lunes, 28 de diciembre de 2020

Inocentes.

 

Si en la Antigua Roman había un mes esperado por todos (patricios, plebeyos, esclavos), era el de diciembre. Marcado por la celebración de la fiesta llamada de los Saturnales, un clima de banquetes, regalos, diversiones y festejos generalizados, al grito de Io Saturnalia! llegaba a ocasionar, un día concreto, hasta un trastocamiento momentáneo en el reparto de papeles sociales: los esclavos pasaban a ser los amos, y viceversa, de manera que durante esas  veinticuatro (mejor, XXIV) horas éstos debían obedecer en todo a aquellos, y hasta podían decirse "ad faciem" ("a la cara", vamos) todo aquello que los modales y la sumisión impedía, ¡Con todo lo que ello conllevaba!. A la mañana siguiente, ni que decir tiene, se restablecía el equilibrio social hasta las próximas Saturnales. 

 

Tras la caída del Imperio, durante la Edad Media, quedó un rescoldo de esas celebraciones, materializado en un nuevo intercambio social de roles (como diría un antropólogo), aunque en esta ocasión este trueque tenía lugar en el seno de la jerarquía eclesiástica, manteniéndose la llamada “Fiesta del Obispillo”. ¿En qué consistía exactamente? 

El día 5 de diciembre, festividad de San Nicolás Obispo, en algunas diócesis, o el 28 de diciembre, día de los Inocentes, en otras como nuestra ciudad de Sevilla, la celebración se basaba en que uno de los niños pertenecientes a la Escolanía Catedralicia ocupaba el sitial del Prelado durante toda la jornada, debiendo ostentar la máxima autoridad eclesial, incluso se tiene constancia en los inventarios de la catedral hispalense de los gastos en capas, mitras, bonetes y demás ornamentos cardenalicios con los que revestir al Obispillo, que era honrado y agasajado por el resto del Cabildo de la Catedral, besando incluso su anillo,  sin olvidar que además se hacía acompañar por todo un obsequioso séquito de acólitos y sacristanes, formado por compañeros también de su edad, quienes ese día ponían patas arriba la rutina diaria del primer templo hispalense. 

Lo que en principio era una simpática e infantil tradición que todos acogían de buen grado fue convirtiéndose poco a poco en una especie de trasunto del Carnaval, en el que el Obispillo era paseado por toda la ciudad montado en un jumento enjaezado entre aclamaciones; en efecto, Fr. Diego de Deza lamentábase amargamente de que la fiesta se hacía en su tiempo con alguna soltura, convertida en algarada callejera a la que se sumaba gente de toda condición y Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla afirmaba:


“De antigua costumbre, se hacía cada año un festejo en Sevilla, que llamaban el obispillo, por los estudiantes del estudio de S. Miguel, los mozos de coro de la Santa Iglesia y otros jóvenes eclesiásticos, que dando á uno tal título, lo traían por la ciudad á caballo, vistiendo todos galas y haciendo (á veces) profanas travesuras, cual suele junta de juveniles años».

Un 28 de diciembre, pero de 1511, tras la celebración de la Festividad "episcopal", sucedió un hecho que algunos calificaron de milagroso, y otros, en cambio, tildaron de castigo divino por los desmanes ocasionados durante el Obispillo. Dejemos que lo cuente con sus palabras antiguas el antes aludido Ortiz de Zúñiga:

Había el artífice que concluyó la obra de nuestra Santa Iglesia atrevidose á cargar sobre los quatro pilares qué hacen centro á su crucero , máquina tan alta, que descollando casi otro tanto sobre el templo llegaba casi á igualar el primer cuerpo de la torre por esto no se dejaba de rezelar riesgo no juzgándose bastantes los estribos como se experimentó , pues rajándose un pilar á 28 de Diciembre , fiesta de los inocentes, sustentándose casi milagrosamente todo este dia , á las ocho de la noche acabo de abrirse , y desplomándose traxo tras sí todo el cimborrio y tres arcos de los torales , con estrépito qae asombró toda la Ciudad, y la llenó de sentimiento y tristeza y aunque por la hora no cogió persona alguna, que se tuvo á milagro de nuestra Señora de la Sede, pues sin maravilla (se afirmaba) no haberse podido sustentar desde la mañana, en que comenzó á rajar, hasta la noche que vino al suelo.”


