lunes, 20 de septiembre de 2021

El Obispo y el Padre Méndez.

Entre los numerosos benefactores que tuvo Compañía de Jesús en el siglo XVII en Sevilla, aparece el nombre de Juan de la Sal y Aguilar, Obispo auxiliar de la diócesis hispalense bajo las prelaturas del cardenal Niño de Guevara y otros purpurados de la época. Como bien afirmó en su momento el recordado sacerdote y periodista Carlos Ros, fue de la Sal un tanto diferente a los habituales prelados que ocuparon el Palacio de la Plaza de la Virgen de los Reyes, ya que su genio vivo y sus ocurrencias, llenas de jocosidad haciendo honor a su apellido, dieron como fruto diversas obras y cartas, entre las que destaca una serie de siete misivas que envió al Duque de Medina Sidonia a su residencia sanluqueña allá por 1617.


 

De familia noble, de la Sal había nacido en 1550 en la actual calle Alcázares, estudió en la Universidad de Salamanca y concluyó sus estudios en la Hispalense, cantando su primera Misa en el Santo Ángel, logrando un puesto de canónigo en la catedral de Cartagena para finalmente recalar en su ciudad natal para ostentar el obispado auxiliar de Bona con el beneplácito del Cardenal Niño de Guevara, llegando incluso a rechazar el nombramiento como obispo de Málaga sin que se sepan sus motivos. Vivió en sus casas del Arquillo de San Martín y debió gozar de buena posición económica, ya que sufragó las pinturas del retablo mayor de la Iglesia de la Anunciación para los jesuitas, realizadas por el italiano Gerolamo Lucenti de Corregio. Debido a ese apoyo a la Compañía de Jesús fue sepultado tras su muerte, en 1630, en lo que hoy es la Capilla Doméstica de San Luis de los Franceses.

Junto a otros "tocayos" suyos, formó un interesante círculo de ingeniosos literatos de gran calidad, entre los que destacan Juan de Robles, Juan de Arguijo o Juan de Salinas, aparte de otros, dedicados a glosar las excelencias de la Sevilla del Imperio, alabar a María como Concebida Sin Pecado Original o, por ende, lanzar originales dardos en forma de poemas o cartas contra la secta de los Alumbrados, que tuvo en jaque a la Inquisición Hispalense durante algunos años.

De este modo, en el caluroso verano de 1617 Juan de la Sal toma papel, pluma y tinta y toma asiento en su escritorio para informar a Manuel Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, con hasta siete divertidas cartas, en las que narra con todo lujo de detalles, las idas y venidas del famoso en su tiempo Padre Méndez (nada que ver con el piadoso sacerdote Méndez Casariego, fundador del Instituto de las Hermandas Trinitarias, fallecido en 1924 y con calle en Sevilla). Las misivas, llenas de anécdotas y "hechos verídicos" ponen de manifiesto tanto el humor de Juan de la Sal como la picaresca redomada del Padre Méndez, quien convirtió su sacerdocio en un modo "non sancto" de vida, a medio camino entre la locura y la herejía.

Responsable eclesiástico de una Casa de Beatas (especie de semiconvento femenino), Méndez será investigado por prácticas alejadas de la ortodoxia, como se afirmó en los cargos contra él ante el Santo Oficio: “y acabando la misa desnudándose las vestiduras sagradas, baylaba con las beatas y cantando decían: mi cari Redondo, mi buena cara”, o incluso llegando a prácticas poco en consonancia con el celibato sacerdotal: "y para hacer oración mandaba a una de las dichas mugeres le rascase la cabeza y poniéndole a las mugeres las manos en los pechos y tocándole las manos y el rostro...”

El caso es que el sacerdote, cristiano nuevo e influido por las teorías de los Alumbrados, poseía un poderoso influjo como Director Espiritual sobre devotas y beatas de toda clase y condición, dándose el caso de que algunas condesas y marquesas, en su afán por agasajarle, se disputaban incluso jirones de su ropa como si fuesen reliquias santificadas de algún mártir. Hay que añadir, como explicó el teólogo e historiador dominico Álvaro Huerga, que Méndez había sido ya expulsado de Sevilla en tiempos del Cardenal Rodrigo de Castro, regresando tras su muerte, penitenciado por la Inquisición por judaizante en México, y que había huido de Roma unos años antes tras protagonizar un suceso de similares características al que nos ocupará en lo siguientes párrafos...

Llegados a este punto, hay que mencionar que Juan De la Sal narra con detalle los sucesos acaecidos en del 1 al 20 de julio 1617, cuando el Padre Méndez, de origen portugués según unos o nacido en Moguer según otros, proclamó casi a bombo y platillo, que Dios se había dignado a revelarle la fecha de su propia muerte, que tendría lugar el 20 de julio de ese mismo año, y que por tanto le urgía a disponerse a bien morir, para lo cual, contrito y penitente, se retiró al Convento del Valle (ahora Santuario de Jesús de la Salud de la Hermandad de los Gitanos) a fin de llevar una vida austera y humilde ante la inminente conclusión de sus días. Escuchando al Guardián del Convento, éste relataba cómo Méndez, todo ascetismo, andaba en oración noche y día y que "a la noche solo come un poquito de pescado, con cuatro bocados de ensalada y bebe una vez agua".

Si buscaba paz y sosiego, cosa que dudamos, no lo logró. En una ciudad hervidero de chismes y rumores y deseosa de cierto morbo, aún más si estaba relacionado con asuntos religiosos, la afluencia de fieles y curiosos al convento fue tal que en algunas jornadas llegaron a verse "aparcados" hasta treinta carruajes pertenecientes a la flor y nata de la nobleza sevillana, especialmente de aristocráticas damas ansiosas por platicar y confesar con tan santo varón, por no hablar de la "corte de los milagros" formada por ciegos, pícaros, lisiados y pedigüeños que buscaban "hacer su agosto" en julio, valga la expresión, al calor, valga también la expresión, de todo lo que arrastraba el "clérigo difunto".

 

El Padre Méndez celebraba la Santa Misa comenzando a las cinco de la madrugada y finalizando con el "Ite Misa Est" no antes de la una de la tarde, sin sentarse en ningún momento, lo cual llenaba de admiración a la legión de beatas y devotas que veían en ello indudable milagro. Tampoco faltaban voces que atestiguaban haberlo visto levitar en trance enmedio de sus oraciones místicas o quienes, tras la intervención del barbero que lo visitaba, recogían con devoción los pelos como si fuesen preciadas reliquias. Por su parte, el sacerdote continuaba profetizando su muerte e incluso narrando sus visiones del Purgatorio, el cuál "visitaba" con frecuencia, contando a su regreso a quién había visto por allí para alegría o desesperación de sus familiares.

Igualmente, como la cosa parecía ir en serio, la comunidad monástica comenzó a preocuparse por lo que acontecería si el fallecimiento no llegaba a producirse; prueba de lo disparatado de la situación es el testimonio certero de uno de los monjes, recogido por Juan de la Sal: "Que él trate de morirse cuando nos lo ha prometido; porque si no nos cumple la palabra lo habemos de achocar (sic), so pena de que nos silben por la calle".  

Llegó al fin el 20 de julio. Toda Sevilla aguardaba acontecimientos con el alma en vilo, pendientes del estado de salud del clérigo. El Padre Méndez, según lo narrado por Juan de la Sal, se aprestó a celebrar su última Misa con toda serenidad, comenzando de madrugada y prosiguiendo durante toda la jornada, sin que la muerte diese visos de asomar. Con un médico a su lado tomándole el pulso cada "dos por tres", agotado hasta la extenuación por la falta de alimento, el sacerdote, presa de una fuerte angustia, creyó llegado el postrero momento. Pero, pasaban los minutos, las horas, y nada nada anormal sucedía, para asombro, alegría o desesperación de quienes asistían a tan insólito suceso. Dejemos que sea el obispo de Bona, nuestro buen Juan de la Sal, quien narre cómo finalizó aquella escena tragicómica: 

"Pues, cuando vieron que era pasada la hora y no moría, todos, unos en pos del otro, se fueron cabizbajos á sus casas, dejándole en el altar, donde, acabada la misa, se halló solo, en su solo cabo".

