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24 octubre, 2022

Malas calles.

Muy modificada, bastante estrecha, oscura y hasta sucia, puede que sea una de las calles más desconocidas de Sevilla, y que incluso no muchos hayan transitado por ella, y eso que según los cronicones de épocas pretéritas llegó a tener hasta su propio duende; Pero como siempre, vayamos por partes. 


La Plaza de Fernando de Herrera, ubicada en las cercanías de la parroquia de San Andrés, es fruto de la demolición de toda una manzana de casas realizada para una reforma urbanística a comienzos de los años setenta del pasado siglo XX. Ese ensanche supuso en principio que la nueva plaza quedase convertida, lisa y llanamente, en vulgar aparcamiento para automóviles para con posterioridad quedar peatonalizada tal como la conocemos hoy en día.

Sin embargo, si nos colocamos junto al bar Santa Marta (no es hacer publicidad) y miramos hacia la calle que se dirige hacia el ábside de la parroquia de San Andrés, esto es, la contraria a García Tassara, comprobaremos que se trata de una vía que cada vez se hace más estrecha, más angosta, de ahí que durante años este tramo, junto con el otro derribado, recibiera el apelativo de Angostillo de San Andrés. 

Ahora mismo es una simple calle de paso, para acortar hacia San Martín o hacia la zona del Pozo Santo, pero entonces era lugar además propicio para echar desperdicios o para incidentes de diversa índole, como reflejaba el diario El Liberal allá por los años de 1905 y 1911, respectivamente en dos breves reseñas que reproducimos por su interés: 

"El Angostillo de San Andrés, en el trozo comprendido entre la plaza de Juan de Herrera y la calle Atienza, es un verdadero foco de infección.

El recipiente urinario allí establecido es depósito de excremento, las aguas fétidas corren por el pavimento y, para que nada falte, aquel lugar está convertido en vaciadero de inmundicias. 

Dos  días hace que existe allí porción de basura que despide un hedor insoportable, lo que demuestra que los empleados de la limpieza pública no se cuidan de pasar por el Angostillo de San Andrés." 

 Otro incidente recogido por la prensa en 1911 nos habla de comportamientos vandálicos en aquella zona, aunque llama la atención el apodo de la víctima: 

"Entretenimientos escolares

En la delegación de vigilancia denunció Antonia Morales, conocida como "La Almejera" que los jóvenes alumnos de un colegio establecido en el Angostillo de San Andrés la emprendieron a pedradas contra su casa, situada en la calle Atienza, destrozándole una jaula que tenía en uno de los balcones, así como también un jarro de agua y otros efectos"

Por añadidura, allá por siglos anteriores, se dice que era minoría la que, especialmente de noche, osaba atravesar el Angostillo, y no sólo por las deplorables condiciones higiénicas de la zona...


Como cuenta Chaves Rey con su particular prosa, era una vía estrecha y tortuosa, delimitada por los altos muros de San Andrés y por los sombríos paredones del hospital del Pozo Santo, con algunas casas ruinosas de aspecto lamentable, un palacio abandonado por sus dueños al ser condenados como herejes por el Tribunal del Santo Oficio y un modesto retablo callejero dedicado la Inmaculada Concepción donde únicamente alumbraba una débil lamparilla de aceite, costeada por los vecinos de la zona.

Las gentes del barrio contaban que la presencia sacra de aquel retablo no era obstáculo para que traviesos duendes y siniestros demonios campasen a sus anchas en aquel Angostillo. Circulaban historias y relatos terroríficos de brujas y endemoniados, relatos que se contaban al calor de la lumbre y que narraban cómo durante las noches sin luna transitaban pálidos "espectros" de ojos fosforescentes, que solían asaltar ferozmente a los incautos transeúntes para quitarles sus pertenencias de manera violenta, llegando al asesinato si la aterrorizada víctima se resistía.

Durante décadas, fue famoso el duende "Martinito", que nunca pudo ser visto o capturado, pero del que todos se hacían voces, destacando su tamaño minúsculo en contraposición con su capacidad para cometer fechorías de todo tipo, especializándose, contaban, en seducir jóvenes doncellas en edad de merecer, a las que mantenía cautivas en su oscuro palacio subterráneo, del que las permitía salir para entregarlas a los caballeros enamorados que a cambio debían entregar la salvación de su alma. Con el paso de los años, el duende "celestino" se esfumó tan rápidamente como apareció, dejando un reguero de leyendas y relatos orales que por desgracia apenas han llegado hasta nosotros, muy similares a los de sus "colegas" Narilargo y Rascarrabias, "okupas" de la Torre Blanca de la Macarena. 

Por si fuera poco, el retablo de la Inmaculada era testigo también de riñas y pendencias en las que salían a relucir los aceros, amaneciendo la calle en ocasiones con el cadáver de algún infeliz duelista atravesado por certeras estocadas. 

Cuenta la leyenda que, al anochecer, cuando las campanas de San Andrés tocaban a oración, se reunía un grupo de varios individuos que llegaban de manera escalonada a una de aquellas miserables casuchas, embozados con sus capas y con sombreros de ancha ala para evitar ser reconocidos. Absolutamente nadie de la feligresía sabía para qué se reunían y cuáles eran sus propósitos, pues al salir al amanecer, del mismo modo, de uno en uno y en completo y siniestro anonimato, nadie osaba acercarse a ellos por miedo a las consecuencias; el caso es que aquellas extrañas reuniones mantenían en vilo al vecindario, intrigado y atemorizado. 

Todo era un absoluto misterio hasta que un joven del barrio, bien por curiosidad, bien por demostrar su propia valentía ante sus convecinos, se propuse colarse en la casa sin ser visto. De manera sigilosa, aprovechando la oscuridad, penetró en el inmueble sin hallar impedimento alguno. Una vez dentro, lo único que pudo escuchar fueron los lamentos y lloros de una mujer, pero en ese justo momento, cuando se disponía a investigar qué ocurría, fue capturado, amarrado y vendados sus ojos, notando cómo un grupo de manos fuertes cargaban con él a cuestas. Aterrorizado, el joven perdió el conocimiento, volviendo en sí sin saberse el tiempo transcurrido y hallándose a considerable distancia del Angostillo de San Andrés, pues quienes dieron con él, dicen que con la razón perdida, los encontraron, ni más ni menos, que en el lejanoCampo de los Mártires, o lo que es lo mismo, en la zona de la actual estación de ferrocarril de Santa Justa. 

¿Reuniones políticas secretas? ¿Prácticas delictivas? ¿Rituales extraños? Los documentos de aquellas calendas poco o nada contaron tras aquel incidente, pero todo ello acrecentó la leyenda negra de una calle poco recomendable para transitar, y que ahora es testigo del trajín de taxis y turistas provenientes de los establecimientos hoteleros cercanos, pero esa, esa ya es otra historia...