26 junio, 2023

A morro.

Presente en muchos hogares sevillanos cuando arrancaban las "calores", su misión era mantener fresco el líquido elemento, a la par que constituir uno de los objetos más entrañables y fascinantes del menaje doméstico, dio nombre a un tren, a algún que otro bar, a un festival flamenco en La Rinconada, a una peña hípica hispalense e incluso está presente hasta en unas famosas sevillanas rocieras; en esta ocasión, en Hispalensia, hablamos de búcaros o botijos; pero como siempre, vayamos por partes. 

¿Quién no ha bebido, casi saboreado, el agua fresca que brota del búcaro? Calmar la sed ha sido siempre una necesidad vital y fisiológica para el ser humano, y el agua un elemento fundamental, casi único, para aliviarla. Desde tiempos prehistóricos, la humanidad ha utilizado la arcilla, roca sedimentaria con propiedades plásticas que al ser humedecida puede ser modelada fácilmente y que junto con la aparición del horno de cocción permitió que se fabricasen  todo tipo de útiles destinados a contener líquidos, como vasijas, tinajas, ollas, orzas, cántaros y demás, sin olvidar otros usos para la arcilla, como soporte para la escritura o como elemento constructivo con el adobe, el tapial o el mismo ladrillo de barro, tan utilizado en nuestras latitudes. 

"Askos" o botijo griego. Siglo IV a. C.

 Sobre el término "búcaro" y su origen hay cierta discusión, ya que algunos autores estiman que procede del latín "butticula" (diminutivo de "tonel") y otro aluden a otra palabra mozárabe en alusión a lo que sería un tipo de tierra arcillosa procedente, al parecer, de determinadas zonas de Portugal y que fue utilizada para la realizar cacharros de barro de cierta calidad. En algunas zonas se emplea el término "botijo" y en 1612 Sebastián de Covarrubias definía en su afamado diccionario que "botija" era un "vaso de tierra ventrudo con la boca y el cuello angosto. Los niños cuando están para llorar hinchan los carrillos y esto se le llama embotijarse"; finalmente, la palabra terminó quedando fijada para definir a un cántaro de barro con asa en su zona superior y con un pitorro y una boca para facilitar la salida y entrada de líquido, convirtiéndose en un utensilio más de las casas y el campo durante los veranos, para conservar fresca el agua. Otras palabras para describir nuestro entrañable y popular búcaro: pipo, pipote, cachucho, piporro, ñañe o pichilín.

El primer búcaro del que se tienen noticias en España fue hallado en una necrópolis perteneciente a la denominada cultura argárica (surgida en Andalucía Oriental y el Levante entre el 2200 y el 1500 antes de Cristo); dicha necrópolis se halla en la localidad murciana de Beniaján, en ella se encontró una pieza muy interesante de once centímetros de largo y que sólo presenta un orificio o boca y el asa colocada en la parte superior. 

Búcaro, ya desaparecido, en el Convento de las Hermanas de la Cruz.

¿Qué tiene de especial el eficiente y ecológico búcaro de barro? Si nos atenemos a principios científicos, el agua almacenada en él se filtra por los poros de la arcilla y al entrar en contacto con el ambiente seco exterior se evapora, produciéndose un enfriamiento del agua que se conserva en el interior. Debido a esa evaporación siempre se les coloca un plato o recipiente en la zona inferior. Aparte de esta función refrescante de los búcaros, es sabido también que había gente que se los comía. Sí, literalmente, se los comía. ¿Por qué? 

Durante los siglos XVI y XVII fue frecuente la "bucarofagia" entre las damas de la alta sociedad española, que buscaban con la ingesta de la arcilla o terra sigillata el provocarse una anemia o clorosis, o lo que es lo mismo, una bajada de glóbulos rojos en la sangre que hiciera palidecer sus mejillas, algo deseado por todas en unos tiempo en los que estar bronceado era cosa de labriegos; aparte, la creencia popular afirmaba que comer este tipo de elementos servía como anticonceptivo e incluso generaba alucinaciones o visiones extraordinarias, lo que trajo de cabeza a no pocos confesores de damas sevillanas, que veían como no pocas de estas mujeres imitaban a las de la corte y manifestaban experimentar visiones relacionadas con la divinidad. Ante esta "adicción" llamada "vicio del barro", los sacerdotes ordenaban como penitencia a las damas abandonar el uso de tales barros, recomendando beber la llamada "agua de acero" para paliar sus síntomas, agua que no era otra cosa que la resultante de sumergir en ella un hierro candente.

Alonso Sánchez Coello. La Duquesa de Béjar. Sobre 1585.

