lunes, 1 de marzo de 2021

Vender humo.

 

Hace apenas una semana, leíamos con satisfacción que finalmente nuestro Ayuntamiento ha concedido la licencia para la venta de incienso a la familia que desde hace años regentaba un puestecillo del mismo en la céntrica calle Córdoba, perfumando con su aroma la calle para satisfacción de muchos, especialmente los cofrades. Vainilla, clavo, romero, resinas, canela, ámbar, ruda, gálbano, estoraque, los ingredientes serían innumerables, pero unidos, conseguirán que, una vez prendido sobre el carbón, desprenda el caraterístico humo y olores tan especiales y que tan buen recuerdo generan.

Pero, ¿Desde cuándo se está utilizando el incienso? ¿Siempre ha sido con fines religiosos? 

Boswellia sacra

 El término en sí mismo procede del latín “incensum”, participio que proviene del verbo “incendere” (casi no hace falta traducirlo); ahora bien, existe también un género de árboles llamado Boswelia cuya resina gomosa, al ser extraída del tronco y secarse se convierte en granos de color amarillento pálido, apenas dos centímetros como mucho de tamaño y forma redondeada; granos que al ser quemados se derriten desprendiendo un olor distintivo. Quizá de esta resina fuera el incienso que ofrecieron los Reyes Magos al Niño Jesús en Belén, símbolo, como ya comentamos en su día, de su identidad divina. Además, la ruta de las caravanas procedente de Oriente sirvió para difundir esta sustancia, a la que muchos atribuyeron propiedades curativas.

Igualmente, se ha constatado la utilización del incienso, tanto en uso profano como religioso, en épocas mucho más antiguas, como testifica el historiador Heródoto en las culturas asirias o babilónicas, con especial mención para el Egipto de los Faraones, ya que en una estela de en torno al 1568 antes de Cristo hallada en la tumba de la reina Hatsesupt se menciona incluso una expedición para buscar árboles de incienso más allá de los confines del Nilo, en el lejano y desconocido País de Punt, al parecer en la actual Somalia, en lo que habría sido una misión comercial de primer orden para traer un elemento tan valorado como caro. Los faraones, en sus desfiles, se hacían acompañar de incensarios para honrar a sus dioses, quienes procesionaban convertidos en estatuas en solemnes y nutridos cortejos. (Nada nuevo, por lo que se ve).

Los Griegos lo tenían presente en espectáculos, Olimpiadas, banquetes y romanos y judíos, éstos últimos en su Templo de Jerusalén donde se encontraba el llamado “altar del incienso”, lo emplearon con mucha frecuencia en sus ofrendas, como símbolo de veneración a la divinidad, e incluso el historiador Ptolomeo, aludía a sus virtudes terapéuticas como tranquilizante, de modo que, como vemos, quemar incienso ha sido históricamente un gesto ligado a la Humanidad desde hace miles de años, sin olvidar su papel en las culturas asiáticas japonesas y chinas o en la religión budista, donde se vincula a la difusión de los buenos pensamientos e intenciones.

 
Como no podía ser menos, la Iglesia Católica tomó el uso de esta resina con fines litúrgicos, aunque se desconoce en qué momento exacto comenzó a emplearse en las diferentes ceremonias. Se poseen datos sobre cómo ya en el siglo IV la peregrina hispana Egeria comprobó su presencia en la Vigilia de los oficios dominicales en Jerusalén y de cómo en el siglo V se incesaba al obispo en la procesión de entrada al altar y en los cultos del Viernes Santo. El Salmo 142 del Antiguo Testamento no podría expresarlo mejor: Suba mi oración delante de ti como el incienso”

En la Edad Media, en torno al siglo XI, aparecerá en Galicia el gran incensario, el famoso Botafumeiro de la Catedral de Santiago de Compostela, aunque en este caso aparte del fin litúrgio también evidentemente se pretendía entonces disipar los malos olores emanados de los desaseados peregrinos que llegaban tras el Camino. Aún hoy pueden contemplarse sus  evoluciones en las misas de los domingos, manejados por los llamados "tiraboleiros".


 Ni que decir tiene que el ritual de la Iglesia Ortodoxa incide en la presencia del incienso a la hora de bendecir sus iconos o en la Católica con el mismo sentido a la Eucaristía, a la cruz, al oficiante del rito y por supuesto a las imágenes sagradas; prueba de la riqueza eclesiástica incluso serán los ricos materiales con los que se realizaran algunos incensarios, como por ejemplo el repujado en oro por el orfebre Antonio Méndez, estrenado en 1791, donado por el comerciante Manuel Paulín de la Barrera y conservado "como oro en paño" (nunca mejor dicho) en la Catedral de Sevilla. 



Por tanto, no es de extrañar la presencia de acólitos turiferarios en los cultos cuaresmales de nuestras hermandades y, por tanto, en las estaciones de penitencia, pensemos que incluso allá por los siglos XVI y XVII, cuando se conforma la Semana Santa Barroca, la escasez de higiene, la suciedad de las calles, la mayoría estrechas y mal pavimentadas, y olores "poco recomendables" serían “conjurados” por el olor del incienso en manos de los consabidos monaguillos. 


 Formando en el cuerpo de ciriales a las órdenes del pertiguero, los incensarios serán pieza clave para la liturgia de la cofradía en la calle, con incluso elementos de gran belleza fruto del esmerado trabajo de diseñadores y orfebres, como es el caso de las navetas para portar el incienso, cuyo nombre deriva de “nave” por ser las primeras realizadas con ese aspecto; de hecho con esa forma es por ejemplo la de la Hermandad de la Sagrada Mortaja, fruto de la imaginación del pintor y catedrático Francisco Maireles y repujada por Juan Fernández en 1960, con incluso el detalle de aparecer el nombre de "Piedad" en el nombre del navíoa sustentado por querubines. También, merece la pena reseñarse la rica y original naveta que acompaña a la Virgen del Valle, de Manuel Varela en 2002 y que emplea como recipiente una gigantesca caracola adornada con pedrería.
 
 
 
A título anecdótico, no pocas hermandades en la actualidad presumen incluso de poseer sus propias “fórmulas secretas” a la hora de mezclar los diferentes ingredientes para elaborar el incienso, logrando personalizar de este modo el aroma que acompaña a sus Titulares en los cultos o en la Estación de Penitencia. 
 


lunes, 22 de febrero de 2021

Don Fadrique y la Cruz del Campo.

 

Hace ahora prácticamente un año, en fechas cuaresmales también, relatábamos en estas páginas el origen y desarollo de la devoción al Via Crucis en la Europa medieval, con especial mención a Sevilla; advertidos por nuestro habitual y laborioso equipo de archiveros, bibliotecarios y documentalistas, nunca suficientemente alabado pr nosotros, se nos indicó que habíamos dejado en el tintero las notas o datos sobre el viaje que supuso la primera página de tal devoción. Pero como siempre, vayamos por partes:

El 24 de noviembre de 1518 cayó en miércoles. A las doce del mediodía la campana de un modesto monasterio jerónimo de Bornos, parecía despedir a un grupo de viajeros, que con hábito de peregrinos, partía desde el castillo de aquella localidad gaditana en dirección al Coronil. Ocho criados, un capellán y un mayordomo, Alonso de Villafranca, acompañan y sirven a su señor. Puede que no lo sepan, pero están iniciando un viaje que les llevará por todo el Mar Mediterráneo hasta Tierra Santa y durante el mismo, el primer Marqués de Tarifa, Fadrique Enríquez de Ribera, tomará apuntes y notas de los lugares, de los monumentos, de las gentes y hasta de los campos para redactar una relación que intentará resumir los más de 14.500 kilómetros recorridos. 

