30 enero, 2023

En pie de guerra.

La pasada semana comentábamos lo accidentado de aquel invierno de 1884-85, y aludíamos a que durante aquel año 85 incluso la ciudad contemplaría estupefacta hasta una sublevación laboral femenina, protagonizada por un "gremio" que da nombre a una conocida cofradía y que fue inmortalizado en la literatura, el cine y, como no, la ópera. Pero como siempre, vayamos por partes. 

La Real Fábrica de Tabacos había comenzado su producción en torno a 1610, y constó en principio de un único caserón frente a la parroquia de San Pedro; entre 1669 y 1670 se construyó una nueva nave para albergar cinco nuevos molinos, estancias y demás dependencias, lo que supuso que casi a finales del XVII la primitiva y modesta fábrica fuera ya un desordenado conglomerado de construcciones diversas en un laberinto de pasillos o callejas al aire libre. No iban mal las cosas, pues, prueba de la calidad de la producción fue que prácticamente, en unión de Gijón o Cádiz, obtuviera la primacía en cuanto a la venta casi en monopolio por parte de la Corona, quien además obtenía no poco beneficio con los impuestos y tasas que cobraba por el tabaco (más o menos como en nuestros días). 


 Tras no pocas peripecias, en 1757 se inauguró el nuevo y flamante edificio de la Fábrica de Tabacos en la actual calle San Fernando, denominado por el viajero Richard Ford como "Escorial del Tabaco" y en él prosiguió la producción de diversas elaboraciones tabaqueras. Por supuesto, en todo momento la mano de obra fue masculina, aunque a finales del XVIII y comienzos del XIX concurrirán dos factores que harán desaparecer esta exclusividad: por un lado, las quejas sobre el descenso de la calidad de las labores sevillanas y la penuria económica provocada por la Guerra de Independencia, que incluso provocó la expulsión de más de setecientos cigarreros, como indicó el profesor Pozo Ruiz. 

Por tanto, en febrero de 1813 quedaba constituido el llamado "Establecimiento de Mujeres", formado por aprendizas sevillanas y veteranas cigarreras gaditanas venidas de la fábrica de allá; poco a poco, los hombres quedarán relegados a la producción de tabaco en polvo y rapé, que necesitaba de menos destreza y mayor esfuerzo físico y que, dicho sea de paso, se hallaba en retroceso ante el crecimiento del consumo del cigarrillo de papel. 

 El esquema de las cigarreras sevillanas (con emolumentos mucho más bajos que los hombres, hay que destacarlo) recordaba no poco el de cualquier estructura gremial, con capatazas, maestras, pureras, cigarreras y aprendizas, y detalles como el de que la maestra que enseñaba a una aprendiza obtenía un tercio del jornal de ésta hasta que lograba el rango de "purera" o lo que es lo mismo, de experta capaz de liar las hojas de tabaco con habilidad y maestría, proceso llamado coloquialmente "hacer el niño" en alusión a lo que era saber envolver en pañales a un bebé, sin excesiva presión, pero también sin holguras (como se ve, todo un arte). Es fácil pensar que las condiciones laborales no eran fáciles, las cigarreras, como bien reflejó Gonzalo Bilbao en su genial aproximación pictórica al tema, se agrupaban, en condiciones de frío de espanto en invierno y sofocante calor en verano, en los denominados "ranchos" con media docena de empleadas bajo la supervisión de la "ama de rancho", encargada del perfecto cumplimiento de la tarea asignada y de la entrega y recogida de los materiales, todo ello debidamente reglamentado.


 En 1869 el periodista y dramaturgo francés Jules Claretie las describía así, con cierta idealización,  dentro del ambiente de las naves de la fábrica:

"Tienen la misma gracia sana y apetitosa. Estos millares de cabezas morenas donde, aquí y allá, amarillean algunas cabelleras de oro; estas cabezas vivas agitadas, todas adornadas de flores rojas; estas blusas entreabiertas, estas faldas claras, estos niños en las cunas, situados al lado de sus madres y que ellas mecen mientras trabajan; estos vestidos colgados en la pared, como los cachivaches en la casa del revendedor; este sol andaluz jugando sobre estos brazos redondos, sobre estos cuellos elegantes, sobre estas manos que lían alegremente..."

