lunes, 20 de septiembre de 2021

El Obispo y el Padre Méndez.

Entre los numerosos benefactores que tuvo Compañía de Jesús en el siglo XVII en Sevilla, aparece el nombre de Juan de la Sal y Aguilar, Obispo auxiliar de la diócesis hispalense bajo las prelaturas del cardenal Niño de Guevara y otros purpurados de la época. Como bien afirmó en su momento el recordado sacerdote y periodista Carlos Ros, fue de la Sal un tanto diferente a los habituales prelados que ocuparon el Palacio de la Plaza de la Virgen de los Reyes, ya que su genio vivo y sus ocurrencias, llenas de jocosidad haciendo honor a su apellido, dieron como fruto diversas obras y cartas, entre las que destaca una serie de siete misivas que envió al Duque de Medina Sidonia a su residencia sanluqueña allá por 1617.


 

De familia noble, de la Sal había nacido en 1550 en la actual calle Alcázares, estudió en la Universidad de Salamanca y concluyó sus estudios en la Hispalense, cantando su primera Misa en el Santo Ángel, logrando un puesto de canónigo en la catedral de Cartagena para finalmente recalar en su ciudad natal para ostentar el obispado auxiliar de Bona con el beneplácito del Cardenal Niño de Guevara, llegando incluso a rechazar el nombramiento como obispo de Málaga sin que se sepan sus motivos. Vivió en sus casas del Arquillo de San Martín y debió gozar de buena posición económica, ya que sufragó las pinturas del retablo mayor de la Iglesia de la Anunciación para los jesuitas, realizadas por el italiano Gerolamo Lucenti de Corregio. Debido a ese apoyo a la Compañía de Jesús fue sepultado tras su muerte, en 1630, en lo que hoy es la Capilla Doméstica de San Luis de los Franceses.

Junto a otros "tocayos" suyos, formó un interesante círculo de ingeniosos literatos de gran calidad, entre los que destacan Juan de Robles, Juan de Arguijo o Juan de Salinas, aparte de otros, dedicados a glosar las excelencias de la Sevilla del Imperio, alabar a María como Concebida Sin Pecado Original o, por ende, lanzar originales dardos en forma de poemas o cartas contra la secta de los Alumbrados, que tuvo en jaque a la Inquisición Hispalense durante algunos años.

De este modo, en el caluroso verano de 1617 Juan de la Sal toma papel, pluma y tinta y toma asiento en su escritorio para informar a Manuel Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, con hasta siete divertidas cartas, en las que narra con todo lujo de detalles, las idas y venidas del famoso en su tiempo Padre Méndez (nada que ver con el piadoso sacerdote Méndez Casariego, fundador del Instituto de las Hermandas Trinitarias, fallecido en 1924 y con calle en Sevilla). Las misivas, llenas de anécdotas y "hechos verídicos" ponen de manifiesto tanto el humor de Juan de la Sal como la picaresca redomada del Padre Méndez, quien convirtió su sacerdocio en un modo "non sancto" de vida, a medio camino entre la locura y la herejía.

Responsable eclesiástico de una Casa de Beatas (especie de semiconvento femenino), Méndez será investigado por prácticas alejadas de la ortodoxia, como se afirmó en los cargos contra él ante el Santo Oficio: “y acabando la misa desnudándose las vestiduras sagradas, baylaba con las beatas y cantando decían: mi cari Redondo, mi buena cara”, o incluso llegando a prácticas poco en consonancia con el celibato sacerdotal: "y para hacer oración mandaba a una de las dichas mugeres le rascase la cabeza y poniéndole a las mugeres las manos en los pechos y tocándole las manos y el rostro...”

El caso es que el sacerdote, cristiano nuevo e influido por las teorías de los Alumbrados, poseía un poderoso influjo como Director Espiritual sobre devotas y beatas de toda clase y condición, dándose el caso de que algunas condesas y marquesas, en su afán por agasajarle, se disputaban incluso jirones de su ropa como si fuesen reliquias santificadas de algún mártir. Hay que añadir, como explicó el teólogo e historiador dominico Álvaro Huerga, que Méndez había sido ya expulsado de Sevilla en tiempos del Cardenal Rodrigo de Castro, regresando tras su muerte, penitenciado por la Inquisición por judaizante en México, y que había huido de Roma unos años antes tras protagonizar un suceso de similares características al que nos ocupará en lo siguientes párrafos...

