lunes, 10 de mayo de 2021

En Cruz.

 Por desgracia, y por motivos de sobras conocidos, este año por segunda ocasión consecutiva, no tendrán lugar las diferentes Cruces de Mayo que habitualmente se venían instalando en plazas o patios sevillanos, normalmente por cuenta de vecinos, asociaciones, hermandades o entidades que con ello buscaban crear un lugar para la convivencia con el cante y el baile con el telón de fondo de la Santa Cruz debidamente engalanada. La omnipresente pandemia ha borrado de un plumazo una celebración que solía ser continuación de la Feria de Abril, y que en los últimos años había recuperado cierto auge contando con el apoyo de las autoridades municipales que incluso habían promovido un certamen para premiar a las mejores. 

La celebración de las cruces de mayo, muy extendida en toda Andalucía, tiene su origen en la festividad litúrgica de la Invención de la Santa Cruz fijada al menos el siglo VII el día 3 de mayo y conmemora la fecha en la que Elena, madre del emperador Constantino, encuentra en Jerusalén, en el año 326, la Cruz de la Pasión de Cristo. Con el Papa Juan XXIII la festividad fue sustituida por la fiesta de la Exaltación de la Cruz cada 14 de septiembre. 

Joaquín Sorolla: El Baile. 1915.

 Antropólogos, como Rodríguez Becerra, han resaltado que esta celebración habría tenido un histórico origen que se remontaría a fiestas incluso precristianas y que se centrarían en el culto al árbol florecido en primavera, para luego ser transformadas sustituyendo el árbol por otro Árbol, en este caso de la Salvación, o sea, la Cruz. El fenómeno festivo de la cruz de mayo incluso fue recogido en algunas comedias de Lope de Vega, como por ejemplo, en "El acero de Madrid" o en "El testigo contra sí":

Paseando por Sevilla
día de la Cruz de mayo,
en el muestra más grandeza
que en el discurso del año,
porque con su devoción
en mil partes levantando
pirámides a la Cruz,
al mismo sol vence en rayos,
entre unos altares vi,
en su riqueza admirado,
a Lisardo, a quien el cielo
dio su merecido pago.

En el siglo XIX se sabe que la organización corría por cuenta de las mujeres de cada vecindad, patio o corral de vecinos, sin que la iglesia ejerciera cierto control. El cante, el baile, la alegría y la manzanilla corrían a raudales bajo el altar montado para la ocasión con innumerables lamparillas, farolillos, cadenetas y colchas y mantones de Manila como telón de fondo para la Cruz de Mayo que presidía el espacio con sus mejores galas, macetas y plantas, flores naturales y rodeada de utensilios de cobre del ajuar doméstico, candelabros o incluso piezas cedidas por alguna Hermandad, como ocurría en la Cruz montada la calle San Jacinto en 1926 con enseres de la Hermandad de la Esperanza de Triana; un periodista del momento indicaba en el diario "El Liberal" que "estas cruces no pueden competir con las de vecinos, porque nadie tiene esos componentes a mano"

En el zaguán del patio o corral, se colocaba una especie de mesa petitoria ("la batea") a cargo de jóvenes vecinas en la que se recababan donativos para sufragar los gastos del montaje. Presidía la Cruz, como decimos, pero también estaban presentes elementos ya prácticamente desaparecidos y hasta desconocidos muchos, como el pianillo u organillo. 

¿Cómo era la celebración hace cien años en Sevilla? Rebuscando un poco en hemeroteca, hemos hallado algunas crónicas y referencias de aquella época.

En 1923, por ejemplo, el jurado formado por los señores Piazza, Bermudo, Rueda, Carretero, Luca de Tena y Grosso, visitaba las diferentes cruces inscritas en el concurso del Ayuntamiento, con 500 pesetas en premios, 200 para el primero, 150, 100 y 50 pesetas para las siguientes cruces, con la curiosidad de que sólo se permitía participar a cruces montadas por particulares, quedando excluidas las de entidades o hermandades, quienes veían en ello una oportunidad para sanear sus siempre maltrechas arcas. Como dato, aquel año se instalaron un total de 45 cruces, permaneciendo montadas hasta la festividad del Corpus, primando, a la hora de valorarse, tanto el adorno de la cruz como el ambiente festivo en torno a ella. 

