27 diciembre, 2021

Pumarejo

 En esta ocasión, es el turno de una de las plazas con más historia de Sevilla, pese a su lejanía del centro histórico, pese al abandono que ha padecido durante años, pese a la degradación de su entorno; pero como siempre, vayamos por partes. 

En torno a 1775, un aristócrata de origen cántabro, comerciante de éxito con las Indias, bien relacionado como veremos con los estamentos de mayor autoridad de la ciudad, decide construir una residencia propia acorde a su poder social. Para ello, adquiere unos terrenos en la zona próxima a la llamada Cuatro Cantillos o Cuatro Esquinas, a medio camino de la parroquia de San Gil y el Noviciado Jesuita de San Luis, casi al pie de la llamada entonces Calle Real, terrenos propiedad al parecer del Monasterio de San Jerónimo de Buena Vista.

En el Consistorio se autorizó el derribo de toda una manzana de casas, en torno a setenta nada menos, e incluso la desaparición de una calle (la llamada de Lázaro Díaz), todo ello para que Pedro Pumarejo, caballero veinticuatro, obtuviera mayor amplitud y dotase de mejores vistas a su residencia nobiliaria, una casa dotada de amplia fachada, portada en piedra con pilastras dóricas, ancha escalera, luminosa galería superior y patio porticado al estilo de las viviendas aristocráticas hispalenses del momento. El espacio palaciego ocupaba, y ocupa, una enorme manzana de 3.000 metros cuadrados entre las calles Fray Diego de Cádiz y Aniceto Saéz, nombre precisamente de uno de los propietarios del llamado Huerto de los Toribios allá por finales del XIX.

Desde el momento de su creación, la plaza contó con una hermosa fuente de mármol, abastecida por los Caños de Carmona; curiosamente, dicha fuente parece datar del siglo XVI y proceder de otra ubicación desconocida y en la actualidad, tras ser rescatada de los almacenes municipales por el arquitecto Juan Talavera en 1920, se halla situada en el Paseo de Catalina de Ribera formando parte del monumento dedicado a esta dama sevillana, fundadora del Hospital de las Cinco Llagas, no muy lejano del Pumarejo. 

El primitivo palacio señorial de los Pumarejo gozó de escasa trayectoria como tal, ya que la viuda de Don Pedro decidió enajenarlo tras su muerte en favor del Cabildo de la Ciudad, utilizándose como sede del Colegio de los Niños Toribios hasta 1832, en 1852 se pensó en usarla como escuela y más adelante como refugio para damnificados por las inundaciones del Guadalquivir, hasta finalmente ser utilizada en torno a 1883 como vivienda a manera de corral de vecinos, con los denominados "partidos" que contaban con una habitación, baño y cocina.

La plaza ha arrastrado consigo desde siempre una "mala fama" debida quizá a la presencia en algunas etapas de su existencia de las eufemísticamente llamadas "gentes del mal vivir" (tiempos aquellos con nombres como el "Chato" o el "Chico" del Pumarejo, viejos conocidos de las autoridades policiales de principios del siglo XX) o más recientemente por acoger a toxicómanos o traficantes en una etapa, no muy lejana, en la que la heroína campaba a sus anchas dejando un inevitable reguero de desgracias y de exclusión social y marginalidad.

Como detalle curioso, rebuscando reseñas sobre esta plaza, en un número del diario El Liberal correspondiente a marzo de 1904 aparece la siguiente noticia: 

"La plaza del Pumarejo está diariamente sirviendo de campo de operaciones a unos niños mal educados, que organizan formidables pedreas, llegando a hacer blanco de sus tiros a los transeúntes.

Varias personas se han visto expuestas a sufrir un percance por este motivo y hoy se nos queja un pobre viejo que al entrar y salir en la tienda que tiene allí establecida, es víctima de la persecución de los apedreadores, quienes ayer le causaron algunas contusiones en espalda, teniendo que ir a la casa de socorro. 

¿No hay guardias municipales en la plaza del Pumarejo? Y si los hay, ¿qué hacen que no ponen coto a tales excesos?

