23 mayo, 2022

Aquellos libros prohibidos.

En la muy católica Sevilla de mediados del siglo XVI, la de las grandes procesiones y devociones, hubo secretos a voces, reuniones clandestinas y hasta tráfico internacional de ciertos objetos muy apreciados y prohibidos, sobre todo, relacionados con los aires heterodoxos que, más allá de los Pirineos, soplaban promovidos por la reforma protestante; pero como siempre, vayamos por partes.

Es sabido y conocido que la iglesia católica procuró en todo momento evitar que se filtrasen ideas contrarias a su ortodoxia, utilizando para ello todos los medios a su alcance, desde la edición del famoso Índice de Libros Prohibidos, en los que se incluían obras de autores que habían sobrepasado la "línea roja" teológica desde el punto de vista del Papado, hasta la propia Inquisición, ocupada, como hemos visto en otras ocasiones, en perseguir a criptojudaizantes y pseudocatólicos. El control eclesial, por tanto, parecía rotundo y sin fisuras, sin embargo...

La Reforma alcanzó en Sevilla, pese a todo, a gentes de la más diversa condición, no en vano, ya lo vimos hace escasas semanas cuando al tratar la historia de la céntrica calle Espíritu Santo mencionábamos al célebre doctor Constantino Ponce de la Fuente, y de pasada, a uno de los primeros propagandistas de las teorías de Lutero, el también conocido Julián Hernández. ¿De quién se trataba? 

Nacido en la vieja Castilla, sin que se sepa mucho sobre él, mozo astuto, de agudo ingenio y ferviente partidario del reformismo protestante, según algunos se había criado entre herejes en Alemania, y al parecer tenía escasa estatura, de ahí que muchos lo llamaran Julianillo, pues "su cuerpo era tan macilento, que parecía constar sólo de piel y huesos", afirmó Reinaldo González de Montes. 


Sobra decir que por aquel entonces era poco menos que inimaginable acudir a un impresor o librero sevillano y solicitarle algún volumen protestante, a menos, claro está, que el comprador quisiera dar con sus huesos en una maloliente y húmeda celda del Castillo de San Jorge; por tanto, ¿Cómo adquirir esas publicaciones bajo la severa vigilancia del Santo Oficio? Julianillo parecía tener la respuesta, pues en el año 1556 decidió abandonar Sevilla y realizar todo un viaje por los principales focos del luteranismo, como cuenta Chaves y Rey, e incluso residir por unos meses en el epicentro del movimiento calvinista: Ginebra.

No quedó ahí la cosa, pues nuestro protagonista, que contaba con los fondos monetarios proporcionados por secreta comunidad protestante hispalense, realizó acopio de cuantos libros reformistas cayeron en sus manos, sobre todo Nuevos Testamentos traducidos al castellano (entonces sólo podían leerse los textos sagrados en latín) por el doctor Juan Pérez, mientras maquinaba un sencillo plan para traerlos a España sin que levantasen sospechas. Tomando la apariencia lo que sería ahora un "transportista de mercancías por tracción animal" (un arriero, para entendernos), adquirió un recio carromato al que dotó de dos grandes y flamantes toneles vacíos, fabricados "ex profeso", que llenó con el peligroso cargamento de libros prohibidos con rumbo a Sevilla. 

Nuestro arriero fingido llegó a Sevilla en 1557; había logrado su propósito: cruzar la península ibérica sin levantar sospechas y alcanzar el anhelado destino sin incidentes dignos de mención. Grande fue la expectación levantada por su arribada entre los miembros de la comunidad protestante sevillana, quienes, con las debidas precauciones y el necesario sigilo, encaminaron sus pasos paulatinamente bien hasta el no lejano Monasterio de San Isidoro del Campo, bien a las casas del noble Juan Ponce de León o las de doña Isabel de Baena, principales focos difusores del protestantismo, para allí recibir los libros que les hubieran correspondido en el reparto. 

