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15 junio, 2026

Como la seda.

Con forma de ángulo recto, alejada del bullicio del centro, apenas más que transitada por sus vecinos, próxima a uno de los conventos de clausura más ricos e importantes de Sevilla, en esta ocasión nos vamos a conocer mejor una calle vinculada a un gremio que tuvo una enorme influencia en la ciudad y que, por desgracia, desapareció; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

A tiro de piedra del centenario convento de San Clemente, la calle Arte de la Seda recibió en principio los apelativos de Peral, Arquillo de San Clemente o Compás Viejo de San Clemente, desembocando el tramo más corto a Santa Clara (surgido tras la parcelación de una serie de huertas en el siglo XIV) y el más largo a Lumbreras, tras otra operación similar en torno al año 1500, fruto todo ello quizá, de la expansión urbanística que tenía lugar por aquel entonces en Sevilla, siempre dentro del perímetro amurallado. En 1845 fue rotulada como calle Arte y posteriormente, en 1935 Arte de la Seda. 

Plano de Olavide, año 1771.

El nombre final, el que ha llegado hasta nosotros, se debe, como veremos, a que en esta calle tuvo su casa el gremio o Arte de la Seda, en la que se acopiaban las diferentes piezas de tela una vez terminadas; como corporación, fue heredera del saber musulmán en cuanto a la cría de gusanos de seda y el posterior aprovechamiento de los hilos producidos por éstos como paso previo a su conversión en capullo y mariposa, una compleja y delicada técnica que nació allá por el 2700 a. C. en la lejana China. Las manufacturas sederas sevillanas gozaron de justa fama a lo largo de la Edad Media, prueba de ello es su ubicación en la llamada Alcaicería de la Seda, creada en el año 1196 por el califa Yacub Yusuf y que se asentó en el sector de las calles Hernando Colón y adyacentes, mientra que su Hospital, bajo la advocación de San Onofre, radicó en la calle Santa Ana, en el barrio de San Lorenzo. El comercio con las Indias marcará la edad de oro de los telares sevillanos, habida cuenta también la gran demanda de este tipo de productos por parte de las clases altas y la Iglesia.

Todavía en 1780, según Álvarez Benavides, se contabilizaban doce mil telares en Sevilla, que daban trabajo a cientos de aprendices, oficiales y maestros, sin olvidar la enorme cantidad de personas que criaban gusanos en sus hogares (algo que aún hoy realizan muchos niños cuando llega el mes de marzo) conformando una industria que no tuvo competencia y gozó del privilegio de poder trabajar en la misma calle con la prohibición de que los viandantes molestasen a los operarios bajo severas penas. Por cierto, tuvo siempre este gremio fama de aguerrido, pues miembros del mismo, protagonizaron en gran parte la famosa sublevación del año 1652, en la que, al grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno", muchos se alzaron en armas contra las autoridades por la subida de precios y el encarecimiento del pan, revuelta popular duramente reprimida con la condena y ejecución de sus principales cabecillas.

Ejemplo del auge de la seda hispalense, en la cercana calle Hombre de Piedra se contaba con un establecimiento que llegó a albergar más de seiscientos trabajadores, además de contar con capellán propio, farmacéutico, médico y un sin fin de dependencias. Como detalle urbano, el gremio se asentó en el sector norte de la ciudad, sobre todo en las collaciones de San Marcos, San Gil, San Lorenzo o Santa Marina, lo que motivaría, en el siglo XVII, que oficiales del arte de la seda ingresasen como cofrades en la Hermandad de la Piedad radicada entonces en aquella parroquia, comenzando con ello una etapa de cierto esplendor que culminará a principios del siglo XIX, quizá debido precisamente a la extinción de toda la estructura gremial auspiciada por la corona; como "canto del cisne", haya que mencionar que el gremio se encargó de costear el arco de triunfo erigido en la Puerta de Triana en honor a la reina Isabel de Braganza, esposa de Fernando VII en septiembre de 1816. 

Epidemias como la Peste de 1649, que diezmaron a la población eliminando tanta mano de obra que solo quedaron sesenta telares operativos, más la llegada de tejidos extranjeros, con precios más ventajosos, unidas al retraso tecnológico y las cargas fiscales, provocaron el declive del Arte de la Seda, sobreviviendo apenas unas docenas de telares en el siglo XIX, muy perjudicados por la proliferación de plagas que afectaban al gusano de seda; aunque hubo algún intento loable por revitalizar esta industria a comienzos del siglo XX lo cierto es que poco a poco los telares dejaron de funcionar perdiéndose su sonido característico. 

