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15 agosto, 2022

La calle de los costales.

En esta ocasión, pleno agosto, vamos a buscar la "sombrita" al abrigo de una calle poco transitada y que formó parte de uno de los conventos masculinos más importantes de su tiempo; pero como siempre, vayamos por partes. 

A finales del siglo XVII, el arzobispo Palafox y Cardona, impulsor de la devoción a Santa Rosalía en Sevilla, promovió la implantación en nuestra ciudad del Oratorio de San Felipe Neri, congregación creada en el XVI por este santo nacido en Florencia y fallecido en Roma en 1595; el carisma de esta peculiar orden, carente de votos ni de organigrama, excepto la caridad mutua entre sus componentes, se basaba en la oración y la predicación, con la particularidad de que cada convento era independiente de los demás, sosteniéndose con sus propios fondos. 

A comienzos del XVIII, tras bendecirse su iglesia en 1698 por el arcediano de Niebla, Francisco Lelio Levanto,  ya estaba radicado el Oratorio en Sevilla. Para ello, contaron con el apoyo de Josefa Antonia de Alverro, quien donó unas casas de su propiedad en la calle Costales, en la feligresía de Santa Catalina; como curiosidad, esta calle, actual de San Felipe, recibía este nombre porque al parecer en ella se alquilaban los costales necesarios para el transporte del grano que se almacenaba en la cercana Alhóndiga. La nueva sede de los filipense fue puesta bajo la protección de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores.

La actual vía, que arranca en Doña María Coronel y finaliza en Almirante Apodaca, sería, pues, testigo de la llegada de los filipenses a Sevilla, encabezados por el Padre Navascués y del paulatino crecimiento de aquella zona como sede de la congregación, especialmente durante los años como Prepósito (especie de superior o abad) del P. Teodomiro Díaz de la Vega. Sevillano de nacimiento, bautizado en la hispalense parroquia de San Andrés, ingresó en la orden con apenas veinte años, en 1757, y con el tiempo alcanzó fama y popularidad por sus predicaciones, entablando amistad con Fray Diego José de Cádiz y con el también filipense Antonio Sánchez Santa María, fundador del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz. 

Otro filipense, el P. Cayetano Fernández, lo describió como "de estatura prócer, de complexión robusta y carácter enérgico, al mismo tiempo que atractivo y amable, el P. Vega ganaba para Dios las voluntades, imponiéndose irresistiblemente por la admirable fuerza de su fogosa palabra". Fruto de su ingente labor al frente del oratorio (donde se realizarán obras de mejora en capilla y sacristía por más de medio millón de reales) será lograr que el propio Carlos IV colocase al Oratorio bajo Patronato Regio y el enriquecimiento de la iglesia con diversas pinturas y enseres, y lo que es más importante, conseguir gran difusión de los ejercicios espirituales que allí se celebraban, como contaba el escritor José María Blanco White: 

Este sacerdote estaba dotado de grandes cualidades, pero su extraordinaria influencia sobre los demás se debía particularmente a un profundo conocimiento de la humanidad, una gran confianza en sí mismo y una tosca aunque apasionada elocuencia que se unía a los más vehementes sentimientos religiosos. No me cabe la menor duda de que era un hombre sincero, pero también estoy convencido de que amaba el poder y sabía conseguirlo usando la técnica más depurada y eficiente. Ningún potentado oriental podría llegar a superar sus dotes de mando, que rendían a los espíritus más resueltos en cuanto entraban bajo su influencia (...) Tenía una voz ronca y nasal, pero en la capilla privada que había preparado para los ejercitantes sabía modular el tono de su voz con sorprendente efectividad. La celebración de la misa le afectaba de tal manera que sus ojos derramaban torrentes de lágrimas especialmente en el momento de la consagración. Quizás algunos pudieran pensar que era un buen actor, pero yo, que lo conocía muy bien, después de haber meditado muchas veces sobre su persona me veo obligado a librarlo sinceramente de este cargo.

El historiador González de León que llegó a conocer el templo filipense, lo describía así: 

En esta calle estaba la casa de este instituto de San Felipe de Neri, o como generalmente es llamado, oratorio; era en estos últimos tiempos el más rico en alhajas y preciosidades de todos los de la ciudad, con riquísimos ornamentos y ropa de sacristía. El templo es una nave bastante larga, pero no muy ancha, con su capilla mayor elevada sobre cuatro grandes arcos, con su cúpula o bóveda redonda. A los pies del templo está el coro alto, fuera del área, porque, para su construcción, tomaron todo lo ancho de la calle y formaron un arco sobre el cual pisa el coro; y por los lados hay pequeñas capillas que las forman arcos sobre columnas de mármol, y encima pisan tribunas cerradas con antepechos de barandas de hierro, cubiertas con canceles laboreados, pintados y dorados.
                                San Felipe (Número 81), en el plano de Olavide de 1771.                                                                              Pueden apreciarse también los conventos de Santa Inés (91), Las Dueñas (84) y de la Paz (98).

 Además, la sede de la congregación tenía fachada a la calle Doña María Coronel, en cuyos muros, figuraba un muy buen azulejo (atribuido por José Gestoso a José de las Casas, siglo XVIII) representando a Cristo Caído acompañado del Cirineo camino del Calvario y que por fortuna se conserva en el zaguán de acceso al Museo de Bellas Artes de Sevilla, mientras que el muro meridional de la iglesia era frontero a la calle Costales, que no tardó en llamarse, lógicamente, de San Felipe. Detalle interesante, durante un tiempo el llamado Arquillo de San Felipe, o también las Cuatro Esquinas de San Felipe, encrucijada de las calles Gerona (donde aún seguía en pie el monasterio de Las Dueñas) y Doña María Coronel, fue lugar peligroso y poco recomendable por la gente de mala reputación que allí se congregaba aprovechando su escasa o nula iluminación nocturna.

Foto Reyes Escalona

En su época de mayor esplendor, el oratorio llegó a tener alojamiento para hasta noventa personas, seglares o sacerdotes, que acudían a realizar los célebres y antes aludidos Ejercicios Espirituales, sobre todo a raíz de la expulsión de los jesuitas en 1767. El Padre Díaz de la Vega, a quien tocó vivir en primera persona varios sucesos, como el ajusticiamiento de la Beata Dolores en 1788, a quien acompañó al cadalso, o predicar durante el funeral en Sevilla a Luis XV tras pasar por la guillotina durante la revolución francesa, falleció 1805 y sus honras fúnebres fueron toda una manifestación de duelo; en el más que solemne funeral, que congregó a la flor y nata de la sociedad sevillana del momento, se interpretó el Requiem de Mozart.

