31 octubre, 2022

Cuando tembló la tierra.

Como alguien quizá recuerde, el 1 de noviembre de 1755 la tierra tembló en Sevilla y en muchas otras zonas de España, registrándose un movimiento sísmico de tremendas proporciones que causó ingentes daños humanos y materiales, siendo el primero que fue estudiado con los medios científicos de la época. Pero como siempre, vayamos por partes. 

Eran aproximadamente las diez de la mañana de aquel día de Todos los Santos cuando, con epicentro a unos 300 kilómetros de Lisboa en el Océano Atlántico, se produjo el maremoto. Se estima que su intensidad habría oscilado entre los 8,7 y los 9.0 en la escala de magnitud de momento, causando enormes daños en primer lugar por el derrumbe de casas y edificios y después numerosas víctimas por el subsiguiente Tsunami que arrasó ciudades enteras o devastó capitales como Lisboa, víctima además de un sinfín de inundaciones e incendios que se prolongaron durante días. Del mismo modo, Cádiz (que sufrió olas de 20 metros de altura) o Huelva (con derrumbes y desprendimientos de gran calado) fueron víctimas de la virulencia del seísmo. 

Terremoto en Lisboa, pintura de Joao Glama (1708-1792), 1755.

 ¿Qué ocurrió en Sevilla? A juzgar por la documentación solicitada tras el terremoto por la Corona a las ciudades que lo padecieron, la misma víspera o aquella mañana estuvieron llenas de sucesos extraños que sorprendieron a muchos, tal como narran unas peculiares "Anotaciones de unos Matemáticos y Curiosos sobre el terremoto sucedido en 1º de noviembre del año de 1755, a las 10 horas, y 4 minutos de la mañana, en la Ciudad de Sevilla; útil para que trabajen los Físicos, y poderse precaver en lo posible, las gentes y sus edificios.", incluidas en la documentación remitida a la Corte por las autoridades sevillanas:

"La mañana referida de él estaba en calma, y con un calor no regular; el cielo y el Sol de un aspecto triste, y a las siete y media de ella se apareció una niebla de vapores espesa, en figura redonda, la que se fue extendiendo por la que el Sol parecía como Luna pero de mayor magnitud, y con aspecto espantoso; la que se desvaneció a las nueve y media; pero éste quedó del propio modo. No había viento, y el que se conocía era del nordeste, y después del terremoto lo hubo algo fuerte del Nordeste. 

Dicen que se encontró en algunos pozos el agua turbia, y que un hombre del campo, en su lugar, habiendo hallado así que la que temprano sacó del suyo, pronosticó grandes desgracias y fue con su mujer a oir misa, para precaverse.

La misma mañana, temprano, vieron algunos en la Puerta del Arenal asomarse por el husillo de la Laguna grandes ratas, y ratones, y en el colegio de la Compañía haber cogido el taquillero el día antes y el mismo muchas de estas, como muy natural, pues dejaron sus cuevas, y sitios, no pudieron sufrir las exhalaciones que por los poros de la tierra subían y las sofocaban, y aturdidos por la novedad, y del fuego, huían de sus moradas. "

En un claro ejemplo de estudio zoológico previo al sismo, algunos observadores notaron comportamientos extraños en aves, lobos, perros y caballos, como si presintieran lo que iba a ocurrir, mientras que otros afirmaron escuchar el ruido bajo la tierra cinco minutos antes del terremoto. Además, el interesante documento relata cómo grandes edificios oscilaron por la vibración, como por ejemplo la Giralda o cómo también los efectos del sismo se dejaron sentir, y mucho, otras localidades como Coria, Carmona o Bollullos Par del Condado, entonces perteneciente al territorio hispalense.

Es conocida la historia de cómo hubo de suspenderse la solemne misa de Todos los Santos en la Catedral, (se estaban entonando los "Kiries"), debido al pánico de los asistentes ante el cataclismo y de cómo finalmente se concluyó la Eucaristía en el lugar en el que posteriormente se colocó un monumento o templete conmemorativo junto a la trasera del actual Archivo de Indias, con una lápida en acción de gracias por la salvación de la ciudad y sus habitantes. Con la población aún atemorizada por lo ocurrido, aquella misma tarde del 1 de noviembre, se organizó una solemne procesión en acción de gracias presidida por la imagen de la Virgen de la Sede y el Lignum Crucis portado bajo palio, acompañados por todo el clero catedralicio con cera encendida y numerosísima concurrencia de fieles, con la particularidad de que, al estar las calles llenas de escombros, se decidió que el cortejo hiciera devota estación buscando aire libre, a la ermita de San Sebastián, en el Prado del mismo nombre, actual parroquia sede de la Hermandad de la Paz.