 Francisco de Quevedo, en su obra el Parnaso Español (1648) dedica unos versos a una dama, A "Amarili, que tenía unos pedazos de búcaro en la boca y estaba  muy al cabo de comérselos": 

Amarili, en tu boca soberana

su tez el barro de carmín colora;

ya de coral mentido se mejor,

ya aprende de tus labios a ser grana.

Al parecer, los búcaros comestibles más apreciados, que eran modelados con arcilla a la que se añadían sustancias perfumadas como el ámbar gris, procedían bien de Jalisco (México) bien de Estremoz (Portugal) por ser los de textura más fina para masticar, aunque, como afirma el Doctor y Dermatólogo Sierra Valentí también se elaboraban en Salvatierra de los Barros (Badajoz) o Talavera de la Reina. En el cuadro de Las Meninas de Diego Velázquez puede apreciarse como la infanta Margarita Teresa de Austria, en el centro de la composición, recibe de manos de la menina María Agustina Sarmiento un pequeño jarrillo de barro en bandeja de plata, ¿Quizá para comérselo tras beber su contenido?

Todavía en 1843 el viajero francés Théophile Gautier escribía sorprendido en su Viaje por España en relación a los búcaros:

"Se colocan siete u ocho sobre el mármol de los veladores y se les llena de agua, en tanto que, sentado en un sofá, se espera que se produzca su efecto y con ello el placer que recogidamente se saborea. Los búcaros rezuman al cabo de un tiempo, cuando el agua, traspasando la arcilla oscurecida esparce un perfume que se parece al del yeso mojado o al de una cueva húmeda, cerrada desde hace mucho tiempo. La transpiración de los búcaros es tal, que después de una hora se evapora la mitad del agua, quedando la que se conserva en el cacharro tan fría como el hielo, con un sabor desagradable a cisterna. Sin embargo, gusta mucho a los aficionados. Nos satisfechas con beber el agua y aspirar el perfume, muchas personas se llevan a la boca trocitos de búcaro, los convierten en polvo y acaban por tragárselos". 
Joaquín Sorolla: El Botijo. 1904.

Durante los siglos XIX y XX se llamó "Tren Botijo" al ferrocarril que desde Madrid trazaba una ruta que finalizaba en la costa mediterránea, concretamente en Alicante, durante la cual los viajeros llevaban todo tipo de viandas y bebidas, como por ejemplo el agua en búcaros, de ahí el sobrenombre. Hubo otros trenes de este tipo con diferentes rutas y en todos ellos el carácter popular de sus usuarios y las altas temperaturas veraniegas durante los viajes conformaron un modo muy concreto de recorrer la geografía española sobre dos raíles. En 1902 los autores teatrales del momento, los hermanos Álvarez Quintero, estrenaron una pequeña obrita con música de Ruperto Chapí que se tituló "Abanicos y panderetas o ¡A Sevilla en El Botijo", mientras que el sevillano diario El Liberal del 10 de abril de 1910 publicaba un suelto que podría ser un lejanísimo antecedente del actual AVE Madrid-Sevilla: 

LLEGADA DEL "BOTIJO"

A las once y media de la mañana llegó a la estación de la plaza de Armas el tren botijo de Feria. En este tren venían unos quinientos pasajeros, de segunda y tercera clase. Hablamos con algunos de ellos y nos manifestaron que el viaje lo habían efectuado sin incidente alguno, reinando durante todo el camino entre los viajeros de ambos sexos la mayor alegría. 

Gran parte de aquéllos son aficionados a los toros, que han venido a conocer la ciudad y ver nuestras renombradas corridas. Deseamos que su estancia en Sevilla les sea grata a los simpáticos botijistas madrileños.

Ya en el siglo XX fue muy popular en Sevilla la figura del Botijero, vendedor ambulante ayudado por un borriquillo que vendía todo tipo de objetos de loza, incluyendo los blancos búcaros traídos desde Lebrija o los de cerámica roja, procedentes de La Rambla, en Córdoba. Dentro del ámbito de los tradicionales pregones callejeros voceados por vendedores, el de "¡Botellas y búcaros finos de la Rambla!" ocupaba un lugar destacado.

Botijeros en la Plaza de la Virgen de los Reyes. 1961.

La música popular, como no podía ser menos, ha dedicado al búcaro coplas como la compuesta por Rafael de León en un pasodoble para Estrellita Castro en 1941 o como el grupo Los del Guadalquivir con aquella letra de sevillanas de 1983 cuyo estribillo decía:

"Por eso dame el búcaro, 

que me muero de sed, 

apretújalo, no se vaya a romper".

