31 enero, 2022

Crimen y castigo.

En esta ocasión vamos a recordar un texto que hace algunos años dimos a conocer: se trata de un pasaje de nuestro querido Don Alonso de Escalona, aquel sevillano del siglo XVI que, por extraño sortilegio, regresó a la vida en el XXI. En él, Escalona refleja una historia poco conocida y alusiva a un pequeño e ignorado monumento funerario situado en la actual Basílica de María Auxiliadora de Sevilla, pero como siempre, vayamos por partes y en este caso, escuchemos, o leamos, el testimonio del señor Don Alonso: 
 
"Sepan vuesas mercedes que como buenos viajeros hispalenses que somos, nacidos antaño pero vivendo en lo actual, permanecemos de manera constante, como dijo aquel, divagando por esta ciudad de la Gracia; por ello, no es de extrañar que de vez en cuando trabemos amistad con gentes de la más variopinta procedencia y época, tal como nos ocurrió con cierto "plumilla" (periodista, para entendernos) del siglo XIX, diestro en gacetas, hebdomadarios y crónicas, redactor a tiempo parcial nos dijo del Diario La Andalucía y del Noticiero Sevillano, y ducho en primicias a poder ser de lo más truculento pero ansiadas, vive Dios, por los lectores.

Acodados en mostrador de taberna (como no podía ser de otro modo) platicábamos con él en cierta ocasión sobre cómo aún en la antigua Iglesia de los Trinitarios, actual Basílica Menor dedicada a María Auxiliadora, consérvase un humilde y marmóreo monumento funerario con genuino texto dedicado a un tierno infante que pereció de manera funesta. Para los curiosos, hállase al final de la nave la Epístola (la diestra, la derecha, para entendernos), casi en la cabecera.


Apurando su frasca de mosto, el gacetillero, que se cubría con bombín, lucía poblado y espeso bigote, dedos manchados de tinta y gabán algo raído, nos contó que todo ocurrió un caluroso 1 de agosto del año de 1868, cuando en plena Plaza de la Infanta Isabel (hoy, Plaza Nueva) fue secuestrado el hijo, a la sazón de sólo cuatro años de edad, del señor Antonio Sánchez Torres, antiguo propietario de la llamada Fonda de Madrid, situada en la calle del Naranjo (ahora de Méndez Núñez). El "reporter" nos relató cómo una cuadrilla de facinerosos, encabezada por un sujeto de siniestro apodo y peor caracter (mejor no indagar sobre el particular) pretendía con tal rapto lograr un jugoso rescate, y que a la postre hubo trágico desenlace, no sabiéndose bien si por negarse el padre a abonar susodicho rescate o porque los delicuentes hicieron gala de tremenda maldad. 


Imaginen vuesas mercedes el dolor de padres y familiares, la indignación popular y la imperiosa necesidad de las autoridades por prender a tamaña caterva de pérfidos desalmados. Pues hete aquí que por vericuetos casi casuales, los alguaciles, contábanos el periodista, lograron prender a un individuo que respondía al alias de "El Rubio" que no era otro sino el que hacía llegar anónimas y perversas misivas al padre de la criatura en las que reclamaban pronto desembolso de caudales bajo sanguinarias amenazas de muerte para el raptado.

Interrogado, "El Rubio" delató sin demora a su cómplice, un malnacido apellidado Morillas y apodado "Trepa-Burras" para a continuación indicar dónde se hallaba el pequeño; cruel tardanza, el caso es que el cadáver del infortunado niño apareció el viernes 7 de agosto de aquel 1868 bajo la bóveda que cubría el arroyo Tagarete, en el punto comprendido entre las huertas de "El Tello" y "La Borbolla", no lejos de la  Estación de Cádiz. Las pesquisas dieron su fruto y el autor del infanticidio fue finalmente apresado y puesto a buen recaudo el día 10 de agosto.

Pasados los meses fue la Plaza de Armas testigo del ajusticiamiento del autor material de tan execrable acto, mientras que su compañero de andanzas fue obligado a presenciar la ejecución, tras la cual fue enviado a cumplir cadena perpetua dictada por la Real Audiencia. 

