En esta ocasión, teniendo en cuenta las fechas en las que nos encontramos y comenzando este mes dedicado a difuntos, quizá sea momento de dar a conocer los comienzos de un lugar que muchos no desean ver ni de lejos, otros lo evitan lo más posible y algunos, los menos, lo visitan buscando paz y serenidad; pero, para variar, vamos a lo que vamos.
Hasta mediados del siglo XIX cuando un sevillano pasaba a mejor vida, lo usual era ser sepultado en su parroquia; dependiendo de su nivel socioeconómico podía disfrutar de un entierro con más o menos "latines" o con un enterramiento individual en zonas privilegiadas del templo, como capillas o bóvedas propias o incluso, si se lo podía costear, un sepulcro de mármol, como los que se pueden apreciar en la Catedral; los pobres de solemnidad tenían derecho a un enterramiento digno, aunque en la mayoría de los casos su última morada fuera una fosa común u osario, donde su cuerpo, apenas envuelto en una sábana, esperaría allí el fin de los tiempos.
En ocasiones, debido a epidemias, como la terrible Peste de 1649, las iglesias quedaban repletas de cadáveres, de ahí que fuera necesario recurrir a las plazas aledañas de las propias parroquias para convertirlas en improvisados camposantos, aunque hay que dejar reseñada la importancia del llamado Cementerio del Prado de San Sebastián, actual sector del barrio del Porvenir, que sirvió dar sepultura a miles de fallecidos por aquella tremenda mortandad. En abril de 1787 el rey Carlos III emitió una Real Cédula que prohibía el enterramiento en el interior de las iglesias y ordenaba la construcción de cementerios "fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera dificultad invencible o grandes anchuras dentro de ella, en sitios ventilados e inmediatos a las parroquias, y distantes de las casas de los vecinos y se aprovecharán para capillas de los mismos cementerios las ermitas que existan fuera de los pueblos, como se ha empezado a practicar en algunos con buen suceso".
Sin embargo, no será hasta el año 1849 cuando el Ayuntamiento tome la decisión de comenzar los trámites para construir un cementerio, escogiendo para ello los terrenos de la llamada huerta de Lérida, a 2.5 kilómetros de Sevilla, cercanos al Hospital de San Lázaro, a corta distancia del Hospital de las Cinco Llagas, entonces el único sanitario de la ciudad y ocupando en principio unas 20 hectáreas de superficie; las Ordenanzas del Cementerio, publicadas y firmadas por el entonces Alcalde de Sevilla, José María Rincón, resultan toda una declaración de intenciones que busca un nuevo concepto, a medio camino entre el jardín y el cementerio, teniendo en cuenta que a partir del 1 de enero de 1853 sería obligatorio que todas las sepulturas se realizasen allí:
"Su situación al norte de la ciudad, la distancia que lo separa de sus muros, la disposición de depositar los cadáveres debajo de tierra, el poblar su recinto y alrededores de multitud de árboles y plantas que oxigenen la atmósfera, neutralizando los efectos de las exhalaciones cadavéricas, harán que el nuevo cementerio no sea un foco de enfermedades, ya que ha de ser el punto donde se conservarán los despojos que estas alcancen en la lucha constante que sostienen con el género humano".
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| Cementerio. Modesto Urgell e Inglada 1878. Museo del Prado. |
Uno de los grandes cambios que supuso el nuevo cementerio , cuyos planos, como ha estudiado el profesor Rodríguez Barberán, ejecutó el arquitecto Balbino Marrón, fue la obligatoriedad del transporte de los féretros hasta el mismo, dándose la orden a todas las parroquias, excepto la de Santa Ana, con cementerio en Triana, de que los cuerpos de los fallecidos fueran transportados en féretros cerrados, en carruaje o a hombros, adjudicándose una Puerta de salida según la parroquia; así, por citar algunos, los de San Andrés lo harían por la Macarena, los de Santa Cruz por la de la Carne, los de San Pedro por la del Osario o los de San Román, por la del Sol. La cruz parroquial que encabezaría el entierro llegaría hasta la puerta correspondiente, prohibiéndose que el cortejo recorriese zonas concurridas; por su parte, los carruajes de acompañamiento tenían permitido llegar hasta poco antes de San Lázaro, no pudiendo continuar a partir de dicho punto.