Llegados a este punto, hay que mencionar que Juan De la Sal narra con detalle los sucesos acaecidos en del 1 al 20 de julio 1617, cuando el Padre Méndez, de origen portugués según unos o nacido en Moguer según otros, proclamó casi a bombo y platillo, que Dios se había dignado a revelarle la fecha de su propia muerte, que tendría lugar el 20 de julio de ese mismo año, y que por tanto le urgía a disponerse a bien morir, para lo cual, contrito y penitente, se retiró al Convento del Valle (ahora Santuario de Jesús de la Salud de la Hermandad de los Gitanos) a fin de llevar una vida austera y humilde ante la inminente conclusión de sus días. Escuchando al Guardián del Convento, éste relataba cómo Méndez, todo ascetismo, andaba en oración noche y día y que "a la noche solo come un poquito de pescado, con cuatro bocados de ensalada y bebe una vez agua".

Si buscaba paz y sosiego, cosa que dudamos, no lo logró. En una ciudad hervidero de chismes y rumores y deseosa de cierto morbo, aún más si estaba relacionado con asuntos religiosos, la afluencia de fieles y curiosos al convento fue tal que en algunas jornadas llegaron a verse "aparcados" hasta treinta carruajes pertenecientes a la flor y nata de la nobleza sevillana, especialmente de aristocráticas damas ansiosas por platicar y confesar con tan santo varón, por no hablar de la "corte de los milagros" formada por ciegos, pícaros, lisiados y pedigüeños que buscaban "hacer su agosto" en julio, valga la expresión, al calor, valga también la expresión, de todo lo que arrastraba el "clérigo difunto".

 

El Padre Méndez celebraba la Santa Misa comenzando a las cinco de la madrugada y finalizando con el "Ite Misa Est" no antes de la una de la tarde, sin sentarse en ningún momento, lo cual llenaba de admiración a la legión de beatas y devotas que veían en ello indudable milagro. Tampoco faltaban voces que atestiguaban haberlo visto levitar en trance enmedio de sus oraciones místicas o quienes, tras la intervención del barbero que lo visitaba, recogían con devoción los pelos como si fuesen preciadas reliquias. Por su parte, el sacerdote continuaba profetizando su muerte e incluso narrando sus visiones del Purgatorio, el cuál "visitaba" con frecuencia, contando a su regreso a quién había visto por allí para alegría o desesperación de sus familiares.

Igualmente, como la cosa parecía ir en serio, la comunidad monástica comenzó a preocuparse por lo que acontecería si el fallecimiento no llegaba a producirse; prueba de lo disparatado de la situación es el testimonio certero de uno de los monjes, recogido por Juan de la Sal: "Que él trate de morirse cuando nos lo ha prometido; porque si no nos cumple la palabra lo habemos de achocar (sic), so pena de que nos silben por la calle".  

Llegó al fin el 20 de julio. Toda Sevilla aguardaba acontecimientos con el alma en vilo, pendientes del estado de salud del clérigo. El Padre Méndez, según lo narrado por Juan de la Sal, se aprestó a celebrar su última Misa con toda serenidad, comenzando de madrugada y prosiguiendo durante toda la jornada, sin que la muerte diese visos de asomar. Con un médico a su lado tomándole el pulso cada "dos por tres", agotado hasta la extenuación por la falta de alimento, el sacerdote, presa de una fuerte angustia, creyó llegado el postrero momento. Pero, pasaban los minutos, las horas, y nada nada anormal sucedía, para asombro, alegría o desesperación de quienes asistían a tan insólito suceso. Dejemos que sea el obispo de Bona, nuestro buen Juan de la Sal, quien narre cómo finalizó aquella escena tragicómica: 

"Pues, cuando vieron que era pasada la hora y no moría, todos, unos en pos del otro, se fueron cabizbajos á sus casas, dejándole en el altar, donde, acabada la misa, se halló solo, en su solo cabo".

