jueves, 31 de marzo de 2011

Tribunas...

Solazábamos una mañana con el buen tiempo reinante en aquesta ciudad cuando, movidos por mala curiosidad, nos acercamos a contemplar unas extrañas estructuras de fierro que fornidos mozos componían con presteza y diligencia en la Plaza cabe dónde estuvo el Convento Casa Grande de San Francisco.

La curiosidad dio paso al merodeo y de éste pasóse al fisgoneo, toda vez que ignorábamos la utilidad de aquellas estructuras tan bien compuestas, ordenadas y alineadas que dejaban una especie de calle central y se elevaban en forma de graderío o tablado.

Item más, no eran pocos los conciudadanos que se arrimaban a ellas con semblante felicísimo y admirativo comentando tal o cual detalle pese a ser sólo eso, metal y madera, y además de lo más humilde y sencillo que hallarse pueda. No faltaban quienes, incluso, sacaban bocetos e imágenes de aquel andamiaje gracias a curiosas y diminutas maquinarias, simulacros de muy gran parecido al original y ejecutados sin ayuda de pincel o carboncillo, lo que nos maravilló en demasía…

Nos preguntamos: “¿Acaso el Santo Oficio convoca a Auto de Fe?”

No habíamos oído pregón alguno, ni se habían pegado las habituales convocatorias; de tan enojoso dilema nos sacó cierta dama que por nuestro lado acertó a pasar, bien atildada y con sumo gusto vestida, la que nos aclaró con hispalense donosura que hacía tiempo esta plaza no era escenario de tales autos y que agora  herejes, bígamos, blasfemos, usureros, sodomitas, brujos, hechiceros y clérigos acusados de deslices contra natura no eran acusados ni mortificados por el Santo Tribunal, antes bien, eran cosa del común, de lo cual nos escandalizamos no poco.



De tal manera que, solventado el entuerto y perdida la vergüenza, osamos preguntar a los antedichos mozos y éstos nos contestaron que andaban componiendo los “palcos”, palabra que al parecer es ahora la que define la forma y manera en la que los hispalenses pudientes prefieren contemplar el paso de las cofradías en las fechas de la Semana Santa, ya que en aquel lugar rivalizaban en lucimiento y gallardía tanto unos como otros. Y que en aquestas tribunas toman asiento los Regidores de la Ciudad haciendo uso de sus mejores galas, aunque haya algún que otro Regidor que por su ateísmo prefiere no hacer acto de presencia, lo que también nos escandalizó no poco.

Y todo ello nos sorprendió sobremanera, empero no era habitual en nuestra época sino el acudir a presenciar el devoto transitar de las hermandades en lugar cualquiera, al albur, y ver como incluso en cruces de calles producíanse no pocas pendencias por mor del derecho a pasar una cruz ante otra, con profusión de  desmanes, desvaríos y cirios maltrechos, que la Autoridad no solía atajar debidamente. Ya lo afirmaba cierto refrán de mi siglo: “Ni fía, ni porfía, ni cuestión con cofradía”.

Habida cuenta todo lo dicho, decidimos no hacer uso de los dichos Palcos, y que cuándo llegasen tan gozosas fechas resolveríamos como la Providencia nos designase.



viernes, 25 de marzo de 2011

Primeras andanzas.

No bien terminé de abrir los ojos, abandoné presto el que había sido mi lugar de reposo mortal durante tantos años y aún centurias. Dejé a un lado la collación de Santa Catalina, reconociendo establecimientos de mi época como cierto Rinconcillo o incluso la Posada del Lucero (muy truncada en su aspecto) y víme rodeado de extrañas maquinarias que solas movíanse y aturdido en extremo por el enorme griterío y ruido que envolvía todo, halléme sumido entre amasijo de extrañas maderas con elevadas formas y fornidas estructuras, que se entrelazaban con perfecta simetría y que, empero, provocaron en mí tal desasosiego, que pensé hallábame sobre tierras extrañas allende los mares o que el Creador había determinado, en sus inescrutables designios, remitirme al Averno sin siquiera pasar por el Purgatorio, pues no reconocí en nada el lugar, de no ser por la cercanía de la Torre de San Pedro o por la Iglesia de la Casa Profesa de la Compañía.

Sosegados mis pensamientos, inquirí a los viandantes que me rodeaban y aunque asaz sorprendidos por mi vestimenta y aspecto, me narraron sucintamente las peripecias y andanzas de tan desmedido monumento que en principio juzgué extraordinario y que tras lo contado por mis conciudadanos determiné excesivo y ostentoso habida cuenta las carestías y carencias que Hispalis padece en aquestas calendas. Del eximio Convento de la Encarnación, no quedaba sino el nombre que recibía la plaza, y sobre su solar, habían pasado mercados, aparcamientos y hasta ferias (al decir de algunos), hasta que el Consistorio acordó trastocar aquel espacio y trocarlo en lo que agora pueden vislumbrar vuesas mercedes: raros puntales para una obra, que parece cosa de duendes el que no se precipite toda vez que carece de apoyos.

Llámanles algunos “Setas”, por su parecido con aquellas, otros las llaman “Adefesio”, aquellos ni las llaman por no contemplarlas, y no faltan quienes, las consideran obra magna y genial, si bien podrían haber asentado sus reales en zonas más yermas del cahiz hispalense como el Prado de Santa Justa o la Vega de Triana.

Mas como esta ciudad es voluble y caprichosa cual dama casquivana, no será de extrañar que transcurran los meses, y los años, y que, como tantos otros simulacros, éste se asiente como de los principales y hasta vengan de tierras lejanas para contemplarlo. Bien decía aquel: "Cosas veredes, amigo Sancho".