27 abril, 2026

Corales.

En esta ocasión, nos vamos a centrar en un material procedente del fondo marino, apreciado por brujas y joyeros y utilizado comúnmente para embellecer y salvaguardar; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Durante siglos, nadie supo a ciencia cierta qué era esa especie de piedra semipreciosa que se sacaba del mar y que resultaba muy apreciada por su vivo color rojizo, incluso la mitología griega la atribuyó a la cabellera de la Medusa tras morir. En realidad, el Coral, es el esqueleto de un sinfín de pólipos que viven en colonias que llegan a formar auténticos arrecifes, ahora en peligro de extinción por mano del hombre; pueden medir desde unos poco milímetros hasta unos centímetros y requieren aguas claras y luz solar, dejando al morir unas estructuras calcáreas que siguen siendo colonizadas por sus semejantes, de manera que han sido denominados "los arquitectos del mar". La especie de coral que nos interesa en este caso es el conocido como Corallium Rubrum, que crece en toda la fachada atlántica y mediterránea y que ya era pescado desde tiempos prehistóricos, pero será en la Antigüedad cuando su difusión y distribución se vea incrementada. 

¿Para qué se usaba el coral? En primer lugar, hay que destacar su utilidad, en aquellos tiempos, contra cólicos, cálculos y males de la vejiga al mezclarse pulverizado con agua o vino; además, se decía que era útil como somnífero. En 1605, el médico y botánico aragonés Gaspar de Morales, en su obra De las virtudes y propiedades maravillosas de las piedras preciosas (que llegó a estar prohibida por la Inquisición), escribía sobre el coral: 

«Sirve al uso de la medicina el coral colorado contra la epilepsia, si en naciendo la criatura se tomare un escrúpulo del polvo del coral colorado, muy sutil, y paladearen la criatura con él, y la miel, la librará en que no caiga en tal contagio, traída al cuello de manera, que toque la boca del estómago quita el dolor de él, en polvos y en ungüentos suelen los señores médicos usar de él para las necesidades que se ofrecen al estómago.»

En segundo lugar, el coral se empleó durante años como elemento apotropaico. Menuda palabreja ¿verdad?, nos explicamos: se trata de un término que proviene del griego y significa, literalmente, "que aleja el mal", lo que nos indica que fue utilizado, por tanto y muy mucho, como amuleto, especialmente contra una de las peores maldiciones de antaño: el mal de ojo. Esta creencia supersticiosa surgida en la antigua Mesopotamia, se consideraba que surgía de la mirada envidiosa de una persona hacia otra, siendo los niños y las mujeres embarazadas las principales "víctimas" de esta práctica, muy empleada en artes hechiceriles y aún hoy muy tenida en cuenta en determinadas culturas. Tampoco podemos dejarnos en el tintero el hecho de que el coral se usase, según San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (siglo VII) como protección contra rayos, tempestades y granizo.

La costumbre, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, de colocar colgantes de coral a los niños, se hizo bastante popular entre todos los estamentos sociales, de ahí que no es extraño apreciar dichos colgantes en numerosos retratos barrocos y, mucho antes, en imágenes del Niño Jesús en brazos de la Virgen María. En pleno Renacimiento italiano, el pintor Piero della Francesca (1415-1492) realizará la Madonna di Senigallia sobre 1474; conservada en la Galería Nacional de Urbino, puede apreciarse la ramita de coral que pende del cuello del Niño.


Quizá el mejor ejemplo en Sevilla lo tengamos con una de las imágenes más antiguas de la ciudad, que recibe culto en la parroquia de San Ildefonso: La Virgen del Coral. Considerada como de finales del siglo XIV, contemporánea de la Virgen de la Antigua de la Catedral o de la de Roca Amador de San Lorenzo y tal como han reseñado los profesores Valeriano Sánchez y Francisco Javier Gutiérrez fue una de las grandes devociones de la ciudad hasta, al menos, el siglo XIX, dedicándosele Novena solemne, villancicos cantados y numerosos grabados de la época; como curiosidad, durante las obras de la parroquia, entre 1791 y 1841, el muro que la conservaba quedó convenientemente protegido hasta la finalización de los trabajos. La imagen de la Virgen, con túnica y manto, sostiene en su brazo derecho la Niño Jesús, de cuyo cuello cuelga una ramita de coral, origen de la advocación.

