lunes, 25 de octubre de 2021

Y la luz (eléctrica) se hizo.

 No cabe duda que a veces, un simple gesto encierra toda una historia detrás, como por ejemplo el simple hecho de accionar cualquier interruptor y conseguir iluminar, como por arte de magia, una habitación, o que funcione todo tipo de electrodomésticos, incluso que puedas leer estas lineas en la pantalla de un ordenador o de un dispositivo móvil. Pero, ¿desde cuándo disponemos de esta "magia" llamada electricidad en Sevilla? Como siempre, vayamos por partes. 


La importancia de la energía generada por la electricidad, presente en la Naturaleza en los rayos de tormenta, en determinados seres vivos que son capaces de generar corrientes eléctricas para defenderse de de depredadores o en algunos minerales con magnetismo, llevó desde la Antigüedad a que muchos científicos elucubrasen sobre su origen y, también, su posible utilidad. Desde el experimento de Tales de Mileto en el 600 a. C., cuando el heleno generó electricidad estática al frotar un fragmento de ámbar ("electros" en griego), pasando por todo un interminable listado de autores clásicos y modernos como Faraday, Ohm, Franklin, Siemens, Westinghouse, Alva Edison, Morse; todos ellos con sus descubrimientos han ido paulatinamente mejorando nuestras vidas.

Como ha analizado el profesor Rufino Madrid, la electricidad presenta varias cualidades, como la de no ser almacenable, la de su uso instantáneo, su limpieza, su fácil transporte, su carácter multifuncional, lo limpio de su consumo o, por contra, lo contaminante de su producción. 

En nuestra ciudad, ya en el siglo XVIII, destacó la labor divulgativa del profesor Benito Navarro de Veas, quien en 1752 publicó la obra "Phísica Eléctrica o compendio en el que se explican los maravillosos fenómenos de la virtud eléctrica". Sin embargo, no será hasta 1850 cuando se constituya en nuestra ciudad la "Escuela Industrial Sevillana", institución que comenzó a incluir en sus planes de estudio una asignatura llamada "Aplicaciones de la electricidad y de la luz", siendo su profesorado firme partidario del empleo eléctrico como nueva forma de iluminación en sustitución del gas, una rivalidad que será constante durante décadas, como veremos.  

Fruto de todo ello es que, tras un intento fallido, finalmente el 23 de marzo de 1860 se colocaron varias lámparas de las llamadas "de arco voltaico" en la azotea del Ayuntamiento, conectadas a una pila Bunsen. El espectáculo contó con la presencia de la banda municipal de música y, una vez "hecha la luz", maravilló a la muchedumbre congregada en la Plaza de San Francisco, asombrada por el invento que, se suponía, abría las puertas a la próspera "modernidad". El Consistorio, convencido tras la exhibición, apoyó económicamente a la Escuela Industrial, con vistas a difundir la nueva tecnología. 

Otra figura clave será Enrique Bonnet Ballester. Murciano de nacimiento y telegrafista de profesión, galardonado en varias ocasiones por sus inventos, trabajó en Cádiz, donde iluminó de forma eléctrica el actual Gran Teatro Falla, para luego intentar proponer, en 1870, la iluminación del Real de la Feria de Abril mediante 500 bujías alimentadas por acumuladores. Como afirma el profesor Madrid Calzada, las presiones por parte de la Compañía de Gas, entonces encargada de tal tarea, desecharon la idea, tasada en 1.200 reales de la época. 

Resulta curioso cómo entonces la iluminación eléctrica se asociaba a ferias y festejos, por la esplendidez y luminosidad proporcionada, como decía la prensa local allá por 1874, testimonio recogido por el antes citado profesor Madrid sobre el efecto de una luz que "acaba iluminando el campo y haciendo bellísimos efectos de claroscuro entre árboles y casetas". No es de extrañar, para más abundamiento, que nunca falte en las Ferias andaluzas la llamada "prueba del alumbrado", prólogo de los días de fiesta.

No obstante, Bonnet no cesó en su empeño, ya que tras participar con éxito en la Exposición Universal de Barcelona de 1889 logró los pertinentes permisos para instalar una central de generación térmica con cuatro calderas y 4 dinamos. Tras fundar en 1890 la sociedad "Fábrica de Electricidad Enrique Bonnet", ubicada en la calle Tarifa en pleno centro de Sevilla, la central brindó energía eléctrica a varias casas y comercios de la calle Sierpes, aunque la "contaminación acústica" fue una baza en su contra, ya que las quejas de los vecinos fueron constantes por el ruido generado vendiéndola a la naciente "Sevillana de Electricidad" en 1902. 

Durante el siglo XIX surgen las primeras compañías eléctricas andaluzas, enclavadas en zonas mineras (Río Tinto) o costeras (Málaga o Cádiz), aunque no conviene olvidar otras localidades como Carmona, Antequera, Morón, Úbeda, Alcalá de Guadaira o Jerez de la Frontera. 

Central de la Calle Arjona. 1896.

En 1894 nace la "Sevillana de Electricidad" (ahora integrada en Endesa), como filial entonces de la alemana AEG. Su primera central o "fábrica de luz" (derribada al cabo de los años) se construye en la calle Arjona y se dota de dos máquinas de vapor de 300 caballos y ofrecía corriente continua de 110 voltios a un sector reducido y cercano a dicha central. La Feria de Abril de 1902 fue testigo de cómo ya algunas casetas lucieron, nunca mejor dicho, iluminación eléctrica, lo que supuso toda una tarjeta de presentación a nivel comercial para la firma.  

Anuncio en la prensa local, 1911

Impulso importante para la Sevillana será el primer cliente importante en 1896: la Real Fábrica de Tabacos, nada menos, e igual de reseñable sería conseguir el suministro eléctrico para los Tranvías sevillanos que pasarán de la tracción animal a la nueva modalidad, con el aliciente de que el tendido instalado servirá para que no pocos establecimientos se "enganchen" a este tipo energía. Artífice de todo ello fue el ingeniero alemán de la AEG, luego afincado en San Juan de Aznalfarache, Otto Engelhardt, que a la postre recibió condecoraciones y honores, pero sobre todo, un apodo por parte del pueblo sevillano: "Otto el de los tranvías". Totalmente contrario a las ideas de Hitler, murió fusilado en Sevilla en septiembre de 1936.

Anuncio en la prensa local, 1911

Fruto de esos vientos de cambios será la polémica pugna entre "faroleros" y "eléctricos" o entre "La Catalana" y "La Sevillana" por la primacía en la iluminación pública de la ciudad, victoria conseguida finalmente por la segunda, quien logrará el contrato de alumbrado urbano hispalense en 1905 y además dará comienzo al proceso de implantación de tipos de farolas, especialmente las de fundición de la zona monumental que aún perviven, por no hablar de la construcción de diversas centrales y estaciones eléctricas, como la construida en el Prado de San Sebastián, en terrenos de la familia Luca de Tena, accionistas de la Compañía y actual sede social en Sevilla o como la que pervive aún en la calle Feria, construida con diseño del arquitecto Aníbal González en 1909. 

Foto: María Coronel.

Poco a poco, "La Sevillana" irá implantando el consumo eléctrico en los hogares sevillanos, popularizándose también el uso de determinados electrodomésticos como la radio, tan importante en la historia reciente de Sevilla. Las fachadas de las casas se llenaron de las características "tapas de registro" e incluso surgió un personaje cuya aparición en los corrales de vecinos generaba inquietud: "el tío de los alicates", que acudía a cortar el suministro por falta de pago. 

Apretar un interruptor y encender la luz se convirtió en algo rutinario. Pero esa, esa ya es otra historia...

Central de la Calle Arjona, construida en 1896






lunes, 18 de octubre de 2021

A pique.

Lo contaba con gran despliegue de tipografía el diario local "El Noticiero Sevillano" allá por noviembre de 1896, en la madrugada del 7 al 8 se había producido una catástrofe fluvial que impactó a toda la ciudad, sobre todo por la entidad de las personas que habrían fallecido ahogadas en las oscuras aguas del Guadalquivir. Todo comenzó con una actividad cinegética, pero como siempre, vayamos por partes. 

Un grupo de cazadores, deseosos probar su puntería en la zona de la desembocadura del Guadalquivir, decidió alquilar los servicios del pequeño vapor "Aznalfarache", perteneciente a la empresa "Camacho y Compañía" y dedicado a tareas de transporte de mercancías; de este modo, embarcó el grupo en torno a las once y media de la noche con la idea de surcar el río de madrugada y llegar a su destino al amanecer. Al timón se encontraba el Capitán Antonio Martínez, quien llevaba al parecer tres años y medio al mando del navío, contando como tripulantes con un maquinista llamado Joselito, asturiano de nacimiento y vecino de Triana, un fogonero, apellidado Suero, y otro marinero, de nombre José Núñez. La noche se presentaba tranquila y los pasajeros decidieron retirarse a descansar tras la cena con la correspondiente sobremesa. 