Para comprender cómo estaban de imbuidos en esas ideas protestantes, baste decir que según las crónicas, Juan Ponce de León solía rogar al Señor con fervor que le brindase la oportunidad de morir por esas ideas, con el detalle de que incluso cuando acudía a Misa se volvía de espaldas al altar en momento de la Consagración o que incluso no había ejecución de la Inquisición a la que no acudiera para ir familiarizándose con los suplicios y tormentos por si le tocaba el turno.

Sin embargo, un descuido u olvido hizo que la incipiente estructura reformista sevillana se viniera abajo. En diciembre de 1559 un ejemplar del libro prohibido La Imagen del Antichristo cayó en manos equivocadas. El libro en su portada: 

"Al principio traía estampado el Papa arrodillado a los pies del demonio, y decía ser impreso con licencia de los señores inquisidores... sintió luego mal del negocio y luego dio aviso dello a los señores inquisidores: olió el Julián lo que pasaba, y huyó. Los señores inquisidores se dieron tan buena maña y pusieron tal diligencia por todos los pueblos y caminos, que vinieron a prenderle en la sierra de Córdoba, junto a Adamuz". 

Como cuenta Menéndez y Pelayo en su Historia de los Heterodoxos Españoles, la denuncia anónima de alguien a cuyas manos había llegado por equivocación uno de aquellos ejemplares prohibidos, puso en marcha los engranajes del Santo Oficio, que en una fulminante operación prendió y encarceló a más de ochocientas personas de toda condición social, aunque algunos monjes de San Isidoro del Campo, como Cipriano de Valera o Casiodoro de Reina, habían conseguido poner pies en polvorosa unos días antes y lograr refugio en territorio seguro para ellos y sus ideas. 

Algo similar, como hemos visto, intentó Julianillo, pero fue finalmente detenido y conducido de nuevo a Sevilla. Entre los arrestados estaban, por ejemplo, los propios Ponce de León y la dama sevillana Isabel de Baena, cuyo domicilio era llamado por los heterodoxos "templo de la nueva luz".   

Julianillo Hernández, "Petit Julien", en ningún momento, ni en las peores fases del proceso y sus tormentos, delató a ninguno de sus correligionarios, pues ni las mejores persuasiones teológicas pudieron sacarle de sus ideas, incluso, cada vez que abandonaba la sala de interrogatorios solía cantar una coplilla: 

Vencidos van los frailes,
vencidos van;
Corridos van los lobos, 
corridos van. 

A finales de 1560 se dictaría su sentencia por parte de la Inquisición, en la que sería condenado por hereje, apóstata, contumaz y dogmatizante, subiría al cadalso amordazado para evitar que se escuchasen sus gritos contra la iglesia católica, e incluso él mismo colaboró en la colocación de los haces de leña para su propia ejecución, aunque algunos autores sostienen que finalmente calló de sus opiniones, aunque eso sí, muriendo en paz. Sus cenizas, como las de los demás condenados al fuego, fueron esparcidas sobre el Tagarete. Como detalle, la casa de Isabel de Baena fue completamente demolida hasta sus cimientos, colocado un amenazante cartel narrando lo acaecido y esparcida sal en el solar resultante como escarmiento, pero esa, esa ya es otra historia...


16 mayo, 2022

Todo un "Súperalimento"


En estas fechas calurosas, en la que el verano parece amenazarnos desde su lejanía, no está de más hablar de uno de los platos más destacados de la gastronomía an daluza y sevillana, apetecible siempre, nutritivo, fresco, con ingredientes naturales y fácil de preparar; pero como siempre, vayamos por partes.

Desde tiempos antiguos, incluso algunos se atreven a llegar a épocas de dominación romana o musulmana, los labriegos y campesinos buscaban el sustento alimenticio en los productos que ellos mismos cultivaban, de ahí que fuera habitual la preparación de gachas, sopas o potajes en los que las legumbres y verduras jugaban un papel preponderante, ya que, ni que decir tiene, la carne era prohibitiva a excepción del tocino, muy apreciado aunque utilizado en escasas ocasiones. 