Ya que mencionamos la música, destacar que para los filipenses era parte más que importante para la liturgia, de modo que misas y funciones solemnes se armonizaban con la participación de orquestas de cuerda a las que se sumaban incluso instrumentistas aficionados, aunque de una curiosa manera como recordaba de nuevo con su prosa José María Blanco White:

“Por otro lado, la iglesia de San Felipe Neri tenía para mí otra gran atracción: en ella se escuchaba música con tanta frecuencia que con razón San Felipe Neri podría ser considerada como la Ópera religiosa de Sevilla. Los buenos padres del Oratorio habían ideado un ingenioso plan para que la música no les costara dinero. Para ello cultivaban la amistad de los mejores músicos profesionales de la ciudad y recompensaban sus servicios dándoles por un lado ayuda espiritual y por otro prestigio mundano. Como también había en nuestra ciudad buen número de aficionados, cuya cooperación gratuita pudiera dar más fuerza a la orquesta, los Padres habían preparado un lugar en la iglesia, oculto por una celosía, donde los caballeros aficionados podían unirse a la orquesta sin ser vistos del público. La buena sociedad sevillana, en vez de considerar degradante este servicio, los consideraba al contrario  como un excelente acto de devoción."

 

Demolición de 1868. Al fondo el convento de Santa Inés.

Aparte de los reseñados desperfectos de 1843 por Van Halen, el año 1868 será crítico para el Oratorio. Poco podría pensar el joven sacerdote y futuro cardenal Marcelo Spínola,  quien habría celebrado allí su primera misa en 1864, que al cabo de un año, en 1865, un incendio dañaría el templo filipense, y que cuatro años después, como decimos, las autoridades de la llamada "Revolución Gloriosa" iban a decretar no sólo la incautación de todos los bienes filipenses, sino incluso la demolición total del edificio e iglesia. Todo ello se realizó en cuestión de días en los meses de septiembre y octubre de aquel fatídico año de vaivenes políticos, prueba de la premura de los trabajos fue que no dio tiempo a trasladar a la cercana parroquia de San Pedro a la totalidad de difuntos sepultados en las bóvedas de San Felipe, perdiéndose al parecer los restos mortales del afamado P. Vega.

A través de sucesivos inventarios y artículos, como los de Roda Peña, Jordán Fernández o Martínez Lara, se puede comprobar la triste disgregación de parte de los bienes filipenses; algunos pudieron ser recuperados por la propia congregación tras su restablecimiento en Sevilla, en la ex iglesia carmelita de San Alberto, como la propia imagen de la Virgen de los Dolores o Santa Rosalía y Santa María Magdalena, ambas de Pedro Duque Cornejo, otros, sin embargo, se conservan en lugares a donde los llevó la fortuna, como es el caso de un San Felipe Neri del mismo autor, ahora en el convento de Santa Isabel, sendos canceles de madera recibidos por las hermandades de Montserrat o El Silencio, o del órgano, importante pieza del siglo XVIII que fue trasladada a la parroquia de la O junto con otros enseres de San Felipe. 

Foto Reyes Escalona
 

En 1878, el nuevo Prepósito filipense, P. García Tejero (cuya figura merecería un artículo aparte) redactó una petición al arzobispado con la intención de recuperar tanto el órgano como cinco lámparas, alegando el pleno derecho y propiedad de las mismas; tras un decreto arzobispal en el que se ordenaba la devolución, en la mañana del 8 de febrero de aquel año, todo estaba preparado para el desmontaje y posterior traslado del órgano, mas, con lo que no contaba nadie es con que: "habiéndose presentado muchos hermanos de Nuestra Señora de la O, han impedido su entrega, alegando que ellos son los únicos propietarios de esta iglesia y de todo lo contenido en ella. No ha habido desorden ni palabras descompuestas. Lo que me apresuro a ponerlo en conocimiento de V. S. para que me de sus órdenes superiores". Allí quedó el órgano a la postre, sobreviviendo incluso a la quema de la parroquia de julio de 1936, y pendiente de una restauración, pero esa, esa ya es otra historia...



12 julio, 2021

Manolito.

 

Desde prácticamente siempre, nuestra ciudad ha generado toda una serie de tipos o personajes muy concretos, a medio camino entre lo entrañable y lo picaresco; en alguna ocasión ya ha paseado por estas páginas el Loco Amaro, sin que pueda olvidarse al casi bufonesco "Bizco Pardal" o soslayarse la figura simpática y bonachona de "Antoñito Procesiones", las rondas nocturnas sorteando automóviles de "Vicente el del Canasto" o más recientemente la pareja formada por Juan Joya y Antonio Rivero, o lo que es lo mismo, el "Risitas" y el "Peíto" que tanta fama mediática alcanzaron con Jesús Quintero en sus programas televisivos. 

A caballo entre el siglo XVIII y el XIX, vivió en Sevilla otro individuo digno de haber aparecido estelarmente en los actuales medios de comunicación por su capacidad para el relato y la exageración. El Deán López Cepero y también Manuel Chaves Rey han dejado detalles sobre la curiosa biografía de Manuel Gázquez, o mejor dicho, Manolito Gázquez, que fue como mejor se le conoció y como se hizo popular en su época. 

 
Había nacido a mediados del siglo XVIII y tenido una infancia difícil y llena de penurias, con muchas privaciones. Tras no pocas vicisitudes, logró establecer su propio negocio, una tienda de lámparas de aceite hechas de cobre ("velones") realizadas por él mismo de manera artesanal, situada en la entonces calle Gallegos, actual Sagasta. Del mismo modo, contrajó matrimonio con Teresa, una joven de menor edad que la suya no exenta de gracia y belleza al decir de sus contemporáneos. Su tienda y taller no tardó en convertirse en punto de reunión para tertulias y charlas para clientes y parroquianos, donde Gázquez era protagonista por sus opiniones y chanzas, siempre cercanas al embuste o la onomatopeya, pero siempre también eludiendo temas obscenos o escabrosos, todo hay que decirlo.

Manolito era de baja estatura, grueso y mofletudo, y tras su rostro siempre amable y sonriente se dejaba ver en parte su carácter, como veremos. Pero a mayor abundamiento, demos voz al Deán López Cepero, que lo trató durante años, para que lo describa con su fina prosa: 

"Gázquez conservó siempre cabal su dentadura, vivos los ojos y más agraciado el semblante de lo que sus años permitían, porque era tal su robustez y grosura, que las arrugas no habían podido desfigurarle, y así es que mientras no hablaba, lejos de excitar el ridículo tenía un aspecto a todas luces venerable. Era graciosamente balbuciente, aunque sin tartamudear, pero no hallando su fantasía, por falta de instrucción, medios de expresar lo que concebía, ni manera de referir las cosas maravillosas que se figuraba, adquirió fama de embustero, siendo así que nada era más ajeno a su carácter que la mentira."