Todo se precipitó al llegar a la zona llamada entonces "Callejón o Cabezo de la Mata", de aproximadamente 6 kilómetros de longitud, entre el llamado "Brazo del Este" y el "Canal de la Hambre", con una anchura de unos cien metros, estando más o menos a la altura de Lebrija. El "Aznalfarache" pudo distinguir las luces de otro navío de mayor envergadura que se dirigía directamente hacia él. Se trataba del "Torre del Oro", de la Compañía Sevillana, con 73 metros de eslora y 10 de manga, capitaneado por José Heredia González, el cual regresaba a Sevilla desde Sanlúcar de Barrameda. Pese a las luces de posición, y sin que se supiesen, en principio, las causas, se produjo la brutal colisión, que provocó el casi inmediato hundimiento del pequeño vapor con todo su pasaje y tripulación a bordo, de modo que sólo sobrevivieron el propio capitán del barco y un pasajero, de nombre Juan Fe. La profundidad en aquella zona era de veintidós piés, o lo que es lo mismo, casi siete metros.

Ilustración del pintor José Arpa para la revista "La Ilustración Española"

 Así lo narraba el mencionado periódico en su edición del 8 de noviembre: 

No hay palabras para describir el cuadro. El capitan del Aznalfarache, que es quien nos ha hecho la anterior relación, dijo que vió pasar sobre él aquella mole y se encontró poco después a flor de aguas. Débil y falto de conocimiento a consecuencia de la conmoción, encontró afortunadamente cerca de él una barquilla que en el Aznalfarache llevaban para ir con ella a cobrar las piezas cazadas, y le sirvió de apoyo para sostenerse a flote. Junto a él se encontró a otro naúfrago, el señor Fe, asido a un madero. Ambos señores trabajaron para sostenerse hasta recibir auxilio.

Ilustración de la Revista "La Ilustración Española y Americana"

El capitán del "Torre del Oro", tras salvar a los dos naúfragos y comprobar durante un tiempo prudencial que no se divisaban más supervivientes, puso rumbo a Sevilla. El mismo barco que causó la tragedia fue el encargado de a ambas víctimas junto con la triste noticia a la ciudad, donde en poco tiempo se corrió la voz de la desgracia, sucediendose las escenas de angustia y dolor por el destino de los expedicionarios. Tanto el capitán Martínez como el señor Fe perdieron el conocimiento y tardaron en recuperarse de sus heridas, siendo atendidos médicamente en sus domicilios. 

La prensa local, destacó en sus números siguientes a la tragedia la identidad y personalidad de varios de ellos, entre los que destacaban industriales, empresarios del comercio (propietarios de joyerías, camiserías, sombrererías) funcionarios (del Banco de España, por ejemplo) e incluso el hermano del famoso pintor José Villegas Cordero, Ricardo, también destacado pintor, quien se sumó a la excursión en el último momento. Tampoco merece quedarse en el tintero el nombre del joven Alberto Barrau, miembro de la Directiva (así se decía entonces) de la Hermandad del Valle y cuya muerte a la postre provocó que, impactado por la pérdida, el músico Vicente Gómez Zarzuela compusiera la marcha fúnebre "Virgen del Valle", como investigó José Manuel Delgado allá por 1998. Finalmente, a la hora de hacer recuento, se contabilizaron veintiún fallecidos.

Ricardo Villegas, retrado por su hermano José.

La Comandancia del Puerto y autoridades de la Marina pusieron manos a la obra a fin de rescatar los cuerpos de los infortunados, destacando la labor del ingeniero del Puerto, Luis Moliní como coordinador de la tareas y la del buzo Arroyo, quienes llegaron al lugar del desastre a bordo del remolcador "Destello" una vez fueron localizados los restos del naufragio del "Aznalfarache". Tras sumergirse en las frías aguas, Arroyo pudo alcanzar la zona de la bodega y comprobar que en ella estaban aún los cadáveres de varios de los pasajeros, como si el impacto y hundimiento les hubiese sorprendido durmiendo, mientras que otros cuerpos, al ser sacados a la superficie, mostraban señales de lucha infructuosas por haber intentado alcanzar dicha superficie. 

"El Noticiero Sevillano", martes 10 de noviembre de 1896.

 Durante aquellos días tristes fue también destacable el comprobar cómo varios amigos de los fallecidos había salvado sus vidas al declinar en el último momento la invitación a la cacería fluvial, al igual que las muestras de pésame de toda la ciudad, comenzando por el Círculo Mercantil que organizó un solemne funeral en la Parroquia del Salvador. Poco a poco se fueron rescatando casi todos los cuerpos del fondo del río y también se iniciaron las pesquisas para dilucidar las causas del siniestro. 

Ilustración del pintor José Arpa para la revista "La Ilustración Española"

Por cierto, en el juicio, consejo de guerra, celebrado con posterioridad y analizado por el investigador y marino Manuel Rodríguez Aguilar, quedó demostrado que el capitán del barco hundido apenas había descansado durante la jornada y que una desgraciada "cabezada", provocada por el sueño, durante un momento de la travesía fue la culpable de la catástrofe. La sentencia, dictada el 21 de junio de 1899 en la ciudad de San Fernando, sede del tribunal, lo condenó a la pena de cuatro meses de arresto mayor, inhabilitación para patronear navíos y pago de una indemnización marcada en 333.000 pesetas a repartir entre los familiares de las veintiún víctimas de la tragedia. Ni que decir tiene que el capitán del otro navío quedó absuelto de los cargos de imprudencia que se le imputaban.

Un año después de la tragedia, todavía el periódico La Andalucía, relataba el hallazgo por parte del Cabo de Carabineros de San Juan de Aznalfarache de cuatro escopetas de caza en la zona del naufragio, lo que da idea de cómo los restos fueron aflorando poco a poco, mudos testigos de un suceso que marcó los años finales del siglo XIX en Sevilla.


lunes, 11 de octubre de 2021

Cuna.

 

Corre el año 1558. El entonces Arzobispo de Sevilla, Fernando Valdés, en unión de Juan de Obando, Vicario General de la Archidiócesis deciden fundar una Hermandad en honor al Patriarca San José y a la advocación de la Virgen del Amparo, dedicada a ayudar y mantener a un sector de la población siempre en riesgo: los niños. 

Así, la nueva Corporación, a semejanza de otras entidades de aquel tiempo,  tenía entre sus cometidos el de salvar de las calles a aquellos recién nacidos que eran abandonados en zonas concretas de la ciudad; la iniciativa no era nueva, ya que se tiene constancia de establecimientos benéficos de este tipo en Italia ya en el siglo VIII. Para entender cómo era la situación en aquella Sevilla del Quinientos baste el desolador documento que sacó a la luz la Doctora Giménez Muñoz, donde se afirmaba que esos niños "expuestos a la inclemencia de los temporales que por el rigor de los fríos en su tierna edad y desabrigo ya por la impiedad de los perros faltos del natural instinto apenas habían abierto los ojos a esta vida cuando se hallaban despojados de ella con su temprana muerte, quedando privados de gozar de Dios para siempre por faltarles el agua del Santo Bautismo muriendo antes de recibirla"

Ni que decir tiene que la mayoría de estos pequeños eran fruto de relaciones extramatrimoniales (en unos tiempos en los que la deshonra suponía un estigma social) o hijos de familias sin recursos que optaban por la dolorosa decisión de abandonarlos a la espera de que algún alma caritativa se apiadase de ellos, de ahí la costumbre de dejarlos en la puerta de monasterios y conventos (¿quién no recuerda la emotiva novela y película de Marcelino Pan y Vino?). 

La nueva Hermandad, nacida al calor de una época en la que la ciudad bullía en actividad y en la que los contrastes sociales era muy fuertes, irá poco a poco alcanzando cierta pujanza. En 1627, con el mecenazgo del Cardenal Diego de Guzmán, tras no pocas vicisitudes se convertirá en una Junta con doce vocales en la que tendrán cabida personajes del estamento eclesiástico y del civil, siempre bajo la presidencia del Prelado de turno que ostentaría el rango de Protector; además, a fines del XVII la Casa Cuna, tras una estancia en la calle Francos, se establecerá en la calle de los Carpinteros o Carpintería, aunque el nombre del gremio poco a poco irá siendo desplazado por el de Cuna, llegando con esta denominación hasta nuestos días. 