Así, si a ello unimos el aprovechamiento del pan seco de días anteriores, la sal, el aceite y el vinagre, no es de extrañar que surgiese una especie de contundente y concentrada sopa fría a la que los andaluces de época medieval añadirían cualquier tipo de producto salido de la tierra, como definió Sebastián de Covarrubias allá por 1611 en su célebre Tesoro de la Lengua Castellana:

"Cierto género de migas que se haze con pan tostado y aceyte y vinagre, y algunas otras cosas que se les mezclan, con que los polvorizan. Es comida de segadores y de gente grosera."

El Descubrimiento de América, con todo lo que ello conlleva, supondrá un antes y un después para el gazpacho, ya que recibirá la exquisita aportación, en cuanto a ingredientes, de nuevas hortalizas llegadas desde el otro lado del Atlántico. Entran en escena, por ejemplo, el tomate y el pimiento, aportando sus sabores y texturas e incluso el colorido que hará fácilmente reconocible al gazpacho tradicional y actual, sin dejar en el tintero un elemento fundamental para preparar este plato: el dornillo o mortero con su correspondiente maja, de ahí el término "majao" que alude a la manera en la que se machacaban los ingredientes, entonces sin batidoras eléctricas. 


No han faltado referencias literarias para nuestro gazpacho, inncluso el buen Sancho de El Quijote afirmará que:

"Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre."

O cómo  el escritor rondeño Vicente Espinel (1550-1624) ponía estas palabras en boca del pícaro escudero protagonista de su obra Marcos de Obregón cuando viaja a Málaga pasando por Lucena y Benamejí: 

"Yo cené un muy gentil gazpacho, que cosa más sabrosa no he visto en mi vida, que tanto tienen las comidas de bueno, cuanto el estómago tiene de hambre y de necesidad. Fuera de que el aceite de aquella tierra y el vino y el vinagre es de lo mejor que hay en toda la Europa."

Sobra decir que  el gazpacho siguió durante décadas siendo la base de la dieta de andaluces y sevillanos, como bien relató un viejo conocido de este blog, el Doctor Hauser, cuando estudió en 1884 el régimen alimenticio de los campesinos sevillanos y comprobó que dicho plato estaba más que presente como almuerzo tanto en invierno como en verano y que era el sustento más habitual en los calurosos veranos para los alojados en el Hospicio Provincial de San Luis de los Franceses.

Menos serios son los interpelantes versos de Serafín Álvarez Quintero dedicados en 1888 al río Guadalquivir cuando amenazaba, como tantas veces, con desbordarse y anegar a Sevilla, de los que extraemos este fragmento publicado en la revista "Perecito" del mes de abril de aquel año:

"¿Y por qué vienes con la frente alzada,

Hecho completamente un mamarracho,

A asustar con un agua colorada,

Que se asemeja al caldo del gazpacho?

¿Por qué, Guadalquivir, si tienes visto

que de esta capital eres el dueño,

te la quieres echar ahora de listo?"

 

Poco a poco, este plato dará el salto desde ser una comida habitual para gentes humildes hasta llegar a las mesas y paladares más exigentes, conocedores del bajo contenido en grasas y del aporte en proteínas, en Sevilla será imprescindible como plato en las cartas de Ventas como las de Eritaña o Ruiz, cuya receta ha sido herencia y marca para un tipo de gazpacho ahora envasado y vendido en todo el mundo. Como detalle curioso, la propia Santa Ángela de la Cruz, al configurar la vida cotidiana de las Hermanas de la Cruz, estipulará en las Reglas o Estatutos de la Congregación que en las comidas el gazpacho sea plato predominante; por su parte, el doctor Gregorio Marañón, cita que tomamos de un interesante texto de Jesús Moreno Gómez , escribía de este modo en 1951: 

"El gazpacho, sapientísima combinación empírica de todos los simples fundamentales para una buena nutrición que, muchos siglos después, nos revelaría la ciencia de las vitaminas. La vanidad de la mente humana venía considerando el gazpacho como una especie de refresco para pobres, más o menos grato al paladar pero desprovisto de propiedades alimenticias, las gentes doctas de hace unos decenios maravillábanse de que con un plato tan liviano pudieran los segadores afanarse durante tantas horas bajo un sol canicular. Ignoraban que el instinto popular se había adelantado en muchos siglos a los profesores de dietética y que, exactamente, esta emulsión de aceite en agua fría, con el aditamento de vinagre y sal, pimiento, tomate, pan y otros ingredientes, contiene todo lo preciso para sostener a los trabajadores entregados a las más rudas labores."

