lunes, 30 de noviembre de 2020

Bajo tierra.

 

Hace ya algunos años, en 2013 en concreto, escribíamos acerca de la calle Argote de Molina (“Cuesta del Bacalao” para muchos) y de la existencia del llamado Horno de las Brujas; pues bien, muy cerca de allí se encuentra la calle Abades, conocida en su tiempo como calle Mayor o Mayor del Rey por formar parte del eje viario que arracando en la Puerta de la Macarena se orientaba en dirección norte/sur hasta la Plaza de la Virgen de los Reyes, aunque ya en el siglo XIV recibía el apelativo de Abades siendo durante siglo lugar de viviendas para el numeroso clero de la cercana catedral hispalense.


 Sin duda, en esta calle Abades sobresale la casa palacio de los Pinelo, magnífico ejemplo de edificación renacentista en la que nació San Juan de Ribera y que fue propiedad de Diego Pinelo, miembro de una familia de origen genovés que hizo no poca fortuna con el comercio. Igualmente, destaca en la calle el caserón que durante mucho tiempo ocupó la Escuela Francesa, convertido ahora en hotel de lujo, la placa que, en el número 16, recuerda que allí falleció el canónigo y novelista Juan Francisco Muñoz y Pabón, y varios y buenos ejemplos de casas del siglo XVIII con dos plantas y ático y patio central interior con columnas. 

 Pero si algo ha acompañado a esta calle a lo largo de su extensa historia, ha sido la creencia popular en la existencia de pasadizos y túneles bajo ella, utilizados, decían, para actividades "non sanctas"; leyendas populares y tradición oral han hecho siempre especial hincapié en el carácter mágico y misterioso de estos subterráneos, con diversos sucesos en los que hay un fuerte componente terrorífico, como en el caso que narraremos a continuación y que fue recogido en su momento por el escritor sevillano Manuel Chaves Rey. 

Al decir de los cronistas de diferentes épocas, en muchas de las viviendas de la calle existían pequeñas puertas, luego tapiadas, que daban acceso a angostas escaleras que descenderían hasta las mencionadas galerías, plagados de murciélagos al decir de algunos, y lugares tenebrosos; igualmente, autores como Rodrigo Caro, Argote de Molina o González de León habrían mencionado unas obras realizadas en 1298 en la morada del canónigo Juan de Falce como causa del descubrimiento de estos pasadizos, insinuándose entonces que en la etapa islámica de Sevilla allí se habrían desarrollado rituales de magia. 

Pues bien, allá por 1695 una de las casas de Abades (poseedora de una de aquellas puertas a los corredores bajo tierra) era habitada por un caballero de origen burgalés, de buen porte y mejor hacienda, sin esposa ni descendencia y que vivía con bastante holgura de sus rentas, contando con un anciano criado como único sirviente. Soltero y con caudales suficientes, llevaba un tren de vida caracterizado por aventuras galantes y banquetes y fiestas de la más diversa condición, pero todo ello con relativa discreción y sin grandes alborotos. Cierta noche veraniega, regresando de sus diversiones nocturnas, quedó profunda y plácidamente dormido en su alcoba. De repente, un rumor de golpes secos, prolongados y desconocidos le hizo despertar bruscamente. Presto a levantarse espada en mano, no era nuestro protagonista individuo timorato precisamente, algo le hizo detenerse: una siniestra sombra, seguida de otras, de gran altura y extraña apariencia. 

Eso no fue todo. Aquella siniestra procesión atravesó el umbral de la alcoba y murmurando palabras ininteligibles, congregóse en torno a la cama de nuestro caballero, petrificado por el pavor y mudo por el impacto de aquellas presencias, desconocedor de si eran asesinos que venían a ejecutarle o de si eran espectros venidos del otro mundo con la perversa intención de arrebatarle su alma. Todavía, sacado fuerzas de Dios sabe dónde, el caballero burgalés, poniendo freno a su miedo y con el gaznate reseco, inquirió a aquellas siniestras apariciones: 

- ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

Aquellas palabras bastaron para que el lúgubre cortejo, de manera precipitada y casi atropellada, abandonase los aponsentos caminando hacia el patio de la casa y perdiéndose por los pasillos enmedio de ruidos sordos y desiguales. Recuperado del tremendo sobresalto, salió el burgalés de su estancia a la caza de los "fantasmas", a los que atisbó dirigiéndose hacia la galería donde se hallaba la puertecilla que daba a los subterrános de la vivienda. Al llegar a la puerta, con respiración entrecortada por la carrera en la persecución, comprobó, presa de un profundo terror, que del sótano salía una intensa luz roja de origen desconocido para él, cayendo desmayado en tierra por la impresión y siendo hallado a la mañana siguiente por su viejo criado aún en esa posición. 

 Pasado el impacto de la nocturna peripecia, todo quedó aclarado, ya que se comprobó que el corredor subterráneo de la casa de la que hablamos estaba conectado a otra vivienda contigua, circunstancia que había sido aprovechada aquella noche por unos vecinos "curiosos" que sin darse cuenta terminaron "apareciendo" en la morada de aquel caballero, provocando el lance del que tardó semanas en recuperarse, no sin ayuda de agua de azahar o tila.

Ya en nuestros días, con motivo de obras en inmuebles en la calle Abades, se han realizado las pertinentes excavaciones arqueológicas que en algunas zona han sacado a la luz restos de termas romanas (muy conocidas y ocultas aunque fotografiadas) y del circuito de cloacas, lo que daría en principio respuesta a la existencia de esas estructuras soterradas, testigos de un tiempo muy anterior, cuando las siglas SPQR dominaban nuestra ciudad...