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09 febrero, 2026

Al corriente.

Acercándonos ya a una nueva Cuaresma, las hermandades se aprestan un año más a celebrar sus cultos anuales, que culminarán con la salida de la cofradía en Estación de Penitencia en Semana Santa; desde tiempos inmemoriales, como se dice en estos casos, toda esta actividad cultual ha generado siempre gastos económicos importantes, cubiertos casi siempre, por aportaciones de diverso tipo, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Por estas fechas, en muchas casas de hermandad, se celebran los llamados Cabildos de Salida, que tras las oraciones de rigor y la lectura del acta del cabildo anterior suele comenzar con la pregunta, casi ritual, del hermano mayor a su junta de gobierno: "¿Salimos este año?" Contestada por aclamación positivamente por todos los oficiales, inmediatamente todas las miradas se dirigen al Mayordomo (siempre rodeado de papeles y cuentas) al que el máximo mandatario de la corporación interrogará casi protocolariamente: "¿Hay dinero?". Lo que ahora parece simple formalidad fue, durante mucho tiempo, asunto complicado y casi vital, ya que de la bonanza económica de las arcas de la hermandad dependía la salida o no de la cofradía cada año, dándose casos, incluso a comienzos del pasado siglo XX, de votarse la no salida de alguna hermandad debido a la escasez de recursos.

Durante siglos, las hermandades, muchas de ellas gremiales, actuaron como "mutuas", ya que además de ofrecer a sus miembros participar en una serie de actos litúrgicos, cuidaba de ellos durante su enfermedad, dotaba económicamente a sus hijas casaderas en algunos casos y, por supuesto, garantizaba que, una vez fallecido cristianamente, el hermano tuviera un entierro digno con cera, paño mortuorio de la hermandad, tumba o panteón corporativo (a veces) y misas por su alma.

Todos estos gastos eran sufragados por las "averiguaciones", o lo que es lo mismo, por las cuotas o limosnas que voluntariamente entregaban los cofrades para cubrir las necesidades de la tesorería de la hermandad. Como imaginará el lector, estas cuotas se pagaban en concepto de nuevo ingreso, para los cultos o para la salida de la cofradía, como recogían las Reglas de la Hermandad de las Tres Caídas de San Isidoro allá por 1788:

"Todo el que se recibiere de hermano contribuirá por una vez con la limosna de dos libras de cera y dos reales al Muñidor; debiendo todo hermano pedir una Demanda una vez al año para la Estación de nuestra Cofradía, y en caso de no pedirla, deberá dar una libra de cera para el propio efecto". 

Interesante resulta también el término "Demanda" que consistía en que los hermanos pedían ("demandaban") limosnas para su cofradía, ya de manera privada (con huchas o alcancías), ya en la calle, con la figura de los "Demandantes", que no eran otra cosa que hermanos nazarenos que portando "demandas", o bolsas rogaban un donativo a los que contemplaban el paso de la cofradía. Esta figura del demandante resultó muy controvertida por los abusos que cometían e intentó regularse, con poco éxito, en varias ocasiones a lo largo de la historia, como  en 1604 durante el mandato del cardenal Niño de Guevara:

"Que se quiten los muchachos que andan pidiendo en estas procesiones, y nuestros jueces no les consientan en manera alguna andar en ellas, pues no sirven más que de inquietar y quitar la devoción y quedarse para jugar con la limosna que les dan."

O como se procuró desde los sectores Ilustrados ya en el siglo XVIII, durante la estancia en nuestra ciudad del Asistente Pablo de Olavide, secundado por el cardenal Delgado Venegas, quien el 17 de marzo de 1777 dictó una serie de órdenes para regular a las cofradías, entre las que figuraba:

"Que los demandistas sean personas de maduro juicio y prudencia, usen de pocas voces y esto con modestia y devoción, y no sean muchachos." 

De manera simbólica, los "limosneros" hoy perviven delante de la cruz de guía de la Hermandad de los Negritos, quien los recuperó en 1993 con una función meramente presencial, ya que no recogen donativos. Del mismo modo, podemos recordar cómo otra hermandad bien distinta, la de la Santa Caridad, mantiene la costumbre de colocar una mesa petitoria los domingos por la mañana en la catedral de nuestra ciudad, justo antes de la salida por la Puerta de San Miguel.

Abundando en lo anterior, no podemos resistirnos a incluir un precioso y preciso pasaje de un artículo del canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón, procedente de su obra Cruz y Claveles (1920) donde en un imaginario recorrido en coche de caballos por una Sevilla en plena Cuaresma visita diversos lugares relacionados con la inminente Semana Santa, cuando, en un momento concreto de esa "ruta" la animada charla que mantiene con su acompañante "capillita" se ve interrumpida bruscamente por la aparición de otros cofrades, en este caso, de la llamada entonces Hermandad de la Piedad: 

" - ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!, ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!
- ¿¿...???
- ¡Los de Santa Marina, con la demanda!
- ¿Y a tí qué más te da un duro más o menos? ¿Vas a llevarte quizá los dinerales que tienes? ¡¡Para, cochero!!
- ¡Hola, señores!
- ¿Qué tal va esa demanda?
- Medianeja nada más... Doscientas pesetas próximamente, desde la una de la tarde.
- Pues no va mal... ¿Y se podría pasar un durejo por cabeza?
- ¡Figurese usté la pedrá en los dientes!  
- Pues vaya. 
- Pues vaya.
- ¡Pues Dios se lo pague a ustedes!
- Y a ustedes los pasos.
- ¡¡Anda!!...".

Hay que recordar que las aportaciones económicas se venían haciendo tanto en metálico como en especie, esto último con un elemento muy caro por aquellas calendas: la cera pura para culto, pesada en libras, equivalentes a unos 460 gramos de nuestros días. Además, existían también otras cantidades a abonar en concepto de "multas" por inasistencia a cabildos o procesiones, y éstas, para más inri, también podían abonarse de ambas maneras, como hemos podido leer en la Regla de la Hermandad de la Hiniesta de 1671, cuando se alude a las obligaciones del cofrade: 

"Tendrá obligación de asistir a todas las Fiestas que la Hermandad celebrare a nuestra Señora, especialmente a la que se le hace en septiembre, siendo para esta avisados por nuestro Muñidor: y la falta que en cualquiera de ellas se hiciere, no constando de ausencia o enfermedad, se multe en media libra de cera".

Aún sin cuentas corrientes ni domiciliaciones bancarias, sin ordenadores ni pagos con tarjeta, será la figura del cobrador, heredero del muñidor, quien acudirá a los domicilios de los hermanos para cobrar las cuotas, llevándose una pequeña comisión por ello. El efectivo quedaba depositado en la llamada "arca de tres llaves", que recibía tal nombre por poseer tres cerraduras diferentes, que podían ser abiertas únicamente por tres miembros de la junta de gobierno, depositarios de las tres llaves que facilitaban su apertura; en este tipo de arcas también se guardaban documentos importantes. En las antes referidas Reglas de la Hiniesta se alude al arca o caja y al sistema de contabilidad en estos términos:

"Y en dicha caja entrará todo el dinero que se cobrare de las rentas de la Hermandad, y de las demandas y limosnas que se le hicieren, y que sobrare de las misas sabatinas y platillos de domingos y días de fiesta, y se sacará lo que fuere necesario para los gastos precisos, uno y otro con la asistencia de los oficiales y tomando razón de todo el Secretario, poniendo con distinción de lo que procede cada partida que entrare y para que efecto es la que saliere."

Porque, por otra parte ¿Cuánto pagaba un cofrade allá por el siglo XIX? A modo de ejemplo aproximado, según los datos que se conservan, por citar un ejemplo, en hermandades como la Sagrada Mortaja, entonces en Santa Marina con apenas cien hermanos recaudaban unos dos mil reales anuales en concepto de cuotas, teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, sólo el importe de la cuadrilla de costaleros oscilaba entre los quinientos y seiscientos reales, de modo que casi no es necesario destacar la precariedad económica de hermandades pequeñas y de barrio. 

