28 marzo, 2022

El Señor de las Fatigas


Fue para muchos la última visión antes de su muerte, estuvo (y está) en el epicentro del bullicio catedralicio, sirvió como modelo para una Hermandad de Carmona y hasta el escritor que dio vida al Ratoncito Pérez llegó a mencionarlo en sus escritos. Pero como siempre, vayamos por partes. 


 Es cosa sabida que en el tiempo esplendoroso y lleno de contrastes de la Sevilla del XVI las llamadas "Gradas" de la Catedral constituían uno de los puntos fuertes dentro de lo que era el gran mercado de productos llegados desde América, de hecho, la cercanía de la Alcaicería de la Seda (actual Hernando Colón) y la proximidad con los grandes centros de toma de decisiones (Cabildo de la Ciudad, Casa de Contratación, etc) hicieron que los mercaderes se agolparan en esta zona pregonando sus productos, desde especias hasta esclavos, con el consiguiente griterío que amenazaba la quietud del templo catedralicio, quizá por eso se colocó en la Puerta del Perdón el famoso relieve de la Expulsión de los Mercaderes del Templo a modo de amenaza y quizá por eso los canónigos de la Catedral suplicaron al Rey que construyese un nuevo espacio como Lonja (el actual Archivo de Indias).

Enmedio de ese ambiente heterogéneo y colorista, ruidoso, bullanguero y hasta peligroso por la abundancia de pícaros y amigos de los ajeno, la fachada norte de la catedral ostentaba varias capillas en las que se colocaron varias imágenes de devoción, quizá con el objetivo de sacralizar el espacio y evitar, en lo posible, desmanes y sacrilegios a las mismas puertas del primer templo de la ciudad. 

En una de esas capillas, la Hermandad Sacramental del Sagrario, como ha documentado Gámez Martín, acordó solicitar al cabildo catedralicio la colocación de una pintura de carácter pasionista, que será encargada al pintor sevillano Luis de Vargas (1506-1567). En concreto, se trata de la imagen de Jesús en la calle de la Amargura, en ademán encorvado, portando la cruz del revés con la particularidad de que, según tradición, la túnica que porta es de color blanco; ¿Por qué?

Dejemos que sea el historiador González de León quien lo explique:  

"es voz común que se pintó así, porque antiguamente paseaban por la estación del Corpus, a los reos que llevaban a morir por sus delitos, y al pasar por este sitio los paraban para que rezasen al Señor, y como estos reos para ir al suplicio llevan puestos una opa blanca, pintaron a Jesucristo del mismo modo, para que su vista les sirviera de consuelo”

De este modo, podemos imaginar cómo de tremendo serían esos momentos postreros en la vida de cualquier condenado a la pena capital, orando arrepentido ante la imagen de Jesús Nazareno, rodeado de todo el cortejo habitual en estos casos: tropas, alguaciles, oficiales de la justicia, sacerdotes, y la consabida multitud agolpada en la estrecha calle Alemanes. Téngase en cuenta que el recorrido de los reos hasta el patíbulo de la Plaza de San Francisco era similar al del Corpus Christi, esto es, iniciándose en la calle Sierpes, sede de la Cárcel Real, por Cerrajería, Cuna, Salvador, Álvarez Quintero, Chapineros, Francos, Placentines, la calle Alemanes, para luego tomar por Génova (actual Avenida) y de ahí a San Francisco. Toda una "carrera oficial", aunque por aquellas calendas se decía "por las calles acostumbradas".

Sin embargo, la ubicación de la capilla, la fuerza del sol en aquella zona e incluso los desperfectos causados por un fuerte temporal de lluvia y viento en 1777 hicieron tanta mella en el lienzo original que finalmente en octubre de 1778 el pintor Juan de Espinal se comprometió a realizar una nueva pintura, copia fiel del original, por 1.800 reales, como afirma Gámez Martín. Esta segunda versión es la que ha llegado hasta nosotros, restaurada a su vez en el pasado siglo XX (y en 2014 por Ars Nova) y expuesta a la veneración en su retablo tras las obras de acondicionamiento de la Biblioteca Colombina.


No es de extrañar que la imagen pintada por Luis de Vargas pronto adquiriese la advocación de Cristo de los Ajusticiados, de los Ahorcados o de las Fatigas, que de estos tres modos hemos leído descripciones, gozando de cierta devoción popular durante siglos, algo que se puede comprobar incluso en cómo la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Carmona, a la hora de encargar, en 1607, su imagen titular al escultor Francisco de Ocampo le solicita que sea una figura de cedro de "un hombre de siete palmos y medio y que la hechura de él sea de la misma trasa e hechura del Cristo questá a las espaldas del Sagrario de la Santa ygrecia desta ciudad ensima de las gradas". 