Ni que decir tiene, durante semanas, Méndez fue asediado por multitud de sevillanos que no cesaban de preguntar, no sin cierta guasa, que cómo era que seguía vivo, mientras su comunidad de beatas vivía aquella etapa entre la verguenza y la fidelidad a su "líder". No deja de ser curiosa su entereza, pues soportó estoicamente burlas y chanzas sin dejar de realizar su vida cotidiana como si nada hubiera pasado.

Como podremos imaginar, el Padre Méndez no iba a salir bien parado de todo este trance; investigado y apresado por el Santo Oficio, el "no difunto" daría con sus huesos en las lóbregas celdas de la Inquisición. Olvidado por quienes le seguían con devoción, finalmente falleció en el Castillo de San Jorge, aguardando sentencia por herejía y demás delitos contra la fe, de modo que fue su efigie quien cayó pasto de las llamas durante el Auto de Fe celebrado el sábado 3 de noviembre de 1624 en la Plaza de San Francisco. 

lunes, 13 de septiembre de 2021

"Con las carnes abiertas".

 Como alimento de primera necesidad, la carne ocupó siempre un lugar muy importante en el mercado de abastecimientos de Sevilla a lo largo de la historia. Tras la conquista de la ciudad por Fernando III en 1248, los diferentes puntos de venta para este alimento se situaron ta  nto en la zona de Santa Catalina como, en mayor medida, en el sector de la actual Plaza de la Alfalfa y algún otro. Desde entonces, aparte de las carnicerías habituales, la propia Iglesia Hispalense conservó para sí algunos puestos de carne. 

Aunque pueda pensarse que en principio era reservado como manjar casi de lujo para la nobleza, lo cierto es que en los siglos XV y XVI la demanda de carne se vio aumentada de manera más que notable entre la población, a lo que hay que añadir el papel del campo andaluz en general, y del sevillano en particular, como fuente ganadera de primer orden, dándose el caso de que incluso Sevilla surtía de carne a mercados tan lejanos como el valenciano, aunque, dependiendo de las circunstancias económicas, las tornas podían cambiar y el Concejo de Sevilla hubo de acudir a ferias de ganado como la de Ronda para comprar reses con las que abastecer los mercados de la ciudad. 

Una vez traído a Sevilla, el ganado se guardaba, previa anotación por el encargado de ello, en la Dehesa de Tablada, zona de pastos comunales, especie de "despensa en vivo", que durante el siglo XVI alcanzó gran importancia por cantidad de animales que albergó, siendo habituales las quejas por los abusos allí cometidos por cierto "contrabando" de ganado que evitaba así el pago de la alcabala de la carne, e incluso por la presencia de lobos que atacaban a las reses con el consiguiente perjuicio, como reseñó en su momento el malogrado profesor García-Baquero. Amén de todo ello, la proximidad al Guadalquivir generaba inevitablemente no pocas incidencias por las frecuentes crecidas del caudal del río, causando daños importantes y obligando a desalojar la Dehesa cada cierto tiempo con motivo de riadas.

A principios del siglo XVI se contabilizaba un total de 28 tiendas o "tablas" en Sevilla, con alguna que otra en Triana y la zona de la Puerta del Arenal, alcanzándose incluso la cifra de 48, proponiéndose entonces reducirlas a 22, más o menos el número de carniceros existentes ya a fines del siglo XIV como apunta el profesor González Arce. En un principio los animales se sacrificaban en las propias carnicerías, aunque en 1489 se constituyó un recinto cerca de la Puerta de Minjohar y que poco a poco se convirtió en el Matadero de la Ciudad, cambiando su denominación esta puerta y pasando a llamarse Puerta de la Carne. 

El Matadero, comenzó a gestarse en las inmediaciones del Arroyo Tagarete, conformándose en palabra de Alonso Morgado: "en forma de gran casería con sus corrales y naves y todas sus pertenencias. Y unos miradores que descubren una buena plaza, donde se corren y alancean toros de verano ordinariamente". Poco a poco iría surgiendo el barrio de San Bernardo, gestándose así su tradición taurina. Por lo demás, el Alcaide, el Casero y el Fiel eran los responsables del recinto, encargándose de su orden y limpieza, muchas veces escasas ambas, ya que hay abundantes reseñas sobre la corrupción e insalubridad reinantes allí.


Carnero, cabra, vaca, toros, cerdo, conejo, eran los tipos de carne más apreciados por los sevillanos, dejando a un lado las aves de corral y las de caza, que eran vendidas en otra zona próxima de la Alfalfa cuyo nombre lo decía todo: la gallinería. La población más desfavorecida, que no era poca, se conformaba con adquirir tocinos, menudos y tripas, siempre más asequibles, sin que quede en el tintero cómo la carne en general era prohibida por la Iglesia en tiempos de Adviento, Cuaresma y Semana Santa. Miguel de Cervantes, en su obra "El Coloquio de los Perros", ponía en boca de uno de sus protagonistas caninos, en este caso Berganza, que "tres cosas tenía el rey por ganar en Sevilla: la calle de la caza, la costanilla y el Matadero", lo que nos da idea del submundo existente en esas zonas, en las que la picaresca, el robo y la violencia (en un espacio donde los cuchillos eran herramientas de trabajo) estaban a la orden del día.  

Los orígenes del gremio de carniceros (que al parecer tuvo su sede y hospital en la feligresía del Salvador bajo la protección de Santa Catalina) se pierden en la noche de los tiempos, aunque es sabido que tuvo Ordenanzas aprobadas por Alfonso X el Sabio, en las que se incidía especialmente en el control de los precios, en la calidad de la carne y, sobre todo, en la "afinación" de los pesos y medidas a fin de evitar fraudes, que eran penados con multas, azotes y hasta con pena de muerte siempre bajo la autoridad máxima de los dos alcaldes o alamines, encargados de velar por el correcto cumplimiento de las normas. Como detalle curioso, se prohibía vender carne "a ojo", o sea, sin pesar.

Rembrandt: El buey desollado, 1655, Museo del Louvre. París. 

Punto y aparte merece el hecho de que ya a comienzos del XVI la mayor parte de los puestos de carne estuviesen establecidos en la feligresía de San Isidoro, cerrando una zona eminentemente comercial con las plazas de la Alfalfa, de la Pescadería, del Pan y del Salvador, donde se vendían frutas y verduras. Las llamadas Carnicerías (que fueron derribadas en 1837, ampliando su área la Plaza de la Alfalfa), contaban con varias decenas de tablas para cortar y pesar la carne, cada una con su propio cierre mediante reja y cerradura y situadas éstas circundando un amplio patio con dos espaciosas puertas. La venta comenzaba cada mañana con el toque del alba y las carnes habían de venderse por separado y sin mezclarse con los despojos. Sin embargo, a pesar de la vigilancia del alcaide de las propias carnicerías, siempre hubo problemas de higiene en la zona por la acumulación de inmundicias y malos olores, incluso con quejas vecinales al respecto.

Ni que decir tiene que el oficio de carnicero era exclusivamente masculino, alegándose entonces que la "impureza femenina" no era buena candidata para manejarse con cuartos, costillares, solomillos o chuletas. En el Pais Vasco, por ejemplo, las mujeres tenían prohibido cortar carne con la severa multa de 200 maravedís, aunque en Valladolid en 1486 se dio el caso de Marina Alfonso, quien heredó el oficio y la tabla de su marido al enviudar.

