23 febrero, 2026

De manigueta.

Como cada Cuaresma, en Hispalensia, nos vamos a centrar en aspectos relacionados con la pequeña historia de nuestras hermandades, o con aspectos alusivos a detalles poco conocidos para, así, darlos a conocer. En esta ocasión, como el que no quiere la cosa, nos centraremos en un objeto que viene a ser casi un fósil de tiempos pasados; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Cuando comenzaron a celebrarse las primeras estaciones de penitencia, a finales del siglo XV o comienzos del XVI, aquellos cofrades sacaban a la calle a sus Titulares con la intención de propagar su devoción, de manera que aparecían sobre unas andas de madera que eran llevadas a hombros por los propios hermanos de la cofradía, usándose unos largueros. Estas parihuelas se caracterizaban por su sencillez y austeridad, sin apenas más exorno que la escasa cera que alumbraba a las imágenes y eran sostenidas quizá por varas rematadas en horquillas que encajaban en los largueros antes aludidos, mientras transitaban por calles casi a oscuras por la carencia de alumbrado público. El escritor Félix González de León allá por 1852 describía cómo era la Estación de Penitencia de su Hermandad del Silencio en el siglo XVII, con palabras para los portadores de las andas de Jesús Nazareno:

"Los cuatro mozos de carga que iban por fuera ayudando a llevar el paso por las maniguetas, iban también vestidos con túnicas, como los nazarenos, pero sin cola y el capirote bajo."

El Paso de Jesús Nazareno de Jerez portado por horquilleros.

Ese modo de portar los pasos, ayudados a veces por horquillas, se ha conservado en muchas poblaciones andaluzas, comenzando por la ciudad de Cádiz, donde el sonido de la propia horquilla, golpeada rítmicamente contra el suelo por el hermano manigueta es una de las señas de identidad de aquella Semana Santa o, por citar otros casos, la forma de portar los pasos de la jerezanas hermandades de Jesús Nazareno o el Cristo de la Expiración y también el estilo propio que mantiene la Vera Cruz de Alcalá del Río, sin olvidar los malagueños Hombres de Trono, colocados bajo los varales, palabra que aquí designa a las maniguetas. 

"Juan Martínez Montañés presenciando la salida de Jesús de la Pasión", de Joaquín Turina y Areal, 1890. Fragmento.

Como han estudiado no pocos especialistas en la materia, el gran cambio se producirá a partir del siglo XVII, con la irrupción del Barroco como estilo artístico que buscará, al unísono, emocionar y formar; todo ello será el fermento para que las hermandades cambien la manera de sacar a sus imágenes titulares, empleando para ello andas cada vez mayores e incluso añadiendo figuras secundarias que servirían para "teatralizar" pasajes de la Pasión y Muerte de Jesús reflejados en los Evangelios, imitando para ello el aspecto de las conocidas "carrozas" que salían en la multitudinaria procesión del Corpus Christi que cada año organizaba, y organiza, el Cabildo de la catedral hispalense. 

El problema de esas parihuelas, más grandes, era el peso y el que a lo mejor no hubiera cofrades físicamente preparados para el esfuerzo a realizar durante el recorrido procesional, de manera que, poco a poco, y a semejanza del Paso de la Custodia catedralicia, serán "mozos" asalariados los encargados de este menester, y lo serán "por dentro", esto es, bajo la parihuela, cubiertos su frente, trasera y costeros por los faldones, para que nadie pueda verlos y dar la sensación de que el Paso posee vida propia, gobernado por el capataz.

Dispuestas de manera transversal bajo la "mesa" del Paso, surgen las trabajaderas, mientras progresivamente se irán reduciendo los largueros exteriores con los que portar a hombros, para quedar convertidas en "maniguetas", simples apéndices decorativos en los cuatro zancos que recuerdan aquel antiguo modo de portar las andas. Curiosamente, en una fotografía de mediados del XIX realizada al Paso de Jesús Nazareno de la Hermandad del Silencio se puede apreciar con nitidez cómo las maniguetas aparecen forradas con una especie de almohadillas que quizá nos indiquen que aún iba "por fuera" algún portador cargando el peso de las andas, mientras bajo los faldones figuraba el resto de la cuadrilla. 