El importe de "demandas", "averiguaciones" (éste último término ya desaparecido) y papeletas de sitio, de las que hablamos en otra ocasión, era, como decíamos, insuficiente, lo que originaba que, salvo las cofradías más poderosas socialmente, las demás estuviesen muchas veces "a la cuarta pregunta" cuando llegaba la Cuaresma y el Hermano Mayor preguntaba aquello de "¿Salimos?"; en 1865, siendo alcalde Juan José García de Vinuesa (promotor de la demolición de las murallas y protagonista del episodio de la Piedra Llorosa), el consistorio comenzará a subvencionar la salida de las hermandades, buscando con ello una mayor presencia de público foráneo en las calles, algo que irá parejo con la colocación de las primeras sillas de pago en la Plaza de San Francisco, dando inicio, por así decirlo, a una nueva etapa en el mundillo cofradiero, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

07 abril, 2025

Un poco sobre los "De abajo".

Dado que seguimos en Cuaresma y a pocos días de la Semana Santa, en esta ocasión, aprovecharemos para dar varias "chicotás" en honor a un personaje denostado y admirado según las épocas, figura indispensable por su papel en las cofradías y labor siempre digna de estudio; pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

El término "costalero" aludía históricamente a los llamados "mozos de cuerda", mozos que, usando sogas o costales de arpillera, se empleaban para transportar cargas pesadas como fardos, sacos o equipajes; los pícaros por antonomasia, Rinconete y Cortadillo, ingresarán en este oficio adquiriendo sendos costales ("pequeños, limpios o nuevos") con los que ejercerlo, comenzando sus peripecias hispalenses en la Plaza del Pan, por poner un ejemplo. Con el tiempo, serán llamados "Gallegos" por ser la mayoría de aquellas tierras e incluso existirá un corral con su nombre en la calle Oropesa, junto a Cuna y serán contratados para portar los Pasos en Semana Santa, gozando de no muy buena fama enter algunos sectores de la sociedad sevillana por su rudeza y comportamiento. 

Novelistas, escritores y poetas han intentado dejar por escrito sus particulares visiones sobre este trabajo anónimo y callado, ya desde finales del siglo XX en manos de hermanos o voluntarios que sustituyeron a los "profesionales", trabajadores experimentados en el Muelle o en Mercasevilla al mando de dinastías de capataces que gozarán de justa fama: Franco, Ariza, Bejarano o Borrero, por citar algunas.

En una primera "chicotá", hemos extraído la perspectiva de un escritor nacido en Camas en 1876 y fallecido en Sevilla en 1954, José Muñoz San Román, autor de El Encanto de Sevilla (1921), en uno de cuyos pasajes se refleja el trabajo del capataz y su cuadrilla durante una procesión, en el que podemos apreciar incluso las voces de mando o la manera de recompensar a "los de abajo":

"Los pasos son llevados en alto por unos hombres fuertes, conocidos por los costaleros. Van en cuádruples hileras debajo de las andas, soportando la enorme y pesada carga sobre los cuellos robustos. Los riquísimos faldones de terciopelo y oro ocultan a la vista del público los fatigados cuerpos de esos hombres infelices que, en fuerza de trabajo y fatiga, nunca llegan a rendirse.

Sólo se les ven los pies andando a compás y produciendo un sordo y crudo rumor. En los descansos suelen echarse a tierra, asomándose bajo las suntuosas telas para pedir un cigarrillo o agua. Cuando paran ante determinadas tabernas se les reparan un tanto las fuerzas con vino del de la hoja, por cuenta de la Hermandad. Y es de ver aquellos rostros renegridos, sudorosos y tristes, cómo se animan con el engañoso vigor que les da la bebida.

El capataz, que va delante y fuera del paso, los guía y es un primor su destreza. Cuando el paso descansa en tierra y hay que ponerlo en marcha, el capataz da un golpe con el llamador y les avisa:

"Muchachos, que voy a llama... Una subiita suave y... a esta é...". Da nuevamente un golpe con el llamador, y los costaleros, a un solo tiempo, elevan el paso en alto y comienzan a andar. Durante el trayecto no cesa de gritar el que guía:

"Esa derecha atrá..." "Esa izquierda alante...", según la dirección que deberán tomar los que pierden la linea debida. Y cuando han de parar les dice: "Muchachos, una agachaita por iguá y quearse paraos... ¡a esta é! Y da un fuerte golpe con el aldabón.

La marcha de los gigantescos pasos por las estrechas calles sevillanas ofrece grandes dificultades, y para el que guía constituye toda una ciencia su servicio. Por eso son, en fin, contados los buenos capataces, y se les busca y contrata en las mejores condiciones. Las fatigas y trabajos de los pobres costaleros debieran inspirar al corazón del público que ve pasar las Cofradías las más tiernas conmiseraciones. Porque son ellos los verdaderos y obscuros penitentes."

Damos un salto temporal y nos plantamos en el año 1964, fecha en la que se publica en México la novela El Capirote, de la que es autor el escritor sevillano Alfonso Grosso (1928-1995). Con una prosa  áspera y social describe las última semanas de vida de un jornalero gravemente enfermo de tuberculosis que se alista en la cuadrilla de un capataz apodado "Trinidad" para sacar cofradías en Semana Santa; Grosso, autor maldito en su época para algunos, demuestra en su novela El Capirote (publicada en México debido a la censura) que conoce a la perfección los usos y códigos del mundillo de capataces y costaleros asalariados, desde la terminología hasta los usos y formas de comportamiento: 

 "Los costaleros iniciaban ya el rito de la colocación del costal sobre la cabeza. Se ayudaban unos a otros para ajustar el saco plegado que les almohadillaría los hombros y la nuca. Algunos, apretaban una vuelta más sobre la cintura la negra faja que les mantendría erguidos, o se agachaban para amarrar con destreza las cintas de sus alpargatas. 

Trinidad los fue distribuyendo por estatura. La falda de raso del paso de palio permanecía aún levantada. Los hombre, en fila india, iban ya entrando para ocupar su lugar bajo las trabajaderas." 

El comienzo de la maniobra de la salida del paso de la iglesia queda plasmada con rapidez, frases cortas y casi ausencia de adjetivos:

"El llamador duplicaba su golpe dentro del paso. La lamparilla de aceite procesionaba la sombra de los cuellos y de los brazos, de las manos apoyadas sobre las trabajaderas delanteras. Le sudor resbalaba sucio y salobre por los pechos y las espaldas. Era un leve murmullo el caminar, como un silbido, cuando las alpargatas de cáñamo se arrastraban por el suelo. Al llegar a la puerta de la iglesia, el capataz, a través de los respiraderos, ordenó "rodilla en tierra". Los cuarenta hombres se dejaron resbalar lentamente hasta que el palio de la Dolorosa bajó tres palmos en el arco de medio punto del portal. Los laterales quedaban separados apenas unos milímetros de los dos quicios. Las rodillas empezaron entonces a moverse lentamente, de manera imperceptible. Por unos instantes, parecieron las andas quietas, estáticas, milagrosamente justas a los bordes de la portada de piedra y no parecía que pudieran adelantar ya ni un solo centímetro."

Queda, del mismo modo, la visión idealizada, nostálgica de Luis Cernuda (1902-1963) cuando, en el capítulo de su libro Ocnos (1942) titulado Las Tiendas menciona de pasada a los costaleros cuando escudriña en las covachas de la Plaza del Pan, como buen conocedor de aquella zona al haber sido vecino cercano de la calle Acetres:

"Estaban aquellas tiendecillas en la Plaza del Pan, a espaldas de la Iglesia del Salvador, sobre cuya acera estacionaban los gallegos, sentados en el suelo o recostados contra la pared, su costal vacío al hombro y el manojo de sogas en la mano, esperando baúl o mueble que transportar. (...) En la plaza, los gallegos (denominación gremial y no geográfica, porque algunos eran santanderinos o leoneses) se encorvaban soñolientos y fofos, más al peso de los años que al de las cargas ingratas que su oficio les condenaba. Eran ellos quienes en Semana Santa, durante los altos de las cofradías, asomaban tras las andas de terciopelo sus caras congestionadas, bajo la masa dorada de esculturas, candelabros y ramilletes, alineados tal esclavos en los bancos de una galera."