Aficionado fiel a los toros, apoyó fervientemente como partidario al diestro Pepe Illo, de quien fue amigo personal y a quien llamaba "Señor Pepe"; se cuenta que incluso intentaba aconsejarle a grandes voces durante la lidia desde su localidad en el tendido, sin que sepamos a ciencia cierta si el matador seguía las recomendaciones, o si sufría las consabidas "broncas" por cómo había hecho tal o cual suerte en el ruedo.

Igualmente, como buen sevillano de su tiempo, era gran devoto de los Rosarios Públicos, tan en boga en aquellos años, en los que tomaba parte con especial protagonismo, dado su virtuosismo con el fagot o piporro, aunque Manolito, con su peculiar pronunciación lo llamaba "Pimpoddo". Haciendo alarde de su capacidad como músico, circulaba esta anécdota, contada presumiblemente por él mismo y fruto de su inagotable imaginación: 

"En cierta ocasión -dijo-, quise pasmar a Roma y al Padre Santo. Para ello entré en da iglesia de San Pedro un día del Santo Patrón el primer Apóstol. Allí estaba el Papa y dos cardenales, y ciento cincuenta y cinco obispos, y toda la cristiandad. Tocaban veinte órganos y muchos instrumentos, y más de mil pitos y flautas, y entonaban el Pange linguae dos mil y cincuenta voces. Llega don Manolito con su casaca (iba yo de corto) y me pongo detrás de una columna que hay a la entrada por Oriente, así conforme se entra a mano derecha, y cuando más bullicio había, meto un "pimpoddazo" y toda aquella algazara calló y la iglesia hizo bum, bum a este lado y al otro como para caerse. A poco siguió la función, creyendo el Consistorio que el terremoto había pasado, y entonces meto otro "pimpoddazo" de mis mayúsculos, y la gente se asusta, y el Papa dijo al punto: «O el templo se viene abajo, o Manolito Gázquez está en Roma tocando el pimporro.» Salieron a buscarme, pero yo tenía que hacer, y me vine a Sevilla para ir al rosario."

José Rico Cejudo (1864-1939): Preparando el Rosario. 1922.

Como comentábamos no hace mucho, frecuentó el famoso Puesto de Aguas de Tomares, situado al pie del Puente de Barcas frente a Triana; analfabeto como era (aunque afirmaba que si supiera leer sería más sabio que Séneca) promovía la lectura "comunitaria" de la madrileña Gaceta, abonando una moneda como lo demás oyentes a un "lector", gracias a lo cual se convirtió en todo un analista de las estrategias y tácticas de Napoleón, invicto entonces en los diferentes campos de batalla europeos. Detalle a tener en cuenta, en aquellos años primeros del XIX llegaban a Sevilla desde Madrid únicamente cinco ejemplares del citado "rotativo". 

Serafín Estébanez Calderón, en sus "Escenas Andaluzas" de 1847, lo retrató como un auténtico "opinador" de su tiempo, ya que eran muchos los que acudían a la antedicha tienda a escucharle valorare los más variados temas de política, toros, religión e incluso esgrima, como cuando en cierta ocasión presumió de evitar mojarse durante un temporal gracias a las estocadas que fue dando por la calle cortando a la propia lluvia. Ni que decir tiene que su fama y sus "historias" sobrepasaron a su propio protagonista, atribuyéndosele chanzas o cuentos que en modo alguno salieron de sus labios, baste decir que en 1855 se publicó la comedia en verso "Manolito Gázquez", obra del dramaturgo Mariano Pina, en la que aparece como protagonista absoluto con sus exageraciones en compañía de su mujer, Teresa y del Tío Fatigas.

Para fortuna, o para desgracia suya, Manolito Gázquez falleció en Sevilla, víctima de una enfermedad pulmonar en abril de 1808, apenas un mes antes de los sucesos del Dos de Mayo de Madrid y del inicio de la Guerra de Independencia contra Francia. A buen seguro, que como patriota convencido habría sido el mejor narrador de la contienda y quizá, quien sabe, uno de sus más gloriosos héroes, eso sí, siempre desde su particular visión de la realidad...

21 junio, 2021

Entre libros y sellos.

¿Dónde estuvo la única Biblioteca Pública de Sevilla allá por el siglo XVIII? ¿Dónde debía dictar un telegrama un sevillano de finales del XIX? ¿A dónde acudir para recoger una carta certificada o un franquear un paquete postal hasta 1930? 

 Quien haya accedido a alguna exposición en el patio del Real Círculo de Labradores, ubicado en plena calle Sierpes, habrá notado inmediatamente que no es un patio cualquiera, pues su decoración, barroca hasta la médula, lo convierte en uno de los más hermosos de la ciudad y quizá, de los más desconocidos, sobre todo por los avatares históricos que le ha tocado vivir. 


Pero como siempre, vayamos por partes:

Es sabido que la Orden de San Agustín tuvo en la Puerta de Carmona (y aún se conserva en parte) su Casa Grande, con portada de piedra, dependencias, claustro y templo, donde recibió culto durante siglos el famoso Cristo de San Agustín, desaparecido tras la quema de la Parroquia de San Roque en julio de 1936. Aparte de esa gran sede, que acogió obras de gran mérito de Murillo o Valdés Leal, los agustinos crearon un convento aparte en la zona próxima al Humilladero de la Cruz del Campo, con la intención de convertirlo en centro de formación para sus novicios, el Colegio de San Acasio (o Acacio). 

A comienzos del XVII, como cuenta doctor López Lorenzo, el colegio funcionaba a pleno rendimiento con el apoyo de doña Leonor de Virués y con fray Agustín Vallejo como primer Rector. En 1621 se constituye la biblioteca del colegio, pero al poco tiempo, apenas doce años después, se decide cambiar la ubicación, motivada quizá por lo inseguro de la zona o porque el edificio se hallaba en pésimas condiciones. 

En 1634 ya tenemos a nuestros escolares agustinos situados en su nueva sede, adquirida por 8.740 ducados, en la actual calle Pedro Caravaca, esquina con Sierpes y Velázquez, no era mal sitio. Del primitivo edificio poco se conserva, excepción hecha del magnífico claustro, ahora patio, atribuido desde siempre al arquitecto Leonardo de Figueroa, sobre todo por el diseño basado en pilastras salomónicas, el uso de diseños mixtilíneos y la gran profusión de adornos como florones, mascarones o jarras, recordando no poco a obras similares como la cúpula de la Magdalena, por ejemplo. 