¿De dónde proviene el término "Manigueta"? Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua se trata de "mango de utensilios o herramientas", en cambio, en el Diccionario Marítimo Español de Martín Fernández de Navarrete, del año 1831 se la define de un modo que bien podría tener que ver con aquellos carpinteros de ribera que algunos sostienen fueron los autores de las primeras parihuelas de madera: 
"Pedazo de madera escuadrado y algo curvo, que va ensanchando hacia su cabeza, donde tiene o forma por cada cara un poco de arco saliente que viene a redondearse o terminar, por una y otras de las que habían de ser esquinas, en el centro de su tope, por cuyo medio se impide que se escurra o escape el cabo a que se da vuelta o en él se amarra."


Otra teoría, muy distinta,  nos llevaría a términos como "manija" o "manijero", con orígenes éste último en el ámbito rural y que se relaciona con el oficio de capataz al mando de una cuadrilla de agricultores. Poco o nada puede sacarse en claro sobre la procedencia de la palabra en cuestión, quizá sea ese parte del encanto que tal palabra posee en el léxico cofradiero.


En número de cuatro, rematando las esquinas de los respiraderos, se realizarán en diversos tipos de madera barnizada, en su color o dorada, en metales como la plata o el bronce (caso de la Quinta Angustia), forradas de terciopelo (Pasos de Cristo de la Vera Cruz y el Museo) o se inspirarán en detalles de la ciudad, como las del palio de la Estrella, repujadas a imitación los atlantes* diseñados por Delgado Brackembury para balcón principal de la casa número 11 de la calle Reyes Católicos, por la que transita cada Domingo de Ramos esta cofradía trianera; las más historicistas, las del palio de la Virgen de los Dolores de la Hermandad de las Penas de San Vicente, inspiradas en los pináculos de la fachada de la iglesia de San Esteban de Salamanca.

Cien años de diferencia. El Cristo de las Penas de la Hermandad de la Estrella en los años 20 del pasado siglo XX a su paso por la calle Reyes Católicos. Se pueden apreciar los atlantes del número 11. Foto cortesía del Archivo Barcaiztegui.

Los manigueteros desaparecerán durante el siglo XIX y principios del XX para luego, poco a poco, resurgir como papel simbólico, asidos a las maniguetas no sólo sin soportar peso, sino ocupando puestos de privilegio dada su cercanía con la imagen. Su atuendo será el de los penitentes, antifaz sin capirote y en algunas hermandades vestirán de forma distinta, como ocurre, por ejemplo, el palio de la Virgen de la Merced de la Hermandad de Pasión, usando el blanco hábito mercedario como recuerdo de la estancia de esta corporación en el convento Casa Grande de dicha orden, en el Valle o El Silencio la túnica será de terciopelo morado, mientras que en San Esteban, La Lanzada o la Sed emplearán los hábitos originales de las primeras salidas procesionales, sin capa. 


Como dato curioso, uno de los manigueteros de la Soledad de San Lorenzo será siempre descendiente del diseñador de dicho Paso, Santiago Martínez, ya que al no querer percibir cantidad alguna por su trabajo recibió como recompensa perpetua para él y su familia tal honor en mayo de 1951. Además, habrá hermandades que preferirán colocar en tal sitio a servidores vestidos de librea, como en la Quinta Angustia o Sagrada Mortaja, otras, directamente, no llevarán manigueteros, como la Borriquita, la Exaltación, la Macarena o el Santo Entierro y en otras figurarán pese a que el Paso carezca de ellas, como sucede en la Oración en el Huerto de Montesión. Sobre la designación de estos puestos, cada hermandad posee sus propios criterios y normas, primando la antiguedad en la nómina de hermanos o, en algunos casos, la recompensa por servicios prestados a la propia corporación, pero esa, esa ya es harina de otro costal. 

Glosario:

- Atlante: Columna con forma de hombre, bien de cuerpo entero, bien mediado por la cintura, que aparece en arquitectura sosteniendo algo. 







09 febrero, 2026

Al corriente.

Acercándonos ya a una nueva Cuaresma, las hermandades se aprestan un año más a celebrar sus cultos anuales, que culminarán con la salida de la cofradía en Estación de Penitencia en Semana Santa; desde tiempos inmemoriales, como se dice en estos casos, toda esta actividad cultual ha generado siempre gastos económicos importantes, cubiertos casi siempre, por aportaciones de diverso tipo, pero, para variar, vamos a lo que vamos.

