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26 febrero, 2024

De negro.

Mientras cuadraba cuentas y revisaba unas facturas de cera del año anterior, sentado tras una robusta mesa de madera, José Fijo, alias "El Latero" Mayordomo a la sazón de aquella cofradía, levantó la vista y a través de sus gafas pudo contemplar la figura de un hombre de edad indefinida (aunque, en realidad, cuenta 27 años y hace veinte que llegó a Sevilla desde su Palma del Río natal), aspecto aseado, traje algo desgastado, camisa recién planchada, rostro delgado, algunas entradas en las sienes, bigote escueto y mirada madura. Con gesto amable, lo invitó a que acercara una silla y tomase asiento, mientras no lejos de aquellas dependencias de la hermandad, entre los pilares mudéjares de la nave central de la parroquia, se oían martillazos, voces y gritos de los carpinteros que, apremiados por los priostes, comenzaban con presteza a desmontar el altar del solemne Quinario que había finalizado unos días antes con la consabida Función Principal de Instituto.

Obedientemente, el recién llegado tomó asiento y, casi sin querer, no pudo evitar echar un vistazo a la pequeña estancia, situada junto a la capilla de la hermandad y decorada con antiguos grabados y recientes convocatorias de cultos con orlas barrocas; olía a humedad tras un reciente y frío chaparrón y por un diminuto ventanal abierto al exterior se colaba el bullicio de la calle San Luis. El mayordomo lo miró fijamente mientras cerraba su estilográfica y hacía lo propio con cierta parsimonia con un ajado libro de cuentas, apartaba un manoseado ejemplar de El Liberal de febrero de 1908 y encendía lentamente un cigarrillo.

- Buenas tardes, Rafael, sepa que viene usted muy bien recomendado para el trabajo, aunque, si no me equivoco, mucha experiencia para el mismo no tenemos, ¿Cierto?

El recién llegado de mirada madura no se esperaba comenzar así la entrevista. Aguardaba, quizá, algo de reticencia o desconfianza, pero nunca que se cuestionase su experiencia en el oficio, sobre todo porque con su maestro Francisco Palacios había hecho todo un "noviciado" en materia de mandar, aprendiendo como buen discípulo en el trato serio y respetuoso con los subordinados e igualmente conociendo a fondo las interioridades de un trabajo que en aquellos años tenía la importancia justa, pero necesaria. Hasta su muerte, Palacios había reformado la manera de repartir el dinero de cada jornada, mientras antes los hombres de confianza recibían mejor salario, con él esa práctica se dio por finalizada: todos cobraban lo mismo, sin distinciones. 

Con voz algo baja pero firme, el recién llegado respondió:

- Como sabe, llevo algunos años mandando cofradías como segundo, algo conoceremos sobre este pormenor, de todos modos, son ustedes, quienes me han hecho llamar.

El mayordomo, algo canoso, muy delgado, olvidamos mencionarlo, y que tenía un negocio de hojalatería en la calle Alemanes, de ahí su apodo, rió de buena gana y presintió que aquel hombre, serio y parco en palabras, era aquel que andaban buscando.

- ¿Qué nos puede ofrecer? Mire que esta cofradía es de las que reparten "jabón", que el recorrido es largo, que salimos muy temprano y que la hora de entrada muchas veces depende de cómo venga la cosa, aunque sabrá que no será nunca antes de la medianoche, para disgusto de acólitos y músicos.

- Conozco la cofradía, la he visto algún año por Correduría o de vuelta por el Salvador, la Virgen iba preciosa. (Hombre prudente, se guardó para sí comentar nada sobre el éxodo de nazarenos repartidos por las tabernas ni sobre que el Paso casi iba arrastrando sus zancos).

- Entonces sabrá que el esfuerzo para los de abajo es grande y que la economía de la hermandad no anda muy boyante que digamos; este año la subvención municipal apenas alcanza para las bandas de música y la cera, pero, como se dice en esta casa, "hágase lo que se deba, aunque se deba lo que se haga".


