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09 mayo, 2022

De ida y vuelta.

Durante buena parte de la Edad Moderna, sobre todo en los siglos XVI y XVII, fue frecuente que no pocos sevillanos decidieran buscar una mejora de sus vidas marchando a las Américas; de hecho, la documentación atesorada en el Archivo de Indias relata no pocas solicitudes para "pasar a Indias", siendo algunas aceptadas y otras denegadas o incluso con incierto y extraño final como en el caso que nos ocupa, pero como siempre, vayamos por partes. 

Lo cuenta una antigua crónica, en 1650 vivía un apacible matrimonio en el sevillano barrio de San Lorenzo. Ella, de nombre Catalina de la Peña, él, Diego Ruiz, sastre por más señas con un pequeño taller que se nutría también de pequeños encargos. Sin descendencia, ya algo maduros y de humilde condición, vivían en total armonía sin que nada ajeno turbase la paz de aquel hogar. Sin embargo, poco a poco, en la fértil mente del sastre estaba surgiendo una idea alimentada por las animadas charlas y comentarios con amigos y compañeros de taberna, unida al ferviente deseo de lograr fortuna de manera rápida y con escaso trabajo, aunque para ello fuera necesario cruzar el Océano Atlántico con todos los peligros y riesgos que ello suponía.

Un día, Diego tomó la decisión en firme. Marcharía a Ultramar. Le alimentaba la esperanza de regresar a Sevilla con el prestigio de haberse enriquecido allá y con caudales suficientes para así sacar a su esposa de la precaria situación en la que se encontraban. A la sorprendida Catalina, enterada de improviso de los propósitos de su marido, la idea no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque se vería separada de él por un dilatado espacio de tiempo. Lloró, imploró, amenazó, rogó, riñó, pero todo fue inútil. Una mañana de primavera, el sastre de San Lorenzo empacaba sus escasas pertenencias, se despedía de su desconsolada cónyugue, marchaba hacia el Puerto, embarcaba en un navío y ponía rumbo a América. 

 En el intervalo de diez largos años, y no sin esfuerzo, a Diego le rodaron bien las cosas, pues fue adquiriendo cierta fortuna y posición, ahorrando moneda a moneda, aunque en contrapartida le llegaban malas noticias desde Sevilla en las que se hablaba del estado de pobreza de Catalina y de su mala situación, pero pese a todo, determinó permanecer en suelo americano hasta ver aumentado su patrimonio, mas, eso sí, tomando la decisión de entregar a su amigo de mayor confianza la nada despreciable suma de mil pesos para que marchase a España y los depositase en las manos de su amada esposa junto con la promesa de un pronto regreso a tierras hispalenses. 

Poco podía imaginar aquel sastre que su amigo le traicionaría movido por el pecado capital de la codicia. Apenas llegado a Sevilla, hecho a la idea madurada durante el viaje de quedarse con la abundante suma de dinero que se le había confiado de buena fe, acudió al Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre, donde de manera fraudulenta, contando con la complicidad de un sacerdote, falsificó la partida de defunción de una mujer, quizá fallecida durante la terrible epidemia de peste de 1649, para ponerla a nombre de la mismísima Catalina, y con dicho documento en sus manos regresó a Indias, sin por supuesto acercarse al barrio de San Lorenzo ni trabar contacto con la esposa de Diego.

Informado por su amigo, quien declaró haber gastado presuntamente los mil pesos en un suntuoso funeral por el alma de Catalina creyendo así cumplir la voluntad de aquel de rendir postrer homenaje a su compañera en vida, Diego quedó profundamente afectado por la fúnebre noticia y por cierto sentimiento de culpa, aunque con el paso de los meses el dolor y la pena se fueron atenuando. Decidido a no contraer matrimonio de nuevo, estudió cánones y teología y fue ordenado sacerdote meses antes de embarcar de nuevo en la Flota de regreso a España, colaborando como capellán durante la travesía, sin saber, claro está, que no era viudo.

Ya en Sevilla, paseando por sus calles más céntricas al poco de arribar, fue reconocido por sus vecinos y amigos, quienes le dijeron, enormemente sorprendidos por verle con la sotana, manteo y tonsura propias de los presbíteros:

- Señor mío, ¿como vuesa merced anda de aquesta guisa?

- Señores míos, -respondió el bueno de Diego-, como mi mujer murió tiempo ha, me hice sacerdote.

- ¿Que vuestra mujer murió?, yo la ví hoy, y si vuesa merced la quiere ver ande acá conmigo.

Podemos imaginarnos el sorprendente y emocionante reencuentro de aquel matrimonio de San Lorenzo tras tantos años de separación, por no hablar del rostro de Catalina al ver a su marido convertido en flamante cura o de los dimes y diretes que tal embrollo habría provocado en el barrio; atenazado por los remordimientos, Diego decidió acudir al Santo Oficio y exponer su inusual caso, sinceramente arrepentido por actuar ignorando totalmente la supervivencia de su esposa. 

