Acercándonos ya a una nueva Cuaresma, las hermandades se aprestan un año más a celebrar sus cultos anuales, que culminarán con la salida de la cofradía en Estación de Penitencia en Semana Santa; desde tiempos inmemoriales, como se dice en estos casos, toda esta actividad cultual ha generado siempre gastos económicos importantes, cubiertos casi siempre, por aportaciones de diverso tipo, pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Por estas fechas, en muchas casas de hermandad, se celebran los llamados Cabildos de Salida, que tras las oraciones de rigor y la lectura del acta del cabildo anterior suele comenzar con la pregunta, casi ritual, del hermano mayor a su junta de gobierno: "¿Salimos este año?" Contestada por aclamación positivamente por todos los oficiales, inmediatamente todas las miradas se dirigen al Mayordomo (siempre rodeado de papeles y cuentas) al que el máximo mandatario de la corporación interrogará casi protocolariamente: "¿Hay dinero?". Lo que ahora parece simple formalidad fue, durante mucho tiempo, asunto complicado y casi vital, ya que de la bonanza económica de las arcas de la hermandad dependía la salida o no de la cofradía cada año, dándose casos, incluso a comienzos del pasado siglo XX, de votarse la no salida de alguna hermandad debido a la escasez de recursos.
Durante siglos, las hermandades, muchas de ellas gremiales, actuaron como "mutuas", ya que además de ofrecer a sus miembros participar en una serie de actos litúrgicos, cuidaba de ellos durante su enfermedad, dotaba económicamente a sus hijas casaderas en algunos casos y, por supuesto, garantizaba que, una vez fallecido cristianamente, el hermano tuviera un entierro digno con cera, paño mortuorio de la hermandad, tumba o panteón corporativo (a veces) y misas por su alma.
Todos estos gastos eran sufragados por las "averiguaciones", o lo que es lo mismo, por las cuotas o limosnas que voluntariamente entregaban los cofrades para cubrir las necesidades de la tesorería de la hermandad. Como imaginará el lector, estas cuotas se pagaban en concepto de nuevo ingreso, para los cultos o para la salida de la cofradía, como recogían las Reglas de la Hermandad de las Tres Caídas de San Isidoro allá por 1788:
"Todo el que se recibiere de hermano contribuirá por una vez con la limosna de dos libras de cera y dos reales al Muñidor; debiendo todo hermano pedir una Demanda una vez al año para la Estación de nuestra Cofradía, y en caso de no pedirla, deberá dar una libra de cera para el propio efecto".
Interesante resulta también el término "Demanda" que consistía en que los hermanos pedían ("demandaban") limosnas para su cofradía, ya de manera privada (con huchas o alcancías), ya en la calle, con la figura de los "Demandantes", que no eran otra cosa que hermanos nazarenos que portando "demandas", o bolsas rogaban un donativo a los que contemplaban el paso de la cofradía. Esta figura del demandante resultó muy controvertida por los abusos que cometían e intentó regularse, con poco éxito, en varias ocasiones a lo largo de la historia, como en 1604 durante el mandato del cardenal Niño de Guevara:
"Que se quiten los muchachos que andan pidiendo en estas procesiones, y nuestros jueces no les consientan en manera alguna andar en ellas, pues no sirven más que de inquietar y quitar la devoción y quedarse para jugar con la limosna que les dan."
O como se procuró desde los sectores Ilustrados ya en el siglo XVIII, durante la estancia en nuestra ciudad del Asistente Pablo de Olavide, secundado por el cardenal Delgado Venegas, quien el 17 de marzo de 1777 dictó una serie de órdenes para regular a las cofradías, entre las que figuraba:
"Que los demandistas sean personas de maduro juicio y prudencia, usen de pocas voces y esto con modestia y devoción, y no sean muchachos."
De manera simbólica, los "limosneros" hoy perviven delante de la cruz de guía de la Hermandad de los Negritos, quien los recuperó en 1993 con una función meramente presencial, ya que no recogen donativos. Del mismo modo, podemos recordar cómo otra hermandad bien distinta, la de la Santa Caridad, mantiene la costumbre de colocar una mesa petitoria los domingos por la mañana en la catedral de nuestra ciudad, justo antes de la salida por la Puerta de San Miguel.