Por estas fechas, en muchas casas de hermandad, se celebran los llamados Cabildos de Salida, que tras las oraciones de rigor y la lectura del acta del cabildo anterior suele comenzar con la pregunta, casi ritual, del hermano mayor a su junta de gobierno: "¿Salimos este año?" Contestada por aclamación positivamente por todos los oficiales, inmediatamente todas las miradas se dirigen al Mayordomo (siempre rodeado de papeles y cuentas) al que el máximo mandatario de la corporación interrogará casi protocolariamente: "¿Hay dinero?". Lo que ahora parece simple formalidad fue, durante mucho tiempo, asunto complicado y casi vital, ya que de la bonanza económica de las arcas de la hermandad dependía la salida o no de la cofradía cada año, dándose casos, incluso a comienzos del pasado siglo XX, de votarse la no salida de alguna hermandad debido a la escasez de recursos.

Durante siglos, las hermandades, muchas de ellas gremiales, actuaron como "mutuas", ya que además de ofrecer a sus miembros participar en una serie de actos litúrgicos, cuidaba de ellos durante su enfermedad, dotaba económicamente a sus hijas casaderas en algunos casos y, por supuesto, garantizaba que, una vez fallecido cristianamente, el hermano tuviera un entierro digno con cera, paño mortuorio de la hermandad, tumba o panteón corporativo (a veces) y misas por su alma.

Todos estos gastos eran sufragados por las "averiguaciones", o lo que es lo mismo, por las cuotas o limosnas que voluntariamente entregaban los cofrades para cubrir las necesidades de la tesorería de la hermandad. Como imaginará el lector, estas cuotas se pagaban en concepto de nuevo ingreso, para los cultos o para la salida de la cofradía, como recogían las Reglas de la Hermandad de las Tres Caídas de San Isidoro allá por 1788:

"Todo el que se recibiere de hermano contribuirá por una vez con la limosna de dos libras de cera y dos reales al Muñidor; debiendo todo hermano pedir una Demanda una vez al año para la Estación de nuestra Cofradía, y en caso de no pedirla, deberá dar una libra de cera para el propio efecto". 

Interesante resulta también el término "Demanda" que consistía en que los hermanos pedían ("demandaban") limosnas para su cofradía, ya de manera privada (con huchas o alcancías), ya en la calle, con la figura de los "Demandantes", que no eran otra cosa que hermanos nazarenos que portando "demandas", o bolsas rogaban un donativo a los que contemplaban el paso de la cofradía. Esta figura del demandante resultó muy controvertida por los abusos que cometían e intentó regularse, con poco éxito, en varias ocasiones a lo largo de la historia, como  en 1604 durante el mandato del cardenal Niño de Guevara:

"Que se quiten los muchachos que andan pidiendo en estas procesiones, y nuestros jueces no les consientan en manera alguna andar en ellas, pues no sirven más que de inquietar y quitar la devoción y quedarse para jugar con la limosna que les dan."

O como se procuró desde los sectores Ilustrados ya en el siglo XVIII, durante la estancia en nuestra ciudad del Asistente Pablo de Olavide, secundado por el cardenal Delgado Venegas, quien el 17 de marzo de 1777 dictó una serie de órdenes para regular a las cofradías, entre las que figuraba:

"Que los demandistas sean personas de maduro juicio y prudencia, usen de pocas voces y esto con modestia y devoción, y no sean muchachos." 

De manera simbólica, los "limosneros" hoy perviven delante de la cruz de guía de la Hermandad de los Negritos, quien los recuperó en 1993 con una función meramente presencial, ya que no recogen donativos. Del mismo modo, podemos recordar cómo otra hermandad bien distinta, la de la Santa Caridad, mantiene la costumbre de colocar una mesa petitoria los domingos por la mañana en la catedral de nuestra ciudad, justo antes de la salida por la Puerta de San Miguel.

