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15 julio, 2024

Sevilla, 1593: El "Caso Sumeño".

 En esta ocasión, vamos a centrarnos en un suceso acaecido a finales del siglo XVI, en la Sevilla de las denuncias al Santo Oficio y sus procesos judiciales, sus autos de fe y sus correspondientes ejecuciones, aunque, en concreto, el temido final, protagonizado por un alto cargo del Cabildo de la ciudad, no llegó a producirse por un giro inesperado de los acontecimientos; pero como siempre, vayamos por partes.  

Establecido el Tribunal del Santo Oficio por los Reyes Católicos en 1478 mediante bula papal de Sixto IV, a comienzos de 1481 ya estaba radicado en Sevilla, primeramente en el dominico convento de San Pablo (ahora parroquia de la Magdalena) y luego en el castillo de San Jorge, cuyos restos arqueológicos son visibles bajo el mercado de Triana en el Altozano. Como tribunal, velaba por la ortodoxia, especialmente en cristianos conversos, esto es, en quienes se habían bautizado abandonando la fe judía. Los inquisidores investigaban denuncias anónimas o procedentes de los llamados familiares del Santo Oficio, que formaban toda una red que se dedicaba a delatar posibles conductas contrarias a la fe católica, no sólo relativas al criptojudaísmo, sino a las blasfemias, sodomía, brujería o, más adelante, la profesión de creencias protestantes, todo ello condenable a los ojos de la Inquisición. Aparte de alcaides, capellanes, jueces, fiscales, procuradores o escribanos, existía toda una plantilla de trabajadores auxiliares como porteros, carceleros, cocineros o médicos, por citar algunos. 

En 1591 ocupada el cargo de teniente de Asistente de la ciudad Luis Sumeño de Porras y entre otras de sus atribuciones estaba la de ejercer como magistrado, dándose la circunstancia de haber dictado condena contra un reo, sentenciándolo con "pena afrentosa", algo que los familiares del condenado, defensores a ultranza de su inocencia, criticaron violentamente, jurando venganza por tamaño dislate, en su opinión. El escritor José María Montero de Espinosa relata que apenas pasado un corto tiempo, en 1593, Sumeño fue aprehendido por sorpresa por oficiales de la Santa Inquisición en relación a un anónimo testimonio que le adjudicaba prácticas herejes o judaizantes. Detenido en su propia casa, se despidió de Jerónima de Monarde, su esposa con estas palabras: 

"Adiós, hasta el valle de Josafat, pues ya no la volvería a ver mediante a que le llevaban a la Inquisición, siendo su resultado morir quemado, pues él no había cometido delito alguno que tocase a aquel Tribunal, y que precisamente lo habían de tener por negativo, no confesando lo que le hubiesen atribuido"

Aislado en una húmeda celda, sucio y hambriento, con la incertidumbre como compañera por desconocer los cargos que había contra él y sometido a múltiples interrogatorios con sus correspondientes tandas de tormento o torturas, negó vehementemente ser culpable, manteniendo su inocencia de manera tenaz, sin que ello sirviera para que a la postre fuera condenado a ser quemado vivo hasta morir en el Prado de San Sebastián.

Llegaron las vísperas de la ejecución y, como era costumbre, muchos se aprestaron a acudir al "espectáculo" que suponía la muerte pública con todo el ritual y parafernalia característicos del Santo Oficio: enterados del proclamado Auto de Fe, muchos llegaban desde fuera de la propia Sevilla, como fue el caso de los indignados familiares de aquel reo que el ahora convicto Luis Sumeño de Porras condenó en 1591:

"Más sucedió que la víspera del día en que se había de ejecutar este espantable y horroroso castigo, venían a esta ciudad los malvados delatores con objeto de ver esta escena, y a holgarse de su indigna venganza, y en una de las posadas de Alcalá de Guadaira estaban todos en un cuarto hablando del caso y del auto que venían a presenciar, y unos con otros decían: "mañana veremos arder a aquel pícaro y le oiremos crujir los huesos" y se jactaban y regocijaban de sus pérfidos sentimientos y daban a entender que había sido ellos los autores de tan horrendo castigo".

Por fortuna, la conversación fue escuchada "de refilón" por otros huéspedes, quienes con rapidez se pusieron en camino a Sevilla y, una vez llegados a la sede de la Inquisición en Sevilla, dieron cumplida cuenta de lo que habían descubierto de manera fortuita y rogaron se tuviera en cuenta para evitar que un inocente fuera víctima de una injusta venganza; el Tribunal, mal que bien, ordenó la detención de aquellos difamadores, quienes hubieron de confesar su culpa, la de haber calumniado al teniente de asistente por venganza y odio y que dicho oficial era inocente de cualquier delito que se le pudiera imputar. Ante todo esto, se decidió suspender la ejecución in extremis y se exculpó al Teniente, siendo castigados duramente los calumniadores. Ni que decir tiene que el proceso de absolución duró meses de trámites burocráticos, con las consiguientes molestias para Sumeño.

