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31 mayo, 2026

La calle de los Ataúdes.

Repasando notas y borradores, no nos habíamos percatado de un olvido en relación a la serie de artículos que sobre calles y plazas venimos realizando desde hace tiempo: el de una vía muy transitada del Centro Histórico, perpendicular a Sierpes y que desemboca en la segunda plaza más importante de la ciudad; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Llamada de Gallegos desde al menos 1384, siempre ha existido cierta controversia sobre el origen de esta denominación, pues mientras unos autores sostienen que procede de las gentes de Galicia que acudieron con San Fernando a la conquista de Sevilla y se establecieron aquí, otros opinan que procedería del noble medieval Martín Meléndez Gallego, primero de este linaje. Además, en beneficio de la primera teoría, en esta calle se vendió el llamado "pescado çeçial" procedente de Galicia y que consistía en pescado curado al sol y al aire, sin añadírsele sal. Por cierto, en un callejón cercano, el de Oropesa, estuvo el llamado Corral de los Gallegos, dedicados entonces a ejercer como mozos de cuerda o cargadores, de ahí que popularmente a los costaleros se les llamara "gallegos".

Foto Reyes de Escalona.

El nombre de Gallegos convivió un tiempo (siglos XV y XVI) con otro algo tétrico: Ataúdes, suponemos que debido a la existencia de talleres donde se elaboraban estos funerarios elementos, siempre necesarios, por otra parte, y más en tiempos de epidemias. Gallegos se llevará la palma y, finalmente, se mantendrá hasta 1903, hasta que la calle reciba el nombre de un célebre político, jefe el partido liberal y presidente del Consejo de Ministros, que morirá ese año a los setenta y siete años de edad: Práxedes Mateo Sagasta, y con Sagasta ha llegado hasta nuestros días, salvo un período entre 1938 y 1981 en que volvió a llamarse Gallegos, aunque todo el mundo siguió usando el nombre de Sagasta. A la mitad de la calle se encuentra un callejón o barreduela de bastante antigüedad, pues en el siglo XV se llamaba Ataúderos (casi nada) y en 1868 se cambió por el de Monardes en honor al médico sevillano de dicho apellido; primitivamente unida al antes aludido callejón de Oropesa, al fondo, casi como acceso secreto, se encuentra la puerta trasera de la sede del Círculo Mercantil.

Se tiene noticia de que en origen la calle actual era mucho más estrecha, pero poco a poco, gracias a varios ensanches (uno de ello en 1868 que derribó casas próximas a la esquina con Sierpes) alcanzó la anchura actual. Empedrada o enlosada desde 1585, en 1859 podría presumir de ser una las calles mejor iluminadas de Sevilla. Entrando desde la Plaza del Salvador, el lateral izquierdo aparece ocupado por la fachada del Hospital de San Juan de Dios, fundado en 1574 sobre el antiguo Hospital de las Bubas, y que tiene su acceso a través de amplio zaguán en el número 1 de la calle que resumimos. 

Dada su inmejorable ubicación, la calle será de las más transitadas de Sevilla y en ella, como no podía ser menos, se instalará una gran variedad de talleres, negocios y tiendas de todo tipo, desde librerías como la desaparecida de El Rosario de Oro hasta cervecerías como La Oriental, donde en noviembre de 1925 el Sevilla F. C. colocaba a su cobrador para que los socios abonasen las mensualidades correspondientes a sus cuota, pasando por la Farmacia de Zambrano, tiendas como El Capricho, la Perfumería Floral (que databa de 1936), La Instaladora Moderna (fundada en 1945) o la que regentó el poeta y pregonero Antonio Rodríguez Buzón. 

Por fortuna, aún sobrevive la más que conocida Floristería Montero, fundada en 1880, que puede encontrarse a pie de calle y que exorna los Pasos de las hermandades de la Amargura o el Calvario. Curioso era, en días cuaresmales de los años setenta y ochenta del pasado siglo, contemplar una pequeña réplica de la cofradía de la Hiniesta colocada a lo largo del extenso escaparate de una tienda de trajes de novia que se hallaba entonces esquina con el callejón de Monardes, ahora, cosas de los tiempos, hay un moderno supermercado orientado hacia quienes se hospedan en los cercanos e inevitables apartamentos turísticos. Por cierto, pocas cofradías, de las de verdad, pasan por esta calle.