Incluso hay que mencionar el uso del búcaro como arma de ataque, como sucedió en plena plaza de la Campana en junio de 1933. A eso del mediodía el banderillero Gabriel Vázquez entraba en el Café París en busca del mozo de espadas del diestro Laínez. La crónica periodística lo contaba así: 

"Cruzaron breves palabras y el mozo de estoques se levantó, tratando de agredir a con un búcaro a su contrincante, quien le había dirigido graves insultos. El banderillero lo desafió a la calle; salió el mozo, y en puerta lo agredió con una navaja, causándole dos heridas."

El mozo de espadas, malherido, pero que sobrevivió, vivía en la calle Alcázares, fue atacado al parecer por antiguos resentimientos, ya que el subalterno lo acusaba de haber prescindido de sus servicios en la cuadrilla del matador sin mediar explicación alguna.

Había, y hay, búcaros "de verano" y "de invierno", éstos últimos realizados en cerámica vidriada o esmaltada en los que no se produce el enfriamiento del agua, y por supuesto, tanto unos como otros, "preparados" convenientemente para que no supiesen a barro al estrenarse, dejándolos unos días llenos de agua "ligada" con un poco de anís o aguardiente que dejaba cierto regusto que encantaba a muchos. Por cierto, y ya para terminar, aunque el búcaro parece una especie en vías de extinción en hogares y bares con la presencia de frigoríficos y agua embotellada,  aún sobrevive en algunos lugares que merecería la pena reseñar y también es destacable que ya no resulta fácil encontrar dónde lo vendan, pero esa, esa ya es otra historia.

Búcaro de invierno. Barro vidriado

19 junio, 2023

La Mezquita "De los Osos."

En esta ocasión, y con la venia, vamos a centrarnos en un lugar poco conocido y del que aún subsisten elementos de cierta antigüedad, lo que ha llevado a muchos historiadores a resaltar su importancia, pese a que en la actualidad el edificio en cuestión sea mucho más conocido por algo que las religiosas que lo habitan venden casi a los pies de la Giralda que por otras cuestiones; pero como siempre, vayamos por partes. 

Durante la etapa de dominación musulmana, entre el año 712 y 1248, Sevilla poseyó hasta dos mezquitas mayores, o aljamas. La primera, la de Ibn Adabbás, fue constituida en el año 829 por el Cadí o Juez que impartía justicia por aquel entonces y algunos de sus restos arqueológicos se conservan a tres metros bajo tierra, en la cripta de la Iglesia Colegial del Salvador, sin olvidar la base de la torre que da a la calle Córdoba o los fustes y capiteles semienterrados del patio de los naranjos, que habrían formado parte del Sahn o patio de abluciones de dicha mezquita. A partir de 1172 las autoridades musulmanas, dado que la mezquita Ibn Adabbás se había quedado pequeña, determinaron la construcción de una de mayores dimensiones, y que a la postre será sustituida por la actual Catedral Hispalense.

 
No fueron éstas, evidentemente, las únicas mezquitas existentes. Se sabe, por ejemplo, que la comunidad judía recibirá en 1248 de manos del rey Fernando III un total de tres mezquitas para que se transformen en sinagogas, las actuales parroquias de San Bartolomé, Santa María la Blanca y Santa Cruz (el templo derribado por los franceses en 1814, no el actual de calle Mateos Gago). Aparte, la legislación del hijo del Rey Santo establecía sobre estas mezquitas: "E las mezquitas que debían ser antiguamente deben ser del rey e puédelas él dar a quien quisiere".

No es de extrañar, por tanto que en cada barrio hubiera oratorios o mezquitas de menor entidad, como es el caso, por citar algunas, de las situadas en zonas como San Gil, Santa Marina, San Julián o en el mismo barrio del Salvador, donde el historiador Julio González, gran autoridad en la materia, constató la presencia de hasta nueve antiguas mezquitas de barrio, algunas de ellas convertidas ya en 1411 en tiendas o viviendas. En total, algunas hipótesis, como la planteada por Pablo Roncero, marcan la existencia de noventa y tres mezquitas en la ciudad, de las que sólo un treinta por ciento se destinó al culto católico, mientras que un importante porcentaje, más del sesenta, se dedicó a uso mercantil o comercial. 