Pese a la influencia arzobispal, no tuvo nunca la Casa Cuna una saneada economía, ya que, por ejemplo, durante años son constantes las quejas de los administradores por la falta de recursos con los que alimentar a la numerosa población infantil y con los que pagar los sueldos de las nodrizas o amas de cría encargadas de alimentar a no pocos recién nacidos que eran dejados literalmente en el "Torno", muy similar al existente en los conventos femeninos de clausura y que garantizaba el anonimato de las manos que entregaban al niño a Casa Cuna. En muchas ocasiones los niños venían acompañados de alguna nota o carta con instrucciones sobre su crianza futura, pues quizá fueran de nuevo recogidos, en otras, los niños apenas traían lo puesto y llegaban en pésimas condiciones de salud. 

Richard Ford ya lo recogió en sus escritos de 1830, que la Casa Cuna era "el lugar donde los inocentes son asesinados y los hijos naturales abandonados por sus antinaturales padres, y atendidos en el sentido de que se les mata a hambre lenta.", lo que da idea, por desgracia, de las condiciones de vida allí, con una mortalidad de más del 50%. Prueba de ellos son los libros conservados en el Archivo Provincial y la existencia, en la Parroquia del Salvador, de la llamada Cripta de San Cristóbal; en ella, durante las excavaciones arqueológicas realizadas en la restauración de dicho templo en 2004, se contabilizaron novecientos cuerpos correspondientes a población infantil, enterrados allí debido quizá a episodios de alta mortalidad motivados por epidemias (peste, fiebre amarilla, cólera, sarampión...). Fue sin duda uno de los hallazgos más sorprendentes, e incluso la prensa local de se hizo eco de ellos. 


Un portero montaba guardia durante la noche junto al torno, y en el caso de que se dejase algún niño, prontamente se le entregaba a las religiosas a cargo del establecimiento, cuya Superiora no tardaba en ordenar su higiene, alimentación, inscripción en los correspondientes libros de registro y, por supuesto, su bautismo y otorgarle un nombre, normalmente el del santo del día. Eso sí, el apellido sería el mismo para todos aquellos desafortunados: Expósito, que aún perdura en el catálogo de apellidos españoles.

González de León narra que en el siglo XIX la Casa Cuna se hallaba en el entonces número 13 de la calle del mismo nombre, y que se trataba de un edificio con una fachada sin apenas adornos dignos de mención, excepción hecha de dos lápidas de mármol, una a cada lado de la puerta principal, en una de ellas con la escueta leyenda: 

AQUÍ SE ECHA LA LIMOSNA 

PARA ESTA STA. CASA

Mientras que en el otro lateral figuraba ésta inscripción del Salmo 26 del Antiguo Testamento:

Cuya traducción sería "Porque mi padre y mi madre me desampararon, el Señor me recogió". Ni que decir tiene que el torno antes aludido ocupaba lugar preferente en la fachada de la Casa, que a su vez, como recoge el mismo autor, poseía sala de lactancia, dos salas para "destete" y una enfermería que era atendida gratuitamente por un médico, por no hablar de las demás dependencias y la capilla, reconstruida en 1734 por Diego Antonio Díaz. Como curiosidad, la capilla era presidida por un retablo barroco con una imagen de San José obra de Pedro Duque Cornejo

A los seis años, los niños pasaban al Hospicio, entonces en el actual Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, aunque existía la posibilidad de que fuesen adoptados siempre que los padres "sean de buenas costumbres y tengan medios para sostener al prohijado". En torno a 1874, por poner un ejemplo, había 430 niños en la Casa Cuna, a los que habría que sumar casi 600 más, acogidos en las llamadas "Hijuelas" o sedes de Cazalla, Écija, Morón, Osuna, Utrera y Carmona. 

A partir del siglo XIX una Junta erigida por el Cabildo de la Ciudad, formada por diversas damas de la alta sociedad, asumió la gestión de la Casa Cuna con notables mejoras, como la construcción de una nueva sede abandonando el vetusto edificio de la calle Cuna y trasladándose en 1917 a la zona de Miraflores, donde el arquitecto Antonio Gómez Millán diseñó un funcional edificio de corte regionalista. Gestionada por la Diputación Provincial de Sevilla durante toda esta etapa y con la ayuda de las Hijas de la Caridad, en 1989 finalmente cesó su actividad, pasando la cuestión social a manos de la Junta de Andalucía. 


La calle, eso sí, conservó el nombre y el recuerdo de aquel establecimiento benéfico, aunque en su lugar, sobre 1925, se construyó uno de los primeros lugares destinados en Sevilla a proyecciones cinematográficas: el Cine Pathé, aún en pie en el número 15 de la calle, pero esa, esa ya es otra historia.

Fotos: María Coronel. 

lunes, 4 de octubre de 2021

Cirugía Mayor.

 

Probablemente, se trata de una de las calles más cortas de Sevilla, entre la Plaza de Menjíbar y Castellar, paralela a Feria, no muy lejos de la Iglesia de San Juan de la Palma. Debe su nombre a un cirujano, Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien durante el siglo XVI alcanzó justa fama y cuyo nombre, en aquellos años recios de duelos y estocadas, los espadachines invocaban antes de entrar en liza: "A Dios me encomiento y al Doctor Hidalgo de Agüero". Pero como siempre, vayamos por partes. 

En torno a 1383 habría nacido, probablemente en Lora del Río, Juan de Cervantes y Bocanegra, miembro de un noble linaje y nieto del Almirante de Castilla, nada menos. Llamado a la vocación religiosa, doctorado en Salamanca, intervino en varios Concilios, como el de Siena, tras lo cual fue ascendido al rango de Cardenal en 1426. Prosiguió siempre defendiendo la causa de la primacía papal en otros Concilios como los de Basilea o Maguncia y finalmente, tras pasar por las diócesis de Ávila o Segovia, recaló en la Archidiócesis Hispalense en 1449. 

Establecido ya en Sevilla, tomó parte activa en las obras de la Catedral, aportando importantes sumas de dinero, formó una imponente biblioteca de más de trescientos volúmenes (legada al cabildo hispalense) e incluso fundó 1450 la Cofradía de la Santa Faz en el monasterio franciscano del Valle. Su legado, tras fallecer en 1453, quedó plasmado en dos obras, su impresionante sepulcro catedralicio, realizado por Mercadante de Bretaña y la fundación del llamado Hospital de San Hermenegildo, o lo que es lo mismo, el Hospital del Cardenal o de los Heridos.

Situado a caballo entre la actual calle Francisco Carrión Mejías y la propia de Cardenal Cervantes, el  Hospital no tardó en lograr merecida fama como centro hospitalario especialmente dedicado a cuestiones quirúrgicas, sin descuidar otras áreas; como decíamos, estamos en la violenta Sevilla de bravos, matones y espadachines a sueldo, en la que se prodigaban las pendencias y ajustes de cuentas, de modo que las heridas por arma blanca eran bastante frecuentes. Dotado con una plantilla en la que había doctores, enfermeros, boticarios, barberos, capellanes y todo el personal necesario, en este hospital, con dieciocho años, entrará como "Médico Residente" (por usar un término actual) un joven licenciado en Medicina por la Hispalense, que con rapidez irá absorbiendo todo lo que se hacía en el Hospital, formándose como galeno y cirujano y estudiando cada caso hasta lograr lo que Bartolomé Hidalgo de Agüero, ése era su nombre, llamó la "vía particular". ¿De quien y de qué hablamos?

Hidalgo de Agüero habría nacido en Sevilla en torno a 1537; casado y con cuatro hijos, poco se conoce de su vida, salvo su labor como médico, su aprendizaje y su maestría, ya que dejó numerosos discípulos. Como curiosidad, dato aportado por el doctor Vázquez Medina, en 1575 se le asignó un sueldo anual de 27.000 maravedís, mientras aprendía con los doctores López de la Cueva y Cetina. 

Dado nuestro nuestro poco o nulo conocimiento sobre ciencia médica, recurriremos a la sabiduría del doctor y farmacéutico sevillano Herrera Dávila, estudioso del tema en nuestros días para intentar explicar el método de nuestro cirujano. Tradicionalmente, y así lo aconsejaba la ciencia de aquella época, los cortes y heridas inciso contusas eran tratados en medicina mediante el uso de trepanación o hierros (por supuesto, sin anestesia) o con la aplicación de medicinas húmedas a fin de conseguir la aparición de la llamada "pus loable". Pese a ello, la mortalidad era muy alta para este tipo de traumatismos. 