 
Nacido en la entonces calle Real de Sevilla, como afirma el clásico historiador hispalense Joaquín González Moreno, en las casas de su familia, de las que aún se conservan algunos vestigios, pocos, en el actual y siempre recomendable Conjunto Monumental San Luis de los Franceses, Fadrique, Adelantado Mayor de Andalucía y primer Marqués de Tarifa, emprenderá el periplo más importante de su vida a la edad de 42 años y necesitará dos años para terminarlo, siendo costumbre entre quienes podían permitírselo el acudir a Palestina, como narramos en su momento con el músico sevillano Francisco Guerrero en 1588
 
El Año Nuevo 1519 le sorprenderá en las montañas de Montserrat, para luego bordear la costa francesa, alcanzar Italia recorriendo Turín, Milán (encargará allí una impresionante armadura aún conservada por la Diputación Provincial) o Génova (donde se escandalizará de ciertas conductas femeninas: "que van solas y hablan por las calles hasta bien entrada la noche, suben en mulas o en sillas, gastan mucho dinero de los hombres en el vestir y se reúnen en casas para haber plazer") y de ahí a Venecia, para embarcar finalmente hacia Israel en la nao "Coreça" junto con otros 85 peregrinos, desembarcando en Haifa y tras pasar por Jericó o Belén, entrar al fin en Jerusalén, agotado por un largo viaje, un caluroso 4 de agosto de 1519, seis días antes de que, curiosamente, Magallanes zarpase de Sevilla para dar la primera vuelta al mundo. 

Como buen aristócrata, en su reducido séquito hubo espacio para la buena literatura, ya que le acompañó el poeta Juan del Encina, incorporado a la peregrinación en Venecia desde Roma, donde residía, y que narró el periplo de modo lírico en su obra Trivagia o Vía Sagrada a Hierusalem, donde en verso hace primeramente examen de conciencia propio tras vida licenciosa para finalmente redimirse espiritualmente e incluso recibir la ordenación sacerdotal en la mismísima Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, bajo custodia de la Orden Franciscana.

Ataviado con el blanco hábito de caballero de Santiago, Don Fadrique contará los pasos (1.321, al parecer) que diese Cristo en su Pasión desde el Pretorio hasta el Calvario, con entonces siete Estaciones según el diario del propio Adelantado: La Sentencia, Caída en la Calle de la Amargura, el Encuentro con las Santas Mujeres, Crucifixión, Muerte y Sepultura. De todo ello tomará nota, pues una idea bulle en su interior.


Como buen "turista" de su época, y teniendo en cuenta su buena posición social y económica, traerá de regreso diversos regalos para deudos y familiares, tales como medallas, cruces, libros y hasta cien velas, bendecidas especialmente en el propio templo del Santo Sepulcro, por no hablar de comprar propias, como las cerca de treinta alfombras turcas adquiridas en Venecia de vuelta de la peregrinación, la antes aludida armadura milanesa, y, sobre todo, encarga en la Italia renacentista la hechura de los monumentales sepulcros familiares que realizados en mármol y en el mejor estilo clásico todavía pueden contemplarse en la antigua Cartuja de las Cuevas de nuestra ciudad. El regreso se demora aún un poco más, pues Don Fadrique, todavía con ganas de devorar leguas castellanas, decide atravesar España de norte a sur, recorriendo su geografía pero al final, de todo se cansa uno, ya con los indudables deseos de divisar Sevilla tras tan larga ausencia de sus dominios.

Terminada la fructífera peregrinación por los Santos Lugares, el Marqués de Tarifa pondrá en práctica lo ideado, pues establecerá en Sevilla en 1521 el esquema de Via Dolorosa traído de Palestina, en un recorrido que con 977,13 metros de longitud arrancaría en la capilla de su propio palacio y terminará ya en las afueras de Sevilla, señalizando con cruces sobre pedestales la estaciones o marcándolas en los muros de los templos de San Esteban, San Agustín o San Benito. 

 

Prácticamente, el itinerario sacro finalizaba en el llamado Humilladero de la Cruz del Campo, un templete del que ya se tienen noticias en el siglo XIV aunque algunos autores sostienen que el edificio definitivo habría sido construido en 1482 por el Asistente Diego de Merlo (famoso por la leyenda de Susona y el complot judío para reconquistar Sevilla) como afirma una inscripción que se conserva en su interior. La cruz de mármol tallada es atribuida al escultor Juan Bautista Vázquez "El Viejo" y podría datarse en 1571.

Así, todos los viernes de Cuaresma, partiendo del palacio nobiliario, la Casa de Pilatos en la feligresía de San Esteban, se formaba una pequeña comitiva, encabezada por el propio marqués y su capellán mas los criados que le habían acompañado en Jerusalén, aunque al poco se fue añadiendo prácticamente toda su familia, el resto de la servidumbre de la Casa e incluso numerosos devotos y curiosos. Poco podía imaginar el Marqués de Tarifa que aquella modesta práctica religiosa cuaresmal se convertiría en uno de los principales acicates para la constitución de la Semana Santa de Sevilla tal como la conocemos... 

 

lunes, 15 de febrero de 2021

El Santo Cristo de la Caridad.

 Ahora que en pocos días arranca el tiempo de Cuaresma, una Cuaresma especial todo hay que decirlo, nuestro habitual y numerosísimo equipo de archiveros, bibliotecarios y documentalistas, al que nunca agradeceremos lo suficiente su gran labor, nos ha propuesto que cada semana vayamos desgranando detalles, aspectos, historias u obras relacionadas bien con estas fechas, bien con la próxima Semana Santa.

Así, en esta primera ocasión nos encaminaremos al barrio del Arenal, y dentro de él, a la Iglesia del Señor San Jorge, donde recibe culto una imagen impactante de Cristo que curiosamente jamás ha salido a las calles en procesión aunque haya una corporación que la venere. Portentosa talla, es propiedad de la Hermandad de la Santa Caridad, de la que ya se tienen noticias en el siglo XV y que tuvo entre sus fines, desde sus principios, el de dar digna sepultura tanto a los ahogados en el cercano río Guadalquivir como a quienes morían ejecutados por la justicia, propocionándoles consuelo espiritual en sus últimos momentos de vida; todo ello sin olvidar tampoco el enterrar cristianamente a los fallecidos por causa de las frecuentes epidemias, de modo que la Santa Caridad era conocida y reconocida en toda Sevilla por la labor de sus hermanos en pro de los desfavorecidos. 