Esperamos que el teniente de alcalde del distrito dará órdenes para que se ejerza la oportuna vigilancia en la citada plaza, poniéndose término a estas escenas, tan impropias de un país civilizado."

Cerca del palacio, en 1785, se construyeron las Atahonas Municipales, que servían para el suministro de pan a la población y como depósito para momentos de escasez de trigo para las tropas, de ahí que en en 1870 el inmueble fuera llamado "La Provisión". En el muro de este edificio, precisamente, se hallaba adosada la fuente que comentábamos anteriormente. El inmueble, hasta su derribo en 1955, se utilizó como vivienda y fue sede el conocido Cine Esperanza, muy popular en la zona. En su reforma para pisos, se procuró respetar su portada neoclásica con mayor o menor fortuna y usándose sus bajos como espacio para el negocio Muebles Macarena y posterior y últimamente sede del ambulatorio del Servicio Andaluz de Salud hasta su traslado a la calle Inocentes. 

Durante décadas, la zona se caracterizó, a ser uno de los sectores más desfavorecidos de la ciudad, con abundancia de infraviviendas y escasez de higiene, aunque no faltaron denuncias como la del Doctor Hauser, quien destacó este sector por poseer una altas tasas de mortalidad infantil a lo largo del XIX.

Hablar del Pumarejo y no mencionar olvidar el papel de las diferentes tabernas y bares en la plaza, como la "Bodega Camacho" ("Mariano", para entendernos) o "Umbrete", sería casi un pecado de lesa majestad, por su capacidad indudable como elementos socializadores y de cohesión, así como tiendas de alimentación y pequeñas tiendas, además de un parque infantil instalado en el lateral de la plaza. 

Durante estos años el colectivo de vecinos de la plaza, especialmente los residentes en el primitivo palacio de Don Pedro, han centrado sus esfuerzos (con el apoyo de arquitectos del barrio, como el desaparecido Ventura Galera) en evitar que el edificio cayera en manos de la especulación o incluso que fuera convertido en hotel en el año 2000, lográndose que en 2011 fuera declarado Bien de Interés Cultural, de manera que quedara protegido y en propiedad del Ayuntamiento, quien ha puesto en marcha un programa de rehabilitación que por el momento, salvo actuaciones puntuales, está a la espera de ponerse en marcha, con lo cual se recuperaría un espacio cargado de historia en el sector norte de la ciudad.

Terminamos 2021. Ojalá el próximo año sea un poco mejor que éste que termina, que sigamos por aquí "dando la lata" y los lectores y oyentes sigan siendo benévolos. 

20 diciembre, 2021

Secundarios de cuatro patas y una reliquia.

No cabe la menor duda de que en cualquier Belén o Nacimiento montado en el hogar o en aquellos instalados en asociaciones, hermandades o conjuntos monumentales (como por ejemplo, en San Luis de los Franceses), los pilares fundamentales son, por casi imperativo legal, el Niño, la Virgen y San José, las demás figuras aparecerán o no, serán de mayor o menor tamaño y, en definitiva, complementaran la Sagrada Escena representada. En esta ocasión, vamos a dar algunos detalles sobre elementos o seres que suelen estar presentes en estas representaciones, y, como siempre, vayamos por partes. 

La tradición establece que fue San Francisco de Asís, allá por el siglo XIII, quien decidió escenificar, incluso con animales reales, el Nacimiento del Niño Dios, celebrando así la Misa de Nochebuena y dando carta de naturaleza a una práctica que poco a poco se iría extendiendo por Italia en primer lugar y por toda Europa en lo sucesivo. Como sabrán los lectores, hay belenes prácticamente de todo tipo, desde los de estilo napolitano, traídos a España en el siglo XVIII por el rey Carlos III, a los realizados en barro, madera y ¡hasta hielo!.

 


Como decíamos, la Sagrada Familia sería el epicentro de este tipo de conjuntos, pero paulatinamente se irán añadiendo otras escenas como la Anunciación a los Pastores, la Adoración de los Reyes Magos o incluso decorados como el castillo de Herodes, el río (opcional), el pueblo con sus tiendas y viviendas, en fin, todo un entramado casi urbanístico que muchas veces será más fruto de la buena voluntad que del criterio histórico, pero, ¡qué bonito resulta!. 