Llegados a este punto, merece la pena reseñar las peripecias de una sevillana del siglo XV, judía por más señas, y sus esfuerzos y reivindicaciones por conservar su negocio dentro del gremio que venimos comentando. Tras el tristemente conocido asalto a la judería sevillana de 1391, la comunidad hebrea hispalense fue aislada en su propio territorio, cercano a la protección del Alcázar, aunque las tensiones sociales nunca dejaron de estar presentes. 

El protagonismo de la mujer en la comunidad judía se concretaba prácticamente en su único papel de esposa y madre, aunque en algunas ocasiones ejerciera como propietaria de tierras de labranza o en otras como criada para otros judíos, como nodrizas y, caso interesante, como plañidera para las celebraciones funerarias, sin olvidar su labor como tejedora, costurera o tintorera. 

Foto: Reyes de Escalona

La profesora Raquel San Mamés ha sacado a la luz el testimonio de Ana Gonçales, quien regentaba una tabla de carnicería judía en Sevilla desde 1477. Casada con Ferrand Gonçales, en octubre de ese año recibió un escrito desde la Cancillería de los Reyes Católicos en la que, a petición de la aljama judía de Sevilla, se le requería a que abandonase su puesto en favor de ésta. Sin embargo, Ana alegó que poseía un documento firmado por la propia Reina Isabel por el que se le otorgaba a perpetuidad su negocio. 

Para acreditar tal situación, habrá finalmente de viajar a Jerez, sede de la Corte entonces, para allí demostrar su afirmación ante los monarcas. El 7 de noviembre de ese mismo año los reyes escriben a la aljama de Sevilla ratificando todo lo anterior, ya que Ana Gonçales había demostrado fehacientemente que estaba autorizada a regentar su carnicería como cualquier varón con el beneplácito de la corona y que por tanto tenía pleno derecho (sin que constase por ningún lado el nombre de su marido) a cortar carne o a delegar en quien ella desease, pudiendo alquilarla, sin olvidar, eso sí, abonar la fianza necesaria a la aljama en ese caso. 

Como vemos, una sevillana del siglo XV fue capaz de perseverar en el empeño de mantener abierto su negocio pese a las circunstancias de la época, logrando incluso el apoyo de la corona en unos tiempos difíciles.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Los Terceros y aquellos "Ojos Verdes".

Una de las Plazas más conocidas y con más sabor de nuestra ciudad podría ser, sin duda, la antigua Plaza de los Terceros, en pleno corazón de Sevilla y en la collación de Santa Catalina. 

Foto: Reyes de Escalona

Conocida desde el siglo XV como Plaza de las Tablas, de las Carnicerías o de las Freideras, debido a la existencia en la misma de puestos para la venta de carnes, pan o de pescado frito, la proximidad con la conocida Alhóndiga en la calle de su nombre o el hecho de que fuera lugar de mercado prácticamente durante toda la semana, hicieron de este enclave un punto comercial de primer orden en la Sevilla de la Edad Moderna. Pese a todo, la denominación más habitual fue la de Plaza de Santa Catalina, así como la de Los Terceros, en alusión al convento de la calle Sol, sede actual de la Hermandad de la Cena. 


Sin embargo, a mediados del siglo XIX es ésta última denominación la que se lleva el gato al agua, manteniéndose hasta nuestros días. 

En 1485 ya se había autorizado la venta en la plaza de "viandas de carne de puerco y cabrón y oveja, y pescado secial y sardinas frescas", aclarando que el pescado cecial era pescado sometido al proceso de salazón para que así se conservase mas tiempo. Prueba de ello es que Alonso Morgado en el siglo XVII afirmaba que en la plaza se hacía "una feria todos los lunes, jueves y sábados todas las semanas del año de sus muros adentro y de todas las cabalgaduras a la plaza de Santa Catalina". En el siglo XIX pervivía la faceta comercial y alimenticia, con puestos de patatas y huevos, sin olvidar que indudablemente existirían también tabernas que aglutinarían a la gente del barrio, aspecto que pervive en la actualidad, como sabemos de sobra. 

Foto: Reyes de Escalona
 
No faltó la presencia de otros oficios en la plaza a lo largo de la historia, como en el caso de Juan de la Barrera, quien en 1547 afirmaba vivir allí y dedicarse a trabajos de guadamecilería, o lo que es lo mismo, a la decoración de láminas de cuero con policromías usando plata como fondo o en el caso de Anselmo Sánchez Matamoros, que en 1797 solicitó alcanzar el rango de maestro herrero con acreditada experiencia. Precisamente a lo largo del XIX se produjeron numerosas quejas vecinales por el ruido y estorbo que provocaba este tipo de oficios, sobre todo porque trabajaban prácticamente "a pie de calle".

Ya en el siglo XX, se constata la existencia de la llamada Taberna "Río de la Plata", que incluso, como recogió el diario El Liberal en noviembre de 1904 fue escenario de un crimen al ser allí apuñalado un sujeto al parecer por un asunto de deudas de juego; además, durante la II República y en el número 17 estuvieron tanto la sede de distrito del Partido Acción Republicana, con su presidente Pedro Díaz Seda y el Sindicato de Mozos y Similares de Comercio, Hoteles e Industrias de Sevilla. 

Muy cambiada su fisonomía en cuanto a edificios, merece la pena destacarse el correspondiente al número 9, de bastante antiguedad y que en los años veinte y treinta albergó el establecimiento de zapatería "La Constancia", propiedad de Manuel Santiago, la Droguería de Teófilo Pérez en el número 2 o el número 13, donde en los años 50 fijó su negocio de pieles Alfonso Daza. 


En el número 14 se encuentra ahora la Librería Anticuaria Los Terceros, en la que vivió un vecino con mucho que contar: Salvador Valverde. 


 Aunque nacido en Argentina en 1895, de padres españoles, con cuatro años volverá a España y, cosas de la vida, al poco quedará huérfano, siendo criado junto con su hermana por su tío José, empleado de banca, que vivía en la calle Feria primero y en la Plaza de los Terceros, después. Salvador crecerá y conocerá a Sevilla y sus tradiciones desde ese escenario y con veintiún años, titulado en Magisterio, poeta precoz y escritor en ciernes, ganará los Juegos Florales de las Fiestas Colombinas de Huelva de 1916, con un poema titulado "Niña", haciéndose eco el diario El Liberal de su triunfo: 

El periódico "La Unión" había ya recurrido a sus servicios, haciendo gala en sus escritos de una profunda preocupación por los temas relacionados con las desigualdades sociales. La vida de Salvador Valverde sufrirá un cambio decisivo al abandonar su casa en la Plaza de los Terceros y marchar a Madrid en 1919, donde se dedicará de nuevo a ejercer como periodista y como secretario de una productora cinematográfica; sin embargo, poco a poco entrará de lleno en el mundillo de los letristas y compositores para cupletistas, coplas o zarzuela, sin cesar de crear letras y composiciones, a veces con la música de su paisano Manuel Font de Anta ("La Cruz de Mayo" o "Sol de España", por poner dos ejemplos) aunque con quien formará un equipo casi perfecto será con el músico Manuel López Quiroga y el también poeta sevillano Rafael de León: Valverde, León y Quiroga.


 Entramos en 1930. Valverde, ya casado y con un hijo, inicia una etapa en la que no deja de "fabricar" éxitos en forma de copla para artistas como Estrellita Castro con "María de la O", Concha Piquer con "Adiós a Romero de Torres" o Imperio Argentina con "Pena Gitana", un sin fin de composiciones que alcanzará su cénit con "Ojos Verdes", compuesta contando con la inspiración inicial de Federico García Lorca, estrenada en 1937 y grabada por Concha Piquer ese mismo año, alcanzando una enorme popularidad, aunque, dato curioso, la canción fue modificada en los años cuarenta por la censura franquista, sustituyendo el verso "apoyá en el quicio de la mancebía" por "apoyá en el quicio de tu casa un día".