Restablecido en su puesto, la carrera de Luis Sumeño de Porras continuó, y en 1596 fue ascendido al cargo de Fiscal del Tribunal de la Casa de Contratación, falleciendo finalmente el 13 de enero de 1603 y recibiendo cristiana sepultura a los pies de la Virgen del Amparo en la antigua parroquia de la Magdalena, donde incluso dotó una capellanía, pero esa, esa ya es otra historia.


29 abril, 2024

El Doctor Salvago.

En esta ocasión, nos trasladamos al siglo XVI en nuestra ciudad de Sevilla, para saber de primera mano sobre un sangriento y controvertido suceso que se cerró en falso, protagonizado por un alto personaje con vivienda no lejos de la Catedral; pero como siempre, vayamos por partes. 

Se llamaba Juan Salvago, apellido de origen genovés, del que se tienen noticias ya en 1490 en Sevilla gracias a la actividad mercantil de Pelegrín Salvago, quien gozó de la protección de los Reyes Católicos, y de Esteban Salvago comerciante de aceites y especias en 1501, aunque ignoramos que tipo de parentesco habrían tenido con Juan, al que todo el mundo llamaba Doctor Salvago. Tal apelativo era, al parecer por poseer un doctorado en leyes, además de ostentar un elevado estatus social, con lujosa vivienda propia en la calle Francos, amueblada y decorada con el mejor gusto. Había contraído feliz matrimonio con Doña María Quebrado, hija de Don Antonio Quebrado. En lo profesional, no sabemos mucho de su carrera, pero gracias a la labor de catalogación de los documentos del Mayordomazgo del Cabildo de la Ciudad de allá por 1511, puede entenderse que, como letrado, poseía cargo de cierta importancia en el complejo organigrama municipal, en concreto el de lugarteniente del Alcalde Mayor, conservándose diversos libramientos y pagos en su favor con motivo de varias visitas de inspección a poblaciones vinculadas a Sevilla, como Utrera, Los Molares o Fregenal de la Sierra, a donde se sabe que acudió por ciertos incidentes allí acaecidos y que conllevaron que le confiscase a un vecino de aquella localidad, llamado Fernando de Jara, un rebaño de ovejas.

 

En cualquier caso, la vida del doctor Salvago transcurría del modo más normal y placentero por aquel entonces, hasta que en el verano del año siguiente, 1512, un suceso truncó la felicidad de la que, aparentemente, disfrutaba. Tal como narra, recurrimos de nuevo a él, el cronista Chaves y Rey en un artículo publicado en el diario El Liberal en enero de 1911, en aquella aciaga fecha la esposa del doctor Salvago, paseaba tranquilamente por la calle Torneros, actual de Álvarez Quintero, cuando resultó desgraciada víctima de un feroz ataque a cuchilladas por parte de un individuo que la acometió con tremenda y rápida violencia. Fue sin mediar palabra, y sin intención de robo. La gravedad de las heridas fue tal, que la ilustre dama falleció en la misma calle, sin que nada ni nadie pudiera remediar tan funesto desenlace y ante la estupefacción de cuantos habían contemplado tan espeluznante escena. 

Imagen generada por Inteligencia Artificial (Qué cosas...)

Iniciadas las pesquisas por parte de las autoridades, no tardó en ser capturado el agresor, de nombre Juan Montoro, y sometido a interrogatorio, declaró a la justicia que era un criado de la marquesa de Moya, cerciorándose los investigadores de que era persona de carácter agresivo y cruel. Hasta ahí, dentro de la atrocidad del crimen, todo transcurría conforme al proceso; el asombro o la sorpresa llegaron cuando, sometido a tormento, Montoro declaró con gran convencimiento que la muerte de la infeliz señora había sido fruto de una petición realizada a su persona por el propio marido, ahora desconsolado viudo, el mismísimo doctor Salvago, algo a lo que nadie dio crédito habida cuenta la fama y estima que poseía dicho señor en la ciudad, donde era muy bien considerado por sus vecinos. Falta de pruebas, con el único testimonio del asesino y sin indicios de que hubiera un instigador del delito, la causa judicial no fue más allá en sus indagaciones sobre el móvil de aquel crimen o de si hubo más participantes en el mismo, de modo y manera que Juan Montoro, único responsable del homicidio de doña María Quebrado, fue condenado a muerte y el 2 de septiembre, ejecutado públicamente: 

 

“Lo arrastraron y le cortaron la cabeza en la plaza de San Francisco, y ambas manos, y lo descuartizaron; y pusieron la cabeza en la picota y la una mano a la casa de la puerta del doctor Salvago en cal de Francos, y la otra en el lugar donde la mató en la plazuela de los Torneros, y los cuatro cuartos de cada uno a las puertas de la ciudad”.

