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26 diciembre, 2022

Conspirando.

Es una calle como otra cualquiera, enclavada en el epicentro del barrio, con el trajín diario de gente que acude a la Plaza o Mercado de la Feria, no lejos de la Cruz Verde, lugar de callejeo para ver procesiones o saborear las tapas de la cercana Bodega Mateo o de la recordada Hermanos Núñez, pero pocos saben que en una de sus casas hubo reuniones y conciliábulos secretos para organizar una revuelta armada que anhelaba dar por finalizada la tiránica dominación francesa, de ahí que la calle lleve el nombre de uno de los cabecillas de la conspiración. Pero como siempre, vayamos por partes. 

La antigua calle de los Bancaleros, que alcanza desde la Plaza de Monte Sión hasta la parroquia de Omnium Sanctorum, recibía este nombre por estar establecido en ella el gremio del mismo nombre, dedicado a la realización de tapetes o fundas de tela con las que se cubrían los bancos para adornarlos. Durante siglos, dada su cercanía con la Feria, albergó tabernas y bodegas, algunas cerradas tras la sublevación popular de 1652, sin olvidar que durante mucho tiempo figuró en ella una barreduela conocida como la Piedra o Peña horadada, actualmente absorbida por el número 44 de la calle y que quizá sea el origen de un jardín creado por los propios vecinos y que al parecer peligra por haber concedido permiso el ayuntamiento para la construcción de viviendas en él. 

Lo cierto es que en esa calle Bancaleros, allá por 1810, poseía una casa una tal María Morales, quien al caer la noche, acogía las sigilosas reuniones del llamado Santo Congreso Hispalense. ¿De qué o de quiénes se trataba? Hartos de la presencia francesa, que en ese mismo año ya había ejecutado a varios por atentar contra su autoridad, un grupo de sevillanos, encabezados por el escribano, nacido en la calle Águilas, José González Cuadrado, se había propuesto lograr un levantamiento popular que acabase con la presencia gala en Sevilla, estableciendo para ello contacto con la ciudad de Cádiz, aún libre del yugo francés, y con diversas partidas de guerrilleros y guarniciones leales que vagaban por diversas comarcas cercanas a fin de conseguirlo. Los conjurados, que eran bastantes, casi un centenar, procedían de todos los sectores sociales, captados muchos de ellos por Bernardo Palacios Malaver, tirador de oro por más señas que vivía en la calle Palmas, actual de Jesús del Gran Poder.

Nuestro protagonista, que al parecer ya se había señalado en los sucesos de que siguieron al 2 de mayo de 1808, dedicaba tiempo a recorrer audazmente los pueblos limítrofes, o incluso gaditanos u onubenses, disfrazado como recobero, tomando nota de movimientos de tropas enemigas, llevando información a otros correligionarios, pasando consignas, en definitiva, actuando como un auténtico agente secreto de la época. 

Entre viaje y viaje, el plan, aunque con algunos flecos, iba tomando forma. El Santo Congreso Hispalense tenía previsto que cuando las tropas leales se aproximasen a las cercanías de Sevilla, a las doce de la noche aparecería una luz en el segundo cuerpo de la Giralda, acompañada del toque de "al arma" de las campanas de todas la parroquias, llamando al motín popular con el que contaban alcanzar la victoria sobre las tropas nepoleónicas  acantonadas en Sevilla. Para ello, además, contaban con que personal de la Maestranza de Artillería les entregaría armas, municiones y pertrechos tras la reunión que mantuvieron González Cuadrado y Palacios Malaver con Antonio Amaya y Moreno, empleado de dicha Maestranza, en una taberna de la calle Palmas.

A principios de diciembre de 1810 quedó fijado el día de la sublevación, aunque éste sufrió algunos retrasos debido a que algunos de los conjurados, como Joaquín de Tójar, Antonio Muñoz de Ribera, entre otros, aconsejaron contactar con el general Ballestero, que se acercaría hasta las cercanías de Sevilla para intercambiar cartas y documentos en clave a fin de que se manifestase sobre las posibilidades de la insurrección popular y el apoyo militar exterior. 

