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12 enero, 2026

La calle del Áncora (o del Ancla).

Entre estos fríos invernales, quizá sea buen momento, recién estrenado el año, para conocer un poco mejor una calle que se creó en el XIX con una sola acera, fue sede de una conocida posada, amén de estar en ella las residencias de una escritora y un torero; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

En antiguos padrones de 1665 se hace mención a la calle del Mesón de Ancla, que estaría entre la actual calle Arfe y el Paseo de Colón, o lo que es lo mismo, pegada al lado sur de la Plaza de Toros. Del nombre dado en el XVII se pasaría, en el XIX a la Acera del Áncora, término este sinónimo de Ancla, mientras poco a poco la calle va conformándose como parte extrema del barrio de la Carretería. Al parecer, muchos de los primeros edificios fueron construidos entre la mencionada posada y las cuadras del coso maestrante, aunque será su proximidad al puerto lo que le otorgue cierto valor ya que por ella se producía la entrada y salida de mercancías procedentes de los navíos surtos en el muelle o destinadas a embarcar en los mismos, de ahí la presencia de no pocos locales destinados a almacenar dichas mercaderías, tal como hemos comprobado, pues, por citar varios ejemplos, en 1871 tenían allí sus sedes la ferretería de Carlos Sironi, el almacén de coloniales de Francisco Santa-Cruz y los almacenes de hierros y aceros propiedades de José María Ibarra y los señores Lamarque y Compañía.

La actual calle Antonia Díaz en 1771. Plano de Olavide.

Precisamente, la proximidad del barrio de la Carretería y la existencia de estos almacenes hará que sean frecuentes las quejas sobre el aspecto que presentará la calle, especialmente en el XIX y comienzos del XX, como ha quedado recogido en algunas crónicas periodísticas de la época, como ésta de mayo de 1897 publicada en el diario local La Andalucía:

UN BARRIO ABANDONADO.

El famoso barrio de la Carretería sigue tan descuidado y tan sucio como de costumbre. Se conoce que al teniente del distrito le importa muy poco hacer cumplir las Ordenanzas municipales, o que los industriales que éstas son amigos del Usía del barrio y siguen en sus trece de interceptar la vía pública con barriles de aceitunas, ruedas de carros, caballerías atadas a las ventanas para herrarlas a la vista del público, etc., etc.

Es muy pintoresco el aspecto de la calle Antonia Díaz, con todos lo artefactos que mencionamos; y si salimos de esta vía principal y nos fijamos en las calles afluentes a la misma, y en las callejuelas que circundan la barriada mencionada, entonces sería cuento de nunca acabar, y las censuras, con ser grandes, resultarían pálido reflejo de la realidad (...) ¿Sería mucho pedir al Usía del distrito que mejorase las condiciones del desdichado barrio, que por incurias y torpezas está convertido en aduar marroquí?"

Dos incisos: en aquellos tiempos se solía llamar "Usía" al concejal como abreviatura de Vuestra Señoría, mientras que se denomina "aduar" al campamento de beduinos formado por chozas y tiendas. 

Anuncio en prensa local, 1877.

Álvarez-Benavides, en sus Curiosidades Sevillanas, narra que la Posada del Áncora estuvo ubicada en el número 19 y que fue muy popular por su antigüedad, conociéndose que el 9 de agosto de 1805 José Toscano, natural del pueblo onubense de Trigueros adquirió dicho establecimiento a la Hermandad de la Sangre, destacando también cómo en el número 9 había un pozo con aguas de tan excelente calidad que los aguadores que asistían a las corridas de toros llenaban sus cántaros en dicho lugar, sin olvidar que, al parecer, en el número 3 pervivió, hasta 1833, la casa original donde vivió el célebre matador de toros José Delgado Guerra, apodado "Pepe-Hillo", cuya cogida y muerte en la Plaza de Madrid en 1801 fue reflejada por Francisco de Goya en uno de sus conocidos grabados. Por cierto, se atribuyó tradicionalmente a Pepe-Hillo la colocación, en esta calle que visitamos, de un retablo con un lienzo representado la caída de Jesús en la calle de la Amargura, llamado entonces "el Señor del Baratillo", imagen que gozó de enorme devoción no sólo entre los vecinos, sino en toda la ciudad, como probaba la gran cantidad de flores, velas y exvotos que le eran ofrecidas.

Foto Reyes de Escalona.

A partir de 1892 la calle será denominada de Antonia Díaz, en honor a la poetisa del mismo nombre, nacida en Marchena en 1827 y casada en 1861 con el también poeta José Lamarque de Novoa, cuyo primer apellido ya ha aparecido un par de párrafos más arriba y que además era cónsul de Australia. Instruida en la educación de la época, quedó siempre en segunda línea por detrás de su marido, pero ello no fue obstáculo para que publicase numerosos artículos y poemas en diversas revistas literarias del momento, en un ambiente cultural que contaba con el telón de fondo de la presencia en Sevilla de la llamada "Corte Chica" de los Duques de Montpensier en el Palacio de San Telmo. 


Estudiada su figura por las profesoras Marta Palenque e Isabel Román de la Universidad de Sevilla,  se sabe que en 1867, tras un largo bagaje de composiciones líricas editadas en publicaciones diversas, editará su primer libro Poesías, en el que predominan la inspiración religiosa y la preocupación moral, mientras que en 1877 ve la luz Flores marchitas, publicado en dos tomos llenos de leyendas, canciones y poemas en métrica diversa. No serán sus únicos libros, llegando su marido a editar, de manera póstuma, una antología de su producción poética que incluyó textos inéditos.

El escritor José María de Cossío, conocedor de su obra, escribió sobre Antonia Díaz en estos términos:

"Fue merecido el singular prestigio de que gozara esta distinguida poetisa sevillana. Su espíritu piadoso, su concepto del papel de la mujer en la literatura, impidieron que desarrollara toda su capacidad poética que, sin duda, era muy grande. Las muestras que ofreció le aseguran un puesto preeminente entre las poetisas del siglo XIX, ciertamente fecundo en ellas. De aptitud literaria nada tenía que envidiar a las más eminentes". 

Desde 1872 el matrimonio de Lamarque y Antonia Díaz vivirá en la Alquería del Pilar, en Dos Hermanas, convertida en punto de encuentro para poetas y escritores, entre los que destacarán Luis Montoto, José y Mercedes de Velilla o un joven Juan Ramón Jiménez. Antonia Díaz fallecerá en 1892.

Foto Reyes de Escalona.

 Durante las primeras décadas del siglo XX proseguirán las quejas sobre el estado de la pavimentación de la calle y sobre la suciedad acumulada en la misma, manteniendo su actividad centrada en almacenes y comercios dedicados a hierros o maquinaria, así como algún tostadero de café y negocios típicos de barrios, como tiendas de ultramarinos o una barbería en el número 3, que en julio de 1934 sufrió un robo que quedó reflejado en la prensa local del momento en estos términos:

 "Un robo. En una peluquería establecida en la calle Antonia Díaz número 3 penetraron ayer tarde unos rateros que se llevaron treinta y dos navajas de afeitar, cuatro máquinas de pelar y varios frascos de esencia, valorado en trescientas cincuenta pesetas. El dueño del establecimiento, José Victorio García, presentó la correspondiente denuncia en la Comisaría de la calle Jesús".

Dos nuevos incisos: por fortuna, la peluquería permanece abierta, con el mismo apellido del dueño citado en el artículo, mientras que conviene indicar que la calle Jesús es, como algún lector habrá adivinado, la calle Jesús del Gran Poder; por cierto, en ese mismo año 1934 y en el número 31, comenzará a emitir su señal la radio oficial del Partido Comunista de España, gestionada por el militante Nicolás Crespo, miembro del comité provincial de dicho partido; en ese mismo edificio también tuvo su sede por aquellas fechas la Sección del Puerto perteneciente al Sindicato Unificado de Transportes.

