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26 enero, 2026

Un lugar explosivo.

Aprovechando una tregua entre borrasca y borrasca, entre ola de frío y ola de frío, en esta ocasión, en Hispalensia, nos vamos a dar un "garbeo" por una desaparecida zona que tuvo bastante importancia en lo militar y en lo industrial entre las Puertas del Osario y la del Sol; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Inventada en China, la pólvora (que significa "medicina de fuego", en chino mandarín) revolucionó la forma de hacer la guerra, de ahí que poseer los ingredientes necesarios para su fabricación fuera, en no pocas ocasiones, casi una cuestión de estado; su llegada a Europa es aún un enigma histórico, ya que mientras algunos autores sostienen que hizo su entrada a través del imperio bizantino, otros afirman que fue utilizada por primera vez en nuestro continente por los musulmanes, concretamente durante la defensa de las murallas de Niebla (Huelva), sitiadas por el rey Alfonso X el Sabio en 1262.  

Castillo de Niebla. Interior.

El salitre o Nitrato Potásico, junto con el azufre y el carbón vegetal, era necesario para la fabricación de la llamada pólvora negra, extrayéndose aquél en zonas ricas en cloruro de sodio y otros elementos y empleándose también para la creación de fertilizantes, pigmentos o esmaltes para la cerámica. La tierra con salitre quedaba colocada en grandes depósitos donde se calentaba con agua hirviendo para favorecer su disolución, para luego trasladarla a otro espacios donde cristalizaba, evaporaba y secaba, lista para mezclarse con los demás ingredientes en una especie de molino; de hecho, los hubo en Triana, en la zona del Puerto Camaronero desde el siglo XVI, con alguna que otra catastrófica explosión accidental, como la ocurrida en mayo de 1579 y que destruyó treinta casas. 

A todo esto, y dando un salto en el tiempo, en España y durante el devenir del siglo XVIII los diferentes monarcas de la recién llegada dinastía borbónica, aconsejados por un destacado grupo de políticos ilustrados, procuraron mejorar la situación de la nación, y para ello, entre otras medidas, abordaron la fundación o mejora de toda una serie de fábricas e industrias que buscaban tanto cubrir la demanda de productos que entonces eran adquiridos a otros países, como generar empleo e incluso convertirse en alternativa al viejo sistema gremial. Quizá uno de los mejores ejemplos en este sentido lo tengamos en Sevilla con la construcción e inauguración en 1757 de la magnífica obra Fábrica de Tabacos, que ganaba ostensiblemente espacio y producción abandonando la antigua sede, en la actual Plaza del Cristo de Burgos. 

La abundancia del Nitrato de Potasio o "Salitre" en la zona del arroyo Tagarete, entre el convento de la Trinidad y la zona cercana a la Puerta Osario, propició que el Rey Fernando VI ordenase erigir en dicha zona la llamada Real Fábrica de Salitre en torno a 1758, en la que se comenzaría a elaborar este elemento, primordial en la elaboración de la tan necesaria pólvora en unos tiempos en que la industria bélica también estaba más que presente en Sevilla con la Fundición de Artillería, creada en el siglo XVI pero que experimentará un fuerte impulso en el XVIII en un nuevo edificio que ahora es propiedad municipal y está destinado a usos culturales. 

Delimitada en rojo, la Fábrica de Salitre; arriba, puede distinguirse el curso del arroyo Tagarete.

Para conocer un poco mejor cómo fueron los comienzos de dicho establecimiento recurriremos a un vecino del barrio de San Roque, Leandro José de Flores, quien relatará en su obra sobre dicha collación (1817) algunos pormenores, indicando que el 14 de octubre 1762 se bendijo la capilla de la Real Casa del Salitre, no sin un curioso enfrentamiento entre los párrocos de San Roque y de Santa Lucía, pues alegaban tanto uno como otro que dicha capilla quedaba dentro de su feligresía y jurisdicción, quedando finalmente agregada a esta última; además, el 18 de ese mismo mes se produjo un derrumbamiento en la zona donde se construían las caballerizas, cayendo unos arcos con el fallecimiento de un operario y las heridas de otros tantos. Posteriormente, la fábrica contó con sus propios capellanes e incluso un presidio, lo que da idea del valor de lo que allí se elaboraba.