Un cronista describió con tintes casi apocalípticos, cómo fue el discurrir de aquella insólita procesión: 

"No puede recordarse este acto, sin que el aliento desfallezca. Si se elevaba la vista, se veían rajas, y separadas piedras que no solo recordaban el castigo, sino pronosticaban dificultades, cuando no imposibilidades al remedio. Si se inclinaba, el pavimento se atendía poblado de fragmentos, que explicaban el superior destrozo."


Los efectos en Sevilla, como ha estudiado el profesor Campese Gallego, se tradujeron en un 3% de las casas de la ciudad derrumbadas y otro 45% dañadas de tal modo que hubieron de ser apuntaladas. Se suspendió por ello el tránsito de carruajes por las calles para evitar que las vibraciones perjudícanse aún más a los edificios. En templos como el del Salvador, por poner un ejemplo, las grietas, conservadas aún antes de su restauración integral de 2003-2008, llegaron a ser de hasta cinco centímetros de ancho.

Como curiosidad, en la feligresía del Sagrario se arruinaron 14 casas y se dañaron 617, mientras que en Triana ocurrió otro tanto con el hundimiento de 40 casas y el apuntalamiento de 631. Todas las collaciones quedaron en precario, sin distinción por riqueza o localización, lo que indica que el terremoto dañó por igual a todo y a todos. 

Por fortuna, y aquí la ciudad, como hemos visto, hizo voto de gracias a la Divinidad, sólo se registraron nueve fallecimientos, debido quizá a que a esa hora la población se encontraba en las calles o a que hubo tiempo de huir de las viviendas. 

Tras la tempestad, llegó la calma y se hubo de comenzar con las labores de desescombro y reparación de numerosos inmuebles. Para ello, se comisionó al caballero veinticuatro Antonio de Andrade para que, junto con dos maestros de obras, un alguacil y un escribano, como ha recogido Campese Gallego, inspeccionase tanto el exterior como el interior de los edificios, anotando los daños y avisando de la necesidad de desalojar o apuntalar según los mismos. De Andrade se vería, a buen seguro, un tanto desbordado, pues finalmente se comprobó que 5.000 edificios necesitaban reparaciones urgentes, pero escaseaban tanto los materiales (vigas, puntales) como la mano de obra, por no hablar del incremento de precios a la hora de la adquisición de yeso, cal, ladrillo de más elementos. El consistorio organizó una comisión de seguimiento de las reparaciones, que se reunía dos veces en semana, a fin de controlar la evolución de los trabajos, aunque éstos se llevaron a cabo con lentitud, como narraba el Álferez Mayor Miguel Serrano en enero de 1756:

"Hoy se halla esta Ciudad intratable en su piso a causa de haberse quedado todos los fragmentos de ruinas en medio de las calles, a exepción de los que pueden valer, como la teja y el ladrillo, que estos ha habido sitio dentro de las casas para meterlos y no lo hay para la tierra y cascote, ya que se ha descuidado el que los dueños de las casas maltratadas los manden a sacar al campo o los recojan dentro de las casas."

Pese a todo, el tiempo transcurrió. La ciudad recuperó, poco a poco, la normalidad, retirándose escombros, restaurándose edificios y restableciéndose el tráfico rodado por sus principales calles; sin embargo, el terremoto no sólo había sacudido a los edificios hispalenses, sino también a las conciencias de sus habitantes. Como penitencia por sus pecados, causantes, según muchos, de la ira divina, las autoridades eclesiásticas ordenaron penitencias, procesiones, sermones, ayunos y abstinencias, e incluso algo peor: llegó plantearse (sin mucho éxito, todo hay que decirlo) la posibilidad de la prohibición de asistir a espectáculos como el teatro, la ópera o los toros, por ser lugares donde el pecado podía hallarse a sus anchas, pero esa, esa ya es otra historia...

24 octubre, 2022

Malas calles.

Muy modificada, bastante estrecha, oscura y hasta sucia, puede que sea una de las calles más desconocidas de Sevilla, y que incluso no muchos hayan transitado por ella, y eso que según los cronicones de épocas pretéritas llegó a tener hasta su propio duende; Pero como siempre, vayamos por partes. 


La Plaza de Fernando de Herrera, ubicada en las cercanías de la parroquia de San Andrés, es fruto de la demolición de toda una manzana de casas realizada para una reforma urbanística a comienzos de los años setenta del pasado siglo XX. Ese ensanche supuso en principio que la nueva plaza quedase convertida, lisa y llanamente, en vulgar aparcamiento para automóviles para con posterioridad quedar peatonalizada tal como la conocemos hoy en día.

Sin embargo, si nos colocamos junto al bar Santa Marta (no es hacer publicidad) y miramos hacia la calle que se dirige hacia el ábside de la parroquia de San Andrés, esto es, la contraria a García Tassara, comprobaremos que se trata de una vía que cada vez se hace más estrecha, más angosta, de ahí que durante años este tramo, junto con el otro derribado, recibiera el apelativo de Angostillo de San Andrés. 