Por ello, basándose en su dilatada experiencia "de treinta y ocho años", como afirmaba, Hidalgo de Agüero publicará su obra Thesoro de la verdadera cirugía, unos simples pliegos, con 57 consejos que "afijará" en algunas zonas de Sevilla para que todos pudieran leerlos. Dos detalles llamarán la atención de esta obra del cirujano sevillano: el hecho inusual de que utilice la "lengua común" desechando el culto y científico latín y que base sus afirmaciones, quizá por primera vez, en la práctica estadística, ya que para ello llevará cuenta de todos los pacientes atendidos por heridas en el Hospital del Cardenal, de sus heridas y de su evolución, practicando su método de "vía seca", basado en el empleo de la higiene y la sutura.  

Así, como ha investigado Herrera Dávila, en 1583 ingresaron en su Hospital 456 heridos, de los que, una vez tratados por Hidalgo de Agüero, murieron sólo 20, lo que proporciona una mortalidad excepcionalmente baja teniendo en cuenta la época. 

Todo ello da idea de cómo llegó a ser la fama alcanzada por nuestro cirujano, aunque no faltaron voces críticas o envidiosas que pusieron en tela de juicio sus propuestas quirúrgicas, las de los doctores Estrada o Fragoso, con quienes sostuvo un airado debate en el que hubo de intervenir el Cabildo de la Ciudad. Ya se sabe, "nadie es profeta en su tierra".

A lo largo de su extensa y fructífera historia, el Hospital del Cardenal, de los Heridos o de San Hermenegildo, llegará a tener hasta más de ochenta camas,  se transformará en el Asilo Provincial de San Fernando en el siglo XIX, para ser derribado, definitivamente, en 1950. Con la demolición se perderá uno de los edificios más interesantes de aquella zona, formándose de nuevo cuño la actual calle Francisco Carrión Mejías. 

Por su parte, Hidalgo de Agüero morirá en Sevilla en 1597, "pobre, honrado y famoso", como escribirá alguno de sus biógrafos admiradores, siendo sepultado en la parroquia de San Juan de la Palma, como recuerda un azulejo allí situado. Fallecerá, además, contando con el agradecimiento de no pocos heridos salvados por su pericia. Recordemos, fruto de todo ello se hizo popular la expresión, antes de desenvainar la toledana, "A Dios me encomiendo y al Doctor Hidalgo de Agüero". 


lunes, 27 de septiembre de 2021

Pajaritos.

Sí, es cierto, no es la primera ocasión en la que esta calle sale a relucir en estas páginas. Hace algunos meses, buscando vías relacionadas con animales dimos a conocer, sólo de pasada, el devenir histórico de la antigua calle de la Imprenta, o lo que es lo mismo, Pajaritos, que se encuentra situada entre las calles Francos y Estrella, en pleno centro histórico de Sevilla. Durante el siglo XV se llamó Melgarejos, por hallarse en ellas las casas del linaje de este apellido nobiliario, y en el XVI era, a secas, la "calle que va al imprimidor", para luego pasar a denominarse Imprenta, debido a la presencia allí de un establecimiento ligado a una familia durante tres generaciones: los Cromberger. Pero como siempre, vayamos por partes. 

 

A mediados del siglo XV el orfebre alemán Johanes Gutenberg había creado la imprenta, entendida como un conjunto de tipos móviles realizados en metal con los que, junto con papel, tinta y una prensa, componer las diferentes páginas de una publicación, con lo cual el sistema de copistas y amanuenses medievales daría un salto cuantitativo hacia su desaparición, facilitando la edición de más y mejores ejemplares. La Biblia, lógicamente, fue uno de los primeros títulos publicados y poco a poco el invento fue abriéndose paso por toda Europa, facilitando la expansión del saber y la cultura. 

 Jacobo Cromberger, nacido en Nuremberg, llega a Sevilla en torno a 1490 y no tardará en trabajar en alguno de los incipentes y pujantes talleres de impresión ya existentes en la ciudad para, al poco tiempo, en 1499, contraer matrimonio con la viuda de uno de sus maestros, establecerse por su cuenta y comenzar una ardua labor de edición, sobre todo de textos sagrados; con la anuencia del Cabildo Catedralicio, imprimirá el llamado Misal Hispalense y con la de la orden franciscana realizará, por poner un ejemplo, nada más y nada menos que dos mil cartillas para aprender a leer enviadas al Caribe en una expedición transoceánica. Además, por sus prensas pasarán originales de personajes históricos del calado de Hernán Cortés o Elio Antonio de Nebrija.

 

Poco a poco la imprenta Cromberger, en el actual número 7 de la calle, se convierte en auténtica factoría que empleaba a varias docenas de oficiales y aprendices, en un caserón en el que el olor a tinta y a cola, a papel de trapo y cuero, acompañaría el trabajo en las mesas y prensas. Pasaron los años y el fundador legaba a su hijo Juan un importante patrimonio fruto del enriquecimiento experimentado con los libros editados: tierras de labor, viviendas e incluso esclavos, como ha investigado el profesor de la Universidad de Oxford Clive Griffin. El segundo Cromberger de la saga incrementó aún más la preponderancia de su negocio, editando gran cantidad de volúmenes, compaginó, valga la expresión, la imprenta con el negocio de librero, e igualmente amplió aún más la zona de distribución de sus publicaciones no sólo a Europa, sino a toda la América conocida entonces; como colofón, se sabe además, que un agente suyo instaló en 1539 la primera imprenta al otro lado del Atlántico en la ciudad de México. 

 

El epílogo lo habría conformado Jácome, el tercer Cromberger, pero hay que mencionar ineludiblemente el papel de su madre, Brígida Maldonado, hija, esposa y madre de impresores, quien al enviudar supo mantener el negocio familiar con un carácter fuertemente emprendedor, sacando a la luz títulos que se convertirían en "best sellers" de su tiempo y recurriendo incluso a la subcontratación para imprimir más ejemplares en tiempos de demanda elevada. Sin embargo, la imprenta familiar fue languideciendo hasta desaparecer, fruto de la desidia y de la poca motivación por parte de los sucesivos descendientes de la familia.

Anuncio en El Hebdomadario Útil Sevillano, 1758.

La calle Pajaritos adoptará su nombre actual a partir del siglo XVII, según algunos autores por el nombre de una célebre taberna con ese nombre, citada incluso, al parecer por Tirso de Molina. No por ello dejará de tener ilustres vecinos, sobre todo el siglo XIX cuando construya allí su residencia, en el número 6, un banquero sevillano poco conocido pero de gran importancia, Tomás de la Calzada. 

Ejemplo de burgués hecho a sí mismo, propietario de una fábrica de tejidos de seda, fue uno de los promotores del Banco de Sevilla (en el número 14 de esta calle) en 1856, aportando para ello 120.000 reales, sin olvidar que un año después intercederá, junto con el alcalde García de Vinuesa, por las vidas de los jóvenes condenados a muerte que tras su ejecución dará lugar al triste episodio de la Piedra Llorosa. De la Calzada, será miembro de la Diputación Provincial por el Partido Moderado, asesorará al Ayuntamiento como "vecino recomendable" en la construcción de elementos como la Plaza Nueva o el Monumento a Murillo, y además ejercerá como Hermano Mayor en la Hermandad de la Quinta Angustia.

 Son tiempos en los que sería cotidiano el trajín de los carromatos, el ir y venir de compradores y gente del comercio, las tertulias a pie de calle para comentar cualquier asunto local o nacional. Numerosos empresarios establecen sus negocios en Pajaritos, como Pedro Crespo, Faustino Martínez (tejidos de seda), Agapito Artoloitía o el almacén al por mayor de tejidos de Pastor y Compañía, sin olvidar la Escuela Normal Superior de Maestros, en el número 15 entre 1903 y 1911 o la Imprenta (de nuevo las artes gráficas) de Juan Montano, en el número 12. Precisamente en este inmueble, un gran caserón edificado en el XIX, se ubicará el colegio de los Jesuitas en tiempos de la Segunda República, tras la disolución de la Compañía de Jesús y el cierre del colegio de la calle Villasís. En los años sesenta radicará allí la sede de la Delegación Provincial de Mutualidades Laborales. 

Al igual que en la anterior saga de habitantes de la calle Pajaritos, el hijo de De la Calzada, también Tomás, proseguirá con la labor de enriquecimiento familiar mediante la participación en múltiples negocios que abarcarán desde la antedicha industria textil hasta el incipiente ferrocarril, destacando su labor bancaria y financiera y su papel político como Senador en Madrid entre 1881 y 1891, vinculado al partido de Castelar; como curiosidad, su nombre aparece incluso en la novela de Benito Pérez Galdós "Lo Prohibido", como acreedor importante de uno de los protagonistas. Tampoco quedó atrás en la faceta benéfico social, al ostentar el cargo de Director del Hospicio de San Luis o la faceta agrícola, al adquirir la Hacienda de San Francisco Javier de los Ángeles en el término municipal de Alcalá de Guadaira. Para conocer mucho mejor estos detalles, recomendamos el magnífico Blog de Agustín Peñuela, Historia de la Banca en Andalucía.