 El año de 1662 será decisivo para la Hermandad. La ciudad se recuperaba lentamente de la feroz epidemia de Peste de 1649 (que había terminado, por ejemplo, con la vida del escultor Martínez Montañés) y poco a poco se reemprendían iniciativas caritativas o artísticas. Una de estas ideas, pendiente de finalización desde 1644, era la propia Iglesia del Señor San Jorge, cuyas obras cobrarán fuerza hasta su terminación con planos de Leonardo de Figueroa merced al poderoso impulso de un nuevo hermano, que ostentando además el rango de Caballero Veinticuatro será recibido como cofrade en ese mencionado 1662 y al poco ostentará el cargo de Hermano Mayor hasta su muerte en 1679: Miguel de Mañara Vicentelo de Leca. 

 Figura clave para comprender la religiosidad y el mecenazgo del XVII en Sevilla, aristócrata y caballero de Calatrava nacido en la collación de San Bartolomé, de familia con orígenes en Córcega, Mañara dará un profundo giro a la Hermandad, pues aparte de continuar con los menesteres ya reseñados, emprenderá una auténtica cruzada para rescatar de las calles a los numerosos y harapientos mendigos de todas las edades que vagaban por ellas, aquellos que en invierno morían de frío o de hambre en verano. A tal fin, obtendrá, mediante concesión de la Corona, una de las naves de las cercanas Atarazanas, a la que se sumarán otras más adelante, convirtiéndola en albergue con fuego y comida para los desfavorecidos, e instalando un hospital para enfermos terminales poco tiempo después. En alguna ocasión, ya dimos detalle de cómo realizaba su encomiable labor.

Todo este ingente esfuerzo asistencial se complementará con la pasión con que diseñó el complejo programa iconográfico del templo, en el que todo parece orientarse hacia un único mensaje: la necesidad de hacer obras de caridad para conseguir la salvación junto con la fe. No es de extrañar, pues, que encargase al pintor Murillo las seis pinturas sobre las Obras de Misericordia, dejando la séptima y última (enterrar a la difuntos) para el imponente retablo mayor realizado por Bernardo Simón de Pineda, con esculturas de Pedro Roldán y la policromía de Valdés Leal, casi nada. 

Sin embargo, ante este enorme despliegue artístico pleno de belleza, pasa desapercibida una hermosa escultura ubicada en el testero derecho de la iglesia y que siempre nos ha llamado la atención por su lejano parecido con el impactante y trianero Cristo de la Expiración, "El Cachorro", aunque, todo hay que decirlo, la imagen de Francisco Antonio Gijón sale de su taller en 1682; nos referimos al Santo Cristo de la Caridad, escultura realizada por Pedro Roldán en torno a 1673-1674. El maestro, que ha estado dejando muestras de su estilo en el retablo mayor de la propia Santa Caridad, se encuentra en ese momento en plena madurez artística, lleno de ideas y proyectos, con su taller de la calle Beatos (actual de Duque Cornejo) funcionando a pleno rendimiento y ayudado esporádicamente por su hija Luisa, casada desde 1671 con el también escultor Luis Antonio de los Arcos. 

Quizá uno de los aspectos más interesantes del encargo por parte de Mañara a Roldán sea que el primero "dictó" al segundo sobre cómo debía realizar la representación de Cristo arrodillado y orante, en sus propias palabras, de este modo: “antes de entrar Cristo en la Pasión hizo oración y a mi me vino el pensamiento de que sería ésta la forma como estaba, y así lo mandé hacer porque así lo discurrí”.

Por tanto, nos encontramos con una figura de Cristo devoto, arrodillado, con las manos entrelazadas en actitud implorante, con la mirada, una mirada de súplica, puesta en el Cielo mientras una gruesa soga, para acrecentar el dramatismo, recorre el cuello y el torso hasta atarse en un grueso nudo en las muñecas; el pelo, especial y cuidadosamente gubiado, cae abundante sobre los hombros. 

 

Un escueto sudario anudado con una cuerda rodea la cintura y muslos, sin olvidar el acentuado patetismo de la imagen, con una encarnadura ensangrentada y presentando con detalle las numerosas heridas recibidas con los azotes en el Pretorio o las sufridas en las rodillas y codos fruto de las caídas en la Calle de la Amargura. La espalda, no visible de manera habitual, muestra del mismo modo el tremendo castigo físico, con incontables laceraciones y hematomas. El dramatismo barroco se adueña de modo genuino de esta escultura, llamada a incitar la devoción y, por qué no, al arrepentimiento que empujaría a la ejecución de obras en pro de "nuestros hermanos los pobres", al decir de Mañara.

Intervenida hace unos años por el restaurador Enrique Gutiérrez Carrasquilla, la imagen del Santo Cristo de la Caridad fue venerada por vez primera en devoto besapiés en 2015 a instancias de la Hermandad de la Caridad, culto que ha seguido celebrándose en los años siguientes hasta el pasado 2020, sin que sepamos aún si en esta Cuaresma de 2021 tendrá lugar este acto piadoso que normalmente finalizaba con el rezo del Via Crucis. 

Apenas unos años después de que Pedro Roldán entregase esta efigie, en 1679, Mañara otorgará su propio testamento, en cuyo encabezamiento aparecerá toda una auténtica declaración de intenciones, redactada casi como si contemplase a su Santo Cristo de la Caridad: 

“Yo elijo por mi especial abogada a la misericordia y entrañable caridad de Dios mi Señor: ella me cubra, ella me defienda, ella me ampare delante de su tremendo juicio. Padre mío, padre mío, padre mío, acuérdate de que tienes misericordia; y espero firmísimamente por los méritos de mi Señor Jesucristo, sacrificio nuestro, que en algún tiempo he de ver tu paternal rostro, y con ésta esperanza vivo y muero”.


lunes, 8 de febrero de 2021

El Príncipe Fingido (Punto ¿Y final?)

 Habíamos dejado la pasada semana a nuestro presunto Príncipe de Módena alojado en la Cárcel Real mientras se sucedían los interrogatorios y los intentos de fuga, que todo hay que decirlo, no hacían sino acrecentar los dimes y diretes sobre la situación de nuestro protagonista. 

 Para colmo de males, durante la noche del 11 de marzo de aquel año de 1749 se detuvo a un cuidadano francés que fue llevado a la cárcel de la Santa Hermandad, ya que se sospechaba o tenían indicios que había estado intentando trabar amistad o confianza con el personal que trabajaba en el restaurante desde el que se le servía la comida al ilustre preso, al parecer con la intención de conseguir acceso a los platos antes de ser servidos en la cárcel y así envenenar su contenido. De ser esto cierto, poco más se pudo averiguar, o al menos no ha llegado hasta nosotros si los propósitos del galo eran asesinar al príncipe y, de ser así, si actuaba por cuenta propia o en nombre de terceros. 

El Viernes de Dolores, 28 de marzo por más señas, a las nueve de la mañana, los curiosos que se arremolinaban a las puertas de la Cárcel Real comprobaron la llegada de una calesa y poco después que nuestro presunto impostor era subido a ella, vestido con casaca militar encarnada y grilletes atados, dicen con cordón de seda. A su lado, de nuevo, se situó el capitán de guardia Antonio Suazo, quien con una escolta de 25 soldados de infantería y otros tantos a caballo cumplía órdenes de vigilar muy de cerca el traslado del preso, sin que faltase en otro carruaje el pertinente escribano de gobierno para que diese fe de lo que acontecía. Al mismo tiempo, fue liberado parte del "séquito" del Príncipe. 