Ahora mismo es una simple calle de paso, para acortar hacia San Martín o hacia la zona del Pozo Santo, pero entonces era lugar además propicio para echar desperdicios o para incidentes de diversa índole, como reflejaba el diario El Liberal allá por los años de 1905 y 1911, respectivamente en dos breves reseñas que reproducimos por su interés: 

"El Angostillo de San Andrés, en el trozo comprendido entre la plaza de Juan de Herrera y la calle Atienza, es un verdadero foco de infección.

El recipiente urinario allí establecido es depósito de excremento, las aguas fétidas corren por el pavimento y, para que nada falte, aquel lugar está convertido en vaciadero de inmundicias. 

Dos  días hace que existe allí porción de basura que despide un hedor insoportable, lo que demuestra que los empleados de la limpieza pública no se cuidan de pasar por el Angostillo de San Andrés." 

 Otro incidente recogido por la prensa en 1911 nos habla de comportamientos vandálicos en aquella zona, aunque llama la atención el apodo de la víctima: 

"Entretenimientos escolares

En la delegación de vigilancia denunció Antonia Morales, conocida como "La Almejera" que los jóvenes alumnos de un colegio establecido en el Angostillo de San Andrés la emprendieron a pedradas contra su casa, situada en la calle Atienza, destrozándole una jaula que tenía en uno de los balcones, así como también un jarro de agua y otros efectos"

Por añadidura, allá por siglos anteriores, se dice que era minoría la que, especialmente de noche, osaba atravesar el Angostillo, y no sólo por las deplorables condiciones higiénicas de la zona...


Como cuenta Chaves Rey con su particular prosa, era una vía estrecha y tortuosa, delimitada por los altos muros de San Andrés y por los sombríos paredones del hospital del Pozo Santo, con algunas casas ruinosas de aspecto lamentable, un palacio abandonado por sus dueños al ser condenados como herejes por el Tribunal del Santo Oficio y un modesto retablo callejero dedicado la Inmaculada Concepción donde únicamente alumbraba una débil lamparilla de aceite, costeada por los vecinos de la zona.

Las gentes del barrio contaban que la presencia sacra de aquel retablo no era obstáculo para que traviesos duendes y siniestros demonios campasen a sus anchas en aquel Angostillo. Circulaban historias y relatos terroríficos de brujas y endemoniados, relatos que se contaban al calor de la lumbre y que narraban cómo durante las noches sin luna transitaban pálidos "espectros" de ojos fosforescentes, que solían asaltar ferozmente a los incautos transeúntes para quitarles sus pertenencias de manera violenta, llegando al asesinato si la aterrorizada víctima se resistía.

Durante décadas, fue famoso el duende "Martinito", que nunca pudo ser visto o capturado, pero del que todos se hacían voces, destacando su tamaño minúsculo en contraposición con su capacidad para cometer fechorías de todo tipo, especializándose, contaban, en seducir jóvenes doncellas en edad de merecer, a las que mantenía cautivas en su oscuro palacio subterráneo, del que las permitía salir para entregarlas a los caballeros enamorados que a cambio debían entregar la salvación de su alma. Con el paso de los años, el duende "celestino" se esfumó tan rápidamente como apareció, dejando un reguero de leyendas y relatos orales que por desgracia apenas han llegado hasta nosotros, muy similares a los de sus "colegas" Narilargo y Rascarrabias, "okupas" de la Torre Blanca de la Macarena. 

Por si fuera poco, el retablo de la Inmaculada era testigo también de riñas y pendencias en las que salían a relucir los aceros, amaneciendo la calle en ocasiones con el cadáver de algún infeliz duelista atravesado por certeras estocadas. 

Cuenta la leyenda que, al anochecer, cuando las campanas de San Andrés tocaban a oración, se reunía un grupo de varios individuos que llegaban de manera escalonada a una de aquellas miserables casuchas, embozados con sus capas y con sombreros de ancha ala para evitar ser reconocidos. Absolutamente nadie de la feligresía sabía para qué se reunían y cuáles eran sus propósitos, pues al salir al amanecer, del mismo modo, de uno en uno y en completo y siniestro anonimato, nadie osaba acercarse a ellos por miedo a las consecuencias; el caso es que aquellas extrañas reuniones mantenían en vilo al vecindario, intrigado y atemorizado. 