Habría que añadir que, dado su alto precio, el coral ha sido usado como elemento decorativo para piezas de joyería (collares, broches, pendientes...) que denotan el status social y económico de quien las porta. En este sentido, merece la pena destacar el pecherín repleto de alhajas de coral que posee la Virgen de los Reyes, fruto de numerosos donativos de fieles y devotos y, en especial, del rey Luis Felipe de Francia. 

Ese alto precio que aludíamos era un claro obstáculo para que el coral, como amuleto, fuera adquirido por las clases menos favorecidas de aquella época, de ahí que se recurriera a "sucedáneos" como, por ejemplo, los lazos o cintas de color rojo que aún hoy son empleadas en hispanoamérica contra el mal de ojo y de lo que tenemos una buena referencia en una curiosa pintura procedente de la sevillana Casa Cuna y expuesta actualmente en la Exposición Permanente que sobre hospitales benéficos se haya situada en el Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses. En concreto, como ha relatado su comisario Juan Luis Ravé, en el lienzo "Sagrada Familia con niños expósitos", datable como de comienzos del siglo XVIII puede apreciarse una cuna con seis niños colocados en ella, portando la mayoría las características cintas o lazos antes mencionados.

Seguimos con corales. En Sevilla, aparte de la calle Coral, situada en el barrio de Las Avenidas, hablar de ellos supone recordar un reconocido bar en la calle Almirante Bonifaz, fundado en 1938 (aunque en 1932 ya existía allí uno de los denominados "cafés económicos") y por el que "paraba" habitualmente mucho personal del mundillo taurino, destacando la conocida tertulia en la que participaban matadores como Rafael "El Gallo" o el mismo Juan Belmonte. El novelista y torero norteamericano Conrad Barnaby (1922-2013) reflejó en su novela El Matador (1957) el ambiente colorista y variopinto de aquel lugar: 

«Me invitaron a almorzar y fuimos a un pequeño restaurante llamado Los Corales, en la estrecha calle Sierpes, donde se reúne la "gente con coleta". Había un viejo cuadro de Joselito en la pared cerca de la mesa donde nos sentaron, y recuerdo que El Gallo hizo un pequeño gesto simpático cuando el camarero intentó sentarlo en el otro extremo de la mesa. "No", dijo, acercando la silla a la pared, "aquí me pondré, a los pies de mi hermano"». 

Especializado, como La Alicantina, en mariscos, Los Corales, como tantos otros establecimientos, cerró su puertas (daba también al 102 de Sierpes) a finales de los años Setenta y con ello perdimos un trocito de Sevilla, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

13 abril, 2026

Rialto.


En esta ocasión, terminadas ya las celebraciones semanasanteras, recuperamos la costumbre de aportar algunos datos sobre una plaza o calle sevillana concreta y, para la ocasión, nos vamos a ir a una plaza que siempre se ha llamado por un nombre que no es el que aparece en su rótulo y que, incluso, albergó una prisión en tiempos aciagos; pero, para variar, vamos a lo que vamos.


Mucho antes del conocido Plano de Olavide (1771), en 1731, la plaza que comentamos era llamada del Carbón y estaba próxima a la de la Paja, todo ello en el entorno de la parroquia de Santa Catalina. En 1862 el Consistorio hispalense determinó denominar a esta plaza y a una calle que finalizaba en la Puerta Osario con el apellido de un célebre escritor sevillano que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que mantuvo tanto amistad con Miguel de Cervantes como profunda enemistad con Quevedo: Juan de Jáuregui. La calle mantiene el nombre, mientras que la plaza fue rotulada con el nombre de un sacerdote: el Padre Jerónimo de Córdoba.

La antigua Plaza del Carbón en el plano de Olavide. 1771.