Ni que decir tiene que en la actualidad el gazpacho es un plato clásico, que destaca sobre los demás en temporada estival y que en bares, tabernas y restaurantes tiene un hueco en cartas y menús, incluso chefs de reconocido prestigio mundial, como Ferrán Adrià, no han tenido tapujos en declarar que:

“El gazpacho es una obra de arte; es el mejor plato para vender la cocina española” 

Como nota anecdótica, ahora que estamos ya en vísperas de la Romería de la Virgen del Rocío, traemos a colación un simpático artículo de Celestino Fernández Ortiz publicado en mayo de 1962 en el diario "Sevilla", en el que narra con gran sentido costumbrista todo lo que rodea a los preparativos del camino de una hermandad, en concreto lo relativo al montaje de las carretas, la organización y, sobre todo: 

"Se discute sobre el "costo". No se discute el coste, sino el "costo". Las vituallas del Rocío han de ser elegidas conforme a reglas de larga experiencia. Ya se sabe que el primer día se come sobre la marcha, sin detenerse, a lomos del caballo o sobre ese breve, pero muelle salón andante que es la carreta. Por la noche -en Gelo o en Benajiar- ya será otra cosa. Se comerá caliente. Es un error la comida demasiado sólida o sustanciosa. Para vivir bien el Rocío, hay que sentirse ligero. Por eso,  el Rocío es el paraíso de las sopas y del gazpacho."

Signo de los tiempos, ahora incluso es posible degustarlo procesado, envasado y vendido en supermercados y tiendas de alimentación, pero, esa ya es otra historia, eso sí, con un buen gazpacho de por medio...

09 mayo, 2022

De ida y vuelta.

Durante buena parte de la Edad Moderna, sobre todo en los siglos XVI y XVII, fue frecuente que no pocos sevillanos decidieran buscar una mejora de sus vidas marchando a las Américas; de hecho, la documentación atesorada en el Archivo de Indias relata no pocas solicitudes para "pasar a Indias", siendo algunas aceptadas y otras denegadas o incluso con incierto y extraño final como en el caso que nos ocupa, pero como siempre, vayamos por partes. 

Lo cuenta una antigua crónica, en 1650 vivía un apacible matrimonio en el sevillano barrio de San Lorenzo. Ella, de nombre Catalina de la Peña, él, Diego Ruiz, sastre por más señas con un pequeño taller que se nutría también de pequeños encargos. Sin descendencia, ya algo maduros y de humilde condición, vivían en total armonía sin que nada ajeno turbase la paz de aquel hogar. Sin embargo, poco a poco, en la fértil mente del sastre estaba surgiendo una idea alimentada por las animadas charlas y comentarios con amigos y compañeros de taberna, unida al ferviente deseo de lograr fortuna de manera rápida y con escaso trabajo, aunque para ello fuera necesario cruzar el Océano Atlántico con todos los peligros y riesgos que ello suponía.

Un día, Diego tomó la decisión en firme. Marcharía a Ultramar. Le alimentaba la esperanza de regresar a Sevilla con el prestigio de haberse enriquecido allá y con caudales suficientes para así sacar a su esposa de la precaria situación en la que se encontraban. A la sorprendida Catalina, enterada de improviso de los propósitos de su marido, la idea no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque se vería separada de él por un dilatado espacio de tiempo. Lloró, imploró, amenazó, rogó, riñó, pero todo fue inútil. Una mañana de primavera, el sastre de San Lorenzo empacaba sus escasas pertenencias, se despedía de su desconsolada cónyugue, marchaba hacia el Puerto, embarcaba en un navío y ponía rumbo a América. 