Todo era un absoluto misterio hasta que un joven del barrio, bien por curiosidad, bien por demostrar su propia valentía ante sus convecinos, se propuse colarse en la casa sin ser visto. De manera sigilosa, aprovechando la oscuridad, penetró en el inmueble sin hallar impedimento alguno. Una vez dentro, lo único que pudo escuchar fueron los lamentos y lloros de una mujer, pero en ese justo momento, cuando se disponía a investigar qué ocurría, fue capturado, amarrado y vendados sus ojos, notando cómo un grupo de manos fuertes cargaban con él a cuestas. Aterrorizado, el joven perdió el conocimiento, volviendo en sí sin saberse el tiempo transcurrido y hallándose a considerable distancia del Angostillo de San Andrés, pues quienes dieron con él, dicen que con la razón perdida, los encontraron, ni más ni menos, que en el lejanoCampo de los Mártires, o lo que es lo mismo, en la zona de la actual estación de ferrocarril de Santa Justa. 

¿Reuniones políticas secretas? ¿Prácticas delictivas? ¿Rituales extraños? Los documentos de aquellas calendas poco o nada contaron tras aquel incidente, pero todo ello acrecentó la leyenda negra de una calle poco recomendable para transitar, y que ahora es testigo del trajín de taxis y turistas provenientes de los establecimientos hoteleros cercanos, pero esa, esa ya es otra historia...



17 octubre, 2022

Murillo, sin cortes.

Era un amanecer apacible. En el exterior apenas se oía el revoloteo de los pájaros entre pináculos y arbotantes. Bostezando de sueño y restregándose los ojos, aquel peón cumplió su rutinario cometido una jornada más en aquella mañana del 5 de noviembre de 1874; con parsimoniosa lentitud, chirriando las ruedecillas sobre las que se deslizaban unas finas cuerdas, procedió a descorrer los cortinajes que cubrían una de las pinturas de mayor tamaño conservadas en el recinto. Realizada la tarea, habría continuado hacia otros quehaceres de no ser porque otro peón, más atento o espabilado, le avisó a gritos, rompiendo el silencio que se adueñaba de las naves catedralicias. “¡El San Antonio, el San Antonio”! Con esos gritos acudieron a buscar al Deán, que se encontraba en la sacristía de los Cálices. Éste, sin dar crédito a lo que le decían, acudió al lugar de los hechos para comprobar, atónito, que era verdad lo que los subalternos de servicio le anunciaban alarmados: alguien, aprovechando la noche, había recortado la imagen del santo que aparecía en la gran obra de Murillo haciéndola desaparecer...

Ahora que hace unos días ha sido noticia el acto vandálico contra Los Girasoles de Van Gogh, no estaría de más, como anticipábamos, recordar qué ocurrió en aquel otoño de 1874 y cómo terminó un robo casi de película, con mercado negro de por medio. Pero como siempre, vayamos por partes. 


En 1656 el Cabildo Catedralicio encargó a Bartolomé Esteban Murillo una pintura que representase la aparición del Niño Jesús a San Antonio de Padua, con la idea de que presidiera la capilla bautismal, situada a los pies del templo mayor de la ciudad, siendo el acaudalado canónigo Juan de Federigui quien costease los diez mil reales de la obra. De grandes dimensiones, pues mide cinco metros y medio de alto y tres de alto, pronto el cuadro adquirirá fama y devoción por la unción religiosa y la vaporosa representación del Niño y los ángeles que le rodean, dentro de los esquemas barrocos al uso. 

El robo de aquel fragmento, en concreto el de la zona del San Antonio situado en el ángulo inferior derecho del lienzo, supuso toda una conmoción en Sevilla, sorprendida por la impunidad con la que habían actuado los ladrones, incluso la leyenda urbana afirmaba que habrían dormido a los perros de los vigilantes con carne con alguna sustancia somnífera, momento en el que mutilaron el lienzo con un objeto cortante y huyeron con él, desconociéndose cómo burlaron la vigilancia catedralicia. Sin demora, pues el tiempo acuciaba, los canónigos de la catedral, como ha estudiado Gámez Martín, se lanzaron a la búsqueda de lo robado, buscando el apoyo del gobierno civil y de la madrileña Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, a la que se envió escrito con este texto:

“El magnífico cuadro de San Antonio de Padua pintado por Murillo, que ocupa un lugar en la Capilla Bautismal de esta Santa Iglesia Catedral, ha sido destrozado, sustrayendo al santo, que recortado con un instrumento, sin duda muy a propósito, deja un hueco que Sevilla toda contempla poseída de ira y espanto… En la seguridad de que por su parte ese alto cuerpo contribuirá con su respetabilidad y reconocida eficacia a que el Gobierno de la Nación tome una parte activa en este afrentoso hecho”.