Los sesudos inquisidores deliberaron y analizaron la extraña anomalía durante semanas, pues la cuestión era, para ellos, peliaguda, al tratarse de un claro caso de amancebamiento, o lo que  es lo mismo, un sacerdote que convivía con una mujer en su casa, (aunque olvidaban que estaban unidos por el vínculo sagrado del matrimonio) hasta que finalmente dictaminaron, según su entender y en plan salomónico, que para regularizar la situación, Catalina debería entrar en un convento como religiosa percibiendo una renta diaria de treinta reales y que la propia Inquisición abonaría la dote necesaria para profesar en el convento que desease. 

Como podemos suponer, Catalina montó en cólera y, ofendida hasta la médula, replicó que aunque reconocía la rectitud de las intenciones de los señores inquisidores, nos las acataba, que Diego era su marido, que Dios se lo había concedido y que estaban unidos para toda la eternidad, de modo que no consintió, bajo ningún concepto, en aceptar el dictamen con su propuesta, dejando en suspenso la entrada en religión hasta que no apareciera el culpable de todo aquello: el codicioso amigo traidor, origen del embrollo (casi un "culebrón) y aclarase lo sucedido con pelos y señales. Oliéndose lo que se le venía encima, incluida la condena y la cárcel, sobra decir que el mencionado individuo prefirió quedarse cómodamente en Indias ante los requirimientos que le llegaban de España, muriendo de viejo al decir de las crónicas, desentendido de lo que acontecía en la lejana Sevilla.

¿Qué ocurrió con Diego y Catalina? ¿Tuvieron que vivir por separado cada uno del otro? ¿Optaron por convivir pese a las severas penas establecidas para relaciones así? Al cabo de todo, desoyendo al Santo Oficio y sus letrados, alguien con buen sentido les aconsejó encomendarse a la Virgen de Roca Amador, venerada en la parroquia de San Lorenzo y que solicitasen humildemente al Santo Padre de Roma que desenredara la madeja mediante la anulación de la ordenación sacerdotal del primero, cosa que se logró no sin grandes trabajos, de modo que, por fin, ambos pudieron volver a hacer vida matrimonial con gran contento y por el resto de sus días...

12 abril, 2021

De armas tomar.

 

Uno de los personajes más peculiares y controvertidos del siglo XVII español fue una monja espadachín, que llegó a alcanzar, con las bendiciones de la Corona y del Papado, el grado de Alférez dentro del ejército español. Su nombre, Catalina de Erauso y Pérez de Galarraga. Donostiarra de nacimiento, sin que se sepa a ciencia cierta el año, 1585 o 1592 según varias versiones, nace en una familia acomodada, siendo su padre el capitán Miguel de Erauso, quien ostentó puestos de responsabilidad en la provincia a las órdenes del rey Felipe III.


A los cuatro años ingresa en un convento dominico junto con otras dos de sus hermanas para recibir una educación acorde a su posición social; sin embargo, su fuerte carácter hará que sea trasladada a otro monasterio donde imperaba una mayor disciplina. A los quince años, consciente de que los hábitos religiosos no eran para ella y tras una violenta pelea con otra religiosa, decide huir tras apropiarse de ropas de hombre y cortarse el pelo, asumiendo la identidad de un varón. Usará diferentes nombres, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola o Alonso Díaz, entre otros (en esa época era inimaginable algo como nuestro actual DNI).


A partir de ahí, siempre con esa apariencia masculina, recorrerá media España sirviendo a diferentes señores, procurando no ser descubierta y evitando el contacto con sus familiares, aunque al parecer llegó a regresar a su tierra natal y vivir allí un tiempo sin que nadie, ni siquiera su padre, acertara a reconocerla bajo su aspecto masculino. Andando el tiempo, en 1603, embarcará desde el puerto vasco de Pasajes hacia Sevilla, acompañando al capitán Berróiz, para partir hacia las Indias en un galeón comandado por Esteban Eguino. Será una estancia corta, muy breve, en nuestra ciudad, pues la partida a ultramar era inminente.