Despertando la lógica expectación a esas horas, la comitiva partió de la Plaza de San Francisco hacia la calle Génova (actual Avenida de la Constitución) para alcanzar la Puerta de Jerez, donde se retiró el contingente de infantería, mientras que el escribano se retiraba también al llegar a la alcantarilla de la llamada venta de Ambrosío. Ya el día 30 se intentó registrar la entrada del prisionero en el gaditano Castillo de Santa Catalina, pero al no quererlo admitir allí su Gobernador, fue llevado a la Cárcel Real y en ella quedó alojado en el mejor de sus aposentos. Dicha prisión se encontraba por aquel entonces en la Plaza de San Juan de Dios de Cádiz y era un conglomerado de viviendas en cuyos bajos se hallaban las celdas.

El 10 de mayo, auxiliado al andar porque parece que no se tenía en pie y encadenado con otros ochenta y nueve presos, fue embarcado en una gabarra con destino al presidio de Ceuta, pero por problemas desconocidos el navío tardó en zarpar, aprovechando la alta sociedad gaditana para visitar al supuesto príncipe y agasajarlo, de modo que llegó a recibir exquisitas viandas, compuestas de hasta dieciocho platos, con carnes y frutas exquisitas, al decir de las crónicas, ¡Se ve que no pasó hambre en su cautiverio provisional!, además dormía en el camarote principal en tanto que el resto, lo hacía en la incómoda cubierta. 

Finalmente, se ordenó la partida del barco. Durante la travesía, nuestro personaje sorprendió a todos por sus conocimientos de náutica y matemáticas y por entretener a la tripulación con composiciones tocadas en un organillo, incluso llegó a comunicarse en su idioma con marinos ingleses que se cruzaron en un navío con el que le llevaba a Ceuta. 

Finalmente, el 16 de mayo se produjo la arribada a Ceuta, siendo llevado al convento de San Francisco, alojado en una celda que le tenían preparada y atendido con todo lujo, mientras recibía de nuevo las visitas de los oficiales y jefes de la guarnición así como gran concurso de gentes, incluso se le permitió conservar parte de su servidumbre. Aparentemente, ahí habría terminado el periplo del presunto aristócrata, con un prolongado cautivero ordenado por la corona como impostor...


 Han pasado dos años apenas cuando de nuevo por los corrillos de Sevilla vuelve a sonar con insistencia el nombre del Príncipe de Módena o de Gales, y no precisamente en relación a su prolongada ausencia, sino todo lo contrario. En el caluroso agosto de 1751, alguaciles de la justicia al mando del Segundo Teniente del Asistente, Don Juan Salanco, se encaminaban a Triana de madrugada con órdenes de prender, por enésima vez, al protagonista de nuestra historia. ¿Cómo había terminado al otro lado del Guadalquivir?

 Ni que decir tiene, que todo arranca con un nuevo intento de fuga, esta vez con éxito, logrado con la ayuda de la dotación de un barco con bandera de Suecia, según cuenta Joaquín Guichot en su Historia de Sevilla. Llegado a costas ceutíes, el navío habría atracado para desembarcar mercancías, barriles y demás elementos, momento en el cual, el príncipe, disfrazado de marinero, logró abandonar la prisión y embarcarse, probablemente con la ayuda de algún miembro de la tripulación. El barco se hizo a la vela y desembarcó a su "polizón" en Gibraltar, desde donde partió hacia Faro en Portugal, localidad en la que parmaneció oculto unos meses. Se ve que los aires lusos no eran de su agrado, porque el 12 de agosto se supo que estaba ya alojado en la casa de un zapatero de Ayamonte y que al poco había viajado a Sevilla, ocultándose en el domicilio, trianero como hemos dicho, de Francisco Muñoz, mantequero por más señas.

De ahí fue sacado por los alguaciles el 24 de agosto y llevado a la bien conocida Cárcel Real, escoltado de cerca por un piquete armado con bayoneta calada, siendo despojado de sus lujosas ropas y "en pechos de camisa" colocado en un lóbrego calabozo con dos grilletes. Inquirido por su nombre, alegó llamarse "Príncipe fingido" y así se registró en el libro correspondiente. Para no alargar en demasía la narración, baste decir que tras declarar ante el Oidor de la Real Audiencia fue encadenado y sacado de la Cárcel Real a las dos de la mañana del 2 de septiembre. Una Real Orden, con la firma además del Marqués de la Ensenada, lo condenaba a la pena de diez años, a cumplir en el presidio de Vélez la Gomera, situado en el Peñón del mismo nombre, en la costa africana entre Ceuta y Melilla; además, se prescribía que no gozase de privilegio alguno y se le mantuviese incomunicado. 

Peñón de Vélez la Gomera. Ceuta.

La estancia en aquel inhóspito lugar sabemos que se prolongó por más tiempo del esperado, durante los que Carlos de Roma (así confesó llamarse una vez allí) se dedicó a intentar el perdón del Cabildo de la Catedral de Sevilla y solicitar una renta con la que, decía, pretendía fundar una orden de caballería destinada a conquistar los Santos Lugares. Finalmente, en 1778, fue decretada su puesta en libertad y también su destierro perpetuo, de modo que es en ese año cuando le perderemos la pista. 

La figura del Príncipe de Módena, de quien nos despedimos, forma parte de una larga lista de impostores, desde el supuesto Ricardo de York en el siglo XVI hasta el falso Cardenal Luis de Borbón en el XIX, pasando por Catalina de Erauso, la famosa "Monja alférez", o la famosa Princesa Caraboo en la inglaterra decimonónica, cuya vida fue llevada al cine incluso. Todos ellos hicieron gala de una extraordinaria capacidad para aparentar lo que no eran, y, lo que es mejor (o peor), para hacerlo creer...

lunes, 1 de febrero de 2021

El Príncipe Fingido (II)

 

En nuestra anterior entrega, dejábamos al supuesto Príncipe de Módena encarcelado en un calabozo situado sobre la Puerta de Triana, tras la Real Orden de su Majestad ejecutada por el Asistente de Sevilla. Tras varios días en la celda, cosa que no debió de gustar en absoluto a "Su Alteza", la noche del martes 5 de noviembre manifestó a sus custodios que se encontraba indispuesto, aprestándose a marchar a su cama sin tomar alimento con la mayor premura; quizá por ello, la guardia aflojó la vigilancia del astuto reo, quien raudo y veloz, en un inesperado descuido, aprovechó para intercambiar sus ropajes con los del mozo que le había traído la cena, y espadín en mano corrió velozmente hasta franquear las puertas sin que nadie le interceptase o se diera cuenta de la evasión. En la celda, tras la fuga, se realizó un minucioso registro, dando como resultado el hallazgo de una cuerda trenzada con sábanas de la cama, lo que a las claras demostró de un modo u otro una evidente intención de escapar.