Los funerales y entierros de quienes dejaban este mundo en la más absoluta pobreza ordenaba el Ayuntamiento fueran libres de gastos, mientras que se establecían unas tarifas concretas dependiendo de si la conducción era a hombros o en carruaje, siendo el más caro el llamado modelo número 7, al precio de 240 reales de la época y que consistía en dos caballos adornados con plumeros y mantas negras con galones y borlas de oro, llevando los criados guantes blancos y chaquetas y sombreros de copa negros; todo ello quedaba adjudicado a una empresa que tenía la exclusividad de este tipo de transportes inicialmente por seis años. Los empresarios eran José María González y Francisco de Paula Mezo y ambos se comprometían a construir siete carros fúnebres de distintos tipos, ("con toda solidez y el mejor gusto posible, pero con la diferencia que naturalmente debe haber entre ellos para proporcionar economía a las familias poco acomodadas y lujo y ostentación a las que quieran todo lucimiento"), así como el llevar a cabo el servicio de sepultureros.
El cementerio, según el Reglamento aprobado al efecto, contaba con sepulturas familiares, individuales y generales, dándose la posibilidad a los particulares de edificar panteones en terrenos adquiridos previamente y con diversas categorías según su tamaño, conservándose con esmero y colocados en zonas que se ajardinarán con "plantas que se distingan por su significación fúnebre, prohibiendo con especialidad las que produzcan alguna clase de fruto de los que se destinan al alimento del hombre".
Como curiosidad, se establecía un horario de apertura desde el amanecer hasta el toque de oraciones, prohibiéndose la presencia de público durante la noche y también la de animales, especialmente, perros. Para anunciar el cierre del camposanto era preceptivo el toque de campanas con quince minutos de antelación.
¿Con qué personal contaba el recién inaugurado cementerio? En primer lugar, quedó nombrado un capellán, que ostentaría la jefatura del lugar y se ocuparía de celebrar misa diaria en la capilla, realizar los responsos, disponer del necesario ajuar litúrgico, llevar registro escrito de los entierros y tener a sus órdenes a un capataz con sueldo de siete reales diarios, quien haría las veces de portero, sacristán y jefe de seguridad; a éste le auxiliarían de manera permanente dos guardas o jardineros, aseadamente vestidos y con vivienda en el interior, aunque sus familias residirán en el barrio de la Macarena y tendrán prohibido acompañarles en el recinto. Su misión consistiría en la vigilancia y la plantación y riego de diversas especies vegetales, como por ejemplo los clásicos cipreses; por último, un albañil se ocuparía del cierre de bóvedas y colocación de lápidas, teniendo permiso para residir fuera del cementerio aunque la obligación de entrar a trabajar a las seis de la mañana.
Según recogía la prensa local, el sábado 4 de diciembre de 1852 se bendijo en el palacio arzobispal la nueva campana destinada a la capilla del cementerio que comentamos, que fue solemnemente bendecido en una ceremonia que tuvo lugar el domingo siguiente, presidida por el Cardenal y Arzobispo Judas José Romo Gamboa y a la que acudió una gran cantidad de público que se mostró satisfecho con el nuevo camposanto, tal como reflejó el diario La Paz en su edición del 26 de junio de 1853:
"Debemos en honor a la verdad consagrar dos palabras a esta obra, que visitamos otra vez hace tres días. Si su inmensa pared nos parece todo un momento por sus condiciones de perfecta alineación, solidez y elegancia, la distribución interior de sus partes la reputamos también muy acertada. Los panteones subterráneos de familia y de algunas hermandades, única novedad que hemos notado ahora, completan un pensamiento que hace honor al arquitecto Marrón, aunque todavía no esté convenientemente desarrollado (...) De todos modos, la capilla, los caminos trasversales, la portada y los pabellones para el capellán y la sala de autopsias, son obras que no pueden dilatarse si el cementerio ha de aspirar figurar siquiera entre las regulares y bien concluidas".
En 1918, el escritor Eugenio Noel, en su obra Semana Santa en Sevilla escribirá sobre el camposanto hispalense en estos términos:
"No existe en Europa un cementerio más alegre. Esa luz latina barre como un aire sutil la lobreguez, entra por todas partes sin respeto a las sombras, venerandas tinieblas de la paz, lo descubre todo, ilumina vigorosamente las encrucijadas, ríe sin miedo, convierte en jardín el único y vastísimo patio. En otros camposantos vuestro guía es la tristeza; en éste, no habéis atravesado el umbral cuando ya la luz os coge de un brazo, os deslumbra, cantada en vuestro oído".
Terminamos. A lo largo de los años, el cementerio de San Fernando experimentará mejoras, ampliaciones, cambios e incluso poseerá su propio símbolo central, la rotonda dedicada al Cristo de las Mieles, obra de Antonio Susillo, quien será sepultado a sus pies, pero esa, esa ya esa harina de otro costal.




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