Precisamente la Guerra Civil y sus ideas políticas obligarán al exilio a Salvador Valverde, primero a París (donde logrará no ser internado gracias a su doble nacionalidad hispano argentina) y luego al fin a Buenos Aires con su familia donde proseguirá con su tarea creativa, publicando novelas, guiones, comedias y programas de radio (como el famoso "Fiestas Españolas", galardonado con un Premio Ondas) y televisión.

Salvador Valverde y el cantante Miguel de Molina recibiendo en Buenos Aires a la actriz y cantante Carmen Sevilla

Mientras pasan los años, en España su nombre irá cayendo en el olvido e incluso será eliminado del trío antes aludido en favor de Quintero, en 1989 el propio hijo de Valverde reclamará el terminar con la "muerte civil" de su padre tras tanto tiempo de ostracismo.  El 5 de septiembre de 1975 fallecerá en su casa de Buenos Aires, y no será hasta 2007 cuando el Ayuntamiento de Sevilla le erija una placa justo en el bajo de la casa de la Plaza de los Terceros desde la que, a buen seguro, aprendió a amar a la ciudad y sus cosas...


P.d. Quede para otra ocasión dar detalles sobre una taberna de los Terceros que merecería ríos de tinta: Los Claveles. 


lunes, 30 de agosto de 2021

Hauser.

 Aunque a primer vista el título de este post recuerde -sólo un poco- al afamado doctor televisivo interpretado por el actor británico Hugh Laurie, en esta ocasión pondremos nuestra mirada en otro doctor, un médico bastante considerado en la Sevilla del XIX y que además de atender a numerosos pacientes realizó una aportación muy importante para conocer mejor la realidad sociosanitaria de la ciudad de su época. Pero como siempre, vayamos por partes. 

El 2 de abril de 1832 nacía en Trstín, actual República de Eslovaquia, Felipe Hauser y Kobler, o mejor, Philippe o, como firmaba en sus publicaciones, Ph. Hauser. Al alcanzar la edad de trece años rechazó seguir los pasos de su progenitor como comerciante y comenzó los estudios secundarios que le llevarían a la Facultad de Medicina de Viena desde 1852 hasta 1856, donde recibió las enseñanzas de los mejores galenos de la época, a ello hay que sumar dos estancias en París y la redacción de su tesis doctoral sobre un tema que le perseguiría siempre: la nutrición. 

Tras un periplo como doctor que le llevó a Tetuán, Gibraltar y de nuevo París, donde contraerá matrimonio en 1863 con Pauline Neuburger Oppenheimer, judía parisina de ascendencia alemana y muy vinculada al círculo de la familia Rothschild, con quien el médico austrohúngaro tendrá una estrecha relación. Al convalidar su título de Medicina en la Universidad de Cádiz durante su estancia gibraltareña conocerá al que será uno de los impulsores de su venida a Sevilla: el catedrádico de la Hispalense Antonio Machado, de ideas liberales y abuelo de los poetas Manuel y Antonio. Al fin, en 1872, Hauser arribará a Sevilla junto a su mujer y sus cuatro hijos más tres criados, contando además con el influyente apoyo del Marqués de Pickman, paciente suyo, e instalándose primero en la céntrica calle San Miguel y posteriormente en el número 24 de la actual Plaza del Molviedro. Allí abrió su consulta, a lo que no tardaron en acudir pacientes en busca de curación.

Pese a sus raices hebreas, nunca se consideró muy practicante, las clases aristocráticas de la alta sociedad sevillana lo acogieron con gran interés, convirtiéndolo en uno de sus "médicos de cabecera", pero Hauser no olvidó nunca sus orígenes e ideas y supo cultivar relaciones y vínculos con sectores pertenecientes a la intelectualidad y con aquellos profesionales que por entonces luchaban contra las malas condiciones de vida existentes para un muy importante porcentaje  de sevillanos. 

Como él mismo explicó, ése fue otro de los motivos para establecerse en Sevilla: 

 "Después de reflexionar un poco sobre las condiciones antihigiénicas de la localidad concebí la idea de la conveniencia de establecerme en Sevilla para estudiar su mortalidad y su morbilidad relacionadas con las condiciones de la higiene social."

Fruto de su ingente labor recabando datos durante diez años, fue la publicación en 1882 de sus Estudios médicotopográficos de Sevilla y, en 1884, de sus Estudios médico-sociales de Sevilla, con prólogo del abogado y ministro Manuel Silvela. En ambas publicaciones queda de manifiesto el interés de Hauser por la relación entre el binomio higiene-alimentación y la proliferación de determinadas patologías, especialmente las vinculadas con procesos infecciosos. Curiosamente, en 1883 Hauser ya había trasladado su residencia a Madrid, donde su hijo Enrique comenzó sus estudios Ingeniería de Minas.

Aunque no contase con el total apoyo de las autoridades, que muchas veces le negaron respuesta o simplemente ignoraron sus cuestionarios, el trabajo de Hauser fue muy importante; así, en su segunda obra (que esttuvo entonces a la venta en la Librería de Tomás Sanz, Sierpes 92), aparecen temas como el clima de la ciudad, la calidad del agua potable, la alimentación, la prostitución, la pobreza, la criminalidad, la beneficencia municipal o las enfermedades de transmisión sexual, sin olvidar todo lo que tuviese que ver con la sanidad pública, tan poco valorada entonces salvo en caso de epidemias como la del Cólera de aquellos años. 

Sería muy extenso incluso resumir el quehacer de Hauser, pero baste resaltar que, por ejemplo, reseñó la importancia del clima de la ciudad, la falta de sombra al no haber arbolado en sus calles (algo que ya entonces preocupaba tanto como ahora), la importancia de una adecuada red de saneamiento para las aguas fecales, de modo que no se formasen bolsas o lagunas pestilentes o la simple mención a cómo los índices de mortalidad de la ciudad tenían no poco que ver con la calidad de vida de sus habitantes, especialmente los más desfavorecidos, que malvivían en corrales de vecinos donde las condiciones higiénicas era muy escasas y favorecían la aparición de enfermedades. 

Como complemento a todo lo anterior, cartografió la mencionada mortalidad en Sevilla en su tiempo, con la conclusión de que ésta (sobre todo la infantil) era más elevada en aquellos barrios en los que la pobreza y la falta de higiene eran caldo de cultivo para enfermedades infecciosas, de modo que, a mayor nivel de vida, mayor esperanza de vida. La zona norte era quien se llevaba la palma en este escalafón negativo: San Julián, San Gil, Santa Marina, San Marcos, Omnium Sanctorum y otras collaciones se caracterizaban por ser focos de insalubridad donde la tuberculosis estaba a la orden del día, por citar una única enfermedad.  

A todo ello que habría que unir dos factores que siempre habrían convivido con Sevilla a lo largo de su historia: las riadas del Guadalquivir (como la que le tocó vivir a Hauser en 1876 cuando el nivel de las aguas rebasó en cinco metros su cota habitual) y las epidemias, bien de Fiebre Amarilla como la de 1800 (para la que el facultativo calculó unos 16.000 fallecimientos) o las temidas de Peste del XVI y especialmente del XVII en 1649.

Constató además que el agua de los pozos no era apta para consumo, al verse afectada por las filtraciones del río en el subsuelo, aunque constató que existían pozos que sí se surtían de aguas procedentes del nivel freático, y por ello poseían buena calidad, como los situados en la plaza de Villasís, calle Cuna o Plaza de San Francisco, alejados además de la acción contaminante de las riadas del Guadalquivir. Así mismo, estudió el consumo de carne por sevillano y su consiguiente aporte alimenticio, comprobando que, aparte de ser muy escaso, era muy exagerada preponderancia del consumo de carne porcina, destacando que del cerdo se aprovechaba prácticamente todo (carne y grasa): "esto llega hasta tal punto, que no gusta ningún caldo que no tenga el sabor de tocino, de jamón y de chorizo, que forman la base del puchero español". 