Una vez en la calle, el fugado, con paso firme y decidido, encaminóse hacia el cercano Convento de San Pablo, donde logró fácilmente acogerse a sagrado con la aquiescencia del Padre Prior, agradecido sin duda por las limosnas entregadas semanas antes; éste, incluso le proporcionó alojamiento y comida en una celda frailuna. Sin embargo, a la mañana siguiente, el propio Prior pasó recado al Asistente, Don Ginés de Hermosa y Espejo, informándole de que en su convento hallábase el consabido Príncipe de Módena bajo la jurisdicción de la orden de los dominicos. Una comisión de autoridades municipales encabezada por el propio Asistente y auxilidada por el Juez Eclesiástico Don Fernando de Albear, conmminó a abandonar su celda al prófugo de la justicia, pero ambos únicamente lograron recibir violentas amenazas y ademanes gesticulantes del presunto impostor, pues en todo momento reivindicó a gritos su derecho de asilo en el convento hasta tanto no se aclarase desde Madrid la "lamentable confusión" en torno a su identidad verdadera.

 
Vista la escasa predisposición del "príncipe", y para evitar males mayores, se acordó ponerle guardia de ocho soldados y un cabo en la misma puerta de la celda, guarnición que fue aumentada a la jornada siguiente con la idea de bloquear por completo cualquier nuevo intento de fuga, cerrándose todos los accesos posibles a claustros, sacristía y otras dependencias conventuales. Para desesperación de las autoridades y divertirmento de los sevillanos, haciendo uso de un ventanuco de la celda que daba a la calle del Dormitorio de San Pablo (actual calle Bailén), el "ingresado" se dedicó a asomarse por él y lanzar puñados de monedas a los mendigos que se acercaban, mientras no poco público acudía a contemplarlo durante todo el día como si fuera un espectáculo (y en verdad debía serlo). La algarabía infantil le aclamaba como príncipe, dividiéndose (cosa rara) las opiniones sobre la identidad y nobleza del sujeto y estándose a la espera de noticias sobre el caso. 

Finalmente, el 10 de diciembre, al alba, el Asistente recibió órdenes tanto del Rey como del Nuncio de Su Santidad que le revestían de autoridad suficiente para poder sacar de San Pablo al "refugiado"; para ello, al abrigo de la noche y aprovechando el momento de la cena, fue capturado por sorpresa y maniatado llevado sin oponer resistencia a la Cárcel Real, encerrándosele en un calabozo con grilletes en los tobillos y gruesa cadena. Registradas sus pertenencias, se le hallaron dos pistolas, pólvora y balas, así como una cuerda realizada con manteles (se ve que estaba siempre presto a la fuga). 

Fachada de la Cárcel Real. 1714.

 Al día siguiente, se le tomó declaración en la Sala de Vistas, en un interrogatorio que se prolongó hasta bien entrada la tarde; durante el mismo, el joven insistió en declararse inocente e hijo legítimo y primogénito de Hércules de Este, duque de Módena, afirmando que había embarcado en Francia con destino a la Martinica para luego regresar a tierras europeas, atracando en la localidad portuguesa de Faro y desde allí, por Ayamonte, llegar a Sevilla con la idea de pasar a la Corte y visitar toda la nación. 

La declaración por escrito fue enviada con un mensajero a Madrid y, mientras, se ordenó relajar en parte las condiciones del cautiverio, disponiéndose que tuviera su propio servicio de "catering" de manos de "Casa Batista", uno de los mejores (y más caros) fogones a la italiana que existían por entonces en Sevilla. Pasaban los días y no se producía confesión alguna, de manera que se acordó suspender las comidas lujosas, pasar al pan, queso y vino no sin cierto debate entre las autoridades sobre a quien correspondía abonar las comidas; se le mantuvo bajo vigilancia aunque "se le manifestó que no era por su honor, sino por su seguridad"

Los interrogatorios se sucedieron a lo largo del mes de enero del nuevo año de 1749, incluso con amenazas de tortura, ruidos de cadenas o cierta violencia, todo ello con la intención de aterrarlo y sacarle algún tipo de confesión, pero ésta no se produjo. Para colmo, el 27 de enero el capitán de guardia Antonio Suazo descubrió toda una trama oculta para otra nueva fuga del preso; gracias al aviso de uno de los soldados, a quien un compañero de armas le había pedido prestada su casaca, pudo saberse de la intención de ataviar con ella al presunto príncipe y de este modo disfrazado franquear los muros de la Cárcel Real. Tras minuciosas pesquisas, se comprobó además que los grilletes estaban limados en gran parte, por lo que, tras detener al soldado traidor y alojarlo en un calabozo separado, se determinó redoblar la guardia y atrancar por dentro la puerta de la celda, durmiendo el capitán a los pies de la cama del preso y a un lado un ayudante, con numerosas medidas de seguridad que incluían la revisión de la celda cada dos horas. 

Como podemos ver, toda precaución era poca para evitar la huida de tan "egregia" persona, de modo que por el momento la dejaremos a buen recaudo aguardando impaciente noticias sobre su futuro.

Continúa, aquí.

lunes, 25 de enero de 2021

El príncipe fingido (I).

 

En la Sevilla de mediados del siglo XVIII, una anécdota en torno la desmedida atención prestada a un recién llegado puso de manifiesto, una vez más, cómo esa bendita ciudad suele echarse en los brazos del primer adulador foráneo sin ningún tipo de pudor, aunque luego, como veremos, no era todo oro lo que relucía... 

Corría el año de 1748. A las dos, o quizá las tres de la tarde del 26 de octubre, cruzaba el Puente de Barcas a caballo un joven no mal parecido, de ojos azules, con una cicatriz en el rostro y rubia y bien rasurada barba. Vestía a la última moda de Francia y en sus ademanes podía adivinarse una personalidad distinguida y acostumbrada a impartir órdenes. Tras atravesar el Arenal, despertando admiración a su paso por su porte, buscó alojamiento en la Posada de la Reina, en la actual calle Jimios, una de las más afamadas (y caras) de la ciudad. Allí, se dio a conocer como Príncipe de Módena, nada menos, reservando varias de las mejores estancias para él y su séquito, ante la atónita mirada de los dueños del establecimiento hostelero. Nuestro personaje había dejado al parecer su carruaje en Castilleja de la Cuesta tras un percance, y había decidido adelantarse; al día siguiente, llegó a Sevilla todo su séquito, formado por un aposentador, criados, pajes, médico, capellán y hasta un marqués y un conde, sin olvidar las cuatro literas y un enorme equipaje en baúles. 

Joven, treinta y un años, impecablemente ataviado, de modales educados y una buena bolsa que no dudaba en abrir sin reparar en gastos, no tardó en echarse a la calle aquel mismo día para familiarizarse con la ciudad, recorriendo sus calles y plazas, compartiendo con gitanos de la Puerta del Sol bizcochos y rosoli (especie de aguardiente con canela, azúcar, anís y otros ingredientes aromáticos), pasando a la noche a un bodegón trianero y terminando su debut en Sevilla con una "expedición" noctámbula entre el barrio de la Feria y la calle Cantarranas (actual Gravina), de uno de cuyos bodegones fue "rescatado" por Bernardo Molina, alguacil de la Audiencia, a eso de la una de la mañana, imaginemos que en estado no muy sobrio...

