domingo, 29 de enero de 2012

Sierpes.-

Llamada en tiempos del Rey Santo “calle de los espaderos”, proviene para unos su nombre de venero antiguo del río, que antaño surcaba, serpenteando, estos sitios; para otros, de feroz reptil que en su tiempo habitó en subterráneos y que resultó capturado y muerto tras no pocas víctimas entre infantes; para unos alude a cierto caballero apellidado así, para otros refiérese a Cruz de Cerrajería (aún en pie en otro sitio) que hubo en su mitad y que posee a esta bestia como frecuente adorno; por último, no falta quien cree a pies juntillas que todo se debe a que en cierto comercio figuró durante años quijada de serpiente, y que de ahí tomara nombre.  





Hubo en ella Cárcel Real, Conventos como los de San Acacio o la Pasión, Jardines Botánicos como el del ilustre Nicolás Monardes (allá donde cultiváronse por vez primera tomates venidos de Indias), conviviendo a la par con mesones, tabernas y lupanares.





Con el tiempo fue lugar de imprentas, cafés, mentideros, tertulias, tratantes de ganado e individuos del más variado pelaje, llegándose a decir que era calle sin noche por su animación permanente; sin dejar en tintero que llegando fechas semanasanteras pasa por ser lugar envidado para contemplar procesionales desfiles.





Incluso conté entre mis amistades, siglos ha, a cierto sujeto a quien recuerdo ahora que transito por esta calle. Jorobado o giboso, mal encarado, mascullando medias frases entreveradas de mal francés y peor castellano, pese a su gesto huraño y hosco, logré trabar cierta amistad con él. Respondía al nombre de Pierre Papin y regentaba negocio de naipes, no como tahúr o fullero, sino como fabricante y vendedor de barajas, porque lograba sustento y hasta ciertos beneficios en ello.  




Era su tienda ágora de chismes y patrañas, y por ella pasaba lo más granado del oficio ventajista o apostador, mas nunca lográramos colegir si se limitaba a proporcionar útiles para jugar a coimeros, gariteros o vivandores o si en su oficio iba trucar naipes para rentoy, dobladilla, cinquillo, veinte y una, tresillo o pechigonga; el caso es que gozó de predicamento item más quedó inmortalizado por cierto escritor, herido y manco en Lepanto, que para más inri dio con sus huesos (no una, sino dos veces) en la Cárcel Real, no lejos de la tienducha de Papin.



Poco ha cambiado aquesta vía, a fe mía, salvo en tiendas más acordes a tiempos corrientes, en edificios modernos y en solería acomodada, sin embargo, y aunque perviven establecimientos señeros, poco queda de pasados esplendores de no ser por foráneos y extranjeros, aunque, a fuer de ser sinceros, nótase aún en ella latir de ciudad.



miércoles, 18 de enero de 2012

Como hablarle a la pared.-

Era costumbre en mis tiempos mantener las puertas de las viviendas abiertas, sobre todo para quienes poco tenían que perder y aún menos que dar; bastaba golpear el quicio de la puerta para acceder al interior sin mayores remilgos ni miramientos, cuando no bastaban dos bien afinados gritos…



No deja de ser curioso como la palabra proviene del mahometano “addabba”, y significa “lagarta”, mas no piense vuesa merced, mente calenturienta, que tal nombre trae funestas insinuaciones, empero, alude a forma que tenían dichos llamadores en su principio, quedando muchos aún y muy singulares de aquellos años.  



No todo el mundo era bienvenido, en general, en palacios o casas de personas de relumbrón, privilegiadas o aristocráticas, mantenedoras de legión de porteros y criados ocupados, precisamente, en actuar de cancerberos. Tocar aldaba o aldabón suponía, pues, aún acudiendo en visita de cortesía, acto de valentía en unos casos o temeridad en otros, máxime cuando uno quedaba expuesto a iras caninas o malos humores de lacayo encumbrado.



Agora que galanteo y requiebro bátense en retirada, quizá sea hora de rememorar cómo antaño, era digno de ver cómo a las puertas de alguna casa solariega arromolinábanse pretendientes con motivo de haber en ella moza casadera, y cómo pugnaban por lograr sus favores sorteando parientes iracundos, hurañas damas de compañía o celosos hermanos.

 

Era público y notorio que para conseguir atención de doncella (o no tan doncella…), necesitábase, aparte del consabido y enamorado arrojo que constituía usar aldabón, recurrir a argucias mil, desde hacerse el encontradizo cuando dicha damisela acudiera a sus oraciones hasta envío de dádivas o misivas, amén de consabida ronda de su casa, con palpable riesgo de, por razones antes aludidas, todo terminar como Rosario de la Aurora, mas es harina de otro costal y habremos de volver a ello en otros pliegos.



Tampoco era extraño contemplar tropel de menesterosos a las puertas de cenobios o conventos esperando sopa boba o rutinaria limosnal. Multiplicábanse golpes de aldabón, siendo molestia para no pocos.