En 1978 la autoridades municipales expropiarán el edificio situado en la desembocadura de la calle junto a la Plaza de Toros, sede de la consulta de otorrinolaringología del Doctor Alemán; derribado con la idea de dar más visibilidad al coso maestrante, el solar se convertirá en zona ajardinada dónde en 2001 se colocará una estatua dedicada al diestro Curro Romero realizada por el escultor Sebastián Santos Calero.

Foto Reyes de Escalona.

Terminamos; convertida ahora en una vía al servicio del turismo que visita el barrio del Arenal y la Plaza de Toros, repleta de bares, restaurantes y tiendas de souvenires, conserva un callejón, donde tuvo su casa y falleció, en 1998, el torero Antonio Ordóñez, llamado Iris sin que se sepa a ciencia cierta el por qué, que únicamente se convierte en calle cuando se abre la cancela que lo separa de la Plaza de Toros, ya que es el lugar por el que acceden a ella los matadores en días de corrida, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

01 diciembre, 2025

Socorro.

Sede de un inactivo convento de clausura femenino y de un, en cambio, más que activo centro educativo, en esta ocasión nos vamos a descubrir lo que encierra una calle que siempre ha servido para unir dos de las más clásicas parroquias de Sevilla; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre las plazas de San Marcos y la de San Román, la calle Socorro ha llevado este nombre desde muy antiguo, pues se tienen referencias de dicha denominación ya en pleno siglo XVII. El nombre de la calle, como supondrán los lectores, tiene mucho que ver con el convento del mismo nombre, fundado en 1522, en unas casas de la calle Bustos Tavera por doña Juana de Ayala, hija de don Gonzalo Gómez de Cervantes, caballero veinticuatro de la Ciudad y sobrina del cardenal don Juan de Cervantes; La familia de la fundadora gozaba de un más que holgado patrimonio acumulado a lo largo de generaciones, ocupando toda una manzana entre las calles Bustos Tavera y Socorro; además, a todo esto se añadió la compra de otras propiedades como la casa de las almenas de don Alonso de Mendoza.

La calle Socorro en el Plano de Olavide. 1771.

Hay que recordar que la Orden Concepcionista, creada por Santa Beatriz de Silva en 1489, llegó a tener otros tres conventos en Sevilla: el de San Miguel, en la calle del mismo nombre, desaparecido con la Desamortización de Mendizábal y del que se conserva su artesonado en madera en el salón de actos del Colegio Notarial, el de las Santas Justa y Rufina, situado en la calle Vírgenes, desaparecido por idénticas razones y, por último, el de la Concepción. Junto a San Juan de la Palma, fue derribado tras la Revolución de 1868.

La primera comunidad quedó conformada por siete monjas, cuatro del Monasterio de Santa María de las Dueñas y tres del de Santa Paula, aumentando después hasta veinte que en palabras de su fundadora eran “pobres doncellas honestas de buena vida y fama, o viudas que viven honestamente en servicio de Dios”. Aunque siempre se ha dicho que existió un criterio selectivo a la hora de escoger las monjas que integrarían la comunidad, ya que no debían sobrepasar el número de veinte y pertenecer a familias aristocráticas, parece ser que los estatutos nada de esto afirman, de hecho el monasterio sobrepasó esa cantidad y admitió con el tiempo a monjas que no eran nobles.

Fue la propia fundadora la que diseñó la estructura interna inicial de la comunidad, compuesta por una abadesa, vicaria, dos sacristanas, dos porteras, una mayordoma, una sillerera y doce monjas para el oficio divino.

Convento del Socorro. Interior de la iglesia. Año 2014.

La iglesia, cerrada tristemente al culto tras la marcha de las religiosas en 2018 a otro convento radicado en el Aljarafe sevillano, data de 1524-1525, siendo el autor de la traza Alonso Ortiz, cuya capilla mayor presenta dos tramos, uno recto y otro poligonal con nervaduras góticas. Bendecida en 1529, tiene una única nave, se cubre con buen artesonado mudéjar, estaba decorado con un interesante zócalo de azulejería de Pickman de 1904 y posee un retablo mayor obra de Felipe de Ribas, sin olvidar el magnífico retablo de Martínez Montañés dedicado  a San Juan Bautista y que fue llevado a la iglesia de la Anunciación, donde hace poco fue restaurado.

Convento del Socorro. Claustro. Foto de 2014. 

La otra institución a destacar en la calle, con permiso de la casa hermandad de Los Gitanos, bendecida en 1978 y ahora usada como almacén para sus pasos, es el Colegio Luisa de Marillac, perteneciente a la Congregación de las Hijas de la Caridad, nacida en 1638 y establecida en Sevilla doscientos años después, cuando se hicieron cargo de los niños de la Casa Cuna y de los Hospitales de las Cinco Llagas y de la Santa Caridad. Aunque constituido en 1878, no será a comienzos del siglo XX cuando se traslade a la calle que comentamos, contando ya en 1932 con cuarenta internas y cuatro clases de pequeños con entre sesenta y ciento veinte alumnos; en 1971 se convirtió en Centro Concertado con 16 unidades de EGB. Sobra decir que la labor de las Hijas de la Caridad en lo docente y lo caritativo es digna siempre de encomio, no en vano, además de este centro educativo, gestionan otros en nuestra ciudad y sobre todo, los dos comedores benéficos de Triana y el Pumarejo, ambos ejemplo de solidaridad y entrega a los desfavorecidos siguiendo la estela de de los santos fundadores de la congregación: Vicente de Paul y Luisa de Marillac. 

Foto Reyes de Escalona. 

No faltaron casas nobles en la calle, ya que Félix González de León mencionaba alguna que otra en una de sus obras, allá en 1844, en estos términos, quizá sea éste el escudo nobiliario que aún puede verse en el edificio del colegio Luisa de Marillac: 

"Frente de esta iglesia (del Socorro) está la casa principal de mayorazgo de Don Luis de Guzmán, casa del mismo tono que las de su clase. Portal de caballerías y viviendas de lacayos, gran patio claustrado con hermosas e iguales columnas, número crecido de cómodas habitaciones y fresco y divertido jardín".

Por cierto, Joaquín Hazañas y La Rúa, en su obra La Casa Sevillana (1930) aludía a que sobre el dintel de la puerta de cierto edificio de la calle que comentamos existía una lápida con esta curiosa inscripción: "Magna aliena, parva; parva propia, magna", o lo que es lo mismo, "Lo pequeño, siendo propio, es grande; lo grande, siendo ajeno, es pequeño". 

Terminamos. Enladrillada en 1573, empedrada en varios momentos del siglo XVII, fueron constantes las quejas de sus vecinos por el deterioro de su pavimentación, adoquinada por primera vez en 1898 y en 1921, dotada de alumbrado eléctrico. Dada su ubicación, en el sector norte de la ciudad, donde a finales del XIX y comienzos del XX existía una abundante población obrera, en el número 11 de esta calle tuvo su sede el llamado Centro de Oficios, donde celebraban sus reuniones los miembros de sindicatos relacionados con la tipografía y la panadería, mientras que también se sabe de la existencia en esos años de una taberna, un polvero o una casa de empeños, pero esa, esa es harina de otro costal. 

Foto Reyes de Escalona. 

22 septiembre, 2025

El pintor liberado.