Foto Reyes de Escalona. 

En el número 13 de la calle que nos ocupa se habría edificado a la antes aludida Casa del Arte, lugar donde se efectuaba el plegado de las telas y demás tareas del gremio, y que poseyó incluso capilla propia, permaneciendo en pie hasta bien entrado el siglo XIX; en nuestros días, dicho solar es ocupado por la trasera de un moderno edificio cuya fachada da a la paralela calle Torneo.

Merece la pena que relatemos que, allá por finales del XVIII ocupaba el cargo de Oidor de la Real Audiencia el granadino Francisco Bruna (apodado popularmente "el Señor del Gran Poder" por su gran influencia en asuntos políticos y culturales) quien había adquirido la costumbre de dar largos paseos en solitario al atardecer, recorriendo lo que sería ahora la Ronda Histórica; una noche, regresando a su domicilio a la calle de la Muela (ahora O´Donnell) al pasar por una solitaria calle del Arte de la Seda se le aproximó un individuo mal vestido y de peor catadura que, embozado y de manera sigilosa le hizo entrega de un doblado pliego de papel a su nombre, con las iniciales "D. C." en el remitente. Llegado a su casa, Bruna abrió la misiva y en ella, en una cuartilla de tosco papel, con mala caligrafía, pudo leer: 

«Sr. D. Francisco: sé que Vd. me persigue  como el perro persigue al gato y como el gato al ratón. El ganarse la vida como yo me la gano y como Vd. se la gana, son los destinos de los hombres, pues cada uno ha nacido con su estrella, y querer pelear con el sino de las criaturas es cosa que ninguna de los dos podemos evitar. Esta tarde he podido matar a Vd., con cuyo asesinato no hubiera hecho más que lo que debe hacer toda persona sentenciada a muerte por Vd., como yo, lo estoy, pero quiero demostrarle que si mi desgracia me echó al camino, alivio algunas penas con el dinero de los ricos, pero no asesino a nadie ni lo rodeo de traidores que lo vendan como Vd. me tiene rodeado y yo me veo obligado a enfriarles la cabeza y pararles lo pies con una bala de retaco*. 

Sé también que ha pregonado mi cabeza en treinta y una onzas de oro y como yo la aprecio en mucho más, dentro de poco tendré el gusto de llevarme esos cuartos para que la Audiencia duplique la cantidad.- Diego Corrientes.»

Ni que decir tiene que este suceso, a medio camino entre la realidad y la leyenda, no hizo sino alimentar la proverbial rivalidad surgida entre el Oidor y el bandolero, de la que ya hablamos cuando repasamos la antigua calle de la Muela y, en cualquier caso, se supone que haría que Bruna dejase de transitar de noche por calles vacías.

Foto Reyes de Escalona. 

Con predominio de viviendas junto con los inevitables apartamentos turísticos, el único edificio reseñable desde el punto de vista artístico, es una antigua central eléctrica de la Catalana de Gas y Electricidad; de estilo neomudéjar y en el número 6, pertenece a una serie de edificios de este tipo diseñada por el arquitecto Antonio Arévalo entre 1914 y 1916, con arcos de herradura, ladrillo y azulejería. Del mismo modo, en el número 17 pervive una antigua casa vecinal con patio en cuyo fondo se puede encontrar todavía un castizo azulejo de una de las grandes devociones del barrio: la Virgen del Carmen de Calatrava, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

*Retaco: escopeta corta muy reforzada en la recámara.

Foto Reyes de Escalona. 






07 noviembre, 2022

La calle de la Muela.

En esta ocasión, dentro de nuestros recorridos callejeros por Sevilla, le va a tocar el turno a una vía en la que vivieron escultores y gente poderosa, donde la vida de la ciudad latía en sus cafés y casinos y donde incluso un bandolero famoso se las tuvo con su más tenaz perseguidor, pero como siempre, vayamos por partes. 