Una profunda quiebra financiera diluirá en el tiempo la historia de esta familia. Tras la suspensión de pagos del Banco de Sevilla en 1876 éste quedará fusionado con el Banco de España, que tendrá su sede en el palacio de Pajaritos 14 hasta 1928, cuando se traslade a la cercana Plaza de San Francisco, quedando convertido el edificio en oficinas municipales hasta nuestros días.  

En definitiva, la pequeña gran historia de una calle no muy concurrida, pero llena de interés histórico. 

Anuncio en el Diario de Sevilla, agosto 1852

Fotos: María Coronel. Con nuestro agradecimiento.

lunes, 20 de septiembre de 2021

El Obispo y el Padre Méndez.

Entre los numerosos benefactores que tuvo Compañía de Jesús en el siglo XVII en Sevilla, aparece el nombre de Juan de la Sal y Aguilar, Obispo auxiliar de la diócesis hispalense bajo las prelaturas del cardenal Niño de Guevara y otros purpurados de la época. Como bien afirmó en su momento el recordado sacerdote y periodista Carlos Ros, fue de la Sal un tanto diferente a los habituales prelados que ocuparon el Palacio de la Plaza de la Virgen de los Reyes, ya que su genio vivo y sus ocurrencias, llenas de jocosidad haciendo honor a su apellido, dieron como fruto diversas obras y cartas, entre las que destaca una serie de siete misivas que envió al Duque de Medina Sidonia a su residencia sanluqueña allá por 1617.


 

De familia noble, de la Sal había nacido en 1550 en la actual calle Alcázares, estudió en la Universidad de Salamanca y concluyó sus estudios en la Hispalense, cantando su primera Misa en el Santo Ángel, logrando un puesto de canónigo en la catedral de Cartagena para finalmente recalar en su ciudad natal para ostentar el obispado auxiliar de Bona con el beneplácito del Cardenal Niño de Guevara, llegando incluso a rechazar el nombramiento como obispo de Málaga sin que se sepan sus motivos. Vivió en sus casas del Arquillo de San Martín y debió gozar de buena posición económica, ya que sufragó las pinturas del retablo mayor de la Iglesia de la Anunciación para los jesuitas, realizadas por el italiano Gerolamo Lucenti de Corregio. Debido a ese apoyo a la Compañía de Jesús fue sepultado tras su muerte, en 1630, en lo que hoy es la Capilla Doméstica de San Luis de los Franceses.

Junto a otros "tocayos" suyos, formó un interesante círculo de ingeniosos literatos de gran calidad, entre los que destacan Juan de Robles, Juan de Arguijo o Juan de Salinas, aparte de otros, dedicados a glosar las excelencias de la Sevilla del Imperio, alabar a María como Concebida Sin Pecado Original o, por ende, lanzar originales dardos en forma de poemas o cartas contra la secta de los Alumbrados, que tuvo en jaque a la Inquisición Hispalense durante algunos años.

De este modo, en el caluroso verano de 1617 Juan de la Sal toma papel, pluma y tinta y toma asiento en su escritorio para informar a Manuel Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, con hasta siete divertidas cartas, en las que narra con todo lujo de detalles, las idas y venidas del famoso en su tiempo Padre Méndez (nada que ver con el piadoso sacerdote Méndez Casariego, fundador del Instituto de las Hermandas Trinitarias, fallecido en 1924 y con calle en Sevilla). Las misivas, llenas de anécdotas y "hechos verídicos" ponen de manifiesto tanto el humor de Juan de la Sal como la picaresca redomada del Padre Méndez, quien convirtió su sacerdocio en un modo "non sancto" de vida, a medio camino entre la locura y la herejía.

Responsable eclesiástico de una Casa de Beatas (especie de semiconvento femenino), Méndez será investigado por prácticas alejadas de la ortodoxia, como se afirmó en los cargos contra él ante el Santo Oficio: “y acabando la misa desnudándose las vestiduras sagradas, baylaba con las beatas y cantando decían: mi cari Redondo, mi buena cara”, o incluso llegando a prácticas poco en consonancia con el celibato sacerdotal: "y para hacer oración mandaba a una de las dichas mugeres le rascase la cabeza y poniéndole a las mugeres las manos en los pechos y tocándole las manos y el rostro...”

El caso es que el sacerdote, cristiano nuevo e influido por las teorías de los Alumbrados, poseía un poderoso influjo como Director Espiritual sobre devotas y beatas de toda clase y condición, dándose el caso de que algunas condesas y marquesas, en su afán por agasajarle, se disputaban incluso jirones de su ropa como si fuesen reliquias santificadas de algún mártir. Hay que añadir, como explicó el teólogo e historiador dominico Álvaro Huerga, que Méndez había sido ya expulsado de Sevilla en tiempos del Cardenal Rodrigo de Castro, regresando tras su muerte, penitenciado por la Inquisición por judaizante en México, y que había huido de Roma unos años antes tras protagonizar un suceso de similares características al que nos ocupará en lo siguientes párrafos...

Llegados a este punto, hay que mencionar que Juan De la Sal narra con detalle los sucesos acaecidos en del 1 al 20 de julio 1617, cuando el Padre Méndez, de origen portugués según unos o nacido en Moguer según otros, proclamó casi a bombo y platillo, que Dios se había dignado a revelarle la fecha de su propia muerte, que tendría lugar el 20 de julio de ese mismo año, y que por tanto le urgía a disponerse a bien morir, para lo cual, contrito y penitente, se retiró al Convento del Valle (ahora Santuario de Jesús de la Salud de la Hermandad de los Gitanos) a fin de llevar una vida austera y humilde ante la inminente conclusión de sus días. Escuchando al Guardián del Convento, éste relataba cómo Méndez, todo ascetismo, andaba en oración noche y día y que "a la noche solo come un poquito de pescado, con cuatro bocados de ensalada y bebe una vez agua".

Si buscaba paz y sosiego, cosa que dudamos, no lo logró. En una ciudad hervidero de chismes y rumores y deseosa de cierto morbo, aún más si estaba relacionado con asuntos religiosos, la afluencia de fieles y curiosos al convento fue tal que en algunas jornadas llegaron a verse "aparcados" hasta treinta carruajes pertenecientes a la flor y nata de la nobleza sevillana, especialmente de aristocráticas damas ansiosas por platicar y confesar con tan santo varón, por no hablar de la "corte de los milagros" formada por ciegos, pícaros, lisiados y pedigüeños que buscaban "hacer su agosto" en julio, valga la expresión, al calor, valga también la expresión, de todo lo que arrastraba el "clérigo difunto".

 

El Padre Méndez celebraba la Santa Misa comenzando a las cinco de la madrugada y finalizando con el "Ite Misa Est" no antes de la una de la tarde, sin sentarse en ningún momento, lo cual llenaba de admiración a la legión de beatas y devotas que veían en ello indudable milagro. Tampoco faltaban voces que atestiguaban haberlo visto levitar en trance enmedio de sus oraciones místicas o quienes, tras la intervención del barbero que lo visitaba, recogían con devoción los pelos como si fuesen preciadas reliquias. Por su parte, el sacerdote continuaba profetizando su muerte e incluso narrando sus visiones del Purgatorio, el cuál "visitaba" con frecuencia, contando a su regreso a quién había visto por allí para alegría o desesperación de sus familiares.

Igualmente, como la cosa parecía ir en serio, la comunidad monástica comenzó a preocuparse por lo que acontecería si el fallecimiento no llegaba a producirse; prueba de lo disparatado de la situación es el testimonio certero de uno de los monjes, recogido por Juan de la Sal: "Que él trate de morirse cuando nos lo ha prometido; porque si no nos cumple la palabra lo habemos de achocar (sic), so pena de que nos silben por la calle".  

Llegó al fin el 20 de julio. Toda Sevilla aguardaba acontecimientos con el alma en vilo, pendientes del estado de salud del clérigo. El Padre Méndez, según lo narrado por Juan de la Sal, se aprestó a celebrar su última Misa con toda serenidad, comenzando de madrugada y prosiguiendo durante toda la jornada, sin que la muerte diese visos de asomar. Con un médico a su lado tomándole el pulso cada "dos por tres", agotado hasta la extenuación por la falta de alimento, el sacerdote, presa de una fuerte angustia, creyó llegado el postrero momento. Pero, pasaban los minutos, las horas, y nada nada anormal sucedía, para asombro, alegría o desesperación de quienes asistían a tan insólito suceso. Dejemos que sea el obispo de Bona, nuestro buen Juan de la Sal, quien narre cómo finalizó aquella escena tragicómica: 

"Pues, cuando vieron que era pasada la hora y no moría, todos, unos en pos del otro, se fueron cabizbajos á sus casas, dejándole en el altar, donde, acabada la misa, se halló solo, en su solo cabo".

