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27 julio, 2026

Por la Puerta la Carne.

En esta ocasión, en Hispalensia y siempre "por la sombrita", vamos a trasladarnos para descubrir una calle en pleno barrio de la Judería, muy vinculada al Martes Santo, donde se dice hay una casa en la que durmió un rey y que incluso conserva, en sus entrañas, testimonio funerario de épocas pasadas; pero, para variar, vamos a lo que vamos. 

Partimos de la base de que su nacimiento como calle tuvo que ver con el hecho de surgir como vía paralela e interior a la muralla almohade, pues extiende sus extremos entre dos plazas: desde la de los Refinadores (donde el monumento a Don Juan Tenorio) a la de los Curtidores, no lejos de la parroquia de San Bartolomé. Por esta circunstancia, recibirá el nombre (poco original por otra parte) de Muro, Muro de la Carne o Muro de la Puerta de la Carne, hasta que con el derribo del mencionado lienzo de muralla en el siglo XIX pasó a llamarse Calle del Retiro, quizá por asimilación con la cercana Huerta del Retiro, zona ocupada ahora por los actuales Jardines de Murillo, creados a comienzos del XX.


En 1917 pasará a llamarse Cano y Cueto, pero ¿Quién este este señor con apellidos tan sonoros? Aunque nacido en Madrid allá por 1849, siendo un niño se trasladó a Sevilla con su familia, donde no llegó a terminar sus estudios de Derecho. Huérfano desde joven y dotado de muy buena capacidad para la escritura, tanto en prosa como en verso, no tardó en convertirse en articulista habitual en los diarios sevillanos del momento, sin olvidar su profundo amor por nuestra ciudad, plasmado en sus numerosos textos dedicados a sus leyendas y tradiciones, con varios libros de esta temática en su haber. Tampoco ignoró la política, perteneciendo como diputado monárquico al Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo y llegando a ostentar el cargo de gobernador civil en varias capitales de provincia andaluzas, entre ellas Sevilla. Además, fue miembro de la Academia de Buenas Letras (1886) y presidente del Ateneo de Sevilla, lo que da idea de su fecunda vida cultural. Lo olvidábamos, gran admirador de Alejandro Dumas y Víctor Hugo, como curiosidad, fue traductor al español de la obra del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, en concreto sus "Historias Extraordinarias", en el año 1871, contando sólo con 21 años de edad. En el prólogo de una de sus obras se justificaba sobre su atrevimiento al escribir sobre Sevilla:
"No soy sevillano. Pero aquí, en esta ciudad, he pasado toda mi vida. Sevillana es la mujer cuya hermosura hechiza mis ojos y cuya virtud enamora mi alma. Sevillano es mi hijo, consuelo de todos mis dolores. Sevillana es la tierra que guarda las cenizas de mis padres. No soy sevillano, pero merezco serlo; siquiera porque he dedicado toda mi actividad y toda mi inteligencia, en trabajo tan rudo como estéril, a ensalzar, en desapacibles, pero entusiastas himnos, todo cuanto en Sevilla fue, todo lo que yace en el olvido, todo su pasado. Más generoso que amar a los vivos es amar a los muertos. Y a los muertos sevillanos he consagrado amor invencible." 

 

Calle de paso para acceder a la zona norte del Barrio de Santa Cruz por Refinadores, posee varios edificios dignos de mención, destacando el que hace esquina con la calle Santa María la Blanca, en cuyo número 17 se conserva una interesante casa con tres plantas y un peculiar  mirador "de silla", a semejanza de los que pueden hallarse en el casco antiguo de Cádiz y que, sobrepasando en altura a la muralla, nos habla de la proximidad a la Puerta de la Carne y al Matadero y de la posibilidad de hacer de "vigía" para avisar quizá de la llegada de mercancías o personas importantes. El historiador Joaquín González Moreno descubrió que el mirador, barrocamente decorado, dataría en torno al siglo XVIII, aunque la parcela, cuya construcción primitiva no ha llegado por desgracia hasta nosotros, sería mucho más antigua, en concreto del XVI y habría sido, en principio, propiedad del Hospital de San Cosme y San Damián, popularmente conocido como de las Bubas. El citado historiador, además, aludía a otro mirador, en este caso ubicado en la calle de Santa Lucía de El Puerto de Santa María como quizá referencia para éste que relatamos. 