  Sobre la pintura, dos textos en latín que son toda una declaración de intenciones: "Tibi soli pecavi" (contra Tí solo pequé) y "Parce peccatis meis" (perdona mis pecados). Como curiosidad, el jerezano Padre Coloma, autor de cuentos y novelas en el siglo XIX, y creador de la figura del Ratoncito Pérez como personaje de un cuento escrito expresamente para el aún niño Alfonso XII, narra, sin decir dónde, cómo era el retablo del Cristo de los Ajusticiados: 

Hay en la Catedral de ..., en la fachada que mira al lado de poniente, un balcón de pesado herraje, no muy distante del suelo, cuyas sencillas puertas de madera aparecen de ordinario cerradas. Una vez las vi abiertas,  y sentí al verlas ese estremecimiento repentino de todas las fibras, que producen en el alma las cosas sublimes; porque era lo que allí había, lo más profundo, lo más misericordiosamente grande que pudo la caridad inspirar a la fe, para apoyo de la esperanza.

Sobre un altar cubierto de negro, ardían seis velas de cera amarilla, ante un gran cuadro de oscuras tintas, en cuyo fondo se destacaba una imagen de Jesús Nazareno, camino del Calvario, llevando la cruz a cuestas, vestida, en vez de túnica, con una hopa en todo semejando a la que llevan al patíbulo los condenados a muerte... Llamábanle por esto el Cristo de los Ajusticiados, y era costumbre que todos los que habían de serlo, pasasen ante la imagen al marchar a la muerte, y postrados a sus pies rezasen el Credo...

Impasible al discurrir de los siglos, ya no recoge las súplicas desesperadas de aquellos que marchaban rumbo a la muerte, quizá ahora sea testigo de la vida cotidiana, de turistas despistados mapa en mano o escenas, por fortuna, mucho más alegres que las aludidas con anterioridad.

21 marzo, 2022

El escultor de la Alameda.


Tuvo estudio en la Alameda de Hércules, alcanzó fama por su labor escultórica, reparó unas manos dolorosas de San Juan de la Palma y tuvo, por desgracia, un triste final. Pero como siempre, vayamos por partes. 

Antonio era hijo de Manuel Susillo, sevillano, comerciante de aceitunas en el mercado de la Feria, y de Josefa Hernández, natural de Sanlúcar de Barrameda. En 1893, año en que sucede lo que relataremos, cuenta con treinta y seis años de edad y está en el momento más dulce de su carrera como escultor, tras una intensa vida en la que incluir la oposición de su padre a que abandonase el negocio familiar, el aprendizaje artístico con José de la Vega o el apoyo y mecenazo de personajes tan destacables como los Duques de Montpensier, la reina Isabel II o el príncipe ruso Romualdo Giedroik, chambelán del zar Nicolás II, gracias a los cuales podrá darse a conocer a un alto nivel y viajar y establecerse en ciudades como París o Roma.

Idealista, melancólico y perfeccionista al decir de alguno de sus biógrafos, como el profesor Juan Miguel González Gómez, Antonio Susillo había recibido, como vemos, una más que notable formación y gozaba de no muy mala posición económica; en plena juventud contraerá matrimonio e incluso será padre de un hijo, con la desgraciada circunstancia de la muerte de su esposa (1880) y su vástago en un corto espacio de tiempo, algo que le marcará de por vida y a lo que habrá que sumar el fallecimiento de su padre en el domicilio familiar en Alameda de Hércules, 42.


En contraste con todo esto, recibirá honores de todo tipo, desde caballero de la Real Orden de Carlos III, distinción otorgada por Alfonso XII, hasta Académico de la Real de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, pasando por la Cátedra de Escultura de la Escuela de Bellas Artes, puesto que desempeñó tiempo indeterminado con un salario anual de dos mil pesetas de la época. 