Terminamos. Dejamos para el final una visión relativamente reciente, la del historiador, novelista y académico de la Lengua el hondureño Marcos Carías Zapata (1938-2018), de quien destacamos este escueto texto perteneciente a su obra Vara de Medir (1999) y que aporta la visión peculiar del foráneo, no por externa menos interesante, finalizando con una frase que nos ha llamado mucho la atención:

"Tarjeta postal: Los costaleros van en la penumbra. Cuando se detienen acuden los aguadores, sus cirineos. La aparición del aguador tiene que ser exacta al paso del desfile del paquidérmico tablao. Usted no ve la operación, ni a los costaleros ni a los aguadores, ocupado como está comprando souvenires y sin terminar de decidir su fidelidad entre los souvenires o el desfile de carrozas con sus divinos trabajos de imaginería barroca (y los imagineros que todavía siguen produciendo), sus celestiales objetos de orfebrería barroca (y los orfebres que siguen produciendo), hasta las hermanitas de clausura abonan para que abunde la oferta vendiendo por única vez en el año confituras y bollos de monja (la cofradía de los Servitas estrena dos farolas para acompañar, la de la O ha restaurado el manto de la virgen, la de los Gitanos le ha puesto faldones nuevos al paso del palio, la de Montesión estrena el mantolín y el cíngulo del Señor, la de los Estudiantes la insignia del Senatus). En las cofradías se agrupan creyentes y no creyentes. No se necesita creer para andar en la procesión, basta con creer en la procesión."

Sin duda, la figura del costalero ha sido, es y será objetivo de literatos y poetas cuando se trate de plasmar lo que de divino y humano tiene nuestra Semana Santa. Ojalá se nos brinde un descanso entre borrascas y podamos disfrutarla, pero esa, nunca mejor dicho, esa ya es harina de otro costal. 

 

31 marzo, 2025

Carrera Oficial.

Aprovechando el tiempo cuaresmal, vamos a darnos una vuelta entre palcos y sillas, para comprobar cómo, allá por tiempos pasados, vivía la ciudad eso de colocar asientos para ver las cofradías; pero para variar, vamos a lo que vamos.


Desde sus antiguos orígenes, las cofradías de penitencia sevillanas realizaban estación de penitencia a los principales templos de la ciudad, como el Salvador o a lugares fuera de las propias murallas, como el conocido Humilladero de la Cruz del Campo, por poner algún ejemplo; sin embargo, en 1604, el Cardenal Niño de Guevara ordenará a las hermandades realizar estación únicamente a la catedral y dentro de unos horarios concretos; pretendiendo controlar los itinerarios y evitar abusos instaurará el llamado Cabildo de Toma de Horas, celebrándose en principio el Martes Santo en la Capilla de las Doncellas de la catedral, para luego, paulatinamente, ir pasando al Sábado de Pasión y, por último al domingo previo al Domingo de Pasión. 

El hecho de acudir a la catedral hará que la mayoría de cofradías opte por pasar por los lugares ceremoniales de la ciudad, de ahí que la Plaza de San Francisco y la entonces llamada como calle Génova (ahora Avenida de la Constitución) tomaran especial protagonismo, sin olvidar la calle Sierpes, lo que hará que, en 1777, siguiendo el dictado del monarca Carlos III, se instale una especie tribunal en la confluencia de esta calle con la de Cerrajería, en lo que será el antecedente del "palquillo" (llamado por los cofrades clásicos "patíbulo") que a la postre terminará por colocarse en la plaza de la Campana en la Semana Santa de 1917 y configurará el modelo de Carrera Oficial que, salvo leves cambios, ha llegado hasta nosotros.

A todo esto, durante la segunda mitad del siglo XIX las autoridades locales comenzarán a comprobar cómo la Semana Santa podía ser fuente de ingresos para la ciudad, sobre todo por la atracción que tal festividad generaba en un más que incipiente trasiego de viajeros de otros países, deseosos de encontrar elementos pintorescos o exóticos en una celebración religiosa que se vivía con especial intensidad en Sevilla y que, poco a poco, había sustituido a la procesión del Corpus como fiesta mayor. Así, en 1865 el alcalde García de Vinuesa ordenará que se coloquen sillas en la zona de la fachada del Ayuntamiento que daba a la Plaza de San Francisco, al precio de 4 reales, para que así el público pudiera presenciar los cortejos penitenciales con más comodidad. 

Sin embargo, como suele ocurrir, la medida municipal no fue del agrado de todos, ya que hemos recabado una anónima Carta al Director publicada el Miércoles Santo de aquel año en el diario La Andalucía cuyo texto no deja lugar a dudas, aparte de reseñar otros comportamientos habituales entonces al paso de las cofradías:

 "Muy señor mío: bueno fuera que Vd. que tan celoso se muestra siempre por el decoro de nuestras funciones de la presente Semana Santa, se dirigiera a quien pudiera evitar que la multitud se agolpe al paso de las cofradías, principalmente en la plaza de San Francisco, quitándoles mucha parte del lucimiento que tenían años anteriores cuando se mantenía despejada, mientras pasaban aquellas, la ancha faja que media entre las sillas colocadas por el Ayuntamiento, y las que los particulares ponían enfrente para arrendarlas el público.

Es extraño que se permita también que muchachos sucios y harapientos se disputen, no solo cuando las mismas cofradías van por las calles, sino lo que es más, mientras hacen su estación para nuestra suntuosa Basílica, se disputen, repito, la cera que cae de los cirios que llevan los nazarenos, llegando la amabilidad de algunos de estos, a echar en el hueco de la mano de los tales niños, la parte de cera derretida alrededor del pabilo. 

El natural deseo de recoger más cera, hace que los citados mozalbetes anden de un lado a otro, promoviendo disputas entre sí y en lugar tan sagrado, con dolor y escándalo de propios, y más aún de tantos extraños como nos visitan estos santos días."

Por cierto, la carta alude también a comportamientos irreverentes en la catedral durante la Madrugada del Viernes Santo, como hablar en voz alta o dormir allí "como si estuvieran en una plaza"

Pero regresemos a las sillas de la Plaza de San Francisco, porque con el tiempo se convertirán en los Palcos y con ellos, su transformación en lugar para ver y dejarse ver, para lucir y lucirse dentro de un ámbito social perteneciente a las clases altas hispalenses. Abundan las reseñas periodísticas que destacan el aspecto deslumbrante de la Plaza de San Francisco en las tardes del Jueves o Viernes Santo, como esta del diario La Andalucía de abril de 1897:

 "Son muchos los extranjeros y personas notables que se encuentran ya en Sevilla para presenciar las grandes festividades de Semana Santa y Feria. En el hotel de Madrid hay hecho gran pedido de habitaciones y como todos los años las familias más linajudas y opulentas de la sociedad madrileña pararán estos días en la capital andaluza. 

Los palcos y sillas que coloca el Ayuntamiento en la plaza de San Francisco, están casi todos tomados por la flor y nata de la sociedad sevillana".


Sin embargo, un periódico satírico que ya hemos mencionado en alguna que otra ocasión, "El Tío Clarín", no tenía del todo claro la utilidad de las sillas en la Plaza, pues en uno de sus números cuaresmales de las década de los sesenta del siglo XIX recomendaba irónicamente a los visitantes foráneos:

"De  lo que tal vez no se instruya, por no estar en la nómina, si no lo toca de cerca, es de que las sillas colocadas en la carrera para su alquiler, cuestan cuatro reales en adelante cada una, precio excesivamente módico, comparado con la comodidad que ofrecen: 

Como que es una localidad de preferencia cuyo buen punto de vista esta garantizado convenientemente. Por eso verán ustedes que al que está sentado en una silla nadie lo pisotea. Ni lo estruja. Ni se le pone delante. Ni le sucede otra porción de cosas que ustedes experimentarán, si no siguen mi consejo. Huir de las sillas mientras haya otras cosas en que tirar el dinero."

Si los sevillanos del siglo XIX hubieran llegado a saber lo de las sillitas plegables, el CECOP y el público esperando cofradías desde horas antes... pero esa, esa ya es harina de otro costal.

24 marzo, 2025

Juego de varas.