 Existía por tanto una fuerza de trabajo muy jerarquizada, que se nutría de auténticas sagas familiares, y que necesitaba de cierto control, pues eran frecuentes las reyertas, los tumultos (como el de mayo de 1842 por la baja calidad de la producción) y los intentos de robo de material ya terminado para ser vendido en el exterior de manera ilegal, de ahí que el amenazante edificio de la Cárcel (ahora Departamento de Historia Moderna) fuera una presencia más que necesaria en unos tiempos, mediados ya del siglo XIX en que los viajeros románticos van a caer rendidos ante el tópico y la presencia de la cigarrera sevillana, atrevida, desenvuelta y nada sujeta a convencionalismos sociales: la figura de Carmen la Cigarrera nace de la mano del escritor francés Próspero Merimeé (1847) y será perpetuada musicalmente por George Bizet en 1875. Precisamente Don Próspero alimentaba, y de qué manera,  tópico al describir el ambiente que rodeaba a Carmen: 

«Sabrá, señor, que hay de cuatrocientas a quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Son las que lían los cigarros en una gran sala, donde los hombres no entran sin un permiso del Veinticuatro, porque cuando hace calor, se aligeran de ropa, sobre todo las jóvenes. A la hora en que las obreras vuelven después de comer, muchos jóvenes van a verlas pasar y se las dicen de todos los colores. Pocas de ellas rehúsan una mantilla de glasé, y los aficionados a esa pesca no tienen más que agacharse para coger el pez».
Monumento a Carmen la Cigarrera, por Sebastián Santos. 1973.
Foto: Reyes de Escalona

Precisamente diez años después del estreno de la "Carmen" de Bizet, en marzo de 1885, se desembarcaba en el puerto de la ciudad el cargamento de un navío, consistente, entre otros elementos, en una flamante máquina trilladora último modelo que, según el historiador Joaquín Guichot, había sido traída a Sevilla para su exhibición durante la próxima Feria de Abril. Sin embargo, un bromista no tuvo otra ocurrencia que colocar sobre el embalaje de la máquina un letrero que ponía en gran tamaño "Máquina para hacer pitillos". El cartelón y su contenido pronto corrieron como la pólvora por toda la ciudad.

Aquel 23 de marzo una pesada niebla envolvía las inmediaciones de la Fábrica de Tabacos. Arrebujadas en sus mantones oscuros, sorteando charcos, las cigarerras van llegando en grupos a sus quehaceres, unas desde Triana, otras desde San Bernardo, otras desde otros barrios; al llegar, todas se encuentran de sopetón con la noticia del desembarco y posible instalación de la "famosa" máquina para fabricar cigarrillos: el rumor tomaba cuerpo de realidad. Hay corrillos, conversaciones. Peligran sus empleos, hay que hacer algo. Desde las ventanas superiores, los empleados, los oficinistas, algún directivo, contemplan en silencio la concentración. Inquietas, las más enardecidas comienzan a protestar a gritos ante la soberbia portada de piedra de Cayetano de Acosta, invitando a sus compañeras a no entrar a trabajar y a unirse a la incipiente movilización. Tienen éxito. Los ánimos se caldean. Las cigarreras están en pié de guerra.

La protesta y el griterío dan paso a la acción descontrolada y a la violencia. De entre un grupo de cigarreras alguien lanza una piedra contra un ventanal, cuyos cristales saltan en pedazos con estrépito. Durante el intenso apedreamiento de la fábrica, no queda cristal o farola íntegro de la planta baja, por no hablar de la invasión y destrucción del mobiliario de los despachos del Administrador y del Contador, con cientos de documentos volando por los aires, tinteros desparramados y sillas y mesas hechas astillas. Exaltados los ánimos, una multitud furiosa arrasa todo lo que encuentra a su paso cruzando pasillos, galerías y patios. 

A la mañana siguiente, tras una tumultuosa reunión asamblearia a las puertas del edificio de la calle San Fernando, las cigarreras deciden entrar de nuevo en la fábrica sorteando el piquete de carabineros y proseguir con las protestas, pero las proclamas y consignas se ven interrumpidas bruscamente: un secretario de fino bigotillo y lentes sobre su nariz anuncia pomposamente que viene el señor de Leguina, el Gobernador Civil. Levita, bastón y bombín, sus palabras bienintencionadas y sus intentos apaciguadores al proclamar que no habría despidos y que lo de la máquina es un bulo no evitan que apresuradamente haya de poner pies en polvorosa ante una auténtica lluvia de piedras y palos que le hace incluso perder su sombrero, mientras la Guardia Civil a caballo obedece la orden de cargar contra las amotinadas para reprimirlas.