 


¿Y la mula y el buey? Sabemos que desde el siglo IV aparecen escoltando al Niño Jesús y que su presencia en el Portal de Belén ha tenido varios significados a lo largo de los siglos; por ejemplo, para algunos autores suponen el cumplimiento de la profecía de Isaías: "El buey conoció a su amo, y el asno del pesebre de su señor", para otros, siguiendo el evangelio apócrifo del Pseudo Mateo, serían fruto del carácter previsor del bueno de San José, quien habría usado a la mula como animal de carga para hacer más llevadero el camino de Nazaret a Belén a María, entonces ya casi cumplida de cuentas en su estado de buena esperanza y al buey como posible pago del impuesto reclamado por los romanos, ya que su venta le haría poseedor de una suma de dinero más que suficiente. 
 
San Jerónimo, considera a ambos animales como hecho histórico incuestionable, e incluso (como ha recogido el profesor Juan Manuel Martín García) Jacobo de la Vorágine, allá por el siglo XIII, afirmaba que "fuese que José preparara un pesebre para dar de comer a su asno y a un buey que había llevado consigo... dice la historia escolástica que el buey y el asno respetaron el heno en que el Hijo de Dios estuvo reclinado, que se abstuvieron de comerlo". 


 

Por todo ello, hemos de entender que desde luego la presencia de ambos animales estaría más que justificada, de ahí su abundante representación en no pocas obras artísticas de todos los tiempos. 

Otro elemento poco destacado será ese mismo pobre pesebre. El ya citado de la Vorágine, autor de la Leyenda Dorada o recopilación de textos sobre santos y acontecimientos sagrados, afirmará que José y María se alojaron en:

"Un cobertizo público, situado, según la Historia Eclesiástica, entre dos casas. Tratábase de un albergue que había a las afueras del pueblo en un sitio al que acudían los habitantes de Belén en los días de fiesta, y si hacía mal tiempo se refugiaban bajo su techumbre para merendar o charla. Bien fuese que José prepara allí un pesebre para dar de comer a su asno y a un buey que había llevado consigo, o bien, como opinan otros, que estuviese allí antes, a disposición de los campesinos de la comarca para dar pienso a su ganado cuando acudían a Belén con ellos los días de mercado, el caso es que en dicho cobertizo había un pesebre".


Por su parte, el pintor y tratadista sanluqueño Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, al relatar cómo debía un artista retratar ese espacio afirmaba que se trataría de:

"una cueva cavada en la muralla, lugar común donde solían acudir los pastores... la cual servía de establo donde se amparaban las bestias y, para este efecto, estaba su una parte de ella un pesebre cavado en la piedra, como afirma Brocardo. Aquí parió aquella dichosa noche la Santísima Virgen a Cristo nuestro Señor, Dios y hombre verdadero". 

Lo curioso del caso es que se conserva una reliquia del pesebre en la misma Roma, ¿Cómo es posible? Allá por el año 432, el Papa Sixto III decidió construir una gruta a semejanza de la de Belén para honrar tanto el nacimiento de Cristo como la maternidad de su Madre, sobre todo como respuesta frente a la herejía nestoriana que negaba esa maternidad divina de María. Esa gruta fue erigida bajo la primitiva Basílica de Santa María la Mayor y allí, enmedio de gran devoción, fue depositada una reliquia de madera del pesebre, que tras muchas vicisitudes, e incluso un robo por tropas francesas en el siglo XVIII, se conserva en un precioso relicario o "Cunabulum" ejecutado por el arquitecto, arqueólogo y orfebre romano Giuseppe Valadier, que alberga en su interior ese fragmento enviado al Papa Teodoro I de Roma por el Patriarca de Jerusalén San Sofronio en el siglo VII tras la invasión islámica de Tierra Santa. 

En noviembre de 2019, el Papa Francisco I obsequió con un fragmento de esa reliquia a la Basílica de Belén en Tierra Santa, siendo recibida con gran emoción por el Custodio de los Santos Lugares, el franciscano Fray Francesco Patton.