Transitando por semanas cuaresmales como estamos, aprovecharemos este precioso tiempo de vísperas para, como en otras ocasiones, dar algunos detalles sobre objetos que forman parte de los cortejos penitenciales semanasanteros; esta vez, le daremos la oportunidad a una insignia muy valorada y apreciada y si además es dorada, mucho mejor, dicen. Pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

Desde tiempos históricos, el cetro, la vara, el bastón de mando o el báculo, por citar algunos ejemplos de este tipo de elementos siempre se consideraron símbolos de poder, de autoridad. Gobernantes desde los faraones egipcios hasta los Papas, pasando por el propio Moisés con su vara, ("Tu vara y tu cayado me sostienen", dice el Salmo 24 del Antiguo Testamento), centuriones romanos, monarcas medievales, jerarcas de tribus prehispánicas, generales decimonónicos, han ostentando este elemento para dar a conocer su autoridad y a sí mismos, como distintivo de prerrogativa o privilegio. Por citar un ejemplo, los reyes de la Edad Moderna portaban protocolariamente elaborados cetros realizado en metales preciosos y adornados con costosas joyas. Además, en un orden más cotidiano la vara era usada por los alcaides musulmanes como medida para establecer límites en las lindes o extensiones de parcelas si había controversia entre vecinos por estas cuestiones, de ahí que haya sobrevivido la expresión que alude a "varias varas de medir" o "medir con la misma vara". También había alguaciles en las catedrales: en la hispalense, como narraba Bernardo Luis Castro, su Maestro de Ceremonias en 1712:

"Había un peón vestido de negro y con golilla que traía vara de alguacil, cuidando que no se orinasen ni se hiciesen otras indecencias en los ámbitos de la iglesia, y por esto le llamaban el alguacil de los meados".

De este modo, el uso de varas o bastones pasó a muchos ámbitos de lo social; en el siglo XVI los alguaciles, empleados dependientes del cabildo de la ciudad, portaban unas varas de cierta altura realizadas en madera con contera metálica con las que, en un momento dado, incluso podían golpear a aquellos que se oponían a su autoridad y hacerse, de este modo, respetar. Aunque eran cargos electos en principio, la voracidad del estado por conseguir fondos con los que sustentar las campañas bélicas o pagar los empréstitos suscritos para financiar la corona harán que estas varas de alguacil o alcalde se pongan a la venta, y de ahí, que se conviertan en elementos hereditarios que formen parte del patrimonio de determinadas familias. Así, en 1633 el pintor Diego Velázquez era recompensado por sus servicios como Pintor de Cámara en Madrid con "un paso de vara de alguacil de la Casa y Corte", o sea, el privilegio de vender dicho cargo y, por citar un ejemplo local, en un ejemplar del "Papel Semanario de Sevilla" correspondiente al 14 de agosto de 1787 puede leerse:

"Se vende la propiedad de una Vara de Alguacil de los veinte de esta Ciudad. Quien quisiera comprarla acuda a D. Manuel María Moure, Procurador del número de la Real Audiencia".

Los bastones o varas serán también signo de poder o autoridad en los Gremios; portadas por sus alcaldes en procesiones religiosas o cívicas servirán para identificar a los cargos de estas corporaciones. De ahí, es lógico pensar que los bastones o varas también entraran a formar parte del protocolo de hermandades y cofradías, sobre todo cuando, además, en Semana Santa los cofrades preservaban su anonimato con la túnica nazarena y era imposible saber, salvo por estos símbolos, quienes ostentaban la autoridad en los cortejos penitenciales. Además, eran elementos para mantener el orden en la procesión; en las Reglas del Gran Poder de 1570, por citar unas, se establecía ya que las varas y bastones se entregasen a "personas prudentes para el dicho gobierno".

Lo que en principio eran simples varas para los alcaldes (aún no había cobrado protagonismo la figura del Hermano Mayor), con el tiempo irán decorándose, primero con la heráldica de cada hermandad, luego forrándose con telas lujosas los vástagos de estas varas y finalmente añadiéndosele los llamados "cañones", tubos de metal plateado, repujados o cincelados con sobrios motivos vegetales. Prueba de ello es que Diego Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla escribía al referirse al excesivo lujo de las cofradías en el siglo XVI:

"Desprecian las cofradías en las insignias, cruces, candeleros, varas, campanillas y otras alhajas cuanto no es preciosa plata".

Prueba de esto es que en diversos inventarios de hermandades puede leerse cómo existía cierto número de estos cañones, muchas veces de plata, que eran en cierto modo como señal de riqueza; poco a poco, las varas fueron cobrando cada vez más protagonismo, hasta en convertirse en acompañantes de las diversas insignias, incluida la cruz de guía, tal como mantienen hoy día hermandades como El Silencio o el Santo Entierro. Habrá incluso varas de varios tamaños, como las de los diputados de tramo, más pequeñas y manejables; otras hermandades en sus comienzos no contemplaban su uso, como la de La Sed en los años setenta, algunas mantienen austeros diseños con vástagos de madera, como Vera Cruz o el Calvario, mientras otras, destacan por poseer juegos de varas llenos de detalles, como el Humilladero de la Cruz del Campo en las de presidencia de la Hermandad del Polígono de San Pablo, la jarra de azucenas en las de San Benito, el diseño gótico de las de la Paz, las clásicas del Valle o las "minivaras" de La Borriquita. 

Por destacar un caso concreto, sabemos que el 7 de abril de 1935 se obsequió al entonces Hermano Mayor la entonces Piedad de Santa Marina, Guillermo Serra Pickman, una vara de plata dorada como muestra de su rango, realizada por el orfebre Juan Fernández Gómez, vara que quedó en propiedad de la hermandad y que tiene la particularidad de ser desmontable en dos mitades, ya que se entregó en un lujoso estuche, pero esa, esa ya es harina de otro costal y no será nuestra intención seguir "dando la vara". 



11 marzo, 2024

Rescatado.

Esta semana nos ponemos tras la pista de una devota imagen que aunque no procesiona en Semana Santa, suscita siempre un enorme fervor cada viernes del año en general y cada viernes de Cuaresma en particular, una antigua devoción que hunde sus orígenes en el norte de África y que incluso tuvo que ser liberada de un dramático y auténtico cautiverio; pero como siempre, vayamos por partes. 

Allá por abril de 1681, las tropas españolas capitaneadas por Francisco de Peñalosa, asediadas por un contingente marroquí enviado por el rey de Mequinez Muley Ismael, se veían en la necesidad de entregar la plaza de La Mamora ante la superioridad norteafricana y la escasez de armas y vituallas. La fortaleza, junto con el enclave de Larache, estaba en propiedad de la corona hispana desde 1614, que había buscado con ello la erradicación de la piratería en esta zona costera del Mediterráneo próxima al Estrecho de Gibraltar y pronto un grupo de frailes, primero franciscanos, posteriormente sustituidos por capuchinos, se asentó en la nueva colonia, llamada ahora Fortaleza de San Miguel de Ultramar, transformándose la mezquita en iglesia y pasando a recibir culto en ella una imagen traída desde la Península, la de Jesús Nazareno.

Finalizado el asedio, el cuantioso botín de personas y objetos se trasladó a Mequinez y allí la imagen de Jesús Nazareno fue profanada, arrastrada por sus calles y arrojada a un vertedero, donde habría sido destruida de no ser por al intervención de uno de los cautivos españoles que advirtió al rey Muley que dado su valor bien podría canjearla por una buena cantidad de dinero o por cautivos musulmanes, para lo que podría contar con la intermediación de los Padres Trinitarios, dedicados desde siempre a esta labor de redención. Sería Fray Pedro de los Ángeles el encargado de negociar la "liberación" de la talla nazarena; como curiosidad, el monarca marroquí ordenó tasar en oro a la imagen según su peso, dando como resultado el valor de treinta monedas, el mismo que Judas Iscariote solicitó para traicionar a Jesús de Nazaret. 

Juan de Valdés Leal: Cristo de Medinaceli arrastrado por las calle de Mequinez. 1681.

Finalmente, y tras no pocas peripecias, la imagen pudo ser redimida de sus "captores" por los Hermanos Trinitarios en 1681 y fue llevada desde Mequinez a Tetuán para de ahí pasar a Ceuta y cruzar el Estrecho para transcurrir por Gibraltar, Sevilla y Madrid, a donde llegó en agosto de 1682 y quedó entronizada en el Convento de los Trinitarios Descalzos. De manera progresiva, la devoción por aquella maltratada imagen (atribuida tradicionalmente a Juan de Mesa o a los Ocampo, nada menos) fue calando hondo en el pueblo madrileño, comenzando a ser conocida como Jesús de Medinaceli habida cuenta el decidido apoyo recibido por parte de esta Casa nobiliaria. Como muestra de haber sido recobrada por la orden trinitaria, porta el escapulario con la cruz en rojo y azul característica de esta congregación. 