La desgraciada caída del cimborrio catedralicio, que no sería reconstruido del todo hasta 1518 (volvería a verse abatido en 1888) supuso que la Sede Episcopal Hispalense, con su Prelado a la cabeza, reordenase la celebración de la referida Fiesta del Obispillo, regulándose partiendo de la liturgia de la jornada, y enriqueciéndola litúrgicamente como acción de gracias por no haber desgracias personales en el derrumbamiento del cimborrio; Rodrigo Caro, otro historiador local, lo narró así tras dicha caída:


«Fué el golpe tan grande que no sólo se oyó en todo Sevilla, sino que también se sintieron estremecer las casas y edificios. D. Diego de Deza, que entonces era Prelado, juntamente con el Dean y Cabildo, reconociendo el beneficio del cielo, en haber sucedido esta ruina sin daño de ninguna persona, establecieron que en lugar del obispillo, que aquel dia solian hazer con algunas burlas indecentes, se introdujese un acto de humildad...”

 

De tal modo, un derrumbamiento arquitectónico pretendió convertirse en caída de una tradición, pero de nada sirvieron las órdenes y mandamientos del Arzobispo Fray Diego de Deza, ya que se sabe que con el paso de los años no sólo no se vio mermada la celebración, sino que volvió por sus fueros, evitando el 28 de diciembre eso sí, y alcanzando cotas de irreverencia como leemos en esta otra crónica de 1641:


«Conforme al estilo y por costumbre antigua, en el colegio de Maese Rodrigo, Universidad de Sevilla, los estudiantes hicieron su obispillo en la fiesta de S. Nicolás, su víspera el día 5 de Diciembre deste año de 1641. Salieron por las calles con el obispillo, que habían elegido, que fue un estudiante llamado D. Esteban Dongo, hijo de Bartolomé Dongo, un hombre muy rico, genovés. En la puerta del colegio hicieron mucho ruido y alboroto con los que pasaban, haciendo apear de los coches á los caballeros, oidores y prebendados para que le besasen la mano á el obispillo, celebrándolo por chanza y fiesta del día. De allí salieron por las calles con armas prohibidas, pistoletes, carabinas, trabucos y tercerolas, broqueles y estoques, llevando al obispillo en coche, haciendo mil bellaquerías é insolencias en ellas y en las plazas con los pobres hombres y mujeres que vendían en ellas cosas de comer, pasando á quitar los coches, haciendo apear dellos á los jueces y ministros, disimulan do assi esto como las quexas que les daban por esta causa, que solo sucede un día y en él permitidas estas licencias á los estudiantes.


A la tarde vinieron al corral de comedias de la Montería, donde estaban ya representando quando llegaron y se entraron en los aposentos y hicieron volver á empezar la comedia con gran tolerancia del pueblo y de los caballeros y hombres honrados que la estaban oyendo y sufriendo lo que alborotaban. Al salir de alli quando les pareció, se armó una gran pendencia entre estudiantes y caballeros sobre querer quitar á uno dellos su coche y hubo con las cuchilladas algunos pistoletazos, de que salieron algunos heridos con riesgo de la vida. Los estudiantes hizieron cara, eran mas de sesenta, los caballeros no tantos. La Audiencia escribió la causa y el Teniente prendió á algunos estudiantes y el Acuerdo sacó una condenación grande á Bartolomé Dongo, padre del obispillo (díxose que fueron quinientos ó mil ducados) y por el Acuerdo se proveyó auto, que notificó á el colegio, para que nunca hiciera obispillo y assí se ha observado hasta ahora.»

¿Fue ésta la gota que colmó el vaso de la paciencia de los canónigos sevillanos? Según Simón de la Rosa y López, autor de una reconocida Historia sobre los Seises de la Catedral, todavía en torno a 1754-1755 se mantenía la costumbre de que el 28 de diciembre fueran niños de coro los encargados de ocupar los oficios de Chantre, Maestro de Ceremonias o Maestro de Capilla, pero se prohibía el uso de ornamentos epicopales y demás ceremonias alejadas del canon eclesiástico. A finales del XVIII podemos decir que la costumbre había prácticamente desaparecido, perdiéndose una curiosa (y digna de ver, todo hay que decirlo) tradición, aunque en otras diócesis españolas, como en Burgos o Palencia (de la que hay noticias ya en el siglo XIII) se siguen celebrando. 