Ni que decir tiene, durante semanas, Méndez fue asediado por multitud de sevillanos que no cesaban de preguntar, no sin cierta guasa, que cómo era que seguía vivo, mientras su comunidad de beatas vivía aquella etapa entre la verguenza y la fidelidad a su "líder". No deja de ser curiosa su entereza, pues soportó estoicamente burlas y chanzas sin dejar de realizar su vida cotidiana como si nada hubiera pasado.

Como podremos imaginar, el Padre Méndez no iba a salir bien parado de todo este trance; investigado y apresado por el Santo Oficio, el "no difunto" daría con sus huesos en las lóbregas celdas de la Inquisición. Olvidado por quienes le seguían con devoción, finalmente falleció en el Castillo de San Jorge, aguardando sentencia por herejía y demás delitos contra la fe, de modo que fue su efigie quien cayó pasto de las llamas durante el Auto de Fe celebrado el sábado 3 de noviembre de 1624 en la Plaza de San Francisco. 

lunes, 13 de septiembre de 2021

"Con las carnes abiertas".

 Como alimento de primera necesidad, la carne ocupó siempre un lugar muy importante en el mercado de abastecimientos de Sevilla a lo largo de la historia. Tras la conquista de la ciudad por Fernando III en 1248, los diferentes puntos de venta para este alimento se situaron ta  nto en la zona de Santa Catalina como, en mayor medida, en el sector de la actual Plaza de la Alfalfa y algún otro. Desde entonces, aparte de las carnicerías habituales, la propia Iglesia Hispalense conservó para sí algunos puestos de carne. 

Aunque pueda pensarse que en principio era reservado como manjar casi de lujo para la nobleza, lo cierto es que en los siglos XV y XVI la demanda de carne se vio aumentada de manera más que notable entre la población, a lo que hay que añadir el papel del campo andaluz en general, y del sevillano en particular, como fuente ganadera de primer orden, dándose el caso de que incluso Sevilla surtía de carne a mercados tan lejanos como el valenciano, aunque, dependiendo de las circunstancias económicas, las tornas podían cambiar y el Concejo de Sevilla hubo de acudir a ferias de ganado como la de Ronda para comprar reses con las que abastecer los mercados de la ciudad. 

Una vez traído a Sevilla, el ganado se guardaba, previa anotación por el encargado de ello, en la Dehesa de Tablada, zona de pastos comunales, especie de "despensa en vivo", que durante el siglo XVI alcanzó gran importancia por cantidad de animales que albergó, siendo habituales las quejas por los abusos allí cometidos por cierto "contrabando" de ganado que evitaba así el pago de la alcabala de la carne, e incluso por la presencia de lobos que atacaban a las reses con el consiguiente perjuicio, como reseñó en su momento el malogrado profesor García-Baquero. Amén de todo ello, la proximidad al Guadalquivir generaba inevitablemente no pocas incidencias por las frecuentes crecidas del caudal del río, causando daños importantes y obligando a desalojar la Dehesa cada cierto tiempo con motivo de riadas.

A principios del siglo XVI se contabilizaba un total de 28 tiendas o "tablas" en Sevilla, con alguna que otra en Triana y la zona de la Puerta del Arenal, alcanzándose incluso la cifra de 48, proponiéndose entonces reducirlas a 22, más o menos el número de carniceros existentes ya a fines del siglo XIV como apunta el profesor González Arce. En un principio los animales se sacrificaban en las propias carnicerías, aunque en 1489 se constituyó un recinto cerca de la Puerta de Minjohar y que poco a poco se convirtió en el Matadero de la Ciudad, cambiando su denominación esta puerta y pasando a llamarse Puerta de la Carne. 

El Matadero, comenzó a gestarse en las inmediaciones del Arroyo Tagarete, conformándose en palabra de Alonso Morgado: "en forma de gran casería con sus corrales y naves y todas sus pertenencias. Y unos miradores que descubren una buena plaza, donde se corren y alancean toros de verano ordinariamente". Poco a poco iría surgiendo el barrio de San Bernardo, gestándose así su tradición taurina. Por lo demás, el Alcaide, el Casero y el Fiel eran los responsables del recinto, encargándose de su orden y limpieza, muchas veces escasas ambas, ya que hay abundantes reseñas sobre la corrupción e insalubridad reinantes allí.