Abundando en lo anterior, no podemos resistirnos a incluir un precioso y preciso pasaje de un artículo del canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón, procedente de su obra Cruz y Claveles (1920) donde en un imaginario recorrido en coche de caballos por una Sevilla en plena Cuaresma visita diversos lugares relacionados con la inminente Semana Santa, cuando, en un momento concreto de esa "ruta" la animada charla que mantiene con su acompañante "capillita" se ve interrumpida bruscamente por la aparición de otros cofrades, en este caso, de la llamada entonces Hermandad de la Piedad: 

" - ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!, ¡¡Echa la cortinilla, Rafael!!
- ¿¿...???
- ¡Los de Santa Marina, con la demanda!
- ¿Y a tí qué más te da un duro más o menos? ¿Vas a llevarte quizá los dinerales que tienes? ¡¡Para, cochero!!
- ¡Hola, señores!
- ¿Qué tal va esa demanda?
- Medianeja nada más... Doscientas pesetas próximamente, desde la una de la tarde.
- Pues no va mal... ¿Y se podría pasar un durejo por cabeza?
- ¡Figurese usté la pedrá en los dientes!  
- Pues vaya. 
- Pues vaya.
- ¡Pues Dios se lo pague a ustedes!
- Y a ustedes los pasos.
- ¡¡Anda!!...".

Hay que recordar que las aportaciones económicas se venían haciendo tanto en metálico como en especie, esto último con un elemento muy caro por aquellas calendas: la cera pura para culto, pesada en libras, equivalentes a unos 460 gramos de nuestros días. Además, existían también otras cantidades a abonar en concepto de "multas" por inasistencia a cabildos o procesiones, y éstas, para más inri, también podían abonarse de ambas maneras, como hemos podido leer en la Regla de la Hermandad de la Hiniesta de 1671, cuando se alude a las obligaciones del cofrade: 

"Tendrá obligación de asistir a todas las Fiestas que la Hermandad celebrare a nuestra Señora, especialmente a la que se le hace en septiembre, siendo para esta avisados por nuestro Muñidor: y la falta que en cualquiera de ellas se hiciere, no constando de ausencia o enfermedad, se multe en media libra de cera".

Aún sin cuentas corrientes ni domiciliaciones bancarias, sin ordenadores ni pagos con tarjeta, será la figura del cobrador, heredero del muñidor, quien acudirá a los domicilios de los hermanos para cobrar las cuotas, llevándose una pequeña comisión por ello. El efectivo quedaba depositado en la llamada "arca de tres llaves", que recibía tal nombre por poseer tres cerraduras diferentes, que podían ser abiertas únicamente por tres miembros de la junta de gobierno, depositarios de las tres llaves que facilitaban su apertura; en este tipo de arcas también se guardaban documentos importantes. En las antes referidas Reglas de la Hiniesta se alude al arca o caja y al sistema de contabilidad en estos términos:

"Y en dicha caja entrará todo el dinero que se cobrare de las rentas de la Hermandad, y de las demandas y limosnas que se le hicieren, y que sobrare de las misas sabatinas y platillos de domingos y días de fiesta, y se sacará lo que fuere necesario para los gastos precisos, uno y otro con la asistencia de los oficiales y tomando razón de todo el Secretario, poniendo con distinción de lo que procede cada partida que entrare y para que efecto es la que saliere."

Porque, por otra parte ¿Cuánto pagaba un cofrade allá por el siglo XIX? A modo de ejemplo aproximado, según los datos que se conservan, por citar un ejemplo, en hermandades como la Sagrada Mortaja, entonces en Santa Marina con apenas cien hermanos recaudaban unos dos mil reales anuales en concepto de cuotas, teniendo en cuenta que, por poner un ejemplo, sólo el importe de la cuadrilla de costaleros oscilaba entre los quinientos y seiscientos reales, de modo que casi no es necesario destacar la precariedad económica de hermandades pequeñas y de barrio. 

El importe de "demandas", "averiguaciones" (éste último término ya desaparecido) y papeletas de sitio, de las que hablamos en otra ocasión, era, como decíamos, insuficiente, lo que originaba que, salvo las cofradías más poderosas socialmente, las demás estuviesen muchas veces "a la cuarta pregunta" cuando llegaba la Cuaresma y el Hermano Mayor preguntaba aquello de "¿Salimos?"; en 1865, siendo alcalde Juan José García de Vinuesa (promotor de la demolición de las murallas y protagonista del episodio de la Piedra Llorosa), el consistorio comenzará a subvencionar la salida de las hermandades, buscando con ello una mayor presencia de público foráneo en las calles, algo que irá parejo con la colocación de las primeras sillas de pago en la Plaza de San Francisco, dando inicio, por así decirlo, a una nueva etapa en el mundillo cofradiero, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

26 enero, 2026

Un lugar explosivo.