 En el intervalo de diez largos años, y no sin esfuerzo, a Diego le rodaron bien las cosas, pues fue adquiriendo cierta fortuna y posición, ahorrando moneda a moneda, aunque en contrapartida le llegaban malas noticias desde Sevilla en las que se hablaba del estado de pobreza de Catalina y de su mala situación, pero pese a todo, determinó permanecer en suelo americano hasta ver aumentado su patrimonio, mas, eso sí, tomando la decisión de entregar a su amigo de mayor confianza la nada despreciable suma de mil pesos para que marchase a España y los depositase en las manos de su amada esposa junto con la promesa de un pronto regreso a tierras hispalenses. 

Poco podía imaginar aquel sastre que su amigo le traicionaría movido por el pecado capital de la codicia. Apenas llegado a Sevilla, hecho a la idea madurada durante el viaje de quedarse con la abundante suma de dinero que se le había confiado de buena fe, acudió al Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre, donde de manera fraudulenta, contando con la complicidad de un sacerdote, falsificó la partida de defunción de una mujer, quizá fallecida durante la terrible epidemia de peste de 1649, para ponerla a nombre de la mismísima Catalina, y con dicho documento en sus manos regresó a Indias, sin por supuesto acercarse al barrio de San Lorenzo ni trabar contacto con la esposa de Diego.

Informado por su amigo, quien declaró haber gastado presuntamente los mil pesos en un suntuoso funeral por el alma de Catalina creyendo así cumplir la voluntad de aquel de rendir postrer homenaje a su compañera en vida, Diego quedó profundamente afectado por la fúnebre noticia y por cierto sentimiento de culpa, aunque con el paso de los meses el dolor y la pena se fueron atenuando. Decidido a no contraer matrimonio de nuevo, estudió cánones y teología y fue ordenado sacerdote meses antes de embarcar de nuevo en la Flota de regreso a España, colaborando como capellán durante la travesía, sin saber, claro está, que no era viudo.

Ya en Sevilla, paseando por sus calles más céntricas al poco de arribar, fue reconocido por sus vecinos y amigos, quienes le dijeron, enormemente sorprendidos por verle con la sotana, manteo y tonsura propias de los presbíteros:

- Señor mío, ¿como vuesa merced anda de aquesta guisa?

- Señores míos, -respondió el bueno de Diego-, como mi mujer murió tiempo ha, me hice sacerdote.

- ¿Que vuestra mujer murió?, yo la ví hoy, y si vuesa merced la quiere ver ande acá conmigo.

Podemos imaginarnos el sorprendente y emocionante reencuentro de aquel matrimonio de San Lorenzo tras tantos años de separación, por no hablar del rostro de Catalina al ver a su marido convertido en flamante cura o de los dimes y diretes que tal embrollo habría provocado en el barrio; atenazado por los remordimientos, Diego decidió acudir al Santo Oficio y exponer su inusual caso, sinceramente arrepentido por actuar ignorando totalmente la supervivencia de su esposa. 

Los sesudos inquisidores deliberaron y analizaron la extraña anomalía durante semanas, pues la cuestión era, para ellos, peliaguda, al tratarse de un claro caso de amancebamiento, o lo que  es lo mismo, un sacerdote que convivía con una mujer en su casa, (aunque olvidaban que estaban unidos por el vínculo sagrado del matrimonio) hasta que finalmente dictaminaron, según su entender y en plan salomónico, que para regularizar la situación, Catalina debería entrar en un convento como religiosa percibiendo una renta diaria de treinta reales y que la propia Inquisición abonaría la dote necesaria para profesar en el convento que desease. 