No quedó ahí ese culto, pues en nuestra ciudad los propios Trinitarios se hallaban establecidos en su convento de Nuestra Señora de Gracia, ahora casa Hermandad del Cristo de Burgos, no lejos de la parroquia de San Pedro; la "aventura" de Jesús Cautivo y Rescatado sirvió para acrecentar y dar mérito a la labor de los propios religiosos como liberadores de cautivos cristianos en tierras "infieles" (baste el caso de Miguel de Cervantes, capturado y encarcelado en Argel y redimido por la acción de estos religiosos), de manera que no tardó en colocarse en dicho templo una copia de la imagen madrileña, convirtiéndose en nuevo epicentro del fervor sevillano. 

Como han estudiado Antonio García Herrera y José Roda Peña, la talla, de autor desconocido, tamaño natural, ojos de cristal y brazos articulados, recibió culto en un retablo colocado en el lado de la Epístola del crucero del templo a partir de 1711, tras lo cual fueron frecuentes los milagros atribuidos por el pueblo, como éste:

"Una señora que tenía gran devoción a Jesús Nazareno, parió en Sevilla una niña ciega, la cual permaneció en este estado por espacio de tres años; todo este tiempo lo empleó la madre en rogar a este Divino Señor, hasta que un día, llevada de su fe, toma a su hija en brazos, la conduce a la Iglesia, y acercándose a la lámpara que ardía ante la santa Imagen, unta sus ojos con el aceite de aquella; y a poco tiempo recobró la vista".

Pese a las Desamortización de 1835 y los sucesos revolucionarios de 1868, que ocasionaron el cierre definitivo de la iglesia del convento de los Descalzos, no decayó la piedad popular hacia Jesús Cautivo. Inicialmente, la imagen fue llevada al templo San Hermenegildo, frente al convento de Capuchinos, y a la postre, en 1909, establecida en la céntrica Parroquia de San Ildefonso tras un solemne traslado de carácter procesional, ocupó el altar que hasta 1908 habían ocupado los titulares de la Hermandad del Calvario, ahora en la parroquia de la Magdalena.

"Adoptada" la imagen por la llamada Congregación del Sagrado Escapulario de la Santísima Trinidad, pronto se comenzaron a celebrar solemnes quinarios en su honor, culminando con el Besapiés que también logró hacerse con un lugar especial entre los actos cuaresmales sevillanos y siguió protagonizando una de las grandes citas de la Cuaresma sevillana: el primer viernes de marzo. Baste como muestra una reseña de El Liberal de 1931:

"Siguiendo tradicional costumbre, ayer, primer viernes de marzo, miles de fieles desfilaron ante la imagen Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado, que recibe culto en la parroquia de San Ildefonso.

Personas de todas las clases sociales llenaron el templo continuamente. Desde las primeras horas de la mañana hasta media noche fuerzas de Seguridad y Guardia Civil mantenían el orden y en ocasiones tuvieron que impedir la entrada en el templo."

Incluso ha llegado a salir procesionalmente en varias ocasiones, presidiendo actos en la Casa de Pilatos, la apertura de las Misiones Generales de 1965 o durante un Via Crucis, para lo cual cuenta con sus propias andas, realizadas por los Hermanos Caballero en 1998, pese a lo cual nunca se ha planteado que realice Estación de Penitencia a la Catedral.

Foto: Reyes de Escalona.
 

Para dar mayor difusión al culto a Jesús Cautivo en horas de cierre de la parroquia, se realizó en 1955 un hermoso azulejo por Antonio Kiernam para Cerámica Santa Ana, instalado en la fachada que da a la calle Rodríguez Marín, y como curiosidad, en la cercana Casa de Pilatos, concretamente en la sacristía de su hermoso oratorio, recibe culto otra imagen de Jesús Cautivo, ésta realizada por el imaginero Juan Abascal en 1960 por encargo de la Pía Unión del Via Crucis a la Cruz del Campo y cuya ejecución fue abonada entre todas las cofradías sevillanas, que se repartieron a partes iguales las 25.000 pesetas que costó dicho encargo; ni que decir tiene que existen numerosas imagenes de Jesús Cautivo y Rescatado en toda España y que incluso dos hermandades sevillanas tienen esa advocación entre sus Titulares, pero esa, esa ya es otra historia. 

27 marzo, 2023

Vuelan banderas.

Presentes en los cortejos de las hermandades de penitencia, suelen situarse al principio del tercer tramo, a continuación del Senatus, y muchas veces pasan desapercibidas frente a la riqueza o simbología de otras insignias portadas por nazarenos durante las estaciones de penitencia. Sin embargo, estas peculiares banderas pierden su origen en la noche de los tiempos y bien podrían ser casi "fósiles" de antiguas ceremonias, al igual que otras banderas mucho menos conocidas; pero como siempre, vayamos por partes. 

Las celebraciones litúrgicas de la Cuaresma y Semana Santa en la catedral de Sevilla llegaron a compararse, por su boato y solemnidad, con las del Vaticano, ya que el rico ceremonial acompañado de las bordadas vestiduras de los canónigos y la solemnidad con que todo se celebraba atraía a los fieles. Tal como han divulgado algunos estudiosos del tema, los actos catedralicios estaban lleno de detalles que, en muchos casos, han desaparecido, como la velación de los altares, el encendido (y apagado) del llamado Tenebrario o la ruidosa y dramática escenificación de la ruptura del Velo, recogida incluso por viajeros del XIX como Charles Davillier, por no hablar de Cirio Pascual, caracterizado entonces por una altura de ocho metros. 

Sin embargo, una de los ritos más curiosos e interesantes, a la par que atrayentes era el  denominado de la "Ostensión de la Seña", de la que el sacerdote Juan Rodríguez, allá por 1632, escribía:

"En este tiempo santo de Pasión hace nuestra Santa Madre Iglesia una ceremonia muy misteriosa, y que mueve las almas a quienes asistan a ella con particular devoción y ternura, que es la Seña que se hace en las iglesias catedrales de la cual no he hallado en algún autor algo escrito, y así la declararemos atendiendo al Himno que se canta mientras se hace, que en él me parece que se declara el intento de esta santa ceremonia y esto mismo es parecer de varones graves a quien se lo he comunicado". 

La ostensión de esta bandera tenía lugar hasta cinco ocasiones a partir del llamado Domingo de Lázaro, actual Domingo de Pasión, hasta llegar al Miércoles Santo, pasando por el Domingo de Ramos. Saliendo el Cabildo del Coro, los canónigos y demás dignidades, cubiertas sus cabezas con los capuces de sus ropajes, se situaban reverencialmente arrodillados en las escalinatas del altar mayor y allí se entonaba el himno "Vexilla Regis", acompañado de la música, mientras uno de los cargos catedralicios, el Chantre, empuñaba una bandera realizada con tafetán negro en la que aparecía una cruz roja. Acto seguido, la bandera era ondeada o tremolada ante el pueblo y los canónigos postrados en tierra, cubriéndolos con ella de modo simbólico, como anticipo de la adoración de la Cruz que tendrá lugar el Viernes Santo. Al decir de algunos autores del XIX como Alonso Morgado, el hecho de que se tremolase en cinco ocasiones simbolizaba las cinco edades que estuvo el mundo sin el conocimiento de Jesucristo: la primera desde Adán hasta Noé; la segunda, desde Noé hasta Abraham; la tercera desde Abraham hasta Moisés;  la cuarta, desde Moisés a David; y la quinta desde David hasta el nacimiento de Jesús. 

Horarios de las ceremonias de la Catedral de Sevilla en 1868.

En 1866 esta ceremonia impresionó vivamente a una aristocrática dama inglesa recién convertida al catolicismo, Lady Herbert (apodada "Lady Ligtnening", "Relámpago" por la vehemencia con que se comprometía en causas caritativas), quien mencionó en su obra "Impressions of Spain" en 1866 la importancia de "la misteriosa ostensión de la sagrada bandera". 

Horarios de la Catedral de Sevilla en Semana Santa. Diario El Liberal. 1908.

 A todo, esto habría que sumar que el acudir a este acto suponía para los fieles el ganar numerosas indulgencias; en cuanto a los colores, el negro aludiría a las tinieblas que oscurecieron el mundo a la muerte de Jesús, y el rojo, a la sangre derramada por Él. Por cierto, el himno antes aludido, el "Vexilla Regis", fue compuesto en el año 569 por San Venancio Fortunato como alabanza a las reliquias de la Vera Cruz enviadas desde Bizancio por Justino II a Roma y su comienzo podría traducirse por 

"Las banderas del Rey avanzan,

resplandece el misterio de la Cruz, 

donde el creador de la carne, 

está suspendido en carne en un patíbulo". 

