lunes, 7 de diciembre de 2020

A bordo.

 
 Mucho se viene hablando en estos últimos meses sobre la gran gesta realizada a dúo por Magallanes y Elcano: la primera Vuelta al Mundo de la que ahora se celebra su quinto centenario, pues arrancó con la partida de las cinco naves de Sevilla el 10 de agosto de 1519 y culminó con la arribada a nuestra ciudad del único navío superviviente; la nao Victoria atracaba en Sevilla el lunes 8 de septiembre de 1522 con un ingente cargamento de especias (lo que supuso el enriquecimiento de no pocos comerciantes) y una esquelética y desfallecida tripulación de 18 marineros encabezada por Juan Sebastián Elcano tras la muerte de Magallanes durante la travesía del Pacífico en la isla de Mactán a manos de indígenas filipinos.

 
 Como curiosidad, la llegada fue el día festivo de la Natividad de la Virgen, por lo que, según algunos historiadores, no fue posible el desembarco hasta el día siguiente, ya que el Cabildo de la Ciudad acudió al gremio de barberos para que acicalasen (en lo posible) barbas y cabelleras de los sufridos marinos, pero al ser festivo sus Ordenanzas prohibían el trabajo, de modo que hubo que aguardar al amanecer del martes día 9. 
 

 
  La Nao Victoria, protagonista de nuestra historia, fue construida en los astilleros de Zarauz, en la provincia Guipúzcoa. El nombre se debió a la Virgen venerada en el trianero Convento de la Victoria, propiedad de la Orden Mínima Franciscana, imagen que andando el tiempo terminó recibiendo culto en la Real Parroquia de Santa Ana, mientras que el propio convento desapareció tras la Desamortización de Mendizábal, sin que a ciencia cierta se pongan de acuerdo los historiadores sobre su ubicación, para unos estaría en los terrenos del actual colegio "José María del Campo" en la calle Pagés del Corro y para otros en la zona ahora ocupada por el Colegio de los Maristas, ya en el Barrio de los Remedios. 
 

 
Los materiales con los que tomó forma este histórico navío fueron madera de varios tipos, tales como el roble para el timón, pino para los palos o encina y olivo para otros elementos, sin olvidar el cáñamo para la jarcia y velas, el esparto para los cabos o hierro y plomo para anclajes, herrajes y clavazón, lo que hacía de este un trabajo a realizar por manos muy experimentadas.
 
 Al comienzo de la singladura, la Nao Victoria llevaba como cargamento hasta más de cien toneladas, sin olvidar la impedimenta militar y por supuesto una tripulación de 45 hombres entre oficiales, marineros, artilleros, grumetes, pajes y criados. Con sus 28 metros de eslora y sus 7,5 de manga, era un navío con tres mástiles y se armaba con 10 piezas artilleras de no mucho calibre. Como detalle interesante, era obligatorio llevar chirimías con las que dar las órdenes. 

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Con una sola cubierta, en ella se ubicaban elementos de uso más corriente como barriles con agua potables, leña, el fogón (al aire libre por razones de seguridad), cofres, anclas y armas pesadas. A proa (parte delantera del navío) se hallaba el castillo y a popa otro de menores dimensiones, y bajo la cubierta, en la bodega, se hacinaban, literalmente, los diversos pañoles para víveres, municiones, y el escaso espacio de descanso para los marineros, quienes dormían sobre esterillas enrollables. Se ha llegado a calcular que cada pasajero disponía de 1,5 metros cuadrados de espacio vital, lo que da idea de las incomodidades hasta para el uso de las letrinas habilitadas, sin intimidad y escaso decoro como describe Fray Antonio de Guevara: 
 
"Todo pasajero que quisiere purgar el vientre y hacer algo de su persona, es le forzoso de ir a las letrinas de proa y arrimarse a una ballestera; y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer a la mesa."
 

 
¿Cómo era un día cotidiano a bordo? Regida por el reloj de arena que marcaba las horas y servía también para establecer y fijar el rumbo, la vida rutinaria en la cubierta estaba sometida a los rigores de la meteorología (frío, calor, tempestades, viento...) a lo que había que unir los malos olores por la higiene inexistente; un dicho popular, no muy exagerado, de la época afirmaba que los barcos del Rey se hacían notar antes de llegar más sus "efluvios" que por su silueta en el horizonte. 
 
Enseres personales en cofres, pólvora, toneles e incluso animales vivos como corderos, cerdos o gallinas y hasta alguna vaca, junto con ratas, piojos, pulgas, mosquitos y cucarachas, convivían en un espacio reducídisimo, casi comparable, al decir de algún historiador, al que habrían tenido los astronautas en sus módulos en las primeras misiones al espacio.
 

 
Como vemos, no era precisamente un crucero de lujo, al decir del profesor Mira Ceballos; había viajeros o tripulantes que, mareados, vomitaban constantemente, las enfermedades como el escorbuto, la sarna o la viruela hacían de las suyas a medida que avanzaba la travesía dada la escasez de vitaminas en la dieta diaria, en la que primaba el llamado "bizcocho" o torta varias veces cocida sin levadura, que se conservaba mucho tiempo, aunque de una dureza solo apta para dentaduras jóvenes y también la ración de un litro de vino por jornada, vino que era ahorrado por muchos para luego ser vendido  a un alto precio tras la llegada a tierras americanas, dada su escasez al otro lado del Atlántico. 
 
Fray Tomás de la Torre describía los "menús" de las travesías así: 
 
"En la comida se padecía trabajo porque comúnmente era muy poca; creo que era buena parte de la causa poderse allí aderezar mal para muchos; un poco de tocino nos daban por las mañanas y al mediodía un poco de cecina cocida y un poco de queso, lo mismo a la noche; mucho menos era cad acomida que un par de huevos; la sed que se padece es increíble; nosotros bebíamos harto más de la ración aunque tasado; y con ser gente versada atemplanza nos secábamos ¿qué harían los demás, algunos seglares en dándoles la ración se la bebían y estaban secos hasta otro día."
 
El escaso tiempo libre que quedaba tras las labores de faena, mantenimiento o limpieza, se mataba con diversiones como la música, los juegos de azar (naipes o dados) y hasta con peleas de gallos que servían para divertir a las tripulaciones y olvidarse de los padecimientos a bordo. La pesca, la lectura y, sobre todo, al parecer, el contar historias, el cotilleo y las habladurías formaban parte del día a día, sin que escaseasen las pendencias y agresiones, motivadas por la obligada y nunca bien llevada del todo convivencia. 


Por último, tampoco podríamos olvidar la faceta de la religiosidad, muy intensa en las tripulaciones, que oraban a diario y celebraban la misa si llevaban capellán a bordo; galeras, galeones y naos llevaban nombres religiosos y no era extraño que en momentos de temporal, huracanes o tormentas, cuando la nave amenazaba con naufragar y las vidas de todos pendían de un hilo, las plegarias al cielo se elevasen casi al unísono.  Como decía la copla:  
 
 "El que no sepa rezar 
que vaya por esos mares. 
Verá que pronto lo aprende 
sin enseñárselo nadie."
 
No es de extrañar, pues, que el oficio de navegante o marinero en estas condiciones fuera algo casi heroico, aunque también habría que decir muchos se veían empujados a este modo de vida por la desesperación y la necesidad de buscar nuevos horizontes en un mundo escaso de oportunidades. 
 

 
La Nao Victoria, por su parte, permaneció al servicio de la Corona, realizando otras travesías hasta que se le pierde la pista en una singladura de vuelta de la isla de Santo Domingo, sin que se la volviera a ver ni a ella ni a sus tripulantes...

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