Por su parte, como relata Joaquín Guichot, durante esos días se realizaron varios registros domiciliarios y detenciones entre el personal del catedral, sin resultado alguno por falta de pruebas o indicios y el propio Ayuntamiento ofreció la suma de 200.000 reales como recompensa por el hallazgo del fragmento del cuadro, sin olvidar que el gobierno civil decretó inmovilizar a todos los viajeros en sus hoteles y a los barcos surtos en el puerto, telegrafiando al Gobierno de Madrid con la noticia, quien dio la voz de alerta a otros países extranjeros. ¿La acción de un demente? ¿Un ladrón por encargo? Nada. Al San Antonio o se lo había tragado la tierra o se había esfumado sin dejar huella.

Nadie podía imaginar que en esos momentos el lienzo de San Antonio, enrollado y cubierto con escaso cuidado, efectuaba una travesía hacia un puerto al otro lado del Atlántico...

Un golpe de fortuna, o casi un milagro, propició un giro en los acontecimientos, ya que el 18 de enero de 1875 el Conde de Casa-Galindo, gobernador civil de Sevilla, publicó un edicto que fue repartido y colocado en los sitios habituales para su lectura por la población:

"El Excelentísimo Señor Ministro de Estado, con fecha de este día, me dice lo que sigue: -es afortunadamente cierto que el lienzo de Murillo ha sido recobrado por nuestro cónsul de New York, y se encuentra en poder de las autoridades españolas.

Lo que hago público para la satisfacción de los habitantes de esta provincia".

¿Cómo se había conseguido recuperar el lienzo? La respuesta la tenía el artista y anticuario neoyorquino William Scheams, quien el 2 de enero de ese año había recibido en su estudio la visita de dos ciudadanos españoles que le habrían ofrecido para su compra un hermoso San Antonio de Murillo. Sabedor del robo, Scheams sospechó de inmediato y rogó a los ingenuos vendedores dos días para dar contestación y que le dejasen el lienzo para estudiarlo con detenimiento, lo que aprovechó para escribir sin demora al consulado español: 

"Mi querido señor: tengo placer infinito en preveniros, que gracias a circunstancias imprevistas, acabo de adquirir una pintura original de Murillo, que representa a San Antonio de Padua. Creo que es un fragmento del célebre cuadro de la Catedral de Sevilla, conocido bajo el nombre de la Aparición del Niño Jesús a San Antonio de Padua, tan indignamente mutilado hace algunas semanas. No quiero tardar un momento en poner esta obra a la disposición  del Gobierno español, por vuestra graciosa mediación. El cuadro os será entregado personalmente".

A ruegos del cónsul, y para no levantar sospechas, Scheams adquirió el lienzo por doscientos cincuenta duros, firmando el recibo de pago uno de los españoles con el nombre, probablemente falso, de José Gómez. Avisada la policía neoyorquina y en una operación limpia y rápida, los dos vendedores fueron detenidos, puestos a buen recaudo y embarcados en el navío "City of Vera Cruz" con destino a La Habana para ser puestos a disposición judicial de las autoridades españolas. Curiosamente, sin que ellos lo supiesen, en el mismo barco viajaba también el San Antonio, estrictamente custodiado por diplomático español. Fernando García, nombre real de uno de los presuntos autores, fue descrito por la prensa de la época de este modo antes de retornar a la península: 

"Es un hombre como de cuarenta años, regular estatura, moreno, con toda la barba negra, abundante y algo rizada. Es el tipo vulgar del mediodía de España. Dice que es de oficio "moldeador", y su traje y sus maneras están en armonía con los de un artesano humilde. Añade que ha llegado de España recientemente y sólo con el objeto de busca en los Estados Unidos medios de vivir con más desahogo que vivía en España y que aprovechó esta circunstancia para traerse el lienzo que le dieron en Cádiz para su venta dos italianos"

El periplo prosiguió cruzando el Atlántico de Cuba a Cádiz en una travesía sin incidentes, ya en febrero; finalmente, el día 21 las campanas de la Giralda repicaron de alegría por el feliz regreso del mutilado lienzo, siendo recibido por las autoridades locales y por una enorme multitud, emocionada por el regreso de tan importante obra. El cabildo catedralicio, una vez abierto el embalaje que contenía el Murillo y de acuerdo con el sentir popular, acordó exponerlo en la sacristía mayor para contemplación de todos, acto que se prolongó durante días, ya que eran muchos los que deseaban volver a ver al "lienzo viajero". 

Era evidente que era necesario reintegrar el fragmento mutilado a la obra original, para lo cual se decidió crear una comisión formada por representantes de cabildo catedral, del ayuntamiento y de la Academia de Bellas Artes de Sevilla. Consultada la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, finalmente el elegido será el pintor afincado en Madrid Salvador Martínez Cubells, quien a la edad de treinta años ya era considerado uno de los mejores restauradores del país. Martínez Cubells, como detalle, estaba entonces llevando a cabo la delicada tarea de retirar las famosas Pintura Negras de Goya que se encontraban en las paredes de la Quinta del Sordo para pasarlas a lienzo, labor finalizada con enorme éxito pese a las dificultades que conllevaba. 

