domingo, 27 de noviembre de 2011

No somos de piedra



Fue suceso memorable en mi tiempo, milagro para unos, maldición para otros.



De todos era conocida obligación de hacer genuflexión al paso del Santísimo Sacramento bajo pena de 600 maravedís, según decreto antiguo de su Majestad Juan II, como pregona oportunamente lápida pétrea situada en los muros de la Colegial del Salvador (templo del que algún día hablaremos largo y tendido por sus avatares y personajes, entre los que nos incluímos) y que advierte, la dicha losa,  de pena que se impondría a blasfemo e irrespetuoso que no venerase a Jesús Sacramentado como conviene la Santa Madre Iglesia.

Sucedió, pues, que en cierta taberna de la collación de San Lorenzo reuníase nutrido grupo de bravos o galanes, a cuál más osado, y todos ellos, movidos sólo por su pereza y holganza no hacían sino menoscabo de sus semejantes, chalaneando a los más, haciendo gala de temeridad e incluso requebrando a damas y doncellas sin importarles intimidaciones o quebrantos. Bebedores en exceso, trasegaban mosto del Aljarafe en demasía, sin hacerles ascos a aguardientes o licores, resultado por tanto mesnada perturbadora y jaranera en demasía.


En cierta ocasión, sonando las campanillas que anunciaban a Su Divina Majestad llevada por algún clérigo en socorro del alma de algún agonizante, los parroquianos de aquella taberna salieron más por miedo que por respeto, más por temor que por devoción, e hincaron fervorosamente sus rodillas en tierra al paso de la comitiva, no así un mozo, tenido por bravucón y pendenciero, que en no pocas ocasiones había denostado tal piadosa costumbre, con muchos aspavientos y afectaciones de no querer someterse al dictado de las leyes y diciendo que todo ello era cosa de mojigatos y beatas, resolviendo en aquella nefasta jornada quedarse en pie.


Tronó el cielo y un rayo salido de él cayó sobre el imprudente mentecato, aunque en vez de trocarse en carne quemada convirtióse (como si Medusa le hubiera mirado) en sufrida estatua de piedra para escarmiento de muchos, y todavía agora permanece en el mismo sitio en que pasó a mejor vida por su alocada e irreflexiva irreflexión. Y desde entonces llamóse “Del Hombre de Piedra” aquella calle.


Por nuestra parte, hemos comprobado que hogaño el Santísimo sale con asaz frecuencia por las calles y que son muchos los irreverentes que desvergonzadamente no se arrodillan a su paso en principales calles, pues no hallamos otra razón para que hayan quedado convertidos en estatuas, y que las gentes, compadecidas, les echen maravedís y hasta algún ducado a sus pies con vana esperanza de que recobren su primitivo estado, y aunque, somos testigos dello, las más de las veces parecen recobrar aliento, al poco tornan a como estaban, siendo cosa digna de ver cómo el pueblo arremolínase en torno dellos como si de saltimbanquis o polichinelas se tratare aguardando momentáneo milagro y ocasional sobresalto.




Cuéntanos, para sacarnos de nuestra confusión,  que resulta nueva forma de oficio y ciertamente lucrativo pues no requiere sino disfraz adecuado, predisposición a estar inmóvil y soberana paciencia con los viandantes, que no faltan maleducados ni necios y no deja de ser llamativo cómo por no hacer nada puédase ganar el diario pan.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Aguas.-


Desde aquel célebre Diluvio que el Creador instigó sobre la Creación, la lluvia ha sido tenida, a partes iguales, como bendición del cielo para unos o como maldición para otros, según sus efectos sobre cosechas, campos o plantaciones, que si aciaga es sequía, no menos nefasta es inundación; no debe causar extrañeza, por ende, que antaño la ciudad celebrase rogativas tanto para impetrar aguas como para detenerlas haciendo bueno el dicho de que nunca llueve a placer de todos.



Merced a lo terrizo de sus calles, la Hispalis de mis tiempos era lugar propenso a embarrarse no poco a las primeras gotas, mezclándose barro con inmundicias y haciendo del caminar algo penoso y hasta poco higiénico, por no hablar de cómo los carruajes quedaban atascacos en inmensos lodazales.