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lunes, 21 de diciembre de 2020

Santa Paula.

 Ya que el tiempo litúrgico del Adviento toca a su fin y que en cuestión de días celebraremos la llegada del Niño Dios a nuestras vidas, ¿Por qué no visitar un lugar en el que la Natividad se vive todo el año? 


El Monasterio de Santa Paula, perteneciente a la rama femenina de la Orden Jerónima, fue fundado en 1473 por la sevillana Ana de Santillán, quien había pasado toda una serie de desgracias familiares, desde enviudar hasta perder a su única hija con apenas dieciocho años. Como respuesta a sus necesidades espiritual, la aristócrata sevillana se recluyó inicialmente en un beaterio, situado en la zona de San Juan de la Palma, donde compartió rezos y plegarias con otras mujeres, pero en su mente bullía la idea de crear un convento o monasterio y fundarlo, además, aprovechando unas casas de su propiedad y otras que poco a poco fue adquiriendo en la collación de San Román.

Finalmente, el 8 de julio de 1474 se hizo el traslado de las catorce beatas, ahora religiosas, con votos formulados solemnemente. No tardó en prosperar la incipiente comunidad jerónima, entrando nuevas vocaciones y comenzando a faltar espacio, pues ni la pequeña iglesia ni su coro tenían capacidad para el crecimiento experimentado. Ana de Santillán, dicen, oraba en busca de un benefactor que con su aportación económica solventase los problemas de espacio, incluso se habló de cierta marquesa que las visitaba con frecuencia. 

La tradición sostiene que en cierta ocasión, durante los rezos en el coro, se pudo escuchar una voz que claramente dijo: "Marquesa será, pero no esa". Y así fue, la Marquesa de Montemayor, Isabel Enríquez, esposa de don Juan de Braganza, y a la sazón nieta de Enrique III de Castilla, sería quien finalmente apoyó, y de qué manera, al Monasterio de Santa Paula, permitiendo la constitución de una nueva iglesia y dos coros. Doña Isabel fallecería en sus casas de la calle Francos el 29 de mayo de 1529, habiendo gastado en la empresa de Santa Paula el importe de sus joyas y hasta el sobrante de las rentas recibidas de la Corona de Castilla, lo que da idea del compromiso adquirido para con las monjas jerónimas.

Con el tiempo, se tomó la decisión de ejecutar una portada para la iglesia y para ello se recurrió al estilo arquitectónico más en boga quizá en aquella época: el mudéjar. A medio camino entre el arte islámico y el gótico, no se ponen de acuerdo los especialistas en la materia, el uso del ladrillo y la cerámica, junto con otros elementos especiales, hacen de este estilo uno de los de mayor personalidad y no sólo en el sur, sino en otras zonas de la península.

Serán Pedro Millán y Niculoso Pisano los elegidos para decorar la portada. Uno se encargará del modelado en barro, el otro del vidriado y policromía. El primero, prolífico autor del que poco se sabe, aunque sus obras pueden contemplarse, y disfrutarse, tanto en la Catedral hispalense como en el Museo de Bellas Artes. El segundo, italiano, permaneció en Sevilla durante treinta años, con vivienda propia en la actual calle Pureza, trayendo de su patria la técnica del azulejo plano y la estética renacentista y dejando obras tan importantes como el sepulcro de Íñigo López en la Real Parroquia de Santa Ana o el retablo de la Visitación en los Reales Alcázares. 

 

Finalizada la portada en 1504, consta  mediante una serie de arcos ojivales concéntricos sustentados sobre baquetones y realizados con ladrillos agramilados, cortados con una esmerada precisión; como fondo, toda una fantasía en azulejos, en la que aparecen figuras mitológicas, tarjas, trofeos militares, antílopes, mascarones... El arco aparece rodeado en su parte superior por un conjunto de siete relieves circulares, una guirnalda floral circunda cada uno ellos, en los que aparecen representados santos de especial importancia: Santa Elena, Santa Rosa de Viterbo (ejemplo de joven entregada a Dios), San Sebastián con San Roque (ambos abogados contra enfermedades como la peste o la lepra) San Antonio de Padua con San Buenaventura y San Cosme con San Damián (ambos médicos y mártires, patronos de los cirujanos). Como se ve, un buen "reparto" de santos protectores y ejemplares para salvaguardar las puertas del templo jerónimo. 