Carnero, cabra, vaca, toros, cerdo, conejo, eran los tipos de carne más apreciados por los sevillanos, dejando a un lado las aves de corral y las de caza, que eran vendidas en otra zona próxima de la Alfalfa cuyo nombre lo decía todo: la gallinería. La población más desfavorecida, que no era poca, se conformaba con adquirir tocinos, menudos y tripas, siempre más asequibles, sin que quede en el tintero cómo la carne en general era prohibida por la Iglesia en tiempos de Adviento, Cuaresma y Semana Santa. Miguel de Cervantes, en su obra "El Coloquio de los Perros", ponía en boca de uno de sus protagonistas caninos, en este caso Berganza, que "tres cosas tenía el rey por ganar en Sevilla: la calle de la caza, la costanilla y el Matadero", lo que nos da idea del submundo existente en esas zonas, en las que la picaresca, el robo y la violencia (en un espacio donde los cuchillos eran herramientas de trabajo) estaban a la orden del día.  

Los orígenes del gremio de carniceros (que al parecer tuvo su sede y hospital en la feligresía del Salvador bajo la protección de Santa Catalina) se pierden en la noche de los tiempos, aunque es sabido que tuvo Ordenanzas aprobadas por Alfonso X el Sabio, en las que se incidía especialmente en el control de los precios, en la calidad de la carne y, sobre todo, en la "afinación" de los pesos y medidas a fin de evitar fraudes, que eran penados con multas, azotes y hasta con pena de muerte siempre bajo la autoridad máxima de los dos alcaldes o alamines, encargados de velar por el correcto cumplimiento de las normas. Como detalle curioso, se prohibía vender carne "a ojo", o sea, sin pesar.

Rembrandt: El buey desollado, 1655, Museo del Louvre. París. 

Punto y aparte merece el hecho de que ya a comienzos del XVI la mayor parte de los puestos de carne estuviesen establecidos en la feligresía de San Isidoro, cerrando una zona eminentemente comercial con las plazas de la Alfalfa, de la Pescadería, del Pan y del Salvador, donde se vendían frutas y verduras. Las llamadas Carnicerías (que fueron derribadas en 1837, ampliando su área la Plaza de la Alfalfa), contaban con varias decenas de tablas para cortar y pesar la carne, cada una con su propio cierre mediante reja y cerradura y situadas éstas circundando un amplio patio con dos espaciosas puertas. La venta comenzaba cada mañana con el toque del alba y las carnes habían de venderse por separado y sin mezclarse con los despojos. Sin embargo, a pesar de la vigilancia del alcaide de las propias carnicerías, siempre hubo problemas de higiene en la zona por la acumulación de inmundicias y malos olores, incluso con quejas vecinales al respecto.

Ni que decir tiene que el oficio de carnicero era exclusivamente masculino, alegándose entonces que la "impureza femenina" no era buena candidata para manejarse con cuartos, costillares, solomillos o chuletas. En el Pais Vasco, por ejemplo, las mujeres tenían prohibido cortar carne con la severa multa de 200 maravedís, aunque en Valladolid en 1486 se dio el caso de Marina Alfonso, quien heredó el oficio y la tabla de su marido al enviudar.

Llegados a este punto, merece la pena reseñar las peripecias de una sevillana del siglo XV, judía por más señas, y sus esfuerzos y reivindicaciones por conservar su negocio dentro del gremio que venimos comentando. Tras el tristemente conocido asalto a la judería sevillana de 1391, la comunidad hebrea hispalense fue aislada en su propio territorio, cercano a la protección del Alcázar, aunque las tensiones sociales nunca dejaron de estar presentes. 

El protagonismo de la mujer en la comunidad judía se concretaba prácticamente en su único papel de esposa y madre, aunque en algunas ocasiones ejerciera como propietaria de tierras de labranza o en otras como criada para otros judíos, como nodrizas y, caso interesante, como plañidera para las celebraciones funerarias, sin olvidar su labor como tejedora, costurera o tintorera. 