El mismo autor narra incluso cómo las tapias de la fábrica, en ocasiones, eran usadas para una macabra actividad, al mencionar cómo este sitio era:

"Donde se suelen arcabucear a los reos de muerte; en 13 de septiembre de 1769 a un soldado de los Miñones del cuartel de San Pedro, cuya justicia se ejecutó detrás del Salitre al pie del monte de la Cruz de los muertos; se enterró en Santa Lucía por mandado del juez castrense".

Quizá por lo alejado entonces del trajín de la ciudad y por la tranquilidad de la zona, tampoco era, por lo visto, mal lugar para duelos o desafíos entre contrincantes por cuestiones de honor, como el que tuvo lugar allí el 31 de mayo de 1731, durante el cual el Duque de San Blas y el Marqués de Leir, a solas y sin padrinos se acometieron ferozmente espada en mano, se hirieron mutuamente de gravedad, terminaron acogidos a sagrado en el cercano convento de la Trinidad y a los pocos días, el 13 de junio, acordaron hacer las paces o "amistarse", como solía decirse por aquellas calendas, o sea, "aquí paz y después gloria".

Por cierto, uno de los escasos testimonios gráficos de la Real Fábrica del Salitre nos lo proporciona un súbdito de su Graciosa Majestad, el británico Richard Ford, quien sobre 1831 toma unos apuntes desde la desaparecida Puerta del Sol, donde ahora mismo se encuentra la intersección de las calles Sol y Santa Lucía, antes de salir a la avenida de María Auxiliadora. En el dibujo, apenas esbozado, pueden apreciarse las instalaciones fabriles a ambos lados de la calzada, con la Giralda al fondo y lo que podría ser la iglesia del extinguido convento del Valle, ahora sede de la Hermandad de los Gitanos.


En 1844, Félix González de León describía así el lugar, ya desaparecido entonces, como veremos:

"La fábrica del salitre y construcción de pólvora era muy extensa; se dilataba desde el convento de la Trinidad y puerta del Sol, por uno y otro lado, hasta muy cerca de la Puerta del Osario. A la izquierda formaba un cuadrilongo cercado de paredes de seis varas de altura, con muchas ventanas con fuertes rejas de hierro y competentes puertas. En el centro muchas cuarteladas techadas de maderas y tejas sobre pilares de material, donde se acopiaba la tierra, y en multitud de tinas se ponía en infusión el agua, y se hacían otras maniobras. En el lado de frente, que por delante tiene pared con ventanas y puerta como la referida, y por dentro hay talleres para las manufacturas del ramo, grandes almacenes, oficinas de empleados, la pequeña capilla ya referida y unas cuantas casas de habitación para los directores, empleados y capataces de dicho establecimiento, todo muy amplio y diáfano; pero hoy no sirve para que se labró y está muy ruinoso."

La alusión al estado ruinoso de la fábrica tiene que ver con que la vida industrial del edificio experimentó un retroceso considerable debido a razones fundamentalmente mercantiles, ya que la Corona comprobó que la fabricación del salitre resultaba costosa y poco rentable; como alternativa, la Real Hacienda acordó arrendar la fábrica en 1818 a la familia Cárdenas, pero finalmente, la entrada en el mercado de pólvora inglesa, más barata, hará que el Salitre cierre sus puertas definitivamente en torno a 1840, siendo derribada la mayoría de sus edificios; será la llamada Pirotecnia Militar, en la zona de la Enramadilla, la que venga a sustituir a esta antigua fábrica que hemos venido comentando, pero esa, esa ya es harina de otro costal.