Así lo contaba la prensa de aquellos días: 

"A las doce empezaron a salir de la Fábrica las insurrectas, en número de trescientas, yendo casi todas provistas de grandes palos en cuyos extremos llevaban sujetos los pañuelos de la cabeza y prorrumpiendo en gritos de ¡Al gobierno civil! ¡No admitimos "coba"! ¡Abajo las máquinas!. Se dirigieron por las calles San Fernando, Maese Rodrigo, Santo Tomás, Gradas de la Catedral, Génova y Plaza de la Constitución; frente a las Casas Consistoriales redoblaron las amenazas, profiriendo muchas en términos poco decorosos, y no contentas con esto, arrojaron una verdadera granizada de piedras a la fachada del palacio del Municipio, rompiendo todos los cristales de las ventanas bajas."

Tras un recorrido por diversas sedes gubernamentales las cigarreras regresan a la Fábrica de Tabacos, seguidas por una multitud que las acompaña y anima; las tropas allí dispuestas logran disolver la manifestación con cierto número de heridos y contusionados, que son atendidos allí mismo. De todos modos, nada parece calmar la ira de las cigarreras, atemorizadas porque desaparezcan sus puestos de trabajo con la llegada de la tan temida mecanización, una reacción paralela a todo el desarrollo industrial europeo, por otra parte. 


Finalmente, con el fin de calmar los ánimos y temeroso de que la situación se le vaya aún más de las manos, el Gobernador Civil promulga un edicto que es distribuido en los puntos más importantes de la ciudad, con estos términos: 
"SEVILLANOS: con el falso pretexto de la instalación de una máquina, se han promovido ayer y hoy graves desórdenes en la Fábrica de Tabacos. Garantizo que nadie ha pensado en máquina semejante, y por lo tanto cumplo con el deber de advertir que estoy dispuesto a reprimir cualquier desorden, confiando en que la reconocida prudencia de este pueblo hará inútil toda medida de rigor.- Sevilla 24 de marzo de 1885.- El gobernador civil, Enrique de Lequina".

Todo parece indicar que el comunicado gubernamental surtió el efecto deseado, pues las cigarreras quedaron convencidas de la continuidad de sus labores tabaqueras y el motín quedó diluido como por ensalmo, con la misma celeridad que la que tuvo para organizarse, dejando un rastro de destrozos materiales y bastantes contusiones. A lo largo de los años siguientes, y siempre reivindicando mejoras laborales, las cigarreras siguieron manifestándose y movilizándose, pero esa, esa ya es otra historia...

23 enero, 2023

Aquel invierno del ochenta y tantos.

Ahora que en estos días la meteorología y los sucesos, como es tristemente habitual, tienen tanto protagonismo en los medios de comunicación, los sevillanos de finales de 1884 y comienzos de 1885 pudieron contar a sus nietos haber sido testigos privilegiados de varios fenómenos extraordinarios, alguno de ellos con funestas consecuencias e incluso reseñados en la prensa local con bastante eco social; pero como siempre, vayamos por partes.

Fue un invierno especialmente crudo y lluvioso, y comenzó con un buen susto para los habitantes de la ciudad. Eran las nueve menos diez minutos de la noche del jueves 25 de diciembre de 1884, según las crónicas periodísticas, mientras una densa niebla envolvía a la ciudad, cuando un terremoto se dejó sentir,  sin que aparentemente se notase vibración sísmica alguna en sus calles, aunque sí en las casas, produciéndose la oscilación de lámparas y demás objetos colgantes e incluso la caída a la calle de cristales procedentes de ventanales y cierros. En una carbonería situada entonces en la Plaza del Pozo Santo se desprendió un techo, amén de otros incidentes de menor entidad, sin que hubiera que lamentar desgracias personales. Por abundar un poco en el tema, ¿Cómo se notó aquel temblor de tierra en los cafés, entonces tan populares o en el teatro? El periódico La Andalucía lo narraba así:

"En los cafés, y principalmente en el Suizo la concurrencia, que era muy numerosa, abandonó los locales y se dirigió precipitadamente y con gran confusión a la calle: los aparatos del alumbrado oscilaban vertiginosamente. Los camareros tuvieron no pequeñas pérdidas, pues la mayoría de los concurrentes se marcharon sin abonar los gastos que habían hecho."