 

Apenas cumplida la sangrienta condena, antes de que el asunto quedara olvidado, el doctor Salvago se comportó de manera sorprendente, pues malvendió sus propiedades, enajenó sus bienes apresuradamente, y con la misma premura solicitó ingresar como fraile novicio en el sevillano convento de San Jerónimo de Buenavista, fundado en 1414 y en cuya comunidad se hallaba acogido desde el mismo día 2 de septiembre, fecha de la ejecución del asesino de su esposa. Además, desde ese momento, se pierde su rastro en la documentación municipal, como si hubiera decidido cortar de raíz su labor en el consistorio hispalense, ajeno al ejercicio de su puesto como letrado.

Durante su prolongada vida monacal, no reparó en ayunos, abstinencias, oraciones y penitencia, como si hasta el final de sus días buscase purgar un grave pecado, sólo conocido por él y por Dios, falleciendo ya anciano tras una ejemplar trayectoria llena de austeridad y humildad, alejada del poder y los lujos de la vida terrena. En la ciudad siempre quedó cierto resquemor hacia él, cierta duda no resuelta, ¿Fue acaso el inductor de la muerte de su mujer? ¿Debió ser investigado o juzgado por ello?, como solemos decir en esta páginas, "esa, esa ya es otra historia". 

18 julio, 2022

Salinas.

 



Aunque el título de este post, Salinas, quizá nos recuerde a aquellos lugares costeros donde se trabaja para la extracción de la valiosa sal de las aguas marinas, en esta ocasión daremos pormenores sobre alguien que fue sepultado en un convento cercano a la calle de este nombre, ubicada entre Azafrán y Muro de los Navarros, justo detrás de cierta imprenta regentada por buenos amigos de esta página; pero como siempre, vayamos por partes. 

En diciembre de 1559 nacía en Sevilla, el hijo del Señor de Bobadilla y de su esposa Mariana de Castro, burgalesa de nacimiento, ambos pertenecientes a antiguos linajes nobiliarios. Juan, que con ese nombre recibirá las aguas bautismales, apenas conocerá a su madre, fallecida prematuramente, tras lo cual su padre decidirá trasladar a toda la familia a la riojana ciudad de Logroño, donde estudiará humanidades para pasar en 1576 a Salamanca (cánones y leyes, aunque la poesía ocupó sus días) y a su universidad, donde bien podría haber coincidido con el poeta Luis de Góngora; un viaje a Italia, con estancias en Roma y Florencia le permitió visitar allí a su hermano Alonso, que gestionaba negocios familiares. Por cierto que de Roma se llevó una fuerte impresión mientras aguardaba una posible prebenda eclesiástica, sobre todo por el tren de vida de la curia romana, del que posiblemente participó al quedar plasmado en sus poemas, y que le valió para entrenar su ingenio con composiciones satíricas que serán santo y seña a lo largo de su vida. 

Sor Francisca Dorotea y Juan de Salinas. S. XVII.

Conseguido un puesto de canónigo al fin para la catedral de Segovia, poco hubo de ejercer tal cargo eclesiástico, ya que un año después, en 1588, fallecía su padre y fue designado responsable de administrar su rico patrimonio, por lo que fijó definitivamente su residencia en su ciudad natal de Sevilla. Además, en 1601 recibió el nombramiento de administrador del Hospital de las Bubas, o de San Cosme y San Damián, situado entonces en la collación de Santiago, al que se entregó en cuerpo y alma. Por añadidura, ostentó el de capellán del ahora desaparecido convento de Nuestra Señora de los Reyes, siendo confesor y director espiritual de la Madre Sor Francisca Dorotea, su superiora, quien murió en olor de santidad y cuya biografía redactó en busca de una beatificación que no llegó a producirse.

Portada del exconvento de Ntra. Sra. de los Reyes. Calle Santiago. 

Su faceta como poeta le acompañará durante toda su vida, convirtiéndose en una especie de cronista local satírico, pues sus letrillas y epigramas tratarán sobre lo divino y lo humano, lo anecdótico y lo cómico, siempre  utilizando el doble sentido, el juego de palabras tan característico de nuestra forma de hablar y relacionarnos, incluso llegó a publicar unos irónicos "Ejercicios de San Ignacio" que poco tenían que ver con los ejercicios propuestos por el fundador de la Compañía de Jesús.

Tampoco puede quedar en el tintero que Salinas fue asiduo asistente de tertulias o "academias" literarias donde se rivalizó en cuestiones de lírica humorística; Junto a otros "tocayos" suyos, formó un interesante círculo de ingeniosos literatos de gran calidad, entre los que destacan su propio sobrino, Juan de Jáuregui, Juan de Robles, Juan de Arguijo o Juan de la Sal, dedicados a glosar las excelencias de la Sevilla del Imperio, alabar a María como Concebida Sin Pecado Original o, por ende, lanzar originales dardos en forma de poemas o cartas contra la secta de los Alumbrados, que tuvo en jaque a la Inquisición Hispalense durante algunos años, sin contar con que Salinas se movía como pez en el agua en los cenáculos aristocráticos y mercantiles de su época dada su condición y su red de contactos. Baste como ejemplo que fue padrino de bautismo del que luego sería historiador Diego Ortiz de Zúñiga. 

