se presenta a la vista del observador cuando se halla fuera de la puerta del mismo nombre. A la derecha un hermoso café, y á la izquierda, bajo también de cómodos toldos, una larga y no interrumpida hilera de tiendas y puestos están como circundando el pintoresco y dilatado prado de San Sebastian, sobre cuya verde alfombra se destacan mil pintorescas tiendas, dando con ellas y con la multitud que las rodea, la idea exacta de un numeroso campamento. Toda Sevilla vive estos dias en los alrededores de la feria. Las bellezas de Sevilla, abandonando estos días las encantadoras riberas del Guadalquivir, van a ella a ostentar sus gracias, llevando en pos de si, como es natural, a todo lo que encierra esta rica población.»

 Hasta aquí, todo resulta más o menos conocido, a fin de cuentas, por tratarse del primer año de la Feria de Abril no son escasas las fuentes para consultar datos sobre aquel año; sin embargo, en 1848, la Feria quedó marcada por una coincidencia que quizá sus fundadores no habían tenido en cuenta aquel primer año de debut: las jornadas previstas para que tuviera lugar, los días 20, 21 y 22 de abril, eran Jueves, Viernes y Sábado Santo. La celebración coincidía de pleno con la gran fiesta de la ciudad, la Semana Santa. Ello no amilanó a los organizadores, ya que se decidió (algo impensable en nuestros días) que ambos acontecimientos compartieran semana. ¿De qué manera?

El Sábado de Pasión, víspera del Domingo de Ramos, se inauguró en la Plaza de Toros la exposición de ganado con entrega de premios; el Domingo de Ramos, mientars que por la mañana el Cabildo de la Catedral celebraba su preceptiva Procesión de Palmas, por la tarde hicieron su estación de penitencia con normalidad las hermandades de la Amargura y el Amor, que estrenó los bordados del palio, aunque se dio la circunstancia, reflejada en la prensa local, de que aquel año las hermandades no llevaron acompañamiento musical dados los elevados precios de las diferentes bandas; los actos feriantes prosiguieron como decíamos el Lunes Santo, con un gran incremento en las ventas de ganado caballar o con la celebración de carreras de caballos en el hipódromo situado en la Dehesa de Tablada, todo ello durante los días del Lunes al Miércoles Santo y enmedio de una meteorología no muy favorable, con viento y lloviznas, que no consiguó desanimar a la numerosa concurrencia. Esa misma tarde tenía lugar en la catedral uno de los actos litúrgicos y músicales más importantes de la Semana Mayor: la interpretación del Miserere, compuesto por Hilarión Eslava en 1835 y renovado en 1837.

La Feria finalizó por tanto el Miércoles Santo, con gran éxito, y dejó paso a las celebraciones pasionistas del Jueves y Viernes Santo, que incluyeron, dentro de los "desfiles procesionales", la salida de la Hermandad del Santo Entierro, entonces radicada en la antigua Capilla de la Antigua y Siete Dolores, propiedad en la actualidad de la Hermandad de Montserrat.

Casualidad o no, un par de acontecimientos, cada uno en su vertiente y sin aparente conexión, marcará este año y el siguiente: por un lado, el primer número del Diario El Porvenir, fundado por Antonio de Cisneros, el 4 de marzo de 1848 y por otro, y no menos importante, la llegada a Sevilla de unos ilustres visitantes que a la postre elevarán a nuestra ciudad a la categoría de Corte Chica y que con su mecenazgo y apoyo darán empuje a las fiestas primaverales: los Duques de Montpensier. Pero esa, esa ya es otra historia...


lunes, 12 de abril de 2021

De armas tomar.

 

Uno de los personajes más peculiares y controvertidos del siglo XVII español fue una monja espadachín, que llegó a alcanzar, con las bendiciones de la Corona y del Papado, el grado de Alférez dentro del ejército español. Su nombre, Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga. Donostiarra de nacimiento, sin que se sepa a ciencia cierta el año, 1585 o 1592 según varias versiones, nace en una familia acomodada, siendo su padre el capitán Miguel de Erauso, quien ostentó puestos de responsabilidad en la provincia a las órdenes del rey Felipe III.


