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08 julio, 2024

La calle del Clavel.

Aunque ya en otras ocasiones mencionamos calles con nombres de flores, esta vez vamos a poner el foco en una con una historia especial por haber tenido importantes moradores a lo largo de su historia, uno de ellos, descubridor de un elemento químico y el otro víctima de un atentado a las puertas de su casa en esta misma calle; pero como siempre, vayamos por partes. 

Entre las calles Alfonso XII y Monsalves, muy cerquita de la frondosa Plaza del Museo, la calle de la que hablamos se llamó, al menos desde el siglo XVIII del Clavel, llamada así, según González de León porque:

"En su acera derecha, entrando en el extremo que desemboca en Armas, había en remota fecha pintada una mano que parecía mostrar un clavel de grandes dimensiones, y se ignora si este capricho dio nombre a la vía, o ya teniéndolo esta originó la tosca pintura al fresco que dejamos mencionada. Sea como quiera, ello es lo cierto, que el nombre de Clavel a nuestro juicio, no tenía ningún origen que mereciera los honores de ser perpetuado". 

Finalmente, en 1848 la calle se rotulará con el nombre de un ilustre marino nacido en ella en 1716: Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, quien no sólo navegó por todo el mundo al servicio de la corona española, sino que mantuvo una más que interesante faceta como explorador y naturalista. Procedente de una familia de cierto abolengo, de origen zamorano, antepasados suyos habían sentado plaza como caballeros veinticuatro en el cabildo de la ciudad, mientras el padre de nuestro marino administró las fábricas de jabón que eran propiedad del ducado de Medinaceli. 

Retrato del Almirante Ulloa. Archivo de Indias.

Ulloa embarcó siendo prácticamente un chiquillo, a la edad de catorce años y como "aventurero" (tripulante sin derecho a sueldo) en el galeón San Luis, de la Flota de Tierra Firme, siendo discípulo del también sevillano teniente general Manuel López Pintado (que tuvo plaza junto a la parroquia de Santiago hasta no hace mucho), accediendo finalmente a los estudios que se impartían en la Academia de Guardamarinas.


Giro fundamental en su vida fue el tener la fortuna de participar en la expedición geodésica promovida por científicos franceses para la medición del meridiano terrestre y auspiciada por la corona española, quien concedió permiso para ello, con la condición de la presencia de dos guardamarinas que actuarían como colaboradores y cartógrafos y que serían ascendidos al grado de teniente de navío: Jorge Juan y Antonio de Ulloa. El viaje abarcó diversas latitudes y supuso para Ulloa el descubrimiento del Platino, metal al que en principio llamo "Platina". Fruto de aquellas travesías fue su impagable obra, a la limón con Jorge Juan, con un título un tanto largo, pero fundamental para entender el cometido de su labor: 

"Relación histórica del viaje a la América Meridional, hecho en orden de Su Majestad, para medir algunos grados del meridiano terrestre y venir por ellos en consecuencia con la verdadera figura y magnitud de la tierra con otras varias observaciones astronómicas y físicas, por Don Jorge Juan, Comendador de Aliaga en el Orden de San Juan, socio correspondiente de la Real Academia de las Ciencias de París, y D. Antonio de Ulloa, de la Real Sociedad de Londres. Ambos capitanes de fragata de la Real Armada. Impresa por orden del Rey Nuestro Señor, en Madrid por Antonio Marín, año de 1748"

A su regreso, el marino sevillano estuvo al frente de diversos mandos militares y misiones diplomáticas, fue hecho prisionero y liberado con honor por los ingleses aunque sin dejar de lado su curiosidad por todo y el deseo permanente de formarse, desde en cuestiones hidráulicas o mineras (administró las minas de Huancavelica en Perú) hasta científicas o geográficas, ostentando también el cargo de gobernador de Luisiana. Morirá de pulmonía en julio de 1795, siendo enterrado en San Fernando (Cádiz), donde una placa le recuerda en el Panteón de Marinos Ilustres.

No descuidó a su ciudad natal, ya que el compromiso con Sevilla quedó plasmado en 1752 mediante la elaboración de un proyecto de malecones para la Puerta de la Barqueta, con el que se pretendía encauzar las aguas del Guadalquivir en tiempo de riadas y evitar, así, las constantes inundaciones que tenían lugar en esta zona de la ciudad cuando el río se desbordaba. 

Cambiamos de época, pero no abandonamos la calle Almirante Ulloa.

Es un gélido sábado de enero de 1920, a eso de las ocho de la noche. De regreso a casa, un vecino de esta calle, arrebujado en su gabán y calado el sombrero por el frío reinante, nota la presencia de varios individuos. Unos parecen esperar algo o a alguien, apostadps en las esquinas, mientras otros parece le están aguardando ante la cancela de acceso a su domicilio. No tiene tiempo material para reaccionar. Dos (o quizá tres) fogonazos y detonaciones rompen la noche, mientras puede oír el silbido de los proyectiles rozando su cuerpo e incluso, una de las balas casi da en el blanco, atravesando de parte a parte una de las mangas de su gabán. Ileso, milagrosamente ileso. Precipitadamente, los agresores (que luego las criadas de la víctima afirmarán haber visto merodear la calle durante toda la jornada) se dan a la fuga y en su huida se enfrentan a tiros con un comandante de Infantería que acierta a pasar por allí, de nombre Pedro Gómez Loigómar, y que usa su arma reglamentaria, sin que se produzcan heridos. Imposible capturarles. Los vecinos, alertados por los disparos, se asoman a ventanas y balcones e incluso algún viandante corre hacia la víctima, que milagrosamente ha salido ilesa del atentado. 

El superviviente es, ni más ni menos, que el arquitecto Aníbal González, figura clave para entender todo el ciclo histórico de la Exposición Iberoamericana de 1929, de la que fue diseñador y a la que se entregó en cuerpo y alma. Una huelga obrera, un clima social enardecido por las malas condiciones laborales y la propia popularidad del arquitecto, que él siempre ha rehuido, han sido caldo de cultivo para este intento de homicidio que a la mañana siguiente impresionará vivamente a toda la ciudad, tanto, que hasta se convocará una concentración ciudadana de repulsa a las puertas del Gobierno Civil, entonces situado a espaldas de la Plaza Nueva, en la calle Madrid. Como testimonio de la tentativa de asesinato, en la pared de la calle Almirante Ulloa aparecieron unas extrañas marcas, una media luna con tres cruces, quizá especie de código para que los pistoleros reconociesen la vivienda del arquitecto y que la prensa madrileña comparó con otras similares registradas en Barcelona, dándole significación "cabalística". 

Repuesto del susto, el arquitecto proseguirá con su infatigable labor, mientras la policía comenzará sus pesquisas, dando como resultado la detención de varios sospechosos, pertenecientes al sindicato de albañiles, entonces radicado en la calle Peral; se trataba de Manuel Carreras de la Osa, presidente de dicho sindicato y tres obreros afiliados al mismo: Juan Negroles,  Fernando Carmona y Miguel Cala, siendo el primero de estos tres identificado como autor de los disparos; todos habían puesto tierra de por medio fuera de Sevilla tras el suceso pero, como decíamos, puestos finalmente a disposición judicial.


Por cierto, en esta misma calle ya existía un edificio de estilo modernista, gemelo a otro en Alfonso XII, diseñado por el propio Aníbal González, construido entre 1905 y 1906 para Laureano Montoto con gran despliegue de materiales como el ladrillo rojo, la forja y la cerámica, sin olvidar cierto historicismo decorativo, valga como ejemplo la serie de dragones que sostienen los balcones, pero esa, esa ya es otra historia.