Sabedor el Asistente de su presencia en la ciudad, los rumores volaban con increíble rapidez sin necesidad de redes sociales o "wuasap", acudió a la mañana siguiente con la idea de darle la bienvenida la ciudad y presentarle sus respetos, tomándose la decisión tras la visita de cortesía de honrarle con una guardia de honor permanente con veinticinco soldados, sargento, tambor y pífanos, acorde a la alcurnia del personaje. El piquete militar rendía honores presentando armas cada vez que el Príncipe entraba o salía, de modo que el vecindario estaba de lo más distraído con tan fausta presencia y tanta revista de armas. El Asistente, además, encargó a Don José Faini, caballero de Santiago y capitán del regimiento de Caballería de Alcántara, que actuase como anfitrión y acompañante e igualmente, cedióle su carroza nueva con seis mulas para sus desplazamientos, estrenándola en la visita que realizó al Monasterio de la Cartuja, donde fue recibido bajo palio y agasajado con grandes muestras de admiración.


Algo similar comenzó a ocurrir al inicio de cada jornada, pues el aristócrata, pulcramente vestido con lujosa casaca de terciopelo celeste galoneada en oro y escudo de la Orden del Sancti Espiritus al pecho, tomó la piadosa costumbre de ir a misa al Convento de San Pablo (ahora parroquia de la Magdalena), donde al llegar y apearse de su carroza era protocoloriamente recibido, también bajo palio, por toda la comunidad de dominicos, quienes reservaban sitial para él junto al altar mayor, destacando la cuantiosa limosna que dejaba tras cada eucaristía, sin que dejasen de repicar las campanas del templo ni de tocar el órgano.

Como podemos imaginar, la presencia de nuestro porotagonista despertó grandes controversias entre todos los estamentos sociales, siempre ávidos de novedades o visitas egregias; unos, afirmaban que sí, que efectivamente se trataba del Príncipe de Módena, otros, por el contrario, que era el mismísimo hijo de Jacobo II de Inglaterra, también Príncipe, pero de Gales; no es de extrañar, pues, que nobles y autoridades literalmente se disputasen su presencia en todo tipo actos, ceremonias o banquetes. Prueba de ello fue lo acaecido el 3 de noviembre cuando el Cabildo de la Catedral, teniéndolo todo dispuesto para la visita del noble protagonista de nuestra historia, se vio sorprendido y decepcionado con la negativa de no poder acudir ante la invitación del propio Asistente de la Ciudad a una fiesta campestre en el llamado Jardín de Batista, ubicado en el Prado de Santa Justa (donde la actual estación ferroviaria). 


La gira campestre se desarrolló en un clima distendido y festivo, con numerosas viandas y caldos e incluso opípara merienda, a cuyo final, el Asistente solicitó tomar la palabra. Todos pensaron que iba a comenzar algún tipo de discurso laudatorio, pero nada más lejos, el Asistente mostró una Orden de Su Majestad el Rey en la que se le inquiría apresar al Príncipe de Módena. Como es de imaginar, la noticia cayó como un jarro de agua fría entre los presentes y demudó el rostro del joven noble; prueba de que todo estaba siguiendo un plan premeditado fue que la autoridad municipal tenía predispuesto un pelotón de infantería y cierto número de tropas de caballería rodeando el jardín donde tenía lugar la fiesta, a fin de evitar la huida del presunto delincuente, que ni opuso resistencia al ser introducido en su coche ni tampoco al ser ingresado en la celda habilitada en la Puerta de Triana, donde quedó preso junto, vigilado por un considetable retén de soldados. 

¿Qué sucedió con su séquito? Al marqués y al conde, junto con el médico personal de "Su Alteza" los llevaron a la Cárcel Real, mientras que pajes y criados dieron con sus huesos en la arzobispal. Se llevó a cabo igualmente un meticuloso registro en las habitaciones ocupadas por el grupo en la Posada de la Reina, confiscándose numerosas propiedades de nuestro protagonista. 

La ciudad quedó consternada por todo lo que estaba ocurriendo, la incertidumbre empezó a enmarañarlo todo y la sorpresa mayúscula fue la  nota dominante en aquellos días de noviembre de 1748, máxime cuando días después sucedieron hechos dignos de una novela; pero esa, esa será otra próxima historia... 

Continúa la historía: aquí.


lunes, 18 de enero de 2021

Mármoles

 

Numerosos historiadores han destacado, y la arqueología incluso lo ha corroborado con cierto número de hallazgos, que la zona más alta de Sevilla, es un decir, constituyó el germen de la población original en tiempos remotos, especie de altozano o colina natural sobre un Guadalquivir que hace dos o tres mil años poseía un curso fluvial muy diferente al actual. Hablamos de la zona concreta que abarcaría la zona más alta de la Cuesta del Rosario, el entorno de San Isidoro y San Nicolás hasta llegar a las proximidades de Abades y el tramo más alto de la llamada Cuesta del Bacalao, sin olvidar quizá la parte más elevada de Santa Cruz.

En ese sector se encuentra un calle cuyo nombre lo dice todo: Mármoles. Apelada así desde al menos el siglo XV, abarca desde la calle Aire hasta la confluencia con Federico Rubio y la Plaza de Ramón Ybarra Llosent (antes tramo perteneciente a la calle Muñoz y Pabón). Se sabe que en el siglo XVIII, tiempos del Asistente Pablo de Olavide, se denominó del Mármol, como lo atestigua un antiguo azulejo aún conservado en la calle y que con anterioridad a 1839 también se denominó de las Columnas de Hércules, nombre basado en la creencia popular que atribuía a este héroe mitológico la fundación de la ciudad y la existencia de un templo en su honor en esta calle, como veremos.

Empedrada en el siglo XVII y pavimentada con losas en el XIX, en 1940 fue adoquinada. Como curiosidad, en 1858 aún no contaba con iluminación de gas, y en los años 40 del pasado siglo XX fue finalmente dotada con iluminación eléctrica. En cuanto a edificaciones, sobresale una espléndida casa palacio del siglo XVIII en el número 12, sede desde 1984 de la galería de arte Rafael Ortiz, dedicada especialmente a jóvenes artistas en la parcela del arte contemporáneo.


A mitad de la calle, muy por debajo de su nivel, encontraremos tres poderosos y rotundos fustes de columnas, realizados en granito y que siempre han llamado la atención tanto de viandantes como de eruditos. Como afirma el profesor Carlos Márquez, se desconoce el modo en que surgieron estos fustes allá por el siglo XVI, pero en cualquier caso es de sobras sabido que en principio eran seis, y que en tiempos de Pedro I, allá por el siglo XIV, se intentó llevar uno de los fustes a los Reales Alcázares pero al quedar partido en el traslado fue enterrado en la Calle Mateos Gago, donde aún permanecería sepultado en lugar ignorado; dos de ellos fueron llevados por el Conde de Barajas a la naciente Alameda de Hércules en 1576, donde junto con dos capiteles corintios sirven de base al propio Hércules y a Julio César. Los otros tres fustes permanecieron embutidos en una edificación que finalmente fue demolida en torno a 1877 y cuyo solar fue adquirido por la municipalidad en 1886 con la idea de darles visibilidad. 

