lunes, 31 de mayo de 2021

De Corpus.

 

No hace falta decirlo, pero en este año tan "pandémico", tampoco podrá celebrarse la festividad y procesión del Corpus Christi, al menos no con la habitual solemnidad, de modo que los pasos, el romero en las calles, las representaciones de hermandades y cofradías, los chaqués del "convite", los ternos litúrgicos ricamente bordados, los altares instalados en las calles, las colgaduras, toldos y reposteros, el desfile de la tropa rindiendo honores, la música de la coral de la catedral al aire libre, las sillas dispuestas en la Avenida, San Francisco o el Salvador y, en definitiva, toda la "liturgia" que acompaña a esta jornada eucarística tendrán que aguardar para mejor ocasión.


Recabando información sobre cómo era el Corpus hace quinientos o seisciento años, se puede comprobar que algunos detalles se han mantenido inalterables a lo largo de estos siglos, y que del mismo modo, otros se han visto perfeccionados o simplemente han desaparecido debido al inevitable paso de los años y la evolución de las costumbre y conceptos festivos, como se verá.

El culto a la presencia real y verdadera de Cristo como Cuerpo y Sangre consagrados en el Pan y el Vino de la Eucaristía es muy antiguo, y antiguos Doctores de la Iglesia, como Ignacio de Antioquía, Ireneo o Justino, destacarán muy mucho esa transubstanciación frente a herejías que negaban esa Presencia. En 1264, el Papa Urbano IV creó la festividad litúrgica del Corpus mediante la expedición de la bula "Transiturus de hoc mundo", contando para ello con el apoyo y sabiduría teológica de Santo Tomás de Aquino, quien compuso la Misa para esa fiesta y, entre otros, el más que conocido himno del "Pange Lingua", tan interpretado y cantado en cualquier acto eucarístico; además, se estableció la fecha, el primer jueves posterior a la octava de Pentecostés. Pasados unos años, en 1316, el Papa Juan XXII instituyó la celebración de la Octava del Corpus, posterior a la procesión. 

Aunque parece que el Corpus se celebraba ya en Sevilla en el siglo XIII, sin datos fidedignos, el historiador local José Gestoso (1852-1917), estableció que las primeras noticias documentadas que se conocen sobre el Corpus en la catedral de Sevilla datan del año 1454, cuando se toman varios acuerdos relativos a preparativos para la celebración, como por ejemplo los días empleados por diversas cuadrillas de operarios del cabildo de la ciudad para allanar "los foyos et barrancas de las calles", lo que nos da idea del pésimo estado de conservación del suelo, con baches y escasa pavimentación, algo  que desluciría y hasta haría peligrar sin duda el transitar cualquier cortejo procesional. 

 Además, Gestoso constató la colocación de toldos en el llamado Corral de los Olmos (actual Plaza de la Virgen de los Reyes), donde por aquel entonces radicaban tanto el cabildo de la ciudad como el catedralicio, sin olvidar la instalación de los "tapices del arzobispo" en las Gradas (calle Alemanes y Avenida) para en cierto modo redecorar las fachadas de los edificios por los que pasaría la procesión. 

El olor, el buen olor, era fundamental en unos tiempos en los que además de restañar los baches se procuraba para el Corpus retirar el estiércol de los animales de carga y los montones de inmundicias que se agolpaban en las calles, (ya se sabe, aquello de "agua va" era cotidiano), de ahí que también fuera requerida la  utilización de hierbas aromáticas como el romero, el arrayan o el alcacel (especie de pasto verde de cebada), no sólo en las calles, sino en el interior del propio templo catedralicio. A ello habría que sumar el perfumado humo del incienso quemado por parte de los doce mozos que encabezaban la procesión portando también hachas de cera con un peso de una arroba (unos doce kilos) yendo decorados estos cirios con imágenes pintadas de ángeles y flores. 

El sonido de las campanas y campanillas se vería acompañado por la algarabía y el murmullo del pueblo que contemplaba embelesado la procesión (aunque no faltasen altercados) y por la música que brotaba de ella misma, contándose aquel lejano año de 1454, con la participación de dos órganos portátiles, casi nada, más veintisiete cantores entonando himnos, por no hablar de otros ocho ataviados con jubones y guirnaldas en la cabeza y  otros seis vestidos de ángeles tañendo instrumentos; como se ve, no era una procesión silenciosa precisamente. Incluso habría hasta juglares, como un tal Juan Canario, documentado por Gestoso y por su puesto las inevitables Danzas, de las que ahora únicamente sobreviven los Seises. 