En el Diario El Liberal, siempre atentos a las tradiciones locales, se publicaban sabrosas crónicas sobre las diferentes cruces y quienes las montaban, destacando aquel año 23 la de la Hermandad de Monte Sión, situada en el Pasaje de Valvanera:

Diario "El Liberal", 20 de mayo de 1923.

Por aquel entonces, se planteaba un interesante debate acerca de la necesidad de cobrar "invitación" por entrar o de al menos solicitarla para "privatizar" la celebración, como ocurría por ejemplo en la organizada por la Agrupación Cultural de Dependientes en la calle Amor de Dios número 23 o en la antes aludida de San Jacinto, instalada por cofrades de la Esperanza como José Mensaque o José Rodríguez. En la calle Relator, al hilo de esta cuestión, en el llamado "Salón Moderno" se encontraba en 1926 la Cruz de la Sociedad "Los Criticones" (nombre que lo decía todo, a fuer de ser sinceros), quienes afirmaban que se montaba "para recibir a sus amigos y enemigos. No se trata de una Cruz de Mayo con entrada de pago ni un baile de profesionales", todo lo cual era una declaración de intenciones. Otra Cruz, aunque sólo para sus socios, la montaba el Círculo Mercantil en su caseta de Feria en el Prado de San Sebastián, ya que se trataba de una estructura metálica que permanecía siempre situada allí. 

Calle Feria, número 3

Calles como Pureza, Almirante Valdés número 5 (desaparecida barreduela en la zona de la calle Imagen, por la Hermandad de la Trinidad), Valme (en San Bernardo), Plaza Menjíbar, Rodrigo de Triana, Pureza, Torneo 67, González Cuadrado 52, Divina Pastora 25 o Resolana 28 (con pancarta incluida que decía "Viva la Macarena porque es su barrio") formarían parte de un recorrido en aquellos meses de mayo de los "felices años veinte" cuando propios y extraños acudían a la expectante Sevilla de los preparativos de la Exposición Iberoamericana de 1929. 

Calle Macasta

Fiesta profana y religiosa, quizá con más de lo primero que de lo segundo, en 1926 el entonces Cardenal Ilundáin decide tomar cartas en el asunto ante, se supone, algunos hechos, y firma un decreto en el que  “...reprobamos el abuso de colocar cruces, llamadas de Mayo, en lugares profanos, señaladamente en teatros, casinos, centros de recreo, cines y otros lugares, celebrándose fiestas licenciosas, o bailes escandalosos, y otros excesos que no son la verdadera tradición andaluza sino una profanación de la cruz y de la tradición andaluza de legítimo abolengo cristiano...”, rogando incluso a los fieles cristianos a no asistir a estas celebraciones donde tenían sitio bailes “peligrosos o se concurre con trajes provocativos o atavíos libidinosos”.

 No deja de ser curioso, además, cómo las modas influían, pues la prensa local se hacía eco de elementos "modernos" que, según ella, desentonaban, como orquestas de Jazz, bailes poco andaluces como el fox-trot o el vals, o la instalación de "ambigús" o tómbolas, por no hablar de la cada vez más frecuente utilización de ¡bombillas eléctricas!.  

Tras la Guerra Civil, el fenómeno de las cruces de mayo fue apagándose poco a poco, incluso la prensa local, allá por mayo de 1959 se lamentaba de la falta de noticias sobre el montaje de ni siquiera una en la ciudad: 

Sevilla: Diario de la Tarde. 20 de mayo de 1959.

Como vemos, no siempre cualquier tiempo fue mejor...

lunes, 3 de mayo de 2021

A comer

 

A la hora de detallar aspectos sobre cualquier convento o monasterio, bien masculino, bien femenino, siempre suele hallarse bastante información sobre su historia, su patrimonio artístico y otros elementos quizá más “llamativos”, pero pocas veces se encuentran pormenores de zonas que, aunque cotidianas, tenían capital importancia dentro de la vida monástica, como por ejemplo el Refectorio.