A la hora de entregar los documentos, los conjurados salieron de la ciudad por parejas para no levantar sospechas, a fin de reunirse en una venta situada en Castilleja de la Cuesta. El plan parecía sencillo, de no ser por la extraña amistad que Palacios mantenía con otro personaje crucial en esta historia: José Avendaño, apodado "Pantalones". Delincuente habitual, indultado por los franceses y persona poco recomendable por sus malos hábitos, era encubierto confidente del jefe de policía afrancesado Miguel Ladrón de Guevara, y fue quien, tras una indiscreción de Palacios, alertó a las autoridades galas de la existencia de una posible conspiración, de modo que a renglón seguido, comenzó un sigiloso seguimiento de los presuntos conspiradores para finalmente instalarse un cuidadoso dispositivo policial que logró detener, en las cercanías de Castilleja, a González Cuadrado y Palacios Malaver, que se hacía acompañar de su esposa, Ana Gutiérrez; fue a ella  a quien le intervinieron documentos cifrados alusivos a la conjuración.

Como curiosidad, en uno de los mensajes se hablaba de "braceros (jornaleros) de Utrera, Carmona y Écija, para segar, trillar y coger mieses, a último del año 1810", o lo que es lo mismo, el texto aludía a la predisposición de guerrilleros de aquellas localidades para acudir a Sevilla en la fecha dispuesta para la sublevación en diciembre de aquel funesto año. El uso de términos agrarios era seña de identidad en las comunicaciones cifradas de aquel grupo, ya que al propio González Cuadrado se le denominaba "Mayoral" dentro del esquema de la organización secreta.

Llevados a prisión, tanto uno como otro rehusaron valientemente delatar a sus colegas durante los intensos interrogatorios, aunque José de Velilla sostiene que Palacios pudo haber culpado a González Cuadrado siguiendo los insistentes ruego de su mujer. De poco sirvió, pues ambos fueron finalmente condenados a la pena capital; sin embargo, en un último intento, el presidente del tribunal alentó a ambos a declarar los nombres de los cómplices de la conspiración a cambio de un indulto del mariscal Soult de manos del Emperador. Cuando el abogado defensor Pablo Pérez Seoanes propuso tal acuerdo a González Cuadrado, éste (según las crónicas de la época) declaró solemnemente:

"No, señor. Que muera González y vivan tantos buenos, que otro día podrán servir a la Patria con más fruto. ¿Quién me asegura de que los franceses que han engañado al rey, y no respetan los tratados que hacen con las naciones, han de cumplir la palabra que dan a un particular? Me horroriza la idea sola de que tantos otros conciudadanos míos puedan sufrir igual suerte por mi causa. González no quiere más vida que morir por su patria."

 El 9 de enero de 1811, a las dos de la tarde, la Plaza de San Francisco fue testigo del ajusticiamiento a garrote vil de ambos conspiradores, siendo fueron sepultados en sus parroquias de San Ildefonso (allí aún se conserva una lápida de mármol en su memoria) y Omnium Sanctorum, entre muestras de dolor e ira contenida de los allí congregados, aunque, la verdad sea dicha, que más de un centenar de implicados en la rebelión pudo suspirar tranquilo al saberse a salvo...

Durante la Guerra de Independencia, pese al fracaso de la conjuración, el Sacro Congreso Hispalense prosiguió con sus actividades encubiertas, con actos de sabotaje y propaganda o con, por ejemplo, el cuidado de los padres de González Cuadrado, en la indigencia tras su muerte. El precio pagado por esas actividades fue alto, ya que además de Palacios y González fueron ejecutados otros de sus miembros, incluso sacerdotes como Juan de la Cuesta o Santiago Albertos. 