¿Y para recrear la vista? Todo un espectáculo, "La Roca", o lo que es lo mismo, una especie de carro triunfal en el que se representarían escenas bíblicas en movimiento con las que catequizar al pueblo que asiste a la celebración. Provista de toda una serie de mecanismos e ingenios, a través de portezuelas o poleas se conseguían "efectos especiales", como la salida del sol o de la luna, rayos o truenos, e incluso el canto de los pájaros, a cargo de personal contratado al efecto que iba situado bajo los "faldones" de este artefacto en la que tampoco faltaban Cristo y la Virgen o los cuatro Evangelistas, representados por actores. Por cierto, al que intepretaba a Jesús se le pagaban cien maravedías, y al resto, veinticinco. Con el tiempo, la "Roca" dará lugar a los "Castillos", que normalmente se montaban en los patios del Alcázar y con los que llegarán a competir los diferentes gremios de la ciudad en belleza y espectacularidad, casi antecedentes remotos de los Pasos de Semana Santa y de los autos sacramentales. Como elemento consustancial, aún pueden contemplarse en otras ciudades españolas, como Valencia

 

Junto con la Roca, la Tarasca, dragón o serpiente monstruosa de siete cabezas, símbolo del pecado, elemento jocoso para la diversión también y que precedía a todo el cortejo, huyendo simbólicamente del Bien representado por Jesús Sacramentado. Su montaje y decoración recayó en diferentes gremios hispalenses, como el de tejedores o el de poceros, con el detalle curioso de que, como ha documentado la profesora María Jesús Sanz, en 1519 hubo que reparar la Tarasca "poniéndole una lengua de la misma hechura que la vieja y un pectoral de cascabeles y dos nísperos que sonasen bien colgados de las orejas". Desaparecida en Sevilla en el siglo XVIII, la Tarasca aún perviven el el Corpus de Toledo, Granada o Valencia.

Cofradías, hermandades gremiales, órdenes religiosas (sólo las masculinas), cruces parroquiales por orden de antiguedad, la Hermandad Sacramental del Sagrario, canónigos, capellanes reales, antecedían al punto álgido de la procesión, presidiéndola, el Arca con la Eucaristía, portada con la máxima reverencia y acompañada, lógicamente, por todo un "convite" de autoridades, magistrados, aristócratas, cónsules, y caballeros; y al decir "convite" aludimos no sólo al aspecto protocolario, sino también al agasajo, como por ejemplo el que que en 1496 ofreció el Cabildo de la Catedral a sus invitados tras la procesión, consistente en cerezas, brevas, ciruelas y vino blanco. Se entiende que aquel frugal banquete tuvo que mejorar a lo largo de las siguientes décadas, pues en 1530, por ejemplo, además de frutas y vino, se sirvieron pollos, palominos, ternera, perniles de tocino, pasteles, limones para la ternera y azúcar, a lo que habría que añadir el famoso "manjar blanco", especie de crema dulce aromatizada con canela y realizada a base de almidón de arroz, azúcar y almendras, entre otros ingredientes y muy apreciada por cualquier comensal de la época. 

Como se ve, la fiesta del Corpus en Sevilla entraba por los cinco sentidos... 


lunes, 24 de mayo de 2021

Animalitos.

 En no pocas ocasiones hemos relatados pormenores sobre la historia y detalles de las calles sevillanas, con especial atención a aquellas en las que vivieron personajes dignos de mención, u otras en las que acontecieron hechos merecedores de ser recordados por su importancia o simplemente por lo anecdótico. En el nomenclátor (callejero) hispalense hay sitio para reyes, santos, artistas, políticos, nobles, lugares, batallas, ríos, templos, cristos, vírgenes... y animales. ¿Lo comprobamos?

Aunque muchos de esos nombres han ido desapareciendo con el tiempo, los cronistas e historiadores han consignado bastantes calles que tuvieron nombres de especies del llamado reino animal, muchas veces por causas justificadas (presencia de criaderos, existencia de cuadras, etc) y muchas veces por situaciones curiosas, como comprobaremos. 

En el caso de la calle Águilas, que aún conserva su nombre, éste se debe, como muchos recordarán, a las águilas que coronan la hermosa y poco vista (demasiado tráfico rodado) portada de mármol del palacio que está situado en el número 16 de la calle, palacio además que fue la casa natal de uno de los héroes y mártires sevillanos de la Guerra de Independencia contra los franceses allá por comienzos del siglo XIX: José González Cuadrado. 