Como detalle, entre 1696 y 1703 residió en el colegio de San Acasio la entonces llamada Hermandad el Traspaso, o lo que es lo mismo, la actual del Gran Poder; la cofradía provenía del convento de los Trinitarios Descalzos, en la actual Plaza del Cristo de Burgos, y la estancia en la sede agustina duró bien poco, imaginamos que debido a las escasas dimensiones de la capilla y de su puerta, con lo cual los cofrades del Señor de Sevilla decidieron de cambiar de nuevo de sede, trasladando sus imágenes titulares la Parroquia de San Lorenzo, donde habrían de residir durante más de dos siglos. 

En el año 1744 fallece en Madrid el Cardenal Fray Gaspar de Molina y Oviedo, a la edad de sesenta y cinco años. Este hecho, en principio poco relacionado con San Acasio, será de capital importancia al poco tiempo, pues en su testamento dejará un importante legado para el lugar en el que estudió de joven y en el que impartió clases ya en edad adulta: nos referimos a su voluminosa (nunca mejor dicho) biblioteca, conformada por 7.500 libros, muchos de ellos de gran interés y calidad y encuadernados primorosamente. Tras un litigio largo y pesado con sentencia favorable para los intereses hispalenses, los fondos fueron traidos desde Madrid, con la colaboración económica del Cabildo de la Ciudad que aportó 1.000 ducados, pues la intención era hacerlos accesibles a todos los sevillanos "con la condición de que la Provincia y el Colegio se obligasen a labrar, dentro del año de la entrega, pieza competente para colocarla y exponerla al público, para beneficio de los literatos de la ciudad". 

El 6 de octubre de 1749 se estrenaba la nueva biblioteca, tras construirse unas salas anejas al colegio con puerta a la calle Triperas (Velázquez); el horario de apertura dependía de la época del año, por las mañanas permanecía abierta de siete a once de la mañana y de cuatro de la tarde al toque de Avemaría de mayo a septiembre, mientras que de octubre a abril lo hacía de ocho a once de la mañana y de tres de la tarde al toque de Avemaría. Como curiosidad, el toque de Avemaría tenía lugar al atardecer de la jornda. El Cabildo de la Ciudad fijó una subvención anual a razón de 150 ducados, destinados a la conservación de los fondos, dotación de mobiliario y materiales y el salario del bibliotecario, siempre vinculado a la orden agustina, destacando la figura del Padre Garrido, principal valedor de la institución e incluso responsable del constante trabajo de clasificación y ordenación hasta su muerte en 1793.


 La invasión francesa privó a los agustinos de su colegio y a los sevillanos de su biblioteca entre 1810 y 1813, siendo ocupadas por las oficinas gubernamentales del Crédito Público. Tras un breve regreso, finalmente, en 1834 la Desamortización obligó al desalojo definitivo del edificio por parte de la orden agustina. ¿Qué pasó con el patio de Figueroa y la biblioteca?

En un principio, se instaló en él la Real Escuela de Nobles Artes, hasta 1850, año en el que se muda al exconvento de la Merced. Desde mediados del XIX, el edificio agustino quedó convertido en la sede del Servicio de Correos y Telégrafos, como ya comentamos en otra ocasión, de esos tiempos es la colocación de la montera de hierro y cristal que cubre y protege el claustro barroco, que aún permanece. Fue muy conocido el buzón instalado en la fachada de la calle Sierpes, acompañado de una cabeza de león que con su aspecto fiero parecía vigilar el destino de la correspondencia depositada. Del mismo modo, y para que sirva como referencia, en 1918 también radicaba en el edificio el Servicio de Teléfonos, que permitía conectar de modo interurbano con: Carmona, Utrera, Sanlúcar la Mayor, El Pedroso, Guadalcanal, la Palma del Condado, Badajoz y Zafra. La tasa era de 0,50 pesetas por tres minutos de conferencia o fracción y 0,25 pesetas por el aviso de conferencia. No olvidemos que existía también la modalidad del Telefonema (un arcaico antepasado del "wuasap", quizá), muy utilizada para comunicaciones con el extranjero.

Por otra parte, los fondos bibliográficos quedaron depositados las Casas Consitoriales para luego pasar, en 1878, a la Universidad de Sevilla, entonces en la calle Laraña. A día de hoy, se conservan en la sede actual de la calle San Fernando unos 1.300 volúmenes de la mencionada biblioteca pública, lo que da idea de la desaparición de gran cantidad de libros, fruto de expolios y pérdidas. 


 En 1926 el Ayuntamiento y el Estado acordaron permutar una serie de solares y edificios entre los que se encontraba el antiguo colegio de San Acacio. Así, mientras que el Consistorio entregaba a Madrid un terreno en la actual Avenida de la Constitución, el gobierno central otorgó al ayuntamiento la propiedad del edificio ocupado por Correos y Telégrafos hasta entonces, ya que en 1930 éste Servicio pasó a la Avenida, donde permanece en la actualidad. 

Foto: Reyes de Escalona
 
El Ayuntamiento, tras ocupar el inmueble de la calle Sierpes con parte de sus oficinas municipales (Servicio de Aguas, Reclutamiento y hasta un pequeño centro sanitario) durante algún tiempo, decidió al final enajenarlo, saliendo a pública subasta y siendo adquirido a la sazón por su actual propietario, el Real Círculo de Labradores, quien desde 1950, tras una serie de obras de adaptación y reforma lo sigue utilizando como céntrica sede social con el patio como escenario para certámenes y exposiciones.
 

Como se puede ver, un edificio siempre destacable por su historia y por el sorprendente (y barroco) patio que atesora.


07 junio, 2021

Volando.

Para muchos sevillanos, en pleno siglo XVIII, existían los OVNIS. 
 
La frase, así, como el que no quiere la cosa, tiene su miga, pero como veremos en esta líneas, todo tiene una explicación científica. 
 
Todo un experto en historia aeronáutica, el sevillano Javier Almarza, ha investigado concienzudamente sobre el deseo de volar por parte de los sevillanos en pleno siglo de la Ilustración, teniendo en cuenta que los hermanos Montgolfier, en el año 1782, habían conseguido hacer volar un globo aerostático no tripulado en Annonay, Francia, globo que alcanzó la nada desdeñable altitud de 250 metros de altura gracias al calentamiento del aire en su interior utilizando como combustible lana húmeda y paja. En pocos años, el invento se extendió por toda Europa como espectáculo público, sin olvidar que las travesías quedaban siempre sometidas al capricho de los vientos reinantes, ya que los pilotos o aeronautas carecían de un sistema de guiado o dirección efectivo. 


En España se tiene noticia de ascensiones aerostáticas a finales del XVIII en Barcelona o Madrid, siendo en este último caso curioso de reseñar cómo fue pilotado por el francés Charles Bouch, pintor por más señas, el 5 de junio de 1784. Realizado en papel o seda, comenzó a arder al poco de iniciar la exhibición, resultando herido tras saltar del artefacto en llamas (eran frecuentes los percances y accidentes teniendo en cuenta el combustible y materiales usados).
 