Aprovechando una tregua entre borrasca y borrasca, entre ola de frío y ola de frío, en esta ocasión, en Hispalensia, nos vamos a dar un "garbeo" por una desaparecida zona que tuvo bastante importancia en lo militar y en lo industrial entre las Puertas del Osario y la del Sol; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Inventada en China, la pólvora (que significa "medicina de fuego", en chino mandarín) revolucionó la forma de hacer la guerra, de ahí que poseer los ingredientes necesarios para su fabricación fuera, en no pocas ocasiones, casi una cuestión de estado; su llegada a Europa es aún un enigma histórico, ya que mientras algunos autores sostienen que hizo su entrada a través del imperio bizantino, otros afirman que fue utilizada por primera vez en nuestro continente por los musulmanes, concretamente durante la defensa de las murallas de Niebla (Huelva), sitiadas por el rey Alfonso X el Sabio en 1262.  

Castillo de Niebla. Interior.

El salitre o Nitrato Potásico, junto con el azufre y el carbón vegetal, era necesario para la fabricación de la llamada pólvora negra, extrayéndose aquél en zonas ricas en cloruro de sodio y otros elementos y empleándose también para la creación de fertilizantes, pigmentos o esmaltes para la cerámica. La tierra con salitre quedaba colocada en grandes depósitos donde se calentaba con agua hirviendo para favorecer su disolución, para luego trasladarla a otro espacios donde cristalizaba, evaporaba y secaba, lista para mezclarse con los demás ingredientes en una especie de molino; de hecho, los hubo en Triana, en la zona del Puerto Camaronero desde el siglo XVI, con alguna que otra catastrófica explosión accidental, como la ocurrida en mayo de 1579 y que destruyó treinta casas. 

A todo esto, y dando un salto en el tiempo, en España y durante el devenir del siglo XVIII los diferentes monarcas de la recién llegada dinastía borbónica, aconsejados por un destacado grupo de políticos ilustrados, procuraron mejorar la situación de la nación, y para ello, entre otras medidas, abordaron la fundación o mejora de toda una serie de fábricas e industrias que buscaban tanto cubrir la demanda de productos que entonces eran adquiridos a otros países, como generar empleo e incluso convertirse en alternativa al viejo sistema gremial. Quizá uno de los mejores ejemplos en este sentido lo tengamos en Sevilla con la construcción e inauguración en 1757 de la magnífica obra Fábrica de Tabacos, que ganaba ostensiblemente espacio y producción abandonando la antigua sede, en la actual Plaza del Cristo de Burgos. 

La abundancia del Nitrato de Potasio o "Salitre" en la zona del arroyo Tagarete, entre el convento de la Trinidad y la zona cercana a la Puerta Osario, propició que el Rey Fernando VI ordenase erigir en dicha zona la llamada Real Fábrica de Salitre en torno a 1758, en la que se comenzaría a elaborar este elemento, primordial en la elaboración de la tan necesaria pólvora en unos tiempos en que la industria bélica también estaba más que presente en Sevilla con la Fundición de Artillería, creada en el siglo XVI pero que experimentará un fuerte impulso en el XVIII en un nuevo edificio que ahora es propiedad municipal y está destinado a usos culturales. 

Delimitada en rojo, la Fábrica de Salitre; arriba, puede distinguirse el curso del arroyo Tagarete.

Para conocer un poco mejor cómo fueron los comienzos de dicho establecimiento recurriremos a un vecino del barrio de San Roque, Leandro José de Flores, quien relatará en su obra sobre dicha collación (1817) algunos pormenores, indicando que el 14 de octubre 1762 se bendijo la capilla de la Real Casa del Salitre, no sin un curioso enfrentamiento entre los párrocos de San Roque y de Santa Lucía, pues alegaban tanto uno como otro que dicha capilla quedaba dentro de su feligresía y jurisdicción, quedando finalmente agregada a esta última; además, el 18 de ese mismo mes se produjo un derrumbamiento en la zona donde se construían las caballerizas, cayendo unos arcos con el fallecimiento de un operario y las heridas de otros tantos. Posteriormente, la fábrica contó con sus propios capellanes e incluso un presidio, lo que da idea del valor de lo que allí se elaboraba.