Como detalle anedótico, y ya que hablamos de reliquias, la Hermandad del Silencio conserva desde hace años un pequeño fragmento del velo de la propia Virgen María, en concreto un hilo. El relicario, realizado en 1944 es colocado anualmente en la delantera del Paso de la Virgen de la Concepción en su Estación de Penitencia de la Madrugá, siendo además venerado en los cultos anuales y solemnes del mes de diciembre.

Llegado este punto, y antes de finalizar, aprovechamos para desear a los pacientes lectores de este humilde blog unas Felices Pascuas y que el Niño Dios nazca en nuestros corazones.

13 diciembre, 2021

Basura.

 

No hace mucho, hablábamos con un grupo de jóvenes sobre la poca importancia que damos al hecho de tener agua corriente en nuestros domicilios o al poseer un servicio municipal de recogida de basuras que, más o menos, cumple con un cometido esencial, sin el cuál, y se ha podido comprobar en periodos de huelga de sus empleados, la ciudad se vería hasta arriba de desperdicios y suciedad. Igualmente, aquellos jóvenes se sorprendían mucho de que Sevilla, hace unos quinientos años, apenas fuera limpiada por orden de sus autoridades salvo en contadísimas ocasiones, como la procesión del Corpus Christi, y además en zonas muy concretas, dejando al resto en constante estado de suciedad y mal estado, por no hablar del famoso grito de "agua va" que para la juventud de nuestro tiempo carece de significado pero que hace algunos siglos suponía salvarse, o no, de un repugnante remojón procedente de cualquier casa, corral o vivienda. 

Ya lo contaba el historiador local José Gestoso (1852 - 1817) en una de sus publicaciones, a lo largo del siglo XVI fue constatable el hecho del pésimo estado de la pavimentación de las calles hispalenses, sin que la importancia de una plaza como por ejemplo, la de San Francisco, fuera obstáculo para que el consistorio empleáse fondos y empleados en "allanar los foyos et barrancas de las calles", en los que se depositaban excrementos de mulos y caballos, barro en tiempos de diluvio o polvo en épocas estivales, conformándose auténticos y nada perfumados estercoleros que, como decíamos, apenas eran parcialmente retirados con motivo de fiestas religiosas o festejos populares.

En vano, el Cabildo de la ciudad intentó que cada vecino adecentase las zonas colindantes a su casa, pregonándose que los vecinos barriesen la basura y la transportasen al campo bajo pena, ni más ni menos, de 1.000 maravedíes. 

Tampoco escapaba a la suciedad una calle tan principal como la de las Sierpes, llena de fondas, posadas, ante cuyas puertas se amontonaban los desperdicios e inmundicias propias de su labor diaria, o también era, por desgracia, reseñable, la constante presencia de "vestiglos", nombre caritativo que se daba entonces a los cadáveres de animales depositados en plena calle, aunque al parecer había una especie de servicio dedicado a recogerlos de la vía pública por ser, lógicamente fuente de malos olores y enfermedades. Ni que decir tiene que el esparcir romero y otras hierbas aromáticas en la carrera del Corpus tenía como misión mitigar esos malos efluvios.

La cosa, lo cuenta Gestoso, llegó al extremo de que el 14 de septiembre de 1461 en una sesión capitular del consistorio se dictaminó:

"Y que mandedes limpiar esta ciudad de tanta grande suciedad como en ella está por tanto y tan altos muladares así en el cuerpo de la dicha ciydad como en el derredor de ella así dentro como de fuera, que ya las barbacanas ha muchos logares tienen los muladares mas altos que las almenas e asi por el derredor, dentro de la ciudad están los muladares tanto altos como los lienzos de los adarves y hay caso acaeciese de lluvias como en nuestro tiempo hemos visto esta ciudad perecería pues guárdenos Dios de lo más peligroso si viere sobre sí las gentes que otras veces de pocos tiempos aca se vieron bien, es de creer que sin mucho trabajo que la quisiesen conquistar habría muy enseñorearse de ella".

O lo que es lo mismo, la basura había alcanzado la altura de las murallas y facilitaría, en caso de asedio, la conquista de Sevilla, prueba de esa especie de "desobediencia civil" que ignoraba bandos, proclamas o edictos en relación a la limpieza. Ni que decir tiene que esta práctica, o mejor dicho, esta falta de práctica, era común en todo el continente,  basta con leer las descripciones de viajeros o los relatos de la época.