Por fin, los franceses salieron definitivamente de Sevilla en el verano de 1812, y un año después, el 19 de agosto de 1813 llegaba el momento de saldar cuentas pendientes: moría en la horca el comisario Miguel Ladrón, siendo colocada su cabeza en un gancho en el camino de Castilleja, en el mismo lugar en el que fueron capturados González Cuadrado y Palacios Malaver, cuyos restos mortales se trasladaron al Patio de los Naranjos de la Catedral para honrar su memoria; incluso en 1893 el escultor José González Jiménez realizó un boceto para un monumento que se habría de colocar en la Plaza de San Francisco, contando con el apoyo del consistorio hispalense, monumento que finalmente no llegó a ver la luz, aunque esa, esa ya es otra historia... 

Ahora que 2022 está próximo a finalizar, aprovechamos para desear un feliz y próspero 2023 a todos los seguidores de este humilde Blog. Mil gracias por estar ahí.

27 septiembre, 2021

Pajaritos.

Sí, es cierto, no es la primera ocasión en la que esta calle sale a relucir en estas páginas. Hace algunos meses, buscando vías relacionadas con animales dimos a conocer, sólo de pasada, el devenir histórico de la antigua calle de la Imprenta, o lo que es lo mismo, Pajaritos, que se encuentra situada entre las calles Francos y Estrella, en pleno centro histórico de Sevilla. Durante el siglo XV se llamó Melgarejos, por hallarse en ellas las casas del linaje de este apellido nobiliario, y en el XVI era, a secas, la "calle que va al imprimidor", para luego pasar a denominarse Imprenta, debido a la presencia allí de un establecimiento ligado a una familia durante tres generaciones: los Cromberger. Pero como siempre, vayamos por partes. 

 

A mediados del siglo XV el orfebre alemán Johanes Gutenberg había creado la imprenta, entendida como un conjunto de tipos móviles realizados en metal con los que, junto con papel, tinta y una prensa, componer las diferentes páginas de una publicación, con lo cual el sistema de copistas y amanuenses medievales daría un salto cuantitativo hacia su desaparición, facilitando la edición de más y mejores ejemplares. La Biblia, lógicamente, fue uno de los primeros títulos publicados y poco a poco el invento fue abriéndose paso por toda Europa, facilitando la expansión del saber y la cultura. 

 Jacobo Cromberger, nacido en Nuremberg, llega a Sevilla en torno a 1490 y no tardará en trabajar en alguno de los incipentes y pujantes talleres de impresión ya existentes en la ciudad para, al poco tiempo, en 1499, contraer matrimonio con la viuda de uno de sus maestros, establecerse por su cuenta y comenzar una ardua labor de edición, sobre todo de textos sagrados; con la anuencia del Cabildo Catedralicio, imprimirá el llamado Misal Hispalense y con la de la orden franciscana realizará, por poner un ejemplo, nada más y nada menos que dos mil cartillas para aprender a leer enviadas al Caribe en una expedición transoceánica. Además, por sus prensas pasarán originales de personajes históricos del calado de Hernán Cortés o Elio Antonio de Nebrija.

 

Poco a poco la imprenta Cromberger, en el actual número 7 de la calle, se convierte en auténtica factoría que empleaba a varias docenas de oficiales y aprendices, en un caserón en el que el olor a tinta y a cola, a papel de trapo y cuero, acompañaría el trabajo en las mesas y prensas. Pasaron los años y el fundador legaba a su hijo Juan un importante patrimonio fruto del enriquecimiento experimentado con los libros editados: tierras de labor, viviendas e incluso esclavos, como ha investigado el profesor de la Universidad de Oxford Clive Griffin. El segundo Cromberger de la saga incrementó aún más la preponderancia de su negocio, editando gran cantidad de volúmenes, compaginó, valga la expresión, la imprenta con el negocio de librero, e igualmente amplió aún más la zona de distribución de sus publicaciones no sólo a Europa, sino a toda la América conocida entonces; como colofón, se sabe además, que un agente suyo instaló en 1539 la primera imprenta al otro lado del Atlántico en la ciudad de México. 

