29 junio, 2026

Abanicando.

Objeto imprescindible en fechas veraniegas, cargado de historia, con usos religiosos, bélicos y hasta políticos, a veces obra de arte y otras con curioso y desaparecido lenguaje propio; en esta ocasión, hablamos del abanico, pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Hace miles de años, la humanidad buscó algo con que espantar los molestos insectos y refrescarse de los rayos del sol, sobre todo en aquellas zonas donde el calor era difícil de soportar; fruto de esa necesidad, comenzaron a usarse grandes hojas de loto, plátano o palmera. Poco a poco, este abanico inicial evolucionó y formó parte de ajuares reales junto con quitasoles o espantamoscas, tal como documentó allá por 1920 el historiador del arte Joaquín Ezquerra del Bayo en bajorrelieves egipcios o asirios y en miniaturas indias, donde aparecían portadores de grandes abanicos conformados por plumas de pavo real colocados en el extremo de un largo palo. 


En el siglo XXVII antes de Cristo se sitúa en China la invención del abanico rígido, algo similar al conocido "paipay", mientras que en Japón la leyenda establece que el abanico plegable surgió a imitación de las alas del murciélago, de ahí que antiguamente los primeros abanicos de este tipo se llamasen komori, que significa "murciélago" en japonés; además de uso cotidiano, religioso o suntuario, merece la pena que destaquemos el llamado "abanico de guerra" que o bien servía como señalero a la hora de disponer las operaciones tácticas de las tropas en batalla o bien se empleaba como peligroso elemento de combate (llamado tessenjutsu) realizado en metal y en cuyo uso eran adiestrados los samurais con efectos mortíferos al ser arrojado al contrincante o emplearse como escudo contra dardos. 

Abanico plegable japonés. Siglo XII.

Desde el lejano oriente, quizá comercializados por los fenicios a través del Mediterráneo o llegados a través de rutas caravaneras, los abanicos llegaron a la península ibérica, incluso en su versión griega con mango corto que no hacían necesaria la presencia de un esclavo; en tiempos de la dominación romana se impuso la costumbre del empleo del flabelum como utensilio ligado al lujo, realizado con ricas maderas, con vivos colores que llegó a poseer hasta cierto fin litúrgico, ya que servía para avivar el fuego sagrado empleado en los sacrificios. En el año 2005 fue descubierto en excavaciones arqueológicas realizadas en Itálica un interesante ejemplar de abanico-paipay romano, realizado en marfil, quizá dorado y que había formado parte del ajuar funerario de una dama de la alta sociedad, siendo data como del siglo III d. C.


 Fruto quizá de esa utilidad religiosa serían los flabelos que todavía a mediados del siglo XX se usaban como símbolo distintivo a la hora realizar el acompañamiento procesional del Santo Padre cuando éste era trasladado en la llamada Silla Gestatoria, hoy sustituida por el "Papa Móvil", mientras que aún hoy en la liturgia de la Iglesia Ortodoxa se emplea el "Rapidio", realizado en metal con forma redonda y en el que aparece un serafín alado; por cierto, ya que andamos con abanicos ceremoniales, un recuerdo para los usados por los beduinos de la Cabalgata de Reyes Magos de Sevilla, recuerdo de tiempos pasados. 

El nombre actual de "abanico" parece que proviene del término latino "vannus" que hacía alusión a un utensilio destinado a aventar la cascarilla de los granos de cereal en el medio agrícola o en el ámbito doméstico para aventar el fuego, sin olvidar su función para espantar insectos. En la Castilla del siglo XV se llamó Aventalle, ejecutado en madera de ébano o metales preciosos, plegados en pergamino o terciopelo y pronto las damas nobles, a imitación de las sofisticadas italianas, comenzaron a portarlo colgado por una fina cadenita metálica. En el inventario realizado tras la muerte de la reina Dña Juana (llamada La Loca), acaecida en 1565 puede constatarse todo un listado de abanicos fabricados en oro, con filigranas, sedas o plumas decorando el pais, o sea, la zona semicircular que remata el varillaje.

En ese mismo siglo XVI, Moctezuma, gobernante azteca, regalará primitivos y toscos abanicos a Hernán Cortés cuando éste llegue a sus tierras mejicanas, ignorante aún de las intenciones de éste y ya en el XVII, en la corte de Felipe IV, llegó a crearse el oficio o cargo de "abaniquero de la reina", en una época en la que tenían abiertos talleres de abanicos en Sevilla, aunque no llegaron a formar gremio como en otras ciudades, gentes como Carlos de Arocha, portugués, con vivienda en El Peladero, actual calle Boteros; Alonso de Ochoa, con vivienda en la calle Azafrán y José Páez, éste con obrador en la calle Francos; prueba del valor del abanico, nuestro paisano y pintor Diego Velázquez no tendrá inconveniente en retratar a damas cortesanas portando abanicos allá por 1635.