Un apunte, el café Suizo estaba en la calle Sierpes, en lo que después fue teatro Imperial y ahora librería. En el teatro San Fernando, entonces en la calle Tetuán, se cantaba en esos momentos el final del primer acto de la ópera "Un Ballo in Maschera", de Giuseppe Verdi, cuando de repente comenzó a sentirse el temblor de tierra, con mayor relevancia en las zonas altas del patio de butacas o el "Paraíso"; en medio de la conmoción general y ante el temor a la caída de la gran lámpara central, los cantantes dejaron de interpretar su repertorio y enmudeció la orquesta, aunque extrañamente nadie llegó a moverse de sus asientos. Superados los primeros minutos de inquietud, la función prosiguió con gran éxito para el tenor ovetense Lorenzo Abruñedo, una de las grandes figuras de la lírica del momento. 

La torre de la Giralda, afectada ese mismo año por un rayo caído sobre su cara meridional el 25 de abril, también notó los efectos del seísmo, aunque quizá las mayores consecuencias fueron a parar al cimborrio de la propia catedral, muy perjudicado ya por ciertos daños estructurales anteriores y que en por aquel entonces estaban siendo estudiados y tratados; de poco sirvió, ya que, como se sabe, el 1 de agosto de 1888 se produciría su derrumbamiento.

Por desgracia, los efectos de este terremoto de diciembre se dejaron sentir, y mucho, en otras provincias andaluzas como Málaga y Granada, con daños bastante destacables y cuantiosas pérdidas económicas y patrimoniales, contándose para ello con el auxilio del gobierno de la nación en la persona del rey Alfonso XII y el Consejo de Ministros, quienes dispusieron ayudas monetarias para paliar los destrozos y también una suscripción de donativos encabezada por el propio monarca con 300.000 pesetas o el Papa León XIII con 40.000 y una larga lista de instituciones públicas y privadas, personalidades, autoridades y particulares. 

La ciudad de Sevilla se volcó también con los damnificados del terremoto, encargándose el Ayuntamiento de recolectar todo tipo de prendas y enseres, así como donaciones económicas, sin olvidar la organización de una fiesta benéfica por parte de una Junta de Damas presidida por la reina Isabel II y que tuvo lugar en los jardines de los Reales Alcázares, aunque el mal tiempo deslució no poco el acto.

No habían terminado los incidentes negativos en aquel extraño invierno de 1885 y eso que parte del Gordo de la Lotería había caído en Brenes. El 11 de enero, se declaró un violento incendio en el llamado Almacén de Maderas del Rey, situado en la confluencia de Marqués de Paradas  y Reyes Católicos, afectando también a dos casas colindantes que fueron pasto de las llamas. Desaparecieron calcinadas grandes cantidades de madera allí depositadas, sufriendo graves daños el edificios, cuantificados en dos millones de reales de los de aquella época y suponiendo todo ello la ruina económica del propietario. Por fortuna, tampoco hubo que lamentar daños personales, aunque sí una espesa humareda y el lógico susto entre el vecindario de aquella zona próxima al Puente de Triana.  

En aquella quincena de enero el crudo invierno se había instalado en toda la península, registrándose temperaturas extremas, como los 19 grados bajo cero de Burgos, los -15º de Valladolid o los -12º de Albacete. Para rematar el cuadro de aquellas semanas tan agitadas, nevó en Sevilla. Efectivamente, la ciudad, atravesando unos días de frío extremo, amaneció el viernes 16 de enero con un blanco manto de nieve cubriendo sus calles y tejados, comprobándose que todavía a las seis y media de la mañana proseguía la nevada y que ésta no cesaría hasta pasadas las once de la mañana. Como es normal, nadie quiso perderse tan eventual acontecimiento meteorológico de modo que fueron muchos los que salieron a las calles o subieron a las azoteas a contemplar la insólita de vista de una ciudad nevada, algo que no ocurría desde hacía veinte años y además con fuerza inusitada, ya que en algunas calles, invisibles sus aceras, la capa de nieve alcanzó considerable espesor. No volvería a nevar en Sevilla hasta el año 1914, quizá como presagio de la inminente Primera Guerra Mundial. 