 

El epílogo lo habría conformado Jácome, el tercer Cromberger, pero hay que mencionar ineludiblemente el papel de su madre, Brígida Maldonado, hija, esposa y madre de impresores, quien al enviudar supo mantener el negocio familiar con un carácter fuertemente emprendedor, sacando a la luz títulos que se convertirían en "best sellers" de su tiempo y recurriendo incluso a la subcontratación para imprimir más ejemplares en tiempos de demanda elevada. Sin embargo, la imprenta familiar fue languideciendo hasta desaparecer, fruto de la desidia y de la poca motivación por parte de los sucesivos descendientes de la familia.

Anuncio en El Hebdomadario Útil Sevillano, 1758.

La calle Pajaritos adoptará su nombre actual a partir del siglo XVII, según algunos autores por el nombre de una célebre taberna con ese nombre, citada incluso, al parecer por Tirso de Molina. No por ello dejará de tener ilustres vecinos, sobre todo el siglo XIX cuando construya allí su residencia, en el número 6, un banquero sevillano poco conocido pero de gran importancia, Tomás de la Calzada. 

Ejemplo de burgués hecho a sí mismo, propietario de una fábrica de tejidos de seda, fue uno de los promotores del Banco de Sevilla (en el número 14 de esta calle) en 1856, aportando para ello 120.000 reales, sin olvidar que un año después intercederá, junto con el alcalde García de Vinuesa, por las vidas de los jóvenes condenados a muerte que tras su ejecución dará lugar al triste episodio de la Piedra Llorosa. De la Calzada, será miembro de la Diputación Provincial por el Partido Moderado, asesorará al Ayuntamiento como "vecino recomendable" en la construcción de elementos como la Plaza Nueva o el Monumento a Murillo, y además ejercerá como Hermano Mayor en la Hermandad de la Quinta Angustia.

 Son tiempos en los que sería cotidiano el trajín de los carromatos, el ir y venir de compradores y gente del comercio, las tertulias a pie de calle para comentar cualquier asunto local o nacional. Numerosos empresarios establecen sus negocios en Pajaritos, como Pedro Crespo, Faustino Martínez (tejidos de seda), Agapito Artoloitía o el almacén al por mayor de tejidos de Pastor y Compañía, sin olvidar la Escuela Normal Superior de Maestros, en el número 15 entre 1903 y 1911 o la Imprenta (de nuevo las artes gráficas) de Juan Montano, en el número 12. Precisamente en este inmueble, un gran caserón edificado en el XIX, se ubicará el colegio de los Jesuitas en tiempos de la Segunda República, tras la disolución de la Compañía de Jesús y el cierre del colegio de la calle Villasís. En los años sesenta radicará allí la sede de la Delegación Provincial de Mutualidades Laborales. 

Al igual que en la anterior saga de habitantes de la calle Pajaritos, el hijo de De la Calzada, también Tomás, proseguirá con la labor de enriquecimiento familiar mediante la participación en múltiples negocios que abarcarán desde la antedicha industria textil hasta el incipiente ferrocarril, destacando su labor bancaria y financiera y su papel político como Senador en Madrid entre 1881 y 1891, vinculado al partido de Castelar; como curiosidad, su nombre aparece incluso en la novela de Benito Pérez Galdós "Lo Prohibido", como acreedor importante de uno de los protagonistas. Tampoco quedó atrás en la faceta benéfico social, al ostentar el cargo de Director del Hospicio de San Luis o la faceta agrícola, al adquirir la Hacienda de San Francisco Javier de los Ángeles en el término municipal de Alcalá de Guadaira. Para conocer mucho mejor estos detalles, recomendamos el magnífico Blog de Agustín Peñuela, Historia de la Banca en Andalucía.

Una profunda quiebra financiera diluirá en el tiempo la historia de esta familia. Tras la suspensión de pagos del Banco de Sevilla en 1876 éste quedará fusionado con el Banco de España, que tendrá su sede en el palacio de Pajaritos 14 hasta 1928, cuando se traslade a la cercana Plaza de San Francisco, quedando convertido el edificio en oficinas municipales hasta nuestros días.  

En definitiva, la pequeña gran historia de una calle no muy concurrida, pero llena de interés histórico. 

Anuncio en el Diario de Sevilla, agosto 1852

Fotos: María Coronel. Con nuestro agradecimiento.