 

Los trabajos de restauración, realizados de manera gratuita, se desarrollaron en la sacristía mayor de la catedral, y consistieron en encajar el lienzo mutilado y resanar los daños causados por el traslado a Nueva York, consistentes en pérdidas de soporte, lagunas y fisuras varias. El 30 de septiembre las tareas habían finalizado a entera satisfacción, siendo expuesto el lienzo en el trascoro y celebrándose una solemne función religiosa el día 13 de octubre, durante la cual el sermón, publicado con posterioridad, estuvo a cargo del Chantre de la catedral, el Padre Cayetano Fernández; el cabildo obsequió a Salvador Martínez Cubells con una medalla de oro de tres onzas con el escudo catedralicio en una cara y esta inscripción en la otra:

"A Don Salvador Martínez Cubells, restaurador insigne del cuadro de San Antonio de Murillo. El Cabildo de la Santa, Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral. 1875".

Por su parte, la esposa del restaurador también recibió un detalle por parte de los señores canónigos, aunque no hay constancia de si le agradó el presente: un relicario con cuatro fragmentos o reliquias pertenecientes a San Bartolomé, San Lorenzo, San Pedro y San Laureano, procedentes del propio tesoro catedralicio. 

Para concluir, algunos detalles interesantes: el anticuario William Scheams, descubridor del paradero del lienzo, rehusó cobrar la recompensa ofrecida, y fue nombrado Socio Honorario de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Sevilla, mientras que, por otra parte, José Gómez o Fernando García, conocido por ambos nombres y como el presunto ladrón o al menos vendedor de la obra, no sólo no fue procesado, sino que a la postre quedó en libertad, sin que trascendieran más detalles sobre el móvil del robo y su autoría definitiva, algo que quedó, por tanto, en el más absoluto misterio, pero esa, esa ya es otra historia...



10 octubre, 2022

Primeros auxilios.

En alguna ocasión, sobre todo en fechas veraniegas, hemos aludido al uso del río Guadalquivir como lugar de esparcimiento y diversión, especialmente para el baño, con los riesgos inevitables que ello conllevaba. Esta vez, con la ayuda de un curioso y pionero documento, conservado en la Universidad Hispalense, nos centraremos en las precauciones y remedios que la ciudad dispuso en el siglo XVIII con la intención de reducir el número de ahogados. Pero como siempre, vayamos por partes.

El cauce del río, escenario histórico para navíos que zarpaban hacia las Indias o para otros que atracaban en sus orillas tras la travesía, era también, por desgracia, lugar en el que muchos encontraban la muerte debido a no saber nadar o a las peligrosas corrientes fluviales. No podemos olvidar que la Hermandad de San Jorge o de la Santa Caridad, en la que Miguel de Mañara es uno de sus pilares fundamentales, fue fundada en sus orígenes para dar sepultura a los ahogados en el río.
 
En vista de la proliferación de este tipo de incidentes y en pleno siglo XVIII, en el que abundaron tantas iniciativas en favor de la comunidad, de la cultura o del bien individual, la llamada Sociedad Literaria de Sevilla, decidió tomar cartas en el asunto y, contando con el apoyo de las autoridades pertinentes, editó la denominada "Instrucción sobre el modo y los medios de socorrer a los que se ahogaren o hallaren peligro en el río de Sevilla."


¿Qué se buscaba con esta iniciativa? En primer lugar, evitar que aumentase la mortandad entre quienes buscaban cruzar el río a nado, pues se calculaban más de sesenta muertes por este motivo al año, o bien lanzarse al baño en parajes llenos de remolinos o poco seguros; en segundo lugar, establecer una especie de protocolo de salvamento con suficientes medios humanos y materiales, con la intención además que hubiese una especie de retén siempre de guardia en prevención a posibles accidentes acuáticos.

Para ello, el documento establece una "Instrucción para los buzos", llamados entonces Maestros de Agua, quienes deberían ser expertos nadadores bajo las órdenes del Capitán del Puerto. Ni que decir tiene que su cometido sería socorrer con rapidez a los que estuvieran en trance de ahogarse; además, se ocuparían de explorar el cauce del río y comprobar hoyos, corrientes y todo tipo de obstáculos que pudieran entorpecer el baño.

Estos "socorristas", los primeros de la Historia de los que quizá se tenga noticia documental, debían andar siempre vestidos con su "traje", consistente en unos calzones de lienzo, por debajo de las rodillas y un chaleco del mismo tejido. Como equipo, contarían con cuerdas o cabos, una bocina con la que llamar la atención (denominada "caracol de campo"), dos o tres campanas en diversos puntos del cauce e incluso una red que se colocaría desde San Telmo a la otra orilla, cerca del convento de Los Remedios, a fin de que recogiese a aquellos cuerpos llevados por la corriente.