Sin menoscabo de sus poemas de tinte religioso, fue sobre todo Poeta de lo anecdótico, al decir de otro poeta, Rafal Laffón, ya que dejó ágiles versos dedicados a todo tipo de circunstancias cotidianas, como cuando al convento antes aludido le fueron incautados unos lenguados que fueron a parar a las cocinas de algún alto cargo del Santo Oficio: 

Unos pocos de lenguados
Que traía a mi convento.
Cual reos vi en un jumento
Llevaban aprisionados;
Yo, por excusar enfados,
al que la prisión obró
Dije: ¿cómo se atrevió.
Que nunca tal prisión vi?
Contra deslenguados, sí,
Mas contra lenguados. no.

También tuvo palabras para compañeros presbíteros poco aseados y egoístas, como la compuesta hacia (o mejor, contra) un "clérigo viejo y puerco que tenía una mula y no la prestaba a nadie": 

Cierto abad de Cantillana
tan viejo como guardoso
(dejo aparte lo asqueroso
que eso lo dirá la sotana)
su mulilla rabicana
jamás la quiso prestar
certificando a la par
con evidencias notorias
en sí dos contradictorias
no dar mula y muladar.
Indicar que "guardoso" es sinónimo de tacaño, que "rabicana" significaba que la mula tenía pelos blancos en su cola, y que "muladar" aludía a vertedero. 

Tampoco faltaron los "piropos" hacia miembros de órdenes monásticas, como en una cuarteta dedicada "A un fraile mentiroso y falto de dientes":

Vuestra dentadura poca
dice vuestra mucha edad
y es la primera verdad
que se ha visto en vuestra boca. 

Sería más que prolijo comentar y destacar su prolífica (y divertida, por qué no decirlo) obra, a la que invitamos a leer a quienes siguen estas páginas, sin perder de vista que su vida fue calificada por sus biógrafos como "arreglada y ejemplar, con gran fama de virtuoso". Como colofón, indicar que Juan de Salinas falleció  a los 83 años de edad el 5 de enero de 1643, siendo sepultado en el convento de Nuestra Señora de los Reyes con el acompañamiento de un nutrido cortejo de nobles y clérigos de la feligresía de Santa Catalina . Dejemos, a modo de epitafio, que sean los versos del propio Salinas los que despidan estas líneas:

No te amargues en lo fuerte
de tan duras exhortaciones;
que en su rigor te dispones
para más dichosa muerte,
pues llegando a empobrecerte,
no habrá en las horas postreras
ricas prendas lisonjeras
de que con dolor te acuerdes,
turbando con lo que pierdes
el gozo de lo que esperas. 

04 octubre, 2021

Cirugía Mayor.

 

Probablemente, se trata de una de las calles más cortas de Sevilla, entre la Plaza de Menjíbar y Castellar, paralela a Feria, no muy lejos de la Iglesia de San Juan de la Palma. Debe su nombre a un cirujano, Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien durante el siglo XVI alcanzó justa fama y cuyo nombre, en aquellos años recios de duelos y estocadas, los espadachines invocaban antes de entrar en liza: "A Dios me encomiento y al Doctor Hidalgo de Agüero". Pero como siempre, vayamos por partes. 

En torno a 1383 habría nacido, probablemente en Lora del Río, Juan de Cervantes y Bocanegra, miembro de un noble linaje y nieto del Almirante de Castilla, nada menos. Llamado a la vocación religiosa, doctorado en Salamanca, intervino en varios Concilios, como el de Siena, tras lo cual fue ascendido al rango de Cardenal en 1426. Prosiguió siempre defendiendo la causa de la primacía papal en otros Concilios como los de Basilea o Maguncia y finalmente, tras pasar por las diócesis de Ávila o Segovia, recaló en la Archidiócesis Hispalense en 1449. 

Establecido ya en Sevilla, tomó parte activa en las obras de la Catedral, aportando importantes sumas de dinero, formó una imponente biblioteca de más de trescientos volúmenes (legada al cabildo hispalense) e incluso fundó 1450 la Cofradía de la Santa Faz en el monasterio franciscano del Valle. Su legado, tras fallecer en 1453, quedó plasmado en dos obras, su impresionante sepulcro catedralicio, realizado por Mercadante de Bretaña y la fundación del llamado Hospital de San Hermenegildo, o lo que es lo mismo, el Hospital del Cardenal o de los Heridos.