A los cuatro años ingresa en un convento dominico junto con otras dos de sus hermanas para recibir una educación acorde a su posición social; sin embargo, su fuerte carácter hará que sea trasladada a otro monasterio donde imperaba una mayor disciplina. A los quince años, consciente de que los hábitos religiosos no eran para ella y tras una violenta pelea con otra religiosa, decide huir tras apropiarse de ropas de hombre y cortarse el pelo, asumiendo la identidad de un varón. Usará diferentes nombres, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola o Alonso Díaz, entre otros (en esa época era inimaginable algo como nuestro actual DNI).


A partir de ahí, siempre con esa apariencia masculina, recorrerá media España sirviendo a diferentes señores, procurando no ser descubierta y evitando el contacto con sus familiares, aunque al parecer llegó a regresar a su tierra natal y vivir allí un tiempo sin que nadie, ni siquiera su padre, acertara a reconocerla bajo su aspecto masculino. Andando el tiempo, en 1603, embarcará desde el puerto vasco de Pasajes hacia Sevilla, acompañando al capitán Berróiz, para partir hacia las Indias en un galeón comandado por Esteban Eguino. Será una estancia corta, muy breve, en nuestra ciudad, pues la partida a ultramar era inminente.


En América, Catalina se caracterizará por hacer gala de un tremendo valor en combate, protagonizando no pocas hazañas bélicas que harán de ella, o él, un héroe de su tiempo, logrando ascender a Alférez tras la batalla de Valdivia contra la tribu de los mapuches. Sin embargo, su rebeldía y carácter agresivo le perjudicarán para futuros ascensos, por no hablar del asesinato del auditor general de la ciudad de Concepción (del que sale indemne) y la crueldad con la que se solía comportar con la población nativa. Como curiosidad, durante tres años estará en Chile, al servicio de su propio hermano Miguel, secretario a la sazón del gobernador de aquellas tierras e incapaz de darse cuenta de a quien tenía a su cargo. Hecha a la vida errante del soldado, Tucumán, Potosí, Piscobamba, La Paz, Cuzco, serán escenario de sus idas y venidas, de sus peripecias y actos de guerra, incluso de una condena a muerte por un duelo que finalmente evitó fugándose, aunque su talante pendenciero le acompañará siempre. 

 Pero como todo al final se sabe, en 1623 nuestra Alférez se verá obligada finalmente a confesar su sexo al obispo peruano de Huamanga, debido a una disputa. El prelado, Agustín de Carvajal, escuchará su confesión y la protegerá, enviándola de regreso a España donde será recibida por el mismo rey Felipe IV, quien le confirmará en el rango de Alférez, a la vez que le concederá 800 escudos de pensión; no le irá tampoco mal en Roma con el Papa Urbano VIII, con el que mantendrá una audiencia privada y conseguirá el anhelado privilegio de poder vestir ropa de hombre.


Sobre su verdadera orientación sexual han corrido ríos de tinta a lo largo de los años, sin que se sepa a ciencia cierta si sentía atracción por hombres o mujeres, aunque a lo largo de su vida, no es menos cierto, llegó a estar prometida a varias damas y también mantuvo escarceos amorosos con mujeres; quizá, obligada a representar el papel de aguerrido soldado, se vio obligada a ello, quizá bajo su disfraz se ocultaba una identidad verdaderamente masculina. No lo olvidemos, la homosexualidad en su época era severamente condenada y penada. 

 

Finalmente, en torno a junio de 1630, tendremos a Catalina paseando por las bulliciosas calles de la Sevilla de aquel momento, vestida como correspondería a su status social: jubón, ferreruelo o capa corta, calzón y calzas, sin olvidar las botas, el sombrero de ancha ala y, por supuesto, toledana al cinto. Preparada para partir de nuevo a América, en esta ocasión bajo el mando del capitán Miguel de Chazarreta, el entonces contador de la Casa de Contratación de Sevilla, Manuel Fernández Parco, dio testimonio de cómo la guipuzcoana fue inscrita los libros de contaduría como “el alférez doña Catalina de Erauso”, apareciendo así reflejada en el registro de pasajeros. 