¿Por qué una bandera? Al parecer, la idea tendría su origen en antiguos ceremoniales militares, ya que cuando fallecía un general en el campo de batalla, para enaltecer su valor se enarbolaba su estandarte o insignia ante la tropa como signo de victoria y también como muestra de dolor, tristeza y respeto; de este modo, la muerte de Cristo, entendido como "Capitán y Salvador", se escenificaba con la bandera antes descrita. Por cierto, aunque se trate de otra esfera, en Granada se conserva aún la tradición de la tremolación del pendón de los Reyes Católicos cada 2 de enero en recuerdo de la conquista de la ciudad por estos.


 Nuestro buen presbítero Juan Rodríguez al terminar de relatar el ceremonial de la bandera, aprovechaba para darle un sentido eminentemente penitencial y ejemplarizante:

"Y así cuando asistas a esta ceremonia de la santísima seña, dale gracias a este soberano Capitán de que te llamó a su bandera, y con su santísimo ejemplo te animó a que le siguieses, y determínate a a hacer de nuevo penitencia de tus culpas, y aborrecer el regalo, y frecuentar los Santos Sacramentos para recibir los frutos de la Cruz, considerando a menudo lo mucho que este Señor padeció, y el premio que te aguarda, y la pena del infierno, o del Purgatorio, por los regalos y gustos mundanos".

La ceremonia de la Ostensión de la Seña pasó incluso desde Sevilla a las nuevas diócesis americanas, de hecho en la catedral de Quito aún se mantiene el Miércoles Santo con un ritual muy similar al hispalense, pero cayó en el olvido con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, pero su uso se mantuvo en las cofradías, que tomaron el símbolo para añadirlo a sus procesiones, de ahí el empleo de banderas con cruces en colores diversos, muchas veces coincidentes con los de las túnicas de los nazarenos de cada corporación. 

Como curiosidad, el "revoleo" de la bandera se ha conservado, pero en distintas circunstancias y en las calles de Alcalá de Guadaira, promovido por la Hermandad de Jesús, en un acto lleno de simbolismo y tradición; durante el mismo, será la "Judea", conformada por cuatro soldados, un abanderado, dos músicos, un niño (el Paje de Jineta o "pagineta") y el capitán, la encargada de protagonizar la tremolación de la bandera en puntos concretos durante el Jueves Santo y la antigua ceremonia del prendimiento ya en la madrugada del Viernes Santo, ritos que han sido premiados recientemente con el premio "Demófilo" de la Fundación Machado.


Por último, y ya que hablamos de banderas, en algunas cofradías andaluzas, como el Descendimiento de Málaga, mantienen el uso de las llamadas "banderas quitasangres", arrastradas por nazarenos tras los Pasos para enjugar simbólicamente, la sangre derramada por Cristo. Su uso fue muy antiguo, pues al parecer en 1535 la sevillana Hermandad del Santo Entierro sacó seis de estas banderas realizadas en tafetán negro aunque, por desgracia, hay pocos datos sobre cuándo desaparecieron del cortejo de la Hermandad del Sábado Santo y además, esa, esa ya es otra historia.

13 marzo, 2023

Perfiles cofradieros.

Fue en el año 1918 cuando vio la luz una obra escrita por un canónigo de la catedral hispalense no nacido en nuestra ciudad, cofrade, rociero, fumador empedernido, predicador incansable en cultos de hermandades y ferviente partidario de Joselito El Gallo; en esa obrita, con un barniz netamente costumbrista, el autor plasmó a diversos personajes vinculados a nuestra Semana Santa, de modo y manera que bien merecería la pena, aunque sea brevemente, dar cuenta de algunos de los perfiles reseñados en esa publicación; pero como siempre, vayamos por partes. 

El 15 de junio de 1866 nacía en la localidad onubense de Hinojos Juan Francisco Muñoz y Pabón, cuarto hijo de la familia formada por Antonio Muñoz García (que era sochantre o cantor de la parroquia del pueblo) y María Josefa Pabón Illanes. Buen estudiante, con doce años marchará a Sevilla a ingresar en el Seminario en 1878, viviendo con su tío Juan Francisco, también sacerdote, en la entonces plaza de López Pintado, actual de Jesús de la Redención. Ordenado sacerdote en 1890 tras superar todos los exámenes con brillantez, el cardenal Marcelo Spínola lo nombrará párroco de la de Santiago y en 1903 ganará por oposición la plaza de Canónigo Lectoral en el Cabildo de la Catedral, ejerciendo como rector del Sagrario, y como catedrático en el Seminario. Además, desarrolló una ingente labor como predicador en cultos de hermandades, donde era muy solicitado, llegando a predicar en un año hasta 162 sermones a diferentes cofradías, no sólo de la capital, sino de la provincia.

Desde temprana edad se sentirá profundamente inclinado a la escritura, y animado a proseguir en esa senda por el propio Spínola, mantuvo contacto con escritores de la talla de Rodríguez Marín, Luis Montoto o Juan Valera, cultivando una prosa de gran calidad dentro del realismo costumbrista, con su pueblo muchas veces como telón de fondo y sin faltar aspectos de denuncia social o ejemplarizantes. El Buen Paño, Paco Góngora, Justa y Rufina, La Millona, Oro de Ley, Juegos Florales, serán, por mencionar algunos, títulos salidos de su prolífica pluma, una pluma que, curiosamente llegó a recibir como regalo realizado en oro por parte de los partidarios del fallecido Joselito el Gallo por la defensa que realizó en la prensa de la celebración de sus honras fúnebres en la Catedral tras su trágica muerte en 1920, algo que no todos entendieron. La pluma de oro forma parte ahora del ajuar de la Esperanza Macarena, luciéndola prendida en la saya en las festividades cuaresmales, semanasanteras o especiales.

Ahora que tocamos la vertiente cofradiera, Muñoz y Pabón estuvo muy vinculado a dos cofradías del Jueves Santo: las Cigarreras y el Valle. En la primera influyó muy mucho en el cambio de su imagen cristífera, pasando la anterior a Hinojos, donde aún se conserva; en la segunda, como recordó uno de sus biógrafos el fallecido sacerdote Carlos Ros, fue anfitrión de la propia imagen de la Virgen en su casa de la calle Abades número 3 durante una restauración realizada a la misma por José Ordóñez en 1909 tras un incendio fortuito declarado en su sede de la iglesia del Santo Ángel en el mes de julio de aquel año y del mismo modo, influyó decisivamente en la realización del nuevo grupo escultórico del Paso de la Coronación de Espinas, obra de Joaquín Bilbao. 

Fruto de su interés por la Semana Santa es la frecuente aparición de este tema en sus novelas, demostrando además un profundo conocimiento de las cofradías tanto en su organización interna y sus rituales como al entenderlas como expresión de la religiosidad popular. Así, en 1918 publicará "En el Cielo de la Tierra", recopilación de una serie de artículos aparecidos en el diario madrileño El Debate; en ellos, Muñoz y Pabón disecciona con gracejo y seriedad, valga la paradoja, parte del mundillo de las cofradías y sus personajes, en un estilo muy similar al de los protagonistas de los entremeses teatrales de los hermanos Álvarez Quintero, donde abunda la pronunciación popular. El nazareno, el "armao", el costalero o el penitente aparecerán en sus páginas, de modo que al menos nos centraremos en alguno de estos tipos para ver qué concepto tenía de ellos nuestro canónigo, quien sabe, a lo mejor hay lectores u oyentes que se sienten identifyicado con alguna de estas "siluetas", como las llamó su autor.

El artículo dedicado al nazareno, por ejemplo, se caracteriza por hacer un perfecto retrato de quien cada año se reviste con su túnica y lo que supone participar con ella en las cofradías, la responsabilidad en el pago de las cuotas de hermano, la participación en los cultos o la desilusión, siempre, que supone la lluvia el día de la Estación de Penitencia; quizá lo mejor sea cuando menciona, a modo de subtipo,  al "tipo más soberano de la Semana Santa": el "Capirotero", quien acude a varias hermandades para salir de nazareno, a veces sin ser hermano, y sin siquiera ni asistir a cultos o actos, aunque viva, a su manera, sus particulares vísperas con la misma intensidad que cualquier otro cofrade: 

"Una usted a esto que desde quince o veinte días antes de la Semana Santa, desde que se anuncia en los periódicos que tal o cual Hermandad "ha empezado a repartir las túnicas", él fue a recoger la suya, y la trajo a su casa, y se la probó, para que lo viera su mujer, su cuñada, su suegra, sus chiquillos y casi todas las vecinas del corral. Y se quitó la blanca, para ponerse la morada... y se puso luego la negra... y a seguida, la de sotana blanca y manto celeste; y luego la de sotana morada y manto negro... la de escapulario y la sin él..."