Los vecinos llegaron a dirigir escritos al Cabildo de la Ciudad quejándose de la suciedad, como ocurrió con los de la calle de la Ballestilla (actual Buiza y Mensaque, cercana a la calle Cuna), quienes en el siglo XVI afirmaban que: 

"Que en la dicha calle está una callejuela la cual ordinariamente en todos tiempos está llena de inmundicias y vestiglos muertos y jamás pasa nadie por ella porque no se puede pasar por causa de la imundicia que hay que llega hasta los tejados  aunque algunas veces le hemos limpiado a nuestras costas desde hace dos días está peor que antes por lo cual noes bastante remedio limpiarla y el hedor que allí hay es insufrible y muchos vecinos dejas sus casas por no poderlo sufrir y podría congelar pestilencia", solicitando el cierre de la calle, ni más, ni menos. 



 Como último ejemplo, los curas de la parroquia de San Andrés escribían con grandes muestras de pesar en ese mismo siglo XVI que: 

"La dicha iglesia tiene un Cementerio en el qual se entierran cada año así de la collación como del hospital del Amor de Dios, más de ochocientas personas y están sepultados de mucho tiempo más de cien mil christianos, en medio de dicho cementerio está puesta vna Cruz grande de mucha veneración como lugar dedicado para lo sobre dicho por todo to qual es lugar de piedad, hemos hallado y visto muchas veces perros sacando parte los cuerpos de los sepulcros y comiéndoselos y los vecinos comarcanos no teniendo respeto a la decencia del lugar echan de noche mucha suciedad y inmundicia de sus casas en el dicho cementerio, lo cual parece muy mal y todo lo sobredicho nace de estar el dicho cementerio descubierto y sin cerca.".

Como puede verse, las escenas caninas descritas ahora habrían causado verdadero estupor y pavor. Se sabe también, y alguna vez lo hemos comentado, que la colocación del símbolo cristiano por excelencia en esquinas, plazas o cementerios parroquiales se hacía con una intención claramente devocional, aunque con ello se pretendía, a veces sin éxito, evitar que se depositasen basuras en esas zonas. Como curiosidad, en la Colegial del Salvador llegaron a pintarse las llamas, a imitación del Fuego Eterno del Infierno, para disuadir a quienes se acercaban a sus muros con la intención "maligna" de hacer "aguas menores", aunque el experimento no pareció surtir el efecto deseado, algo parecido se intentó en la parroquia del Sagrario donde se acordó encalar y "dibujar cruces y santos" como remedio a tales abusos. 

En 1594 la Corona emitió una real provisión nombrando a cuatro alguaciles como encargados de visitar y asear la ciudad de Sevilla. No obstante, en el cabildo de 5 de marzo de 1598 un teniente de Asistencia decía: "es vergonzoso ver la ciudad cuán perdida está con inmundicia y montones de basura que hay por todas las plazas y calles que propiamente están hechas muladares".

A ello habría que sumar, sin cansar en exceso al lector, la enorme carga olfativa de zonas como la Plaza de la Pescadería, las Carnicerías o las Curtidurías, oficios todos en los que los desperdicios eran abandonados a su suerte sin que hubiera depósitos o contenedores por supuesto y que con las altas temperaturas del verano alcanzarían cotas prácticamente insoportables incluso para los sevillanos de aquellas calendas, acostumbrados a este tipo de escenas más que cotidianas.

Muladales y estercoleros, como vemos, eran moneda corriente en esa Sevilla de fuertes contrastes, en la que los malos olores se procuraban camuflar con perfumes y vegetación y donde la higiene, como vemos, era, siendo benévolos, escasa. No será hasta el siglo XVIII y, en mayor medida, el XIX cuando se comience a tomar conciencia de la importancia de la limpieza pública de calles y plazas, aunque, por desgracia, faltaría mucho para llegar a la creación de algo, ahora, tan indispensable como LIPASAM, pero esa, esa, ya es otra historia...