En el centro del arco, un precioso relieve circular, un tondo, de Lucca della Robbia nos representa una Natividad realizada al modo renacentista, llena de clasicismo y belleza. 

El historiador francés Davillier no dudó en afirmar tras contemplar la portada en el siglo XIX: «Pero si nuestra sorpresa fué grande la primera vez que vimos un monumento de esta importancia, aumentó todavía más a la vista de siete bajo relieves aplicados sobre la archivolta. Estos bajorelieves que ofrecen la más grande analogía con los de Lucca della Robbia, son de tierra cocida, enteramente esmaltados: el estilo y el modelo son muy notables y presentan los mismos esmaltes que los bajo relieves del célebre escultor florentino.» 

Pero no serán las únicas referencias a la Navidad que encontraremos en Santa Paula, pues incluso la propia santa llegó a vivir un tiempo en la misma Belén; merece la pena que visitemos su más que interesante Museo conventual, con la encantadora Sor Bernarda como anfitriona, y haremos el esfuerzo por "ignorar" azulejos del XVI o bordados del XVII, centrándonos en esta ocasión en varias muestras que nos hablan del Nacimiento de Cristo. 

En primer lugar, en la una pintura de grandes dimensiones de la Adoración de los Pastores, atribuida al napolitano Juan Do, discípulo de Ribera y que hace gala de un magnífico dominio del claroscuro, partiendo del Niño Jesús que recibe un poderoso haz de luz (¿o es al revés?). Los rostros de los pastores retratan tipos populares, con instrumentos musicales y animales domésticos de la época, casi se puede oler el heno del establo y escuchar los murmullos de quienes asisten a la escena. 

Tampoco podremos olvidar la presencia de varios Nacimientos, especialmente uno atribuido a Cristóbal Ramos (siglo XVIII) de pequeño formato o, especialmente el monumental Belén instalado todo el año con parte de sus figuritas realizadas por Fernando de Santiago; más que un Nacimiento, es una auténtica historia, pues en él vemos desde la Creación de Adán y Eva (el Pecado Original), hasta la Matanza de los Inocentes, pasando por la Visitación, la Natividad, la Adoración de los Reyes (vestidos éstos a la moda de Felipe III) y todo ello, sumado a las escenas populares y los coros angélicos, conformando un abigarrado conjunto lleno de detalles, en los que los caminos y los pasadizos, los puentes y los senderos, conducen al Nacimiento, de modo que habría que dedicar un tiempo más que merecido. 

Si al terminar la visita al Museo e Iglesia acudimos a la tienda de las religiosas, podremos disfrutar de sus exquisiteces y, a la vez, ayudar y colaborar para mantener abierto este tipo de conventos en los que el "Ora et Labora" cobran protagonismo, así que no sería mala idea visitar Santa Paula, y más en estas fechas que se avecinan. 

 Aprovechamos para desear a todos los lectores de estos humildes pliegos unas Felices Pascuas y que el venidero año 2021 sea al menos un poquito mejor que este malhadado 2020 que todos deseamos que se marche.

lunes, 14 de diciembre de 2020

El Tabaco, un pintor y un sindicato.

  En alguna ocasión ya hemos aludido o mencionado la pequeña historia de la actual Plaza del Cristo de Burgos, frente a la Iglesia Parroquial de San Pedro, zona en la que se ubicó una de las primeras y más antiguas fábricas de tabaco de Europa, y que luego fue sede un acuartelamiento hasta su conversión en la actual plaza en el siglo XIX.


 La fábrica, iniciada su producción en torno a 1610, constó en principio de un único caserón frente a la parroquia donde se realizaban labores de tabaco en polvo, aunque  posteriormente en 1647 constaba ya de tres molinos, almacenes, cuadras y varios patios, lo que da idea de la prosperidad y grado de crecimiento que experimentó; entre 1669 y 1670 se construyó una nueva nave para albergar cinco nuevos molinos, estancias y demás dependencias, lo que supuso que casi a finales del XVII la primitiva y modesta fábrica fuera ya un conglomerado desordenado de construcciones diversas en un laberinto de pasillos o callejas al aire libre. Prueba de la calidad de la producción fue que prácticamente, en unión de Gijón o Cádiz, obtuviera la primacía en cuanto a la venta casi en monopolio por parte de la Corona, quien además obtenía no poco beneficio con los impuestos y tasas que cobraba por el tabaco (más o menos como en nuestos días).