Si continuamos con las aves, dejando a un lado la Barriada de los Pájaros (1962) o el Cerro del Águila, creadas en los "felices años veinte" del pasado siglo XX, tendríamos que hablar de la calle de la Pava (actual calle Viejos) o la conocida Plaza del Pelícano, antigua de Santa Lucía, que recibió tal nombre, sin que se sepan bien los motivos, en el año 1869. También merece nuestra atención, si seguimos con pájaros, la calle Gallinas, o lo que es lo mismo, el trozo comprendido entre Feria y Torres, actualmente llamada de Antonio Susillo, donde tuvo su taller y estudio, en el número 11, el escultor e imaginero Antonio Illanes, o la actual calle Gallos, en el barrio de San Román, que en el siglo XV se llamaba calle del Espejo pero que en 1845 vio modificado su nombre por existir en ella un reñidero de gallos para sus peleas, en un edificio con planta circular "para reñir gallos ingleses", diversión entonces muy popular, ya que existieron otros "reñideros" en Sevilla, como por ejemplo el ubicado y bastante célebre de la calle Doña María Coronel. 

Especial atención merece la Glorieta de las Golondrinas, en el sector norte de Sevilla, en lo que habría sido el antiguo camino de la Algaba; junto a ella se conserva, casi destruida, la muy conocida Venta de los Gatos, pieza clave en un relato de Gustavo Adolfo Bécquer. La zona, repleta de viviendas y bloques desde los años setenta, se edificó sobre los restos de una antigua y extensa huerta que recibió varios nombres a lo largo de los años: del Hoyo (1870) de la Estrella (1884), o de la Rana (1959). 


 Por supuesto, la calle Pajaritos, que desemboca en Francos y que se llamó de Melgarejos y de la Imprenta, por estar allí instalado el taller de Cromberger, uno de los primeros y más antiguos de la ciudad; lo de "Pajaritos" tiene origen al parecer en torno a principios del XVII en cierta taberna con ese mismo nombre, que incluso es citada por Tirso de Molina en "El Burlador de Sevilla", o lo que es lo mismo, el antecedente de nuestro afamado Don Juan Tenorio.

Por último, en lo que respecta a animales "alados", habría que recordar calles como la de la Paloma (actual Faustino Álvarez), la del Ganso (actual Golfo, callejón sin salida en el barrio de la Alfalfa, junto a Pérez Galdós), una antigua barreduela desaparecida de la calle Francos, llamada de la Garza y el callejón de Faisanes (de buenos recuerdos para quien suscribe), perpendicular a Entrecárceles y que en el siglo XV también se llamó de los Gaiteros. 

Si seguimos con nuestro recorrido "zoológico", ahora con los mamíferos, encontraremos una calle llamada desde 1502 hasta el siglo XIX de los Perros, ahora casi oculta o absorbida por edificios de la calle Alemanes y Hernando Colón, ya que se trataría de una antigua calleja de la Alcaicería de la Seda, pues se sabe que en 1633 se vendía allí tal mercancía. También recibieron ese nombre "canino", calles como Aceituno, Enladrillada, Adriano o Rioja en diferentes momentos de su historia, imaginamos porque en ella vivirían animales de esa raza de características tan especiales como para dar nombre a una vía. No podría faltar el denominado "rey de la selva", ya que la calle Felipe Pérez, entre Cabo Noval y la Avenida de la Consitución (la trasera del Banco de España, para entendernos) recibió el nombre de León entre 1845 y 1913, cuando tomó los apellidos del poeta sevillano fallecido ese año.Casi para terminar, parte de la actual Plaza de Doña Elvira se llamó antiguamente Plazuela de los Caballos, por estar allí situado el picadero propiedad de los Condes de Gelves.

En lo que respecta a los habitantes del mar, baste recordar que toda una sección de la Barriada de San Jerónimo posee calles con nombres marinos (Corvina, Pez Espada, Tiburón, Acedía, Coquina...) y que un tramo de la ahora llamada calle Gerona se llamó Sardinas desde 1452 hasta 1845, calle en la que vivió Juan Ramón Jiménez en el siglo XIX en una etapa en la que el de Moguer acudía a pintar al Palacio de las Dueñas o la Casa de los Artistas, no lejos de allí. Lo de Sardinas quizá tuviera que ver con que en la Plaza de los Terceros estuvieron asentados ciertas freidurías de pescado, aunque hay que afirma que en aquella calle se almacenaba este pescado en salazón con destino a alimentar las tripulaciones de la Flota de Indias. 

Como colofón, aunque a buen seguro se nos quedan algunas calles en el tintero, la siempre recordada calle Burro, llamada así desde al menos 1713 y uno de cuyo extremos desemboca en Puente y Pellón; en 1845 recibió la denominación que hoy conserva, en honor al hijo de Fernando III el Santo que concedió a la ciudad el lema de "Nomadejado", aunque en este caso el pueblo sevillano hizo suyo el juego de palabras con la calle y sus nombres, de ahí la conocida frase "Don Alonso el Sabio, antes Burro"

Fotos: "Reyes de Escalona". Con nuestro agradecimiento.


lunes, 17 de mayo de 2021

Ni pitos, ni flautas.

