viernes, 21 de diciembre de 2012

La Noche de los Tiempos.-

 Acercábase Fiesta de la Natividad en aquel año de Gracia de 1694 y paseábamos gélida y húmeda mañana como en nos era usual por collación de San Salvador a fin de contemplar avance de obras de edificación de su portentosa Colegial, si bien esta no fuera concluida hasta siglo siguiente como es público y sabido.


 Trabamos animada conversación junto a andamiajes, escombros y tablazones con cierto Licenciado, apellidado Martín Braones, quien andaba por aquellas calendas solicitando dádivas para rematar tan costosa obra, entregando a cambio hermosa recopilación de poemas (Octavas Reales, creemos recordar) que exhortaban a sevillanos y extranjeros a sufragar con sus reales la fábrica de antedicha Colegial.

Tras entregarle unos maravedís, como era nuestra hispalense obligación, resolvimos abandonar lugar por ser poco hospitalario y escudriñar refugio seguro en cierta taberna próxima. Ante jarrillo de aguardiente, que desempolva estómagos y aviva ánimos, sostuvimos animado coloquio sobre lo divino y lo humano y para concluir cháchara nuestro tocayo, pues respondíamos ambos a mismo nombre, escribió con rápida letra y mejor traza este precioso y preciso poema que gentilmente nos brindó como prueba de afecto y que agora ofrezco a nuestros amados lectores como premio a su paciencia con aquestos pliegos y con mis mejores parabienes para esta Pascuas que nos aprestamos a vivir:
  
“Llegó la deseada feliz hora
En que el dichoso vientre de María
Dio la suma riqueza que atesora,
Restituyendo al mundo la alegría.
Virgen después del parto esta Señora
Quedó, que el Sol divino que nacía,
Su intacta candidez dejando entera,
Pasó por la sagrada vidriera.

Llega alma mía, llega sin pereza.
Verás de Dios las altas maravillas,
Su gloria, inmensidad y su grandeza
Reducida a pañales y mantillas.
Llega, llega a adorarle con presteza,
Pues que dejan los ángeles sus sillas
Por poder de más cerca contemplarlo,
Mandando el Padre bajen a adorarlo.

Dadle la feliz nueva a los pastores
De que el eterno Sol ya tiene Oriente.
Que vengan a adorar los resplandores
De aquesta luz que alumbra a toda gente.
Lleguen, pues, y, vencidos los temores,
Al Niño adoren con efecto ardiente,
Pues le gustan, si bien se considera,
Hombre de voluntad pura y sincera.”


martes, 11 de diciembre de 2012

Alameda.-

Si durante mis tiempos aqueste lugar gozó de escaso predicamento, habría que buscar causa dello en lo maloliente del mismo, pues era zona que inundábase con no poca frecuencia y a la que vertíanse aguas fecales e incontables inmundicias.


 Hubo de ser el Asistente Conde de Barajas, allá por el año de gracia de 1574,  quien tomara cartas en el asunto ordenando drenar aguas, prohibir echar porquerías colocando incluso alguacil al efeto y embellecer tal sitio plantando hileras de árboles y añadiendo en sus extremos sendas y marmóreas columnas de mármol costosamente traídas de la collación de San Nicolás y procedentes de pagano templo.

Sobre ellas colocáronse efigies de Hércules y Julio César, encargadas a un tal Diego de Pesquera, fundador de la ciudad el primero y ejecutor de sus murallas el segundo al decir de sesudos eruditos de antigüedades y añadiéndose además laudas en honor de Sus Majestades Carlos I y Felipe II, monarcas ejemplares en toda regla.


Andando los siglos, convirtióse tal Alameda en animado salón para paseo y solaz de sevillanos, con incluso kioscos y tenderetes.

No ha muchos días caminábamos por dicho lugar y comprobamos cómo parece ser que retornan bullicio y animación, incluso con curiosos adornos que nos dicen navideños.


No faltan incluso máquinas (endemoniadas, sin duda) que llevan gente de una parte a otra sin necesidad de tiro animal, pero si hubo algo que provocó sorpresa en nuestro ánimo fue presencia de ciertos animales poco vistos en estos lares y que hallábanse pacíficamente asentados en plena Alameda sin que sepamos a ciencia cierta su utilidad a no ser como transporte de personas, aunque vaya en descargo nuestro que no es primera ocasión que los contemplamos en estas calendas de Adviento.


lunes, 3 de diciembre de 2012

En la Sierra.-

 Gentilmente invitados, anduvimos no ha mucho por entre castaños, nogales, quejigos, olivos y demás especies vegetales propias de elevadas alturas (orilleras, cornicabras, madroños, escobones y madreselvas), toda vez, que fue la Sierra de Aracena meta de nuestros pasos, rodeada de riscos y peñas que poco tienen que ver con nuestra amada y llana Sevilla.



Caminando por vericuetos y senderos angostos y llenos de maleza, aunque haya que añadir, empero, que hízose camino amable por excelente compañía e inmejorables camaradas, llevándonos extraordinaria impresión de aquellos predios, verdeantes por recientes lluvias y en medio de extraordinaria y soleada jornada, plena de puro aire carente de maléfica contaminación.



Todo lo cuál no hizo sino rememorar en nuestros sentidos cierto peregrinar por tierras norteñas en pos de tumba del Apóstol, y a fe que hemos de retornar  a tierras jacobeas, que hay mucho que agradecer e implorar a fin de llegar a buen puerto.



Dimos con devotos retablos y capillas para protección y devociones de labriegos, sencillamente adornadas y no exentas de flores y cera.

  


Incluso hubimos fortuna de hallar porcinas bestias de las que, cuentan, aprovechánse hasta andares, si bien pétreo vallado impidiónos apropiarnos de algún de aquellos benditos animales, tan sabrosos en chacínica forma que no alcanzamos a comprender que mal hay en ellos para que infieles no los ingieran.

 Por no hablar de original coso taurino en villa de Corteconcepción, de reducido aforo pero singular encanto.

 Repusimos fuerzas en rural morada, amén de entrar en calor pues frío fue aquel día como es propio de estas fechas, pero amable trato y buenas viandas nos hicieron olvidar tiritonas y escalofríos pese a hacer uso de pertinente chapeo y hopalanda.



Regresando de tal jornada incluso podríamos haber enviado algún documento o misiva, pues como se ve existe servicio de postas bien atendido pese a inaccesible terreno.