Foto: Reyes de Escalona

La profesora Raquel San Mamés ha sacado a la luz el testimonio de Ana Gonçales, quien regentaba una tabla de carnicería judía en Sevilla desde 1477. Casada con Ferrand Gonçales, en octubre de ese año recibió un escrito desde la Cancillería de los Reyes Católicos en la que, a petición de la aljama judía de Sevilla, se le requería a que abandonase su puesto en favor de ésta. Sin embargo, Ana alegó que poseía un documento firmado por la propia Reina Isabel por el que se le otorgaba a perpetuidad su negocio. 

Para acreditar tal situación, habrá finalmente de viajar a Jerez, sede de la Corte entonces, para allí demostrar su afirmación ante los monarcas. El 7 de noviembre de ese mismo año los reyes escriben a la aljama de Sevilla ratificando todo lo anterior, ya que Ana Gonçales había demostrado fehacientemente que estaba autorizada a regentar su carnicería como cualquier varón con el beneplácito de la corona y que por tanto tenía pleno derecho (sin que constase por ningún lado el nombre de su marido) a cortar carne o a delegar en quien ella desease, pudiendo alquilarla, sin olvidar, eso sí, abonar la fianza necesaria a la aljama en ese caso. 

Como vemos, una sevillana del siglo XV fue capaz de perseverar en el empeño de mantener abierto su negocio pese a las circunstancias de la época, logrando incluso el apoyo de la corona en unos tiempos difíciles.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Los Terceros y aquellos "Ojos Verdes".

Una de las Plazas más conocidas y con más sabor de nuestra ciudad podría ser, sin duda, la antigua Plaza de los Terceros, en pleno corazón de Sevilla y en la collación de Santa Catalina. 

Foto: Reyes de Escalona

Conocida desde el siglo XV como Plaza de las Tablas, de las Carnicerías o de las Freideras, debido a la existencia en la misma de puestos para la venta de carnes, pan o de pescado frito, la proximidad con la conocida Alhóndiga en la calle de su nombre o el hecho de que fuera lugar de mercado prácticamente durante toda la semana, hicieron de este enclave un punto comercial de primer orden en la Sevilla de la Edad Moderna. Pese a todo, la denominación más habitual fue la de Plaza de Santa Catalina, así como la de Los Terceros, en alusión al convento de la calle Sol, sede actual de la Hermandad de la Cena. 


Sin embargo, a mediados del siglo XIX es ésta última denominación la que se lleva el gato al agua, manteniéndose hasta nuestros días. 

En 1485 ya se había autorizado la venta en la plaza de "viandas de carne de puerco y cabrón y oveja, y pescado secial y sardinas frescas", aclarando que el pescado cecial era pescado sometido al proceso de salazón para que así se conservase mas tiempo. Prueba de ello es que Alonso Morgado en el siglo XVII afirmaba que en la plaza se hacía "una feria todos los lunes, jueves y sábados todas las semanas del año de sus muros adentro y de todas las cabalgaduras a la plaza de Santa Catalina". En el siglo XIX pervivía la faceta comercial y alimenticia, con puestos de patatas y huevos, sin olvidar que indudablemente existirían también tabernas que aglutinarían a la gente del barrio, aspecto que pervive en la actualidad, como sabemos de sobra. 

Foto: Reyes de Escalona
 
No faltó la presencia de otros oficios en la plaza a lo largo de la historia, como en el caso de Juan de la Barrera, quien en 1547 afirmaba vivir allí y dedicarse a trabajos de guadamecilería, o lo que es lo mismo, a la decoración de láminas de cuero con policromías usando plata como fondo o en el caso de Anselmo Sánchez Matamoros, que en 1797 solicitó alcanzar el rango de maestro herrero con acreditada experiencia. Precisamente a lo largo del XIX se produjeron numerosas quejas vecinales por el ruido y estorbo que provocaba este tipo de oficios, sobre todo porque trabajaban prácticamente "a pie de calle".

Ya en el siglo XX, se constata la existencia de la llamada Taberna "Río de la Plata", que incluso, como recogió el diario El Liberal en noviembre de 1904 fue escenario de un crimen al ser allí apuñalado un sujeto al parecer por un asunto de deudas de juego; además, durante la II República y en el número 17 estuvieron tanto la sede de distrito del Partido Acción Republicana, con su presidente Pedro Díaz Seda y el Sindicato de Mozos y Similares de Comercio, Hoteles e Industrias de Sevilla. 