Dábase así por cerrado el llamado "Crimen del Correo" o "Crimen de la Plaza Nueva" que tanta expectación como congoja despertó en la población, que mantuvo en vilo a no pocos sevillanos y del que ahora queda sencillo mausoleo con los restos de la inocente víctima.  


Apuró el vaso en sorbo rápido nuestro contertulio, soltó un par de monedas que tintinearon sobre el mármol del mostrador y con un "quede usted con Dios" abandonó la tasca, dejándonos sumidos en tristes meditaciones..."

Foto: Reyes de Escalona.


Post Scriptum: Para quienes deseen mayores detalles sobre antedicho secuestro e infanticidio, Maese Álvarez-Benavides lo relata en sus "Curiosidades Sevillanas", publicadas entre 1898 y 1899 y reeditadas con prólogo del inolvidable Alberto Ribelot allá por 2005.

24 enero, 2022

La calle de "El Tuerto".

 Si la pasada semana anduvimos por la collación de San Román, hoy le toca el turno a la de San Julián-Santa Marina, pues nos vamos a detener en una calle con diversos detalles que merecen la pena, desde una asociación literaria a un colegio de barrio, e incluso un poeta vinculado a la picaresca; pero como siempre, vayamos por partes. 
 

Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de establecer el origen del nombre de la calle Macasta, del que ya se tienen noticias al menos desde 1426; no falta quien, como Justino Matute, aluda a la posible abreviación del término Malacasta o Malcasta, o incluso Rodrigo Caro, que va mucho más lejos al atribuirle origen griego, nada menos. En el plano de Olavide de 1771 puede apreciarse cómo su trazado era perpendicular a la calle San Luis. 


Consta de dos tramos bien diferenciados, uno corto y estrecho, que arranca desde Ruiz de Gijón, muy cerquita de la calle San Luis, y otro más rectilíneo y ancho, que concluye en San Julián. En este segundo sector tiene su sede la institución literaria "Noches del Baratillo", institución literaria fundada en la calle Galera (barrio del Arenal) en 1950 por el poeta Florencio Quintero y el escritor Manuel Barrios, y que desde entonces se ha mantenido contra viento y marea como bastión para la difusión de la poesía y la literatura, habiendo pasado por varias sedes, como la recordada de Escuelas Pías, hasta recalar finalmente en Macasta donde celebra presentaciones de libros, convoca premios o tertulias o sirve de punto de encuentro para los amantes de la lírica. 

Durante mucho tiempo, este tramo sólo tuvo construcciones en uno de sus lados, mientras que el otro, próximo a Santa Marina, estaba ocupado por huertos que crecieron al calor de la decadencia y despoblación de la zona en lo siglos XVII (a partir de la Peste de 1649) y XVIII. Otros solares, en cambio, quedaron convertidos en vertederos, de ahí las frecuentes quejas de los habitantes de la zona sobre lo insalubre de aquella situación, tan frecuente por otra parte.

A ese sector de la calle da una puerta trasera del colegio Huerta de Santa Marina, antiguo colegio Padre Manjón, centro educativo promovido al calor de los años de la Exposición Iberoamericana de 1929 pero cuyas obras se iniciarían ya en tiempos de la II República con Isacio Contreras como Alcalde, para posteriormente quedar abierto en plena Guerra Civil, concretamente en el curso 1937-1938, como ha documentado Jesús Méndez Paguillo, estudioso de la historia de este Centro.

Macasta ha sido siempre calle tradicionalmente popular, en la que llegó a haber, que sepamos, hasta cuatro corrales de vecinos en los números 8, (derribado en 1958), 17 (ganador de un premio como Cruz de Mayo en 1912) 23 y 25, contando en 1920 todavía con una fuente pública que surtía de agua a la población de la zona. Poseyó un horno en el siglo XV y en 1579 se solicitó autorización para abrir otro, lo que da idea de cierta importancia a la hora de la distribución del pan en el sector. En torno a 1599, vivía allí Bartolomé Rodríguez Mata, bordador en oro, como documentó el historiador local José Gestoso, sin olvidar que en esta calle nace, en 1940, el conocido peluquero, escritor y poeta Manolo Melado y que en Macasta poseyó casas el poeta sevillano Alonso Álvarez de Soria, "El Tuerto", alguien escasamente conocido pero cuya biografía bien merece un breve resumen.