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/17/Antonio_Susillo.jpg

Su obra, heredera de la transición entre el romanticismo y el realismo, había ido creciendo y perfeccionándose hasta alcanzar cotas de gran calidad. Monumentos como el de Velázquez, el de Daoiz en la Gavidia, esculturas como las del palacio de San Telmo, relieves, retratos, ponían de manifiesto su afán como artista y creatividad, en contraste con su carácter cada vez más solitario y tendente a la depresión, que tampoco se vio modificado para bien con un nuevo matrimonio ya en plena madurez, del que infelizmente no pudo obtener la paz y el consuelo del que gozó en vida de su recién fallecida madre.

La Semana Santa de 1893 quedó marcada por un suceso accidental en el que Susillo será parte importante a posteriori. Es Domingo de Ramos, un Domingo de Ramos festivo y de regocijo para los sevillanos y para los cientos de visitantes que se agolpan en las calle de la ciudad mientras la Hermandad de la Amargura transita con su cortejo de nazarenos por una abarrotada Plaza de San Francisco, la Virgen acompañada por San Juan avanza entre nubes de incienso... pero dejemos mejor que lo cuente el anónimo reportero del periódico La Andalucía con su característica prosa: 

Se levantó el paso recorriendo unos diez metros, cayendo de nuevo pesadadamente, sin poderse por el pronto adivinar la causa que influía en tan repentina parada. Hé aquí lo ocurrido: Los que se encontraban más inmediatos á las andas, notaron un humo espeso que salía de ellas y que no podía confundirse con el del incienso, y á seguida un grito de espanto y horror se escapó de mil bocas, la santa imágen de la Virgen se vió rodeada inmediatamente por una inmensa é imponente columna de fuego. Las escenas que se sucedieron entonces, fueron indescriptibles y la confusión espantosa; muchas señoras se desmayaron, y ni los cofrades ni las autoridades atolondradas, se decidían á disponer nada por salvar tan preciosas reliquias.

Pasados los primeros momentos de estupor, el señor Fajardo Guajardo, el guardia municipal, don Rafael Perez Barriga, escribiente en la Comandancia, el cajista señor Alférez y varios conductores del paso, se subieron sobre las andas y comenzaron á atacar el devorador elemento, que amenazaba con reducir á cenizas tantos inestimables tesoros.

A pesar del natural aturdimiento, muchos recordaron que la célebre escultura de San Juan, era una de las más inestimables joyas artísticas que honran á Sevilla, y un inmenso grito
dominó el tumulto, oyéndose claramente: «¡Que se salve el San Juan!¡que se salve!» Para conseguir este objeto, algunos empezaron á tirar de la efigie, consiguiendo separarla algún tanto del foco del incendio, aunque no desprendiéndolo por completo.

La corona la arrancó el guardia á que nos hemos referido anteriormente, logrando por último quitar el manto. El fuego pudo ser sofocado á los cinco minutos, gracias á que los conductores del paso se valieron para tal objeto de los sacos que llevaban.

  


¿Qué había sucedido? Al parecer, una lámpara en el interior de la parihuela, encendida para el trabajo de los costaleros, habría prendido los ropajes de la Virgen y San Juan, siendo el origen del foco del desgraciado incendio que dañó rostro y manos de la Dolorosa y también causó desperfectos en la imagen del Discípulo, realizada por Hita del Castillo, por no hablar de los deterioros sufridos en la orfebrería y el bordado del Paso, que regresó a su sede canónica de manera apresurada, apagado, sin música y enmedio de una enorme consternación popular. La Virgen fue cubierta con un manto traído de la cercana parroquia del Salvador junto con una colgadura granate del Ayuntamiento, sin que faltaran sustos y carreras debidas a la acción de la Guardia Civil en su intento por proteger las andas y salvaguardar las joyas que portaba la Virgen, algunas desaparecidas y otras, como un brillante de grandes dimensiones, devuelto por un guardia municipal que lo halló en el suelo de la plaza tras la confusión producida. 

Sin terminar aún la Semana Santa, la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Amargura, como ha documentado Álvaro Cabezas, puso  manos a la obra para recuperar los enseres deteriorados y reparar los daños, con la curiosidad de que incluso durante el Miércoles Santo hermanos de la corporación vistiendo el hábito nazareno realizaron una cuestación para recaudar fondos en la zona de los mismos Palcos de la Plaza de San Francisco donde había tenido lugar el triste suceso. 