 

¿Qué hizo durante esta segunda estancia? Precedida de su indudable fama y rodeada de la lógica curiosidad popular, sobre todo en una ciudad siempre predispuesta a novedades, con su llamativo aspecto, el 4 de julio, como atestigua Chaves Rey, oyó misa en la catedral, fue requerida por el pintor Francisco Pacheco, ya entonces suegro de Velázquez, para ser retratada, e igualmente se solicitó su presencia en no pocas casas de la más alta sociedad hispalense a fin de conocer de primera mano a tan importante como insólito oficial, ¡hoy habría sido toda una celebridad!. En cuanto al retrato, conservado aún en la sede de la Kutxa de San Sebastián, parece ser que probablemente fuera obra de Juan van der Hamen y no del propio Pacheco. 

 

Uno de sus biógrafos la describió así: “Era Catalina demasiado alta como mujer, aunque no tenía la estatura ni la presencia de un arrogante mozo. De cara no era fea ni bonita. Eran negros, brillantes y muy abiertos sus ojos y las fatigas más que los años alteraron pronto sus facciones. Llevaba los cabellos cortos como los hombres, y perfumados, según la moda. Vestía á la española. Poseía aire marcial, llevaba bien la espada y su paso era ligero y elegante. Sólo sus manos tenían algo de femeninas, en las palmas más que en los contornos, y su labio superior estaba cubierto de negro y ligero bozo, que, sin ser verdadero bigote, daba un aspecto viril a su fisonomía”.

Una calurosa mañana de verano, embarcada hacia Indias junto con las tropas de su majestad, nuestra protagonista abandonará definitivamente Sevilla y España, ya que al llegar a Indias pasará a México, en concreto al pueblo de Cotaxla, en la provincia de Veracruz; allí ejercerá el oficio de arriera, llevando cargas con sus recuas de asnos entre Ciudad de México y Veracruz, y allí encontrará finalmente la muerte, en torno a 1650, sin que se haya podido saber documentalmente cuándo tuvo lugar y dónde está sepultada, aunque algunos autores establecen como probable lugar de enterramiento la propia población de Cotaxla.

Su vida, llena de violencia, penurias y triunfos, llevada al cine y novelada en multitud de ocasiones, bien podría ser un resumen de la época que le tocó vivir, un tiempo en el que las oportunidades estaban reservadas para los hombres y en el que la muerte era algo casi cotidiano...

lunes, 5 de abril de 2021

Naranjos.

Concluida  la Semana Santa, una Semana Santa especial y, esperemos, que irrepetible, nos queda por delante toda una Primavera para disfrutar, en la medida de lo posible, de nuestra ciudad, de sus calles, de sus plazas y, como no, de sus detalles. Uno de ellos hemos podido percibirlo, olerlo, durante estas pasadas jornadas, especialmente en calles concretas, donde el azahar ha estado haciendo acto de presencia blanqueando los naranjos un año más. 

Desde la más remota Antigüedad se tiene constancia de la existencia del naranjo y su fruto; esculturas religiosas de la cultura helénica o india, así como pinturas murales de Pompeya y Herculano son testigos del cultivo de cítricos; quizá fueran los conquistadores griegos quienes lo trajeran al Mediterráneo desde la lejana Asia, de las laderas del Himalaya, entre la India y China. 

Ni que decir tiene que la verdadera introducción del naranjo en España fue protagonizada por los árabes, aunque en la cultura romana ya fuera conocido y utilizado. Durante las cruzadas, en el siglo XI, comerciantes árabes expandieron el naranjo por Siria, Palestina o Egipto, y por el norte de África lo extendieron a España (Andalucía y Levante, especialmente) e islas como Sicilia. A semejanza de jardines de Damasco o Bagdad, donde el agua y la vegetación iban de la mano, el naranjo pasó a ocupar lugar principal, con ejemplos destacables en nuestra ciudad en los Reales Alcázares o los propios patios de los Naranjos de la Catedral o el Salvador, cuyos nombres son toda una declaración de intenciones. 