 ¿Y en nuestra ciudad? El profesor Almarza, navegando, nunca mejor dicho, entre legajos y documentos, consiguió averiguar con certeza que los primeros experimentos en esta materia aeronaútica se dieron en el seno del Real Colegio de San Telmo, ubicado en el palacio del mismo nombre y actual sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía; como centro educativo, su labor se centraba en formar y preparar a futuros navegantes y pilotos, proporcionándoles avanzados conocimientos sobre matemáticas, geometría, cartografía, química, física y demás ciencias, de ahí que no es de extrañar que el llamado Diario Histórico y Político de Sevilla reseñase de manera escueta el día 21 de septiembre de 1792: 
 
"Hoy 21, del corriente, es la elevación del Globo Aerostático, en el Real Colegio de San Telmo, á la 5. de la tarde".
 
Desconocemos el resultado de ese primer vuelo y si los vientos fueron propicios, lo que sí se conoce es que unas semanas después se produjo un segundo intento con otro globo no tripulado, realizado probablemente con tejido de seda y elevado por calentamiento de aire o gas hidrógeno. En este caso, los protagonistas de la "hazaña" fueron Manuel de los Santos, que ostentaba el rango de segundo piloto en la carrera de Indias y era ex alumno de San Telmo y José Portillo y Labaggi, catedrático de matemáticas en el mencionado centro educativo. Como mencionaba el Diario Histórico y Político de Sevilla en el número correspondiente al 10 de octubre de 1792: 
 
"El dia 4 del corriente , a las 5 y media de la tarde se dio elevación a un Globo Acreostatico en la casa inmediata al Arquillo de Manuel Sánchez, Arrabal de Triana, construido por el segundo Piloto de la carrera de Indias Don Manuel dé los Santos: Ex-Colegial del Real de S. Telmo , baxo la Dirección del segundo Catedrático de Matemáticas del dicho Colegio D. Josef Portillo, cuyo Globo vino á caer a espaldas de S. Marcos, en la huerta del Convento de Santa Isabel, y recogido por los interesados en estado de poder ser útil."
 

 
(Un pequeño inciso, ya que las hemos mencionado, recordar que las religiosas de Santa Isabel andan recabando fondos para restaurar la magnífica portada renacentista de su convento y que toda ayuda económica es bienvenida)
 

 
Retomando la narración, mil disculpas por el inciso, decir que poco o nada se sabe de dónde estaba aquel Arquillo de Manuel Sánchez, aunque algunos autores afirman que existió un Arquillo de Sánchez en la que ahora es la trianera calle Fortaleza, entre Troya y Gonzalo Segovia; de igual modo, consultando el plano de Sevilla realizado por el Asistente Olavide en 1771 se puede comprobar que en la trasera del Convento de Santa Isabel existía una extensa zona de huertas que desapareció a comienzos del siglo XX tras la operación urbanística que supuso la apertura del Pasaje Mallol que uniría las Moravias, en San Julián, con la zona del Monasterio de Santa Paula. 
 
Recuperado el globo, quizá con el permiso de las religiosas sanjuanistas que por entonces ocupaban el convento, De los Santos y Portillo no cejaron en su empeño, y pocos días después, el 8 de octubre, el aerostato surcaba de nuevo los cielos de Sevilla, aunque en este caso con bastante mala fortuna como reseñó el referido Diario: 
 
"El Globo Areostatico que se anunció en el Diario número 40 haberlo recogido en estado de poder servir, se elevó segunda vez en el mismo paraje citado, el día 3 a las seis de la tarde, por los mismos sugetos, habiendo caído en la  huerta inmediata á la de las Ranillas y habiendo podido servir otra vez  á no haberse agolpado algunas gentes, y destrozadolo hechandole capotes , y dándole con palos para detenerlo temiendo se volviese a elevar."
 
 
Podemos imaginar la sorpresa que para muchos sería contemplar este tipo de Ovnis (a fin de cuenta, lo era para ellos) y la reacción que generaría entre la población ignorante de este tipo de avances científicos, sentimientos que abarcarían desde el temor hasta la ira, como podemos comprobar. Detalle curioso, la propia Iglesia, a través de sesudos tratados, trató de analizar teológicamente si el hombre como tal estaba destinado a volar según del plan de Dios, lo que generó no pocas controversias en una ciudad como Sevilla tan propicia a debates y discusiones. 
 
A De los Santos le salió ese mismo año otro "antagonista", José Domínguez, vecino de la collación del Sagrario, en la antigua calle del Mar (actual García de Vinuesa) desde la que el 4 de noviembre elevó un nuevo globo, de diez varas de circunferencia, o lo que es lo mismo, unos ocho metros. Se calculó entonces que habría alcanzado una altura de legua y media y que su recorrido se habría detenido al cabo de recorrer tres leguas, lo que serían unos quince kilómetros, sin que la crónica mencione dónde se produjo el aterrizaje, puede que los habitantes del Aljarafe quedasen sorprendidos por el vuelo lento y majestuoso de un artefacto como aquel, y que no pocos se santiguasen buscando la protección divina ante aquella "obra del Diablo" como la denominaron algunos. Por cierto, Domínguez ya había realizado sendos intentos anteriores con escaso resultado, pues un globo finalizó su trayectoria estrellado en el Colegio de San Telmo y otro en la zona de los Cuarteles, sin que hayamos descubierto a qué lugar correspondería tal denominación.
 
 Por último, como bien analiza el profesor Almarza, en 1796, con motivo de la visita a Sevilla del rey Carlos IV, el Cabildo de la Ciudad acordó celebrar el acontecimiento con diversos agasajos y festejos, entre los que se hallaba la ascensión de un globo, en este caso tripulado por el italiano Vicenzo Lunardi, quien en tiempo récord hubo de tenerlo todo dispuesto, no en vano el acto se programó para el domingo 28 de febrero. Lunardi, con una dilatada experiencia en vuelos aerostáticos en Europa a los que ya se daba cierto carácter de espectáculo y que incluso ya había volado para la Corte en el Buen Retiro, rogó encarecidamente al Cabildo sevillano que le proporcionase toda la ayuda necesaria, logrando los servicios de varias decenas de carpinteros y peones, el transporte del globo con su vistosa góndola y todos los componente químicos para inflar el artilugio, que, se supone, se elevó desde el coso taurino de la Maestranza aquel 28 de febrero, y decimos se supone porque por desgracia, ningún cronista estimó oportuno dejar por escrito aquel acontecimiento, será que aquel día no mirarían el cielo con detenimiento... 
 
Más sobre globos en Hispalensia, aquí


 

 

 


 



08 febrero, 2021

El Príncipe Fingido (Punto ¿Y final?)