La prensa local informó de todo ello puntualmente, destacando algunas incidencias:

"Hay que lamentar algunas caídas dadas por los transeúntes; al entrar en la Iglesia de San Miguel una señora se resbaló, cayendo al suelo y resultando, por fortuna, ilesa; en la Campana se cayó también un despensero que caminaba llevando al hombro varios cestos y espuertas con las compras hechas en los mercados de abastos; resultó con ligeras contusiones. No tenemos noticia afortunadamente de que ocurriera ningún otro accidente de consecuencias más graves.

Durante todo el día continuó sintiéndose un frío intensísimo".

Manuel Barrón y Carrillo. Vista del Guadalquivir. 1854.

Pensarán los lectores que con todo esto los sevillanos habrían tenido más que suficiente, pero olvidan un protagonista que tradicionalmente siempre ha hecho de las suyas a lo largo de la historia hispalense: el Guadalquivir. Tras aquel período de lluvias y nieve era inevitable que el río sufriera sus efectos, de este modo, el 2 de febrero ya alcanzaba cinco metros por encima de su nivel habitual, inundando las Vegas de Triana y la Algaba. A las pocas jornadas el agua alcanzó las instalaciones del muelles y amenazó zonas como Triana o el Arenal, aunque por fortuna el tiempo dio tregua suficiente como para que descendiera el nivel y se conjurase el peligro. Como curiosidad, el Ayuntamiento empleó por primera vez dos "bombas centrífugas" con las que achicar agua, colocándolas en el denominado Husillo del Carmen (desembocadura de la calle Goles a Torneo) y en el de la Puerta de Triana

A aquel año 1885 le quedaban aún muchos meses por discurrir, e incluso sería escenario de un motín protagonizado por cigarreras, pero esa, esa ya es otra historia...

16 enero, 2023

Oficial y caballero.

Pocos imaginarán, si pasan por la calle Alfaqueque, en el barrio de San Vicente, que en la puerta de una de sus casas colgó de un gancho la cabeza de un malhechor, ejecutado por sus crímenes a finales del XVII y cuya muerte dejó boquiabierto a más de uno. Pero como siempre, vayamos por partes. 

A mediados del siglo XVII, como cuentan Álvarez Benavides o Chaves Rey en sus crónicas y escritos, había nacido en la calle Alfaqueque, feligresía de la muy cercana parroquia de San Vicente, un noble de rancios y castellanos orígenes, pues su familia presumía de alcurnia, nobleza e hidalguía en unos tiempos en que este tipo de cuestiones eran más que importantes socialmente hablando. Educado con todo esmero por sus padres, aquel niño, de nombre Gaspar, fue creciendo con la idea primordial de dar lustre y fama a su linaje. Para ello, como otros muchos de su tiempo, determinó tomar la carrera de las armas y alistarse en los viejos Tercios del Rey, combatiendo en varias campañas bajo las banderas de ilustres comandantes en zonas bélicas como la portuguesa. Destacó por su valentía prontamente, logrando ascensos (hasta alcanzar el grado de capitán) y recompensas (entonces denominadas "ventajas") que pasaron a engrosar una intachable hoja de servicios, logrando con ello el favor y admiración de sus superiores y, paralelamente, el anhelado reconocimiento para su estirpe y casa. 

Pasaron los años. Hastiado del olor de la sangre, de las marchas interminables por caminos polvorientos, del estruendo de los arcabuces y mosquetes, del cansino redoblar de los tambores y de los rigores y penurias de la guerra, Don Gaspar Yelves, que éste era su apellido, meditó profundamente sobre su futuro y decidió solicitar por escrito la licencia definitiva en su Compañía y regresar a su patria chica, a su casa con blasón en la puerta de la calle Alfaqueque, para gozar de un más que merecido descanso tras una vida llena de peligros y fatigas.  

Contrajo feliz matrimonio con Doña Antonia Falcón, una huérfana y acaudalada dama de estirpe antigua y con ella comenzó una tranquila vida en su barrio de San Vicente, gozando del aprecio de sus convecinos, siendo tenido por ameno conversador de cuidados modales y por un carácter extrovertido, acompañado de una más que generosa prodigalidad en lo económico, como detalló un texto del siglo XIX: 

"Asistía con frecuencia a la iglesia de San Vicente a su santo rosario, y a todos los actos de devoción, dando mucho ejemplo, pues repartía diariamente limosna a los pobres".

