En
esta ocasión, como si hiciéramos limpieza, nos vamos a centrar en
un objeto cotidiano, con miles de años de antigüedad, relacionado
con vuelos hechiceriles y que da nombre a centenaria taberna y a devota
representación pictórica de Jesucristo, sin olvidar que se le
asocia a un santo muy querido por la piedad popular, a una castiza
calle por San Gil o a una secular taberna; pero, para variar, vamos a
lo que vamos.
Allá
por el año 4.000 a. C., en la antigua Mesopotamia, alguien debió darse cuenta
de que, abandonado al fin el ir de aquí para allá que suponía el primitivo nomadismo, uno de los
problemas que brotaba en el suelo de sus viviendas era el de la
suciedad acumulada, así que, dada la necesidad, surgió la ingeniosa idea de
atar ramas secas de arbustos y con ellas hacer algo tan simple y prosaico como barrer el pavimiento; con el tiempo, el invento quedó rematado, nunca mejor dicho,
con el añadido de una vara o palo para facilitar su
manejo: había nacido la escoba.

Definida
por la Real Academia de la Lengua como «utensilio compuesto por un
haz de ramas flexibles o filamentos de otro material sujetos
normalmente al extremo de un palo o de un mango largo, que sirve para
limpiar el suelo», en 1797 un granjero norteamericano, llamado Levi
Dickenson ideó una escoba que empleaba el tallo y hojas del sorgo
(un tipo de planta cereal) y pronto su uso se extendió por muchos
lugares y concebida en principio como elemento redondo, ya que las
ramas se ataban en círculo en torno al remate del palo, hasta que, a principios
del siglo XIX, se dice que fueron los Shakers (rama escindida de los
cuáqueros protestantes) quienes acertaron a crear la conocida escoba plana, que al
ser más ancha resultaba más efectiva a la hora de empujar la suciedad.

Cervantes, en su novela "Rinconete y Cortadillo" relatará una fiesta improvisada en el patio trianero del famoso Monipodio, rey de los ladrones, donde cada cuál bailará o tocará a su leal saber y entender, sobresaliendo cómo el propio Monipodio crea unas castañuelas con unos platos rotos o como "La Gananciosa", una de sus compinches, en presencia de Rinconete y Cortadillo, hace lo propio acompañando la melodía rasgueando una escoba como si fuera un laúd.
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Rinconete y Cortadillo. Detalle. 1858. Manuel Rodríguez de Guzmán.
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Por
cierto, y como barruntará ya algún lector, no podemos "barrer bajo la alfombra" (con permiso de Harry Potter) e ignorar que será un elemento
tradicionalmente asociado a las brujas desde el siglo XV, aunque no será más
adelante cuando se las represente volando sobre ellas, algo que
algunos han asociado al consumo de determinadas sustancias
alucinógenas y al hecho de “volar” cuando entraban en trance. El
pintor Francisco de Goya, en sus Caprichos, publicado en 1799, reflejó en uno de sus
grabados, titulado “Linda Maestra” el vuelo de dos brujas
desnudas, una de mayor edad y otra más joven y, como afirma la
explicación que se conserva en el Museo del Prado: «la escoba es
uno de los utensilios más necesarios a las brujas, porque además de
ser ellas grandes barrenderas, como consta por las historias, tal vez
convierten la escoba en mula de paso y van con ella que el diablo las alcanzará.»

Más detalles en torno a las escobas. En la conocida como Nave
del Lagarto de la Catedral, en uno de sus muros, puede encontrarse
una antigua pintura al fresco que representa un Calvario con Jesús
Crucificado (curiosamente sin la lanzada en el pecho) en compañía
de la Virgen María y San Juan Evangelista, datable como de la
primera mitad del siglo XVI y que ha sido restaurada en 2024 por el
Cabildo Catedralicio. Nuestro habitual en estas páginas, el
historiador José Gestoso, allá por 1885, denominó a esta imagen
con el inusual nombre de el Cristo de los Escobones, porque, según
él, la lampara de aceite que iluminaba esta imagen se mantenía
encendida con el importe de las escobas viejas que se gastaban en la
limpieza del templo y eran revendidas, de modo y manera que gracias
al “reciclaje” dicho Calvario nunca estaba a oscuras.