 Habíamos dejado la pasada semana a nuestro presunto Príncipe de Módena alojado en la Cárcel Real mientras se sucedían los interrogatorios y los intentos de fuga, que todo hay que decirlo, no hacían sino acrecentar los dimes y diretes sobre la situación de nuestro protagonista. 

 Para colmo de males, durante la noche del 11 de marzo de aquel año de 1749 se detuvo a un cuidadano francés que fue llevado a la cárcel de la Santa Hermandad, ya que se sospechaba o tenían indicios que había estado intentando trabar amistad o confianza con el personal que trabajaba en el restaurante desde el que se le servía la comida al ilustre preso, al parecer con la intención de conseguir acceso a los platos antes de ser servidos en la cárcel y así envenenar su contenido. De ser esto cierto, poco más se pudo averiguar, o al menos no ha llegado hasta nosotros si los propósitos del galo eran asesinar al príncipe y, de ser así, si actuaba por cuenta propia o en nombre de terceros. 

El Viernes de Dolores, 28 de marzo por más señas, a las nueve de la mañana, los curiosos que se arremolinaban a las puertas de la Cárcel Real comprobaron la llegada de una calesa y poco después que nuestro presunto impostor era subido a ella, vestido con casaca militar encarnada y grilletes atados, dicen con cordón de seda. A su lado, de nuevo, se situó el capitán de guardia Antonio Suazo, quien con una escolta de 25 soldados de infantería y otros tantos a caballo cumplía órdenes de vigilar muy de cerca el traslado del preso, sin que faltase en otro carruaje el pertinente escribano de gobierno para que diese fe de lo que acontecía. Al mismo tiempo, fue liberado parte del "séquito" del Príncipe. 

Despertando la lógica expectación a esas horas, la comitiva partió de la Plaza de San Francisco hacia la calle Génova (actual Avenida de la Constitución) para alcanzar la Puerta de Jerez, donde se retiró el contingente de infantería, mientras que el escribano se retiraba también al llegar a la alcantarilla de la llamada venta de Ambrosío. Ya el día 30 se intentó registrar la entrada del prisionero en el gaditano Castillo de Santa Catalina, pero al no quererlo admitir allí su Gobernador, fue llevado a la Cárcel Real y en ella quedó alojado en el mejor de sus aposentos. Dicha prisión se encontraba por aquel entonces en la Plaza de San Juan de Dios de Cádiz y era un conglomerado de viviendas en cuyos bajos se hallaban las celdas.

El 10 de mayo, auxiliado al andar porque parece que no se tenía en pie y encadenado con otros ochenta y nueve presos, fue embarcado en una gabarra con destino al presidio de Ceuta, pero por problemas desconocidos el navío tardó en zarpar, aprovechando la alta sociedad gaditana para visitar al supuesto príncipe y agasajarlo, de modo que llegó a recibir exquisitas viandas, compuestas de hasta dieciocho platos, con carnes y frutas exquisitas, al decir de las crónicas, ¡Se ve que no pasó hambre en su cautiverio provisional!, además dormía en el camarote principal en tanto que el resto, lo hacía en la incómoda cubierta. 

Finalmente, se ordenó la partida del barco. Durante la travesía, nuestro personaje sorprendió a todos por sus conocimientos de náutica y matemáticas y por entretener a la tripulación con composiciones tocadas en un organillo, incluso llegó a comunicarse en su idioma con marinos ingleses que se cruzaron en un navío con el que le llevaba a Ceuta. 

Finalmente, el 16 de mayo se produjo la arribada a Ceuta, siendo llevado al convento de San Francisco, alojado en una celda que le tenían preparada y atendido con todo lujo, mientras recibía de nuevo las visitas de los oficiales y jefes de la guarnición así como gran concurso de gentes, incluso se le permitió conservar parte de su servidumbre. Aparentemente, ahí habría terminado el periplo del presunto aristócrata, con un prolongado cautivero ordenado por la corona como impostor...


 Han pasado dos años apenas cuando de nuevo por los corrillos de Sevilla vuelve a sonar con insistencia el nombre del Príncipe de Módena o de Gales, y no precisamente en relación a su prolongada ausencia, sino todo lo contrario. En el caluroso agosto de 1751, alguaciles de la justicia al mando del Segundo Teniente del Asistente, Don Juan Salanco, se encaminaban a Triana de madrugada con órdenes de prender, por enésima vez, al protagonista de nuestra historia. ¿Cómo había terminado al otro lado del Guadalquivir?

 Ni que decir tiene, que todo arranca con un nuevo intento de fuga, esta vez con éxito, logrado con la ayuda de la dotación de un barco con bandera de Suecia, según cuenta Joaquín Guichot en su Historia de Sevilla. Llegado a costas ceutíes, el navío habría atracado para desembarcar mercancías, barriles y demás elementos, momento en el cual, el príncipe, disfrazado de marinero, logró abandonar la prisión y embarcarse, probablemente con la ayuda de algún miembro de la tripulación. El barco se hizo a la vela y desembarcó a su "polizón" en Gibraltar, desde donde partió hacia Faro en Portugal, localidad en la que parmaneció oculto unos meses. Se ve que los aires lusos no eran de su agrado, porque el 12 de agosto se supo que estaba ya alojado en la casa de un zapatero de Ayamonte y que al poco había viajado a Sevilla, ocultándose en el domicilio, trianero como hemos dicho, de Francisco Muñoz, mantequero por más señas.

De ahí fue sacado por los alguaciles el 24 de agosto y llevado a la bien conocida Cárcel Real, escoltado de cerca por un piquete armado con bayoneta calada, siendo despojado de sus lujosas ropas y "en pechos de camisa" colocado en un lóbrego calabozo con dos grilletes. Inquirido por su nombre, alegó llamarse "Príncipe fingido" y así se registró en el libro correspondiente. Para no alargar en demasía la narración, baste decir que tras declarar ante el Oidor de la Real Audiencia fue encadenado y sacado de la Cárcel Real a las dos de la mañana del 2 de septiembre. Una Real Orden, con la firma además del Marqués de la Ensenada, lo condenaba a la pena de diez años, a cumplir en el presidio de Vélez la Gomera, situado en el Peñón del mismo nombre, en la costa africana entre Ceuta y Melilla; además, se prescribía que no gozase de privilegio alguno y se le mantuviese incomunicado. 

Peñón de Vélez la Gomera. Ceuta.

La estancia en aquel inhóspito lugar sabemos que se prolongó por más tiempo del esperado, durante los que Carlos de Roma (así confesó llamarse una vez allí) se dedicó a intentar el perdón del Cabildo de la Catedral de Sevilla y solicitar una renta con la que, decía, pretendía fundar una orden de caballería destinada a conquistar los Santos Lugares. Finalmente, en 1778, fue decretada su puesta en libertad y también su destierro perpetuo, de modo que es en ese año cuando le perderemos la pista. 

