lunes, 22 de marzo de 2021

En vela.

 

A fuer de ser sinceros, no cabe duda de que la Cuaresma y la Semana Santa serían inexplicables sin la colaboración necesaria de la cera encendida para iluminar cultos y estaciones de penitencia. Codales, hachones, velas de a libra o de dos libras, velitas para nazarenitos, candelabros o blandones, lamparillas, todas ellas contribuyen con su iluminación a socavar el moderno protagonismo de la luz eléctrica en las cofradías (apenas utilizada salvo en el conocido caso del Nazareno de la Hermandad de la Candelaria durante muchos años hasta 1960). 


En principio, las velas se realizaban con una base de sebo (grasa animal) y ya eran utilizadas por los romanos en torno al siglo V antes de Cristo, incluso era tradición regalar este tipo de elementos en las fiestas llamadas Saturnalias, de las que ya hablamos en una ocasión; sin embargo, hay que destacar que las civilizaciones mediterráneas basaron el lograr luz gracias al uso del aceite de oliva impregnando una mecha (recordemos el pasaje evangélico de las Vírgenes prudentes), mientras que ya en los primeros tiempos del Cristianismo comenzar,on a emplearse velas en la liturgia, incluso con alguna que otra controversia teológica con San Jerónimo como protagonista, al afirmar que era lícito encederlas a plena luz del día frente a otros teólogos que hablaban de la inutilidad de tal acción. 

Se sabe que poco a poco se extendió la costumbre de usar la cera de los panales de las abejas como elemento combustible para cirios y velas, aunque hay que resaltar lo caro del proceso y del resultado final, de modo que sólo los nobles y clérigos podían iluminar sus palacios y templos con ellas. 

 

Andando los siglos, se constituyeron los Gremios de Candeleros, que aglutinaban a los fabricantes de velas, cirios o bujías (también llamadas de este modo). En Sevilla, el gremio se aglutinaba en una zona concreta de la ciudad, en la desembocadura de la calle Villegas con el Salvador y poseía sus propias Ordenanzas, en las que se estipulaba la correcta y poco fraudulenta fabricación de las velas (de cera o sebo), supervisada por dos Veedores, elegidos entre los miembros de la corporación, quienes tenían autoridad para visitar y revisar la producción de los talleres, bien en cualquier momento, bien en fechas concretas como la Cuaresma o el Corpus; como curiosidad, ambos Veedores había de prestar juramento de no decir a nadie, ni siquiera a sus familias, cuándo y qué cererías visitarían, a fin de pillar “in fraganti” a posibles adulteradores o estafadores.



Agrupados en torno a la Hermandad de la Coronación de Espinas, fundada en la Parroquia de San Martín en 1540 para dar culto a una reliquia de la Santa Espina de Jesús, los cereros tomarán carta de naturaleza como cofradía, fusionándose con la Hermandad de la Santa Faz y Nuestra Señora del Valle y dando lugar a la actual Hermandad radicada en la céntrica iglesia de la Anunciación, antigua casa profesa de los jesuitas. 

 

Reseñar también que, en aquellos tiempos, los cirios podían ser amarillos o blancos, siendo los primeros de inferior calidad a los segundos, ya que éstos eran blanqueado al sol tras un segundo proceso de cocción y filitrado que eliminaba impurezas, de modo que eran destinados al culto divino como en la actualidad, por ejemplo, la característica cera blanca desprende un olor agradable y dulzón, inolvidable para quien se ha puesto en la delantera de un paso de palio, ¿Verdad?. Además, se obligaba a los cereros a poner un sello propio en sus velas, a fin de que se reconociera su quehacer, costumbre comercial que mantienen las actuales cererías. 

 

También merece la pena destacar el protagonismo de la cera en las ceremonias litúrgicas de la Catedral hispalense, como la jornada del Viernes Santo, al formar parte del llamado Tenebrario, especie de gran candelero con forma triangular en el que se colocaban quince cubillos para otras tantos cirios encendidos, que eran apagados a medida que concluía el rezo de cada salmo del Oficio de Tinieblas, para quedar a oscuras el templo tras finalizar la salmodia o como el Domingo de Resurreción, con el impresionante cirio pascual que alcanzaba una altura impensable en nuestros días. 


Mientras que las velas de sebo o grasa resultaban asequibles junto con las ya aludidas lámparillas de aceite, la cera de abeja siguió siendo un objeto caro a lo largo de los años, prueba de ello es que en las Reglas de algunas hermandades las multas por mal comportamiento o falta de asistencia a actos y cultos se cobraban en cera, en algunos casos se llegaba a castigar con la cantidad de cuatro libras. Teniendo en cuenta que una libra castellana de entonces era casi medio kilo, imaginamos que abonar una multa así debía ser un quebradero de cabeza para el infractor. 

 

 En el siglo XIX, suprimidos los gremios, la elaboración de cera, que seguía siendo necesaria pese a los avances tecnológicos, comenzó a realizarse de modo menos artesanal, adaptándose a modos casi industriales pero procurando no perder su esencia, recordemos por ejemplo que en 1850 se funda en Sevilla la conocida Cerería del Salvador, que en la actualidad surte a un amplio número de hermandades de la capital, la provincia y la región. 

Por fortuna, las hermandades siguen manteniendo la costumbre de utilizar la cera para sus cultos, con el ritual de su fundición para conformar el bosque luminoso de las candelerías de los palio o para conformar los tramos de nazarenos, además, ¿Quién no ha hecho alguna vez una bola de cera multicolor? 









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