El recién llegado del traje algo desgastado y camisa bien planchada se ajustó la corbata en un gesto rutinario. La conversación tomaba el rumbo que esperaba. Suspiró y tras carraspear para aclararse la voz contestó con firmeza casi de oficial del ejército:

- Por mi gente no tiene usted que preocuparse, Don José, son de fiar, endurecida y profesional, no le darán problemas, ya me ocuparé de que trabajen en silencio,  sin escándalos y sin levantar los faldones o molestar al público por los costeros.

- Eso me gusta, que algunos años se han visto cosas por aquí que... Por cierto, Rafael, ¿Es verdad lo que me cuentan?

- Depende, dígame usted.

- Me dicen que en su cuadrilla el "aguaó" sólo lleva agua en su cántaro, nada de vino.

- Es así. Además, el día de la salida no nos verá igualando junto a la iglesia, preferimos hacerlo lejos, apartando miradas curiosas y las molestias de costaleros que acuden a pedir un sitio que no tenemos, porque el cuadrante está ya prácticamente cerrado salvo ausencias imprevistas de última hora.

- Pues me deja agradablemente sorprendido, eso que me cuenta dice mucho de usted y de su idea de llevar una cuadrilla. -Aspiró profundamente y dio una calada al cigarrillo casi consumido- Bien cierto es eso de que el día de la salida se forma una trifulca considerable en este tema y que incluso en ocasiones el griterío se llega a escuchar dentro de la iglesia mientras se da lectura a la lista de la cofradía, ¡Con decirle que el párroco incluso nos ha llamado la atención por ello!

Fuera, en la iglesia, seguían escuchándose órdenes y comentarios de quienes a esta hora vencida de la tarde se ocupaban del desmontaje del Quinario; uno de los priostes interrumpió al mayordomo con no se qué historia de que uno de los mantolines estaba lleno de cera y con que el sacristán se empeñaba en apresurar los trabajos porque tenía que marcharse a casa temprano. 

- Como ve, estas fechas son así, y como además somos a veces "cuatro gatos", todos tenemos que poner de nuestra parte (y hasta de nuestras carteras) para que todo salga adelante y podamos poner la cofradía en la calle el Viernes Santo. 

Tras observar fijamente a su interlocutor, prosiguió, y levantándose de su asiento extendió su mano derecha hacia Rafael, quien no tardó en hacer lo mismo y formalizar el acuerdo con un fuerte apretón.

- No se hable más, será usted el nuevo capataz de la hermandad, deme unos días para redactar el contrato; si le parece bien, incluirá la "armá", la cofradía y la "desarmá", aunque como sabe tenemos el almacén del Paso aquí pegado al otro lado de la iglesia. El importe total se cobrará tras Semana Santa, una vez que el Ayuntamiento nos entregue la subvención anual; propinas aparte y usted deberá traer una cuadrilla completa con contraguías y "aguaor" (sólo agua, ¿Eh?). 

- No veo inconveniente en nada de lo que propone, José, cuente con mi persona y cuadrilla. 

Rafael Franco en 1909, mano derecha en la visera de la delantera de la Piedad de Santa Marina. 

Aquella lejana Semana Santa de 1908, aquel recién llegado, un capataz que atendía al nombre de Rafael Franco Luque acababa de firmar su primera cofradía. Como en otras ocasiones posteriores con otros capataces, la lluvia truncó su debut el Viernes Santo; No sería el último, pues después vendrían otros, en hermandades como la Amargura o la Macarena, por citar dos ejemplos. Por cierto, como contaba su nieto Carmelo Franco del Valle (imprescindible su libro para pergeñar nuestro texto), aquel hombre de mirada profunda y camisa blanca bien planchada implantará y generalizará entre el gremio de capataces el uso del terno negro para mandar delante de los pasos, aunque habrá una excepción: en 1913 vestirá la túnica morada y negra de la Hermandad de Santa Marina y con ella mandará el Paso de la Piedad, como agradecida promesa tras la curación de un familiar, en concreto, su hija; pero esa, esa ya es otra historia. 

Entre guardias civiles de gala, al mando del palio de la Macarena. Sobre 1914.