 Es en este momento cuando entra en escena Antonio Susillo, dada su doble condición de hermano de la hermandad y de escultor, al encargársele la intervención tanto en la imagen del San Juan como en la de la propia Virgen de la Amargura; los trabajos consistieron en la limpieza y restauración de aquellos elementos dañados por el fuego o la violencia con la que fueron retirados del Paso, mientras que fue finalmente necesario hacer un nuevo juego de manos para la dolorosa. De este modo, el nombre de Susillo quedaría ligado para siempre a su Hermandad, en la que, con el paso de los años, quedaría depositada incluso su propia mascarilla funeraria, realizada por su discípulo Viriato Rull el mismo día de su fatal fallecimiento, 22 de diciembre de 1896, cuando el autor de las manos de la Amargura decidió que la vida carecía de sentido...

 

14 marzo, 2022

Hermano Mayor.

 

Una de las calles más transitadas en las fechas semanasanteras, sobre todo por servir para cortar camino entre la zona de Plaza Nueva y la Magdalena, es la dedicada a un célebre sevillano, escritor de novela picaresca, y cofrade por más señas, aunque el nombre original de la calle hubo de cambiarse para evitar equívocos groseros; pero como siempre, vayamos por partes.


 

Entre las calles Carlos Cañal (casi al lado del desaparecido Horno de San Buenaventura) y San Pablo, trancurrió, y transcurre, una estrecha y serpenteante callejuela que en su tiempo se denominó con nombres tan peregrinos como Lechera o Nabo, sin que se sepa a ciencia cierta el por qué de ambos topónimos. Lo cierto es que con esos nombres aparece reflejada en los planos de Olavide de 1777, hasta que en 1845 se le concede el nombre de Navas, bien en recuerdo de la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) o bien por "maquillar" de modo amable el vocablo original de la calle, que sin lugar a dudas podría dar lugar a todo tipo de chanzas y guasas, especialmente contra quienes dijeran vivir en una calle con tan poco edificante nombre. 

En cualquier caso, merced a las gestiones del sacerdote y cofrade José Sebastián y Bandarán, en 1915 el nombre de calle de Las Navas será definitivamente sustituido por el actual, dedicado al escritor sevillano Mateo Alemán, quien es conocido literariamente como el autor de la novela picaresca Guzmán de Alfarache, o lo que es lo mismo, uno de los más importantes testimonios (junto los cervantinos Rinconete y Cortadillo) sobre cómo era la vida en los bajos fondos de esa Sevilla del siglo XVI.

Bautizado en la Iglesia Colegial del Salvador en el año 1547, el mismo en el que nace Miguel de Cervantes, era hijo de Hernando Alemán, médico cirujano de la famosa Cárcel Real de Sevilla, y descendiente de una familia con antecedentes judeoconversos. Algunos datos mencionan sus estudios de gramática con Juan de Mal Lara y su graduación como bachiller en Artes y Teología en el colegio de Maese Rodrigo en 1564, la actual universidad hispalense, así como ciertos conocimientos en leyes y derecho.


Acuciado por las deudas tras morir su padre, Mateo Alemán hubo de realizar un infeliz matrimonio de conveniencia para no dar con sus huesos en la cárcel, recorriendo media España ejerciendo el oficio de recaudador y juez visitador, pero de resultas de su agitada vida (tendrá buena relación de amistad con Lope de Vega durante su estancia en Sevilla) y de su mala gestión en negocios propios, permaneció preso en Sevilla durante dos años y medio, tiempo más que suficiente para captar las costumbres y modos de vida de la población reclusa sevillana, algo que le sería muy útil al escribir su novela Guzmán de Alfarache, publicada su primera parte en Madrid en 1599 y que alcanzó gran éxito en España y Europa.

Pese a todo, y pese a proseguir su labor como eficiente funcionario de la Corona, volverá a ser encarcelado a su vuelta de Madrid de nuevo en Sevilla; cansado de la vida en España, decide pasar a Indias, embarcando en 1608 y llegando a México, donde entrará a formar parte del personal del arzobispo García Guerra. La suerte, sin embargo, no le acompañó en sus últimos años de estancia americana, ya que fallecerá en la más absoluta indigencia en 1614.

Como cofrade, desde los veinte años Mateo Alemán formará parte de la nómina de hermanos de la antigua Hermandad de la Santa Cruz en Jerusalén ("El Silencio"), y ostentará el cargo de Hermano Mayor entre  1574 y 1595. Durante esa etapa, logrará el importante cambio de sede canónica de la cofradía, abandonando en 1579 el llamado Hospital de la Santa Cruz en Jerusalén, o de los Convalecientes, en la actual calle Rioja y adquiriendo la capilla del Santo Crucifijo y parte del Hospital y Casa de San Antonio Abad, en la entonces calle de las Armas, ahora de Alfonso XII. Se estableció un ventajoso convenio con la Orden de Vienne, propietaria hasta entonces, por el cual habría de recibir de la corporación nazarena seis mil maravedíes anuales.