La figura del Príncipe de Módena, de quien nos despedimos, forma parte de una larga lista de impostores, desde el supuesto Ricardo de York en el siglo XVI hasta el falso Cardenal Luis de Borbón en el XIX, pasando por Catalina de Erauso, la famosa "Monja alférez", o la famosa Princesa Caraboo en la inglaterra decimonónica, cuya vida fue llevada al cine incluso. Todos ellos hicieron gala de una extraordinaria capacidad para aparentar lo que no eran, y, lo que es mejor (o peor), para hacerlo creer...

01 febrero, 2021

El Príncipe Fingido (II)

 

En nuestra anterior entrega, dejábamos al supuesto Príncipe de Módena encarcelado en un calabozo situado sobre la Puerta de Triana, tras la Real Orden de su Majestad ejecutada por el Asistente de Sevilla. Tras varios días en la celda, cosa que no debió de gustar en absoluto a "Su Alteza", la noche del martes 5 de noviembre manifestó a sus custodios que se encontraba indispuesto, aprestándose a marchar a su cama sin tomar alimento con la mayor premura; quizá por ello, la guardia aflojó la vigilancia del astuto reo, quien raudo y veloz, en un inesperado descuido, aprovechó para intercambiar sus ropajes con los del mozo que le había traído la cena, y espadín en mano corrió velozmente hasta franquear las puertas sin que nadie le interceptase o se diera cuenta de la evasión. En la celda, tras la fuga, se realizó un minucioso registro, dando como resultado el hallazgo de una cuerda trenzada con sábanas de la cama, lo que a las claras demostró de un modo u otro una evidente intención de escapar.

Una vez en la calle, el fugado, con paso firme y decidido, encaminóse hacia el cercano Convento de San Pablo, donde logró fácilmente acogerse a sagrado con la aquiescencia del Padre Prior, agradecido sin duda por las limosnas entregadas semanas antes; éste, incluso le proporcionó alojamiento y comida en una celda frailuna. Sin embargo, a la mañana siguiente, el propio Prior pasó recado al Asistente, Don Ginés de Hermosa y Espejo, informándole de que en su convento hallábase el consabido Príncipe de Módena bajo la jurisdicción de la orden de los dominicos. Una comisión de autoridades municipales encabezada por el propio Asistente y auxilidada por el Juez Eclesiástico Don Fernando de Albear, conmminó a abandonar su celda al prófugo de la justicia, pero ambos únicamente lograron recibir violentas amenazas y ademanes gesticulantes del presunto impostor, pues en todo momento reivindicó a gritos su derecho de asilo en el convento hasta tanto no se aclarase desde Madrid la "lamentable confusión" en torno a su identidad verdadera.

 
Vista la escasa predisposición del "príncipe", y para evitar males mayores, se acordó ponerle guardia de ocho soldados y un cabo en la misma puerta de la celda, guarnición que fue aumentada a la jornada siguiente con la idea de bloquear por completo cualquier nuevo intento de fuga, cerrándose todos los accesos posibles a claustros, sacristía y otras dependencias conventuales. Para desesperación de las autoridades y divertirmento de los sevillanos, haciendo uso de un ventanuco de la celda que daba a la calle del Dormitorio de San Pablo (actual calle Bailén), el "ingresado" se dedicó a asomarse por él y lanzar puñados de monedas a los mendigos que se acercaban, mientras no poco público acudía a contemplarlo durante todo el día como si fuera un espectáculo (y en verdad debía serlo). La algarabía infantil le aclamaba como príncipe, dividiéndose (cosa rara) las opiniones sobre la identidad y nobleza del sujeto y estándose a la espera de noticias sobre el caso. 

Finalmente, el 10 de diciembre, al alba, el Asistente recibió órdenes tanto del Rey como del Nuncio de Su Santidad que le revestían de autoridad suficiente para poder sacar de San Pablo al "refugiado"; para ello, al abrigo de la noche y aprovechando el momento de la cena, fue capturado por sorpresa y maniatado llevado sin oponer resistencia a la Cárcel Real, encerrándosele en un calabozo con grilletes en los tobillos y gruesa cadena. Registradas sus pertenencias, se le hallaron dos pistolas, pólvora y balas, así como una cuerda realizada con manteles (se ve que estaba siempre presto a la fuga). 

Fachada de la Cárcel Real. 1714.

 Al día siguiente, se le tomó declaración en la Sala de Vistas, en un interrogatorio que se prolongó hasta bien entrada la tarde; durante el mismo, el joven insistió en declararse inocente e hijo legítimo y primogénito de Hércules de Este, duque de Módena, afirmando que había embarcado en Francia con destino a la Martinica para luego regresar a tierras europeas, atracando en la localidad portuguesa de Faro y desde allí, por Ayamonte, llegar a Sevilla con la idea de pasar a la Corte y visitar toda la nación. 

La declaración por escrito fue enviada con un mensajero a Madrid y, mientras, se ordenó relajar en parte las condiciones del cautiverio, disponiéndose que tuviera su propio servicio de "catering" de manos de "Casa Batista", uno de los mejores (y más caros) fogones a la italiana que existían por entonces en Sevilla. Pasaban los días y no se producía confesión alguna, de manera que se acordó suspender las comidas lujosas, pasar al pan, queso y vino no sin cierto debate entre las autoridades sobre a quien correspondía abonar las comidas; se le mantuvo bajo vigilancia aunque "se le manifestó que no era por su honor, sino por su seguridad"

Los interrogatorios se sucedieron a lo largo del mes de enero del nuevo año de 1749, incluso con amenazas de tortura, ruidos de cadenas o cierta violencia, todo ello con la intención de aterrarlo y sacarle algún tipo de confesión, pero ésta no se produjo. Para colmo, el 27 de enero el capitán de guardia Antonio Suazo descubrió toda una trama oculta para otra nueva fuga del preso; gracias al aviso de uno de los soldados, a quien un compañero de armas le había pedido prestada su casaca, pudo saberse de la intención de ataviar con ella al presunto príncipe y de este modo disfrazado franquear los muros de la Cárcel Real. Tras minuciosas pesquisas, se comprobó además que los grilletes estaban limados en gran parte, por lo que, tras detener al soldado traidor y alojarlo en un calabozo separado, se determinó redoblar la guardia y atrancar por dentro la puerta de la celda, durmiendo el capitán a los pies de la cama del preso y a un lado un ayudante, con numerosas medidas de seguridad que incluían la revisión de la celda cada dos horas. 