Ni que decir tiene, durante semanas, Méndez fue asediado por multitud de sevillanos que no cesaban de preguntar, no sin cierta guasa, que cómo era que seguía vivo, mientras su comunidad de beatas vivía aquella etapa entre la verguenza y la fidelidad a su "líder". No deja de ser curiosa su entereza, pues soportó estoicamente burlas y chanzas sin dejar de realizar su vida cotidiana como si nada hubiera pasado.

Como podremos imaginar, el Padre Méndez no iba a salir bien parado de todo este trance; investigado y apresado por el Santo Oficio, el "no difunto" daría con sus huesos en las lóbregas celdas de la Inquisición. Olvidado por quienes le seguían con devoción, finalmente falleció en el Castillo de San Jorge, aguardando sentencia por herejía y demás delitos contra la fe, de modo que fue su efigie quien cayó pasto de las llamas durante el Auto de Fe celebrado el sábado 3 de noviembre de 1624 en la Plaza de San Francisco. 

lunes, 13 de septiembre de 2021

"Con las carnes abiertas".

 Como alimento de primera necesidad, la carne ocupó siempre un lugar muy importante en el mercado de abastecimientos de Sevilla a lo largo de la historia. Tras la conquista de la ciudad por Fernando III en 1248, los diferentes puntos de venta para este alimento se situaron ta  nto en la zona de Santa Catalina como, en mayor medida, en el sector de la actual Plaza de la Alfalfa y algún otro. Desde entonces, aparte de las carnicerías habituales, la propia Iglesia Hispalense conservó para sí algunos puestos de carne. 

Aunque pueda pensarse que en principio era reservado como manjar casi de lujo para la nobleza, lo cierto es que en los siglos XV y XVI la demanda de carne se vio aumentada de manera más que notable entre la población, a lo que hay que añadir el papel del campo andaluz en general, y del sevillano en particular, como fuente ganadera de primer orden, dándose el caso de que incluso Sevilla surtía de carne a mercados tan lejanos como el valenciano, aunque, dependiendo de las circunstancias económicas, las tornas podían cambiar y el Concejo de Sevilla hubo de acudir a ferias de ganado como la de Ronda para comprar reses con las que abastecer los mercados de la ciudad. 

Una vez traído a Sevilla, el ganado se guardaba, previa anotación por el encargado de ello, en la Dehesa de Tablada, zona de pastos comunales, especie de "despensa en vivo", que durante el siglo XVI alcanzó gran importancia por cantidad de animales que albergó, siendo habituales las quejas por los abusos allí cometidos por cierto "contrabando" de ganado que evitaba así el pago de la alcabala de la carne, e incluso por la presencia de lobos que atacaban a las reses con el consiguiente perjuicio, como reseñó en su momento el malogrado profesor García-Baquero. Amén de todo ello, la proximidad al Guadalquivir generaba inevitablemente no pocas incidencias por las frecuentes crecidas del caudal del río, causando daños importantes y obligando a desalojar la Dehesa cada cierto tiempo con motivo de riadas.

A principios del siglo XVI se contabilizaba un total de 28 tiendas o "tablas" en Sevilla, con alguna que otra en Triana y la zona de la Puerta del Arenal, alcanzándose incluso la cifra de 48, proponiéndose entonces reducirlas a 22, más o menos el número de carniceros existentes ya a fines del siglo XIV como apunta el profesor González Arce. En un principio los animales se sacrificaban en las propias carnicerías, aunque en 1489 se constituyó un recinto cerca de la Puerta de Minjohar y que poco a poco se convirtió en el Matadero de la Ciudad, cambiando su denominación esta puerta y pasando a llamarse Puerta de la Carne. 

El Matadero, comenzó a gestarse en las inmediaciones del Arroyo Tagarete, conformándose en palabra de Alonso Morgado: "en forma de gran casería con sus corrales y naves y todas sus pertenencias. Y unos miradores que descubren una buena plaza, donde se corren y alancean toros de verano ordinariamente". Poco a poco iría surgiendo el barrio de San Bernardo, gestándose así su tradición taurina. Por lo demás, el Alcaide, el Casero y el Fiel eran los responsables del recinto, encargándose de su orden y limpieza, muchas veces escasas ambas, ya que hay abundantes reseñas sobre la corrupción e insalubridad reinantes allí.


Carnero, cabra, vaca, toros, cerdo, conejo, eran los tipos de carne más apreciados por los sevillanos, dejando a un lado las aves de corral y las de caza, que eran vendidas en otra zona próxima de la Alfalfa cuyo nombre lo decía todo: la gallinería. La población más desfavorecida, que no era poca, se conformaba con adquirir tocinos, menudos y tripas, siempre más asequibles, sin que quede en el tintero cómo la carne en general era prohibida por la Iglesia en tiempos de Adviento, Cuaresma y Semana Santa. Miguel de Cervantes, en su obra "El Coloquio de los Perros", ponía en boca de uno de sus protagonistas caninos, en este caso Berganza, que "tres cosas tenía el rey por ganar en Sevilla: la calle de la caza, la costanilla y el Matadero", lo que nos da idea del submundo existente en esas zonas, en las que la picaresca, el robo y la violencia (en un espacio donde los cuchillos eran herramientas de trabajo) estaban a la orden del día.  

Los orígenes del gremio de carniceros (que al parecer tuvo su sede y hospital en la feligresía del Salvador bajo la protección de Santa Catalina) se pierden en la noche de los tiempos, aunque es sabido que tuvo Ordenanzas aprobadas por Alfonso X el Sabio, en las que se incidía especialmente en el control de los precios, en la calidad de la carne y, sobre todo, en la "afinación" de los pesos y medidas a fin de evitar fraudes, que eran penados con multas, azotes y hasta con pena de muerte siempre bajo la autoridad máxima de los dos alcaldes o alamines, encargados de velar por el correcto cumplimiento de las normas. Como detalle curioso, se prohibía vender carne "a ojo", o sea, sin pesar.

Rembrandt: El buey desollado, 1655, Museo del Louvre. París. 

Punto y aparte merece el hecho de que ya a comienzos del XVI la mayor parte de los puestos de carne estuviesen establecidos en la feligresía de San Isidoro, cerrando una zona eminentemente comercial con las plazas de la Alfalfa, de la Pescadería, del Pan y del Salvador, donde se vendían frutas y verduras. Las llamadas Carnicerías (que fueron derribadas en 1837, ampliando su área la Plaza de la Alfalfa), contaban con varias decenas de tablas para cortar y pesar la carne, cada una con su propio cierre mediante reja y cerradura y situadas éstas circundando un amplio patio con dos espaciosas puertas. La venta comenzaba cada mañana con el toque del alba y las carnes habían de venderse por separado y sin mezclarse con los despojos. Sin embargo, a pesar de la vigilancia del alcaide de las propias carnicerías, siempre hubo problemas de higiene en la zona por la acumulación de inmundicias y malos olores, incluso con quejas vecinales al respecto.

Ni que decir tiene que el oficio de carnicero era exclusivamente masculino, alegándose entonces que la "impureza femenina" no era buena candidata para manejarse con cuartos, costillares, solomillos o chuletas. En el Pais Vasco, por ejemplo, las mujeres tenían prohibido cortar carne con la severa multa de 200 maravedís, aunque en Valladolid en 1486 se dio el caso de Marina Alfonso, quien heredó el oficio y la tabla de su marido al enviudar.

Llegados a este punto, merece la pena reseñar las peripecias de una sevillana del siglo XV, judía por más señas, y sus esfuerzos y reivindicaciones por conservar su negocio dentro del gremio que venimos comentando. Tras el tristemente conocido asalto a la judería sevillana de 1391, la comunidad hebrea hispalense fue aislada en su propio territorio, cercano a la protección del Alcázar, aunque las tensiones sociales nunca dejaron de estar presentes. 

El protagonismo de la mujer en la comunidad judía se concretaba prácticamente en su único papel de esposa y madre, aunque en algunas ocasiones ejerciera como propietaria de tierras de labranza o en otras como criada para otros judíos, como nodrizas y, caso interesante, como plañidera para las celebraciones funerarias, sin olvidar su labor como tejedora, costurera o tintorera. 