Salir en varias cofradías era práctica más cercana a la afición que a la devoción, aunque parece que no mayoritaria, lo cierto es que al describir al capirotero Muñoz y Pabón no olvidará su diferente comportamiento según sea hermandad seria o popular, ya que en esta última faceta retrata perfectamente cómo eran aquellas estaciones de penitencia de los "felices años veinte" tan bien descritas por otros escritores contemporáneos como Núñez de Herrera o Eugenio Noel: 

"Vaya en una cofradía de orden, seria, que es la expresión: y ni se moverá de su sitio, aunque se muera, ni se levantará el antifaz del capirote, ni le arrancará una palabra, aunque lo maten. ¡Ya pueden venir sobre él las necesidades más perentorias!... ¡El capirotero será la edificación de las naciones! Pero vaya, por la inversa, en una de bullanga y jaleo: y se fumará una cajetilla en la estación, y se beberá en cada esquina donde haya taberna -y haylas en todas- cuantos chatos "con tapas" y "destapados", cafés, cervezas, refrescos y copas de aguardiente le permita su portamonedas... y hasta su crédito comercial en la plaza, y volverá a su casa haciendo ese y hasta cedas, ronco, de los vivas de la entrada".
José García Ramos: "Nazareno, dame un caramelo". 1890.

El "gallego", como era entonces denominado el costalero por tratarse, en muchos casos, de  oriundos de aquella región, también queda reflejado en el libro, sobre todo en un curioso párrafo, lleno de expresividad donde se alude a la "corría" que realizaba entonces de uno de ellos, o sea, la lista de cofradías que sacaba con la excepción del Lunes Santo, jornada en la que aún no salían cofradías: 

¿Tú ves lo que es una casa en la calle Tetuán? ¡Po una casa en lo mejón de la calle Tetuán me ofrecían a mí ahora mismo, y no lo llaman! ¡Arma mía! ¡Ebajo de un paso, ¡seis vece!, En una Semana Santa...! Er domingo, en la Amargura. Er marte, en Santa Cru. El miércole, en la Siete Palabra. Er jueve, en la Virgen der Valle. Er vierne, de madrugá, en er Gran Podé, y er vierne, por la tarde, en la Carretería. Con la particularidá, para que te entere: que ni en Señó der Gran Podé cobra un cuarto, porque lo tiene de promesa por lo e las quinta, ni en la Carretería tampoco, porque la novia se llama Lú, como la Virgen y tiene esa fineza con la celestiar Señora. ¡Es mu güeno mi José...!

Otro capítulo del libro será desde entonces casi referencia para muchos cofrades, ya que alude a un tipo de cofrade que en aquella época era muy minoritario, aunque esencial: el que vivía su hermandad y la Semana Santa todo el año. Según algunos autores, será Muñoz y Pabón el que acuñe el término para designarlo: Capillita, o lo que es lo mismo: "el hombre que tiene la fe de su cofradía, que profesó en el santo bautismo". Cofrade comprometido, erudito, ("se sabrá de memoria el libro de Don José Bermejo "Historia de las Cofradías"), experto en priostías y montajes de pasos, conocedor del mundillo artesanal vinculado a las hermandades, asistente habitual a quinarios y besamanos, es analizado como alguien que vive por y para la Cuaresma y lo que viene detrás, capaz de buscar recursos económicos donde no los hay o de dar el típico "sablazo" a personas de alto nivel económico siempre con el fin de mejorar el patrimonio de su Hermandad. Sería extensísimo reproducir completo el texto, ocurrente y de fina gracia, pero al menos, dejemos que el propio Canónigo Lectoral narre cómo vive las vísperas un Capillita de 1919, con especial atención a las últimas líneas, para comprobar que nada ha cambiado en este mundillo:

"Pero cuando la calentura cofradiera del Capillita sube y se recrudece, hasta no haber termómetro que alcance a marcarla, es cuando allá por los días de Pascua de Navidad comienza la novena al Gran Poder, que viene a ser algo así como el "rompan fuego" cofraderil. Porque tras ella viene la de Pasión, el quinario de la Sagrada Mortaja; a seguida, el del Calvario y el de la Quinta Angustia... ahora, el de las Siete Palabras y el de la Hermandad de la O..., el del Santo Cristo de Burgos y la novena de las Tres Caídas..., el del Amor y la del Silencio, el del Museo y el de la Carretería... y luego los septenarios de la Esperanza y de la Amargura (...) ¡Y deje usted de ir a ver ningún altar, aunque no sea más que para ponerle faltas, y de escuchar a ningún predicador, sobre todo si es forastero, porque eso sería imperdonable en un Capillita".

Para finalizar, y como no podía ser menos, describe los preparativos, el montaje de la cofradía y todas las pequeñas tareas a realizar, como si todo aquello fuera un conjunto de piezas por encajar hasta conseguir completarlo todo: 

 "Quédese, que ya es tarde, en el tintero, lo de tratar la cera y buscar el juego de dalmáticas para los acólitos; contratar los "gallegos" para los pasos y la banda o bandas de música para la estación... y el achuchón al bordador y la filípica al platero... la visita al taller del dorador y la llamada urgente al tallista... el recolectar alhajas para el pecho de la Virgen y el encargar las flores para los pasos... y a todo esto, ¡el de los respiraderos, que no los entrega! y ¡el de los faroles, que no los concluye!... las guardabrisas para los candelabros del Señor, que no se encuentran iguales, y ¡la toga del pertiguero, que ha aparecido comida de ratones!... ¡Por muestras, a la carrera, y volando, el sastre! ¡Y este hombre, teniendo que entender de todo, y hacerlo todo...!

Por cierto, muchos años después, en 2019, la Real Academia de la Lengua Española admitió el término "Capillita" en su Diccionario, con la siguiente acepción: dicho de una persona que vive con entusiasmo las actividades organizadas por las cofradías religiosas a lo largo del año y participa en ellas. Quizá por la buena amistad que mantuvo con un alto cargo de la Fábrica de Tabacos, Miguel de Quesada, mantuvo a lo largo de su vida un empedernido hábito de fumador, lo cual a la postre y desgraciadamente le provocó la muerte de un cáncer de pulmón a la edad de tan sólo cincuenta y cuatro años el 30 de diciembre de 1920, y al año siguiente el Ayuntamiento decidió dedicarle una calle junto a la parroquia de San Nicolás, pero esa, esa ya es otra historia.






06 marzo, 2023

El Abad y sus "Estaciones Sevillanas".

Ahora que en estos días son muchos los que recorren iglesias y parroquias en busca de los altares de culto o devotos besamanos y besapiés que montan las hermandades en honor a sus Titulares, valdría la pena quizá reseñar, aunque sea brevemente, que esta costumbre, tan habitual en tiempo cuaresmal, no es especialmente nueva, ya que cierto clérigo de la parroquia de la Magdalena, a comienzos del siglo XVII, dio cumplida cuenta de este tipo de "recorridos devocionales"; pero como siempre, vayamos por partes. 

En 1561 nacía en Sevilla Alonso Sánchez Gordillo, hijo de Alonso Sánchez y María Sánchez, ambos vecinos de la feligresía de San Vicente; de familia numerosa, uno de sus hermanos fue monje cartujo, mientras que él mismo ingresó en la carrera eclesiástica bastante joven, logrando vastos conocimientos en el terreno del derecho canónico y alcanzando, a los treinta y cuatro años de edad, el importante cargo de Abad de la Universidad de Beneficiados, así como un puesto importante entre el clero de la parroquia de la Magdalena. Sus intervenciones durante el Sínodo de 1604, promovido por el Cardenal Niño de Guevara, fueron de gran importancia, destacando por su erudición sobre la historia de la iglesia hispalense. 