Sin embargo, en estos tiempos que nos ha tocado revivir hemos apreciado cómo muchos son los que, al llegar a portal ajeno con intención de entrar, acércanse a él y dispónense a platicar quedamente solos, resultando suceso cómico y hasta más propio de gentes con mente nublada.




Resultó, pues, tras ardua investigación por nuestra parte, que hablan con la pared, sin haber torno o celosía y que pulsando extraños resortes que en ella hay, como por conjuro, surgen enigmáticas voces que conceden (o no) venia para entrar a morada, espantándonos ello en cierta ocasión en que acudimos cumplimentar a cierta persona, pues aparte de ventanuco extraño, había en el dicho quicio raro y cíclopeo mecanismo escrutador de nuestro aspecto y que debió juzgar aseado y pulcro, pues si no, habríamos quedado en la calle. 


Por fortuna, restan aún multitud de llamadores, y tomamos firme partido por ellos, dejándonos en tintero relacionar otro tipo, mas reservaremos palabras para fechas más acorde y propicias…





martes, 10 de enero de 2012

V.O.S.

   Ciertamente era goce que anhelábamos experimentar, pues asaz curiosos como somos, no podíamos demorar en demasía visitar tal lugar, alentados a ello por descubridor afán  y resueltos a comprobar si lo que nos referían poseía trazas de veracidad.

     A primera vista, poca expectación despertó en nosotros la contemplación de la edificación, pues ni fachada ni construcción hacía presagiar que en sus entrañas pudiera haber divertimento alguno, mas haciendo de tripas corazón y encomendándonos a Santa Librada, por quien profesamos especial devoción en difíciles trances, resolvimos franquear puertas y aprestarnos a nuestra suerte fuera la que fuese.
     Apenas rebasados portones, un mozo indicónos que necesario era abonar de nuestro pecunio cierto estipendio para gozar de lo allí prometido, por lo que hubimos de agitar nuestra exigua bolsa (a la cuarta pregunta por mor de Cuesta que no es del Rosario, precisamente, sino de Enero) y entregar unas monedas a través de cubículo de extraña forma, a cuyo otro lado un escribiente nos entregó carta de pago con menudos número y letras.

     Aseméjase el sitio a corrala de comedias, pero en honor a verdad habremos de añadir que mientras en aquella el populacho anda como Pedro por su casa, en este sitio es de obligado cumplimiento que el público tome asiento en mullidos escaños tapizados con lujoso tejido, alineados en orden perfecto y conveniente para poder asistir, sin contrariedades ni molestias, y aún más, comenzó puntualmente la función, lo que no era frecuente antaño. Olvidábamos narrar cómo al fondo, inmaculado, álzase grande y albo lienzo, llamándonos la atención que faltasen foro, bastidores, o siquiera cortinaje con que auxiliar a dramático juego.  



     Juzgábamos poca la iluminación del recinto cuando esta apagóse de improviso, quedando callada la sala de no ser por masticar de ciertos frutos tostados traídos de Indias, impenitente darle a la sin hueso de algunos, poco dados a guardar silencio ni tan siquiera en su propio responso o al descaro con que otros, metidos en harina, desobedecen el sexto mandamiento. Temimos serio desperfecto en tales lámparas, cuando también de súbito, tras nuestras cabezas surgió poderoso haz de luz que plasmóse sobre el blanco telón, emergiendo, como por arte de conjuro o hechizo, figuras humanas que por sus semblantes asemejábanse a lo real, por lo compuesto de su hechura y por lo aderezado  de sus movimientos, componiendo curiosos cuadros y escenas de dramática manera, tratándose, colegimos, de intérpretes sin carne y hueso, lo que dice poco del amo del negocio, pues prefiere a estos autómatas que a honrados comediantes.


      Si la aparición de estas figuras conmoviónos no poco, qué decir de su forma y manera de hablar, pues comprobamos se expresaban en lengua ignorada por nosotros, nada inteligible, y sin saber qué decían anduvimos un tiempo, distraídos de la urdimbre de la trama, de no ser por amable camarada de asiento que nos invitó a lectura de ciertos letreros, que no habíamos distinguido, y que tenían virtud de glosolalia, ya que decían en román paladino lo que las dichas figuras proyectadas hablaban en su materna lengua, lo que nos alivió no poco.  

      Caresció la representación de intermedios, de músicos, de malabares o saltimbanquis, ni de danzas siquiera (aficionados como somos a zarabanda y chacona), sino toda ella representóse larga y tendida y a su fin, tampoco hubo ovaciones o abucheos, sino que tornáronse a encender lámparas, abandonó el público la estancia dejando desperdicios por doquier (en eso poco cambio ha habido, vive Dios) y nosotros quedamos a una vez maravillados y cabizbajos, meditabundos y embriagados. Extraña e intrigante diversión.