Había nacido en Sevilla, alrededor de 1590. Su padre ejercía el oficio de grabador en cobre y pintor iluminador, de modo que no es de extrañar que sus hijos Francisco y Juan entraran en el taller familiar a edad temprana. Debió tener buena mano ante el caballete desde jovencito, pues en 1616 el gremio de pintores entablará pleito con él por haber aceptado un encargo del convento Casa Grande de San Francisco sin siquiera haberse aún examinado para ingresar en dicha corporación; dicen que se le agrió el carácter tras este encontronazo inicial e inesperado con sus "colegas" de profesión y que aquél empeoró tras nuevas querellas y litigios. Nada se sabe con certeza, pero no es menos interesante mencionar de Francisco de Herrera el Viejo que destacase tanto como para ser elogiado, asumiendo destacados encargos, como criticado por su áspera forma de ser; curiosamente, la calle que lleva su nombre queda muy cerca del Museo de Bellas Artes de Sevilla, de modo que, para variar, vamos a lo que vamos. 

Foto Reyes de Escalona.

Entre las calles Monsalves y San Roque, no lejos del Museo, como decíamos, la calle de Herrera el Viejo pasó a denominarse de este modo en 1875, en sustitución del anterior "Herrera" a secas, puesto en honor al poeta Fernando de Herrera (1534-1597) pero que en aquel referido año recibió una nueva calle en la zona de San Andrés, de ahí la modificación. Estrecha y con no mucho trayecto, fue conocida como "callejón de San Roque" o como una bocacalle que llegaba hasta la llamada Cruz de la Parra (parra que dio nombre tanto a un corral de vecinos como a un horno, muy conocido por la calidad de sus productos panaderos). Se tienen noticias del empedrado de la calle allá por 1619 y de su adoquinado en 1919, siendo primordial el uso residencial de la mayoría de los edificios, aunque no siempre fue así.

Volvamos a Herrera el Viejo. Pintor barroco, destacado grabador, autor de un extenso catálogo de obras de temática religiosa y profana, tuvo en su contra, como decíamos, un "mal pronto" del que fue víctima incluso un joven Diego Velázquez, aprendiz suyo, que pronto preferirá cambiar de maestro y continuar su formación con quien a la postre será su suegro: Francisco Pacheco, con taller en la calle del Puerco, ahora Trajano. En los muros del Museo sevillano cuelga la increíble Apoteosis de San Hermegildo, una creación llena de colorido, movimiento y energía, rompimiento de gloria incluido con la presencia de los grandes personajes de la Sevilla visigoda: San Isidoro, San Leandro, Recaredo y Leovigildo. La pintura fue realizada para el retablo mayor del jesuita colegio de San Hermenegildo, ahora en restauración, junto a la Plaza del Duque, y dio lugar a un singular episodio.

Apoteosis de San Hermenegildo, sobre 1620-1624. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Sobre 1619, lo cuenta Chaves Rey, el maestro Herrera fue incriminado judicialmente, acusado de fabricación de moneda falsa, lo que podía llevar a severa condena; temeroso de ser apresado y llevado a la Cárcel Real, se acogió a sagrado en el convento de San Hermenegildo, donde pintó el antes referido cuadro. Durante la estancia de la corte del rey Felipe IV en Sevilla en 1624, éste visitó el colegio jesuita y quedó profundamente conmovido por la belleza de la Apoteosis de San Hermenegildo; su majestad, interesada, preguntó por el autor del lienzo, siendo llevado a su presencia el propio Herrera el Viejo, quien humildemente explicó al monarca los pormenores y composición del cuadro, además de su situación de prófugo ante los tribunales. Se dice que Felipe IV, admirado, ordenó sin demora archivar la causa contra el pintor y que quedase libre de toda acusación, ya que, afirmó solemnemente, "quien sabía ejecutar obras como ésa no había menester el oro ni la plata". 

San Buenaventura recibe el hábito de San Francisco. 1628. Museo del Prado.

Fallecida su mujer durante la terrible epidemia de Peste de 1649, trasladado su hijo Herrera el Mozo a Italia (incluso algunos sostienen que huyó de la casa familiar llevándose una elevada suma de dinero), Herrera el Viejo prosiguió con su labor entre colores, lienzos y pinceles, siempre, eso sí, con el sambenito su mal temperamento, de modo que, viudo ya, hasta una hermana suya con quien compartía vivienda prefirió ingresar en un convento antes que continuar conviviendo con él. Trabajó para los franciscanos del colegio de San Buenaventura, entre otros, y se dejó influir por el estilo de Juan de Roelas, siendo considerado uno de los introductores del llamado naturalismo en la pintura hispalense. Desencantado quizá con la ciudad, mudóse a la capital del reino con avanzada edad, y en Madrid, villa y corte, concluirá su vida en la más absoluta pobreza en el año 1654.

Regresamos a la calle que recibió el nombre de nuestro maestro pintor. Álvarez Benavides, en 1871, daba detalles sobre cómo en el número 13 radicaba el Colegio de Nuestra Señora del Amparo:
"Colegio de instrucción primaria para señoritas, bajo la dirección de doña Dolores de los Ríos. En él se inculcan a las alumnas los más rectos principios religiosos y sociales y una esmerada instrucción en lectura, escritura, labores, etc."
Foto Reyes de Escalona.

Pese a esto, dada su condición recoleta y relativamente alejada del bullicio, fue sede de establecimientos relacionados con la prostitución y ello, como es habitual en estos casos, constituyó fuente de problemas de orden público con cierta frecuencia, tal como recogió el diario La Andalucía allá por junio de 1897 en un artículo con la peculiar prosa de aquellas calendas:
"En la calle Herrera el Viejo hubo ayer por la mañana un escándalo terrible. Parece que una "paloma" cambió de nido y las dueñas del palomar que echaron de menos el ave salieron a la calle y armaron tal marimorena que el público que pasaba estuvo entretenido durante dos horas largas.
 
Las frases más obscenas y más asquerosas salieron a relucir y hubo aquello de querer entrar en la casa derribando la cancela y otros excesos. Durante todo el tiempo de la repugnante escena no acertó a pasar por allí ningún guardia, a pesar de estar dicha calle al lado del Museo, sitio donde creemos que hay pareja. 
 
Mentira parece que en una población culta suceda esto. De seguir esta lenidad y este abandono respecto a ciertas industrias que debieran estar relegadas a determinados sitios, las personas honradas tendrán que formar fuerte liga y elegir sus viviendas en las afueras de la capital, toda vez que en la mayoría de las calles del centro hay infinidad de "nidos", cuyas "palomas" no pueden rozarse con las personas decentes".

Se nos quedaba en el tintero; indicando que vivía en la madrileña plazuela de los Herradores, la partida de defunción del maestro Herrera el Viejo se conserva en la parroquia de San Ginés, precisamente el mismo templo en el que contrajo matrimonio Lope de Vega en 1588 o en la que fue enterrado el músico Tomás Luis de Victoria en 1611, pero esa, esa ya es harina de otro costal...

08 septiembre, 2025

La calle de la Sopa.

Finiquitados los descansos estivales, en esta ocasión Hispalensia dirige su mirada hacia la zona de la Anunciación, para intentar dar una visión sobre una calle de las que gustan, estrecha, adoquinada, poco transitada, usada en fechas semanasanteras para acortar recorridos en busca de cofradías y, sobre todo, con su poquito de historia. Pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Plano de Olavide. 1771. La calle de la Sopa, entre la Casa Profesa de los Jesuitas y la Casa Cuna.