Además, a escasos metros de esta pintura, en el arranque de la popularmente conocida Cuesta del Bacalao, se encuentra la conocida Taberna de
las Escobas, de la que al parecer se tiene noticia desde 1386 y por
la que, a lo largo de su dilatada historia, pasaron personajes de la
talla de Lope de Rueda, el antes mencionado Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Alejandro Dumas, Lord Byron o, más recientemente, los hermanos Álvarez Quintero; al parecer, el origen de este establecimiento radica en un artesano que, a la vez que fabricaba escobas, aprovechaba para vender vino, ganando poco a poco terreno la función hostelera frente a la "escobera" y perdurando hasta nuestros días.

Que
el uso de las escobas era harto frecuente en Sevilla lo demuestra que
hasta tengamos en nuestro callejero una calle denominada Escoberos
desde 1665 nada menos y que abarca desde la calle Peral, atravesando
Feria, hasta la Plaza de San Gil. Aunque algunos de sus tramos
recibieron los nombres de Huerto de los Linos, San Salvador o Santa
Isabel, a la postre, en 1845, todos quedaron unificados en el nombre
que ha llegado hasta nosotros y que tiene que ver quizá con la presencia de artesanos que fabricaban escobas en este sector de la feligresía. Paralela a las calles Bécquer, Antonio Susillo o Relator, experimentó numerosos cambios en su trazado y fue siempre calle de las más habitadas del barrio de San Gil.
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La calle del Huerto (ahora Escoberos) en el Plano de Olavide (1771).
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Como era habitual en esa época, la calle se hallaba apenas empedrada y, como veremos, sufría las consecuencias de los temporales, tal como se recoge en un escrito vecinal publicado en el diario El Liberal de febrero de 1932:
«Los vecinos de las calles Faustino Álvarez y Escoberos protestamos del abandono en que tiene el Ayuntamiento el trozo que existe desde la calle Escoberos a Bécquer, pues se da el caso de cuando caen tres gotas se hace un lodazal estilo porqueriza, con notorio perjuicio para la salud pública por el insoportable hedor que despide, infestando los domicilios de este humilde y pacífico vecindario, digno de mejores atenciones. Al mismo tiempo es atentario al decoro de Sevilla. Seguramente el señor teniente de alcalde y concejales por el distrito no pasan nunca por este trozo y si pasan, cerrarán los ojos para no ver el citado lugar. No dudamos de que al hacer pública la queja la deficiencia denunciada no continuará mucho tiempo subsistiendo, por lo que tiene de justa y en bien del vecindario de esta parte de la ciudad. Gracias, señor director, por la publicación de esta queja.»
Desde el punto de vista de la azulejería devocional destaca
el azulejo de la Virgen de la Esperanza que preside la fachada del
número 17, realizado por Enrique Mármol en 1930 a instancias del
promotor del edificio, Ramón Labanda Oviedo, que, curiosamente, llegó a
ser Hermano Mayor de la Hermandad de Todos los Santos y también otro azulejo, datable como de 1917 en el número 24, que representa al Cristo del Amor, pintado por André Lapouzade e idéntico a otro que se encuentra en el sevillano barrio del Porvenir.
Terminamos, no sea que nos alcance el "coche-escoba" o que nos sacudan desde "el tren de la escoba". Dejamos para el final cómo en 1962 el limeño Fray Martín de Porres (1597-1639) fue elevado a los altares por el Papa Juan XXIII, reconociendo en este dominico, primer santo mulato de la historia, las virtudes de la fe, la caridad y la humildad, materializada ésta en que siempre se le representa portando una escoba, lo que le ha hecho poseer el cariñoso apelativo de Fray Escoba y ser nombrado patrón de barberos y empleados de limpieza. Recibe culto en algunas iglesias sevillanas, como la Capilla de los Ángeles de la Hermandad de los Negritos o el Convento de Madre de Dios de la calle San José. Coincidiendo con su canonización el Ayuntamiento de Sevilla nombró de San Martín de Porres a la Plaza situada en la encrucijada de San Jacinto, López de Gómara y Ronda de Triana, pero esa, esa ya es harina de otro costal.