Con la crecida de sus aguas, el río empantanaba todo en derredor, creando lagunas y fangales, que a la larga serían focos de fetidez y pestilencia y origen de insalubridades que afectarían a población acostumbrada, todo hay que decirlo, a convivir con aqueste tipo de incomodidades. Riadas hubo que alcanzaron inimaginables zonas, dejando a su paso deterioros notables.


Imbornales diligentemente colocados evacuan las aguas hacia ocultos sumideros, e incluso nos dicen, subsisten agora cloacas que bien podrían tener su origen en romana época, lo que  maravíllanos en extremo y pone de manifiesto el genio y talento que los antiguos tenían a la hora de construir.



Ello no obsta que por desniveles del pavimento fórmense abundante charcos que más parecen albercas o lagos, y que, por tránsito de modernos carruajes, viandante despistado llévese soberano remojón que desde luego ahorrará no poco el baño anual.




Salíamos a nuestro matutino paseo esta mañana cuando nos encontramos con pertinaz calabobo, por lo que aprestamos manteo y chapeo para evitar en lo posible empaparnos, comprobando cómo existen curiosos artilugios que a manera de sombrillas, desplegados sobre las testas protegen del diluvio y paran agua, siendo cosa de asombro su baratura, que entramos en lonja regentada por gente ojos rasgados y su precio no fue más allá de unos escasos reales.



A fuer de ser sinceros, agrádanos la lluvia, mas en su justa medida, que olor a mojada tierra y  brillo de húmeda piedra parécenos cosa agradable, y pese a que nuestro humilde calzado se resienta e incluso corramos riesgo cierto de contraer constipado por ello, no por aquesto privarémonos del gusto de caminar por una ciudad que, hasta llovida, cautívanos sobremanera.


lunes, 14 de noviembre de 2011

Humos

Hay palabras que suben como el humo,
y otras que caen como la lluvia.
Marquesa de Sévigné (1626-1696)

Si hay cosa que nos ha llamado sobremanera la atención desde que retornamos hogaño ha sido la cantidad de humaredas que ciñen esta ciudad nuestra; al principio creímos fundadamente que tratábase rastrojos en llamas o, en el mejor de los casos, de sahumerios con los que perfumar el aire para así eliminar los desagradables olores que del río provenían, así como de muladares o escombreras, que era cosa común antaño enmascarar la pestilente hediondez con perfumes y esencias.      

   

 Y es causa de espanto el ver cómo de actuales carruajes (de dos, cuatro o más ruedas en sus ejes) aparte de ruidos terroríficos y pavorosas melodías, salen no pocas de esas bocanadas de pestífero aroma que aturden en extremo y provocan no pocas quejas, ensuciando de hollín fachadas y enturbiando el aire con profunda niebla y espeso manto de negritud poco agradable para vista y pública salubridad. 
Añádase a ello presencia de no pocos vecinos que afánanse desde inmemorial tiempo a gozar de tabaco llegado de Indias como natural acompañante, y aunque parece tienen negada entrada en cerrados recintos como tabernas, tiendas o escribanías, antes bien, el humo de dichos vegueros también contribuye no poco a aumentar humareda, y que no obstante me dicen es vicio común en copiosos casos, no deja de ser asunto grave para la salud de quienes sostíenenlo o, en caso peor, de quienes aspíranlo en sus entrañas.


            Sin embargo, al contemplar ciertas torres de las que manan poderosas humaredas no hemos por menos que aturdirnos en extremo, máxime cuando se nos dice que esas vaharadas son fruto de industrias y de máquinas, y que ese aire nauseabundo queda en nuestro ambiente emponzoñándolo y oscureciéndolo todo de extraños céfiros y pese a que en esta Hispalis nuestra ello no parece ser contrariedad irresoluble habida cuenta las exiguas industrias que persisten laborando.