Además, en 1578, Mateo Alemán recibirá el importante encargo de su Hermandad de redactar nuevas Reglas, en las que, además de establecer la celebración de cultos, estación de penitencia, cabildos y demás cuestiones (como la aparición por primera vez del cargo de Hermano Mayor) se hace especial hincapié en la labor caritativa de la corporación, centrada, como no podía ser de otro modo, en la atención a los presos, aunque dando prioridad por este orden: primero a los que lo fueran por deudas y por supuesto con preferencia hacia los miembros de la Hermandad y sus familiares antes que a cualquier otra persona. 

Como curiosidad, por aquellas fechas los hábitos de los nazarenos eran: "túnicas de color morado, que lleguen hasta el suelo, los rostros cubiertos con capirotes bajos; una soga ceñida a la cintura: en el pecho un escudo de cuero u hoja de Milán, pintado en él la Cruz de Jerusalén, y los pies descalzos". La hoja de Milán, aludía a una hoja de lata, mientras que a los hermanos más antiguos o de mayor edad se les permitía el uso de alpargatas. La cofradía salía en la mañana del Viernes Santo y visitaba cinco iglesias, cercanas a su sede. 


 Las Reglas de Mateo Alemán, de las que se conserva una copia de 1642, restaurada en 2002 por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, fueron copiadas por otras hermandades, como la de Jesús Nazareno de Utrera y además, durante cierto tiempo, se sostuvo incluso que la cruz de carey que porta Jesús Nazareno en la Madrugada habría sido enviada desde México por el propio Mateo Alemán, algo desmentido luego por la investigación histórica, ya que fue donada a comienzos del siglo XVII por la familia Cervantes, residentes en Nueva España. 

No obstante, ¿Por qué no iba a mantener el contacto con sus hermanos de Sevilla? A buen seguro, Mateo Alemán, allá en tierras indianas, nunca olvidaría los ecos penitenciales de su cofradía cada mañana de Viernes Santo... 

Fotos: Marina de Gades.

07 marzo, 2022

Batihojas.

En estas fechas cuaresmales, en las que pronto podremos disfrutar de la belleza de tantas y tantas canastillas talladas y doradas sobre los pasos procesionales de nuestras cofradías, habría que recordar un gremio poco conocido y valorado, pero que con su fuerza, nunca mejor dicho, logró que el oro brillase en esos pasos y retablos barrocos y que llegó incluso a poseer calle propia en nuestra ciudad; pero como siempre, vayamos por partes. 


El uso del oro como elemento decorativo u ornamental está más que documentado desde tiempos inmemoriales, ya que se sabe que en el Egipto de los Faraones se utilizaban finísimas láminas de este material para dorar muebles, sarcófagos o documentos, mientras que en la Antigua Grecia o en el Imperio Romano esta actividad se mantuvo, pues era habitual recubrir las esculturas de dioses con este tipo de elementos para así dotar de mayor apariencia de riqueza a este tipo de imágenes divinizadas, de hecho los artesanos que fabricaba estas láminas de oro eran los llamados Brattarii Inautores y tuvieron bastante importancia por aquellas calendas.

La Edad Media supondrá un importante impulso en pro de este tipo de decoración, ya que será empleada en retablos, muebles y códices, tendencia que se prolongará durante la Edad Moderna, especialmente con la irrupción del Barroco. Su uso se constata en continentes como el americanos, en las culturas precolombinas o en el asiático; como detalle curioso, desde 1593 en Japón el pan de oro o kinpaku se fabricaba (y aún se fabrica) en la ciudad de Kanazawa, utilizándose para dorar desde cajas ornamentadas hasta santuarios y altares budistas.

Protagonistas esenciales de esta historia serán los batihojas o batidores de oro, llamados así porque durante el proceso de fabricación de las láminas, como veremos, se partía de una cierta cantidad de metal precioso (oro o plata) que era sucesivamente golpeado ("batido") de manera manual o mediante prensas. Importante, no confundir con quienes usaban metales como el estaño o el cobre porque eran los que fabricaban el "oropel" u oro falso de mucha menos calidad. 