Como decíamos, entre las calles Cuna y Puente y Pellón se encuentra una vía que posee la particularidad carecer prácticamente de circulación rodada. Poseyó varios  nombres a lo largo de los siglos, el mas antiguo el de Tajador, para luego ser llamada Mal Lavado, Almona del Jabón y más adelante, ya en el XVI, de la Sopa, ya que al estar en la parte trasera de la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús (iglesia de la Anunciación incluida) por esa zona precisamente se distribuía tal alimento entre los desfavorecidos del momento, también José Gestoso localizó en esta calle el taller del "Maestro de hacer coches" Francisco Bruno, funcionando allá por 1714; fruto de la presencia jesuita en este sector es la calle Compañía, cercana a ésta que comentamos. Con este peculiar apelativo de La Sopa se mantendrá hasta el año 1864, cuando el consistorio de la ciudad decida darle un nombre tan peculiar que hasta el célebre escritor Antonio Gala, recordando sus años mozos como estudiante recién llegado a Sevilla desde Córdoba, allá por 1950, la recordó en su Cuaderno de la Dama de Otoño:

"Al mercado de la Encarnación, en Sevilla, iba, entre clase y clase de la antigua universidad, a ver las flores. A veces me comía una clase y me alargaba hasta El Jueves. Con un dinero ahorrado me compré una mañana un crucifijo viejo, de ébano y plata. (Lo perdí no sé dónde. Sí sé dónde, pero no te lo digo...) A ver las flores iba. En primavera, toda Sevilla flores. Y un olor a café, que salía del tostadero de la antigua calle Goyeneta. (Nunca supe por qué ese extraño nombre...)".

Para sacar de dudas al gran escritor, indicar que Goyeneta hace alusión a Manuel de Goyeneta, vecino de esta misma calle y fallecido en 1864, año en el que el consistorio hispalense acordó rotular la calle de la Sopa con el apellido de este señor por "consagrar sus días de ejercicio de la piedad más ferviente y de las prácticas más cristianas, como también los relevantes servicios que en circunstancias dificilísimas prestó a este pueblo su no menos esclarecido padre". En honor a la verdad, apenas se conocen pormenores sobre su biografía, salvo que fue hijo del Procurador Mayor de la Ciudad Joaquín de Goyeneta, conocido por su papel durante la invasión napoleónica en Sevilla, sobre todo por la legendaria anécdota con el mariscal Soult tras entrar en Sevilla con sus tropas y solicitar unas exageradas exigencias económicas para sus soldados, alegando tener a sus favor "veinticinco mil bayonetas" a lo que Goyeneta respondió "pues yo tengo veinticinco campanas", en relación a las de la Giralda y su capacidad de convocar a todo el pueblo sevillano contra el invasor con sus repiques; además, Joaquín de Goyeneta ostentó el cargo de Hermano Mayor en la del Gran Poder y mantuvo estrechos vínculos con la cercana ciudad de Dos Hermanas, donde curiosamente existe otra calle con el mismo nombre en honor a esta familia. Perteneciente al estamento militar, sabemos que Manuel de Goyeneta y Clarebout alcanzó el grado de coronel, sirviendo en diversos destinos y regimientos. 

Foto: Reyes de Escalona. 

Como detalló Álvarez Benavides en 1874, en la calle Goyeneta tuvo lugar un sangriento suceso acaecido en 1867, cuando un agente de la ley solicitó la documentación a un sospechoso:

"El interpelado hace ademán de sacar del bolsillo la cédula de vecindad que le fue exigida por el dicho agente, y con la rapidez del rayo desenvaina un cuchillo y lanza una terrible puñalada a su interlocutor, que se hallaba muy lejos de saber la clase de criminal con el que se trataba. Sin embargo de lo solitario del sitio, una casualidad hizo que fuese perseguido el asesino, debiéndose sin duda su captura a que en la precipitación de su carrera, al intentarse por la calle de la Ballestilla tropezó con un poste, y gravemente contuso y maltratado no tuvo fuerzas para proseguir y se ocultó en un zaguán en el cual fue reducido a prisión.

Identificada la persona resultó ser el célebre ladrón y asesino conocido por el apodo de "Sisí", hombre que por sus crímenes, astucia y audacia se distinguía entre los más perversos de su clase. "Sisí" había recorrido todos los presidios y de todos ellos había encontrado medios de fugarse; su historia es una serie no interrumpida de maldades. El agente falleció en breves momentos a consecuencia de la herida, dejando en la orfandad a su desventurada familia. A las once de la mañana del sábado 31 de agosto de mismo citado año 1867 y a los pocos días de perpetrado este vil asesinato, "Sisí" expiaba sus crímenes sobre un patíbulo levantado en la Plaza de Arjona" (actual Puerta Real).

 Durante muchos años, fue puerta trasera del edificio de la Universidad (ahora Facultad de Bellas Artes) y por ella se accedía a su Biblioteca; además fue escenario de violentos enfrentamientos estudiantiles durante la II República, como los acontecidos durante una huelga general convocada en marzo de 1933, tal como recogió la crónica del diario El Liberal: 

"Los ánimos se fueron caldeando y pronto surgieron los primeros incidentes, que en los primeros momentos no revistieron importancia, debido al corto número de estudiantes que se hallaba en la Universidad. 

Cuando esto ocurría, una de las puertas que da a la calle Goyeneta fue violentamente abierta, irrumpiendo en el edificio un buen número de elementos extraños, armados de palos y porras, que se dirigieron al patio repartiendo palos, que fueron contestados por los huelguistas y entablándose entonces una verdadera batalla, a consecuencia de la cual resultaron no pocos estudiantes contusos (...) a los pocos momentos de esta lucha, por la puerta de la calle Laraña entraron otros individuos. Entonces sonó un disparo, cundiendo de nuevo la alarma. Sonaron más disparos -doce o catorce, según algunos estudiantes- y ya nadie puede dar detalles de nada. El pánico y la confusión fueron enormes. En el zaguán de la calle Goyeneta y en los corredores del patio pequeño se ven manchas y pequeños regueros de sangre". 

Foto Reyes de Escalona.

Frente a este clima de hostilidad, debido precisamente a la proximidad con la Universidad, la calle Goyeneta fue durante años lugar de jolgorio y juerga, con hostales, pensiones y alguna que otra casa "de mala nota", como se decía entonces, lo cual era fuente constante de conflictos con los vecinos por los altercados a altas horas de la noche, sin que deba quedarse en el tintero la escasez de higiene de la zona por la acumulación de basuras, tal como afirmaba la prensa local hace ahora casi un siglo:

"Se han acercado a nuestra redacción varios vecinos de la calle Cuna, manifestándonos que el abandono en que se encuentra la calle Goyeneta respecto a la limpieza pública, hace que los malos olores que las basuras constantemente depositadas exhalan, les produzcan muchas molestias. Dichos señores nos ruegan llamemos la atención del teniente de alcalde del distrito para que ordene que la limpieza se haga más a menudo y con más escrupulosidad".

Pueden destacarse varios edificios importantes en la calle, el primero, en el número 2, esquina con Puente y Pellón y que junto con el número 17 fueron diseñados por el conocido arquitecto Aníbal González, uno dentro de la pautas del llamado estilo regionalista y otro con un perfil mucho más funcional, alejado de aquella estética. Además, merece la pena reseñar un palacio fechable como del siglo XVIII que ocupa el número 15, que algunos afirman fue residencia de los antedichos Goyeneta, dedicado ahora, signo de los tiempos, a alojamientos turísticos y, por último, el número 11, esquina con la calle Buiza y Mensaque, construido en 1920 para albergar la sede de la conocida marca de cafés Saimaza, fundada por el cántabro Joaquín Sainz de la Maza en 1908. 