En América, Catalina se caracterizará por hacer gala de un tremendo valor en combate, protagonizando no pocas hazañas bélicas que harán de ella, o él, un héroe de su tiempo, logrando ascender a Alférez tras la batalla de Valdivia contra la tribu de los mapuches. Sin embargo, su rebeldía y carácter agresivo le perjudicarán para futuros ascensos, por no hablar del asesinato del auditor general de la ciudad de Concepción (del que sale indemne) y la crueldad con la que se solía comportar con la población nativa. Como curiosidad, durante tres años estará en Chile, al servicio de su propio hermano Miguel, secretario a la sazón del gobernador de aquellas tierras e incapaz de darse cuenta de a quien tenía a su cargo. Hecha a la vida errante del soldado, Tucumán, Potosí, Piscobamba, La Paz, Cuzco, serán escenario de sus idas y venidas, de sus peripecias y actos de guerra, incluso de una condena a muerte por un duelo que finalmente evitó fugándose, aunque su talante pendenciero le acompañará siempre. 

 Pero como todo al final se sabe, en 1623 nuestra Alférez se verá obligada finalmente a confesar su sexo al obispo peruano de Huamanga, debido a una disputa. El prelado, Agustín de Carvajal, escuchará su confesión y la protegerá, enviándola de regreso a España donde será recibida por el mismo rey Felipe IV, quien le confirmará en el rango de Alférez, a la vez que le concederá 800 escudos de pensión; no le irá tampoco mal en Roma con el Papa Urbano VIII, con el que mantendrá una audiencia privada y conseguirá el anhelado privilegio de poder vestir ropa de hombre.


Sobre su verdadera orientación sexual han corrido ríos de tinta a lo largo de los años, sin que se sepa a ciencia cierta si sentía atracción por hombres o mujeres, aunque a lo largo de su vida, no es menos cierto, llegó a estar prometida a varias damas y también mantuvo escarceos amorosos con mujeres; quizá, obligada a representar el papel de aguerrido soldado, se vio obligada a ello, quizá bajo su disfraz se ocultaba una identidad verdaderamente masculina. No lo olvidemos, la homosexualidad en su época era severamente condenada y penada. 

 

Finalmente, en torno a junio de 1630, tendremos a Catalina paseando por las bulliciosas calles de la Sevilla de aquel momento, vestida como correspondería a su status social: jubón, ferreruelo o capa corta, calzón y calzas, sin olvidar las botas, el sombrero de ancha ala y, por supuesto, toledana al cinto. Preparada para partir de nuevo a América, en esta ocasión bajo el mando del capitán Miguel de Chazarreta, el entonces contador de la Casa de Contratación de Sevilla, Manuel Fernández Parco, dio testimonio de cómo la guipuzcoana fue inscrita los libros de contaduría como “el alférez doña Catalina de Erauso”, apareciendo así reflejada en el registro de pasajeros. 

 

¿Qué hizo durante esta segunda estancia? Precedida de su indudable fama y rodeada de la lógica curiosidad popular, sobre todo en una ciudad siempre predispuesta a novedades, con su llamativo aspecto, el 4 de julio, como atestigua Chaves Rey, oyó misa en la catedral, fue requerida por el pintor Francisco Pacheco, ya entonces suegro de Velázquez, para ser retratada, e igualmente se solicitó su presencia en no pocas casas de la más alta sociedad hispalense a fin de conocer de primera mano a tan importante como insólito oficial, ¡hoy habría sido toda una celebridad!. En cuanto al retrato, conservado aún en la sede de la Kutxa de San Sebastián, parece ser que probablemente fuera obra de Juan van der Hamen y no del propio Pacheco. 

 

Uno de sus biógrafos la describió así: “Era Catalina demasiado alta como mujer, aunque no tenía la estatura ni la presencia de un arrogante mozo. De cara no era fea ni bonita. Eran negros, brillantes y muy abiertos sus ojos y las fatigas más que los años alteraron pronto sus facciones. Llevaba los cabellos cortos como los hombres, y perfumados, según la moda. Vestía á la española. Poseía aire marcial, llevaba bien la espada y su paso era ligero y elegante. Sólo sus manos tenían algo de femeninas, en las palmas más que en los contornos, y su labio superior estaba cubierto de negro y ligero bozo, que, sin ser verdadero bigote, daba un aspecto viril a su fisonomía”.

Una calurosa mañana de verano, embarcada hacia Indias junto con las tropas de su majestad, nuestra protagonista abandonará definitivamente Sevilla y España, ya que al llegar a Indias pasará a México, en concreto al pueblo de Cotaxla, en la provincia de Veracruz; allí ejercerá el oficio de arriera, llevando cargas con sus recuas de asnos entre Ciudad de México y Veracruz, y allí encontrará finalmente la muerte, en torno a 1650, sin que se haya podido saber documentalmente cuándo tuvo lugar y dónde está sepultada, aunque algunos autores establecen como probable lugar de enterramiento la propia población de Cotaxla.

Su vida, llena de violencia, penurias y triunfos, llevada al cine y novelada en multitud de ocasiones, bien podría ser un resumen de la época que le tocó vivir, un tiempo en el que las oportunidades estaban reservadas para los hombres y en el que la muerte era algo casi cotidiano...