Otra de estas mezquitas, enclavada muy cerca de la Mezquita Mayor y próxima al posteriormente conocido como Corral de los Olmos, fue denominada la "De los Osos", sin que se sepa a ciencia cierta el motivo de tal apelativo, cuando menos curioso; en 1910, José Gestoso, a quien recurrimos de nuevo, publicó un breve artículo en el que afirmaba haber investigado el llamado "Libro Blanco", conservado en el Archivo catedralicio, que data de 1411. En él, figura una relación de las mezquitas otorgadas a cristianos durante el Repartimiento posterior a la conquista de la ciudad en 1248 y fruto de esos datos pudo comprobarse también que en ese año de 1411 existían unas casas muy cercanas al lado oriental de la catedral, vivienda habitual del Arcediano de Écija y canónigo catedralicio Fernán Martínez, al que. pese a sus buenas relaciones y elevado nivel intelectual se calificó como "varón de exemplar vida, pero de zelo menos templado que conviniera"; todo ello en relación a sus furibundas predicaciones e instigaciones contra los supuestos males provocados por los judíos del reino, que dieron como resultado el tristemente conocido Asalto a la Judería de Sevilla de 1391.

Pues bien, no deja de ser interesante que años después de este "Pogromo" antisemita, el propio arcediano fundó y dotó en 1404 un hospital bajo el patronato de Santa Marta usando para ello parte de sus casas y adquiriendo otras propiedad del cabildo de la catedral, todo ello mediante un trueque o intercambio, en el que entraron en juego varias casas, una bodega y tres mil maravedíes por la propiedad antes aludida; además, en el documento se afirma que: 

"Otorgamos y conoscemos que vos damos agora e para siempre en troque e en cambio que conosco facemos para el dicho ospital las casas que se siguen conviene saber: la mezquita que disen de los osos iten las casas que dexó Domingo Pérez, etc."

El hospital se benefició del legado testamentario del arcediano de Écija, llegando a suministrar hasta cuarenta o cincuenta comidas diarias a los menesterosos de aquel tiempo; conviene destacar que esta denominada mezquita "De los Osos", quizá fuera la misma, como describió el analista Ortiz de Zúñiga , que la que Alfonso X solicitó a la catedral: "pidió el Rey Don Alfonso X al Arzobispo y Cabildo unas mezquitas de las cuales había dado para morada de los físicos que vinieron de allende e para tenerlos más cerca, porque eran cercanas al Alcázar", o lo que es lo mismo, quizá se tratase de aquellos científicos de todas las ramas que el Rey Sabio congregó en torno suya para hacer de su Corte un lugar para la sabiduría y el entendimiento.

El mismo Gestoso y otros autores han estudiado los escasos restos que se conservan de esta mezquita, constatando que lo que ha sobrevivido se encuentra integrado en los muros del convento de religiosas agustinas de la Encarnación, en la plaza de la Virgen de los Reyes, sobre todo son visibles en el exterior correspondiente a la cabecera de la iglesia, antes de entrar en el callejón que da a la plazuela de Santa Marta; en esos muros se pueden ver varios ángulos que Gestoso atribuyó a "fábrica sarracena" así como varias ventanas ciegas con arcos polilobulados. 

El convento de agustinas, también conocido como el de Santa Marta, se fundó en 1594 en la plaza de la Encarnación, pero tras ser expulsadas de allí durante la invasión francesa en 1819, y con la ayuda del Cardenal Cienfuegos, las monjas recalaron en este antiguo hospital, donde continúan por fortuna haciendo gala del viejo lema de las clausuras, "Ora et Labora",  elaborando las formas para consagrar en las eucaristías de toda la diócesis, dándose la circunstancia de que las sobras, los famosos "recortes", son compra ineludible en su siempre solicitado torno. Como curiosidad, en 1868 el convento acogerá a las religiosas procedentes de otro convento agustino suprimido, el de Nuestra Señora de la Paz de la calle Bustos Tavera. 

Como detalle final, ¿Cuál fue la última mezquita que mantuvo abiertas sus puertas? Es complicado saberlo pero, según investigaciones realizadas en archivos hispalenses, tras las rebelión morisca de las Alpujarras, en 1502 se decretó la expulsión de los mudéjares sevillanos, la mayoría residentes en la morería del Adarvejo, en la zona de San Pedro y Santa Catalina, procediéndose a la incautación de la única mezquita que existía entonces, localizada en la antigua Plaza de Argüelles ahora del Cristo de Burgos. Su expulsión supuso un importante cambio social y económico, y la huella artística dejada por los mudéjares será siempre más que patente en Sevilla, pero esa, esa ya es otra historia.

12 junio, 2023

Rabiando.

En esta ocasión, vamos a tratar una figura concreta, un oficio, por llamarlo de algún modo, que parece que tuvo bastante predicamento en tiempos pasados, que era requerido para evitar "males mayores" y que incluso llegó a estar en nómina de algunos ayuntamientos o cabildos municipales. Pero como siempre, vayamos por partes. 