El historiador José Gestoso, allá por 1899, descubrió nombres de vecinos de la calle en los siglos XVI y XVII con la coincidencia de pertenecer todos al gremio de Espaderos, tales como Bernal de Herrera, Alfón Martínez o Diego Vargas; ello no debe extrañar, ya que la mayoría del gremio tenía también sus talleres en la próxima calle Sierpes, llamada de Espaderos durante una etapa de su historia. En el siglo XIX fue bastante conocida la Fonda Europa, situada en el número 19 y citada por el viajero romántico Richard Ford en 1830 y hemos de añadir que en esta calle de Gallegos vivió el famoso personaje sevillano Manolito Gázquez, famoso por sus míticos embustes, de quien hablamos en otra ocasión. 

Navidad de 1965. A la izquierda la Relojería Torner.

Hace poco más de diez años se produjo el traslado de uno de los establecimientos más característicos de la calle, la Relojería Torner. Fundada en 1877 por Rafael Torner Velasco, en 2015 pasó a la calle Alcaicería al hacerse cargo de ella el bisnieto del fundador; allí mantiene abierto un negocio que ostenta el cargo de Relojero Mayor de la Ciudad y se ha ocupado tradicionalmente del mantenimiento del relojes como el de la Giralda, Ayuntamiento, Reales Alcázares o Rectorado de la Universidad de Sevilla, entre otros. 

Rótulo actual en calle Alcaicería. 

Mención aparte merece que en el número 5 tuvo su sede en 1872 una revista femenina llamada El Nuevo Mundo, dedicada, son sus palabras textuales, "Al bello sexo" y cuya redacción estaba conformada por escritores locales como Luis Montoto, Amador de los Ríos o Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo de Fernán Caballero.

 
Terminamos. Otros negocios centenarios que sobreviven en la calle Sagasta son, en primer lugar, la Camisería Galán, fundada por el soriano Isaac Galán en 1905 y que aún mantiene la esencia de tienda clásica y cuidada con grandes espejos y mobiliario de madera y en segundo lugar, mucho más conocida, la Administración de Loterías número 16 "Los Millones", fundada en 1919 y que ha dado el Premio Gordo de Navidad hasta en tres ocasiones: 1961, 1966 y 1998, de ahí que sea una de las preferidas por los sevillanos y foráneos a los que no importa soportar largas colas para adquirir los correspondientes décimos navideños, pero esa, con estas "calores", es harina de otro costal.

Foto Reyes de Escalona.



12 julio, 2021

Manolito.

 

Desde prácticamente siempre, nuestra ciudad ha generado toda una serie de tipos o personajes muy concretos, a medio camino entre lo entrañable y lo picaresco; en alguna ocasión ya ha paseado por estas páginas el Loco Amaro, sin que pueda olvidarse al casi bufonesco "Bizco Pardal" o soslayarse la figura simpática y bonachona de "Antoñito Procesiones", las rondas nocturnas sorteando automóviles de "Vicente el del Canasto" o más recientemente la pareja formada por Juan Joya y Antonio Rivero, o lo que es lo mismo, el "Risitas" y el "Peíto" que tanta fama mediática alcanzaron con Jesús Quintero en sus programas televisivos. 

A caballo entre el siglo XVIII y el XIX, vivió en Sevilla otro individuo digno de haber aparecido estelarmente en los actuales medios de comunicación por su capacidad para el relato y la exageración. El Deán López Cepero y también Manuel Chaves Rey han dejado detalles sobre la curiosa biografía de Manuel Gázquez, o mejor dicho, Manolito Gázquez, que fue como mejor se le conoció y como se hizo popular en su época. 

 
Había nacido a mediados del siglo XVIII y tenido una infancia difícil y llena de penurias, con muchas privaciones. Tras no pocas vicisitudes, logró establecer su propio negocio, una tienda de lámparas de aceite hechas de cobre ("velones") realizadas por él mismo de manera artesanal, situada en la entonces calle Gallegos, actual Sagasta. Del mismo modo, contrajó matrimonio con Teresa, una joven de menor edad que la suya no exenta de gracia y belleza al decir de sus contemporáneos. Su tienda y taller no tardó en convertirse en punto de reunión para tertulias y charlas para clientes y parroquianos, donde Gázquez era protagonista por sus opiniones y chanzas, siempre cercanas al embuste o la onomatopeya, pero siempre también eludiendo temas obscenos o escabrosos, todo hay que decirlo.