A título de anecdótico, aparte de su salario, recibirían una gratificación dependiendo de los salvamentos llevados a buen término, ya que por cada ahogado sacado vivo y con menos de quince minutos en el agua percibirían cien reales, disminuyendo la "propina" a medida que tardasen más tiempo en el rescate (ni que decir tiene que suponemos que realizarían su labor en tiempo récord...). 

Además, se regulaba que habría que seleccionar seis enfermeros del Hospital de la Caridad, a orillas casi del río, para que estuvieran prevenidos hasta para lo peor, pues se les ordenaba: 

"Escogerá el Superior seis, instruyendo a cada uno de la función en que debe emplearse; y al instante que tenga noticia de que hay un ahogado, lo que sabrán por el aviso, que reciban por el Caracol, que oigan, o por las campanas, que suenen, hará salir a los dos que estén destinados para esto con un féretro enteramente cubierto de tumba alta, y cuatro mantas de bastante abrigo".

La tétrica mención al féretro hace pensar en una función funeraria, pero hay que indicar que las instrucciones también contemplaban, que duda cabe, la posibilidad de salvar al ahogado, contándose para ello con una "máquina insuflatoria" o sea: "un soplete con una plancha que tapa la boca, y una tenaza, que cierra las narices del paciente." y por si este remedio lo lograse el fin deseado, se ponía en marcha la "máquina fumigatoria" de tan peculiar uso que mejor dejemos que lo cuenten los de aquella época: 

"No es más que una pipa de fumar tabaco con poca diferencia, de que se sirven los facultativos, para echar clisteres (líquido inyectable) de tabaco en los partos difíciles. Se introduce la cánula por el orificio posterior, y lleno el hornillo de tabaco encendido, se sopla por él, y de este modo se introduce el humo en los intestinos". 

De modo que, con este particular enema, que empleaba "cigarros habanos fuertes" un equipo formado por médico y cirujano intentaba la reanimación, al igual que con la cama llena de cenizas calientes a fin de "darle movimiento a la sangre." Existían otros remedios, como las inevitables sangrías, las friegas por todo el cuerpo o la inhalación de sustancias estimulantes como el amoniaco o el hollín y otras soluciones rechazadas ya por la medicina de entonces, digamos que "poco terapéuticas" y algo resolutivas, como colgar al paciente por los pies o hacerlo rodar metido en un tonel, recetas que quizá conseguirían el efecto contrario a la sanación...

Caso de sobrevivir a estos tratamientos, llegaba para el ahogado la convalecencia y para ello se establecía que :

"Si, restituido el enfermo, le quedare opresión de pecho, tos o calentura, se deberá sangrar del brazo, tenerlo a dieta tenue y administrarle tisana de cebada, orozuz y chicoria, u otros remedios blandamente discucientes".

¿Se puso en marcha este servicio de socorristas ribereños? Todo parece indicar que sí, ya que se nombró a Bonifacio Lorite como Médico responsable y a Juan Matony como cirujano allá por julio de 1773,  aunque desconocemos por cuanto tiempo se mantuvo esta loable iniciativa, que suponemos sirvió para reducir la mortalidad del Guadalquivir, siempre peligroso como demostró en tantas y tantas riadas e inundaciones, pero esa, esa ya es otra historia...

03 octubre, 2022

Pimienta (sin sal).


En esta ocasión, encaminaremos nuestros pasos hacia una calle perteneciente al barrio de Santa Cruz, donde tuvieron morada sacerdotes y toreros y donde la leyenda toma cuerpo gracias a una pequeña semilla; pero como siempre, vayamos por partes. 

Desde el siglo XVIII, y probablemente muchos antes, esta calle ya recibía su nombre, inalterado a lo largo del tiempo, aunque con dos significados. Por un lado, la vía se rotularía en honor a un almirante, llamado Díaz Pimienta, combatiente en la famosa batalla de Lepanto (1571), vecino del barrio aunque no de la propia calle, por otro, la tradición popular relató siempre que en ella, allá por tiempos medievales, vivía un comerciante hebreo de especias, quien al perder un valioso cargamento y lamentarse por ello a su vecino cristiano, recibió de éste el consejo de que plantase una diminuta semilla de pimienta y confiase en la bondad divina con la frase "Dios proveerá". Teniendo en cuenta el lento crecimiento de una simiente de este tipo, que puede tardar años en dar fruto, la leyenda narra que a la mañana siguiente no sólo la semilla había germinado, sino que además había crecido hasta convertirse en todo un frondoso arbusto que bien pudo alcanzar los cuatro metros de altura. Sorprendido por el milagro, el comerciante judío decidió pedir el bautismo y abrazar la fe cristiana. 