El mismo autor narra incluso cómo las tapias de la fábrica, en ocasiones, eran usadas para una macabra actividad, al mencionar cómo este sitio era:

"Donde se suelen arcabucear a los reos de muerte; en 13 de septiembre de 1769 a un soldado de los Miñones del cuartel de San Pedro, cuya justicia se ejecutó detrás del Salitre al pie del monte de la Cruz de los muertos; se enterró en Santa Lucía por mandado del juez castrense".

Quizá por lo alejado entonces del trajín de la ciudad y por la tranquilidad de la zona, tampoco era, por lo visto, mal lugar para duelos o desafíos entre contrincantes por cuestiones de honor, como el que tuvo lugar allí el 31 de mayo de 1731, durante el cual el Duque de San Blas y el Marqués de Leir, a solas y sin padrinos se acometieron ferozmente espada en mano, se hirieron mutuamente de gravedad, terminaron acogidos a sagrado en el cercano convento de la Trinidad y a los pocos días, el 13 de junio, acordaron hacer las paces o "amistarse", como solía decirse por aquellas calendas, o sea, "aquí paz y después gloria".

Por cierto, uno de los escasos testimonios gráficos de la Real Fábrica del Salitre nos lo proporciona un súbdito de su Graciosa Majestad, el británico Richard Ford, quien sobre 1831 toma unos apuntes desde la desaparecida Puerta del Sol, donde ahora mismo se encuentra la intersección de las calles Sol y Santa Lucía, antes de salir a la avenida de María Auxiliadora. En el dibujo, apenas esbozado, pueden apreciarse las instalaciones fabriles a ambos lados de la calzada, con la Giralda al fondo y lo que podría ser la iglesia del extinguido convento del Valle, ahora sede de la Hermandad de los Gitanos.


En 1844, Félix González de León describía así el lugar, ya desaparecido entonces, como veremos:

"La fábrica del salitre y construcción de pólvora era muy extensa; se dilataba desde el convento de la Trinidad y puerta del Sol, por uno y otro lado, hasta muy cerca de la Puerta del Osario. A la izquierda formaba un cuadrilongo cercado de paredes de seis varas de altura, con muchas ventanas con fuertes rejas de hierro y competentes puertas. En el centro muchas cuarteladas techadas de maderas y tejas sobre pilares de material, donde se acopiaba la tierra, y en multitud de tinas se ponía en infusión el agua, y se hacían otras maniobras. En el lado de frente, que por delante tiene pared con ventanas y puerta como la referida, y por dentro hay talleres para las manufacturas del ramo, grandes almacenes, oficinas de empleados, la pequeña capilla ya referida y unas cuantas casas de habitación para los directores, empleados y capataces de dicho establecimiento, todo muy amplio y diáfano; pero hoy no sirve para que se labró y está muy ruinoso."

La alusión al estado ruinoso de la fábrica tiene que ver con que la vida industrial del edificio experimentó un retroceso considerable debido a razones fundamentalmente mercantiles, ya que la Corona comprobó que la fabricación del salitre resultaba costosa y poco rentable; como alternativa, la Real Hacienda acordó arrendar la fábrica en 1818 a la familia Cárdenas, pero finalmente, la entrada en el mercado de pólvora inglesa, más barata, hará que el Salitre cierre sus puertas definitivamente en torno a 1840, siendo derribada la mayoría de sus edificios; será la llamada Pirotecnia Militar, en la zona de la Enramadilla, la que venga a sustituir a esta antigua fábrica que hemos venido comentando, pero esa, esa ya es harina de otro costal.



12 enero, 2026

La calle del Áncora (o del Ancla).