Manolito era de baja estatura, grueso y mofletudo, y tras su rostro siempre amable y sonriente se dejaba ver en parte su carácter, como veremos. Pero a mayor abundamiento, demos voz al Deán López Cepero, que lo trató durante años, para que lo describa con su fina prosa: 

"Gázquez conservó siempre cabal su dentadura, vivos los ojos y más agraciado el semblante de lo que sus años permitían, porque era tal su robustez y grosura, que las arrugas no habían podido desfigurarle, y así es que mientras no hablaba, lejos de excitar el ridículo tenía un aspecto a todas luces venerable. Era graciosamente balbuciente, aunque sin tartamudear, pero no hallando su fantasía, por falta de instrucción, medios de expresar lo que concebía, ni manera de referir las cosas maravillosas que se figuraba, adquirió fama de embustero, siendo así que nada era más ajeno a su carácter que la mentira."

Aficionado fiel a los toros, apoyó fervientemente como partidario al diestro Pepe Illo, de quien fue amigo personal y a quien llamaba "Señor Pepe"; se cuenta que incluso intentaba aconsejarle a grandes voces durante la lidia desde su localidad en el tendido, sin que sepamos a ciencia cierta si el matador seguía las recomendaciones, o si sufría las consabidas "broncas" por cómo había hecho tal o cual suerte en el ruedo.

Igualmente, como buen sevillano de su tiempo, era gran devoto de los Rosarios Públicos, tan en boga en aquellos años, en los que tomaba parte con especial protagonismo, dado su virtuosismo con el fagot o piporro, aunque Manolito, con su peculiar pronunciación lo llamaba "Pimpoddo". Haciendo alarde de su capacidad como músico, circulaba esta anécdota, contada presumiblemente por él mismo y fruto de su inagotable imaginación: 

"En cierta ocasión -dijo-, quise pasmar a Roma y al Padre Santo. Para ello entré en da iglesia de San Pedro un día del Santo Patrón el primer Apóstol. Allí estaba el Papa y dos cardenales, y ciento cincuenta y cinco obispos, y toda la cristiandad. Tocaban veinte órganos y muchos instrumentos, y más de mil pitos y flautas, y entonaban el Pange linguae dos mil y cincuenta voces. Llega don Manolito con su casaca (iba yo de corto) y me pongo detrás de una columna que hay a la entrada por Oriente, así conforme se entra a mano derecha, y cuando más bullicio había, meto un "pimpoddazo" y toda aquella algazara calló y la iglesia hizo bum, bum a este lado y al otro como para caerse. A poco siguió la función, creyendo el Consistorio que el terremoto había pasado, y entonces meto otro "pimpoddazo" de mis mayúsculos, y la gente se asusta, y el Papa dijo al punto: «O el templo se viene abajo, o Manolito Gázquez está en Roma tocando el pimporro.» Salieron a buscarme, pero yo tenía que hacer, y me vine a Sevilla para ir al rosario."

José Rico Cejudo (1864-1939): Preparando el Rosario. 1922.

Como comentábamos no hace mucho, frecuentó el famoso Puesto de Aguas de Tomares, situado al pie del Puente de Barcas frente a Triana; analfabeto como era (aunque afirmaba que si supiera leer sería más sabio que Séneca) promovía la lectura "comunitaria" de la madrileña Gaceta, abonando una moneda como lo demás oyentes a un "lector", gracias a lo cual se convirtió en todo un analista de las estrategias y tácticas de Napoleón, invicto entonces en los diferentes campos de batalla europeos. Detalle a tener en cuenta, en aquellos años primeros del XIX llegaban a Sevilla desde Madrid únicamente cinco ejemplares del citado "rotativo". 

Serafín Estébanez Calderón, en sus "Escenas Andaluzas" de 1847, lo retrató como un auténtico "opinador" de su tiempo, ya que eran muchos los que acudían a la antedicha tienda a escucharle valorare los más variados temas de política, toros, religión e incluso esgrima, como cuando en cierta ocasión presumió de evitar mojarse durante un temporal gracias a las estocadas que fue dando por la calle cortando a la propia lluvia. Ni que decir tiene que su fama y sus "historias" sobrepasaron a su propio protagonista, atribuyéndosele chanzas o cuentos que en modo alguno salieron de sus labios, baste decir que en 1855 se publicó la comedia en verso "Manolito Gázquez", obra del dramaturgo Mariano Pina, en la que aparece como protagonista absoluto con sus exageraciones en compañía de su mujer, Teresa y del Tío Fatigas.

Para fortuna, o para desgracia suya, Manolito Gázquez falleció en Sevilla, víctima de una enfermedad pulmonar en abril de 1808, apenas un mes antes de los sucesos del Dos de Mayo de Madrid y del inicio de la Guerra de Independencia contra Francia. A buen seguro, que como patriota convencido habría sido el mejor narrador de la contienda y quizá, quien sabe, uno de sus más gloriosos héroes, eso sí, siempre desde su particular visión de la realidad...