Foto: Reyes de Escalona

La profesora Raquel San Mamés ha sacado a la luz el testimonio de Ana Gonçales, quien regentaba una tabla de carnicería judía en Sevilla desde 1477. Casada con Ferrand Gonçales, en octubre de ese año recibió un escrito desde la Cancillería de los Reyes Católicos en la que, a petición de la aljama judía de Sevilla, se le requería a que abandonase su puesto en favor de ésta. Sin embargo, Ana alegó que poseía un documento firmado por la propia Reina Isabel por el que se le otorgaba a perpetuidad su negocio. 

Para acreditar tal situación, habrá finalmente de viajar a Jerez, sede de la Corte entonces, para allí demostrar su afirmación ante los monarcas. El 7 de noviembre de ese mismo año los reyes escriben a la aljama de Sevilla ratificando todo lo anterior, ya que Ana Gonçales había demostrado fehacientemente que estaba autorizada a regentar su carnicería como cualquier varón con el beneplácito de la corona y que por tanto tenía pleno derecho (sin que constase por ningún lado el nombre de su marido) a cortar carne o a delegar en quien ella desease, pudiendo alquilarla, sin olvidar, eso sí, abonar la fianza necesaria a la aljama en ese caso. 

Como vemos, una sevillana del siglo XV fue capaz de perseverar en el empeño de mantener abierto su negocio pese a las circunstancias de la época, logrando incluso el apoyo de la corona en unos tiempos difíciles.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Los Terceros y aquellos "Ojos Verdes".

Una de las Plazas más conocidas y con más sabor de nuestra ciudad podría ser, sin duda, la antigua Plaza de los Terceros, en pleno corazón de Sevilla y en la collación de Santa Catalina. 

Foto: Reyes de Escalona

Conocida desde el siglo XV como Plaza de las Tablas, de las Carnicerías o de las Freideras, debido a la existencia en la misma de puestos para la venta de carnes, pan o de pescado frito, la proximidad con la conocida Alhóndiga en la calle de su nombre o el hecho de que fuera lugar de mercado prácticamente durante toda la semana, hicieron de este enclave un punto comercial de primer orden en la Sevilla de la Edad Moderna. Pese a todo, la denominación más habitual fue la de Plaza de Santa Catalina, así como la de Los Terceros, en alusión al convento de la calle Sol, sede actual de la Hermandad de la Cena. 


Sin embargo, a mediados del siglo XIX es ésta última denominación la que se lleva el gato al agua, manteniéndose hasta nuestros días. 

En 1485 ya se había autorizado la venta en la plaza de "viandas de carne de puerco y cabrón y oveja, y pescado secial y sardinas frescas", aclarando que el pescado cecial era pescado sometido al proceso de salazón para que así se conservase mas tiempo. Prueba de ello es que Alonso Morgado en el siglo XVII afirmaba que en la plaza se hacía "una feria todos los lunes, jueves y sábados todas las semanas del año de sus muros adentro y de todas las cabalgaduras a la plaza de Santa Catalina". En el siglo XIX pervivía la faceta comercial y alimenticia, con puestos de patatas y huevos, sin olvidar que indudablemente existirían también tabernas que aglutinarían a la gente del barrio, aspecto que pervive en la actualidad, como sabemos de sobra. 

Foto: Reyes de Escalona
 
No faltó la presencia de otros oficios en la plaza a lo largo de la historia, como en el caso de Juan de la Barrera, quien en 1547 afirmaba vivir allí y dedicarse a trabajos de guadamecilería, o lo que es lo mismo, a la decoración de láminas de cuero con policromías usando plata como fondo o en el caso de Anselmo Sánchez Matamoros, que en 1797 solicitó alcanzar el rango de maestro herrero con acreditada experiencia. Precisamente a lo largo del XIX se produjeron numerosas quejas vecinales por el ruido y estorbo que provocaba este tipo de oficios, sobre todo porque trabajaban prácticamente "a pie de calle".

Ya en el siglo XX, se constata la existencia de la llamada Taberna "Río de la Plata", que incluso, como recogió el diario El Liberal en noviembre de 1904 fue escenario de un crimen al ser allí apuñalado un sujeto al parecer por un asunto de deudas de juego; además, durante la II República y en el número 17 estuvieron tanto la sede de distrito del Partido Acción Republicana, con su presidente Pedro Díaz Seda y el Sindicato de Mozos y Similares de Comercio, Hoteles e Industrias de Sevilla. 

Muy cambiada su fisonomía en cuanto a edificios, merece la pena destacarse el correspondiente al número 9, de bastante antiguedad y que en los años veinte y treinta albergó el establecimiento de zapatería "La Constancia", propiedad de Manuel Santiago, la Droguería de Teófilo Pérez en el número 2 o el número 13, donde en los años 50 fijó su negocio de pieles Alfonso Daza. 


En el número 14 se encuentra ahora la Librería Anticuaria Los Terceros, en la que vivió un vecino con mucho que contar: Salvador Valverde. 


 Aunque nacido en Argentina en 1895, de padres españoles, con cuatro años volverá a España y, cosas de la vida, al poco quedará huérfano, siendo criado junto con su hermana por su tío José, empleado de banca, que vivía en la calle Feria primero y en la Plaza de los Terceros, después. Salvador crecerá y conocerá a Sevilla y sus tradiciones desde ese escenario y con veintiún años, titulado en Magisterio, poeta precoz y escritor en ciernes, ganará los Juegos Florales de las Fiestas Colombinas de Huelva de 1916, con un poema titulado "Niña", haciéndose eco el diario El Liberal de su triunfo: 

El periódico "La Unión" había ya recurrido a sus servicios, haciendo gala en sus escritos de una profunda preocupación por los temas relacionados con las desigualdades sociales. La vida de Salvador Valverde sufrirá un cambio decisivo al abandonar su casa en la Plaza de los Terceros y marchar a Madrid en 1919, donde se dedicará de nuevo a ejercer como periodista y como secretario de una productora cinematográfica; sin embargo, poco a poco entrará de lleno en el mundillo de los letristas y compositores para cupletistas, coplas o zarzuela, sin cesar de crear letras y composiciones, a veces con la música de su paisano Manuel Font de Anta ("La Cruz de Mayo" o "Sol de España", por poner dos ejemplos) aunque con quien formará un equipo casi perfecto será con el músico Manuel López Quiroga y el también poeta sevillano Rafael de León: Valverde, León y Quiroga.


 Entramos en 1930. Valverde, ya casado y con un hijo, inicia una etapa en la que no deja de "fabricar" éxitos en forma de copla para artistas como Estrellita Castro con "María de la O", Concha Piquer con "Adiós a Romero de Torres" o Imperio Argentina con "Pena Gitana", un sin fin de composiciones que alcanzará su cénit con "Ojos Verdes", compuesta contando con la inspiración inicial de Federico García Lorca, estrenada en 1937 y grabada por Concha Piquer ese mismo año, alcanzando una enorme popularidad, aunque, dato curioso, la canción fue modificada en los años cuarenta por la censura franquista, sustituyendo el verso "apoyá en el quicio de la mancebía" por "apoyá en el quicio de tu casa un día".

Precisamente la Guerra Civil y sus ideas políticas obligarán al exilio a Salvador Valverde, primero a París (donde logrará no ser internado gracias a su doble nacionalidad hispano argentina) y luego al fin a Buenos Aires con su familia donde proseguirá con su tarea creativa, publicando novelas, guiones, comedias y programas de radio (como el famoso "Fiestas Españolas", galardonado con un Premio Ondas) y televisión.

Salvador Valverde y el cantante Miguel de Molina recibiendo en Buenos Aires a la actriz y cantante Carmen Sevilla

Mientras pasan los años, en España su nombre irá cayendo en el olvido e incluso será eliminado del trío antes aludido en favor de Quintero, en 1989 el propio hijo de Valverde reclamará el terminar con la "muerte civil" de su padre tras tanto tiempo de ostracismo.  El 5 de septiembre de 1975 fallecerá en su casa de Buenos Aires, y no será hasta 2007 cuando el Ayuntamiento de Sevilla le erija una placa justo en el bajo de la casa de la Plaza de los Terceros desde la que, a buen seguro, aprendió a amar a la ciudad y sus cosas...


P.d. Quede para otra ocasión dar detalles sobre una taberna de los Terceros que merecería ríos de tinta: Los Claveles. 


lunes, 30 de agosto de 2021

Hauser.

 Aunque a primer vista el título de este post recuerde -sólo un poco- al afamado doctor televisivo interpretado por el actor británico Hugh Laurie, en esta ocasión pondremos nuestra mirada en otro doctor, un médico bastante considerado en la Sevilla del XIX y que además de atender a numerosos pacientes realizó una aportación muy importante para conocer mejor la realidad sociosanitaria de la ciudad de su época. Pero como siempre, vayamos por partes. 