Muy cambiada su fisonomía en cuanto a edificios, merece la pena destacarse el correspondiente al número 9, de bastante antiguedad y que en los años veinte y treinta albergó el establecimiento de zapatería "La Constancia", propiedad de Manuel Santiago, la Droguería de Teófilo Pérez en el número 2 o el número 13, donde en los años 50 fijó su negocio de pieles Alfonso Daza. 


En el número 14 se encuentra ahora la Librería Anticuaria Los Terceros, en la que vivió un vecino con mucho que contar: Salvador Valverde. 


 Aunque nacido en Argentina en 1895, de padres españoles, con cuatro años volverá a España y, cosas de la vida, al poco quedará huérfano, siendo criado junto con su hermana por su tío José, empleado de banca, que vivía en la calle Feria primero y en la Plaza de los Terceros, después. Salvador crecerá y conocerá a Sevilla y sus tradiciones desde ese escenario y con veintiún años, titulado en Magisterio, poeta precoz y escritor en ciernes, ganará los Juegos Florales de las Fiestas Colombinas de Huelva de 1916, con un poema titulado "Niña", haciéndose eco el diario El Liberal de su triunfo: 

El periódico "La Unión" había ya recurrido a sus servicios, haciendo gala en sus escritos de una profunda preocupación por los temas relacionados con las desigualdades sociales. La vida de Salvador Valverde sufrirá un cambio decisivo al abandonar su casa en la Plaza de los Terceros y marchar a Madrid en 1919, donde se dedicará de nuevo a ejercer como periodista y como secretario de una productora cinematográfica; sin embargo, poco a poco entrará de lleno en el mundillo de los letristas y compositores para cupletistas, coplas o zarzuela, sin cesar de crear letras y composiciones, a veces con la música de su paisano Manuel Font de Anta ("La Cruz de Mayo" o "Sol de España", por poner dos ejemplos) aunque con quien formará un equipo casi perfecto será con el músico Manuel López Quiroga y el también poeta sevillano Rafael de León: Valverde, León y Quiroga.


 Entramos en 1930. Valverde, ya casado y con un hijo, inicia una etapa en la que no deja de "fabricar" éxitos en forma de copla para artistas como Estrellita Castro con "María de la O", Concha Piquer con "Adiós a Romero de Torres" o Imperio Argentina con "Pena Gitana", un sin fin de composiciones que alcanzará su cénit con "Ojos Verdes", compuesta contando con la inspiración inicial de Federico García Lorca, estrenada en 1937 y grabada por Concha Piquer ese mismo año, alcanzando una enorme popularidad, aunque, dato curioso, la canción fue modificada en los años cuarenta por la censura franquista, sustituyendo el verso "apoyá en el quicio de la mancebía" por "apoyá en el quicio de tu casa un día".

Precisamente la Guerra Civil y sus ideas políticas obligarán al exilio a Salvador Valverde, primero a París (donde logrará no ser internado gracias a su doble nacionalidad hispano argentina) y luego al fin a Buenos Aires con su familia donde proseguirá con su tarea creativa, publicando novelas, guiones, comedias y programas de radio (como el famoso "Fiestas Españolas", galardonado con un Premio Ondas) y televisión.

Salvador Valverde y el cantante Miguel de Molina recibiendo en Buenos Aires a la actriz y cantante Carmen Sevilla

Mientras pasan los años, en España su nombre irá cayendo en el olvido e incluso será eliminado del trío antes aludido en favor de Quintero, en 1989 el propio hijo de Valverde reclamará el terminar con la "muerte civil" de su padre tras tanto tiempo de ostracismo.  El 5 de septiembre de 1975 fallecerá en su casa de Buenos Aires, y no será hasta 2007 cuando el Ayuntamiento de Sevilla le erija una placa justo en el bajo de la casa de la Plaza de los Terceros desde la que, a buen seguro, aprendió a amar a la ciudad y sus cosas...


P.d. Quede para otra ocasión dar detalles sobre una taberna de los Terceros que merecería ríos de tinta: Los Claveles.