En un mundo como el medieval o el de los siglos XVI o XVII, en el que los perros vagaban por las calles como Pedro por su casa y en el que, además, de transmitir pulgas u otros parásitos, podían enfermar y transmitir la rabia, para la que no había vacuna, era muy corriente que, tras la mordedura de un perro rabioso, la persona mordida pudiera padecer también la hidrofobia, o la rabia. Conocida como enfermedad ya en el año 1224 a. C. en Babilonia, al ser un mal vírico, podía y puede llegar a ser grave para el hombre al generar, entre otras patologías, una grave encefalitis, que podía terminar siendo mortal en su etapa más extrema si no se había tratado convenientemente. A todo esto, al perro rabioso, o "perro malo", se le equiparaba con el mismo Diablo, al creerse que estaba poseído por él, con lo cual la influencia del factor religioso quedaba más que patente.

En aquellos tiempos, para curarla, existían, desde tiempo inmemorial los llamados "Saludadores" (palabra surgida de salud-dadores), especie de curanderos que se suponía gozaban de ciertos poderes o gracia divina que les concedía curar esta enfermedad a personas o animales.  Ahora bien, no todo el mundo podía pertenecer a ese grupo privilegiado de "saludadores", ya que para serlo tenían que darse en la persona una serie de condiciones un tanto especiales, casi extraordinarias, como el ser el séptimo hijo varón de siete hermanos varones, haber nacido en Jueves o Viernes Santo, Nochebuena o el día de la Encarnación, nacer con una cruz en el paladar, haber llorado en el vientre de la madre o ser el mayor de dos hermanos gemelos. 

El saludador se consideraba heredero directo de ciertas santas protectoras contra la rabia, por eso se grababan en alguna parte de su cuerpo símbolos relativos a ellas. Ya en 1538 el teólogo Pedro Ciruelo escribía, con cierta animadversión por cierto, sobre los saludadores en su obra Reprobación de las supersticiones y hechizerías

"Los saludadores, para encubrir la maldad, fingen ellos que son familiares de Santa Catalina o Santa Quiteria y que estas santas le han dado la virtud para sanar de la ravia y, para hazerlo creer a la simple gente, hanse hecho imprimir en alguna parte de su cuerpo la rueda de Santa Catalina o la señal de Santa Quiteria y ansí, con esta fingida santidad, traen a la simple gente engañada tras fe".

No deja de ser curioso, aseguraban poder curar con su aliento y con su saliva, e incluso ser inmunes a la acción del fuego, ya que podían, decían, beber agua hirviendo, caminar sobre una barra de hierro al rojo o meterse en un horno encendido. Además, para tener el "kit" completo, algunos incluso afirmaban tener clarividencia, dotes adivinatorias o un sexto sentido para detectar brujas, por lo que en ocasiones el mismo Santo Oficio recurría a ellos a la hora de hacer sus pesquisas sobre posibles hechiceras.

¿Qué trámites necesitaban para ejercer su oficio? En primer lugar, y esto es interesante, debían ser examinados por el obispo de su diócesis o por el mismo Tribunal de la Inquisición, recibiendo, en el caso de aprobar, una licencia que les permitía ejercer su labor. Se sabe que, en lugares de Galicia o el País Vasco, eran expulsados aquellos que no poseían esas licencias, mientras que en Valencia hubo funcionarios públicos que actuaban como examinadores al poner a prueba a los candidatos exigiéndoles que curasen a perros rabiosos usando su saliva. Si superaban el "test", prestaban juramento y obtenían su permiso por escrito. 

Los ayuntamientos, por tanto, recurrían con mucha frecuencia a los saludadores para que atendieran a vecinos y animales, otorgándoles a cambio cantidades de dinero o trigo, aparte de gastos de caballerías, criados, manutención y alojamiento en caso de que procedieran de otras tierras, o sea, una especie de dietas. 

El profesor Peris Barrio documentó varios casos de saludadores en lugares como Jaén, que en 1630 pagaba 24 reales a uno de ellos, Lagrán (Álava) que abonaba a una saludadora el importe equivalente a dos fanegas y media de trigo al año o en Oyón, también en Álava, donde el saludador era un niño de 14 años llamado José Ruiz y que fue contratado por el pueblo de Barredo, ajustando con su padre, que actuaba como "tutor intermediario", la cantidad anual de 30 reales por ejercer su labor. 