Desde la Plaza de la Magdalena hasta la de la Campana, O´Donnell se denomina así desde 1860 en honor al general Leopoldo O´Donnell, figura militar y política del siglo XIX español, aunque el nombre que más aparece a lo largo de su historia es uno bastante peculiar: calle de la Muela. ¿Por qué? Según el historiador Santiago Montoto, la denominación, de la que se tienen noticias ya desde tiempos medievales, habría tenido que ver con una piedra de amolar, o sea, una piedra para moler el trigo que habría sido colocada como protección en los bajos de la fachada de una de las casas a la entrada de la calle. Además, el otro tramo, hasta llegar a la Magdalena, tomó el nombre de un linaje nobiliario, el de los Martín Cerón o Martín Hernández Cerón, caballeros afincados en Sevilla desde el siglo XV, aunque finalmente será el nombre de la Muela el que se extienda a toda la vía. 

Estrecha e incómoda para viandantes y carruajes, en el siglo XIX experimentó diversos cambios en su fisonomía para hacerla más transitable, sobre todo teniendo en cuenta que fue en su tiempo uno de los lugares de ocio más destacado, debido especialmente a la presencia de diversos establecimientos recreativos y casinos como el Café París, el Centro Liberal Conservador o el Nuevo Casino, conocido popularmente como "La Fiambrera" (luego Bar Flor) que aglutinaba a miembros del partido conservador y que llegó a ser incendiado en agosto de 1932 tras el fallido intento de golpe de estado del genera Sanjurjo durante la II República.

Tampoco faltaron teatros, como el regentado en el XVIII por la actriz Ana Sciomeri o el Teatro Cómico, o Teatro Principal (al que acudieron personajes históricos tan importantes como el general Riego o el mismo Rey Intruso José Bonaparte) y que fue escenario, nunca mejor dicho, de numerosas representaciones, pese a la feroz oposición de la Iglesia, cuyos predicadores incluso pidieron su demolición si la ciudad deseaba librarse de la epidemia de Fiebre Amarilla de 1800, hasta que se decretó su derribo en 1866 para dar paso a un edificio donde tiempo después estuvo el cine Palacio Central, ahora tienda de moda. El final del siglo XIX y el primer tercio del XX fue la época de oro de los llamados "cafés cantantes", algunos de los cuales radicaron en O´Donnell, como el Kursaal; quizá por eso, un monumento recuerda en la calle a Pastora Rojas Monge "Pastora Imperio", bailaora sevillana nacida en la Alfalfa y que tantos triunfos cosechó en esta calle.

Foto: Reyes de Escalona.

Además, se tiene constancia de talleres de imprenta como el de Alonso Rodríguez Gamarra en el siglo XVII o cómo una placa recuerda que en esta antigua calle de la Muela tuvo su vivienda el gran escultor e imaginero Juan Martínez Montañés, quien fallecería en junio de 1649 durante la terrible epidemia de peste que asoló Sevilla en aquel año. Como curiosidad, su viuda, declaró en 1655 que había dado orden de sepultar a su marido en la parroquia de la Magdalena, actualmente desaparecida en la misma plaza; la placa que recuerda este enterramiento ha sido repuesta por el hotel que la retiró durante sus obras de remodelación, aunque ni se ha instalado en el emplazamiento original ni con toda la decoración que poseía, cosas de estos tiempos.

Entre los palacios desaparecidos en la calle destaca el de la familia Concha y Sierra, ahora lugar para un edificio con el pasaje Manuel Alonso Vicedo que desemboca a la calle San Eloy y el ocupado por un ilustre (e ilustrado) vecino: el "Señor del Gran Poder", o mejor dicho, Francisco de Bruna y Ahumada, nacido en Granada en 1719 y que fue apodado así por el pueblo de Sevilla debido a su enorme influencia en la vida política y cultural de la ciudad durante su etapa como Oidor de la Real Audiencia, siendo, por ejemplo uno de los promotores del inicio de las excavaciones arqueológicas en Itálica, junto a Santiponce.