Hijo ilegítimo fruto de la relación entre una esclava morisca y un comerciante judeoconverso sevillano, que pese a ello alcanzó el oficio de Jurado en el Cabildo Hispalense, habría nacido en torno al verano de 1573, siendo bautizado, como descubrió Rodríguez Marín, en la parroquia de San Vicente. Reconocido por su progenitor como tal, recibió una cuantiosa herencia que no tardó en dilapidar, y ya en 1595 se tiene constancia de su ingreso en la Cárcel Real, por causas aún no aclaradas, al igual que tampoco ha quedado demostrado su presunto paso a las Indias como soldado, pues si puso pié en esas tierras debió ser por corto espacio de tiempo; a finales del XVI ya se le ve merodeando por Sevilla con "mozos de barrio" y "virotes", donde alcanzará cierta fama por sus sátiras, en las que no dejaba títere sin cabeza y por ser el creador de los llamados "versos de cabo roto", esto es, aquellos cuya última sílaba quedaba suprimida, como estos, de su autoría, dedicados a Lope de Vega: 

Envió Lope de Ve- (ga)

Al señor don Juan de Arguí- (jo)

El libro del Peregrí- (no)

Á que diga si está bué- (no)

Y es tan noble y tan discré- (to)

Que, estando, como está, ma- (lo)

Dice que es otro Garcilá- (so)

En su traza y compostú-; (ra)

Mas luego, entre sí, ¿quien du- (da)

No diga que está bellá-? (co)

 Lo interesante de este modelo de verso es que al parecer viene tomado de la forma de hablar de los bravucones y matones hispalenses de aquel tiempo, sobre todo los trianeros, quienes tomaban esa forma de cortar el final de las palabras como seña de identidad dentro de su particular jerga llena de términos sólo conocidos por los iniciados en el "oficio". Además, el propio Cervantes inmortalizó la figura del poeta sevillano al convertirlo en el Loaysa de su obra "El Celoso Extremeño", el joven enamorado que busca liberar a Leonora de la prisión conyugal a la que está sometida por Filipo de Carrizales, su celosísimo marido. 


 Con todo lo que antecede, con una vida llena de privaciones, juergas, estocadas y amistad con la más variada caterva de los bajos fondos hispalenses, no es de extrañar que al llamado "ruiseñor del hampa" se le fueran la mano y la pluma con unas letrillas impresas dedicadas al entonces Asistente de la ciudad Bernardino de Avellaneda, en las que hizo gala de su más afilada maledicencia con la guinda de adjudicarle el poco agraciado apodo de "Cagalasoga" en alusión a sus numerosas condenas a la horca que dictó. 

 

Perseguido por la justicia, como era habitual en esos trances, se acogió a sagrado en la Parroquia de Santa Ana; creyéndose a salvo, aprovechaba la oscuridad de la noche para salir de manera secreta y continuar con su vida de diversión, hasta que la autoridad, percatada de ello, aprestó a un fornido alguacil que lo detuvo de madrugada en el momento de abandonar el templo trianero. Sentenciado a muerte en cuestión de horas y ejecutado sin más dilación como escarmiento en junio de 1603, un romance de la época testimonió cómo la ciudad lamentó aquella muerte, demasiado rigorista:

Elevada está Sevilla

Toda gente suspensa.

Concurren a la gran plaza

de San Francisco con prisa,

porque hoy lunes en la tarde

dicen que se representa

de Alonso Álvarez el bravo

la lastimosa tragedia.