Eran la pareja ideal, la imagen de la felicidad, la perfecta armonía, envidiada por muchos. Sin embargo, en cuestión de meses,  pronto comenzaron las murmuraciones entre los parroquianos ante el elevado tren de vida de la pareja, sus cuantiosos gastos en muebles, joyas y vestuario y las continuas y prolongadas ausencias de Don Gaspar, justificadas por su esposa por negocios vinculados a ciertas tierras castellanas en litigio, lo cual fue creído por todos a piés juntillas. 

Los más allegados, preocupados sinceramente por su seguridad, advirtieron al de Yelves que procurase tomar precauciones en sus viajes, ya que a finales del siglo XVII, coincidiendo con la complicada etapa final del reinado de Carlos II el Hechizado, abundaban las partidas de bandoleros que acechaban en los caminos a los menos precavidos para despojarles de sus pertenencias, usando para ello métodos sanguinarios que llevaban no pocas ocasiones hasta el asesinato. En concreto, una de estas partidas destacaba de las demás por sus robos sin violencia y por su habilidad para poner tierra de por medio sin que la justicia pudiera "echarle el guante". 

Don Gaspar, avezado oficial curtido en mil batallas, valga la expresión, siempre sonreía cuando escuchaba tales consejos, agradeciendo los desvelos hacia su persona e indicando que él sabía cuidarse perfectamente, presumiendo de buena esgrima con la que blandir la espada y de sendos pistoletes que procuraba llevar bien cebados de pólvora. A mediados de 1697 partió de nuevo a sus quehaceres, dejando a su esposa y amigos harto preocupados por su seguridad. Durante meses, no hubo noticias suyas, preocupando a sus más cercanas amistades y angustiando a su esposa, que no tardó en temerse lo peor.

Por otra parte, en enero de 1698, sin noticias de nuestro capitán, fue apresada una experimentada banda de malhechores, vieja conocida de las autoridades, en la que figuraba un tal Zapata, acusada del sacrílego saqueo de una ermita en tierras castellanas, de donde sustrajeron numerosas alhajas y vasos sagrados. En el haber de la cuadrilla de maleantes había también delitos de sangre perpetrados, al parecer, sin el consentimiento del cabecilla de la banda, según afirmaron algunos de sus miembros en los interrogatorios, lo que había provocado un grave enfrentamiento interno entre dicho cabecilla y el antes mencionado Zapata, desembocando en la captura de todos. Vistas las pruebas y evidencias, la sentencia dictada por la Real Audiencia de Sevilla fue dura e inapelable y condenó a la pena máxima a toda la partida. Rápidamente y sin más demora, pues el tiempo apremiaba, se dispuso todo con cadalso y horca, pregonándose en los lugares acostumbrados el día y hora de la ejecución en la Plaza de San Francisco. 

Aquella fría, y puede que también nublada mañana de enero, el cortejo de ajusticiados partió de la Cárcel Real de la calle de las Sierpes a paso lento, casi procesional, realizando el recorrido habitual por Cerrajería, Cuna, Salvador hacia Francos y Alemanes, (donde el Cristo de los Ajsuticiados) y demás calles, atestadas de un público deseoso de emociones fuertes mientras los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías y pícaros y ladronzuelos oteaban posibles incautos. Todas las miradas estuvieron puestas en el traqueteante carromato en el que realizaba su último viaje aquel desarrapado grupo, pero con lo que pocos contaban era con la sorprendente presencia en dicho grupo del mismísimo Don Gaspar de Yelves, "capitán" de aquella partida de salteadores de caminos, altiva su expresión y digna mirada al frente, como si fuera a desfilar para pasar revista frente a un aguerrido general. Como soldado veterano, soportó el metódico rito con actitud concentrada, pareciendo reconfortado con la absolución y el perdón de los padres jesuitas encargados de tan piadosa tarea. El verdugo actuó con rapidez y en escasos segundo todo estaba terminado. Bueno, todo no.