Situado a caballo entre la actual calle Francisco Carrión Mejías y la propia de Cardenal Cervantes, el  Hospital no tardó en lograr merecida fama como centro hospitalario especialmente dedicado a cuestiones quirúrgicas, sin descuidar otras áreas; como decíamos, estamos en la violenta Sevilla de bravos, matones y espadachines a sueldo, en la que se prodigaban las pendencias y ajustes de cuentas, de modo que las heridas por arma blanca eran bastante frecuentes. Dotado con una plantilla en la que había doctores, enfermeros, boticarios, barberos, capellanes y todo el personal necesario, en este hospital, con dieciocho años, entrará como "Médico Residente" (por usar un término actual) un joven licenciado en Medicina por la Hispalense, que con rapidez irá absorbiendo todo lo que se hacía en el Hospital, formándose como galeno y cirujano y estudiando cada caso hasta lograr lo que Bartolomé Hidalgo de Agüero, ése era su nombre, llamó la "vía particular". ¿De quien y de qué hablamos?

Hidalgo de Agüero habría nacido en Sevilla en torno a 1537; casado y con cuatro hijos, poco se conoce de su vida, salvo su labor como médico, su aprendizaje y su maestría, ya que dejó numerosos discípulos. Como curiosidad, dato aportado por el doctor Vázquez Medina, en 1575 se le asignó un sueldo anual de 27.000 maravedís, mientras aprendía con los doctores López de la Cueva y Cetina. 

Dado nuestro nuestro poco o nulo conocimiento sobre ciencia médica, recurriremos a la sabiduría del doctor y farmacéutico sevillano Herrera Dávila, estudioso del tema en nuestros días para intentar explicar el método de nuestro cirujano. Tradicionalmente, y así lo aconsejaba la ciencia de aquella época, los cortes y heridas inciso contusas eran tratados en medicina mediante el uso de trepanación o hierros (por supuesto, sin anestesia) o con la aplicación de medicinas húmedas a fin de conseguir la aparición de la llamada "pus loable". Pese a ello, la mortalidad era muy alta para este tipo de traumatismos. 

Por ello, basándose en su dilatada experiencia "de treinta y ocho años", como afirmaba, Hidalgo de Agüero publicará su obra Thesoro de la verdadera cirugía, unos simples pliegos, con 57 consejos que "afijará" en algunas zonas de Sevilla para que todos pudieran leerlos. Dos detalles llamarán la atención de esta obra del cirujano sevillano: el hecho inusual de que utilice la "lengua común" desechando el culto y científico latín y que base sus afirmaciones, quizá por primera vez, en la práctica estadística, ya que para ello llevará cuenta de todos los pacientes atendidos por heridas en el Hospital del Cardenal, de sus heridas y de su evolución, practicando su método de "vía seca", basado en el empleo de la higiene y la sutura.  

Así, como ha investigado Herrera Dávila, en 1583 ingresaron en su Hospital 456 heridos, de los que, una vez tratados por Hidalgo de Agüero, murieron sólo 20, lo que proporciona una mortalidad excepcionalmente baja teniendo en cuenta la época. 

Todo ello da idea de cómo llegó a ser la fama alcanzada por nuestro cirujano, aunque no faltaron voces críticas o envidiosas que pusieron en tela de juicio sus propuestas quirúrgicas, las de los doctores Estrada o Fragoso, con quienes sostuvo un airado debate en el que hubo de intervenir el Cabildo de la Ciudad. Ya se sabe, "nadie es profeta en su tierra".

A lo largo de su extensa y fructífera historia, el Hospital del Cardenal, de los Heridos o de San Hermenegildo, llegará a tener hasta más de ochenta camas,  se transformará en el Asilo Provincial de San Fernando en el siglo XIX, para ser derribado, definitivamente, en 1950. Con la demolición se perderá uno de los edificios más interesantes de aquella zona, formándose de nuevo cuño la actual calle Francisco Carrión Mejías. 

Por su parte, Hidalgo de Agüero morirá en Sevilla en 1597, "pobre, honrado y famoso", como escribirá alguno de sus biógrafos admiradores, siendo sepultado en la parroquia de San Juan de la Palma, como recuerda un azulejo allí situado. Fallecerá, además, contando con el agradecimiento de no pocos heridos salvados por su pericia. Recordemos, fruto de todo ello se hizo popular la expresión, antes de desenvainar la toledana, "A Dios me encomiendo y al Doctor Hidalgo de Agüero". 


27 septiembre, 2021

Pajaritos.

Sí, es cierto, no es la primera ocasión en la que esta calle sale a relucir en estas páginas. Hace algunos meses, buscando vías relacionadas con animales dimos a conocer, sólo de pasada, el devenir histórico de la antigua calle de la Imprenta, o lo que es lo mismo, Pajaritos, que se encuentra situada entre las calles Francos y Estrella, en pleno centro histórico de Sevilla. Durante el siglo XV se llamó Melgarejos, por hallarse en ellas las casas del linaje de este apellido nobiliario, y en el XVI era, a secas, la "calle que va al imprimidor", para luego pasar a denominarse Imprenta, debido a la presencia allí de un establecimiento ligado a una familia durante tres generaciones: los Cromberger. Pero como siempre, vayamos por partes. 