Para mayor agravio hacia su persona, se le negó cristiana sepultura, ya que sus restos fueron descuartizados y colocados en cuatro puntos cardinales de la ciudad como público escarmiento. Un texto conservado en el Archivo de la Catedral de Sevilla recoge lo sucedido: 

"Murió colgado en el aire, porque un asistente de Sevilla, que era el conde de Castrillo, irritado de que en público burlaba dél, le anduvo a la mira, y por una cosa bien ligera de una cuestión que armó le sacó de la iglesia deSanta Ana y le acusó que llamaba este al asistente por mal nombre Caga la Soga, tomándolo de un hombre pobre"

Por su parte, Quevedo en uno de los capítulos de "El Buscón", ejemplo de novela picaresca donde las haya, relata que en el transcurso de una cena, uno de los comensales habla de este modo:

«Los que las cogieron tristes a las borracheras, lloraron tiernamente al malogrado Alonso Álvarez, apodado el “Tuerto”. ¿Quién es este Alonso Álvarez… que tanto se ha sentido su muerte? –mancebito- dijo el uno- lidiador ahígado, mozo de manos y buen compañero».

El triste final del poeta tuerto quizá le valiera ganar para la posteridad fama de escritor "calavera" que lo mismo componía versos para Lope de Vega que ejercitaba su acero en la collación de Santa Marina, incluso hay quien dice que algunas noches se escuchan los ecos lejanos de letrillas compuestas por él en las callejas cercanas a Macasta, pero esa, esa ya es otra historia...


 



17 enero, 2022

Entre Sol y Luna.

Puede que los lectores más veteranos anden ya elucubrando sobre el tema de esta nueva publicación tras la lectura de su título en la cabecera, sobre todo, porque alude a un curioso detalle que tiene que ver no poco con cierta calle relacionada con los caballos, la orfebrería y el diablo. Pero como siempre, vayamos por partes. 


Desde al menos 1533 la calle era llamada "de Don Lope", en alusión quizá a algún noble que habría tenido allí su morada, aunque en otras ocasiones se le mencionaba simplemente como "la calle que va desde San Román a la Puerta Osario", con certeza, sabemos que ya en 1742 era conocida con su nombre actual, Matahacas. Álvarez Benavides relata que en esta calle existió en otro tiempo un huerto propiedad de un vecino al que todos conocían como "Tío José", quien además poseía cuadras para alojar cabalgaduras e incluso un pozo con agua potable procedente del desaparecido palacio de los Ponce de León, poseyendo además conocimientos "veterinarios" que en algunas ocasiones no eran suficientes en caso de enfermedad equina, con lo cual el animal era sacrificado, por lo que, como afirma el escritor local:

"El detalle de que dejamos heche mérito, dio margen a que los vecinos del barrio dieran en nombrar al huerto por el de Mata-Hacas, como pudieron haberlo hecho de Sana-Hacas o de Cuida-Hacas, pues sabido es que en aquellos tiempos bastaba el detalle más insignificante para que el vulgo, haciéndose cargo de él, bautizase una calle, una casa o cualquier otro lugar público, según hemos demostrado y seguiremos demostrando en estas históricas descripciones."
A mediados del siglo XIX existió en la calle una industria de refinado de sebo, que despertó no pocas molestias y quejas entre el vecindario y en los números 31 y 41, sendos corrales de vecinos; ya que hablamos de viviendas, precidamente el injusto desalojo de una humilde familia de arrendatarios en marzo de 1919 trajo consigo la creación de la llamada "Liga de Inquilinos" que incluso logró algunas mejoras en los contratos tras una serie de movilizaciones e incluso una huelga consistente en el impago de los alquileres.

Entre 1899 y 1926 sufrió diversas reformas buscando la alienación como calle, conservándose aún una pequeña barreduela que se llamó en su tiempo del Diablo, cerrada finalmente, y cuya historia "paranormal" dejaremos para el final. Se conoce que fue calle empedrada en 1586 y 1888 y que en 1899 se le añadió pavimentación de cemento, para ser adoquinada en 1915 y asfaltada como hasta hoy.  No siempre estuvo esta vía en perfecto estado, en el diario "El Liberal" del 4 de octubre de 1913 puede leerse en una sección llamada "Del Vecindario. Quejas y peticiones":

"Ya nos hemos hecho eco en otras ocasión de la queja de los vecinos de la calle Matahacas, sobre el estado de esta vía, y hoy volvemos a repetir la queja en vista de que nada se ha conseguido. 