Cumplido el castigo, como era la costumbre de la época, el cuerpo del deshonrado capitán fue llevado a la llamada Mesa del Rey, especie de tosca plataforma de piedra situada en el camino hacia Alcalá de Guadaira; allí fue despedazado en sus extremidades, repartidas por otros tantos puntos de la geografía sevillana y su cabeza colgada en un garfio a la puerta de su propia casa, como cruel escarmiento y severa advertencia. Desconocemos que fue de su desdichada viuda y de su patrimonio y fortuna, logrados de modo delictivo.

Foto: Reyes de Escalona.

Andando los años, en esa misma calle Alfaqueque, se situó curiosamente un corral de vecinos, actualmente desaparecido, llamado de Don Gaspar, quizá como recuerdo de este capitán y bandido que nunca derramó sangre ajena, aunque esa, esa ya es otra historia...

09 enero, 2023

Vidrio.

Tras un breve paréntesis navideño, regresamos con nuevas ganas y, para quienes nos escuchen, estrenando hasta micro que nos han dejado Sus Majestades los Reyes de Oriente. En esta ocasión recorreremos una calle poco transitada, apartada y estrecha, que vió nacer a todo un Santo (y "Seise") de la iglesia, que albergó un taller escultórico, y que fue testigo de un peculiar crimen allá por 1915; pero como siempre, vayamos por partes. 

Entre la calle San Esteban y la Plaza de las Mercedarias, la calle Vidrio constituye un muy buen ejemplo de suma de elementos de diferentes etapas históricas ya que, como veremos, en ella aparecen edificaciones e historias que sirven para darle una impronta especial pese a no hallarse en ella edificios o monumentos de especial interés, aunque quizá sea una de las pocas vías que conserva su nombre, sin modificaciones, desde al menos el año 1483, originado al parecer por un horno de vidrio existente allí. La presencia de este tipo de instalaciones fabriles se constata incluso en 1740, lo cual acentuaría el nombre de la calle. Empedrada ya en 1611, será adoquinada en 1898.

En el siglo XIX se conoce la existencia de un horno de yeso, confirmada además por una excavación arqueológica efectuada en 2005 en el número 16 y que dio como resultado el hallazgo de los restos de una serie de piletas, revocadas con abundante (y aislante) mortero de cal en las que se habría depositado el yeso una vez molido y evitado que sufriera los efectos de la humedad o la lluvia. No es de extrañar todo ello, ya que en la collación o feligresía de San Bartolomé perviven calles con nombres claramente relacionados con gremios o industrias: Tintes, Zurradores o Curtidores, oficios que además solían hallarse alejados del meollo de la ciudad por los malos olores y desechos que generaban.

Por otra parte, merece la pena destacarse que en el número 11 de la calle tuvo su taller el escultor e imaginero Antonio Bidón Villar, aunque en origen su apellido paterno fuera Bidou y como tal lo usó su sobrino el escritor Luis Cernuda; Bidón fue autor de las antiguas imágenes del apostolado del Paso de la Sagrada Cena, ahora en Puente Genil, de la Virgen de la Concepción de la Hermandad de la Trinidad y de una dolorosa (finalmente sustituida por la actual, atribuida a Juan de Astorga) para la Hermandad de los Estudiantes, corporación para la que realizó los cuatro evangelistas de las esquinas del Paso del Cristo de la Buena Muerte. Aparte de otras obras de temática religiosa para la provincia de Huelva, hay que reseñar su importante colaboración artística en diversos edificios de la Exposición Iberoamericana de 1929, como el Pabellón Real, donde trabajó con el arquitecto Aníbal González o el pintor Gustavo Bacarisas. En marzo de 1962 fallecerá en su domicilio de la calle Castelar.  

Bendición de la Virgen de la Angustia. Marzo de 1931.

La calle, como tantas otras, ha sido testigo de multitud de pequeños acontecimientos y detalles cotidianos, como el albergar un colegio de graduados sociales, sedes sindicales en tiempos franquistas, establecimientos hoteleros (ahora apartamentos turísticos) o de hostelería, una de las primeras sedes de la Presidencia de la Junta de Andalucía o del Partido Andalucista, también especial escenario del paso de procesiones de barrio como las de la Virgen de la Alegría o de la Luz, o quejas del vecindario, como la recogida en la prensa local allá por junio de 1910:

"En la calle Vidrio, y frente a los números 18 y 20, se encuentra situada una boca de pozo negro que despide una pestilencia tal que se hace imposible resistir tan malos olores a los que tienen la desgracia de vivir próximo a dicho sitio, pues con la calor propia del mes que ocurre, las materias fecales están fermentando, constituyendo un verdadero foco de infección. Llamanos la atención del teniente de alcalde del distrito sobre este punto, a fin de que, atendiendo a la higiene y a la justa petición de los vecinos, haga que desaparezca foco tan nocivo a la salud pública".