 

Campanas al vuelo, estallidos de cohetes, crujir de carretas, vivas, cascos de caballos sobre adoquines o asfalto, palmas, guitarras y palillos, eran muchos los sonidos característicos durante estas semanas previas a la celebración de la Romería de la Virgen del Rocío por Pentecostés en muchas ciudades y pueblos; quizá uno de los más emocionantes y añorado sea el de la gaita y el tamboril llamando a los cultos de las diferentes hermandades del Rocío en vísperas de, este año, una especial celebración de la anual Romería que tiene lugar en tierras almonteñas.

 

Como instrumento musical, la flauta, gaita o "pito" andaluz o rociero, remonta su origen histórico a tiempos muy antiguos, cuando se crea la llamada flauta de tres agujeros, pariente de similares características a los ejemplares hallados de tiempos de la antigua Grecia, cuando se atribuyó al travieso dios Pan su invención, incluso pinturas del año 450 antes de Cristo, de época etrusca, atestiguan el uso de este tipo de flautas; en las célebres Cantigas de Alfonso X el Sabio, recopiladas en el siglo XIII, aparecen ilustraciones con personajes tocando el tambor y la flauta, cantigas, precisamente, como señala el investigador musical José Manuel Castellano, en las que hay alusiones al coto de caza de las Rocinas, lugar donde hoy es encuentra la Ermita en la que recibe culto la imagen de la Virgen del Rocío.

Algunos autores sostienen que en la Edad Media, en tiempos de la Reconquista castellana, muchos leoneses se asentaron en el Sur de Extremadura y en Andalucía Occidental, trayendo consigo no pocas costumbres y elementos de su folklore, entre ellas el uso de la flauta y el tambor, cuyo empleo se extendió por la Sierra Suroeste de Badajoz, el Andévalo y el Condado onubense y el Aljarafe sevillano, siendo en estas zonas donde se han registrado siempre el mayor número de tamborileros. Pese a todo, conviene resaltar que durante los siglo XVI y XVII el tamboril y la flauta estaban presentes en prácticamente toda España, con distinciones sociales incluso entre los llamados tamborileros cortesanos, encargados de animar las danzas, y los rurales, mucho más populares, que se ganaban la vida tocando en ferias de aldea en aldea, conservando las mismas y arcaicas melodías que en algunas ocasiones, y casi de milagro, han llegado hasta nuestros tiempos. 

Así, en la procesión del Corpus Christi de Sevilla, por poner un ejemplo, durante el siglo XVI fueron frecuentes varias danzas profanas, las cuales, al decir del cronista del XIX Simón de la Rosa: "Se movían al compás del pito y del tamboril ó de rabeles y panderetas, y debían marchar según el ceremonial primitivo detrás de la Custodia con las torres, castillos y carros de autos". Eran, por tanto, bailes destinados a animar al pueblo que contemplaba el paso del cortejo, mientras que los "cantorcicos" o "Seises" bailaban de modo mucho más respetuoso, sin caretas ni cascabeles, ante el Santísimo Sacramento portado devotamente en la Custodia.

Cruces de Mayo, romerías, procesiones, festejos populares, en todos ellos la figura del tamborilero es considerada fundamental, ya que con sus toques característicos y su ritmo al tambor, supone el telón de fondo musical para la fiesta, entendida en el mejor sentido de la palabra. Ya en el siglo XVIII se constata en antiguos grabados la presencia de tamborileros en el entorno de la ermita de la Virgen del Rocío, mientras que en el XIX el tamborilero será protagonista, arte y parte, en todos los actos de las hermandades, animando cultos y caminos con sus toques del Alba, el "romerito" o el "Paso de Carretas" y colaborando, y de qué manera, en la animación con sus sevillanas, rumbas, fandangos y demás composiciones, en lo que vendría a ser, salvando muy mucho las distancias, un trasunto de los actuales "Disc Jockeys".