Probablemente, el olor del café tostado que tanto atrajo a Antonio Gala en su juventud proviniera de este edificio, bellamente decorado con una serie de azulejos trianeros realizada en los talleres de Mensaque y Rodríguez a finales de la década de los veinte del pasado siglo XX y que afortunadamente quedaron restaurados en 2020 cuando el edificio fue profundamente reformado para albergar, qué remedio, un nuevo establecimiento hostelero, en cuyo interior un azulejo con Nuestra Señora de Valvanuz, patrona del valle pasiego de Carriedo recuerda la procedencia cántabra de los Sainz de la Maza. Por desgracia, nada queda de la trayectoria de esta firma sevillana y cafetera ya que cerró su fábrica de Dos Hermanas en 2014, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Anuncio en prensa. Año 1929.




19 mayo, 2025

Antes, Burro.

Quizá algún lector, visto el título, ya sepa por dónde nos vamos a mover en esta ocasión, lo que quizá desconozca es que fue lugar frecuentado por guerrilleros y carromatos; pero para variar, vamos a lo que vamos. 

Entre las calles Puente y Pellón y Pérez Galdós, a medio camino entre la Encarnación y la Alfalfa, la calle Alonso el Sabio (con el "Don" por delante), ha sido tradicionalmente calle para chanzas y chascarrillos, no en vano, ya en el siglo XVI, sin que se sepa muy bien por qué, se llamó calle del Burro, y así lo comprobó José Gestoso cuando localizó viviendo allí a la maestra bordadora Antonia Bazo, perviviendo tan peculiar apelativo durante el siglo XVIII, como consta en padrones y documentos varios de 1713 o 1742; sin embargo, visto lo raro que quedaba escribir en las direcciones de las cartas aquello de "Don Fulano de tal, Burro número 5", el Consistorio acordó en 1845 otorgarle un nombre más preclaro, el del hijo primogénito de Fernando III de Castilla, o lo que es lo mismo, Alfonso X, apodado El Sabio, por su labor en pro de la cultura y las letras en aquellos tiempos medievales. No obstante, en el lenguaje popular quedó para siempre la broma, recogida por el escritor José María Izquierdo en su obra Divagando por la Ciudad de la Gracia (1923):

"La calle que la fidelísima y nobilísima ciudad del NO8DO rotuló con el nombre del hijo de su santo reconquistador, tenía antes una denominación que hacía pensar en la de una comedia de Plauto: la Asinaria... Durante cierto tiempo en las guías, en los anuncios y en los membretes se leía: Calle Alonso el Sabio, antes Burro..."

 

A medio camino, como decíamos, de la zona de las Carnicerías de la Alfalfa, de las Vinaterías o ya en el XIX del cercano Mercado de Abastos de la Encarnación, la calle, peatonal casi siempre, tuvo un marcado carácter comercial o de servicios. Álvarez Benavides en 1874 alude especialmente a los números 7 y 9, que en aquellos tiempos eran propiedad de Manuel de la Puente y Pellón, alcalde de Sevilla de quién hablamos en su momento al tratar la vía que lleva su nombre. Estas casas, ahora convertidas, para variar, en apartahotel de lujo, fueron terminadas en 1868 bajo la dirección del arquitecto José de la Vega y Alcalá, y se sitúan en lo que fue la famosa Posada de la Castaña.

De las más conocidas de la ciudad, la de la Castaña servía tanto como posada como mesón y en ella se hospedaron gentes de toda condición, desde Ignacio Cepeda, el amor imposible de la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda allá por 1839 (vecina entonces de la calle Cantarranas y autora de la primera novela anti esclavista, mucho antes de la conocida Cabaña del Tío Tom) hasta, unos años antes, en tiempos bélicos de lucha contra los franceses, el hermano Fray Demetrio, monje del Convento de Los Terceros que abandonó la celda y el rezo para empuñar un trabuco para encabezar la llamada Partida del Fraile, que encuadrada en la división del general Ballesteros dio no pocos quebraderos de cabeza a las tropas galas que estaban acuarteladas en el sur español. Por cierto, al finalizar la contienda, se cuenta que el monje regresó, a sus quehaceres monásticos como si nada hubiera pasado, con una conducta ejemplar, nada que ver precisamente con su "colega" de convento del que dimos cuenta oportunamente no hace mucho: Fray Ignacio o Antonio de Lagama. Ya que hablamos de conflictos bélicos, la calle de la que hablamos fue víctima en 1843 del llamado Bombardeo de Van Halen, general a la órdenes del Regente Espartero, cayendo en la misma un proyectil procedente de las baterías de artillería que asediaron, sin éxito, la ciudad.

Del Callejero de Sevilla. 1845.

La Posada de la Castaña, además, con su ambiente bullicioso y jaranero, con su ir y venir de huéspedes, era punto de partida para diligencias y postas que partían a diario hacia la cercana Carmona o, dos veces en semana, martes y jueves, propiedad de un tal Juan Amador, hacia el malagueño Balneario de Carratraca, célebre por sus aguas y al que a mediados del XIX comienza a acudir parte de la burguesía andaluza. Con el tiempo, cambió su nombre, pasando a llamarse Fonda Española desde 1868, que además de proporcionar hospedaje, poseyó salones para banquetes, en los que solía reunirse la clase política de tiempos de Alfonso XII.

 
Además, hay que destacar que la calle fue sede también de otros establecimientos, como la llamada Fonda de Malta, en el número 20 desde el año 1833 y que en 1874 estaba gestionada por el empresario Pedro Aragonés; aparte, albergó confiterías, tiendas de tejidos, tintorerías (donde en su momento estuvo el corral de vecinos llamado de Las Gallinas) o droguerías, destacando como curiosidad una fábrica de papel de fumar, dirigida por Salvador Pérez y Gisbert (que también tenía tuvo una fábrica de fósforos en la desacralizada iglesia de Santa Lucía) y que se nutría de papel procedente de Alcoy. En 1951 residía en esta calle el Colegio Andaluz de Árbitros de Fútbol, trasladado luego a O´Donnell y entrando en cuestiones cofradieras, en el número 7 ha venido funcionando desde hace bastantes años el taller de bordado en oro Santa Bárbara, que tantas y tan buenas obras ha legado para la Semana Santa y El Rocío. 

Foto Reyes de Escalona. 

En cuanto a edificios, merece la pena destacar el número 8, esquina con la calle Siete Revueltas, realizado por Aníbal González para Dolores Miravent y que es toda una declaración de intenciones en lo referente al llamado "estilo regionalista" en arquitectura, combinando elementos mudéjares y barrocos con materiales tan diversos como el azulejo, el cristal, el hierro forjado o las yeserías, sin olvidar el ladrillo tallado. Del mismo modo, llama la atención el número 12, de estilo "neoplateresco" y del que se tienen noticias a comienzos del siglo XX, aunque fue reformado en 1945, pero esa, esa ya es harina de otro costal.


07 abril, 2025

Un poco sobre los "De abajo".

Dado que seguimos en Cuaresma y a pocos días de la Semana Santa, en esta ocasión, aprovecharemos para dar varias "chicotás" en honor a un personaje denostado y admirado según las épocas, figura indispensable por su papel en las cofradías y labor siempre digna de estudio; pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

El término "costalero" aludía históricamente a los llamados "mozos de cuerda", mozos que, usando sogas o costales de arpillera, se empleaban para transportar cargas pesadas como fardos, sacos o equipajes; los pícaros por antonomasia, Rinconete y Cortadillo, ingresarán en este oficio adquiriendo sendos costales ("pequeños, limpios o nuevos") con los que ejercerlo, comenzando sus peripecias hispalenses en la Plaza del Pan, por poner un ejemplo. Con el tiempo, serán llamados "Gallegos" por ser la mayoría de aquellas tierras e incluso existirá un corral con su nombre en la calle Oropesa, junto a Cuna y serán contratados para portar los Pasos en Semana Santa, gozando de no muy buena fama enter algunos sectores de la sociedad sevillana por su rudeza y comportamiento. 