Todo ello por no hablar de un sangriento suceso que dio mucho que hablar en su tiempo, el llamado "crimen del Villarillo", acaecido en la calle Vidrio el 25 de agosto de 1914 y en el que se vieron involucrados José Martínez, apodado "Galvana"  y Antonio Villarán apodado "Villarillo", quien según la prensa de la época "hacía tiempo que sostenía relaciones amorosas ilícitas con Reyes Díaz Hoyos, viviendo maritalmente en la calle Vidrio número 22 de esta capital". La ruptura de la relación por parte de ésta con aquel supuso su traslado a la vivienda de su madre, cuya pareja era el ya mencionado "Galvana", acudiendo ambos a la calle Vidrio a recoger las pertenencias de ella. A las puertas de la misma vivienda se produjo un fuerte enfrentamiento entre los tres, que fue incrementando su tono hasta que... mejor que lo cuente la crónica de El Liberal, firmada curiosamente por "El Abogado Fantasma":

"Galvana" dirigió frases insultantes al procesado Villarillo, como las de chulo y sinvergüenza, y entrando éste en la casa salió a poco armado con un estoque de matar toros, con el que agredió al Martínez, causándole una herida que, penetrándole por la región pectoral izquierda tuvo orificio de salida por el séptimo espacio intercostal derecho, atravesando el arma los órganos de la cavidad, a consecuencia de cuya lesión murió casi instantáneamente".

Durante el posterior proceso judicial, acaecido en noviembre de 1915, la fiscalía acusó al agresor de homicidio, pidiendo para él la pena de catorce años de prisión, mientras que la acusación particular, promovida por la familia de la víctima, elevaba la acusación a asesinato con agravante de alevosía y exigía la pena de cadena perpetua. El abogado defensor, Antonio Filpo, alegó que el acusado había actuado de manera imprudente, presentando del mismo modo varios testigos que refutaron la versión de la acusación; así pues, terminado el proceso, el jurado declaró culpable de homicidio imprudente a "Villarillo", quien finalmente hubo de pasar un año y ocho meses sentenciado "a la sombra", mucho menos de lo que se esperaba gracias a los buenos oficios de su defensa.

Lo que son las cosas, en esa misma humilde casa número 22, una sencilla lápida de mármol recuerda en nuestros días que allí ocurrió otro suceso diametralmente opuesto: el nacimiento de un Santo, el del niño  Manuel González García el 25 de febrero de 1877. Perteneciente a una familia de clase baja, bautizado en la cercana parroquia de San Bartolomé, estudió en el colegio de San Miguel, donde ejerció como niño seise en los solemnes cultos catedralicios en honor a la Eucaristía y María Inmaculada, pasando al Seminario Menor y ordenándose como sacerdote con el entonces Cardenal Spínola en 1901. Un azulejo recuerda sus inicios pastorales en la Parroquia de Palomares del Río, donde ya comenzó a dejar claro su compromiso por lo que el llamaba los "sagrarios abandonados". 

Entre sus destinos pastorales destaca su etapa como Arcipreste de Huelva (a partir de 1905), donde llevó a cabo una importante labor en pro de la educación infantil, o en Málaga, donde además de construir un nuevo seminario diocesano o constituir la orden de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret  logró que Sor Ángela de la Cruz fundase uno de sus primeros conventos a petición suya en 1924. Por último, en 1935 el Papa Pío XI lo nombrará obispo de Palencia, falleciendo en Madrid en 1940 y recibiendo sepultura en la capilla del Sagrario de la catedral palentina. Su proceso de canonización arrancará en 1952, siendo declarado Venerable por sus virtudes cristianas por Juan Pablo II en 1998, honrado como Beato por el mismo Santo Padre en 2001 y como Santo por el Papa Francisco en 2016. Un 16 de octubre aquel niño seise de la calle Vidrio era solemnemente elevado a los altares, pero esa, esa ya es otra historia...