Además de todo esto, dedicó parte de su tiempo a defender determinados privilegios del clero, entablando cuantiosos pleitos que le enfrentarían en ocasiones a la propia jerarquía eclesiástica, ganándose una injusta fama de cicatero y "embrollador", como recogió el profesor Bernales Ballesteros. Vecino de la parroquia de la Magdalena (la derribada en el XIX y entonces en la actual plaza del mismo nombre), y un poco partidista, todo hay que decirlo, la consideraba segundo templo en importancia de la ciudad, por encima incluso del Salvador, que en aquellos años aún se hallaba en la antigua mezquita-colegial. Escribió diversas obras sobre historia eclesiástica de la diócesis sevillana, abarcando desde un memorial sobre todos sus arzobispos hasta curiosas crónicas, como un relato sobre el asesinato del Provincial de la orden agustina en Sevilla a manos de cinco religiosos de la misma congregación. Además, durante años, recopiló pacientemente datos y reseñas sobre la religiosidad sevillana, dando como resultado un manuscrito que tituló "Religiosas Estaciones que frecuenta la religiosidad sevillana", y que no llegó a ver publicado, pues desgraciadamente falleció en 1644. 

Conservadas algunas copias, el libro fue reeditado en 1982 por el Consejo de Cofradías de Sevilla, y en él, aparece toda una serie de devociones a las que los sevillanos acudían a lo largo del año o en épocas concretas, lo que se llamaban "estaciones", herederas de la costumbre instaurada en Roma por el Papa Gregorio I de visitar diversas iglesias y detenerse en ellas orar o celebrar la eucaristía. Veamos, al menos, algunas de ellas. 


La parroquia de Santa Marina, enclavada en el sector norte de la ciudad, podría ser la primera, ya que a ella acudían las mujeres embarazadas próximas al momento del parto para encomendarse a su titular; la costumbre consistía en ir a orar ante la imagen de la santa durante nueve días seguidos, y encargar el mismo número de misas o al menos una, según las posibilidades de cada una; el Abad recogía que "han sentido y sienten notables socorros de ligeros partos de manera que saliendo de ellos vuelven a dar las gracias por el beneficio recibido. Y así es estimada y frecuentada esta estación"

Un segundo templo al que acudían los sevillanos para lograr algún favor era el trianero de Santa Ana, al que, en este caso, acudían mujeres que creían ser estériles para realizar novenarios a la imagen de la madre de la Virgen María. Según Gordillo, se habían producido notables milagros en el sentido de quedar embarazadas muchas que desde años lo intentaban, merced a esta antigua devoción, prueba de ello eran las innumerables ofrendas en cera que la iluminaban. 


Existía también la costumbre de visitar lugares de devoción fuera del término de la ciudad, como era el caso de la entonces muy conocida ermita en honor a Santa Brígida, en su cerro de la localidad de Camas, a ciento diez metros de altura. Como curiosidad, dada la preeminencia del cerro sobre Sevilla, se decía popularmente que, cuando amenazaba lluvia, "las nubes cubren a Santa Brígida". Un pobre ermitaño estaba al cuidado de aquel lugar de peregrinación, que constaban de una humilde hospedería, sostenido únicamente por las limosnas de los fieles y devotos, y que era escenario de numerosas visitas, especialmente en la Fiesta de la Purificación de la Virgen el 2 de febrero y durante la romería que tenía lugar en octubre; la ermita fue destruida a comienzos del XIX y en la actualidad se ha vuelto a celebrar la romería, organizada por su Hermandad y partiendo de la parroquia de Santa María de Gracia de Camas. 

Una práctica religiosa habitual, especialmente realizada por las mujeres, era la de visitar durante siete viernes consecutivos siete templos sevillanos, y en cada uno de ellos rezar la nada despreciable cantidad de ciento cincuenta avemarías y quince padrenuestros ofrecidos a la Pasión de Cristo, a María Inmaculada, a los doce apóstoles y a los santos San Hermenegildo, San Leandro, San Isidoro, Santa Justa y Rufina; las iglesias o capillas a las que acudir eran la de la Virgen de la Antigua en la Catedral, la parroquia de San Bernardo, el Prado de Santa Justa, San Hermenegildo, la capilla del Santo Crucifijo de San Agustín (una de las grandes devociones de aquel momento), la parroquia de San Esteban y la de Santiago, para concluir

Allá por el siglo XVII era también grande la devoción existente hacia el llamado Cristo del Coral, que recibía, y recibe, culto en el monasterio de monjas jerónimas de Santa Paula; de autor desconocido aunque atribuido a Pedro Millán (fin del siglo XV, principios del XVI), eran muchos los que oraban ante él para mejorar sus salud y especialmente para pedir por el regreso, sanos y salvos, de aquellos que estaban ausentes por realizar largas travesías por mar a Indias. Los fieles acudían durante cinco viernes consecutivos, rezando treinta y tres padrenuestros y otras tantas avemarías en recuerdo de los años de vida de Jesús; también se rezaban treinta y tres credos. Además, existía la costumbre de entrar andando de rodillas hasta el altar donde se encontraba el Cristo, celebrando misa el último viernes y dejando encendidas dos candelas hasta que se consumía, tal era el rito. ¿Por qué el nombre del Coral? Al parecer, lo relataba nuestro buen Abad, una señora rogó con tanto ahínco por el regreso de su marido desde América que éste regresó de manera rápida y sorprendente, ofreciendo como acción de gracias un ramo de coral que quedó colocado a los pies del crucificado, surgiendo así la advocación, vinculada por algunos historiadores a la actual Hermandad de Monte Sión. 

Durante la cuaresma el pueblo no sólo visitaba y veneraba imágenes sagradas, sino que también oraba ante reliquias de singular importancia, destacando, por poner un ejemplo, el conjunto propiedad del convento de Nuestra Señora de la Victoria, en Triana, legado al mismo por un caballero Contador de la Real Casa de la Contratación, consistente en elementos tan destacables como curiosos: desde un fragmento del Lignum Crucis hasta cabellos y leche de la Virgen María, pasando por un diente de San Juan Bautista o parte de la barba de San Pedro, incluso cinco de las cabezas de las denominadas Once Mil Vírgenes. Las tardes de los domingos de cuaresma se exponían a la veneración estas reliquias, acudiendo gran cantidad de gente al convento, ahora desaparecido y su lugar ocupado por los Padres Paúles de la calle Pagés del Corro.

Terminada una fructífera peregrinación por los Santos Lugares, el Marqués de Tarifa, Don Fadrique Enríquez de Ribera establecerá en Sevilla en 1521 el esquema del Via Crucis traído de Palestina, en un recorrido que con 977,13 metros de longitud arrancaría en la capilla de su propio palacio, a Casa de Pilatos,  y terminará ya en las afueras de Sevilla, señalizando con cruces sobre pedestales la estaciones o marcándolas en los muros de los templos de San Esteban, San Agustín o San Benito. 

Prácticamente, el itinerario sacro finalizaba en el llamado Humilladero de la Cruz del Campo, un templete del que ya se tienen noticias en el siglo XIV aunque algunos autores sostienen que el edificio definitivo habría sido construido en 1482 por el Asistente Diego de Merlo (famoso por la leyenda de Susona y el complot judío para reconquistar Sevilla) como afirma una inscripción que se conserva en su interior. Una cruz de mármol tallada, atribuida al escultor Juan Bautista Vázquez "El Viejo" y que podría datarse en 1571, presidiría el conjunto, germen de lo que luego serían las procesiones de Semana Santa.

En tiempos del Abad Gordillo el rezo de las estaciones constaba de once, no las catorce de nuestros días y el rezo se realizaba durante los siete viernes de Cuaresma o los días de Semana Santa, dando lugar a grandes manifestaciones de devoción popular que terminaron por salirse un poco de cauce, ya que el propio Abad reconocerá que: 

"Esta estación en su principio antiguo fue de notable devoción y edificación para el pueblo hasta que el enemigo del linaje humano procuró turbarlo. Y es dolor que salió con ello y se profanó de manera que se resfrió la caridad y amor de Dios y fue necesario como de presente es, poner cuidado los Prelados para que se eviten los pecados que de resulta de la corta devoción y poco respeto que se tienen a estos Misterios."

Como puede apreciarse, parece que ya en aquellos tiempos estaba en entredicho la religiosidad popular, pues al aspecto religioso se sumó el profano, con puestos ambulantes, vendedores de reliquias, ciegos con sus cantares... pero esa, esa ya es otra historia.