Nos acordamos de ella cuando truena, es patrona de artilleros y mineros, mártir, tiene una festividad que va y viene, su devoción y culto se extiende por toda la cristiandad y, además, tiene calle muy antigua en Sevilla; en esta ocasión, en Hispalensia, nos centramos en la figura de Santa Bárbara, pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Pocos, muy pocos datos históricos se conservan sobre esta joven de gran belleza; se la supone nacida en el siglo III en la ciudad de Nicomedia, provincia romana de Bitinia, actual ciudad turca de Izmit. Hija de un rico comerciante, llamado Dióscoro, fue encerrada en una torre para que nada ni nadie pudiera acercarse a ella, sin embargo, durante un viaje de negocios de su padre caerá enferma y será curada milagrosamente por la intercesión de Jesucristo, recibiendo el bautismo a continuación gracias a una cristiana criada suya. El regreso del padre supondrá el fin de sus días, ya que, tras negarse a volver a sus creencias y adorar a los dioses romanos será martirizada de todas las manera posibles por el prefecto Marciano sin que sufra daño alguno para sorpresa de todos. Será su padre quien, finalmente, decapite a Bárbara en un monte, encontrando también la muerte por el súbito impacto de un rayo que no dejará ni rastro de Dióscoro.
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| Convento de San Leandro. Retablo mayor. Foto: Reyes de Escalona. |
El
impulso quizá definitivo vendrá de la mano de Felipe el Hermoso y el Emperador Carlos, ya que el
culto a la santa estaba muy extendido en Flandes, tierra natal de ambos, mediante cofradías y
corporaciones formadas por artilleros, destacando la figura de Juan de
Terramonda, capitán artillero que el 4 de diciembre de 1522 celebrará la
festividad de su patrona con salvas de cañón disparadas desde el castillo de Burgos, en las que se emplearon dos
barriles de pólvora y cuya huella documental es la primera señal de esta devoción entre bombardas y cañones. A partir de ahí, en manuales artilleros, se ordenaba que,
a la hora de preparar un disparo desde una pieza, el artillero se encomendase a Santa Bárbara, que además, curiosamente, da nombre al pañol o compartimento de cualquier navío de guerra donde se almacena la pólvora: la santabárbara (todo junto); por su parte los mineros españoles, habituales en el manejo de los
explosivos, comenzarán a rendirle culto y también la convertirán en patrona en
torno al año 1870.
Representada siempre como una joven de gran hermosura, aparecerá portando por un lado la palma del martirio y casi siempre una torre con tres ventanas, recuerdo de su cautiverio y de las tres personas de la Santísima Trinidad, aunque en otras ocasiones llevará en sus manos una espada o un cáliz, como testimonio de su conversión al cristianismo.
En Sevilla el culto a Santa Bárbara estará ligado al Arma
de Artillería, que tendrá su epicentro la Real Maestranza de Artillería,
primero en el Arenal (donde hubo una capilla presidida por una pintura de la
Santa de Alonso Miguel de Tovar) y luego en el barrio de San Bernardo. A partir
de ahí surgirá la estrecha vinculación con la parroquia y cofradía de
penitencia del mismo nombre, que cada Miércoles Santo, acompañada por un
piquete de tropa de artillería, saca un banderín dedicado a la santa mártir que
también aparece en el faldón delantero del hermoso paso de palio de la Virgen
del Refugio. Figura importante en el ámbito artillero será la del coronel Augusto Plasencia, del que hablamos no hace mucho al dar pormenores de la calle que lleva su nombre. y al que Isabel II otorgará el título de Conde de Santa Bárbara por los servicios prestados a la corona. Por cierto, desde 1990 la fábrica de artillería, denominada ahora General Dynamics European Land Systems - Santa Bárbara, se encuentra radicada en Alcalá de Guadaira
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| Parroquia de Omnium Sanctorum. |
Raro será el templo sevillano que no posea una imagen de Santa Bárbara, o incluso alguna reliquia suya, como es el caso de la Iglesia Colegial del Salvador, donde radicó una hermandad a su nombre, que data del año 1704 y en cuya torre se haya una campana también de mismo nombre de 1724 y un peso de setecientos kilos. Además, existirán capillas dedicadas a ella tanto a una orilla del río como a la otra, esto es, en la Catedral o en la Real Parroquia de Santa Ana, sin olvidar la existente, por ejemplo, en la parroquia de San Nicolás (que porta como torre una reproducción de la Torre del Oro) atribuida a Hita del Castillo o la que figura en la exposición permanente de San Luis de los Franceses, obra de Francisco Meneses Osorio (1703) y procedente del desaparecido Hospital de los Inocentes.
Como protectora ante truenos y rayos, suyo será el
célebre refrán de “acordarse de Santa Bárbara cuando truena”, relacionado con
el recuerdo a alguien o algo cuando únicamente se tiene necesidad y, por añadidura, contará incluso con dos calles en Sevilla nada menos, la
primera poseía ese nombre en la zona del Campo de los Mártires en 1739, aunque
en 1859 pasó a llamarse de Atanagildo, rey visigodo al que la leyenda atribuye
la fundación de un templo a San Cristóbal en la zona ahora ocupada por la
parroquia de San Benito; con este cambio de nombre se buscaba evitar
confusiones con la otra calle Santa Bárbara, ésta ubicada perpendicular a Jesús
del Gran Poder y que desemboca en Trajano. En 1705 era conocida como Pasadera
de San Francisco de Paula, dada su proximidad al convento de frailes mínimos
franciscanos del mismo nombre, ahora sede de la Hermandad de los Javieres; ya
en el último tercio del siglo XIX recibirá su nombre actual, debido al parecer
a la existencia de un corral de vecinos en la zona desde al menos el
siglo XVIII o quizá también a que en la iglesia de San Francisco de Paula
estuvieron acuarteladas tropas de artillería en el XIX.
Adoquinada en 1898 y dotada de alumbrado eléctrico en 1949. en el siglo XIX fue muy conocida en la calle la llamada Farmacia del Potro, en alusión a la calle del mismo nombre perpendicular a Santa Bárbara y que ahora se renombrado en honor a Ana Orantes, como justo homenaje a la lucha contra la violencia de género; por cierto el nombre de Potro tiene un origen curioso, al parecer en una de las muchas y graves avenidas del Guadalquivir que afectaron a la ciudad, flotando en las aguas de la Alameda apareció el cuerpo de un potro, que poco a poco, (literal, como se dice ahora) “navegó” hasta entrar por el ventanal de una casa hasta la que había llegado el nivel de las aguas, pero esa, esa ya es harina de otro costal.