 

El modo de fabricación comenzaba con la fundición del oro en el crisol, la eliminación de sus impurezas y su colocación en moldes; en ocasiones dada su enorme pureza, se utilizaban monedas de oro, como los ducados castellanos. En ocasiones, el uso de oro de excepcional calidad tenía la desventaja de la fragilidad, de ahí que se le añadieran pequeñas cantidades de otro metal, como la plata. A continuación, extraído del molde, el oro era laminado en una fina tira de 1 o 2 centímetros y sucesivamente golpeado con un grueso martillo en el devastastador, formado por hojas con tapas de pergamino sobre la piedra de batir, hasta alcanzar, en diferentes etapas de “batido”, un grosor de aproximadamente 0,00001 mm, lo que hace que finalmente fuera colocado, ya con una medida normalizada de 8 por 8 cms., entre las hojas de los llamados "librillos" de papel de seda para evitar que, literalmente, volara o se deshiciese entre los dedos, tal era su volatilidad.



Ni que decir tiene que, asentados como honorable gremio, los batihojas poseyeron sus propias Ordenanzas o Reglamentos ya en el siglo XV, en concreto en 1487, en las que se especificaban los derechos y obligaciones, los cargos directivos, las técnicas, los contratos de aprendizaje y precios y todo lo que regulaba el buen hacer desde el punto de vista artesano, sin descuidar, como cualquier otra corporación, la labor caritativa para con los huérfanos y viudas de los cofrades. Además, se procuraba evitar el intrusismo y velar por la calidad de la obra finalizada, existiendo incluso la figura de los veedores para inspeccionar talleres. Como curiosidad, el autor teatral sevillano Lope de Rueda, reconocido por ser el primer actor español que cobró por ello, tuvo por oficio el de batihoja, mientras que José Gestoso registró uno de los escasos nombres de batihojas conservados, el de Juan Días, quien en diferentes ocasiones vendió panes de oro para la decoración de los salones palaciegos de los Reales Alcázares allá por el siglo XVI.

Celosos de sus privilegios, los batihojas sevillanos sostuvieron un duro pleito en 1616 contra los tiradores de oro, alegando los primeros que los segundos estaban habilitados para fabricar galones, canutillos, trencillas o cordones de oro, elementos que en este caso parecían estar vinculados con labores textiles o de bordado, pero no para batir el oro. La controversia legal se zanjó finalmente en favor de los primeros, quienes ya por aquel entonces daban nombre a una calle, la actual Cabo Noval, paralela a Hernando Colón y frontera al edificio del Banco de España, ubicación lógica en cierto modo ya que en esa zona, antigua Alcaicería de la Seda, se hallaban otros gremios basados en el uso de metales preciosos, como por ejemplo, el de los plateros. 


En 1777 una normativa de la Corona prohibió realizar retablos en madera por motivos de seguridad ante el caso de incendio, recomendándose el uso de la piedra (mármol) y evitar el dorado por excesivo coste monetario, a lo que habrá que unir la desaparición de toda la estructura gremial. Era el principio del declive. Con el paso de los siglos la demanda de este tipo de producto fue decayendo paulatinamente, quedando un último reducto en la calle San Luis, donde alcanzó tanta notoriedad por la calidad del oro empleado (de 24 quilates, casi nada) y el tono anaranjado final que terminó adquiriendo la denominación de “Oro de San Luis” para mencionar el oro batido producido en Sevilla hasta comienzos de los años noventa del pasado siglo XX, momento en el que se jubiló el último batihoja, Manuel Fernández Sánchez, fallecido en 2004. Como detalle, el último encargo fue para el paso de la Oración en el Huerto de la sevillana hermandad de Monte Sión, cuando se emplearon 20.000 hojas de oro equivalentes a 420 gramos de este metal. 

 En la actualidad, el oro en láminas se emplea en electrónica, ingeniería aeroespacial e incluso ha llegado a tener una variedad comestible, empleada en alta cocina, y también, por supuesto, ha seguido utilizándose en el mundo del arte, con casos como el del pintor austríaco Gustav Klimt como mejor ejemplo.

pintura de klimt con hoja de oro

 Por su parte, los doradores de hoy en día recurren al oro procedente de Italia o Alemania, elaborado por supuesto con métodos mecánicos, alejados del “batido” que durante años fue banda sonora para aquellos talleres que transformaron el oro que venía de las Indias para recubrir pasos procesionales y retablos como los del Salvador, la Santa Caridad o San Luis de los Franceses, pero esa, esa ya es otra historia.