Analizó la dieta de los trabajadores, considerada por él de vital importancia para el bienestar; en el ámbito rural abundaban sobre todo las migas, el gazpacho y el cocido a base de carne de oveja o carnero, con legumbres y tocino; también se comía el "sopeado" o gazpacho espeso, o la caldereta. En el caso del sector industrial, los trabajadores de la fábrica de cerámica de Pickman de la Cartuja, otro ejemplo, comían sobre todo fiambres, aceitunas, queso y fruta, sin olvidar el puchero o potaje de garbanzos y como elemento indispensable y denominador común el pan, sobre todo blanco, de Alcalá de Guadaira.

Ante este análisis alimenticio, Hauser incluso se atrevió a afirmar que la tan traida y llevada pereza de los andaluces tenía mucho que ver con una alimentación sobre cargada de grasas animales y escasa de proteínas, lo que provocaría una insuficiente nutrición a la hora de desarrollar labores en el campo o la fábrica y por tanto llevaría al cansancio. 

Como curiosidad, sus estudios alcanzaron hasta la adulteración del chocolate, al que se le quitaba la manteca de cacao, vendida a los perfumistas, que era sustituida por otros tipos de grasa, a lo que habría que añadir el empleo de féculas distintas a las del cacao: arroz, cacahuete, harina, bellota, etc.

Como buen galeno, prestó también atención especial a la extensión de las enfermedades venéreas, como la sífilis o la gonorrea, reclamando una mayor atención sanitaria para las prostitutas en lo tocante a su higiene y salud a fin de prevenir en ellas esas enfermedades, siempre eso sí de una óptica médica sin caer en moralismos.

Publicados ambos libros, el doctor Hauser fue unánimemente alabado por quienes supieron de su investigación, que también abarcó otros terrenos de la Medicina (como la Geografía Médica de la Península Ibérica, de 1913) e incluso la defensa a ultranza del Movimiento Sionista, abogando por combatir el antisemitismo desde el diálogo y la integración plena dentro de Europa. 

En 1914 tomó la decisión de donar a la ciudad de Sevilla su vasta y extensa biblioteca, hecho que le valió serle otorgado el título de Hijo Adoptivo y Colegiado de Honor del Colegio de Médicos hispalense; el legado de Hauser quedó depositado en la Real Academia de Medicina de Sevilla desde 1921, cuatro años antes de su fallecimiento el 13 de enero de 1925.


NOTA: Agradecidos en grado sumo porque este modesto Blog, que comenzó sus andanzas allá por 2011, haya alcanzado la nada despreciable cifra de 150.000 visitas. Mil gracias a todos los que nos leen y comparten.

lunes, 23 de agosto de 2021

Eritaña.

Para muchos, el nombre de Eritaña sonará a la actual avenida de la Guardia Civil, entre el desaparecido Puesto de los Monos y Manuel Siurot, frente a la Casa Rosa, propiedad en la actualidad de la Junta de Andalucía. El nombre de la avenida procede, como sabrán no pocos, de la famosa Venta de Eritaña, que estuvo situada en este lugar durante los siglos XIX y XX. Pero como siempre, vayamos por partes.

Históricamente hablando, la zona, ubicada en las cercanías de los arroyos Tagarete y Tamarguillo, siempre habría sido residual por lo alejado del casco urbano de Sevilla, ya que lo más cercano era el Prado de San Sebastián y, a partir del XVIII, la Fábrica de Tabacos o el Palacio de San Telmo. Ello hará que estos terrenos apenas tengan importancia por ser fácilmente inundables, aunque a partir de 1833, con la intervención del Asistente Arjona, se crean los Jardines de las Delicias, que abarcarían todo el margen del Guadalquivir y finalizarían en un extremo próximo a la zona de la que hablamos. 

No lejos de Ermita de San Sebastián, en 1839, el historiador González de León destacaba ya la presencia de la Venta de Eritaña, encrucijada para los caminos a Dos Hermanas y a El Copero y enclavada en la llamada Huerta Mariana, terrenos en los que andando los años se construiría la Plaza de América. Como curiosidad, el autor mantenía que el nombre de Eritaña procedía de Aritaña, que a su vez habría sido vocablo de origen romano relacionado con el dios Ares que habría tenido en esta zona un templo romano en su honor...

El 24 de junio de 1880 se estrenó en el Jardín del Buen Retiro de Madrid la obra "La Cachucha", "Pasillo Histórico Lírico" escrito por el sevillano Rafael Leopoldo Palomino de Guzmán con música del maestro Carlo Mangiagalli; el desarrollo de la obra, que transcurre en 1820 dentro del ámbito del más evidente costumbrismo andaluz, tiene lugar en la Venta de Eritaña, lo cual nos da idea de la antiguedad del lugar; a mayor abundamiento, en 1899, en el número 100 de la revista taurina madrileña Sol y Sombra, el cronista Carlos L. Olmedo publicó un extenso y laudatorio artículo que finalizaba así, en alusión a Manuel Vázquez, propietario entonces del negocio: 

Venir a Sevilla y no haber visitado la famosísima Venta de Eritaña, es tanto como ser cristiano y no haber entrado nunca en la Iglesia, y perdónenme la comparación. ¿Quién no conoce, aunque no sea más que de referencia, a Manolito Vázquez?
 

Como relata el profesor Duhart, de la Facultad de Ciencias Gastronómicas de Mondragón, el local poseía varios espacios o pabellones, con decoración ciertamente historicista, como el Merendero del Puente de Triana, el de la Torre del Oro o el rústico, así como una carta basada en menús con productos andaluces que eran muy apreciados por la aristocracia hispalense y por no pocos turistas o visitantes,  no en balde, llegó incluso a recibir, entre otras, la visita del Ministro de Marina, Arias de Miranda, en 1910, narrando la prensa local que degustó unas cervezas junto con sus acompañantes.

Además, la Venta de Eritaña se caracterizó en sus primeros tiempos por acoger innumerables banquetes en honor de personajes destacados del ámbito político, castrense, académico o artístico, banquetes en los que los discursos e intervenciones se prodigaban y en los que no faltaban los vinos generosos o los consabidos cigarros habanos. Buena prueba de ello es el homenaje brindado al escritor Vicente Blasco Ibáñez en la primavera de 1907 por parte de sus correligionarios del Partido Radical, al que pertenecía y por el que se presentó como Diputado a Cortes; Eritaña debió impactar al literato valenciano, pues aparece en su novela "Sangre y Arena" como lugar tanto para elegantes comidas como para sórdidas juergas de madrugada protagonizadas por el torero protagonista, Juan Gallardo y su séquito de aduladores y banderilleros, en las que nunca faltaba el cante flamenco. 

Del mismo modo, el lugar era también propicio para mítines y reuniones de corte político, como la celebrada en junio de 1931, promovida por el Comandante Ramón Franco, entonces Director General de Aeronáutica, en la que participó Blas Infante.