Las aguas llovedizas se encuentran estancadas en varios hoyos, el pavimento está falto de adoquines en diversos trozos, un fango negro y pestilente abunda por todas partes y los charcos son innumerables.

Vecinos y transeúntes sufren no pocas molestias con esta suciedad de la calle, y durante las noches no es posible pasar por allí sin llenarse de agua y fango.

Es urgente proceder a la limpieza y recomposición del pavimento de la calle Matahacas, llamando nuevamente sobre esto la atención del teniente de alcalde del distrito."

Ya que estamos con aspectos periodísticos, a comienzos del siglo XX fue famoso el caso de un hombre que cayó al pozo de una de las casas de la calle. Alertados los vecino del fatal, en principio, accidente, acudió la autoridad, quien no sólo constató que no había habido accidente alguno, sino que el pozo era el conducto por el que acceder a un habitáculo subterráneo donde existía un taller de falsificación de moneda, cayendo en manos de la justicia toda la organización de maleantes.  

Foto: Reyes de Escalona

En cuanto a aspectos reseñables, merecerá siempre la pena destacar la vivienda número 14, en la actualidad, por fortuna o por desgracia, apartamento turístico reformado y que desde 1922 hasta 2014 acogió el taller de orfebrería de la familia Seco-Velasco, sin la cuál sería complicado comprender el auge de este oficio en la Semana Santa andaluza; de sus buriles salieron piezas como el paso de palio de la Virgen de Loreto, ángeles de plata portando faroles de entrevaral para el palio de la Amargura, las coronas de las dolorosas de las hermandades de San Bernardo y la Hiniesta o, como obra cumbre en Sevilla, los respiraderos en plata de ley para la Virgen de la Esperanza de la Hermandad de la Trinidad, que sirvieron para que Manuel Seco Velasco fuera merecedor de la Cruz de Alfonso el Sabio o la Medalla al Mérito en el Trabajo. 

En la literatura popular, habría que reseñar que en la calle Matahacas habría vivido en la ficción el matador de toros "Riverita", personaje de la novela costumbrista "Currito de la Cruz" (1921) de Alejandro Pérez Lugin, llevada al cine en dos ocasiones y tampoco podría quedar en el tintero el dicho popular de que la calle Matahacas era la más larga de Sevilla, al estar entre Sol y Luna (nombre anterior de la actual calle Escuelas Pías). 

Foto: Reyes de Escalona

 Detalle curioso, no podemos olvidar al nazareno "Manolito" que da la bienvenida a los visitantes en un establecimiento de confección de túnicas de nazarenos situado en la calle desde 1979 y tampoco a los bares de la calle, cada uno en su estilo, desde el Urbano o el Matakas hasta la Bodeguita "El Acerao", pasando por un cariñoso recuerdo para el gran Antonio Abela, enamorado de Sevilla y sus cosas. 

Para finalizar, y para los que gusten de historias de misterio, el antes citado Álvarez Benavides narra en sus "Curiosidades Sevillanas" cómo durante los días de carnaval de 1548 se produjo en la calle Matahacas un extraño suceso provocado por un grupo de jóvenes aristócratas algo pasados de alcohol y de desvergüenza. Tras una noche jaranera llena de tropelías y desmanes por toda la ciudad, no lejos de la Puerta Osario, pusieron sus miras en a una joven y bella damisela que se hacía acompañar por un anciano sirviente. Desgraciadamente, de poco sirvió la débil defensa de éste, pues los envalentonados señoritos estaban dispuestos a forzar a la aterrada joven allí mismo, de no ser por la misteriosa aparición de un extraña y fantasmagórica sombra de ojos muy luminosos que inusitadamente tomó forma humana y que acometió ferozmente a estocadas a los nobles, dejando malheridos a varios e incluso matando a otro de ellos, sin que apareciera el cadáver del mismo con posterioridad pese a las pesquisas de autoridades y familiares. Como si se lo hubiera tragado la tierra. La gente de San Román, temerosa e impresionada por lo sucedido tras escuchar el relato de la joven, divulgó que habría sido el mismo Diablo el que habría salvado a la dama, llevándose consigo el cuerpo del inmoral aristócrata a los infiernos y no tardando aquella barreduela en tomar ese nombre "infernal" hasta su desaparición en torno a 1845...