Como podemos ver, toda precaución era poca para evitar la huida de tan "egregia" persona, de modo que por el momento la dejaremos a buen recaudo aguardando impaciente noticias sobre su futuro.

Continúa, aquí.

25 enero, 2021

El príncipe fingido (I).

 

En la Sevilla de mediados del siglo XVIII, una anécdota en torno la desmedida atención prestada a un recién llegado puso de manifiesto, una vez más, cómo esa bendita ciudad suele echarse en los brazos del primer adulador foráneo sin ningún tipo de pudor, aunque luego, como veremos, no era todo oro lo que relucía... 

Corría el año de 1748. A las dos, o quizá las tres de la tarde del 26 de octubre, cruzaba el Puente de Barcas a caballo un joven no mal parecido, de ojos azules, con una cicatriz en el rostro y rubia y bien rasurada barba. Vestía a la última moda de Francia y en sus ademanes podía adivinarse una personalidad distinguida y acostumbrada a impartir órdenes. Tras atravesar el Arenal, despertando admiración a su paso por su porte, buscó alojamiento en la Posada de la Reina, en la actual calle Jimios, una de las más afamadas (y caras) de la ciudad. Allí, se dio a conocer como Príncipe de Módena, nada menos, reservando varias de las mejores estancias para él y su séquito, ante la atónita mirada de los dueños del establecimiento hostelero. Nuestro personaje había dejado al parecer su carruaje en Castilleja de la Cuesta tras un percance, y había decidido adelantarse; al día siguiente, llegó a Sevilla todo su séquito, formado por un aposentador, criados, pajes, médico, capellán y hasta un marqués y un conde, sin olvidar las cuatro literas y un enorme equipaje en baúles. 

Joven, treinta y un años, impecablemente ataviado, de modales educados y una buena bolsa que no dudaba en abrir sin reparar en gastos, no tardó en echarse a la calle aquel mismo día para familiarizarse con la ciudad, recorriendo sus calles y plazas, compartiendo con gitanos de la Puerta del Sol bizcochos y rosoli (especie de aguardiente con canela, azúcar, anís y otros ingredientes aromáticos), pasando a la noche a un bodegón trianero y terminando su debut en Sevilla con una "expedición" noctámbula entre el barrio de la Feria y la calle Cantarranas (actual Gravina), de uno de cuyos bodegones fue "rescatado" por Bernardo Molina, alguacil de la Audiencia, a eso de la una de la mañana, imaginemos que en estado no muy sobrio...

Sabedor el Asistente de su presencia en la ciudad, los rumores volaban con increíble rapidez sin necesidad de redes sociales o "wuasap", acudió a la mañana siguiente con la idea de darle la bienvenida la ciudad y presentarle sus respetos, tomándose la decisión tras la visita de cortesía de honrarle con una guardia de honor permanente con veinticinco soldados, sargento, tambor y pífanos, acorde a la alcurnia del personaje. El piquete militar rendía honores presentando armas cada vez que el Príncipe entraba o salía, de modo que el vecindario estaba de lo más distraído con tan fausta presencia y tanta revista de armas. El Asistente, además, encargó a Don José Faini, caballero de Santiago y capitán del regimiento de Caballería de Alcántara, que actuase como anfitrión y acompañante e igualmente, cedióle su carroza nueva con seis mulas para sus desplazamientos, estrenándola en la visita que realizó al Monasterio de la Cartuja, donde fue recibido bajo palio y agasajado con grandes muestras de admiración.


Algo similar comenzó a ocurrir al inicio de cada jornada, pues el aristócrata, pulcramente vestido con lujosa casaca de terciopelo celeste galoneada en oro y escudo de la Orden del Sancti Espiritus al pecho, tomó la piadosa costumbre de ir a misa al Convento de San Pablo (ahora parroquia de la Magdalena), donde al llegar y apearse de su carroza era protocoloriamente recibido, también bajo palio, por toda la comunidad de dominicos, quienes reservaban sitial para él junto al altar mayor, destacando la cuantiosa limosna que dejaba tras cada eucaristía, sin que dejasen de repicar las campanas del templo ni de tocar el órgano.

Como podemos imaginar, la presencia de nuestro porotagonista despertó grandes controversias entre todos los estamentos sociales, siempre ávidos de novedades o visitas egregias; unos, afirmaban que sí, que efectivamente se trataba del Príncipe de Módena, otros, por el contrario, que era el mismísimo hijo de Jacobo II de Inglaterra, también Príncipe, pero de Gales; no es de extrañar, pues, que nobles y autoridades literalmente se disputasen su presencia en todo tipo actos, ceremonias o banquetes. Prueba de ello fue lo acaecido el 3 de noviembre cuando el Cabildo de la Catedral, teniéndolo todo dispuesto para la visita del noble protagonista de nuestra historia, se vio sorprendido y decepcionado con la negativa de no poder acudir ante la invitación del propio Asistente de la Ciudad a una fiesta campestre en el llamado Jardín de Batista, ubicado en el Prado de Santa Justa (donde la actual estación ferroviaria). 


La gira campestre se desarrolló en un clima distendido y festivo, con numerosas viandas y caldos e incluso opípara merienda, a cuyo final, el Asistente solicitó tomar la palabra. Todos pensaron que iba a comenzar algún tipo de discurso laudatorio, pero nada más lejos, el Asistente mostró una Orden de Su Majestad el Rey en la que se le inquiría apresar al Príncipe de Módena. Como es de imaginar, la noticia cayó como un jarro de agua fría entre los presentes y demudó el rostro del joven noble; prueba de que todo estaba siguiendo un plan premeditado fue que la autoridad municipal tenía predispuesto un pelotón de infantería y cierto número de tropas de caballería rodeando el jardín donde tenía lugar la fiesta, a fin de evitar la huida del presunto delincuente, que ni opuso resistencia al ser introducido en su coche ni tampoco al ser ingresado en la celda habilitada en la Puerta de Triana, donde quedó preso junto, vigilado por un considetable retén de soldados. 

¿Qué sucedió con su séquito? Al marqués y al conde, junto con el médico personal de "Su Alteza" los llevaron a la Cárcel Real, mientras que pajes y criados dieron con sus huesos en la arzobispal. Se llevó a cabo igualmente un meticuloso registro en las habitaciones ocupadas por el grupo en la Posada de la Reina, confiscándose numerosas propiedades de nuestro protagonista. 

La ciudad quedó consternada por todo lo que estaba ocurriendo, la incertidumbre empezó a enmarañarlo todo y la sorpresa mayúscula fue la  nota dominante en aquellos días de noviembre de 1748, máxime cuando días después sucedieron hechos dignos de una novela; pero esa, esa será otra próxima historia... 

Capítulo II: aquí.

Capítulo III (y último): aquí.