Unida a estos pormenores, otro de cierta importancia, esta vez en el orden gastronómico: el origen de la tapa. Tradicionalmente se ha atribuido, merced al relato de Antonio Burgos, éste a la iniciativa de un cliente del Café Iberia, en la calle Sierpes, quien envió a por manzanilla a un camarero a otro bar con el ruego de que le colocase al catavino una "tapa" de jamón. Sin embargo, en 1904, un escritor español, aunque establecido en La Habana, Nicolás Rivero Muñiz, en su obra "Recuerdos de un viaje", escribía: 

De la Biblioteca Colombina fuimos a la "Eritaña", venta célebre en Sevilla por sus hermosos emparrados y por las juergas que allí suelen correrse. Almorzamos bajo aquellos doseles de verdura, salpicados de flores, un gazpacho y un corderito asado que olían y sabían á gloria. Y antes habíamos preparado convenientemente el estómago catando unos chatos con tapaera, capaces de resucitar á un muerto. Dan allí ese nombre a unas cañitas achatadas de manzanilla cubiertas con unas rajas casi trasparentes de salchichón de Vich ó de jamón de la Sierra, que en materia de comer y beber son la esencia de lo sabroso y la suprema elegancia

De este modo, parece ser que la "tapadera" de chacinas o jamón con la que cubrir la copa o caña de manzanilla era algo más que habitual por aquellas fechas, o puede que incluso antes. 

1917: Cruz de Mayo en Eritaña

Como homenaje musical, el célebre compositor Isaac Albéniz, al componer su famosa Suite Iberia para piano entre 1905 y 1909 tituló uno de sus pasajes con el nombre de la "Venta de Eritaña", en una composición llena de vida y colorido basada en los acordes de unas sevillanas. El también músico Debussy afirmó tras escuchar esta pieza que "Nunca la música ha alcanzado expresiones tan diversas. Los ojos se cierran como fatigados de haber contemplado tantas imágenes".

La clausura de la Exposición Iberoamericana de 1929 en 1930 supondrá el lento declive de Eritaña, que poco a poco pasará de ser un elegante lugar de encuentro para las clases altas a convertirse en lugar de mala fama por comenzar a ser frecuentado por personas del entonces llamado "mal vivir", al menos por la noche, como alude la experta profesora y doctora en Antropología Isabel González Turmo. Finalmente, la Venta de Eritaña aún mantendrá abiertas sus puertas sobre 1962, cerrándolas más tarde, tras más de siglo y medio alegrando la vida de los sevillanos.

lunes, 16 de agosto de 2021

La escritora de la calle Francos.

 Probablemente, una de las calles más transitadas del entorno de la Plaza del Salvador sea la que arranca (o finaliza) en la calle Francos y concluye en la propia plaza, casi frente por frente a Álvarez Quintero, justo donde estuvo durante años un establecimiento comercial bastante conocido y dedicado a la confección infantil, sobre todo para Primeras Comuniones: "El Paraíso". 

La calle, ya lo habrán adivinado, es la dedicada a la escritora sevillana Blanca de los Ríos, aunque a lo largo de su extensa historia recibió nombres de lo más variado, desde Cordoneros (allá por 1408) hasta Agujas o Agujeros, que derivó en "Abujeros", tal como recogió Santiago Montoto. Como detalle curioso, también se le llamó calle de Martín Morales, quizá en alusión a algún vecino destacado.


En 1880 y 1920 la calle sufrió sendas reformas en el tramo del Salvador, donde se derribó parte de la acera de los pares para ampliar la plaza, con lo cual quedó un espacio mayor que hasta permitió ubicar un quiosco que ha llegado hasta nuestros días (el de "Carmelita", para los niños del Salvador de los años 70 y 80 del pasado siglo). Se sabe que en pleno XVII ya estaba empedrada, lo que da, como siempre, idea de su importancia. En la esquina de calle Villegas destaca un importante edificio regionalista de Juan Talavera, la llamada "Casa Pérez Salvador" (1920-1923), en uno de cuyos bajos muchos aún quizá recuerden la desaparecida Librería Internacional de Lorenzo Blanco, fundada en 1923.

En cuanto a su función, a lo largo de la historia fue eminentemente comercial, como lo atestiguan la presencia de tiendas de paños en el siglo XIV, la de cordoneros o la de fabricantes de agujas, todo ello en relación con los nombres antes aludidos para la calle. Gozó siempre de gran prestigio como lugar, prueba de ellos es que en el siglo XVIII formó parte del recorrido en varias procesiones extraordinarias de la Virgen de los Reyes. 

En la actualidad sigue siendo calle de tiendas y comercios, de trajín para compras en mayo o en Navidad, aunque cerrara sus puertas la clásica tienda infantil "Jardilín" sustituida por un negocio de hostelería en la misma esquina con el Salvador. 

Un hermoso azulejo pintado por Gustavo Bacarisas, recuerda el nombre de Blanca de los Ríos, a quien se puede considerar como una escritora perteneciente a la Generación del 98. Había nacido el 15 de agosto de 1859 en el número 15 de la cercana calle Francos, y era hija de Demetrio de los Ríos, afamado arquitecto, director de las excavaciones de Itálica, autor del monumento a Murillo de la Plaza del Museo y defensor a ultranza de la conservación de varias parroquias sevillanas durante el periodo revolucionario de 1868, consiguendo evitar el derribo de San Marcos o Santa Catalina. La madre de Blanca, María Teresa Nostench, habría destacado en la faceta pictórica, llegando a ganar varios premios por su obra, sin olvidar a otro familiar muy destacado, también con calle en Sevilla: José Amador de los Ríos, tío de Blanca y eminente arqueólogo e historiador. 

Con este ambiente intelectual en la familia, no es de extrañar, por tanto, que la enfermiza Blanca de los Ríos se dedicara a la literatura desde su infancia, siendo apodada como "La Escritora" en los colegios de monjas por los que pasó. Con apenas siete años dictaba a su hermano José los párrafos de una novela que tituló "La Estrella de Sevilla", aunque contaba que la destruyó al enterarse por su madre de que Lope de Vega se le había adelantado en título y argumento siglos antes. No cejó en su empeño, y en 1878 publicó, esta vez sí, su primera novela: "Margarita". 

A partir de ahí, nunca cesaría de escribir, de estudiar, de indagar, de publicar, tanto en el terreno lírico (usaba como seudónimo "Carolina del Boss") como en el novelístico o ensayístico, ganando justa fama como conferenciante por toda España, ocupando también lugar preferente sus investigaciones sobre Tirso de Molina o Teresa de Ávila. 

Mario Méndez Bejarano la calificó en 1925 de "Niña precoz, mujer de alto pensar y admirable decir, poetisa, novelista, investigadora, dio en su juventud flores de poesía y en su madurez óptimos frutos. La cultura española agradecerá más los últimos; nosotros, estimándolos mucho, seguimos enamorados de las primeras", mientras que su amiga Emilia Pardo Bazán la describió como: “sencilla, tímida, de endeble salud, de vasta y bien guiada instrucción, de carácter plácido que oculta una tenacidad sorprendente”

En un mundo intelectual copado por hombres, Blanca de los Ríos supo hacerse un importante hueco dentro del panorama posterior a la crisis de 1898; en 1918 funda la revista "Raza Española", al hilo del hispanismo tan en boga en aquellos momentos que impulsaba, por ejemplo, la sevillana Exposición Iberoamericana que se inauguraría, tras no pocos retrasos, en 1929.

Durante su vida, viajará con frecuencia a París y Madrid, donde se establecerá definitivamente tras contraer matrimonio con el arquitecto Vicente Lampérez; allí proseguirá colaborando en diversas revistas de la época, preocupada por la situación nacional, será discípula de Menéndez Pidal y mantendrá una estrecha amistad, como hemos mencionado, con la gran Emilia Pardo Bazán, a quien seguirá como segunda socia femenina del Ateneo de Madrid, aunque lamentablemente, al igual que Concha Espina, Carmen de Burgos o la propia Pardo Bazán, viera rechazada su candidatura (apadrinada por los hermanos Álvarez Quintero) para ingresar en la Real Academia de la Lengua. Cosas de otros tiempos.