Novelistas, escritores y poetas han intentado dejar por escrito sus particulares visiones sobre este trabajo anónimo y callado, ya desde finales del siglo XX en manos de hermanos o voluntarios que sustituyeron a los "profesionales", trabajadores experimentados en el Muelle o en Mercasevilla al mando de dinastías de capataces que gozarán de justa fama: Franco, Ariza, Bejarano o Borrero, por citar algunas.

En una primera "chicotá", hemos extraído la perspectiva de un escritor nacido en Camas en 1876 y fallecido en Sevilla en 1954, José Muñoz San Román, autor de El Encanto de Sevilla (1921), en uno de cuyos pasajes se refleja el trabajo del capataz y su cuadrilla durante una procesión, en el que podemos apreciar incluso las voces de mando o la manera de recompensar a "los de abajo":

"Los pasos son llevados en alto por unos hombres fuertes, conocidos por los costaleros. Van en cuádruples hileras debajo de las andas, soportando la enorme y pesada carga sobre los cuellos robustos. Los riquísimos faldones de terciopelo y oro ocultan a la vista del público los fatigados cuerpos de esos hombres infelices que, en fuerza de trabajo y fatiga, nunca llegan a rendirse.

Sólo se les ven los pies andando a compás y produciendo un sordo y crudo rumor. En los descansos suelen echarse a tierra, asomándose bajo las suntuosas telas para pedir un cigarrillo o agua. Cuando paran ante determinadas tabernas se les reparan un tanto las fuerzas con vino del de la hoja, por cuenta de la Hermandad. Y es de ver aquellos rostros renegridos, sudorosos y tristes, cómo se animan con el engañoso vigor que les da la bebida.

El capataz, que va delante y fuera del paso, los guía y es un primor su destreza. Cuando el paso descansa en tierra y hay que ponerlo en marcha, el capataz da un golpe con el llamador y les avisa:

"Muchachos, que voy a llama... Una subiita suave y... a esta é...". Da nuevamente un golpe con el llamador, y los costaleros, a un solo tiempo, elevan el paso en alto y comienzan a andar. Durante el trayecto no cesa de gritar el que guía:

"Esa derecha atrá..." "Esa izquierda alante...", según la dirección que deberán tomar los que pierden la linea debida. Y cuando han de parar les dice: "Muchachos, una agachaita por iguá y quearse paraos... ¡a esta é! Y da un fuerte golpe con el aldabón.

La marcha de los gigantescos pasos por las estrechas calles sevillanas ofrece grandes dificultades, y para el que guía constituye toda una ciencia su servicio. Por eso son, en fin, contados los buenos capataces, y se les busca y contrata en las mejores condiciones. Las fatigas y trabajos de los pobres costaleros debieran inspirar al corazón del público que ve pasar las Cofradías las más tiernas conmiseraciones. Porque son ellos los verdaderos y obscuros penitentes."

Damos un salto temporal y nos plantamos en el año 1964, fecha en la que se publica en México la novela El Capirote, de la que es autor el escritor sevillano Alfonso Grosso (1928-1995). Con una prosa  áspera y social describe las última semanas de vida de un jornalero gravemente enfermo de tuberculosis que se alista en la cuadrilla de un capataz apodado "Trinidad" para sacar cofradías en Semana Santa; Grosso, autor maldito en su época para algunos, demuestra en su novela El Capirote (publicada en México debido a la censura) que conoce a la perfección los usos y códigos del mundillo de capataces y costaleros asalariados, desde la terminología hasta los usos y formas de comportamiento: 

 "Los costaleros iniciaban ya el rito de la colocación del costal sobre la cabeza. Se ayudaban unos a otros para ajustar el saco plegado que les almohadillaría los hombros y la nuca. Algunos, apretaban una vuelta más sobre la cintura la negra faja que les mantendría erguidos, o se agachaban para amarrar con destreza las cintas de sus alpargatas. 

Trinidad los fue distribuyendo por estatura. La falda de raso del paso de palio permanecía aún levantada. Los hombre, en fila india, iban ya entrando para ocupar su lugar bajo las trabajaderas." 

El comienzo de la maniobra de la salida del paso de la iglesia queda plasmada con rapidez, frases cortas y casi ausencia de adjetivos:

"El llamador duplicaba su golpe dentro del paso. La lamparilla de aceite procesionaba la sombra de los cuellos y de los brazos, de las manos apoyadas sobre las trabajaderas delanteras. Le sudor resbalaba sucio y salobre por los pechos y las espaldas. Era un leve murmullo el caminar, como un silbido, cuando las alpargatas de cáñamo se arrastraban por el suelo. Al llegar a la puerta de la iglesia, el capataz, a través de los respiraderos, ordenó "rodilla en tierra". Los cuarenta hombres se dejaron resbalar lentamente hasta que el palio de la Dolorosa bajó tres palmos en el arco de medio punto del portal. Los laterales quedaban separados apenas unos milímetros de los dos quicios. Las rodillas empezaron entonces a moverse lentamente, de manera imperceptible. Por unos instantes, parecieron las andas quietas, estáticas, milagrosamente justas a los bordes de la portada de piedra y no parecía que pudieran adelantar ya ni un solo centímetro."

Queda, del mismo modo, la visión idealizada, nostálgica de Luis Cernuda (1902-1963) cuando, en el capítulo de su libro Ocnos (1942) titulado Las Tiendas menciona de pasada a los costaleros cuando escudriña en las covachas de la Plaza del Pan, como buen conocedor de aquella zona al haber sido vecino cercano de la calle Acetres:

"Estaban aquellas tiendecillas en la Plaza del Pan, a espaldas de la Iglesia del Salvador, sobre cuya acera estacionaban los gallegos, sentados en el suelo o recostados contra la pared, su costal vacío al hombro y el manojo de sogas en la mano, esperando baúl o mueble que transportar. (...) En la plaza, los gallegos (denominación gremial y no geográfica, porque algunos eran santanderinos o leoneses) se encorvaban soñolientos y fofos, más al peso de los años que al de las cargas ingratas que su oficio les condenaba. Eran ellos quienes en Semana Santa, durante los altos de las cofradías, asomaban tras las andas de terciopelo sus caras congestionadas, bajo la masa dorada de esculturas, candelabros y ramilletes, alineados tal esclavos en los bancos de una galera."

Terminamos. Dejamos para el final una visión relativamente reciente, la del historiador, novelista y académico de la Lengua el hondureño Marcos Carías Zapata (1938-2018), de quien destacamos este escueto texto perteneciente a su obra Vara de Medir (1999) y que aporta la visión peculiar del foráneo, no por externa menos interesante, finalizando con una frase que nos ha llamado mucho la atención:

"Tarjeta postal: Los costaleros van en la penumbra. Cuando se detienen acuden los aguadores, sus cirineos. La aparición del aguador tiene que ser exacta al paso del desfile del paquidérmico tablao. Usted no ve la operación, ni a los costaleros ni a los aguadores, ocupado como está comprando souvenires y sin terminar de decidir su fidelidad entre los souvenires o el desfile de carrozas con sus divinos trabajos de imaginería barroca (y los imagineros que todavía siguen produciendo), sus celestiales objetos de orfebrería barroca (y los orfebres que siguen produciendo), hasta las hermanitas de clausura abonan para que abunde la oferta vendiendo por única vez en el año confituras y bollos de monja (la cofradía de los Servitas estrena dos farolas para acompañar, la de la O ha restaurado el manto de la virgen, la de los Gitanos le ha puesto faldones nuevos al paso del palio, la de Montesión estrena el mantolín y el cíngulo del Señor, la de los Estudiantes la insignia del Senatus). En las cofradías se agrupan creyentes y no creyentes. No se necesita creer para andar en la procesión, basta con creer en la procesión."