Abundando en lo anterior, no podemos resistirnos a incluir un precioso y preciso pasaje de un artículo del canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón, procedente de su obra Cruz y Claveles (1920) donde en un imaginario recorrido en coche de caballos por una Sevilla en plena Cuaresma visita diversos lugares relacionados con la inminente Semana Santa, cuando, en un momento concreto de esa "ruta" la animada charla que mantiene con su acompañante "capillita" se ve interrumpida bruscamente por la aparición de otros cofrades, en este caso, de la llamada entonces Hermandad de la Piedad:
Hay que recordar que las aportaciones económicas se venían haciendo tanto en metálico como en especie, esto último con un elemento muy caro por aquellas calendas: la cera pura para culto, pesada en libras, equivalentes a unos 460 gramos de nuestros días. Además, existían también otras cantidades a abonar en concepto de "multas" por inasistencia a cabildos o procesiones, y éstas, para más inri, también podían abonarse de ambas maneras, como hemos podido leer en la Regla de la Hermandad de la Hiniesta de 1671, cuando se alude a las obligaciones del cofrade:
"Tendrá obligación de asistir a todas las Fiestas que la Hermandad celebrare a nuestra Señora, especialmente a la que se le hace en septiembre, siendo para esta avisados por nuestro Muñidor: y la falta que en cualquiera de ellas se hiciere, no constando de ausencia o enfermedad, se multe en media libra de cera".
Aún sin cuentas corrientes ni domiciliaciones bancarias, sin ordenadores ni pagos con tarjeta, será la figura del cobrador, heredero del muñidor, quien acudirá a los domicilios de los hermanos para cobrar las cuotas, llevándose una pequeña comisión por ello. El efectivo quedaba depositado en la llamada "arca de tres llaves", que recibía tal nombre por poseer tres cerraduras diferentes, que podían ser abiertas únicamente por tres miembros de la junta de gobierno, depositarios de las tres llaves que facilitaban su apertura; en este tipo de arcas también se guardaban documentos importantes. En las antes referidas Reglas de la Hiniesta se alude al arca o caja y al sistema de contabilidad en estos términos:
"Y en dicha caja entrará todo el dinero que se cobrare de las rentas de la Hermandad, y de las demandas y limosnas que se le hicieren, y que sobrare de las misas sabatinas y platillos de domingos y días de fiesta, y se sacará lo que fuere necesario para los gastos precisos, uno y otro con la asistencia de los oficiales y tomando razón de todo el Secretario, poniendo con distinción de lo que procede cada partida que entrare y para que efecto es la que saliere."
Porque, por otra parte ¿Cuánto pagaba un cofrade allá por el siglo XIX? A modo de ejemplo aproximado, según los datos que se conservan, por citar un ejemplo, en hermandades como la Sagrada Mortaja, entonces en Santa Marina con apenas cien hermanos recaudaban unos dos mil reales anuales en concepto de cuotas, teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, sólo el importe de la cuadrilla de costaleros oscilaba entre los quinientos y seiscientos reales, de modo que casi no es necesario destacar la precariedad económica de hermandades pequeñas y de barrio.
El importe de "demandas", "averiguaciones" (éste último término ya desaparecido) y papeletas de sitio, de las que hablamos en otra ocasión, era, como decíamos, insuficiente, lo que originaba que, salvo las cofradías más poderosas socialmente, las demás estuviesen muchas veces "a la cuarta pregunta" cuando llegaba la Cuaresma y el Hermano Mayor preguntaba aquello de "¿Salimos?"; en 1865, siendo alcalde Juan José García de Vinuesa (promotor de la demolición de las murallas y protagonista del episodio de la Piedra Llorosa), el consistorio comenzará a subvencionar la salida de las hermandades, buscando con ello una mayor presencia de público foráneo en las calles, algo que irá parejo con la colocación de las primeras sillas de pago en la Plaza de San Francisco, dando inicio, por así decirlo, a una nueva etapa en el mundillo cofradiero, pero esa, esa ya es harina de otro costal.




