Ni que decir tiene que la plantilla de trabajadores experimentó en todo este tiempo un incremento considerable, pasando de los iniciales 50 a los 1.200 que aparecen ya a finales del XVII, con todo lo que ello conllevaba en cuanto a organización del trabajo, racionalización de labores o incluso conflictos laborales, que de todo habría. 

Todavía, junto a la plaza, permanece el rótulo que indica el nombre de la calle Morería, lo cual nos ha dado pie para intentar en lo posible averiguar algunos datos sobre este curioso apelativo. Se cuenta por Chaves Nogales que hasta bien entrado el XIX era no solo calle, sino barrio el llamado de este modo, y que habría surgido históricamente al asentarse en esta zona mudéjares que habrían continuado viviendo en Sevilla tras la conquista de la Ciudad por Fernando III el Santo en noviembre de 1248, aunque otros autores sostienen que en principio fueron hebreos los que se asentaron aquí. En cualquier caso, el barrio se caracterizó por no tener buen ambiente precisamente, ya que en él abundaban tabernas, prostíbulos y demás locales de "ocio nocturno" por los que, además de los parroquianos habituales o trabajadores de la cercana industria tabaquera, pululaba toda una caterva de matones, delincuentes, mendigos, prostitutas, echadoras de cartas, jugadores, vendedores de bebedizos y demás "fauna" urbana tan propia de los tiempos de la picaresca, tan bién reflejados por Cervantes en Rinconete y Cortadillo. 

Además, la Morería quedaba en cierto modo resguardada por los altos muros de la ya mencionada Fábrica de Tabacos y por los de otros edificios, dos conventos, masculinos por más señas: en un extremo el de los Descalzos (actual Casa Hermandad del Cristo de Burgos) y el del Buen Suceso, de carmelitas, por no hablar del laberinto de callejas y adarves que conformaban un espacio más que apropiado para esconderse y evitar ser atrapado tras cometer alguna fechoría. Las casuchas de aspecto miserables tampoco ayudaban a que cualquier pacífico transeunte cruzase la zona, convirtiéndose aquel lugar en casi inexpugnable por la autoridad local, pues se tiene constancia de los más que frecuentes apedreamientos de los que eran víctimas los alguaciles o corchetes del Cabildo de la Ciudad cuando intentaban realizar alguna pesquisa o detención. 

 Sin embargo, llama la atención que muy, muy cerca de la calle Morería, aún se conserva una antigua vivienda del XVII en la que en junio de 1599 nacería el primogénito de la familia compuesta por Juan Rodríguez de Silva y Jerónima Velázquez; aquel niño será bautizado en la cercana parroquia de San Pedro, recibirá el nombre de Diego y con el paso de los años, tomando el apellido Velázquez de su madre, estará llamado a ser uno de los más grandes pintores de la Historia. La vivienda sigue a la espera de una rehabilitación que no termina de llegar, para convertirse en un Centro de Interpretación dedicado a la figura del pintor. 

Curiosamente, y sin que se sepan a ciencia cierta los motivos, uno de los tramos del barrio recibía el nombre de Gorgoja, y durante buena parte de su historia también generó no pocas protestas por parte del vecindario habida cuenta la inseguridad y la suciedad (Lipasam entonces no era ni una idea siquiera) que se acumulaba por dicho tramo. Además, el nombre lo dice todo, no lejos de allí, sobre la zona de la actual calle Sales y Ferré, estaba la Vinatería, de modo que mesones (como el famoso Mesón del Rey, frente a los Descalzos) y tabernas eran la nota dominante, teniendo en cuenta además que a tiro de piedra se hallaba la zona de la Plaza de la Alfalfa, bulliciosa y llena de actividad mercantil por hallarse en ella las llamadas Carnicerías y la famosa calle de la Caza, otro de los "puntos calientes" en cuestión de delincuencia en la Sevilla de los siglos XVI y XVII. Todavía González de León, en 1839, calificaba la zona "de malas casas y mala vecindad"... 