Por si fuera poco, Bruna anduvo empeñado en erradicar la lacra del bandolerismo en la región, muy temida por la inseguridad generada en los caminos,  y que tenía como principal cabecilla al utrerano Diego Corrientes, con quien mantuvo una tremenda rivalidad y algún que otro encuentro desafortunado, como cuando ambos se encontraron frente a frente y Corrientes obligó a Bruna, apuntándole con su arma, a que le abrochara sus borceguíes, afrenta que el Oidor nunca le perdonaría y haría que incrementase su empeño en capturarlo, decidiendo ofrecer recompensas y gratificaciones a quienes dieran señal del paradero del apodado "bandido generoso". Pero mejor, dejemos que sea Álvarez Benavides, allá por 1874, quien narre un incidente de allá por 1780:

"Se cuenta que hallándose pregonado este bandido tan audaz como temerario, y habiéndose ofrecido diez mil reales a la persona que lo entregara a las autoridades, se presentó un hombre en la casa del Sr. de Bruna solicitándole una audiencia de importancia. Entonces vivía en la calle de la Muela, hoy O´Donnell número 29. Admitido que fue, medió entre ambos el diálogo siguiente:

- ¿Es cierto, señor, dijo el recién llegado, que se darán diez mil reales a la persona que consiga entregar al ladrón Diego Corrientes?

- Verdad es, contestó Bruna frunciendo el entrecejo.

- ¿Y si yo lo presentara, no habría dificultad en darme ese dinero?

- ¡Ninguna! ¡En el acto!, afirmó el grave consejero de estado reclinándose sobre su poltrona.

- Pues vengan acá esos cuartos.

- ¡Cómo! ¡Sin entregar al agresor!

- Yo soy Diego Corrientes, exclamó el desconocido, amartillando dos pistolas. Los diez mil reales, ¡Y pronto!

Todo fue obra de cortos momentos; el señor de Bruna puso en manos del forajido los mil escudos, en relumbrantes onzas de Carlos III, y entonces Diego haciéndole un profundo saludo tomó la puerta; montó en un brioso caballo que dejó preparado en la plaza de la Leña, hoy calle de Itálica, y desapareció dejando absorta a la primera autoridad judicial de Sevilla".

Tras ser capturado, Diego Corrientes sería ajusticiado en poco claras circunstancias jurídicas en 1781 en Sevilla, mientras Bruna dedicó también sus esfuerzos en reunir una ingente colección de obras de arte y bibliográficas, como recogió Chaves y Rey del relato de Leandro Fernández de Moratín, entre las que destacaban primeras ediciones, incunables, manuscritos y una larga colección numismática, eso sin mencionar cerámicas, platería o pintura de épocas antiguas. Lo que son las cosas, el sobrenombre de "Señor del Gran Poder" de poco le sirvió cuando hubo de confinarse en el lazareto que le correspondía durante la epidemia de Fiebre Amarilla antes aludida, de hecho, hubo de claudicar ante la Junta de Sanidad creada al efecto aun cuando él pretendía evitar el confinamiento dada su condición de poderoso gobernante. El pueblo llano, siempre rápido y al quite en este tipo de asuntos, sentenció con una copla que corrió de boca en boca en aquel año 1800:

"El Señor del Gran Poder

se ha vuelto de la Humildad;

este milagro lo ha hecho

la Junta de Sanidad."

Mención aparte merece la convivencia en la misma calle de conventos y beaterios de diferentes órdenes religiosas con actividades no tan santas, como reflejaba en 1897, un año antes del ensanche experimentado en un tramo, el diario sevillano La Andalucía: 

"Es verdaderamente escandaloso lo que ocurre en la calle O´Donnell con las mujeres de vida airada (sic). Desde poco después de las nueve comienzan a aparecer, y ya no abandonan aquel lugar de sus recreaciones, hasta que concluyen los teatros.

Especialmente en la esquina de la calle Olavide, hay siempre un montón de estas desdichadas, a las que la autoridad debe hacer retirar, porque constituyen con sus dichos obscenos un lunar feísimo para vía tan concurrida de la ciudad". 

 

Anuncio de 1919.

Espacio tradicional para el comercio de toda la vida, peatonalizada totalmente en 2005, la calle O´Donnell ha visto modificado su perfil comercial con la invasión de nuevas tiendas y franquicias, desapareciendo con los años la famosa Pescadería de Málaga, los Almacenes La Exposición, la Casa Singer de máquinas de coser, los Almacenes Santos (afortunadamente se conserva aún la casa palacio del XVIII), la popular Casa sin Balcones (aún con su reloj detenido en el tiempo), o la Joyería de Félix Pozo, la última en caer, mientras pervive la Farmacia de Gaviño, fundada en 1930 o el bufete Ruiz-Berdejo, últimos supervivientes de un tiempo pasado en el que el comercio tradicional se adueñó de la calle, pero esa, esa ya es otra historia... 

Anuncio de 1961.