10 enero, 2022

En el filo.

 

Corre el año de gracia de 1720. Pocos días después del 21 de diciembre, llega a manos de las autoridades hispalenses una copia de una Real Pragmática firmada por el monarca Felipe V en julio de ese mismo año. En ella, el poder real recuerda que ya en 1713 se había prohibido en todos los territorios de la Corona el uso de los cuchillos o puñales llamados "rejones" (nombre de reminiscencias taurinas ahora) o "jiferos", "para evitar las muertes y heridas que alevosamente se ejecutan en estos nuestros reinos", con incluso penas de 30 días de cárcel, cuatro años de destierro y 12 ducados de multa. Pese a todo, se constataba que la orden no se estaba cumpliendo en modo alguno y que era "muy frecuente el uso de estas armas en todo el Reino, y particularmente en nuestra Corte, donde por residir en ella nuestra Real Persona, se hace más precisa la seguridad"

 ¿Cómo y por qué eran tan populares este tipo de armas cortas? ¿Desde cuándo se usaban como elemento de defensa (o ataque) personal? Como siempre, vayamos por partes. 

A modo de resumen, desde sus más tempranos tiempos, el Hombre había sentido la necesidad de defenderse, de armarse, usando al principio ramas, palos, piedras y luego con el paso de los siglos, metales como el cobre, el bronce, el hierro o el acero. El cuchillo, entendido como instrumento de suma importancia en la Historia,  surgirá como respuesta a la necesidad de cortar carne, pieles, madera y poco a poco se empleará como arma defensiva u ofensiva, gozando de una primacía solo arrebatada por la aparición de la pólvora y las armas de fuego en cuestiones bélicas. 


 En la Antigüedad, la Roma Republicana adoptará como arma para sus legiones el famoso "gladius hispanicus", apta para atacar de punta y de filo, de origen íbero y posteriormente, ya en los albores del cristianismo, San Bartolomé será martirizado con un cuchillo y en tiempos medievales, en 1294, un cuchillo será el protagonista del legendaro episodio de Guzmán el Bueno durante el asedio de Tarifa, al arrojar el suyo desde sus murallas a fin de que con él dieran muerte a su propio hijo, apresado por los sitiadores; del mismo modo, Toledo será la ciudad que se llevará la fama por la excelencia en la fabricación artesanal de espadas, dagas, machetes o puñales, el famoso acero toledano, aunque Sevilla no le irá a la zaga...

Las Ordenanzas de Sevilla de 1632, que regulaban entre otros aspectos, la actividad de los diferentes gremios mencionaban al de Cuchilleros de este modo: 

"Siendo como es dicho oficio de cuchillería, uno de los principales oficios y arte, que hay en la dicha ciudad".

Igualmente, como organización artesana, era muy rigurosa con el intrusismo: 

"Y en adelante ninguna persona que no fuere maestro examinado del dicho oficio de cuchillería, ni pueda tener obrero ninguno que labre en su casa, so pena, que el que lo contrario fiziere, por la primera vez, el que tal obrero tuviere en su casa, pague seiscientos maravedis; y por la segunda, la dicha pena y tres días en la cárcel; y por la tercera, la pena doblada y sea traído a la vergüenza públicamente."

Se sabe por padrones y documentos de la época que muchos de los cuchilleros sevillanos se asentaban en la zona de Triana, donde llegó a haber una calle con ese nombre, "cuchilleros", y que ahora formaría parte de la de Antillano Campos, que abarca desde Pagés del Corro hasta San Jorge (con parada en "Las Golondrinas" para quienes gusten); el nombre de esa vía está datado ya desde al menos el año 1592, aunque tampoco podemos olvidar la presencia también de cuchilleros y espaderos en la misma calle Sierpes, como relató el historiador y cronista local Luis Montoto.