 

También merece la pena destacarse cómo en 1877 se pretendió usar estas últimas columnas reseñadas para que formasen parte de un monumento en honor a San Fernando en la Plaza Nueva, idea anterior a la actual, para lo cual el propietario del solar donde se encontraban propuso cederlas. La iniciativa del Cabildo de la ciudad perdió fuerzas tras no contar con el visto bueno de la llamada Comisión de Obras Públicas, tras lo cual la zona quedó convertida prácticamente en vertedero, con las consiguientes quejas de los vecinos sin que se haya dado nunca del todo con la “tecla” que consiga integrar estos restos en la calle.

En cualquier caso, todo parece indicar que los mencionados fustes de la calle Mármoles habrían formado parte de un conjunto perteneciente al siglo II después de Cristo, quizá  de tiempos del emperador Adriano; Las basas miden en torno a 60 centímetros en todos los casos (incluidas las de la Alameda) con la curiosidad de presentar orificios o hendidura quizá para anclaje de algún tipo de reja. En cuanto al material de los fustes, monolíticos y sin estrías, con casi 9 metros de altura cada uno, el granito, más robusto que el mármol y de mayor durabilidad, quizá hubiera procedido de la canteras que de este material se encuentran en la cercana localidad de Gerena o incluso se ha planteado la posibilidad de que fuera material de expolio traído directamente desde Itálica, aunque no ha podido demostrarse.

También sigue en tela de juicio por parte de los investigadores si esta zona concreta de la Hispalis romana formó parte del foro en tiempos republicanos, se hablaría cronológicamente por tanto de los siglos coincidentes con el nacimiento de Cristo y también en nuestros días han proseguido los estudios sobre la función del edificio. 

 

Tradicionalmente se ha dado por supuesta la dedicación religiosa como templo para el propio Hércules, una "devoción" que procedería de tiempos fenicios, y que ello, además, alimente o se alimente mejor dicho de la fundación legendaria de Sevilla por parte de Heracles, fundación que por supuesto ennoblecería a la ciudad por un origen mitológico acreditado; por otra parte, algunos arqueólogos se han desmarcado de estas teorías historicistas, sugiriendo que quizá las columnas habría servido como pórtico de un edificio de ese foro antes aludido.


lunes, 11 de enero de 2021

De aquellos Polvos...

 

En unos tiempos como los actuales, en las que las llamadas "fake news", o mejor dicho, los llamados bulos, infundios o patrañas de toda la vida para entendernos, surgen por todas partes, y más aún con el auge de las redes sociales, no estaría de más relatar someramente lo que sucedió en nuestra ciudad allá por el año 1630, cuando la rumorología dio paso la "certeza" y sus consecuencias. 

Sevilla seguía siendo Puerto y Puerta de Indias, gozando de una posición envidiable en la península, pero lenta y progresivamente, comenzaba a percibir los primeros síntomas de una crisis económica proveniente de la propia Corona y su política, con numerosos frentes abiertos (nos encontramos en plena Guerra de los Treinta Años) y un endeudamiento galopante. A ello había que sumar el constante temor a la llegada de todo tipo de males o calamidades, y que los índices de pobreza eran alarmantes, que se producían hambrunas por las malas cosechas y que las desigualdades sociales eran enormes. El panorama no estaba desde luego para lanzar las campanas al vuelo.

En el otoño de aquel año, se pregonó un Bando Real firmado por el monarca Felipe IV, bando que fue pregonado en los sitios de costumbre despertando la curiosidad de no pocos transeuntes, siempre ávidos de nuevas procedentes de la Corte madrileña. El documento que no hará sino acrecentar un rumor que ya circulaba, dándole, pues, carta de naturaleza: 

"Sepan todos que al Rey nuestro señor se le ha dado noticia por personas celosas del servicio de Dios y el suyo, que algunos enemigos del género humano tratan de sembrar los polvos que con tan gran rigor han causado la peste en el estado de Milán y en otros estados de aliados y amigos desta Corona, y que para este efecto vienen personas a estos reinos cuyos retratos y señas están en poder de su Majestad y Gobernador del Consejo."


 ¿Qué ocurría en Milán, entonces bajo jurisdicción hispana? En principio, se trataría de la habitual epidemia de peste, cosa bastante frecuente por otra parte por desgracia, pero en esta ocasión la situación se enrarece, se complica; surgen rumores que hablan, murmuraciones, de la presencia de supuestos agentes al servicio de naciones contrarias a España y que estarían esparciendo la enfermedad, con especial incidencia, para colmo, en el clero; ¿De qué manera actuaban aquellos "Untori", como fueron denominados? Nos lo cuenta un cronista italiano de la época, que hace suyas las habladurías: 

“Para echarse estos polvos, aderezan unas vejigas, y las ponen a modo de jeringas, y con ellas los echan a los que pasan por la calle, y luego quedan apestados y a poco tiempo muertos; y porque esto se encubre mejor debajo de hábitos largos,de que estos infernales usan, se ha prohibido que ninguno los traiga sino cortos. Estos ungüentos, y polvos, también se echan en las pilas del agua bendita, y se dice que se hacen por arte diabólica.”

Nunca mejor dicho, la historia tiene todos los ingredientes para aterrorizar a una más que ya asustada población, en principio, y luego a todo un país como el nuestro: que espías extranjeros actuasen como terroristas bacteriológicos en suelo español suponía no sólo una amenaza, sino un peligro, de modo que se le dio crédito a los rumores, de ahí la Orden de la Corona, que incluso llegó a atisbar toda una conjura encabezada por un Grande de España, el Duque de Híjar, que pretendía derrocar al Rey para beneficiar a Portugal de quién se dijo era agente doble. Como podemos apreciar, la historia comenzó a alcanzar cotas próximas casi a la histeria colectiva, donde incluso llegaron a darse casos de falsas acusaciones contra presuntos "esparcidores de polvos medionalenses".

 En Sevilla, concretamente, tras el antes aludido Bando Real, el Cabildo de la Ciudad ordenó el cierre inmediato de todas las puertas, dejando solo abiertas las del Arenal, Triana, Macarena, Carmona y el Postigo del Aceite, colocándose guardias en ellas; a los frailes Trinitarios se les encomendó custodiar la Puerta del Sol y a los Mercedarios la Puerta Real. Además, en un intento de control de la población no sevillana, el día 14 de octubre se ordenó que todos aquellos extranjeros residentes en Sevilla se presentasen y se identificasen ante los llamados Diputados de Puertas, cargo ostentado por los Caballeros Veinticuatro. La orden se mantuvo en vigor hasta diciembre, cuando la situación pareció calmarse. 

Como hemos visto, se llegó a decir incluso que había foráneos que echaban esos llamados “Polvos de Milán” en las pilas de agua bendita de las iglesias (imaginemos los bulos y rumores recorriendo las Gradas, las Plazas del Salvador, la Feria o San Francisco, con la ferviente religiosidad hispalense como telón de fondo) lo que llevó hasta a la celebración de una solemne procesión de rogativas organizada por el Cabildo catedralicio el 11 de octubre de aquel año, teniendo lugar Misa Mayor, predicando el canónigo Alonso Gómez de Rojas, comulgando todas las autoridades y estando todo el día expuesto el Santísimo Sacramento en la propia catedral, todo ello con la idea de aplacar la ira divina o que los "enemigos del género humano" cambiasen sus malignas intenciones. 