 ¿Por qué el naranjo? Como afirman la ingeniera agrónoma Sabina Rossini junto con José Elías, que fue Jefe de Jardinería del Ayuntamiento de Sevilla durante casi cincuenta años hasta su jubilación, aparte de su porte y ornamentalidad, por el olor de sus flores o la belleza del color de sus hojas perennes, el naranjo trajo consigo desde China algo especial, casi supersticioso, una antigua tradición que contaba que un naranjo plantado aseguraba la felicidad para su dueño, de modo y manera que no es de extrañar que sus flores se empleasen para adornar la pureza de una novia o para servir como ingrediente en la elaboración de costosos perfumes o aguas curativas, la famosa "Agua de Azahar", con propiedades tranquilizantes o analgésicas.
 

En la novela cervantina Rinconete y Cortadillo, ambos pícaros son recibidos e invitados a almorzar por "La Gananciosa", una de las rameras en la trianera casa de Monipodio, y durante el banquete no faltan ni las naranjas ni los limones, ¿Serían naranjas amargas típicamente sevillanas o dulces como las traídas a Europa por el marinero portugués Vasco de Gama en 1520?

Manuel Rodríguez de Guzmán: Rinconete y Cortadillo. 1858. Museo del Prado.

 Tampoco podemos olvidar cómo, durante la Guerra de Indepencia, el Duque de Wellington constató la extraordinaria calidad de la naranja amarga sevillana y decidió difundir y propagar su uso para la elaboración de mermeladas de este tipo, muy apreciadas en el Reino Unido, lo que sirvió, por tanto, como acicate para aumentar el cultivo y exportación de este fruto. La naviera escocesa McAndrew se especializó en traer carbón al sur mientras que, en la travesía de regreso, junto con mineral de hierro de Río Tinto, trasladaba naranjas amargas para los desayunos británicos. Como dicen Rossini y Elías: "Decir Sevilla en Inglaterra y Escocia era hablar de naranja amarga". Este año, como detalle, se ha recuperado la costumbre de enviar un cargamento de naranjas amargas de los Reales Alcázares con destino a la Corte de Su Graciosa Majestad en Buckingham Palace.

En nuestra ciudad, los huertos de naranjas amargas ocupaban un importante espacio, propiedad de órdenes religiosas como los Cartujos de Santa María de las Cuevas, las jerónimas de Santa Paula, el Palacio de las Dueñas o los Reales Alcázares, donde se conserva aún hoy un naranjo plantado en tiempos de Pedro I, según la tradición. Pero, ¿desde cuándo hay naranjos en nuestras calles y Plazas? Desde siempre se ha apuntado que posiblemente fuera la calle Doña María Coronel de las primeras en tener este tipo de arbolado en sus aceras, sobre todo tras una serie de operaciones urbanísticas que alinearon su estructura y supuso el derribo de, por ejemplo, el convento de San Felipe, pero, en cambio, se sabe que en el siglo XIX ya existían naranjos plantados en almácigas (especie de semilleros, palabra preciosa) en los Jardines de las Delicias promovidos por el Asistente Arjona

Ello evidenciaría que ya por entonces, hablamos de 1842, el naranjo fuera preferido para ser plantado en el viario hispalense; de hecho, el Ayuntamiento en torno a 1860 ya sacaba a subasta el fruto de naranjos y limones existentes en las plazas de la Infanta Isabel y del Pacífico, o lo que es lo mismo, de las  Plazas Nueva y de la Magdalena. Además, datos que aportan Rossini y Elías en su interesante estudio, en 1882 a estas dos plazas habría que añadir las de San Vicente, la Alfalfa, Triunfo y el conocido Huerto de la Mariana, en los terrenos de la actual Plaza de América en el Parque de María Luisa. Incluso se conservan peticiones para plantar naranjos en torno a esa fecha para plazas tan señaladas como las del Museo, el Patio de Banderas o la misma Plaza del Salvador. Curioso reseñar que, en este último caso, uno de los motivos alegados por los vecinos no era otro que: 

"Los árboles que hoy forman su adorno no son convenientes ya porque su altura bastante eminente ya impiden á las casas que le circuyen la vista de la mayor parte de las cosas que necesariamente pasan por dicha plaza, como cofradías, etc; ya también porque siendo uno de los principales paseos: y por lo, mismo demasiado concurrido en la estación de recreo, no participa del aroma que sobresale en los demás, ní de la perspectiva que presentan los que tienen para su ornato en vez de árboles naranjos."