 

A mediados del siglo XV el orfebre alemán Johanes Gutenberg había creado la imprenta, entendida como un conjunto de tipos móviles realizados en metal con los que, junto con papel, tinta y una prensa, componer las diferentes páginas de una publicación, con lo cual el sistema de copistas y amanuenses medievales daría un salto cuantitativo hacia su desaparición, facilitando la edición de más y mejores ejemplares. La Biblia, lógicamente, fue uno de los primeros títulos publicados y poco a poco el invento fue abriéndose paso por toda Europa, facilitando la expansión del saber y la cultura. 

 Jacobo Cromberger, nacido en Nuremberg, llega a Sevilla en torno a 1490 y no tardará en trabajar en alguno de los incipentes y pujantes talleres de impresión ya existentes en la ciudad para, al poco tiempo, en 1499, contraer matrimonio con la viuda de uno de sus maestros, establecerse por su cuenta y comenzar una ardua labor de edición, sobre todo de textos sagrados; con la anuencia del Cabildo Catedralicio, imprimirá el llamado Misal Hispalense y con la de la orden franciscana realizará, por poner un ejemplo, nada más y nada menos que dos mil cartillas para aprender a leer enviadas al Caribe en una expedición transoceánica. Además, por sus prensas pasarán originales de personajes históricos del calado de Hernán Cortés o Elio Antonio de Nebrija.

 

Poco a poco la imprenta Cromberger, en el actual número 7 de la calle, se convierte en auténtica factoría que empleaba a varias docenas de oficiales y aprendices, en un caserón en el que el olor a tinta y a cola, a papel de trapo y cuero, acompañaría el trabajo en las mesas y prensas. Pasaron los años y el fundador legaba a su hijo Juan un importante patrimonio fruto del enriquecimiento experimentado con los libros editados: tierras de labor, viviendas e incluso esclavos, como ha investigado el profesor de la Universidad de Oxford Clive Griffin. El segundo Cromberger de la saga incrementó aún más la preponderancia de su negocio, editando gran cantidad de volúmenes, compaginó, valga la expresión, la imprenta con el negocio de librero, e igualmente amplió aún más la zona de distribución de sus publicaciones no sólo a Europa, sino a toda la América conocida entonces; como colofón, se sabe además, que un agente suyo instaló en 1539 la primera imprenta al otro lado del Atlántico en la ciudad de México. 

 

El epílogo lo habría conformado Jácome, el tercer Cromberger, pero hay que mencionar ineludiblemente el papel de su madre, Brígida Maldonado, hija, esposa y madre de impresores, quien al enviudar supo mantener el negocio familiar con un carácter fuertemente emprendedor, sacando a la luz títulos que se convertirían en "best sellers" de su tiempo y recurriendo incluso a la subcontratación para imprimir más ejemplares en tiempos de demanda elevada. Sin embargo, la imprenta familiar fue languideciendo hasta desaparecer, fruto de la desidia y de la poca motivación por parte de los sucesivos descendientes de la familia.

Anuncio en El Hebdomadario Útil Sevillano, 1758.

La calle Pajaritos adoptará su nombre actual a partir del siglo XVII, según algunos autores por el nombre de una célebre taberna con ese nombre, citada incluso, al parecer por Tirso de Molina. No por ello dejará de tener ilustres vecinos, sobre todo el siglo XIX cuando construya allí su residencia, en el número 6, un banquero sevillano poco conocido pero de gran importancia, Tomás de la Calzada. 

Ejemplo de burgués hecho a sí mismo, propietario de una fábrica de tejidos de seda, fue uno de los promotores del Banco de Sevilla (en el número 14 de esta calle) en 1856, aportando para ello 120.000 reales, sin olvidar que un año después intercederá, junto con el alcalde García de Vinuesa, por las vidas de los jóvenes condenados a muerte que tras su ejecución dará lugar al triste episodio de la Piedra Llorosa. De la Calzada, será miembro de la Diputación Provincial por el Partido Moderado, asesorará al Ayuntamiento como "vecino recomendable" en la construcción de elementos como la Plaza Nueva o el Monumento a Murillo, y además ejercerá como Hermano Mayor en la Hermandad de la Quinta Angustia.

