lunes, 17 de mayo de 2021

Ni pitos, ni flautas.

 

Campanas al vuelo, estallidos de cohetes, crujir de carretas, vivas, cascos de caballos sobre adoquines o asfalto, palmas, guitarras y palillos, eran muchos los sonidos característicos durante estas semanas previas a la celebración de la Romería de la Virgen del Rocío por Pentecostés en muchas ciudades y pueblos; quizá uno de los más emocionantes y añorado sea el de la gaita y el tamboril llamando a los cultos de las diferentes hermandades del Rocío en vísperas de, este año, una especial celebración de la anual Romería que tiene lugar en tierras almonteñas.

 

Como instrumento musical, la flauta, gaita o "pito" andaluz o rociero, remonta su origen histórico a tiempos muy antiguos, cuando se crea la llamada flauta de tres agujeros, pariente de similares características a los ejemplares hallados de tiempos de la antigua Grecia, cuando se atribuyó al travieso dios Pan su invención, incluso pinturas del año 450 antes de Cristo, de época etrusca, atestiguan el uso de este tipo de flautas; en las célebres Cantigas de Alfonso X el Sabio, recopiladas en el siglo XIII, aparecen ilustraciones con personajes tocando el tambor y la flauta, cantigas, precisamente, como señala el investigador musical José Manuel Castellano, en las que hay alusiones al coto de caza de las Rocinas, lugar donde hoy es encuentra la Ermita en la que recibe culto la imagen de la Virgen del Rocío.

Algunos autores sostienen que en la Edad Media, en tiempos de la Reconquista castellana, muchos leoneses se asentaron en el Sur de Extremadura y en Andalucía Occidental, trayendo consigo no pocas costumbres y elementos de su folklore, entre ellas el uso de la flauta y el tambor, cuyo empleo se extendió por la Sierra Suroeste de Badajoz, el Andévalo y el Condado onubense y el Aljarafe sevillano, siendo en estas zonas donde se han registrado siempre el mayor número de tamborileros. Pese a todo, conviene resaltar que durante los siglo XVI y XVII el tamboril y la flauta estaban presentes en prácticamente toda España, con distinciones sociales incluso entre los llamados tamborileros cortesanos, encargados de animar las danzas, y los rurales, mucho más populares, que se ganaban la vida tocando en ferias de aldea en aldea, conservando las mismas y arcaicas melodías que en algunas ocasiones, y casi de milagro, han llegado hasta nuestros tiempos. 

Así, en la procesión del Corpus Christi de Sevilla, por poner un ejemplo, durante el siglo XVI fueron frecuentes varias danzas profanas, las cuales, al decir del cronista del XIX Simón de la Rosa: "Se movían al compás del pito y del tamboril ó de rabeles y panderetas, y debían marchar según el ceremonial primitivo detrás de la Custodia con las torres, castillos y carros de autos". Eran, por tanto, bailes destinados a animar al pueblo que contemplaba el paso del cortejo, mientras que los "cantorcicos" o "Seises" bailaban de modo mucho más respetuoso, sin caretas ni cascabeles, ante el Santísimo Sacramento portado devotamente en la Custodia.

Cruces de Mayo, romerías, procesiones, festejos populares, en todos ellos la figura del tamborilero es considerada fundamental, ya que con sus toques característicos y su ritmo al tambor, supone el telón de fondo musical para la fiesta, entendida en el mejor sentido de la palabra. Ya en el siglo XVIII se constata en antiguos grabados la presencia de tamborileros en el entorno de la ermita de la Virgen del Rocío, mientras que en el XIX el tamborilero será protagonista, arte y parte, en todos los actos de las hermandades, animando cultos y caminos con sus toques del Alba, el "romerito" o el "Paso de Carretas" y colaborando, y de qué manera, en la animación con sus sevillanas, rumbas, fandangos y demás composiciones, en lo que vendría a ser, salvando muy mucho las distancias, un trasunto de los actuales "Disc Jockeys".

Con una medida media de unos 36 centímetros, la flauta rociera se ha venido realizando desde siempre con materiales como las maderas de fresno, naranjo, cerezo o limonero, todas ellas fáciles de adquirir por su abundancia en la naturaleza, mientras que para el "pito" o "capucha" se empleaba el asta de toro o o chivo. Por su parte, el tambor, mayor en dimensiones (80 centímetros de altura y 50 de diámetro) que sus "primos lejanos" castellanos o gallegos, consta de un cuerpo de madera contrachapada y dos aros de madera en sus extremos, los cuales, con la ayuda de un sistema de tensores de cuerdas y cueros, tensan los dos parches de piel de chivo o cabra. Además, dos bordones o cuerdas, en ambos parches, ayudan con su vibración a darle un sonido ronco y solemne, que basta y sobra incluso para acompañar con su ritmo cadencioso el caminar de los peregrinos a pie en torno a la carreta del Simpecado. 

 
Durante años el saber de los tamborileros, como tantos otros oficios, pasó de padres a hijos como legado tradicional, constituyéndose auténticas dinastías en hermandades como las de Triana, Huelva, Moguer o Villamanrique, con nombres inolvidables para muchos rocieros antiguos y nuevos como Celedonio o Carmelo, Félix o Curro "El de Villamanrique", Curro "De Escacena", José González "El Pollo", José y Juan "Tenazas", José "El Sanjuanero" (constructor de flautas y tamboriles, además) o José Manuel en el Rocío de Sevilla. Hay que tener en cuenta que, según calcula, Castellano Márquez, que además de investigador es también tamborilero, en la anual Romería del Rocío suelen darse cita en torno a 200 tamborileros, y que todos tienen un emocionante punto de encuentro en la llamada Misa de Tamborileros, que se celebra ante la Virgen en la tarde del Domingo de Pentecostés. 

Con el paso de los años, en 1987 el compositor Manuel Pareja Obregón crea en la aldea de El Rocío la primera Escuela de Tamborileros, que será el germen de la actual Escuela promovida por la Hermandad Matriz de Almonte, a la que seguirán otras escuelas, e incluso Asociaciones como la manriqueña de "Curro el de Villamanrique", responsables todas de que no se pierda el importante legado musical y devocional de los diferentes toques y melodías; igualmente, se han celebrado encuentros y convivencias con otras entidades tamborileras del resto de España. 

Un último detalle, que habla de la admiración que se siempre han despertado los tamborileros: tanto en Almonte como en Villamanrique de la Condesa se alzan sendos monumentos en su honor, el primero obra de José Manuel Díaz Cerpa y el segundo realizado por Francisco Parra García. 

Ojalá el año que viene, recuperada la normalidad, quiera la Virgen del Rocío que volvamos a escuchar es inconfundible son de la flauta y el seco e inolvidable toque del tamboril...


 




 


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