Finalmente, todo este conglomerado urbano fue derribado en 1840 por el Ayuntamiento, quien dejó la zona casi "como un solar" durante cinco años en los que fue convirtiéndose en una escombrera, cosa habitual en esta ciudad por otra parte, hasta que en 1845 comenzarán las labores de reurbanización y adecentamiento mediante la plantación de acacias, la colocación de 40 bancos de respaldo y de farolas de gas, fuentes y hasta un elegante quiosco al decir de las crónicas de la época. 

Pasarán los años, y en la casa número 10 de la calle Morería,  aún en tiempos del franquismo, estará la sede del Sindicato Provincial del Metal, el llamado "patio del metal, que en torno a 1965 será el germen de Comisiones Obreras, en principio ilegal y clandestina, pero que supondrá toda una referencia por sus reivindicaciones en pro de los derechos de los trabajadores.



lunes, 7 de diciembre de 2020

A bordo.

 
 Mucho se viene hablando en estos últimos meses sobre la gran gesta realizada a dúo por Magallanes y Elcano: la primera Vuelta al Mundo de la que ahora se celebra su quinto centenario, pues arrancó con la partida de las cinco naves de Sevilla el 10 de agosto de 1519 y culminó con la arribada a nuestra ciudad del único navío superviviente; la nao Victoria atracaba en Sevilla el lunes 8 de septiembre de 1522 con un ingente cargamento de especias (lo que supuso el enriquecimiento de no pocos comerciantes) y una esquelética y desfallecida tripulación de 18 marineros encabezada por Juan Sebastián Elcano tras la muerte de Magallanes durante la travesía del Pacífico en la isla de Mactán a manos de indígenas filipinos.

 
 Como curiosidad, la llegada fue el día festivo de la Natividad de la Virgen, por lo que, según algunos historiadores, no fue posible el desembarco hasta el día siguiente, ya que el Cabildo de la Ciudad acudió al gremio de barberos para que acicalasen (en lo posible) barbas y cabelleras de los sufridos marinos, pero al ser festivo sus Ordenanzas prohibían el trabajo, de modo que hubo que aguardar al amanecer del martes día 9. 
 

 
  La Nao Victoria, protagonista de nuestra historia, fue construida en los astilleros de Zarauz, en la provincia Guipúzcoa. El nombre se debió a la Virgen venerada en el trianero Convento de la Victoria, propiedad de la Orden Mínima Franciscana, imagen que andando el tiempo terminó recibiendo culto en la Real Parroquia de Santa Ana, mientras que el propio convento desapareció tras la Desamortización de Mendizábal, sin que a ciencia cierta se pongan de acuerdo los historiadores sobre su ubicación, para unos estaría en los terrenos del actual colegio "José María del Campo" en la calle Pagés del Corro y para otros en la zona ahora ocupada por el Colegio de los Maristas, ya en el Barrio de los Remedios. 
 

 
Los materiales con los que tomó forma este histórico navío fueron madera de varios tipos, tales como el roble para el timón, pino para los palos o encina y olivo para otros elementos, sin olvidar el cáñamo para la jarcia y velas, el esparto para los cabos o hierro y plomo para anclajes, herrajes y clavazón, lo que hacía de este un trabajo a realizar por manos muy experimentadas.
 
 Al comienzo de la singladura, la Nao Victoria llevaba como cargamento hasta más de cien toneladas, sin olvidar la impedimenta militar y por supuesto una tripulación de 45 hombres entre oficiales, marineros, artilleros, grumetes, pajes y criados. Con sus 28 metros de eslora y sus 7,5 de manga, era un navío con tres mástiles y se armaba con 10 piezas artilleras de no mucho calibre. Como detalle interesante, era obligatorio llevar chirimías con las que dar las órdenes. 

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Con una sola cubierta, en ella se ubicaban elementos de uso más corriente como barriles con agua potables, leña, el fogón (al aire libre por razones de seguridad), cofres, anclas y armas pesadas. A proa (parte delantera del navío) se hallaba el castillo y a popa otro de menores dimensiones, y bajo la cubierta, en la bodega, se hacinaban, literalmente, los diversos pañoles para víveres, municiones, y el escaso espacio de descanso para los marineros, quienes dormían sobre esterillas enrollables. Se ha llegado a calcular que cada pasajero disponía de 1,5 metros cuadrados de espacio vital, lo que da idea de las incomodidades hasta para el uso de las letrinas habilitadas, sin intimidad y escaso decoro como describe Fray Antonio de Guevara: 
 
"Todo pasajero que quisiere purgar el vientre y hacer algo de su persona, es le forzoso de ir a las letrinas de proa y arrimarse a una ballestera; y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer a la mesa."
 