Como podemos suponer, Catalina montó en cólera y, ofendida hasta la médula, replicó que aunque reconocía la rectitud de las intenciones de los señores inquisidores, nos las acataba, que Diego era su marido, que Dios se lo había concedido y que estaban unidos para toda la eternidad, de modo que no consintió, bajo ningún concepto, en aceptar el dictamen con su propuesta, dejando en suspenso la entrada en religión hasta que no apareciera el culpable de todo aquello: el codicioso amigo traidor, origen del embrollo (casi un "culebrón) y aclarase lo sucedido con pelos y señales. Oliéndose lo que se le venía encima, incluida la condena y la cárcel, sobra decir que el mencionado individuo prefirió quedarse cómodamente en Indias ante los requirimientos que le llegaban de España, muriendo de viejo al decir de las crónicas, desentendido de lo que acontecía en la lejana Sevilla.

¿Qué ocurrió con Diego y Catalina? ¿Tuvieron que vivir por separado cada uno del otro? ¿Optaron por convivir pese a las severas penas establecidas para relaciones así? Al cabo de todo, desoyendo al Santo Oficio y sus letrados, alguien con buen sentido les aconsejó encomendarse a la Virgen de Roca Amador, venerada en la parroquia de San Lorenzo y que solicitasen humildemente al Santo Padre de Roma que desenredara la madeja mediante la anulación de la ordenación sacerdotal del primero, cosa que se logró no sin grandes trabajos, de modo que, por fin, ambos pudieron volver a hacer vida matrimonial con gran contento y por el resto de sus días...

02 mayo, 2022

Pasarela

Que exista en Sevilla una plaza dedicada a Don Juan de Austria, famoso por su victoria en la batalla de Lepanto (1571) pero que nadie la llame así o que una construcción efímera que apenas estuvo en pié veintiséis años sea la que denomine esa zona, es algo digno de estudio tal como han reflejado no pocos estudiosos en cuestiones urbanísticas, pero como siempre, vayamos por partes. 

Durante años, el arroyo Tagarete transcurrió libremente hasta su desembocadura en el Guadalquivir a la altura de la Torre del Oro. Sin embargo, la construcción de la Fábrica de Tabacos, que comenzó su actividad en 1758, obligó a canalizar dicho arroyo y a configurar el entorno, creándose la llamada Puerta de San Fernando o Nueva en el extremo de la calle de nueva creación. 

La creación de la Feria de Ganados en 1846, y su establecimiento en el Prado de San Sebastián, supuso una reutilización de ese espacio, poco utilizado hasta entonces y a partir de ahora epicentro tanto de la actividad de compra-venta ganadera como de la colocación de casetas, puestecillos y demás elementos que poco a poco irán conformando la imagen de la Feria de Abril que hemos conocido a través de representaciones pictóricas o, más adelante, fotografías. 


 A fin de evitar el tránsito de peatones en una zona cruzada por "tráfico intenso" (tranvía, carruajes, cabalgaduras) en lo que sería la antesala de la Feria, el Ayuntamiento decidió encargar al ingeniero Dionisio Pérez Tobía el diseño de una "pasadera" o "pasarela" que salvara con sus veinte metros de altura dicho "tráfico", hablamos del año 1896 y Sevilla, siempre o casi siempre reacia a las novedades no tardó en ponerle el mote de "Pasa Lila" a aquella estructura de hierro fundida entre las calles Torneo y San Vicente (Talleres de Pérez Hermanos) cuyo valor, al decir del catedrático Villar Movellán, fue más pintoresco que utilitario, y que pronto quedó convertida en atalaya o mirador del recinto ferial. Olvidamos mencionarlo, la Puerta Nueva o de San Fernando que mencionábamos al comienzo fue demolida en 1868 al igual que otras tantas puertas y lienzos de muralla.

Archivo Ruiz Vernacci, IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte

Constaba de un pequeño pabellón o templete sobre cuatro puntos de apoyo sobre los que apoyaban otras tantas escalinatas de subida (o bajada) a otras dos plataformas. Como estructura básica, una pareja de arcos dobles, alcanzando una altura total de 20 metros. 