Aparte de todas estas medidas, fruto de la confusión y del miedo existentes, se inició una tremenda polémica, analizada por el profesor Sèbastien Riguet, entre afamados médicos sevillanos, con la discusión, lógicamente, centrada en la existencia o no de aquellos polvos maléficos que tantos quebraderos de cabeza estaban causando. En un bando aparecerá el doctor Francisco Marvelli de Puebla, quien llegó a publicar una disertación dedicada al Asistente el Vizconde de la Corzana, en la que advertía de los perversos efectos del veneno de Milán, entendido como caso claro de contaminación importada; le secundarán otros doctores sevillanos como Fernando de Solá, mientras que en el otro bando aparecen galenos correspondientes al mismísimo Santo Oficio como Francisco de Figueroa o Diego de Valverde Orozco. 

La sesuda controversia duró meses y pasó del terreno científico al teológico, mezclándose ambas facetas con citas de Galeno o San Pablo, sobre todo a la hora de discutir si los "polvos de Milán" perdían sus propiedades al ser esparcidos en las pilas de agua bendecida, aliñado todo con la presencia del Diablo y con el componente añadido del propio desconocimiento médico existente sobre posibles vías de contagio.¡Lo que dieron de sí aquellos rumores procedentes de Milán! 

Lentamente, los rumores fueron diluyéndose como la espuma en el mar, aunque poco podían imaginar aquellos doctores que en 1649, esta vez sí, la Peste asolaría la ciudad sin necesidad de espías o agentes, con una mortalidad inimaginable y dejando a Sevilla exánime y mermada; pero esa, esa ya es otra historia... 


lunes, 4 de enero de 2021

Como Reyes.

 El día 6 de enero, la Iglesia Católica conmemora la festividad en la que, como cuenta el evangelista Mateo, el Niño Jesús es adorado por unos magos llegados expresamente desde Oriente siguiendo una Estrella y como prueba de esa adoración obsequian al Niño tres elementos muy concretos: oro, incienso y mirra, símbolos de la triple categoría de Jesús como Rey, Sacerdote y Profeta. Por tanto, Epifanía significa "manifestación" y supone que Jesús se da a conocer al mundo en esta fecha. Tampoco faltan teorías que establecen que los tres reyes simbolizan o bien las tres edades del ser humano (juventud, madurez y vejez) o bien los tres continentes conocidos hasta aquel momento (Europa, Asia y África).

Ni que decir tiene que con el tiempo la celebración se ha convertido en el momento perfecto para que en muchos países, sobre todo de habla hispana o de tradición católica, los niños reciban sus regalos de manos de los Tres Reyes y que sea una jornada llena de alegría, sin olvidar la víspera con la celebración de las Cabalgatas (marcadas este año por la inevitable situación en la que nos encontramos) y los nervios de los más pequeños en una noche llena de esperanza e ilusión

A pocas hora de la llegada de Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, no está de más hacer un pequeño recorrido por algunas de sus representaciones en nuestra ciudad de Sevilla. ¿Comenzamos?

Quizá por su monumentalidad, y por encontrarse a la misma sombra de la Giralda, habría que comenzar por la llamada Puerta de los Palos, sí, esa por la que salen las cofradías en Semana Santa tras hacer Estación de Penitencia a la Catedral. Los expertos no se ponen de acuerdo en el por qué del nombre, unos afirman que se debe a las rejas de madera que la separaban del llamado Corral de los Olmos, situado entonces en la actual Plaza de la Virgen de los Reyes; otros, en cambio, sostienen que el nombre se debe a que en torno a esa puerta se almacenaba la madera necesaria para la construcción de la propia catedral. De lo que no cabe duda es de que la escena representada en el tímpano de la puerta es una Epifanía en toda regla, realizada en torno a 1520 por el escultor francés afincado en Sevilla Miguel Perrin. 

 

La composición puede leerse de izquierda a derecha, como un libro, con Baltasar en el extremo, seguido de Gaspar, tocado con sombrero, mientras que Melchor, descubierta la cabeza, se arrodilla admirado ante el Niño que aparece en brazos de María. Los tres monarcas aparecen ataviados con ropas que podrían ser viaje, incluso Gaspar va armado con una espada y Baltasar porta turbante. En actitud sorprendida, no lo olvidemos, San José contempla la escena, mientras al fondo, abigarrado, se distingue al séquito de los Magos de Oriente, en el que no falta ni un camello. 


 Abandonando la capital, nos dirigimos a Santiponce, al Monasterio de San Isidoro del Campo, fundación de origen cisterciense y luego jerónima, siempre bajo los auspicios de la Casa de los Guzmán, fundadores y mecenas del Monasterio desde sus comienzos allá por 1301, nada menos. Precisamente para los fundadores Alonso Pérez de Guzmán, héroe de Tarifa, y su esposa María Alonso Coronel realizará dos sepulcros el escultor Juan Martínez Montañés en el siglo XVII, representando a ambos con clásica serenidad en sus semblantes. ¿Y los Reyes Magos? están más que presentes en la escena de la Epifanía que figura en el retablo realizado por el mismo autor entre 1609 y 1613. 

 

En este caso, la composición parece descender de arriba a abajo y con dos ejes verticales, como si fuesen dos columas, el primero nos llevaría desde Baltasar, Gaspar a Melchor, ya arrodillado, y el segundo desde San José (con un enorme parecido con Nuestro Padre Jesús de la Pasión, ahora que se preparan sus cultos solemnes) hasta el Niño, pasando por la Virgen María.Todo un acierto por parte del llamado "dios de la madera". El tratamiento de los ropajes, el estudio de los rostros y la actitud de los personajes nos dan idea de la capacidad creativa del autor, así como de cómo contó con la ayuda de artistas tan importantes como el pintor sanluqueño Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, en la labor de policromar las esculturas. 

Para finalizar, regresamos a Sevilla y como curiosidad, accederemos al Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, antiguo noviciado jesuita. Dejando a un lado la magnífica iglesia principal con su interesante cripta visitable tras reciente restauración, encontraremos a Sus Majestades en la Capilla Doméstica, recinto plenamente barroco, con abundancia de reliquias, en el que intervinieron figuras tan importantes del panorama artístico sevillano del siglo XVIII como Duque Cornejo, Domingo Martínez o Lucas Valdés. 

 

 Sin embargo, desconocemos el autor de la serie de pinturas sobre cobre relativas a la vida de la Virgen, de origen flamenco y que a modo de catequesis rodean todo el recinto. En esta ocasión la escena tiene lugar al aire libre, con unas ruinas clásicas a la derecha, aunque vuelve a darse el detalle de cómo puede leerse a manera de libro, de izquierda a derecha como comentamos antes. Llama la atención el rojo del manto con armiño del rey Gaspar, escoltado por un paje, así como la luminosidad que brota del conjunto de la Virgen con el Niño.