Entre estos fríos invernales, quizá sea buen momento, recién estrenado el año, para conocer un poco mejor una calle que se creó en el XIX con una sola acera, fue sede de una conocida posada, amén de estar en ella las residencias de una escritora y un torero; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

En antiguos padrones de 1665 se hace mención a la calle del Mesón de Ancla, que estaría entre la actual calle Arfe y el Paseo de Colón, o lo que es lo mismo, pegada al lado sur de la Plaza de Toros. Del nombre dado en el XVII se pasaría, en el XIX a la Acera del Áncora, término este sinónimo de Ancla, mientras poco a poco la calle va conformándose como parte extrema del barrio de la Carretería. Al parecer, muchos de los primeros edificios fueron construidos entre la mencionada posada y las cuadras del coso maestrante, aunque será su proximidad al puerto lo que le otorgue cierto valor ya que por ella se producía la entrada y salida de mercancías procedentes de los navíos surtos en el muelle o destinadas a embarcar en los mismos, de ahí la presencia de no pocos locales destinados a almacenar dichas mercaderías, tal como hemos comprobado, pues, por citar varios ejemplos, en 1871 tenían allí sus sedes la ferretería de Carlos Sironi, el almacén de coloniales de Francisco Santa-Cruz y los almacenes de hierros y aceros propiedades de José María Ibarra y los señores Lamarque y Compañía.

La actual calle Antonia Díaz en 1771. Plano de Olavide.

Precisamente, la proximidad del barrio de la Carretería y la existencia de estos almacenes hará que sean frecuentes las quejas sobre el aspecto que presentará la calle, especialmente en el XIX y comienzos del XX, como ha quedado recogido en algunas crónicas periodísticas de la época, como ésta de mayo de 1897 publicada en el diario local La Andalucía:

UN BARRIO ABANDONADO.

El famoso barrio de la Carretería sigue tan descuidado y tan sucio como de costumbre. Se conoce que al teniente del distrito le importa muy poco hacer cumplir las Ordenanzas municipales, o que los industriales que éstas son amigos del Usía del barrio y siguen en sus trece de interceptar la vía pública con barriles de aceitunas, ruedas de carros, caballerías atadas a las ventanas para herrarlas a la vista del público, etc., etc.

Es muy pintoresco el aspecto de la calle Antonia Díaz, con todos lo artefactos que mencionamos; y si salimos de esta vía principal y nos fijamos en las calles afluentes a la misma, y en las callejuelas que circundan la barriada mencionada, entonces sería cuento de nunca acabar, y las censuras, con ser grandes, resultarían pálido reflejo de la realidad (...) ¿Sería mucho pedir al Usía del distrito que mejorase las condiciones del desdichado barrio, que por incurias y torpezas está convertido en aduar marroquí?"

Dos incisos: en aquellos tiempos se solía llamar "Usía" al concejal como abreviatura de Vuestra Señoría, mientras que se denomina "aduar" al campamento de beduinos formado por chozas y tiendas. 

Anuncio en prensa local, 1877.

Álvarez-Benavides, en sus Curiosidades Sevillanas, narra que la Posada del Áncora estuvo ubicada en el número 19 y que fue muy popular por su antigüedad, conociéndose que el 9 de agosto de 1805 José Toscano, natural del pueblo onubense de Trigueros adquirió dicho establecimiento a la Hermandad de la Sangre, destacando también cómo en el número 9 había un pozo con aguas de tan excelente calidad que los aguadores que asistían a las corridas de toros llenaban sus cántaros en dicho lugar, sin olvidar que, al parecer, en el número 3 pervivió, hasta 1833, la casa original donde vivió el célebre matador de toros José Delgado Guerra, apodado "Pepe-Hillo", cuya cogida y muerte en la Plaza de Madrid en 1801 fue reflejada por Francisco de Goya en uno de sus conocidos grabados. Por cierto, se atribuyó tradicionalmente a Pepe-Hillo la colocación, en esta calle que visitamos, de un retablo con un lienzo representado la caída de Jesús en la calle de la Amargura, llamado entonces "el Señor del Baratillo", imagen que gozó de enorme devoción no sólo entre los vecinos, sino en toda la ciudad, como probaba la gran cantidad de flores, velas y exvotos que le eran ofrecidas.

Foto Reyes de Escalona.

A partir de 1892 la calle será denominada de Antonia Díaz, en honor a la poetisa del mismo nombre, nacida en Marchena en 1827 y casada en 1861 con el también poeta José Lamarque de Novoa, cuyo primer apellido ya ha aparecido un par de párrafos más arriba y que además era cónsul de Australia. Instruida en la educación de la época, quedó siempre en segunda línea por detrás de su marido, pero ello no fue obstáculo para que publicase numerosos artículos y poemas en diversas revistas literarias del momento, en un ambiente cultural que contaba con el telón de fondo de la presencia en Sevilla de la llamada "Corte Chica" de los Duques de Montpensier en el Palacio de San Telmo. 