Aquella calurosa Feria de 1896, en la que el ambiente no fue el esperado en cuanto a ventas ganaderas debido a la "pertinaz sequía" que asolaba los campos andaluces y a la deriva que estaba tomando el conflicto bélico en la isla de Cuba, en la que el domingo llegaron a celebrarse varias misas para los propios feriantes en la cercana Ermita (ahora Parroquia) de San Sebastián y en la que la autoridad municipal prohibió severamente la celebración de rifas o sorteos no autorizados en el real, supuso por tanto la "puesta de largo" o debut de la Pasarela. Así lo reflejaba el Noticiero Sevillano en su edición del 18 de abril: 

En la feria no hubo esta mañana excesiva concurrencia. El paseo de carruajes, es el que estuvo animado. En cambio había poca gente a pie y de ésta fué muy escasa la que se decidía á subir y bajar algunos centenares de escalones de la pasadera, para atravesar de uno á otro lado del arrecife central. La pasadera se ha utilizado hoy como punto de vista, y nada más. Hay que convenir, sin embargo, en que el panorama que desde arriba se presencia es hermoso y nuevo. Merece verse.
Con el tiempo, la Pasarela quedó erigida en portada permanente para la Feria de Abril, iluminándose con farolillos, globos de gas o "arcos voltaicos" y sirviendo como antecedente, claro está, de las actuales y efímeras portadas de feria. Puede que, igual que ahora no es extraño eso de "quedar en la Portada", en aquel entonces los sevillanos hicieran lo mismo, pero en la Pasarela. Incluso sirvió con fines religiosos el día antes de la Feria de 1898, ¿Quizá como desagravio por los excesos que se suponía se iban a cometer en el Real?, en cualquier caso, dejemos mejor que sea un informador de la prensa local quien narre cómo se organizó aquel acto: 
 
Cediendo a excitaciones (sic) de personas piadosas de esta capital, la comisión de Ferias y Festejos ha acordado que una subcomisión, compuesta por los señores Pérez López, Lemus y Herrera, gestione cerca del capitán general de Andalucía la autorización para que se celebre una misa de campaña, que, en este caso, oirían las tropas de la guarnición el día antes del primero de feria de Abril.
 
El altar se instalará en la primera planta de la Pasarela, exornada convenientemente con plantas, flores, trofeos, banderas y gallardetes. Se colocarán tribunas para las autoridades e invitados. El desfile se efectuará por delante de las casetas de la feria. La subcomisión tiene el propósito de que este acto religioso resulte con todo el mayor esplendor posible. 

 

Una leyenda urbana sostiene que la escasa vida de la Pasarela se debió, en parte, a las quejas de la población femenina sevillana, que alegaba que los hombres aprovechaban la subida de aquella por las escaleras para disfrutar de la vista de sus tobillos, aunque hubo ciertos intentos, sin éxito ni autorizados finalmente, de colocar colgaduras con anuncios publicitarios para evitar tan "impúdicas" vistas. Tampoco se libró la Pasarela de ser escenario para robos, como el reseñado por el Noticiero Sevillano en la Feria del año 1900:
 
En la pasarela se cometió anoche un hurto, del que fue víctima la distinguida señora doña María Conrado. Se encontraba ésta en la primera plataforma, cuando se le acercó un ratero, que le sustrajo del bolsillo un portamonedas conteniendo varias monedas de plata de a cinco pesetas. El adorador de Caco huyó después tranquilamente. 

 

 Algunos autores afirman que adolecía de problemas estructurales que obligaron a su desmontaje entre 1920 y 1921, subastándose como chatarra los más de 80.000 kilos de hierro por algo más de 45.000 pesetas de la época. Desaparecida como antesala de la Feria, como anécdota, en los años 1970, 1974 y 1986 la imagen de la suprimida Pasarela fue elegida como modelo para la portada de la Feria y la zona, ahora llena de tráfico rodado y contaminación como decíamos al comienzo, aún conserva ese nombre, como si se resistiera a abandonar del todo el Prado de San Sebastián...