            Resta departir de otros humos, menos nocivos para la salud, pero más dañinos para el espítu, generados por individuos que hacen gala de malos modos o maneras, y que en ello vemos cosa censurable y no hacemos distingo de entre nobles o plebeyos, jóvenes o mayores, damas o galanes; si lo previamente hablado causaba oscuridad y veneno, aquesto provoca desconsideraciones y desaires, generando esta gente a su paso pesadumbre y desazón, aconsejándome mis deudos las evite en lo posible si no pretendo convertirme en alguien a semejanza dellos.



Antes bien esos malos humores, tras sesuda pesquisa, bien podrían proceder, de entre otros motivos, del agora crítico estado de las Españas, en las que arbitristas, ediles y consejeros andan en liza estos días por ver quienes habrán de ocupar escaños en los Consejos de Estado y andan por ello escandalizando y crispando a los ciudadanos con vagas promesas y escuetos compromisos, item más, amenazando con nefastos sucesos caso de resultar derrotados en los comicios.

            Por nuestra parte, y no quédese en el tintero, aunque resueltos a participar en los dichos comicios, reservaremos nuestro dictamen no sea que por maleficio de los mencionados políticos (merecedores la mayoría, sin duda, del ostracismo) también nos veamos envueltos en los referidos malos humos aunque ya decíalo el refrán en mis añorados tiempos: “Palabra de cortesano, humo vano".
Ciudadanos hay que ya tienen cierto a quien elegir



jueves, 3 de noviembre de 2011

De libro

Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma.
Marco Tulio Cicerón.


Bien escaso en mis tiempos, costoso y arduo de hallar, y más para aquellos a quien su escasa bolsa no daba para dispendios tales, no es menos cierto que si bien antes eran copias a mano las que circulaban, con la llegada del invento del tal Gutemberg su uso se extendió en grado sumo, aunque no estuviera al alcance de todos, que poseerlos engrandecía a su dueño y ennoblecía su hacienda, que en no pocos testamentos se hacía inventario dellos.



Podíase adquirir en lugares contados, procedía de prensas castellanas y aunque algunos quedábanse aquí, la mayoría cruzaba el proceloso Océano para alcanzar Indias y servir de vínculo con su palabra.


No todos eran de historia o de ciencia, los más trataban de religión, y no poca precaución eran necesaria a la hora de adquirirlos, que sabemos de algún incansable lector que por aumentar su biblioteca finalmente dio con sus huesos en el Castillo de San Jorge al hallarse libros incluidos en el Indice dentro sus anaqueles.


Con cierta incredulidad hemos comprobado cómo en estos tiempos que corren se venden con inusitada frecuencia y mayor abundancia, que los hay de todos tamaños y medidas, con encuadernación rústica, lujosa o incluso sin ella, que abordan los más diversos temas, algunos dellos causantes de no poca desazón en nuestro ánimo por la liberalidad y frivolidad de sus textos y que algunos incluso muestran imágenes poco honrosas o decentes para la humana moralidad, opinando que deberían hallarse sin duda en Índice de Prohibidos Libros que hemos aludido antes.


Véndense en los más insospechados sitios, que agora los tratantes de libros campan a sus anchas en esta ciudad; mas, señálannos, todo ello no paresce ir en beneficio de la cultura y sabiduría de gentes, que como ya hemos comentado en estos pliegos, en poco se diferencia el comportamiento de los sevillanos de la vigésimo primera centuria del actuar de sus antepasados.  



Basta hacer cómputo para acreditar cómo tabernas se imponen a librerías y bibliotecas en escandalosa proporción y es lástima sabiendo que valiosos hijos de esta bendita tierra dejáronse sus mentes y haciendas en el noble oficio de escribir, que como bien nos dijeron no ha mucho “las mentes preclaras lo son en todos los lugares”.



Leer ensancha ánimo, esclarece ideas, aguijonea la fantasía, forja cavilar, acrecienta concentración, alimenta sesera, deleita al espíritu y, para mayor abundamiento, nos acerca a cosas y personas que a buen seguro nunca conoceríamos y casos ha habido en  que de tanto frecuentar libros háse llegado a perder cordura…