En 1922, entrevistada por el periodista González Fiol sobre si era feminista, contestó: 

“Sí, señor. La mujer es tan apta para toda clase de disciplinas como el hombre. Lo prueba la Historia, que si en número ofrece menos reinas que reyes, en grandeza muestra más, [...] Eso no quita para que yo crea que la mujer tiene su misión peculiar. A mí no me gusta en este problema del feminismo sacar las cosas de quicio. Con todos sus derechos, me gusta que el hombre sea muy hombre; pero con los mismos derechos, la mujer, muy mujer”
 
Entre 1927 y 1929 se hará presente en la política española, ostentando el reseñable puesto de Diputada en la Asamblea Nacional del General Primo de Rivera, y también recibirá importantes condecoraciones y premios a lo largo de su extensa y dilatada trayectoria, como la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio o la Medalla al Trabajo, continuando con una ingente labor como crítica literaria y publicando y editando tras la Guerra Civil gran parte de la obra de su admirado Tirso de Molina, con tiempo incluso para divulgar aspectos poco conocidos sobre Cervantes y el Quijote o de nuevo Santa Teresa.

Hija Predilecta de Sevilla desde 1916, año en que la calle recibirá su nombre, fallecerá en la capital de España en 1956, siendo la única mujer sepultada en el Panteón de Hombres Ilustres que posee la madrileña Asociación de Escritores en la Sacramental de San Justo de Madrid. Aunque lejos de su ciudad, el nombre de Blanca de los Ríos siempre formará parte, no solo del callejero hispalense, sino de su historia literaria.

martes, 20 de julio de 2021

Santas Patronas.

No cabe duda de que nuestra catedral hispalense atesora un sinfín de obras de arte de valor innegable. De hecho, puede considerarse un auténtico museo, sin olvidar claro está su papel litúrgico como primer templo de la ciudad. Aprovechando que hemos tenido cerca la festividad de las Santas Justa y Rufina, co-patronas de Sevilla desde tiempo inmemorial, en esta ocasión nos acercaremos a una pintura bastante especial sobre ambas, más que nada por su autor y por las características con la que fue creada, algo alejadas de las convenciones del estilo barroco. Pero como siempre, vayamos por partes. 

A lo largo del primer tercio del siglo XVI la catedral de Sevilla va a experimentar profundos cambios en su fisonomía, empezando por la reforma de la torre-campanario, a la que se añadirá un nuevo cuerpo de campanas y un remate que la hara mundialmente famosa, la Giralda o veleta, y toda una serie de capillas, patios y dependencias para el normal desarrollo de la vida del Cabildo Catedralicio, órgano rector del templo. Entre estas reformas figurará la creación de la llamada Sacristía de los Cálices, situada en el testero sur del edificio y en cuya creación intervendrán maestros arquitectos de la talla de Gil de Ontañón, Diego de Riaño o Martín de Gainza, quien será quien finalmente le añada una bóveda de crucería aunando el gótico y el renacimiento en cuanto a estilos. 

Tradicionalmente, la sacristía fue empleada por los canónigos, capellanes y demás dignidades del Cabildo para orar y revestirse a la hora de participar en los diferentes oficios religiosos, aunque en la actualidad ha quedado convertida en sala de exposición que alberga obras de Zurbarán, Luis de Vargas, Alejo Fernández y Francisco de Goya.

Precisamente del genial pintor aragonés se guarda en esa sacristía un gran lienzo dedicado a Santa Justa y Rufina, lienzo que además aparece firmado en la parte inferior izquierda del cuadro dentro de un fragmento de papel con este texto: "Francisco de Goya y Lucientes, Cesaraugustano y Primer Pintor de Cámara del Rey". El hecho de la firma es toda una declaración de intenciones, dejando bien clara su intención de afirmar la autoría de la obra e incluso aludiendo a su patria chica y a su cargo en la corte española.


A la hora de concretar el encargo, jugó un papel fundamental Agustín Ceán Bermúdez, historiador y amigo personal del pintor; ambos visitaron la catedral en septiembre de 1817. Goya, que ya había estado en Sevilla en 1793 y en 1796, había sido recientemente procesado por la Inquisición a cuenta de su Maja Desnuda (1815), se hallaba en plena madurez artística cuando recibe el encargo del Cabildo de la Catedral, de hecho acababa de publicar su famosa serie de estampas sobre la Tauromaquia y en pocos años iniciaría una deriva artística hacia un estilo más sombrío y oscuro que culminaría con las llamadas Pinturas Negras. Como curiosidad, durante su estancia en Sevilla Goya midió el espacio donde se colgaría su pintura, teniendo en cuenta la luz, las distancias del espectador y la perspectiva; se hospedó en el domicilio de otro pintor, poco conocido pero importante en su época: José María Arango, quien llegó a ostentar el cargo de Director de la Academia de Bellas Artes y a quien Goya regalará un retrato realizado por él.


Es tradicionalmente sabido que el martirio de Justa y Rufina tuvo lugar en la Hispalis romana allá a finales del siglo III, en tiempos del emperador Diocleciano y que fue debido a la negativa por ambas hermanas, nacidas en el barrio de Triana según la misma leyenda que sostiene que ambas eran alfareras, de adorar a la diosa Salambó durante su procesión (se ve que a los hispalenses ya les gustaban las procesiones en aquellos tiempos). A la negativa se unió el hecho de destrozar la imagen de la diosa tras dejarla caer de sus andas, crimen sacrílego por el que fueron encarceladas (se conservan las Santas Cárceles en los subterráneos de los Salesianos de la Trinidad), torturadas y finalmente ejecutadas. Se cuenta que el entonces obispo Sabino recogió ambos cuerpos y les dio cristiana sepultura en lo que se dio en llamar el Prado de Santa Justa que dio nombre a la actual estación ferroviaria.

Precisamente como mártires las representa Goya en su pintura, portando en sus manos las hojas de palma, símbolo clásico de la victoria, por no hablar de la efigie de un dios despedazada en el suelo, el león que lame sumiso el pie de una de las santas y la abundancia de loza y cerámica en alusión clara a la profesión de ambas santas. Alejándose de escenografías amables, el pintor sitúa la escena en un ambiente sombrío y lluvioso, con abundancia de tonos negros, blancos y azules, oscuridad que acentúa el dramatismo de la escena, situada al aire libre y con vaga similitud al estilo del Greco. Como contraste, Justa y Rufina alzan la mirada al cielo desde donde reciben dos haces de luz que iluminan sus rostros, a manera de mensaje divino. De fondo, apenas esbozada, la Giralda recuerda el protagonismo milagroso de las dos santas durante el terremoto de 1504 cuando según las crónicas la torre se salvó gracias a la intervención milagrosa de ambas. 

La obra quedó finalizada a finales de 1817, ya que en enero de 1818 Ceán Bermúdez relataba que el cuadro había sido entregado previo pago de los acordados 28.000 reales por parte de los canónigos sevillanos, una cantidad bastante generosa todo hay que decirlo y que parte de la ciudad había quedado vivamente impresionada por la obra, mientras que la otra no terminó de aceptar la composición ni el estilo, dándose la circunstancia de que incluso surgieron falsos rumores, auspiciados quizá por otros artistas, de que las modelos empleadas por el genio de Fuendetodos eran dos prostitutas madrileñas, llamadas Ramona y Sabina; incluso el viajero romántico Richard Ford llegó a hacerse eco del bulo (o "fake new", en nuestros días). Mide el lienzo 3 metros de altura y 1,80 de ancho.

El profesor Hernández Díaz, toda una eminencia en el ámbito de la Historia del Arte, escribió sobre esta pintura allá por 1946:

Goya, consecuente con su propia trayectoria artística y espiritual, buscó el símbolo imprescindible a todo lo religioso en los accesorios de la composición, representando, en cambio, las figuras con toda la fuerza expresiva que la interpretación clara y distinta del natural requiere y con el máximo sentido ascético que le fué posible conseguir.