La mejor calidad de los abanicos franceses o italianos, con permiso de los valencianos, hizo que poco a poco aquellos inundasen el mercado español en tiempos ya de los Borbones; ofrecidos en todo tipo de materiales, de los más caros a los más baratos, los abanicos de aquellos tiempos eran pintados con paisajes o escenas mitológicas, mientras que en el castizo siglo XIX abundarán las escenas ligadas a la tauromaquia, aunque en tiempos de Alfonso XII abundaron los llamado "Pericones", de enorme tamaño, realizados con plumas y de procedencia vienesa. También los hubo de color negro para acompañar al luto, para ocasiones especiales como bodas, como recuerdo de actos o efemérides, como complemento para las "bailaoras" flamencas,  los afamados "de mil caras", traídos por el Galeón de Manila, propagandísticos, etc.

Anuncio en la Guía de Sevilla, 1867.

En nuestra ciudad se había convertido ya en objeto de recuerdo, casi un "souvenir", contando con varios fabricantes de abanicos en Sevilla, muchos con tienda en la calle Sierpes: en 1852, en el antiguo Café del Turco, ponía a la venta sus abanicos el industrial José Colomina, quien presumía de poseer género procedente de Inglaterra y China; en el número 88 la "Abaniquería Española" o Casa Chapartegui y en el 66 José Rubio, un clásico que ya existía en 1853 y que lamentablemente desapareció en el año 2005 como tantos otros comercios tradicionales; tal como reflejó el viajero Roger Burch en su libro "Un verano en España", publicado en 1925 y donde plasmó una costumbre andaluza que le chocó bastante:

"Ninguna visita a Sevilla podría considerarse completa sin recorrer las tiendas de la calle de las Sierpes, la más animada y más de moda de la ciudad. Es muy estrecha, y para reducir el calor se tienden toldos desde los edificios de un lado a otro. Este arreglo con las vistosas exhibiciones de los escaparates y la gran actividad de la gente hacen esta calle verdaderamente pintoresca. Todo turista desea abanicos de Sevilla y yo sé bien que cada abuela, madre, hermana, prima y amiga de los jóvenes recibieron uno. Pero a pesar de tener tantos no aceptamos la costumbre de los señores de Andalucía que los llevan en el bolsillo de la americana y los usan como las señoras."
Foto Reyes de Escalona. 

A buen seguro, algún lector estará pensando ya en otra de las cualidades de los abanicos, la de servir como emisores de señales en el cortejo amoroso y no va descaminado, ya que entre los siglos XVIII y XIX en España se generó una especie de código que las damas empleaban para enviar mensajes ocultos a sus pretendientes o amantes, convirtiéndose en algo imprescindible en las técnicas de galanteo de la época, tanto que hasta el célebre escritor Ramón Gómez de la Serna declaró que "el abanico es la celosía del corazón". Como curiosidad, se llegaron a editar incluso reglamentos o normas sobre esta cuestión, como el que hemos encontrado, del año 1882 y publicado por Florencio Jazmín, buen seudónimo, por otra parte.

 

Terminamos, no sin antes mencionar que existió en Sevilla una fuente llamada del Abanico, de la que se tiene noticia en el siglo XVIII y que estaría próxima a los Jardines de las Delicias promovidos tanto por Pablo de Olavide como por el Asistente Arjona; dicha fuente, erigida en el camino que llevaría desde el actual Palacio de San Telmo hasta Eritaña fue bastante transitada por los sevillanos como lugar de paseo, aunque la prensa local, allá por mayo de 1877 criticaba con dureza que dicho esparcimiento fuera invadido por cabalgaduras: 

"Ignoramos si la invasión a que nos referimos proviene de abuso de los jinetes o de permisión de la Alcaldía, pero de cualquier modo que sea, parécenos que esa nueva costumbre debe abolirse cuanto antes, y lo mismo el abuso que están cometiendo los mismo jinetes al invadir todos los caminos que desde la fuente del Abanico conducen a la venta de Eritaña, los cuales convierten los caballos en un lodazal, donde el pedestre se llena de barro hasta las rodillas, además de verse expuesto a ser atropellado".

Con el paso de algunas décadas, en esa zona se situaría la llamada Glorieta del Abanico ya en tiempos de la Exposición de 1929; dicho espacio está ahora ocupado por la estatua dedicada a Simón Bolívar frente al Pabellón de Argentina en la Avenida de la Palmera, pabellón que actualmente acoge el Conservatorio Profesional de Danza "Antonio Ruiz Soler", pero esa, esa ya es harina de otro costal.

Francisco Solano: retrato de Carmen González Povea. 
Siglo XIX. Museo de Bellas Artes de Sevilla.

 


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