¿Cómo actuaban? Había diferentes modos, unos cortaban pedazos de pan con la boca y, mojados con su saliva, los daban a comer al ganado o a la persona afectada por la hidrofobia; otros, escupían directamente al enfermo o a los alimentos que iba a comer y otros, escupían en una vasija con agua que luego era dada al enfermo. Además, en ocasiones chupaban la herida de la mordedura y luego la escupían. Otros ingredientes frecuentes para curar la rabia eran pelos de los propios animales rabiosos o incluso su propia sangre. El propio Miguel de Cervantes, en su Novela Ejemplar "La Gitanilla", editada en 1613, hacía aparecer a una anciana saludadora con estas palabras: 

"Y acudió luego la abuela de Preciosa a curar al herido, de quien ya le habían dado cuenta. Tomó algunos pelos de los perros, friólos en aceite, y, lavando primero con vino dos mordeduras que tenía en la pierna izquierda, le puso los pelos con aceite en ellas, y encima un poco de romero verde mascado; lióselo muy bien con paños limpios y santiguóle las heridas, y díjole: -Dormid, amigo; que con la ayuda de Dios, no será nada."

Francisco de Quevedo (que los sitúa en el infierno, "condenados por embustidores") o el Padre Feijoó criticarán duramente a estos curanderos, descubriendo sus trucos y trampas, por lo que no es de extrañar que algunos fueran perseguidos y condenados por la Inquisición. Otras, como la famosa Catalina de Cardona,  estuvieron al servicio de Felipe II y sus nobles, pero no es menos cierto que, como "gremio", arrastraba no buena fama; en El Lazarillo de Tormes su protagonista describe a uno de los personajes indicando que "comía como lobo y bebía más que un saludador".

¿Hubo saludadores en Sevilla? Un viejo conocido de estas páginas, el cronista e historiador José Gestoso documentó en 1910 que en noviembre de 1441 los Alcaldes y Escribanos del Cabildo ordenaron al Mayordomo de la ciudad que entregase a Pero Alonso, de oficio saludador, 500 maravedíes   

"Que la dicha ciudad le mandó dar por el afán y trabajo que ha pasado y pasa en curar de las personas que estaban dotadas de rabia en la dicha ciudad y en su tierra los cuales con la ayuda de Dios todos guarecían de que se sigue mucho provecho y bien al común de la dicha ciudad y que tome de él su carta de pago".

Todo esto indicaba lo arraigada que estaba la creencia popular en estos curanderos, algunos de los cuales eran sevillanos, como Pedro Martínez, que realiza una petición por escrito al consistorio en agosto de 1491, como Bartolomé Porras, que en 1534 vivía en la Puerta de Triana o como Antón Sánchez, vecino de Alcalá del Río, el cual se obligó a pagar a Hernando Navarro, de oficio ropero, 48 reales que le debía de un manto que le había comprado allá por marzo de 1560. 

Todavía en 1750, fecha de la redacción del Catastro de Ensenada, se constaba la presencia de un Saludador en la ciudad de Écija, aunque alguno hubo que terminó desterrado de Sevilla, como Juan Martínez Gallego, natural de Santa Comba (La Coruña), de oficio sastre, pero también alquimista y saludador, que fue condenado por la Inquisición en un multitudinario auto de fe celebrado en el interior del convento de San Pablo (actual parroquia de la Magdalena) en 1627, acusado de blasfemias heréticas, como que no debía adorarse imágenes de madera por ser éste material sin vida o que el bautismo existía en el Islam y era buena cosa. Se le ordenó abjurar de sus errores bajo pena de cuatro años de ausencia de Sevilla.

Pasaron los siglos y los saludadores, muchos de los cuales eran simples pícaros embaucadores o parlanchines ingeniosos cargados de estampas y rosarios, siguieron gozando de cierta importancia, basada en la ingenuidad y la ignorancia del pueblo, incluso uno de ellos fue reclamado por el rey Carlos II el Hechizado para que curase un cáncer a la reina madre, sin resultado, por cierto.

 En el XVIII la Iglesia emprendió una campaña en contra de ellos, acusándolos de farsantes y la propia Corona también los persiguió por las mismas causas, sin olvidar el enfrentamiento con los albéitares, o lo que es lo mismo, los veterinarios de entonces; en 1764 un Tratado de Veterinaria los describía así:

"Son estorbo para que el Labrador logre el remedio a tiempo, unos hombres que vagan por el mundo, vendiéndose por virtuosos y santos varones, publicando que el Redentor del Mundo los escogió entre todos los demás para remediadores de infinitas enfermedades; éstos son los que se siguen: Saludadores, gente al fin engañadora y embustera por lo general,  ni más ni menos que los ensalmadores y curanderos, teniendo unos y otros mucha aceptación entre la gente vulgar en particular."

Todavía a finales del XIX, nada menos, había aún 300 saludadores, la mitad mujeres, repartidos en los diferentes barrios de Madrid, de manera que, pese a todo, estos personajes seguían ejerciendo su oficio con absoluta libertad. Incluso el diario sevillano El Liberal en 1903 recogía esta reseña: 

 Los salud-dadores fueron desapareciendo a lo largo del siglo XX, aunque puede que aún en nuestros días queden curanderos y ensalmadores, pero esa, esa ya es otra historia.