 Por tener, incluso hasta existió el apodo de "El Naranjero" para referirse a la figura de Antonio de Orleans, Duque de Montpensier, apodo debido en primer lugar, a la cantidad de esta especie que crecía en tanto en sus haciendas como en los propios jardines del Palacio de San Telmo, y en segundo lugar a la idea de vender esas naranjas cuando lo habitual era que el pueblo llano las tomase gratis de esos jardines, que a la postre, por donación de su viuda la infanta María Luisa, serían el germen del Parque que llevará su nombre. 


En 1906, esta vez sí, vecinos de Sevilla se dirigen por escrito al Consitorio para que, "a semejanza de la calle Doña María Coronel", se proceda a la plantación de en diferentes calles y plazas. La Exposición Iberoamericana de 1929 será el espaldarazo definitivo para esa difusión "naranjil", multiplicándose por numerosos rincones, especialmente en el barrio de Santa Cruz y por supuesto en el antes mencionado Parque de María Luisa gracias a la labor paisajística de Forestier. Comienza, por tanto, a gestarse la vinculación entre el azahar, la primavera y la Semana Santa, por ejemplo, en 1919 la Virgen de la Concepción saldrá en su Paso de palio exornado completamente con azahar merced a su mayordomo Luis Ibarra. 

Foto: Reyes Sousa
 

En la etapa del llamado Desarrollismo (años 60 y 70), con la creación de incontables barriadas en el extrarradio, se "exportará" el modelo de ornamentación arbórea, buscando revestir de azahar calles alejadas del casco histórico, lo que supondrá que Sevilla alcance la nada despreciable cifra de 5.000 unidades de esta especie, cantidad que se multiplicaría por cinco en los años 90.

Ni que decir tiene, que el naranjo se ha convertido en el árbol por excelencia de nuestra ciudad y que el azahar, que ahora disfrutamos en estas semanas de extraña primavera, es una de las flores más vinculadas a nuestras fiestas de Semana Santa o Feria.

lunes, 29 de marzo de 2021

Para más Inri

 

En estos días de Semana Santa, en los que entrar a los templos para venerar a los Titulares de las Hermandades se convierte en algo más que una simple visita, serán muchos, muchos los detalles que llamarán a la atención a cualquier persona curiosa o interesada en la multitud de aspectos históricos o artísticos que rodean a las hermandades. 


Un detalle, no por menos sabido, menos conocido, es el conocido y famoso letrero que corona la cruz de Cristo, el llamado "INRI" y que, como veremos en principio, no es más que una cartela con unas siglas. Pero, como siempre, vayamos por partes. 

En tiempos del Imperio Romano, una de las peores condenas que uno podía recibir era la de ser sentenciado a la muerte de cruz, suplicio cruel y hasta casi "refinado", ideado sin duda por una mente nada benévola y que habitualmente se reservaba para los esclavos o para aquellos que habían cometido terribles delitos, como el de la traición. Baste como ejemplo, el de los 6.000 partidarios del temido y famoso esclavo Espartaco, crucificados tras su derrota en el año 71 a.C. y colocados en una escalofriante y macabra fila a lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma.

 La cruz como tal, realizada en madera resistente, se componía de dos piezas, la vertical o "patibulum" y la horizontal o "stipes", y eran elementos independientes, de modo que es casi seguro que Jesús cargó con el "stipes" por las calles de Jerusalén, mientras el "patibulum" aguardaba ya clavado quizá en el propio Monte Calvario

El martirio comenzaba incluso antes, cuando el reo, entregado por las autoridades a manos de sus verdugos, era azotado, flagelado, y sometido a todo tipo de humillaciones. Tras el recorrido oficial por las calles, llegados al punto de la crucifixión, el condenado era fijado al madero inicialmente con sogas, que luego eran dolorosamente sustituidas por clavos de forja que de este modo provocaban un dolor insoportable. 