 Son tiempos en los que sería cotidiano el trajín de los carromatos, el ir y venir de compradores y gente del comercio, las tertulias a pie de calle para comentar cualquier asunto local o nacional. Numerosos empresarios establecen sus negocios en Pajaritos, como Pedro Crespo, Faustino Martínez (tejidos de seda), Agapito Artoloitía o el almacén al por mayor de tejidos de Pastor y Compañía, sin olvidar la Escuela Normal Superior de Maestros, en el número 15 entre 1903 y 1911 o la Imprenta (de nuevo las artes gráficas) de Juan Montano, en el número 12. Precisamente en este inmueble, un gran caserón edificado en el XIX, se ubicará el colegio de los Jesuitas en tiempos de la Segunda República, tras la disolución de la Compañía de Jesús y el cierre del colegio de la calle Villasís. En los años sesenta radicará allí la sede de la Delegación Provincial de Mutualidades Laborales. 

Al igual que en la anterior saga de habitantes de la calle Pajaritos, el hijo de De la Calzada, también Tomás, proseguirá con la labor de enriquecimiento familiar mediante la participación en múltiples negocios que abarcarán desde la antedicha industria textil hasta el incipiente ferrocarril, destacando su labor bancaria y financiera y su papel político como Senador en Madrid entre 1881 y 1891, vinculado al partido de Castelar; como curiosidad, su nombre aparece incluso en la novela de Benito Pérez Galdós "Lo Prohibido", como acreedor importante de uno de los protagonistas. Tampoco quedó atrás en la faceta benéfico social, al ostentar el cargo de Director del Hospicio de San Luis o la faceta agrícola, al adquirir la Hacienda de San Francisco Javier de los Ángeles en el término municipal de Alcalá de Guadaira. Para conocer mucho mejor estos detalles, recomendamos el magnífico Blog de Agustín Peñuela, Historia de la Banca en Andalucía.

Una profunda quiebra financiera diluirá en el tiempo la historia de esta familia. Tras la suspensión de pagos del Banco de Sevilla en 1876 éste quedará fusionado con el Banco de España, que tendrá su sede en el palacio de Pajaritos 14 hasta 1928, cuando se traslade a la cercana Plaza de San Francisco, quedando convertido el edificio en oficinas municipales hasta nuestros días.  

En definitiva, la pequeña gran historia de una calle no muy concurrida, pero llena de interés histórico. 

Anuncio en el Diario de Sevilla, agosto 1852

Fotos: María Coronel. Con nuestro agradecimiento.

14 junio, 2021

Puñonrostro.

Seguro que muchos, al leer el título de este post, habrán recordado automáticamente la calle de este nombre, situada en la misma Puerta Osario y que sirve de acceso al centro para no poca circulación rodada o transeuntes que buscan el sector de la Encarnación. El nombre siempre llamativo de esta vía nos hace retrotraernos en esta ocasión a finales del siglo XVI, cuando llega a Sevilla Francisco Arias de Bobadilla, Conde de Puñonrostro. Militar aguerrido y protagonista de numerosos lances y combates al frente de los Tercios de su majestad, sobre todo en Milán y Flandes, luchó a la órdenes de Don Álvaro de Bazán y fue arte y parte en el llamado "Milagro de Empel", acaecido durante la batalla librada entre holandeses y españoles entre el 7 y el 8 de diciembre de 1585. 

Gustavo Ferrer Dalmau: El Milagro de Empel. 

 Durante la misma, ante una inminente derrota española y una propuesta enemiga de capitulación, la respuesta de los mandos de los Tercios fue rotunda: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos». Sitiados en un montecillo, rodeados por el enemigo e inundados por las aguas del río Mosa por la rotura intencionada de sus diques, las exhaustas tropas hispanas encontraron aliento en el hallazgo bajo tierra de una pintura de la Virgen María, a la que se encomendaron con fervor. Aquella noche, las aguas se congelaron, dejando en desventaja a los navíos holandeses que asediaban a los españoles, circunstancia que fue aprovechada por éstos para lograr una victoria tan sorprendente que hizo exclamar al almirante Hohenloe-Neuenstein, de las Provincias Unida, contrincante de Puñonrostro: "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro". Desde entonces, la Inmaculada Concepción, cuya festividad litúrgica, como sabemos, es el 8 de diciembre, es tenida como Patrona del Arma de Infantería Española. 



Merced a su capacidad de organización y liderazgo, ejercerá también cargos importantes como asesor del Rey, sobre todo en el llamado Consejo de Guerra, en el que se decidían los asuntos relativos a las contiendas y enfrentamientos bélicos que la monarquía española llevaba a cabo por aquel entonces.

Con una impecable hoja de servicios como Maestre de Campo, Arias de Bobadilla es nombrado por Felipe II Asistente de Sevilla en 1597, contando entonces la edad de cincuenta años. Puñonrostro recibe el encargo con la lógica disciplina militar que le caracterizaba, y lo hace además con la encomienda, impopular sin duda, del urgente reclutamiento de tropas para los tercios que combatían por aquel entonces en media Europa y sobre todo para defender la provincia de un posible levantamiento morisco auspiciado por la corona inglesa.

Foto: Reyes de Escalona

Ya en la ciudad, el nuevo regidor se encontrará con los más diversos problemas relacionados con el orden público, afrontándolos desde su mentalidad castrense y haciendo política "manu militari", o lo que es lo mismo "ordeno y mando". 