Con una medida media de unos 36 centímetros, la flauta rociera se ha venido realizando desde siempre con materiales como las maderas de fresno, naranjo, cerezo o limonero, todas ellas fáciles de adquirir por su abundancia en la naturaleza, mientras que para el "pito" o "capucha" se empleaba el asta de toro o o chivo. Por su parte, el tambor, mayor en dimensiones (80 centímetros de altura y 50 de diámetro) que sus "primos lejanos" castellanos o gallegos, consta de un cuerpo de madera contrachapada y dos aros de madera en sus extremos, los cuales, con la ayuda de un sistema de tensores de cuerdas y cueros, tensan los dos parches de piel de chivo o cabra. Además, dos bordones o cuerdas, en ambos parches, ayudan con su vibración a darle un sonido ronco y solemne, que basta y sobra incluso para acompañar con su ritmo cadencioso el caminar de los peregrinos a pie en torno a la carreta del Simpecado. 

 
Durante años el saber de los tamborileros, como tantos otros oficios, pasó de padres a hijos como legado tradicional, constituyéndose auténticas dinastías en hermandades como las de Triana, Huelva, Moguer o Villamanrique, con nombres inolvidables para muchos rocieros antiguos y nuevos como Celedonio o Carmelo, Félix o Curro "El de Villamanrique", Curro "De Escacena", José González "El Pollo", José y Juan "Tenazas", José "El Sanjuanero" (constructor de flautas y tamboriles, además) o José Manuel en el Rocío de Sevilla. Hay que tener en cuenta que, según calcula, Castellano Márquez, que además de investigador es también tamborilero, en la anual Romería del Rocío suelen darse cita en torno a 200 tamborileros, y que todos tienen un emocionante punto de encuentro en la llamada Misa de Tamborileros, que se celebra ante la Virgen en la tarde del Domingo de Pentecostés. 

Con el paso de los años, en 1987 el compositor Manuel Pareja Obregón crea en la aldea de El Rocío la primera Escuela de Tamborileros, que será el germen de la actual Escuela promovida por la Hermandad Matriz de Almonte, a la que seguirán otras escuelas, e incluso Asociaciones como la manriqueña de "Curro el de Villamanrique", responsables todas de que no se pierda el importante legado musical y devocional de los diferentes toques y melodías; igualmente, se han celebrado encuentros y convivencias con otras entidades tamborileras del resto de España. 

Un último detalle, que habla de la admiración que se siempre han despertado los tamborileros: tanto en Almonte como en Villamanrique de la Condesa se alzan sendos monumentos en su honor, el primero obra de José Manuel Díaz Cerpa y el segundo realizado por Francisco Parra García. 

Ojalá el año que viene, recuperada la normalidad, quiera la Virgen del Rocío que volvamos a escuchar es inconfundible son de la flauta y el seco e inolvidable toque del tamboril...


 




 


lunes, 10 de mayo de 2021

En Cruz.

 Por desgracia, y por motivos de sobras conocidos, este año por segunda ocasión consecutiva, no tendrán lugar las diferentes Cruces de Mayo que habitualmente se venían instalando en plazas o patios sevillanos, normalmente por cuenta de vecinos, asociaciones, hermandades o entidades que con ello buscaban crear un lugar para la convivencia con el cante y el baile con el telón de fondo de la Santa Cruz debidamente engalanada. La omnipresente pandemia ha borrado de un plumazo una celebración que solía ser continuación de la Feria de Abril, y que en los últimos años había recuperado cierto auge contando con el apoyo de las autoridades municipales que incluso habían promovido un certamen para premiar a las mejores. 

La celebración de las cruces de mayo, muy extendida en toda Andalucía, tiene su origen en la festividad litúrgica de la Invención de la Santa Cruz fijada al menos el siglo VII el día 3 de mayo y conmemora la fecha en la que Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén, en el año 326, la Cruz de la Pasión de Cristo. Con el Papa Juan XXIII la festividad fue sustituida por la fiesta de la Exaltación de la Cruz cada 14 de septiembre. 

Joaquín Sorolla: El Baile. 1915.

 Antropólogos, como Rodríguez Becerra, han resaltado que esta celebración habría tenido un histórico origen que se remontaría a fiestas incluso precristianas y que se centrarían en el culto al árbol florecido en primavera, para luego ser transformadas sustituyendo el árbol por otro Árbol, en este caso de la Salvación, o sea, la Cruz. El fenómeno festivo de la cruz de mayo incluso fue recogido en algunas comedias de Lope de Vega, como por ejemplo, en "El acero de Madrid" o en "El testigo contra sí":

Paseando por Sevilla
día de la Cruz de mayo,
en el muestra más grandeza
que en el discurso del año,
porque con su devoción
en mil partes levantando
pirámides a la Cruz,
al mismo sol vence en rayos,
entre unos altares vi,
en su riqueza admirado,
a Lisardo, a quien el cielo
dio su merecido pago.