 Resaltar que la pintura estuvo durante mucho tiempo situada en uno de los laterales de la sacristía, ya que el altar principal lo presidió el Cristo de la Clemencia o de los Cálices, venido a esta zona de la catedral procedente de la Cartuja de Santa María de las Cuevas en 1836 tras la Desamortización de aquel Monasterio. Igualmente, el cuadro sufrió varios desperfectos a comienzos del siglo XX durante unas labores de pintura en las que resultó manchado, siendo restaurado en dos ocasiones en los talleres de restauración del madrileño Museo del Prado en los años de 1977 y 2001. Indicar que en 1992 el Cristo de los Cálices fue trasladado a su actual ubicación de la Capilla de San Andrés en la Catedral, lo que sirvió para que nuestras Santas Patronas volvieran a su lugar inicial, presidendo la sacristía.

 

 


lunes, 12 de julio de 2021

Manolito.

 

Desde prácticamente siempre, nuestra ciudad ha generado toda una serie de tipos o personajes muy concretos, a medio camino entre lo entrañable y lo picaresco; en alguna ocasión ya ha paseado por estas páginas el Loco Amaro, sin que pueda olvidarse al casi bufonesco "Bizco Pardal" o soslayarse la figura simpática y bonachona de "Antoñito Procesiones", las rondas nocturnas sorteando automóviles de "Vicente el del Canasto" o más recientemente la pareja formada por Juan Joya y Antonio Rivero, o lo que es lo mismo, el "Risitas" y el "Peíto" que tanta fama mediática alcanzaron con Jesús Quintero en sus programas televisivos. 

A caballo entre el siglo XVIII y el XIX, vivió en Sevilla otro individuo digno de haber aparecido estelarmente en los actuales medios de comunicación por su capacidad para el relato y la exageración. El Deán López Cepero y también Manuel Chaves Rey han dejado detalles sobre la curiosa biografía de Manuel Gázquez, o mejor dicho, Manolito Gázquez, que fue como mejor se le conoció y como se hizo popular en su época. 

 
Había nacido a mediados del siglo XVIII y tenido una infancia difícil y llena de penurias, con muchas privaciones. Tras no pocas vicisitudes, logró establecer su propio negocio, una tienda de lámparas de aceite hechas de cobre ("velones") realizadas por él mismo de manera artesanal, situada en la entonces calle Gallegos, actual Sagasta. Del mismo modo, contrajó matrimonio con Teresa, una joven de menor edad que la suya no exenta de gracia y belleza al decir de sus contemporáneos. Su tienda y taller no tardó en convertirse en punto de reunión para tertulias y charlas para clientes y parroquianos, donde Gázquez era protagonista por sus opiniones y chanzas, siempre cercanas al embuste o la onomatopeya, pero siempre también eludiendo temas obscenos o escabrosos, todo hay que decirlo.

Manolito era de baja estatura, grueso y mofletudo, y tras su rostro siempre amable y sonriente se dejaba ver en parte su carácter, como veremos. Pero a mayor abundamiento, demos voz al Deán López Cepero, que lo trató durante años, para que lo describa con su fina prosa: 

"Gázquez conservó siempre cabal su dentadura, vivos los ojos y más agraciado el semblante de lo que sus años permitían, porque era tal su robustez y grosura, que las arrugas no habían podido desfigurarle, y así es que mientras no hablaba, lejos de excitar el ridículo tenía un aspecto a todas luces venerable. Era graciosamente balbuciente, aunque sin tartamudear, pero no hallando su fantasía, por falta de instrucción, medios de expresar lo que concebía, ni manera de referir las cosas maravillosas que se figuraba, adquirió fama de embustero, siendo así que nada era más ajeno a su carácter que la mentira."

Aficionado fiel a los toros, apoyó fervientemente como partidario al diestro Pepe Illo, de quien fue amigo personal y a quien llamaba "Señor Pepe"; se cuenta que incluso intentaba aconsejarle a grandes voces durante la lidia desde su localidad en el tendido, sin que sepamos a ciencia cierta si el matador seguía las recomendaciones, o si sufría las consabidas "broncas" por cómo había hecho tal o cual suerte en el ruedo.

Igualmente, como buen sevillano de su tiempo, era gran devoto de los Rosarios Públicos, tan en boga en aquellos años, en los que tomaba parte con especial protagonismo, dado su virtuosismo con el fagot o piporro, aunque Manolito, con su peculiar pronunciación lo llamaba "Pimpoddo". Haciendo alarde de su capacidad como músico, circulaba esta anécdota, contada presumiblemente por él mismo y fruto de su inagotable imaginación: 

"En cierta ocasión -dijo-, quise pasmar a Roma y al Padre Santo. Para ello entré en da iglesia de San Pedro un día del Santo Patrón el primer Apóstol. Allí estaba el Papa y dos cardenales, y ciento cincuenta y cinco obispos, y toda la cristiandad. Tocaban veinte órganos y muchos instrumentos, y más de mil pitos y flautas, y entonaban el Pange linguae dos mil y cincuenta voces. Llega don Manolito con su casaca (iba yo de corto) y me pongo detrás de una columna que hay a la entrada por Oriente, así conforme se entra a mano derecha, y cuando más bullicio había, meto un "pimpoddazo" y toda aquella algazara calló y la iglesia hizo bum, bum a este lado y al otro como para caerse. A poco siguió la función, creyendo el Consistorio que el terremoto había pasado, y entonces meto otro "pimpoddazo" de mis mayúsculos, y la gente se asusta, y el Papa dijo al punto: «O el templo se viene abajo, o Manolito Gázquez está en Roma tocando el pimporro.» Salieron a buscarme, pero yo tenía que hacer, y me vine a Sevilla para ir al rosario."

José Rico Cejudo (1864-1939): Preparando el Rosario. 1922.

Como comentábamos no hace mucho, frecuentó el famoso Puesto de Aguas de Tomares, situado al pie del Puente de Barcas frente a Triana; analfabeto como era (aunque afirmaba que si supiera leer sería más sabio que Séneca) promovía la lectura "comunitaria" de la madrileña Gaceta, abonando una moneda como lo demás oyentes a un "lector", gracias a lo cual se convirtió en todo un analista de las estrategias y tácticas de Napoleón, invicto entonces en los diferentes campos de batalla europeos. Detalle a tener en cuenta, en aquellos años primeros del XIX llegaban a Sevilla desde Madrid únicamente cinco ejemplares del citado "rotativo". 

Serafín Estébanez Calderón, en sus "Escenas Andaluzas" de 1847, lo retrató como un auténtico "opinador" de su tiempo, ya que eran muchos los que acudían a la antedicha tienda a escucharle valorare los más variados temas de política, toros, religión e incluso esgrima, como cuando en cierta ocasión presumió de evitar mojarse durante un temporal gracias a las estocadas que fue dando por la calle cortando a la propia lluvia. Ni que decir tiene que su fama y sus "historias" sobrepasaron a su propio protagonista, atribuyéndosele chanzas o cuentos que en modo alguno salieron de sus labios, baste decir que en 1855 se publicó la comedia en verso "Manolito Gázquez", obra del dramaturgo Mariano Pina, en la que aparece como protagonista absoluto con sus exageraciones en compañía de su mujer, Teresa y del Tío Fatigas.

Para fortuna, o para desgracia suya, Manolito Gázquez falleció en Sevilla, víctima de una enfermedad pulmonar en abril de 1808, apenas un mes antes de los sucesos del Dos de Mayo de Madrid y del inicio de la Guerra de Independencia contra Francia. A buen seguro, que como patriota convencido habría sido el mejor narrador de la contienda y quizá, quien sabe, uno de sus más gloriosos héroes, eso sí, siempre desde su particular visión de la realidad...