 
¿Cómo era un día cotidiano a bordo? Regida por el reloj de arena que marcaba las horas y servía también para establecer y fijar el rumbo, la vida rutinaria en la cubierta estaba sometida a los rigores de la meteorología (frío, calor, tempestades, viento...) a lo que había que unir los malos olores por la higiene inexistente; un dicho popular, no muy exagerado, de la época afirmaba que los barcos del Rey se hacían notar antes de llegar más sus "efluvios" que por su silueta en el horizonte. 
 
Enseres personales en cofres, pólvora, toneles e incluso animales vivos como corderos, cerdos o gallinas y hasta alguna vaca, junto con ratas, piojos, pulgas, mosquitos y cucarachas, convivían en un espacio reducídisimo, casi comparable, al decir de algún historiador, al que habrían tenido los astronautas en sus módulos en las primeras misiones al espacio.
 

 
Como vemos, no era precisamente un crucero de lujo, al decir del profesor Mira Ceballos; había viajeros o tripulantes que, mareados, vomitaban constantemente, las enfermedades como el escorbuto, la sarna o la viruela hacían de las suyas a medida que avanzaba la travesía dada la escasez de vitaminas en la dieta diaria, en la que primaba el llamado "bizcocho" o torta varias veces cocida sin levadura, que se conservaba mucho tiempo, aunque de una dureza solo apta para dentaduras jóvenes y también la ración de un litro de vino por jornada, vino que era ahorrado por muchos para luego ser vendido  a un alto precio tras la llegada a tierras americanas, dada su escasez al otro lado del Atlántico. 
 
Fray Tomás de la Torre describía los "menús" de las travesías así: 
 
"En la comida se padecía trabajo porque comúnmente era muy poca; creo que era buena parte de la causa poderse allí aderezar mal para muchos; un poco de tocino nos daban por las mañanas y al mediodía un poco de cecina cocida y un poco de queso, lo mismo a la noche; mucho menos era cad acomida que un par de huevos; la sed que se padece es increíble; nosotros bebíamos harto más de la ración aunque tasado; y con ser gente versada atemplanza nos secábamos ¿qué harían los demás, algunos seglares en dándoles la ración se la bebían y estaban secos hasta otro día."
 
El escaso tiempo libre que quedaba tras las labores de faena, mantenimiento o limpieza, se mataba con diversiones como la música, los juegos de azar (naipes o dados) y hasta con peleas de gallos que servían para divertir a las tripulaciones y olvidarse de los padecimientos a bordo. La pesca, la lectura y, sobre todo, al parecer, el contar historias, el cotilleo y las habladurías formaban parte del día a día, sin que escaseasen las pendencias y agresiones, motivadas por la obligada y nunca bien llevada del todo convivencia. 


Por último, tampoco podríamos olvidar la faceta de la religiosidad, muy intensa en las tripulaciones, que oraban a diario y celebraban la misa si llevaban capellán a bordo; galeras, galeones y naos llevaban nombres religiosos y no era extraño que en momentos de temporal, huracanes o tormentas, cuando la nave amenazaba con naufragar y las vidas de todos pendían de un hilo, las plegarias al cielo se elevasen casi al unísono.  Como decía la copla:  
 
 "El que no sepa rezar 
que vaya por esos mares. 
Verá que pronto lo aprende 
sin enseñárselo nadie."
 
No es de extrañar, pues, que el oficio de navegante o marinero en estas condiciones fuera algo casi heroico, aunque también habría que decir muchos se veían empujados a este modo de vida por la desesperación y la necesidad de buscar nuevos horizontes en un mundo escaso de oportunidades. 
 

 
La Nao Victoria, por su parte, permaneció al servicio de la Corona, realizando otras travesías hasta que se le pierde la pista en una singladura de vuelta de la isla de Santo Domingo, sin que se la volviera a ver ni a ella ni a sus tripulantes...