05 junio, 2023

Una duquesa con bula.

Aquella mañana de febrero hacía mucho frío en Sevilla. Corre el año 1511. Los rayos de un sol débil y escurridizo comenzaban a derramarse por las murallas de la Macarena. Un centinela, tiritando desde la altura de las almenas, da la voz de alerta mientras señala al norte: "¡Ya llegan!". Por el camino que va hacia San Jerónimo se divisa ya el colorido de los pendones y gallardetes con las armas de Castilla y Aragón junto con un fuerte contingente armado, seguido de gran cantidad de caballerías, carros y carretas; el rey Fernando II de Aragón y V de Castilla, el Católico, entra en Sevilla con un nutrido séquito y multitud de hombres de armas. 

El largo viaje le ha llevado hacia el sur por las heladas tierras castellanas, cruzando la provincia de Sevilla desde Guadalcanal a su capital pasando por el Pedroso, Cantillana y Alcalá del Río. Soplan vientos de guerra en el Mediterráneo, pues desde unos años antes se está conformando una poderosa flota con la que el monarca pretende invadir Túnez, deseoso de erradicar de allí al enemigo musulmán de una vez por todas y controlar ese complicado sector de la costa norteafricana.  

Viudo tras la muerte de Isabel en 1504, el rey Fernando ha concertado un matrimonio de conveniencia con la joven Germana de Foix, sobrina de Luis XII de Francia, a la que le saca treinta y cinco años de edad, él tiene cincuenta y nueve, ella, veintiuno. Con la nueva reina, aficionada a fiestas y a la gastronomía de su tierra natal, acude a tierras hispalenses una destacada aristócrata castellana como dama de compañía, viuda y prima del rey Fernando por más señas; Teresa, que así se llama, acarrea en su voluminoso equipaje, entre baúles y cajas, un preciado cartapacio que contiene, plegado en varias partes, un pergamino muy especial: nada menos que toda una Bula Papal emitida en la misma Roma de los Papas. 

La corte asentará sus reales en Sevilla durante la primavera, el tiempo suficiente para incluso acudir a presenciar la ya célebre, vistosa y multitudinaria procesión del Corpus Christi, de la que se conservan algunos datos para aquel año, como que el Cabildo de la ciudad pagó 24.390 maravedíes por la colocación de  los toldos en las plazas de San Francisco, el Salvador o las Gradas, sin incluir los 1.133 maravedís que costó hacer los hoyos para los postes en las mencionadas zonas. A buen seguro que aquella procesión, con sus danzas, gigantes y Tarasca, tuvo que sorprender  a espectadores tan egregios.

Sin embargo, los vaivenes de la alta política, finalmente, obligarán a Fernando el Católico a desechar la idea de la ansiada conquista tunecina en favor de otros peliagudos asuntos de nivel europeo, de manera que la corte abandonará la ciudad a comienzos del caluroso mes de julio de aquel año. Será la última vez que el soberano aragonés vea Sevilla, pues encontrará la muerte en apenas cinco años.

Pues bien, ¿Quién era esa dama acompañante de la reina que, con el tiempo, acabará mereciendo una plaza con su nombre en Sevilla? ¿Qué texto contenía esa Bula Papal para tener tanto que ver con el Corpus Christi de nuestra ciudad? Como siempre, vayamos por partes. 

Teresa había nacido en 1450 y formaba parte de la más alta y rancia alcurnia castellana, no en vano era la hija del gran almirante de Castilla Alonso Enríquez y de María de Alvarado y Villagrán. Tras la muerte prematura de su madre, vivirá una infancia austera y cargada de prácticas religiosas y devotas junto a su abuela, casará a los veinte años con Gutierre de Cárdenas, Contador de los Reyes Católicos, y colaborará con la reina Isabel la Católica durante la conquista de Granada en ayudar a los heridos en los combates en aquellas tierras. Fallecido su marido en 1503, la duquesa viuda de Maqueda optará de buen grado a consagrar su vida ejerciendo la caridad mediante limosnas, fundaciones de hospitales y conventos, empleando para ello todo su patrimonio, algo que no hizo saltar de alegría precisamente a sus hijos. En la villa de Torrijos, en la provincia de Toledo, donde decidirá establecerse, contará con la ayuda del venerable sacerdote sevillano Fernando de Contreras, llevado allí por Teresa Enríquez al saber de su ingente labor en pro de los desfavorecidos en Sevilla. 