En el siglo XIX se sabe que la organización corría por cuenta de las mujeres de cada vecindad, patio o corral de vecinos, sin que la iglesia ejerciera cierto control. El cante, el baile, la alegría y la manzanilla corrían a raudales bajo el altar montado para la ocasión con innumerables lamparillas, farolillos, cadenetas y colchas y mantones de Manila como telón de fondo para la Cruz de Mayo que presidía el espacio con sus mejores galas, macetas y plantas, flores naturales y rodeada de utensilios de cobre del ajuar doméstico, candelabros o incluso piezas cedidas por alguna Hermandad, como ocurría en la Cruz montada la calle San Jacinto en 1926 con enseres de la Hermandad de la Esperanza de Triana; un periodista del momento indicaba en el diario "El Liberal" que "estas cruces no pueden competir con las de vecinos, porque nadie tiene esos componentes a mano"

En el zaguán del patio o corral, se colocaba una especie de mesa petitoria ("la batea") a cargo de jóvenes vecinas en la que se recababan donativos para sufragar los gastos del montaje. Presidía la Cruz, como decimos, pero también estaban presentes elementos ya prácticamente desaparecidos y hasta desconocidos muchos, como el pianillo u organillo. 

¿Cómo era la celebración hace cien años en Sevilla? Rebuscando un poco en hemeroteca, hemos hallado algunas crónicas y referencias de aquella época.

En 1923, por ejemplo, el jurado formado por los señores Piazza, Bermudo, Rueda, Carretero, Luca de Tena y Grosso, visitaba las diferentes cruces inscritas en el concurso del Ayuntamiento, con 500 pesetas en premios, 200 para el primero, 150, 100 y 50 pesetas para las siguientes cruces, con la curiosidad de que sólo se permitía participar a cruces montadas por particulares, quedando excluidas las de entidades o hermandades, quienes veían en ello una oportunidad para sanear sus siempre maltrechas arcas. Como dato, aquel año se instalaron un total de 45 cruces, permaneciendo montadas hasta la festividad del Corpus, primando, a la hora de valorarse, tanto el adorno de la cruz como el ambiente festivo en torno a ella. 

En el Diario El Liberal, siempre atentos a las tradiciones locales, se publicaban sabrosas crónicas sobre las diferentes cruces y quienes las montaban, destacando aquel año 23 la de la Hermandad de Monte Sión, situada en el Pasaje de Valvanera:

Diario "El Liberal", 20 de mayo de 1923.

Por aquel entonces, se planteaba un interesante debate acerca de la necesidad de cobrar "invitación" por entrar o de al menos solicitarla para "privatizar" la celebración, como ocurría por ejemplo en la organizada por la Agrupación Cultural de Dependientes en la calle Amor de Dios número 23 o en la antes aludida de San Jacinto, instalada por cofrades de la Esperanza como José Mensaque o José Rodríguez. En la calle Relator, al hilo de esta cuestión, en el llamado "Salón Moderno" se encontraba en 1926 la Cruz de la Sociedad "Los Criticones" (nombre que lo decía todo, a fuer de ser sinceros), quienes afirmaban que se montaba "para recibir a sus amigos y enemigos. No se trata de una Cruz de Mayo con entrada de pago ni un baile de profesionales", todo lo cual era una declaración de intenciones. Otra Cruz, aunque sólo para sus socios, la montaba el Círculo Mercantil en su caseta de Feria en el Prado de San Sebastián, ya que se trataba de una estructura metálica que permanecía siempre situada allí. 

Calle Feria, número 3

Calles como Pureza, Almirante Valdés número 5 (desaparecida barreduela en la zona de la calle Imagen, por la Hermandad de la Trinidad), Valme (en San Bernardo), Plaza Menjíbar, Rodrigo de Triana, Pureza, Torneo 67, González Cuadrado 52, Divina Pastora 25 o Resolana 28 (con pancarta incluida que decía "Viva la Macarena porque es su barrio") formarían parte de un recorrido en aquellos meses de mayo de los "felices años veinte" cuando propios y extraños acudían a la expectante Sevilla de los preparativos de la Exposición Iberoamericana de 1929. 

Calle Macasta

Fiesta profana y religiosa, quizá con más de lo primero que de lo segundo, en 1926 el entonces Cardenal Ilundáin decide tomar cartas en el asunto ante, se supone, algunos hechos, y firma un decreto en el que  “...reprobamos el abuso de colocar cruces, llamadas de Mayo, en lugares profanos, señaladamente en teatros, casinos, centros de recreo, cines y otros lugares, celebrándose fiestas licenciosas, o bailes escandalosos, y otros excesos que no son la verdadera tradición andaluza sino una profanación de la cruz y de la tradición andaluza de legítimo abolengo cristiano...”, rogando incluso a los fieles cristianos a no asistir a estas celebraciones donde tenían sitio bailes “peligrosos o se concurre con trajes provocativos o atavíos libidinosos”.