Será este mismo autor quien incluso aluda como detalle la aparición del personaje de Ramón de Hoces "El Sevillano" como afamado cuchillero en la segunda parte de El Quijote; quizá Miguel de Cervantes, buen conocedor de la calle al haber sido "huésped" de su Cárcel Real lo incluyera como pequeño homenaje a ese gremio. Como anécdota callejera, indicar que las espadas en mal estado u oxidadas eran "recicladas" en la calle Rascaviejas, en las inmediaciones de las actuales calles Hiniesta y Lira del barrio de San Julián.

El cuchillo, sobre todo de un tipo concreto, el ya aludido como "Jifero", pasó a identificarse con la gente del Matadero y de ahí pasó a un tipo de delincuencia muy frecuente en la Sevilla del Siglo de Oro, baste con éste párrafo cervantino del Coloquio de Cipión y Berganza:

"Pero ninguna cosa me admiraba más ni me parecía peor que el ver que estos jiferos con la misma facilidad matan a un hombre que a una vaca; por quítame esa paja, a dos por tres, meten un cuchillo de cachas amarillas por la barriga de una persona, como si acogotasen a un toro. Por maravilla se pasa día sin pendencias y sin heridas, y a veces sin muertes; todos se pican de valientes, y aun tienen sus puntas de rufianes".

Prueba de la importancia concedida a la obra bien hecha, la corporación cuchillera establecía que cada maestro poseyera un punzón con su propio "logo" y que con él marcara cada pieza a su terminación para evitar así posibles falsificaciones y dejar clara la autoría ante reclamaciones; curiosamente, el tema de los punzones era también obligatorio en otros oficios como por ejemplo el de los plateros, existiendo catálogos de ellos, como el realizado por la profesora sevillana María Jesús Sanz Serrano, que sirven aún hoy para datar y aclarar la autoría de no pocos elementos labrados por este gremio.

Eran tiempos en los que el uso de armas blancas era tan cotidiano que hasta en las Reglas de algunas hermandades sevillanas se especificaba la prohibición de portarlas dentro de los cabildos de hermanos o en las mismas estaciones de penitencia (como en el caso de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús, actual de la Quinta Angusia), no fuera a ser que los debates sobre cultos o procesiones subieran de tono hasta el punto de desenvainar los aceros y formarse, nunca mejor dicho, "el rosario de la aurora".  

¿Cuál era el precio de un cuchillo? En 1627, el Cabildo de la Ciudad publicó la llamada "Tassa general de los precios a que se han de vender las mercaderías en esta Ciudad de Sevilla y su tierra, y de las hechuras, salarios y jornales y demas cosas", una especie de lista de precios que abarca desde el precio de la lana hasta maderas, pasando por semillas, medicamentos, ropas o muebles. En el caso de los cuchilleros, sus tarifas estipulaban diez reales por unas tijeras de sastre, doce por unas de zapatero, tres por unas de bordador o tres reales y medio por "cada cuchillo de mesa hecho en Sevilla el mejor y mayor con cabo de concha de tortuga y latón", aparte de los seis reales que costaría adquirir "un hierro para bigotes" o "un gatillo para sacar muelas".

Durante siglos, la Corona, como hemos visto al comienzo, se empeñó en restringir el uso de armas blancas de hoja corta, con serias advertencias a los gremios de espaderos y cuchilleros sobre la venta y fabricación de tales elementos. En pleno siglo XVI, el emperador Carlos ordenó que que nadie pudiera llevar armas de noche, después del toque de campana de queda, salvo que llevasen candela o se tratase de sujetos que salían temprano de sus casas para dirigirse a sus lugares de trabajo, quedando restringido el uso de espada a las clases altas, no así el de cuchillos y dagas y, especialmente, el de las navajas, que surgen ahora como elemento español por naturaleza y que tendrán su máximo esplendor sobre todo en la etapa del XIX correspondiente al auge del bandolerismo, ¿quién no recuerda a Curro Jiménez esgrimiendo su "faca" en la recordada serie televisiva o la muerte de Carmen la Cigarrera en la conclusión de la famosísima óbra de Mérimée llevada a la Ópera por Bizet? Pero esa, esa ya es otra historia...