Estudiada su figura por las profesoras Marta Palenque e Isabel Román de la Universidad de Sevilla,  se sabe que en 1867, tras un largo bagaje de composiciones líricas editadas en publicaciones diversas, editará su primer libro Poesías, en el que predominan la inspiración religiosa y la preocupación moral, mientras que en 1877 ve la luz Flores marchitas, publicado en dos tomos llenos de leyendas, canciones y poemas en métrica diversa. No serán sus únicos libros, llegando su marido a editar, de manera póstuma, una antología de su producción poética que incluyó textos inéditos.

El escritor José María de Cossío, conocedor de su obra, escribió sobre Antonia Díaz en estos términos:

"Fue merecido el singular prestigio de que gozara esta distinguida poetisa sevillana. Su espíritu piadoso, su concepto del papel de la mujer en la literatura, impidieron que desarrollara toda su capacidad poética que, sin duda, era muy grande. Las muestras que ofreció le aseguran un puesto preeminente entre las poetisas del siglo XIX, ciertamente fecundo en ellas. De aptitud literaria nada tenía que envidiar a las más eminentes". 

Desde 1872 el matrimonio de Lamarque y Antonia Díaz vivirá en la Alquería del Pilar, en Dos Hermanas, convertida en punto de encuentro para poetas y escritores, entre los que destacarán Luis Montoto, José y Mercedes de Velilla o un joven Juan Ramón Jiménez. Antonia Díaz fallecerá en 1892.

Foto Reyes de Escalona.

 Durante las primeras décadas del siglo XX proseguirán las quejas sobre el estado de la pavimentación de la calle y sobre la suciedad acumulada en la misma, manteniendo su actividad centrada en almacenes y comercios dedicados a hierros o maquinaria, así como algún tostadero de café y negocios típicos de barrios, como tiendas de ultramarinos o una barbería en el número 3, que en julio de 1934 sufrió un robo que quedó reflejado en la prensa local del momento en estos términos:

 "Un robo. En una peluquería establecida en la calle Antonia Díaz número 3 penetraron ayer tarde unos rateros que se llevaron treinta y dos navajas de afeitar, cuatro máquinas de pelar y varios frascos de esencia, valorado en trescientas cincuenta pesetas. El dueño del establecimiento, José Victorio García, presentó la correspondiente denuncia en la Comisaría de la calle Jesús".

Dos nuevos incisos: por fortuna, la peluquería permanece abierta, con el mismo apellido del dueño citado en el artículo, mientras que conviene indicar que la calle Jesús es, como algún lector habrá adivinado, la calle Jesús del Gran Poder; por cierto, en ese mismo año 1934 y en el número 31, comenzará a emitir su señal la radio oficial del Partido Comunista de España, gestionada por el militante Nicolás Crespo, miembro del comité provincial de dicho partido; en ese mismo edificio también tuvo su sede por aquellas fechas la Sección del Puerto perteneciente al Sindicato Unificado de Transportes.

En 1978 la autoridades municipales expropiarán el edificio situado en la desembocadura de la calle junto a la Plaza de Toros, sede de la consulta de otorrinolaringología del Doctor Alemán; derribado con la idea de dar más visibilidad al coso maestrante, el solar se convertirá en zona ajardinada dónde en 2001 se colocará una estatua dedicada al diestro Curro Romero realizada por el escultor Sebastián Santos Calero.

Foto Reyes de Escalona.

Terminamos; convertida ahora en una vía al servicio del turismo que visita el barrio del Arenal y la Plaza de Toros, repleta de bares, restaurantes y tiendas de souvenires, conserva un callejón, donde tuvo su casa y falleció, en 1998, el torero Antonio Ordóñez, llamado Iris sin que se sepa a ciencia cierta el por qué, que únicamente se convierte en calle cuando se abre la cancela que lo separa de la Plaza de Toros, ya que es el lugar por el que acceden a ella los matadores en días de corrida, pero esa, esa ya es harina de otro costal.