lunes, 28 de enero de 2013

Al por menor.-

Créanme quienes siguen aquestos pliegos que si ya en anteriores peripecias sufrimos feroces terrores, como cuando descubrimos escaleras que subían y bajaban por sí solas o cuando dimos cuenta de cómo es agora necesario hablarle a paredes para franquear puertas, en aquesta ocasión, por tratarse de aventura digna de ser narrada por célebre Manco de Lepanto, autor del Ingenioso Hidalgo, comprenderán que nuestros pavores hayan alcanzado cotas inimaginables. Mas vayamos por partes.

 Conocimos no ha mucho competente maestro relojero en la collación de Santa Catalina, que frente a su templo parroquial (que dicho sea de paso, prosigue infelizmenete clausurado), asentaba sus reales y ejercía su noble oficio entre péndulos, manecillas y ruedas dentadas. Exigua tiendecilla, acceder a ella suponía escuchar una perpetua melodía de tic-tacs que agradaba no poco a parroquianos.

 Desapareció relojería sin saber motivos, y bien que lo lamentamos cuando no ha mucho acudimos a ella y encontramos en su lugar extraño cubículo vivamente iluminado y repleto de curiosos anaqueles o estanterías tras cuyos cristales, protegidos de manos codiciosas, exponíanse no pocos alimentos y bebidas.


Apenas entrados en tal sitio, apreciamos total ausencia de tendero o mozo que atendiera clientela, sin que existiera mesa o banco en que poner mercancías y menos aún puerta a almacén o cosa similar. Si todo ello nos resultó cuanto menos sorprendente, más aún fue, rayano en paroxismo, escuchar como  una voz, femenina sin duda y no exenta de aterciopelado eco, nos daba bienvenida a aquel lugar; y vive Dios que intentamos sin éxito trabar conversación con dicha fémina, que sin embargo sólo repetía, incesante, misma frase y tono, ignorando de dónde procedía.

 Resignados a nuestra suerte, procuramos adquirir algunos de los bocados que aparecían dibujados con vivos colores en las antedichas repisas, incluyendo extraños panes y no menos curiosas tortas que nos dicen proceder de Italia y se prodigan muchos en estas calendas, hasta que finalmente colegimos que era menester introducir algunos maravedís en dichos artilugios y aguardar a que brotasen, como por ensalmo, de ciertos orificios practicados en ellas.

Añadir leyenda
Quede para otra ocasión relatar otro tipo de curiosísimos aparejos y enseres que también exponíanse, pues por apariencia y aspecto no dudamos que han de procurarse para ocasiones ciertamente de alcoba, mas como dicen gentes de farándula, mejor hagamos "mutis por el foro" en este tenor, que no es aqueste lugar para disquisiciones sobre tales aperos.

viernes, 18 de enero de 2013

Cerrajería

 Teniéndonos por devotos en materia de religión, mas sin caer en beaterías, decidimos no ha mucho acudir, entre otros menesteres, a encender candelas y orar ante cruz que recordábamos  situada desde 1692 en la collación del Salvador,  en confluencia de la calle de la Sierpe con la de Arqueros, aunque más tarde llamóse de Cerrajeros o Cerrajería, de donde tomó nombre tal Cruz.

  Grande fue nuestra extrañeza cuando en vez de dicho crucero hallamos singular puestecillo hecho todo de hierro en que véndense gacetillas y golosinas, amén de otras vituallas y pliegos de cordel, sin que quede huella de antedicha cruz.

 Acumuló aquel lugar leyendas en torno suya como la de cierto caballero muerto en duelo a sus pies sin que lográrase averiguar su desafiante (y eso que lo intentó el Santo Oficio) o la de aquel otro sujeto que pasaba noches rezando de hinojos y contrito ante ella pero que cuando pasaba algún viandante a su vera extraía de su capa enorme faca o navaja y procedía a desvalijar al ingenuo, claro exponente del refrán “a Dios rogando y con el mazo dando”, si se nos permite la expresión.

 Prueba de su preponderancia fue que dicho sitio fue escogido por autoridad eclesiástica en 1777 para poner tribunal (resguardado en un zaguán, eso sí) donde tomar horas a las cofradías cuando se encaminaban a hacer estación penitencial a la Santa Iglesia Catedral, mucho antes que se colocara palquillo en plaza de la Campana; igualmente, llegado mayo, celebrábanse fiestas y saraos de lo más ameno y divertido, sin que faltaran, dicen, seguidillas y castañuelas para solaz de mozos y majas.