La propagación de la devoción a la Eucaristía será otra de sus grandes metas. Pasaba horas de oración ante el Sagrario y la tradición sostiene que ella misma exprimía las uvas de las que extraía el vino para consagrar en las eucaristías. Conocedora de la existencia de la cofradía del Santísimo Sacramento en Roma conseguirá que, con la ayuda de sus contactos con la orden franciscana, el mismísimo Papa Julio II en 1508 le otorgue una Bula, la denominada Pastoris Aeternis,  que le otorgaba la capacidad de fundar cofradías similares a la romana por donde quiera que fuese, además de numerosos privilegios e indulgencias, siendo denominada por el mismo pontífice como "loca del sacramento y embriagada del vino celestial". 

Así las cosas, Doña Teresa llegará a Sevilla con la corte real durante aquel frío febrero, con la bula "bajo el brazo" y merced a su influencia se fundará a partir de 1511 la Cofradía del Santísimo Sacramento del Sagrario de la Catedral, primera hermandad hispalense fundada para dar culto a la Eucaristía, a la que seguirán otras en diferentes parroquias, como el Salvador, Omnium Sanctorum, San Gil, la Magdalena, San Isidoro, Santiago o San Vicente, extendiéndose como fenómeno devocional a toda la provincia y la región. 


Precisamente a un lado de la parroquia de San Vicente, entre la calle del mismo nombre y la de Miguel del Cid, ya en 1574 existía una plaza que, como no podía ser menos, recibía el nombre de la mencionada iglesia. De modo extraño, en 1868, con la llegada de la Primera República ese título fue sustituido por el de Plaza de los Godos, sin que se sepa el motivo concreto de tal homenaje a este pueblo germano del noroeste de Europa, aunque curiosamente poco después, en 1876, (se ve que a los munícipes sevillanos les gustaban este tipo de denominacione)s, será bautizada, por poco tiempo, eso sí, como Plaza de Gunderico, en alusión al rey de los Vándalos que la tradición vincula con la parroquial de San Vicente, ya que se supone que el citado monarca tuvo la brillante idea de saquear el templo a caballo, siendo atacado (los cronistas no se ponen de acuerdo) bien por un demonio bien por un rayo, en el momento que intentaba violentar la puerta principal, muriendo "ipso facto", o lo que es lo mismo, en el acto.

Durante siglos la plaza, como tantas otras, funcionó como cementerio parroquial, prueba de ello es la cruz que se sitúa en su centro, y que es copia de la original conservada en el interior de la parroquia, original de 1582 y que fue retirada de su emplazamiento inicial en 1839. La cruz tiene en una cara la imagen de Jesús Crucificado y en la otra una imagen de la Virgen María. Las inscripciones del basamento, son dos, la primera tomada del Libro de las Lamentaciones: 

O lo que es lo mismo:

Oh, todos vosotros 
que pasáis por el camino,
prestad atención y mirad 
si hay un dolor semejante 
a mi dolor. 

La segunda es la llamada Bendición de San Antonio, casi un pequeño exorcismo para erradicar las tentaciones del Maligno:

He aquí la cruz del Señor
que padeció por nosotros,
huid enemigos de la salvación.
 
Como detalles curiosos, todavía en 1854 se seguían realizando inhumaciones allí, pese a las quejas de los vecinos por los malos olores y las molestias que ocasionaban los sepultureros y aún se conserva una lápida en la plaza, en el muro de la parroquia, donde se indica que por allí se avisa para administrar los sacramentos a deshoras. En el número 1 de la plaza tuvo su domicilio el profesor Manuel de Paúl Arozarena, fallecido en 1930, eminente botánico y miembro de la Junta Directiva del Ateneo de Sevilla. Además, se sabe que en el siglo XIX radicó allí una conocida Casa de Baños. 
 
Anuncio en 1874.

Además, la plaza ha visto reducida su superficie por sucesivas ampliaciones de la iglesia de San Vicente, en 1586 para construir la capilla sacramental y la sacristía, en 1761 para ampliar dicha capilla y nuevamente en 1827 por la edificación de otra una nueva capilla. A la postre, en 1919 y siguiendo los ruegos de los feligreses y clero de San Vicente la plaza quedó definitivamente bajo el nombre de nuestra protagonista inicial, Doña Teresa Enríquez, como recuerda un azulejo colocado por las hermandades sacramentales de Sevilla en 1987. 

Declarada Venerable por la Iglesia Católica el pasado 23 de marzo, prosigue aún abierto el proceso de beatificación de alguien fallecido en 1529 y cuyo cuerpo incorrupto se conserva en el monasterio de religiosas concepcionistas de Torrijos, localidad en la que dejó una profunda huella religiosa y arquitectónica pero esa, esa ya es otra historia.