Desde el Callejón del Agua hasta la calle Gloria, la calle Pimienta obedece al habitual modelo de calle estrecha y lógicamente peatonal integrada dentro de la reforma realizada al barrio de Santa Cruz por el político y militar Benigno de la Vega-Inclán, marqués del mismo nombre, que buscó sanearlo y reordenarlo con nueva pavimentación, alumbrado público y restauración de no pocas viviendas a fin de servir como valor añadido a los Reales Alcázares y destinándose en principio a hospederías para visitantes de cierto nivel (vamos, nada nuevo bajo el sol), todo ello en los años previos a la Exposición Iberoamericana de 1929. Uno de los huéspedes de esas casas de la calle Pimienta, en concreto de la número 10, fue el pintor Joaquín Sorolla, quien en 1914 incluso llegó a plasmar en sus lienzos las privilegiadas vistas que poseía sobre la zona de los Alcázares.  

Entre los personajes que vivieron en esta calle sobresale la figura del sacerdote José Sebastián y Bandarán, canónigo y capellán real de la Catedral hispalense y miembro activo de la Real Academia de Buenas Letras, a la que accedió en unión del arquitecto Aníbal González en 1917. Aparte de su quehacer como clérigo, muy vinculado la Familiar Real, a la o y a diversas cofradías sevillanas (Pasión, El Silencio) y partícipe de logros como la propiedad de la capilla de los Marineros para la Hermandad de la Esperanza de Triana o la creación del punto de control horario para las hermandades en la plaza de la Campana en 1918, también hay que destacar su papel en el Museo de Bellas Artes, siendo incluso protagonista de un cuadro de Alfonso Grosso en el que aparece junto al mismo pintor. Por último, como miembro de la Comisión de Monumentos, figuró entre los impulsores de la realización del monumento a María Inmaculada erigido en la Plaza del Triunfo. 

Eduardo Ybarra Hidalgo, quien lo trató muy de cerca, contaba la anécdota de que cómo en cierta ocasión fue llamado a su domicilio de la calle Pimienta número 6 por el ya anciano sacerdote y una vez allí éste le mostró una vieja caja de tabacos llena de cheques y talones bancarios sin cobrar y procedentes de las numerosas ocasiones en las que predicó u ofició en ceremonias como bodas o bautismos o cultos de hermandades. Gracias a la buena voluntad de los firmantes de los cheques, éstos pudieron ser finalmente cobrados pese al tiempo transcurrido, mientras que con el importe se creó una obra pía con la que la hermana de Don José, Carmen, podría obtener una renta vitalicia tras su fallecimiento, acaecido finalmente en 1972, siendo sepultado en la capilla de los Marineros. 

Lo literario tiene también un espacio en la calle, ya que  el escritor Alejandro Pérez Lugín situó en ella la vivienda del matador Currito de la Cruz, protagonista de su novela del mismo nombre editada en 1921 y que fue llevada a la gran pantalla en varias ocasiones, como la versión de 1949 con el matador Pepín Martín Vázquez encarnando al protagonista o la última, en 1965, con "El Pireo" como Currito de la Cruz, arropado por un reparto en el que figuraron Soledad Miranda, Arturo Fernández y Paco Rabal. En ambos films merecen la pena los planos y  tomas realizadas a las cofradías sevillanas de la época en plena calle y que ahora constituyen un documento visual de primer orden. 


Como detalle, en 1980 fue pavimentada con el característico ladrillo de canto con forma de espiga. Para finalizar, una placa de azulejos recuerda a un puñado de artistas que en mayor o menor medida han tenido relación con esta calle, como Pilar Mencos, más que consagrada en su labor como creadora de tapices decorativos, o como Pepi (luego afincada en Madrid donde triunfó con su estilo particular) y Lola Sánchez, que frecuentaron el estudio del pintor cordobés afincado en Sevilla José María Labrador, situado en la esquina de Pimienta con el Callejón del Agua, donde recibieron clases a razón de nueve duros por clase; tampoco puede olvidarse a José Luis Mauri, buen amigo de la también pintora Carmen Laffón o el pintor murciano Pedro Serna, nacido en 1944. 

Por último, la calle Pimienta ha sido considerada siempre casi como el mejor ejemplo de calle en el barrio de Santa Cruz, ahora quizá convertido casi por desgracia en un decorado para turistas y tiendas de souvenirs, poco que ver con los versos que dejó José María Pemán, pero esa esa ya es otra historia: 

Calle de la Pimienta,

Misterio. Silencio. Calma.

La fuente que se lamenta

en toda la calle abierta

como el recuerdo de un alma...

¿Fue una mujer la Pimienta?