 No deja de ser curioso, además, cómo las modas influían, pues la prensa local se hacía eco de elementos "modernos" que, según ella, desentonaban, como orquestas de Jazz, bailes poco andaluces como el fox-trot o el vals, o la instalación de "ambigús" o tómbolas, por no hablar de la cada vez más frecuente utilización de ¡bombillas eléctricas!.  

Tras la Guerra Civil, el fenómeno de las cruces de mayo fue apagándose poco a poco, incluso la prensa local, allá por mayo de 1959 se lamentaba de la falta de noticias sobre el montaje de ni siquiera una en la ciudad: 

Sevilla: Diario de la Tarde. 20 de mayo de 1959.

Como vemos, no siempre cualquier tiempo fue mejor...

lunes, 3 de mayo de 2021

A comer

 

A la hora de detallar aspectos sobre cualquier convento o monasterio, bien masculino, bien femenino, siempre suele hallarse bastante información sobre su historia, su patrimonio artístico y otros elementos quizá más “llamativos”, pero pocas veces se encuentran pormenores de zonas que, aunque cotidianas, tenían capital importancia dentro de la vida monástica, como por ejemplo el Refectorio.

Originada del latín “Reffectorium”, la palabra alude al espacio en el que los monjes tomaban alimento, tres veces al día, a veces solo dos, o incluso una en tiempos de ayuno en Adviento o Cuaresma, contituyendo uno de los momentos, junto con la liturgia en el templo, en el que la comunidad se reunía en torno al prior o abad. Los grandes artífices del fenómeno monástico europeo, como San Benito de Nursia o Bernardo de Claraval, especificaron y ordenaron la vida en el cenobio, haciendo especial hincapié en la necesidad de la autosuficiencia y del aislamiento del mundo. Huertos, rebaños, maitines, silencio, escritorios donde los copistas realizaban su labor hoja a hoja, "ora et labora", en definitiva; quien haya leído "El Nombre de la Rosa" o incluso visto la cinta cinematográfica, sabrá de qué hablamos. 

Orientado al claustro normalmente y en dirección norte-sur, el refectorio se ubicaba siempre en el sector con mayor luz solar a lo largo del día, y también se construía con cierta altura y abovedado, a fin de gozar de buena acústica para una de sus funciones, pero no nos adelantemos. Los cistercienses, por poner un caso, prescindían de todo tipo de decoración en él, mientras que en otras congregaciones, los jerónimos por ejemplo, una escena de la Sagrada Cena solía decorar el muro de la cabecera, como la que se conserva en el refectorio del desaparecido monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo en Santiponce. Datable como del siglo XV por su arcaismo, destaca por sus grandes dimensiones.


También vale la pena recordar, por qué no, que el antiguo refectorio del Convento de San Agustín, en los aledaños de la Puerta de Carmona, se conserva todavía en pie y en uso por la Hermandad de San Esteban, quien lo usa como salón de actos o que la actual Sala II del Museo de Bellas Artes de Sevilla se ubica en lo que fue refectorio del Convento Casa Grande de la Merced.

¿Qué comían? Cada Orden religiosa establecía qué tipo de alimentos y de qué manera habían incluso de prepararse, aunque casi todas coinciden en la abstinencia parcial o total de carne, de ahí que los cartujos sevillanos, por ejemplo, fuesen famosos por el llamado "Jamón de la Cartuja" o lo que es lo mismo, un exquisito atún en salazón (mojama, para entendernos) pescado en las almadrabas gaditanas propiedad de la propia orden cartujana y (alguna vez lo hemos comentado) famosos también por la denominada "tortilla cartujana", a base de simplemente huevos batidos, sal y aceite. Creada en los fogones de la propia Cartuja de Santa María de las Cuevas, los invasores franceses del Mariscal Soult (quienes convirtieron el refectorio en almacén de grano) tomaron la receta como propia llevándosela a su patria y convirtiéndola en la "tortilla francesa" de toda la vida. 

En general, abundaba, ni que decir tiene, el consumo de pan, aceite, legumbres, lácteos, hortalizas y frutas, con especial protagonismo para potajes, sopas y menestras, planteándose incluso una interesante dualidad entre la forma de comer de la nobleza, que se alimentaba de carne de caza y asados, y el clero regular, que como hemos dicho abogaba por la comida hervida. Cada monje recibía una libra de pan en las comidas, unos 400 gramos, acompañado de la consabida ración de vino, quien jugaba un papel protagonista al ser bebida usada con mucha frecuencia aunque con moderación; en la Regla de San Benito se establecía que cada monje recibiría una hemina de vino, el equivalente actual a un cuarto de litro. Algo similar ocurriría en el norte de Europa con otra bebida alcohólica que nuestros días también ha cobrado gran preponderancia social: la cerveza, empleada como sustitución del agua (casi siempre insalubre) y del alimento (al estar realizada con cereales nutritivos), por no hablar de su uso como producto a vender para obtener beneficios económicos para el monasterio.