Izado, el condenado debía luchar entre ese dolor y la angustia por morir asfixiado por la caída de su propio peso, de modo que la ejecución podía durar desde horas hasta días, acentuando el sufrimiento la sed o las picaduras de insectos u otros animales, ya que, como podemos imaginar, el cuerpo del inculpado quedaba completamente desnudo a la intemperie. 

Sobre el "patibulum", se clavaba el "titulus", en el que se escribía la sentencia condenatoria. Se trataba de una tablilla cubierta con cal y sobre la que se escribía, en tinta negra o roja, un texto breve, conciso, tampoco era mucho el espacio para escribir, con la causa de la ejecución; según la tradición, en el caso de Jesús, fue escrito en los tres idiomas habituales en aquel momento, griego (la lengua universal entonces), latín (la lengua de los invasores) y arameo (la lengua de los invadidos). "Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum", o lo que es lo mismo "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos". En ocasiones la tablilla o "titulus" era colgada del cuello del condenado durante el camino al patíbulo.

En el Evangelio de San Juan quedó así reflejado el pasaje: 

“Pilato también escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. Y estaba escrito: ‘Jesús Nazareno, Rey de los Judíos’. Entonces muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, en latín y en griego. Por eso los principales sacerdotes de los judíos decían a Pilato: No escribas, ‘el Rey de los judíos’; sino que él dijo: ‘Yo soy Rey de los judíos’. Pilato respondió: ‘Lo que he escrito, he escrito’. (Jn 19,19-22)

Tras la Pasión, se le perdió la pista al "INRI", quizá alguien lo conservó, quizá acompañó al cuerpo de Jesús a su sepulcro; lo que parece claro es que en el siglo IV se veneraba uno en Jerusalén y así lo narraron peregrinos de aquel entonces como la monja Egeria en el año 383 o más adelante Antonio de Piacenza en el 570; ambos coinciden en la descripción del texto escrito en lo que reseñan como una tabla de madera de nogal. La reliquia habría pasado a recibir culto en Roma, quizá por la piadosa y "arqueológica" intervención de Santa Elena o quizá por San Gregorio Magno, en cualquier caso, fue ocultada y redescubierta en la romana de la Basílica de la Santa Cruz el 1 de febrero de 1492 durante unas obras de restauración auspiciadas por el Cardenal Mendoza. 


Allí prosigue, siendo venerada en el interior de un valioso relicario en unión de otros objetos relacionados con la Pasión de Cristo, como tres fragmentos del Lignum Crucis, un clavo, dos espinas y hasta parte de la cruz del Buen Ladrón. Como reliquia de indudable interés, en 2002 fue sometida a un análisis con Carbono 14, dando como resultado que podría fecharse entre los siglos X y XI, ¿se trataría de una falsa reliquia? ¿una copia de una más antigua, desaparecida? En cualquier caso, la teóloga y biblista Maria Luisa Rigato, especialista en el tema afirmó:

“Estoy convencida de que es la tabla de Pilato. Mientras no se demuestre que la Sábana Santa es falsa, para mí el Título será absolutamente auténtico. Pienso que el Título estaba junto al cuerpo porque habría sido absurdo dejarlo en el Calvario ya que era la causa de condena. Lo pusieron junto al sepulcro y sigue el mismo destino que la Sábana santa. Insisto, su escritura está hecha conforme a la original de los Evangelios.”

Como dato curioso, veremos el INRI representado en no pocos crucificados de la Semana Santa de Sevilla, incluso con el texto completo en las tres lenguas antes aludidas, pero si nos atenemos a la reliquia romana, el texto se encuentra escrito de derecha a izquierda según la tradición semítica, algo que evidentemente no se cumple en las barrocas representaciones.