¿De quién se trata? Francisco Córdoba Roldán había nacido en Villacañas (Toledo) en junio de 1863 y pese a la oposición materna decidió en 1879 ingresar en el noviciado de los Padres Escolapios de Alcalá de Henares, pasando a llamarse desde entonces Jerónimo. Tras una rigurosa formación en la que destacó por su predilección por el Latín, será enviado finalmente al colegio que tenían los escolapios en Sevilla, situado en lo que ahora es sede de EMASESA entre las calles Sol y Luna (ahora, Escuelas Pías). Allí sentará cátedra durante cuarenta y cinco años, como docente vocacional, docto poeta latinista y traductor a dicha lengua, llegando a “latinizar” la novela cervantina Rinconete y Cortadillo; además, será destacado difusor del Esperanto, idioma creado en el siglo XIX con la sana intención de dotar a la Humanidad de una lengua común, aunque no será el único esperantista que aparezca esta vez en nuestra página. Fallecerá en 1933 tras haber formado a no pocas generaciones de alumnos, entre los que se podría destacar un vecino de esta plaza que estamos “visitando”: el poeta Luis Cernuda, que vivirá junto a su familia (su padre era general del Cuerpo de Ingenieros) en el número 28 allá por el año 1918.


Cosa habitual, los vecinos de la plaza se quejarán del mal estado en que se encuentra, baste como ejemplo la reseña aparecida en noviembre de 1897 en El Noticiero Sevillano:

Es lamentable el estado en que se encuentra la plaza de Jáuregui: en ella no existe alumbrado, pues no puede darse tal nombre a dos postes de madera sin farola ni nada; y como no aparece nunca un vigilante por aquel sitio, los chiquillos hacen continuamente de las suyas, arrancando las piedras, destrozando los árboles y siendo el tormento continuo de aquellos vecinos. Esperamos por quien corresponda se den las oportunas órdenes para reparar el empedrado y para que haya alguna vigilancia, seguro que puede contar con el agradecimiento de todos los que viven en la plaza indicada”.

En aquellos años, era frecuente que la plaza fuera sede de “Veladas” populares, como la organizada por las cigarreras en honor a la Virgen de la Victoria en el año 1900, en una etapa en la que la Hermandad de la Fábrica de Tabacos estaba radicada en la iglesia de Los Terceros, o las organizadas también en honor a Santa Lucía, de la cercana Santa Catalina.

Durante un tiempo, a comienzos del siglo XX, existió en esta zona una comisaría de policía, cuyas autoridades, desbordadas durante las primeras semanas de la Guerra Civil, emplearán el cercano Cine Jáuregui como cárcel improvisada, por la que pasarán innumerables detenidos acusados de pertenecer a partidos o sindicatos de izquierdas. Uno de ellos será otro esperantista destacado, el notario de Coria del Río, Blas Infante, que saldrá de allí en la madrugada del 10 al 11 de agosto de 1936 para ser finalmente fusilado en el Km. 4 de la carretera que unía Sevilla con Carmona. 

Programa de mano del Cine Jáuregui. 1935.

El tristemente famoso Cine cambiará de nombre en los años cuarenta, pasando a llamarse Cine Rialto (quizá en honor al puente veneciano con con ese nombre) y funcionando como sala de estreno y finalmente sala para reposiciones hasta su cierre definitivo en 1998. Signo de los tiempos, ahora es sede de un supermercado de una conocida cadena andaluza, pero generando una huella tan evidente que no somos pocos los que nos referimos a la Plaza del Rialto cuando aludimos a la de Jerónimo de Córdoba.

Casi al lado del Hotel Don Paco, recientemente reformado, se halla el número 1 de la plaza, un edificio de estilo regionalista ideado por el arquitecto José Espiau en 1935, tres años de su muerte, en el que el ladrillo y la forja se conjugan perfectamente. Además, en uno de sus bajos comerciales estuvo hasta no hace mucho una de las tiendas de “Casa Saluíta”, conocida perfumería fundada en 1940 y que aún mantiene abiertos otros establecimientos en nuestra ciudad. Además, merece la pena destacarse el número 6, que ahora alberga un estanco, edificio obra de Aníbal González.

Monumento a Pepe "Peregil" (sombrillas incluidas)

Terminamos. En el año 1915 abre sus puertas en la plaza una bodega dedicada a la expedición de vinos, especialmente los procedentes de la onubense localidad de Manzanilla, que con el paso de los años será regentada por José Pérez “Peregil”, célebre saetero y medalla de la ciudad en 2009, fallecido en 2012 y que puede contemplarse en forma de estatua en el lado opuesto de esta plaza del Rialto, realizada por el escultor José Antonio Navarro Arteaga en 2014. El “Quitapesares” es uno de esos lugares que muchos recuerdan, ahora regentado por Álvaro “Peregil”, en una zona que actualmente está en obras, pero esa, esa ya es harina de otro costal.