Antes de las comidas, los monjes eran llamados a ellas mediante el toque de campana; debían lavarse concienzudamente las manos, eliminando la suciedad de la tierra labrada o de la tinta de los escribanos, la entrada al refectorio se hacía siempre de manera ordenada y con la presidencia del Abad o Prior, quien ocupaba el lugar preferente al fondo, rodeándose de los clérigos o monjes con cargos o con mayor antiguedad. Las mesas estaban dispuestas en paralelo y arrimadas a los laterales de la sala, en cuyos muros habría bancos corridos. La comida era servida en grandes ollas o marmitas y el primer bocado, para su aprobación, corría por cuenta del prior; quien en el caso de los cartujos, al hacer el gesto de descubrir el pan, tapado por una servilleta, daba por comenzada la comida, no sin antes las preceptivas oraciones de acción de gracias. 


 Varios monjes (o monjas) tendrían diversas funciones en el refectorio, uno de los más importantes sería el llamado "refitolero", encargado de su orden y de que todo estuviera dispuesto en cada comida, siempre con la ayuda de los cocineros y ayudantes que durante cada jornada se afanaban en los fuegos. El papel del Lector era fundamental, pues con sus textos ponía "banda sonora" al momento de comer, brindando, por así decirlo, "alimento espiritual" a sus compañeros y disponiendo para ello de una especie de púlpito desde el que proyectar su voz sobre el silencio reinante. En el sevillano convento de Santa Clara, actual Espacio Santa Clara dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, aún se conserva en su refectorio el púlpito, así como las dos hileras de mesas. Como curiosidad, la Regla de San Benito establecía que quien ejerciera de lector recibiera un vaso de vino y algo de comida antes de cumplir su cometido, y que comiera a la finalización junto con los cocineros y demás personal. 

Normalmente, desde la Edad Media, cada monje disponía de una escudilla, un jarro, un cuchillo y una servilleta a modo de servicio de mesa, aunque poco a poco se fue introduciendo el uso de la cuchara y más tarde, el tenedor. En el siglo XVIII, un manual para monjes capuchinos establecía una serie de normas sobre cómo debía comportarse en la mesa un buen "comensal": 

 «No han de comer puestos los codos sobre la mesa, sino de modo, que las manos toquen solo por las muñecas en el borde de la mesa, teniendo el cuerpo igual, no agoviado. Assi mismo han de comer no apressuradamente, sino con modestia, y gravedad; ni han de comer à dos carrillos, ni à dos manos; ni royendo los huessos; ni sacando con estrepito voràz la caña de ellos, chupandolos, ò golpeando sobre la mesa para esso. Es vicio también morder el pan, y de las demás viandas, sin partirlas en menudos pedaços; sorber el caldo à grandes tragos; llenar de sopas migadas la escudilla hasta reboçar; aplicar la vianda à la boca con la punta del cuchillo; soplar al caldo, escudilla ò vianda; llegar con la boca al plato para tomar el bocado; comer la fruta a bocados y sin mondarla; ajar la comida con las manos; chupar los dedos; barrer con ellos la escudilla, ò plato,  dandole vueltas al rededor; dexar muchos fragmentos de pan; mancharlo con la bebida, ò vianda; descortezarle, ò, estando entero, decentarle para tomar del uno o dos bocados para acabar de comer. Todos estos vicios se han de huir, y lo nota San Buenaventura

Detalle interesante, la comida era preparada en el "Infierno", término coloquial para designar a las cocinas y que o tendría que ver con que allí se cocinaba la pecaminosa carne, o con la existencia de fuego y calor hasta extremos insoportables a semejanza del Averno. 

Tal era la importancia del momento de la comida comunitaria en el refectorio que una de las sanciones habituales que se imponían a los monjes, debido a faltas leves como la impuntualidad, la negligencia o la desobediencia, era la del castigo a comer en solitario, sin la compañía del resto de hermanos o incluso el ayuno durante un día a fin de darle tiempo para el arrepentimiento y la contrición. 

En cualquier caso, y tras este somero recorrido por los refectorios monacales, recordemos a Santa Teresa de Ávila: "También entre los pucheros anda el Señor". Que aproveche.