En esta ocasión, en Hispalensia y siempre "por la sombrita", vamos a trasladarnos para descubrir una calle en pleno barrio de la Judería, muy vinculada al Martes Santo, donde se dice hay una casa en la que durmió un rey y que incluso conserva, en sus entrañas, testimonio funerario de épocas pasadas; pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Partimos de la base de que su nacimiento como calle tuvo que ver con el hecho de surgir como vía paralela e interior a la muralla almohade, pues extiende sus extremos entre dos plazas: desde la de los Refinadores (donde el monumento a Don Juan Tenorio) a la de los Curtidores, no lejos de la parroquia de San Bartolomé. Por esta circunstancia, recibirá el nombre (poco original por otra parte) de Muro, Muro de la Carne o Muro de la Puerta de la Carne, hasta que con el derribo del mencionado lienzo de muralla en el siglo XIX pasó a llamarse Calle del Retiro, quizá por asimilación con la cercana Huerta del Retiro, zona ocupada ahora por los actuales Jardines de Murillo, creados a comienzos del XX.
"No soy sevillano. Pero aquí, en esta ciudad, he pasado toda mi vida. Sevillana es la mujer cuya hermosura hechiza mis ojos y cuya virtud enamora mi alma. Sevillano es mi hijo, consuelo de todos mis dolores. Sevillana es la tierra que guarda las cenizas de mis padres. No soy sevillano, pero merezco serlo; siquiera porque he dedicado toda mi actividad y toda mi inteligencia, en trabajo tan rudo como estéril, a ensalzar, en desapacibles, pero entusiastas himnos, todo cuanto en Sevilla fue, todo lo que yace en el olvido, todo su pasado. Más generoso que amar a los vivos es amar a los muertos. Y a los muertos sevillanos he consagrado amor invencible."
Seguimos hablando de arquitectura: sería pecado no destacar el número 1 de la calle que comentamos, ejecutado bajo planos de Aníbal González: la Casa Prieto, construida entre 1915 y 1919 y de la que destaca, aparte del habitual uso del ladrillo, la cerámica y la forja, su magnífica balconera acristalada o "cierro", que sobresale casi como un espigón en la esquina y se sostiene por un dinámico juego de ménsulas o apoyos en forma de "S" realizados en forja. Del mismo modo, destaca su interior, con un precioso patio de columnas en torno al cual se articula la distribución de los diferentes espacios, todo ello en un momento en el que triunfa el estilo regionalista amparado por las élites culturales y políticas de la ciudad que aguardaban la Exposición Iberoamericana como "agua de mayo", dentro de su regeneracionismo.
Por cierto, si al comienzo mencionábamos el pasado judío de este sector, habría que resaltar su importancia como cementerio hebreo, algo que puede comprobarse in situ si bajamos hacia el parking cuya entrada se encuentra casi al lado del arranque del cercano Paseo de Catalina de Ribera. Una vez usado el acceso peatonal, sorteando con cuidado el tráfico, encontraremos, junto a la plaza de aparcamiento número 63 una tumba que permanece intacta en su ubicación original y que fue hallada, junto con otras, durante la excavación arqueológica dirigida por Isabel Santana en 1992; del denominado tipo "lucillo", datable entre el siglo XIII y el XV y orientación oeste-este, está configurada por varias hiladas de ladrillo y rematada por una bóveda de medio cañón compactada con arcilla y a veces con cascotes. Al parecer, se hallaron restos de clavos o puntillas, señal del uso de ataúdes de madera.
Terminamos, y lo hacemos mencionando el número 7 de la calle, ahora restaurado y perteneciente al siglo XVII:la tradición popular marca que el azulejo que corona su fachada (del siglo XVIII), con la imagen del Rey San Fernando alude a que el monarca castellano durmió en este inmueble, entonces posada, la noche antes de su entrada en Sevilla allá por 1248. En uno de sus bajos comerciales se aloja un célebre puesto de "calentitos", fundado antes de 1860 y que durante un tiempo combinó esta actividad con la venta de joyería realizada en ámbar, justo al lado del conocido restaurante Modesto, con raíces en la onubense Villalba del Alcor y que va ya por la tercera generación al frente de sus fogones; en definitiva, calle antigua y moderna a la vez, que cada noche de Martes Santo luce como nunca al paso de la Hermandad de la Candelaria tras su paso por los Jardines de Murillo, en un itinerario que ha cumplido ya cien años, pero esa, esa ya es harina de otro costal.













