Sin duda, la figura del costalero ha sido, es y será objetivo de literatos y poetas cuando se trate de plasmar lo que de divino y humano tiene nuestra Semana Santa. Ojalá se nos brinde un descanso entre borrascas y podamos disfrutarla, pero esa, nunca mejor dicho, esa ya es harina de otro costal. 

 

16 marzo, 2025

Triperas o Triperos.

En esta ocasión, daremos detalles sobre una calle que ha quedado desgraciadamente "absorbida" por otra y que, por ello, es apenas mencionada en las idas y venidas por la ciudad, salvo en los itinerarios cofradieros, eso sí. Sede de instituciones culturales, cafés y tertulias literarias, acogió incluso el domicilio de la primera novia de un conocido poeta sevillano. Pero para variar, vamos a lo que vamos.

Foto Reyes de Escalona.

Entre la confluencia de O´Donnell y hasta Tetuán, se extiende una vía cuyo nombre peculiar era ya conocido en 1485: Triperos, o también, Triperas. Se desconoce exactamente el motivo de tal denominación, debida quizá a la existencia de puestos de venta de casquería, lo cierto es que con tal apelativo aparece en el plano de Olavide de 1771, tras superar una etapa en la que se llamó de San Gregorio, aunque en 1845, buscando quizá un registro más culto, será sustituido por el de un pintor sevillano universalmente conocido: Velázquez. La ubicación de esta calle, a medio camino entre  Tetuán y O`Donnell, hará que pocos la mencionen, peculiaridad ésta que los comercios supieron aprovechar a la hora de hacer publicidad: 

Anuncio en prensa local. 1895.

Medianamente angosta y corta en su trayectoria, hasta fines del XIX se caracterizó por su estrechez, pese a que a lo largo del XVI y XVII fueron frecuentes los derribos y alineamientos de edificios, como el que promovió el Asistente Martín Hernández de Cerón en 1588 para cerrar un rincón casi esquina con la antigua calle de la Muela (ahora, O´Donnell) ya que en él se depositaba gran cantidad de basuras ("ynmundicia"). Enladrillada en 1522, en 1612 fue empedrada, mientras que a mediados del XIX se sabe que estaba pavimentada y en 1889, asfaltada. Casi todos sus edificios mantienen la misma escala y número de pisos, destacando el del número 9 por su estilo modernista y el 11, antigua casa señorial decimonónica con patio interior aunque muy transformada.

Uno de los elementos más significativos de esta calle Triperas fue que a ella daba una de las puertas de acceso a la primera Biblioteca Pública que tuvo Sevilla, en concreto, enclavada en locales anejos al desaparecido Convento de San Acasio perteneciente a la orden de San Agustín, ahora espacio perteneciente al Círculo de Labradores desde 1950 y anterior sede de la Hermandad del Gran Poder. Inaugurada el 6 de octubre de 1749, su horario de apertura dependía de la época del año, por las mañanas permanecía abierta de siete a once de la mañana y de cuatro de la tarde al toque de Avemaría de mayo a septiembre, mientras que de octubre a abril lo hacía de ocho a once de la mañana y de tres de la tarde al toque de Avemaría, al atardecer de la jornada. El Cabildo de la Ciudad fijó una subvención anual a razón de 150 ducados, destinados a la conservación de los fondos, dotación de mobiliario y materiales y el salario del bibliotecario, siempre vinculado a la orden agustina, destacando la figura del Padre Garrido, principal valedor de la institución e incluso responsable del constante trabajo de clasificación y ordenación hasta su muerte en 1793.

Foto Reyes de Escalona.

A todo esto, habría que sumar el hecho de que la calle Velázquez acogió una serie de establecimientos de hostelería que servían tanto para consumir bebidas como para convertirse en espacios para confraternizar, charlar y discutir: los Cafés. Así, uno de los más famosos fue el llamado Café Central, que junto con el América, sirvieron para tertulias literarias o el Nacional, frecuentado por gente del mundo de los negocios. Por citar un ejemplo, el América fue punto de encuentro de miembros de la llamada Generación del 27, participantes en la Revista Mediodía, publicada por estos amantes de la lírica más contemporánea. Joaquín Romero Murube escribía sobre estas reuniones "cafeteras" en su obra "Sevilla en los labios":

"En aquella tertulia, reuníanse además elementos ajenos a la literatura, tipos pintorescos de la madrugada y el trasmundo del orden, que unas veces traídos por el inquieto Sánchez Mejías, otras por el sorprendente Villalón, llenaban de incidencias raras e insospechadas las alegres reuniones de nuestro cenáculo literario. No faltaron, como es natural, princesas orientales, espiritistas, rancios académicos de Buenas Letras, deportados portugueses, eruditos cavernosos, lánguidos poetas de la meliflua Suramérica, pollos modernistas, esperpentos, pamplinosos del surrealismo, niños impertinentes, sabios hueros, sablistas y charlatanes, si que también algunas poetisas de inspiración y hechos más o menos amables".

Por cierto, el Café América fue pionero a la hora de paliar las altas temperaturas del verano hispalense; del mes de julio de 1897 es esta curiosa reseña en El Noticiero Sevillano descubierta por nuestro veterano equipo de archiveros, bibliotecarios y documentalistas:

 "A pesar del excesivo calor que se dejó sentir en el día de ayer, pudimos notar que la temperatura en el café América era primaveral, con sus hermosos ventiladores eléctricos, bien repartidos en su extenso local, y al alumbrado que por fin pudo inaugurarse el domingo, ninguno de los numerosos parroquianos que pueden concurrir con frecuencia a dicho establecimiento, tendrá necesidad de sentir los rigores de la canícula que tan molesta es, principalmente en algunos días que no se siente ni la más mínima brisa que refresque nuestros pulmones. Le damos muy de verás al señor Antón la más cumplida enhorabuena por haber sido el primero en implantar en esta localidad los ventiladores eléctricos que tanta ventaja han de reportar a la comodidad y a la higiene."

Se ve que evitar "las calores" era objetivo primordial a toda costa, prueba de ello es que el propio Café que comentamos tuvo ese mismo año un pleito con otro salón cercano, el Piazza, sobre la queja de este último porque el primero echaba sus toldos para mitigar los rayos solares y le perjudicaba al perder luz en su establecimiento; cosas de otros tiempos.

Por cierto, en el número 8, entre 1854 y 1855 como documentó el también poeta Rafael Montesinos vivió Julia, hija de Antonio Cabrera Cortés y Dolores Rodríguez, quien habría sido la primera novia de Gustavo Adolfo Bécquer cuando cuenta apenas dieciocho años, recordada con nostalgia por el poeta en los últimos años de su vida, mientras que esa joven, primer amor del escritor, se mantuvo soltera toda su vida, muriendo en 1918. No lejos, en el mismo edificio compartieron espacio las oficinas de Prensa Española (diario ABC) y La Teatral, fundada en 1939 y especializada en la venta de entradas para espectáculos taurinos y teatrales, mientras que quedan para el recuerdo comercios tradicionales desgraciadamente desaparecidos, como las Perfumerías Recio o Mabigoa, Alfombras Ýñiguez o la Camisería Redondo. 