El 2 de abril de 1832 nacía en Trstín, actual República de Eslovaquia, Felipe Hauser y Kobler, o mejor, Philippe o, como firmaba en sus publicaciones, Ph. Hauser. Al alcanzar la edad de trece años rechazó seguir los pasos de su progenitor como comerciante y comenzó los estudios secundarios que le llevarían a la Facultad de Medicina de Viena desde 1852 hasta 1856, donde recibió las enseñanzas de los mejores galenos de la época, a ello hay que sumar dos estancias en París y la redacción de su tesis doctoral sobre un tema que le perseguiría siempre: la nutrición. 

Tras un periplo como doctor que le llevó a Tetuán, Gibraltar y de nuevo París, donde contraerá matrimonio en 1863 con Pauline Neuburger Oppenheimer, judía parisina de ascendencia alemana y muy vinculada al círculo de la familia Rothschild, con quien el médico austrohúngaro tendrá una estrecha relación. Al convalidar su título de Medicina en la Universidad de Cádiz durante su estancia gibraltareña conocerá al que será uno de los impulsores de su venida a Sevilla: el catedrádico de la Hispalense Antonio Machado, de ideas liberales y abuelo de los poetas Manuel y Antonio. Al fin, en 1872, Hauser arribará a Sevilla junto a su mujer y sus cuatro hijos más tres criados, contando además con el influyente apoyo del Marqués de Pickman, paciente suyo, e instalándose primero en la céntrica calle San Miguel y posteriormente en el número 24 de la actual Plaza del Molviedro. Allí abrió su consulta, a lo que no tardaron en acudir pacientes en busca de curación.

Pese a sus raices hebreas, nunca se consideró muy practicante, las clases aristocráticas de la alta sociedad sevillana lo acogieron con gran interés, convirtiéndolo en uno de sus "médicos de cabecera", pero Hauser no olvidó nunca sus orígenes e ideas y supo cultivar relaciones y vínculos con sectores pertenecientes a la intelectualidad y con aquellos profesionales que por entonces luchaban contra las malas condiciones de vida existentes para un muy importante porcentaje  de sevillanos. 

Como él mismo explicó, ése fue otro de los motivos para establecerse en Sevilla: 

 "Después de reflexionar un poco sobre las condiciones antihigiénicas de la localidad concebí la idea de la conveniencia de establecerme en Sevilla para estudiar su mortalidad y su morbilidad relacionadas con las condiciones de la higiene social."

Fruto de su ingente labor recabando datos durante diez años, fue la publicación en 1882 de sus Estudios médicotopográficos de Sevilla y, en 1884, de sus Estudios médico-sociales de Sevilla, con prólogo del abogado y ministro Manuel Silvela. En ambas publicaciones queda de manifiesto el interés de Hauser por la relación entre el binomio higiene-alimentación y la proliferación de determinadas patologías, especialmente las vinculadas con procesos infecciosos. Curiosamente, en 1883 Hauser ya había trasladado su residencia a Madrid, donde su hijo Enrique comenzó sus estudios Ingeniería de Minas.

Aunque no contase con el total apoyo de las autoridades, que muchas veces le negaron respuesta o simplemente ignoraron sus cuestionarios, el trabajo de Hauser fue muy importante; así, en su segunda obra (que esttuvo entonces a la venta en la Librería de Tomás Sanz, Sierpes 92), aparecen temas como el clima de la ciudad, la calidad del agua potable, la alimentación, la prostitución, la pobreza, la criminalidad, la beneficencia municipal o las enfermedades de transmisión sexual, sin olvidar todo lo que tuviese que ver con la sanidad pública, tan poco valorada entonces salvo en caso de epidemias como la del Cólera de aquellos años. 

Sería muy extenso incluso resumir el quehacer de Hauser, pero baste resaltar que, por ejemplo, reseñó la importancia del clima de la ciudad, la falta de sombra al no haber arbolado en sus calles (algo que ya entonces preocupaba tanto como ahora), la importancia de una adecuada red de saneamiento para las aguas fecales, de modo que no se formasen bolsas o lagunas pestilentes o la simple mención a cómo los índices de mortalidad de la ciudad tenían no poco que ver con la calidad de vida de sus habitantes, especialmente los más desfavorecidos, que malvivían en corrales de vecinos donde las condiciones higiénicas era muy escasas y favorecían la aparición de enfermedades. 

Como complemento a todo lo anterior, cartografió la mencionada mortalidad en Sevilla en su tiempo, con la conclusión de que ésta (sobre todo la infantil) era más elevada en aquellos barrios en los que la pobreza y la falta de higiene eran caldo de cultivo para enfermedades infecciosas, de modo que, a mayor nivel de vida, mayor esperanza de vida. La zona norte era quien se llevaba la palma en este escalafón negativo: San Julián, San Gil, Santa Marina, San Marcos, Omnium Sanctorum y otras collaciones se caracterizaban por ser focos de insalubridad donde la tuberculosis estaba a la orden del día, por citar una única enfermedad.  

A todo ello que habría que unir dos factores que siempre habrían convivido con Sevilla a lo largo de su historia: las riadas del Guadalquivir (como la que le tocó vivir a Hauser en 1876 cuando el nivel de las aguas rebasó en cinco metros su cota habitual) y las epidemias, bien de Fiebre Amarilla como la de 1800 (para la que el facultativo calculó unos 16.000 fallecimientos) o las temidas de Peste del XVI y especialmente del XVII en 1649.

Constató además que el agua de los pozos no era apta para consumo, al verse afectada por las filtraciones del río en el subsuelo, aunque constató que existían pozos que sí se surtían de aguas procedentes del nivel freático, y por ello poseían buena calidad, como los situados en la plaza de Villasís, calle Cuna o Plaza de San Francisco, alejados además de la acción contaminante de las riadas del Guadalquivir. Así mismo, estudió el consumo de carne por sevillano y su consiguiente aporte alimenticio, comprobando que, aparte de ser muy escaso, era muy exagerada preponderancia del consumo de carne porcina, destacando que del cerdo se aprovechaba prácticamente todo (carne y grasa): "esto llega hasta tal punto, que no gusta ningún caldo que no tenga el sabor de tocino, de jamón y de chorizo, que forman la base del puchero español". 

Analizó la dieta de los trabajadores, considerada por él de vital importancia para el bienestar; en el ámbito rural abundaban sobre todo las migas, el gazpacho y el cocido a base de carne de oveja o carnero, con legumbres y tocino; también se comía el "sopeado" o gazpacho espeso, o la caldereta. En el caso del sector industrial, los trabajadores de la fábrica de cerámica de Pickman de la Cartuja, otro ejemplo, comían sobre todo fiambres, aceitunas, queso y fruta, sin olvidar el puchero o potaje de garbanzos y como elemento indispensable y denominador común el pan, sobre todo blanco, de Alcalá de Guadaira.

Ante este análisis alimenticio, Hauser incluso se atrevió a afirmar que la tan traida y llevada pereza de los andaluces tenía mucho que ver con una alimentación sobre cargada de grasas animales y escasa de proteínas, lo que provocaría una insuficiente nutrición a la hora de desarrollar labores en el campo o la fábrica y por tanto llevaría al cansancio. 

Como curiosidad, sus estudios alcanzaron hasta la adulteración del chocolate, al que se le quitaba la manteca de cacao, vendida a los perfumistas, que era sustituida por otros tipos de grasa, a lo que habría que añadir el empleo de féculas distintas a las del cacao: arroz, cacahuete, harina, bellota, etc.

Como buen galeno, prestó también atención especial a la extensión de las enfermedades venéreas, como la sífilis o la gonorrea, reclamando una mayor atención sanitaria para las prostitutas en lo tocante a su higiene y salud a fin de prevenir en ellas esas enfermedades, siempre eso sí de una óptica médica sin caer en moralismos.

Publicados ambos libros, el doctor Hauser fue unánimemente alabado por quienes supieron de su investigación, que también abarcó otros terrenos de la Medicina (como la Geografía Médica de la Península Ibérica, de 1913) e incluso la defensa a ultranza del Movimiento Sionista, abogando por combatir el antisemitismo desde el diálogo y la integración plena dentro de Europa. 

En 1914 tomó la decisión de donar a la ciudad de Sevilla su vasta y extensa biblioteca, hecho que le valió serle otorgado el título de Hijo Adoptivo y Colegiado de Honor del Colegio de Médicos hispalense; el legado de Hauser quedó depositado en la Real Academia de Medicina de Sevilla desde 1921, cuatro años antes de su fallecimiento el 13 de enero de 1925.


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