Originada del latín “Reffectorium”, la palabra alude al espacio en el que los monjes tomaban alimento, tres veces al día, a veces solo dos, o incluso una en tiempos de ayuno en Adviento o Cuaresma, contituyendo uno de los momentos, junto con la liturgia en el templo, en el que la comunidad se reunía en torno al prior o abad. Los grandes artífices del fenómeno monástico europeo, como San Benito de Nursia o Bernardo de Claraval, especificaron y ordenaron la vida en el cenobio, haciendo especial hincapié en la necesidad de la autosuficiencia y del aislamiento del mundo. Huertos, rebaños, maitines, silencio, escritorios donde los copistas realizaban su labor hoja a hoja, "ora et labora", en definitiva; quien haya leído "El Nombre de la Rosa" o incluso visto la cinta cinematográfica, sabrá de qué hablamos. 

Orientado al claustro normalmente y en dirección norte-sur, el refectorio se ubicaba siempre en el sector con mayor luz solar a lo largo del día, y también se construía con cierta altura y abovedado, a fin de gozar de buena acústica para una de sus funciones, pero no nos adelantemos. Los cistercienses, por poner un caso, prescindían de todo tipo de decoración en él, mientras que en otras congregaciones, los jerónimos por ejemplo, una escena de la Sagrada Cena solía decorar el muro de la cabecera, como la que se conserva en el refectorio del desaparecido monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo en Santiponce. Datable como del siglo XV por su arcaismo, destaca por sus grandes dimensiones.


También vale la pena recordar, por qué no, que el antiguo refectorio del Convento de San Agustín, en los aledaños de la Puerta de Carmona, se conserva todavía en pie y en uso por la Hermandad de San Esteban, quien lo usa como salón de actos o que la actual Sala II del Museo de Bellas Artes de Sevilla se ubica en lo que fue refectorio del Convento Casa Grande de la Merced.

¿Qué comían? Cada Orden religiosa establecía qué tipo de alimentos y de qué manera habían incluso de prepararse, aunque casi todas coinciden en la abstinencia parcial o total de carne, de ahí que los cartujos sevillanos, por ejemplo, fuesen famosos por el llamado "Jamón de la Cartuja" o lo que es lo mismo, un exquisito atún en salazón (mojama, para entendernos) pescado en las almadrabas gaditanas propiedad de la propia orden cartujana y (alguna vez lo hemos comentado) famosos también por la denominada "tortilla cartujana", a base de simplemente huevos batidos, sal y aceite. Creada en los fogones de la propia Cartuja de Santa María de las Cuevas, los invasores franceses del Mariscal Soult (quienes convirtieron el refectorio en almacén de grano) tomaron la receta como propia llevándosela a su patria y convirtiéndola en la "tortilla francesa" de toda la vida. 

En general, abundaba, ni que decir tiene, el consumo de pan, aceite, legumbres, lácteos, hortalizas y frutas, con especial protagonismo para potajes, sopas y menestras, planteándose incluso una interesante dualidad entre la forma de comer de la nobleza, que se alimentaba de carne de caza y asados, y el clero regular, que como hemos dicho abogaba por la comida hervida. Cada monje recibía una libra de pan en las comidas, unos 400 gramos, acompañado de la consabida ración de vino, quien jugaba un papel protagonista al ser bebida usada con mucha frecuencia aunque con moderación; en la Regla de San Benito se establecía que cada monje recibiría una hemina de vino, el equivalente actual a un cuarto de litro. Algo similar ocurriría en el norte de Europa con otra bebida alcohólica que nuestros días también ha cobrado gran preponderancia social: la cerveza, empleada como sustitución del agua (casi siempre insalubre) y del alimento (al estar realizada con cereales nutritivos), por no hablar de su uso como producto a vender para obtener beneficios económicos para el monasterio.