Terminamos, pero hablar de esta calle y no aludir a cuestiones gastronómicas sería casi un pecado. Aparte de los desaparecidos cafés, habría que mencionar, sin duda, la presencia, hasta los años 90 del pasado siglo, en el número 8, de la cafetería Viana, antecesora de la cadena de hamburgueserías sevillana "Dulio", que dejó paso en 1999 a la actual Casa del Libro, y por otra parte, la olorosa presencia del cercano bar Blanco Cerrillo, fundado en 1926 en la perpendicular calle de José de Velilla y que tiene como especialidad los boquerones en adobo, cuyo aroma perfuma buena parte de la calle Velázquez para deleite de paseantes locales o foráneos, ignorantes quizá de que recorren una zona peatonal desde 1991 y que se considera la décima calle más cara de España en materia de alquileres comerciales, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

03 febrero, 2025

La calle equivocada.

Es una calle poco frecuentada, sin tráfico rodado (con permiso de los patinetes, ya se sabe), de las que se usan para "cortar" entre vías importantes, por ejemplo, en fechas semanasanteras, de las que apenas aparecen en las guías y planos turísticos de la ciudad y que, para colmo, presenta un peculiar error a la hora de nombrarla. Pero como siempre, vamos a lo que vamos. 

Desde Lineros y Puente y Pellón hasta la calle Cuna, la calle Lagar se extiende estrecha y sin pretensiones. Un azulejo en el número 2, no lejos de donde estuvo la juguetería del "0,95", sirve para rotular la calle, con la particularidad de que cada una de sus cinco letras presenta decoración en las que las hojas de parra o vid o sus racimos relacionan el nombre de la calle con, según la Real Academia de la Lengua, el "Recipiente donde se pisa la uva para obtener el mosto", pero, conviene aclararlo, nada más lejos de la realidad, pues desde el siglo XVIII era conocida como Lagar de la Cera, por hallarse en ella un taller que servía para el blanqueo de la cera, aunque en 1845 se acortó su nombre para quedarse como está hoy día, de ahí la confusión en el tipo de "Lagar". El lagar de cera era una especie de prensa de tornillo que servía para extraer la cera de los panales de abejas por el sistema de presión. 


Llegó a poseer sendos corrales de vecinos, hoy ambos desaparecidos, uno de ellos en el actual número 5, e incluso el cronista Álvarez Benavides la calificó como "vía de primer orden" en virtud a su ubicación, y porque en ella se localizaban negocios tan variopintos como la imprenta de Gironés y Orduña y el colegio de primera y superior enseñanza del Salvador; en el número 11 tuvo su depósito una fábrica de hielo allá por 1876 (razón social "La Quinta de la Florida"). Quizá por su céntrica ubicación, en 1899, como ha estudiado Carlos A. Font, el ingeniero alemán Otto Engelhardt, director de la Compañía Sevillana de Electricidad, fundada en 1894, promovió la construcción en esta calle de lo que sería una de las primeras estaciones de acumuladores eléctricos de la ciudad, constando de una batería con capacidad de 4.000 amperios/hora. A esta estación siguió en 1905 la de la calle Feria, en el número 154, edificio aún conservado por fortuna, obra de Aníbal González.

Pese a esta rica actividad comercial, la calle atravesó malos momentos, prueba de ello es que en su edición del miércoles 7 de abril de 1897 el diario El Baluarte se quejara abiertamente:

"Y... La calle Lagar de la Cera sigue tan sucia y en el mismo estado de abandono de antes. Mientras tanto el Municipio dicta medidas de buena policía, recomendando a los particulares cuiden del aseo de sus fincas, blanqueen fachadas y pinten balcones y puertas para la venidera Semana Santa, la Alcaldía se cruza de brazos, haciendo caso omiso de la recomposición o limpieza de algunas calles. ¡Pero qué cosas se ven en Sevilla!".
Corral de Vecinos en la calle Lagar. Años 70.

 En nuestros días, por desgracia, poco queda de todo lo mencionado. Salvo alguna excepción, modernas casas de pisos se han adueñado de la calle Lagar, aunque como símbolo moderno figure desde 2008 la peculiar escultura del caracol que trepa por la fachada del edificio que hace esquina con Lineros y el número 1 de nuestra calle (de cuya puerta echamos en falta un precioso azulejo de San José), una interesante muestra de arte urbano obra del escultor nacido en Olivares Chiqui Díaz; por cierto, el caracol tiene un "hermano" de siete metros de altura,  instalado en la localidad onubense de Palos de la Frontera. 

Enfrente, en el número 2, en lo que es ahora un moderno hotel, tuvo su sede uno de los primeros establecimientos considerado como Grandes Almacenes, promovidos por una familia oriunda de Almería, los Lirola, que usó para darle nombre las primeras sílabas del nombre y apellidos de una de las hijas de su promotor, Victoria Lirola Martínez, para crear un nombre comercial que pasó a la pequeña historia del comercio sevillano: Vilima, famoso por sus "Zafarranchos" y cuya inauguración, en la tarde del 31 de marzo de 1963, fue resaltada por la prensa local con  reseñas llenas de alabanzas en el estilo de aquellos años:

"Sin temor a incurrir en hipérbole, puede calificarse de verdadero acontecimiento en  la  vida  comercial  de  Sevi­lla la  solemne  bendición  de  la  primera fase  de  los  suntuosos  establecimientos VILIMA,  efectuada  en  las  últimas horas  de  la  tarde  de  ayer  domingo,  en vía  tan  céntrica  de  nuestra  ciudad como  la  calle  Lagar,  en  el  lugar  en que confluyen las de Lineros y  Puente y  Pellón.

Con semejante acontecimiento, Sevilla ha enriquecido de manera considerable su acervo de moderna  urbe comercial.  Cuanto  sé  diga  para  enalte­cer  la  elegante  y  sugestiva  instalación que  motiva  las  presentes  líneas,  resul­tará  pálido  ante  la  realidad.  Una  superficie  de  seiscientos  metros  cuadra­dos,  magníficamente  ocupada  por  vitrinas  y  finos  mostradores,  en  los  que se  admiran  atrayentes  colecciones  de bolsos,  prendas  infantiles,  sutiles  ro­pas  femeninas,  que  parecen  tejidas por manos de hadas; preciosos artículos de viaje, abanicos, mantillas y multitud de artículos  más  gratos  a  las  mujer, forman  un  conjunto  de  ensueño,  en­marcado  por  una  decoración y  un  sistema  adecuado  de  alumbrado,  que comunican al local una magnifica ento­nación,  que  hace  juego  maravillosa­mente con infinitos  detalles  de un  gus­to  irreprochable."

En el verano de 1968 un desgraciado y fortuito incendio declarado en el establecimiento se llevó las vidas de dos bomberos que intentaban sofocarlo, dañando gravemente el interior de la tienda, por lo que hubo que buscar unas instalaciones provisionales en la calle Francos número 34; al fin, el 1 de diciembre de 1969 se procedía a la reapertura de los remozados Almacenes. 


Hasta 2001, Vilima funcionó como emblema del comercio sevillano, generando a su vez una gran influencia en su zona, desde la calle Córdoba hasta la Encarnación, aunque finalmente el negocio se vio obligado a cerrar sus puertas en ese año.

Casi en la desembocadura con la calle Cuna, y con fecha de fundación en 1913, se asienta en la calle Lagar una de las dos sedes de Cuadros Venecia, especializados en láminas y enmarcaciones y cuya trayectoria ha sido reconocida por el Ayuntamiento en unos tiempos en los que el comercio tradicional atraviesa su peor momento, pero esa, esa ya es harina de otro costal.