 Según hemos averiguado, la cruz fue retirada de tal sitio en 1840 tras no pocas peripecias y vicisitudes, quedando depositada en Convento Casa Grande de la Merced y más tarde en el museo arqueológico, de donde fue rescatada por Santiago Montoto (erudito hispalense y cronista de esta Ciudad) en 1918 para presidir la plaza de Santa Cruz, según proyecto del arquitecto Juan Talavera y en cuyo solar habría estado demolida parroquia del mismo nombre. 

 De tal modo, allí nos la encontramos orgullosa y esbelta, tal y como fue concebida por Sebastián Conde, natural de la onubense villa de Almonte, y en cuyo recuerdo hízose copia de tal cruz para rematar airosa espadaña del santuario de la venerada imagen que llaman de Santa María del Rocío en aquellas tierras almonteñas. 










martes, 8 de enero de 2013

Cuesta.-

Afirman quienes de esto saben que disponémonos a remontar Cuesta de Enero, mas evitaremos hacer mención della, que goza de suficientes detractores, sino a Cuesta del Bacalao, denominación dada a cierta calle hispalense por motivos de sobra conocidos aunque en honor a verdad responda a otro topónimo.

En realidad llámase tal calle “Argote de Molina” en honor de insigne aristócrata, poeta y genealogista nacido en 1548 y que entregó su alma al Creador en 1598, aunque no es menos cierto que recibió también en mis tiempos el nombre de “Marmolejos” en recuerdo de cierto caballero que acudió acompañando al Santo Rey durante la Conquista de la Ciudad allá por la décimo tercera centuria y que otrosí recibió peregrino nombre de “Horno de las Brujas” según algunos por tener residencia en dicha vía gentes de dicha Ciudad de Brujas, según otros por extraordinario suceso acaecido en el siglo XV y que relataremos de seguidas:


Por aquellos lares habitaba en sucia casucha deplorable anciana que basaba su sustento diario en pociones, amuletos, brebajes y filtros, sin olvidar su oficio como echadora de cartas. Desdentada, de escaso aseo y atrabiliario aspecto, tenía la vieja hijo pendenciero y bravucón, más dado a lances de espada, trasegar entre barriles y a juegos de dados que a gozar de digno oficio, estando ambos ajenos a toda devoción y temor de Dios.
Acaeció que cierta noche regresó el antedicho mozo a su hogar tras abundantes libaciones cuando,  hallando atrancada puerta de la vivienda, resolvió, acuciado por Morfeo, echarse a dormitar dentro de un horno que poseía su madre para cocer pan y del que hallaba provecho el vecindario.

A la amanecida siguiente, sin percatarse de presencia de su durmiente retoño, la anciana procedió con toda naturalidad a prender leña para el fogón, sin que tardaran en oírse en toda la calle gritos y lamentos del mozo que sin poder salir padecía tremendos sufrimientos por humo y llamas, no faltando entre vecindario quien intentara echar mano para sacarlo de tan horrendo suplicio y quien incluso aludiera a castigo divino por las prácticas esotéricas de su señora madre.

Desesperada por ver a su retoño pasto del fuego, acudió en socorro de ambos cierto fraile franciscano de nombre Fray Diego de Alcalá quien tras percatarse de la magnitud de la tragedia que se avecinaba tomó apresurado camino y acudió a la Catedral para ante la milagrosa imagen de la Virgen de la Antigua rezar un par de salves en fervorosa rogativa. Y cuentan que no fue sino concluir la segunda cuando milagrosamente cesaron las llamas y pudo salir, algo chamuscado, eso sí, mozo del interior del horno.
No quedó ahí la cosa, pues la bruja determinó abandonar mal camino y entrar en buena senda cristiana, mientras que su hijo retiróse a un cenobio franciscano en tierras granadinas, del que llegó a ser, andando años, Prior.

Quede constancia, por tanto, de cómo esta Cuesta que tanto nos place, y aún más a cofrades, encierra portentosa historia que poco tiene que ver con marmolejos o bacalaos.