Antes de las comidas, los monjes eran llamados a ellas mediante el toque de campana; debían lavarse concienzudamente las manos, eliminando la suciedad de la tierra labrada o de la tinta de los escribanos, la entrada al refectorio se hacía siempre de manera ordenada y con la presidencia del Abad o Prior, quien ocupaba el lugar preferente al fondo, rodeándose de los clérigos o monjes con cargos o con mayor antiguedad. Las mesas estaban dispuestas en paralelo y arrimadas a los laterales de la sala, en cuyos muros habría bancos corridos. La comida era servida en grandes ollas o marmitas y el primer bocado, para su aprobación, corría por cuenta del prior; quien en el caso de los cartujos, al hacer el gesto de descubrir el pan, tapado por una servilleta, daba por comenzada la comida, no sin antes las preceptivas oraciones de acción de gracias. 


 Varios monjes (o monjas) tendrían diversas funciones en el refectorio, uno de los más importantes sería el llamado "refitolero", encargado de su orden y de que todo estuviera dispuesto en cada comida, siempre con la ayuda de los cocineros y ayudantes que durante cada jornada se afanaban en los fuegos. El papel del Lector era fundamental, pues con sus textos ponía "banda sonora" al momento de comer, brindando, por así decirlo, "alimento espiritual" a sus compañeros y disponiendo para ello de una especie de púlpito desde el que proyectar su voz sobre el silencio reinante. En el sevillano convento de Santa Clara, actual Espacio Santa Clara dependiente del Ayuntamiento de la ciudad, aún se conserva en su refectorio el púlpito, así como las dos hileras de mesas. Como curiosidad, la Regla de San Benito establecía que quien ejerciera de lector recibiera un vaso de vino y algo de comida antes de cumplir su cometido, y que comiera a la finalización junto con los cocineros y demás personal. 

Normalmente, desde la Edad Media, cada monje disponía de una escudilla, un jarro, un cuchillo y una servilleta a modo de servicio de mesa, aunque poco a poco se fue introduciendo el uso de la cuchara y más tarde, el tenedor. En el siglo XVIII, un manual para monjes capuchinos establecía una serie de normas sobre cómo debía comportarse en la mesa un buen "comensal": 

 «No han de comer puestos los codos sobre la mesa, sino de modo, que las manos toquen solo por las muñecas en el borde de la mesa, teniendo el cuerpo igual, no agoviado. Assi mismo han de comer no apressuradamente, sino con modestia, y gravedad; ni han de comer à dos carrillos, ni à dos manos; ni royendo los huessos; ni sacando con estrepito voràz la caña de ellos, chupandolos, ò golpeando sobre la mesa para esso. Es vicio también morder el pan, y de las demás viandas, sin partirlas en menudos pedaços; sorber el caldo à grandes tragos; llenar de sopas migadas la escudilla hasta reboçar; aplicar la vianda à la boca con la punta del cuchillo; soplar al caldo, escudilla ò vianda; llegar con la boca al plato para tomar el bocado; comer la fruta a bocados y sin mondarla; ajar la comida con las manos; chupar los dedos; barrer con ellos la escudilla, ò plato,  dandole vueltas al rededor; dexar muchos fragmentos de pan; mancharlo con la bebida, ò vianda; descortezarle, ò, estando entero, decentarle para tomar del uno o dos bocados para acabar de comer. Todos estos vicios se han de huir, y lo nota San Buenaventura

Detalle interesante, la comida era preparada en el "Infierno", término coloquial para designar a las cocinas y que o tendría que ver con que allí se cocinaba la pecaminosa carne, o con la existencia de fuego y calor hasta extremos insoportables a semejanza del Averno. 

Tal era la importancia del momento de la comida comunitaria en el refectorio que una de las sanciones habituales que se imponían a los monjes, debido a faltas leves como la impuntualidad, la negligencia o la desobediencia, era la del castigo a comer en solitario, sin la compañía del resto de hermanos o incluso el ayuno durante un día a fin de darle tiempo para el arrepentimiento y la contrición. 

En cualquier caso, y tras este somero recorrido por los refectorios monacales, recordemos a Santa Teresa de Ávila: "También entre los pucheros anda el Señor". Que aproveche.