Fruto de ello serán por ejemplo algunas disposiciones, como la del 29 de abril de 1597, cuando decretó concentrar en el Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas a todos los mendigos y pordioseros de Sevilla. El historiador trianero Francisco de Ariño lo contaba así en 1873: "fue el mayor teatro que jamás se ha visto, porque había más de dos mil pobres, unos sanos y otros viejos, y otros cojos y llagados, y mugeres infinitas, que se cubrió todo el campo y los patios del hospital y a las dos de la tarde fue su señoría acompañado de mucha justicia y con él muchos médicos y entraron en el hospital". A quienes se les consideró lo "suficientemente" pobres o ancianos, se le entregaron unas tablillas con cintas blancas donde decía "licencia para pedir", mientras que a los "no aptos" les ordenó que buscasen ocupación o trabajo en el plazo de tres días, bajo pena de cien azotes, nada menos. 

Del mismo modo autoritario centró sus esfuerzos en erradicar a los llamados "regatones", quienes revendían o especulaban con productos alimenticios de primera necesidad por encima de los precios establecidos y ajenos al control fiscal del cabildo de la ciudad, generando no pocos problemas y trifulcas; a buen seguro que quienes hayan visto la serie televisiva "La Peste", en su segunda temporada, reconocerán que la situación provocada en Sevilla por la la escasez de abastos, carestía y prácticas casi mafiosas tiene mucho que ver con esto que relatamos, incluyendo el perfil del Asistente Pontecorvo, encarnado en la ficción por el actor toledano Federico Aguado y que recuerda no poco a nuestro Puñonrostro. 

A mayor abundamiento, llegaron a circular coplillas populares en su honor, como éstas que transcribió Ariño: 

Eso si, cuerpo de Dios,
Bien haya el nuevo asistente,
Pues hace guardar la tasa
A toda suerte de gente.

A todos nos hace iguales.
Pues que no siendo jueces.
Nos hace comer barato 
Como el oidor y el regente.

Todo el mundo es veinte y cuatro. 
No hay quien no sea teniente.
Que todos somos justicia
Por los nuevos aranceles.

 A modo de anécdotas sobre cómo era el carácter de Arias de Bobadilla, baste comentar que en cierta ocasión prendieron a un pastelero por vender huevos al Cardenal Rodrigo de Castro, ¿El motivo? Al ser un artículo de lujo en aquella época, su precio estaba tasado en 5 maravedíes la unidad, y en este caso el Asistente comprobó, gracias al testimonio del repostero, que el Tesorero de Su Eminencia los había adquirido a 16, lo cual iba en contra de las disposiciones del cabildo y conllevaba pena de azotes; la intervención del propio Cardenal salvó al pastelero de la pena, aunque aquel hubo de entregar una limosna de cincuenta ducados para los pobre de la cárcel siguiendo la "sugerencia" de Puñonrostro. 

Igualmente, es muy conocido el episodio en el que, durante una ronda nocturna por tabernas y mesones, inquirió a una joven sobre su procedencia y motivos de trabajar en tan difícil lugar, a lo que la moza contestó que se hallaba allí para mantener a su hijo pequeño, fruto de una relación ilícita con cierto canónigo de la catedral que luego se desentendió de ambos pese a sus promesas iniciales; citado dicho canónigo ante la presencia del Asistente, Puñonrostro se encaró con el estupefacto y atemorizado eclesiástico, que esperaba cualquier cosa menos un lance como aquel, obligándole a entregarle a la joven la cantidad de cien ducados prometida bajo pena de perder la cabalgadura con la que se había desplazado hasta la residencia del regidor.

Tampoco descuidó el Asistente asuntos como la limpieza de las calles, emitiendo un Bando el 20 de agosto de 1597 por el que condenaba a multa de 20 maravedís y diez días de cárcel a todo aquel que arrojase aguas sucias por las ventanas, y si el infractor fuera esclavo y su amo no quisiera abonar la multa, que se le propinasen cincuenta azotes. 

Hasta incluso decidió, tal era su poder, sobre el vestir de las gentes, como cuando ordenó que todos los sevillanos vistieran de luto tras la muerte de Felipe II en septiembre de 1598; las crónicas cuentan que "hubo tanta falta de bayetas que subieron á 18 reales la vara, y no se hallaba, y para Inquisición, Audiencia, y Cabildo y Contratación de Indias se gastaron 48 piezas de paño muy fino, porque hasta los criados y escribanos públicos y toda la justicia y sus caballos y mulas hubo luto, que fué la mayor grandeza que jamás los nacidos han visto.

Finalmente, en 1599, para alegría de muchos y tristeza de otros tantos, Puñonrostro abandonó Sevilla en dirección a la capital madrileña, donde aún prestaría notables servicios a la corona, falleciendo en 1610.