Seguimos hablando de arquitectura: sería pecado no destacar el número 1 de la calle que comentamos, ejecutado bajo planos de Aníbal González: la Casa Prieto, construida entre 1915 y 1919 y de la que destaca, aparte del habitual uso del ladrillo, la cerámica y la forja, su magnífica balconera acristalada o "cierro", que sobresale casi como un espigón en la esquina y se sostiene por un dinámico juego de ménsulas o apoyos en forma de "S" realizados en forja. Del mismo modo, destaca su interior, con un precioso patio de columnas en torno al cual se articula la distribución de los diferentes espacios, todo ello en un momento en el que triunfa el estilo regionalista amparado por las élites culturales y políticas de la ciudad que aguardaban la Exposición Iberoamericana como "agua de mayo", dentro de su regeneracionismo. 


Por cierto, si al comienzo mencionábamos el pasado judío de este sector, habría que resaltar su importancia como cementerio hebreo, algo que puede comprobarse in situ si bajamos hacia el parking cuya entrada se encuentra casi al lado del arranque del cercano Paseo de Catalina de Ribera. Una vez usado el acceso peatonal, sorteando con cuidado el tráfico, encontraremos, junto a la plaza de aparcamiento número 63 una tumba que permanece intacta en su ubicación original y que fue hallada, junto con otras, durante la excavación arqueológica dirigida por Isabel Santana en 1992; del denominado tipo "lucillo", datable entre el siglo XIII y el XV y orientación oeste-este, está configurada por varias hiladas de ladrillo y rematada por una bóveda de medio cañón compactada con arcilla y a veces con cascotes. Al parecer, se hallaron restos de clavos o puntillas, señal del uso de ataúdes de madera.


Terminamos, y lo hacemos mencionando el número 7 de la calle, ahora restaurado y perteneciente al siglo XVII:la tradición popular marca que el azulejo que corona su fachada (del siglo XVIII), con la imagen del Rey San Fernando alude a que el monarca castellano durmió en este inmueble, entonces posada, la noche antes de su entrada en Sevilla allá por 1248. En uno de sus bajos comerciales se aloja un célebre puesto de "calentitos", fundado antes de 1860 y que durante un tiempo combinó esta actividad con la venta de joyería realizada en ámbar, justo al lado del conocido restaurante Modesto, con raíces en la onubense Villalba del Alcor y que va ya por la tercera generación al frente de sus fogones; en definitiva, calle antigua y moderna a la vez, que cada noche de Martes Santo luce como nunca al paso de la Hermandad de la Candelaria tras su paso por los Jardines de Murillo, en un itinerario que ha cumplido ya cien años, pero esa, esa ya es harina de otro costal.

08 julio, 2024

La calle del Clavel.

Aunque ya en otras ocasiones mencionamos calles con nombres de flores, esta vez vamos a poner el foco en una con una historia especial por haber tenido importantes moradores a lo largo de su historia, uno de ellos, descubridor de un elemento químico y el otro víctima de un atentado a las puertas de su casa en esta misma calle; pero como siempre, vayamos por partes. 

Entre las calles Alfonso XII y Monsalves, muy cerquita de la frondosa Plaza del Museo, la calle de la que hablamos se llamó, al menos desde el siglo XVIII del Clavel, llamada así, según González de León porque:

"En su acera derecha, entrando en el extremo que desemboca en Armas, había en remota fecha pintada una mano que parecía mostrar un clavel de grandes dimensiones, y se ignora si este capricho dio nombre a la vía, o ya teniéndolo esta originó la tosca pintura al fresco que dejamos mencionada. Sea como quiera, ello es lo cierto, que el nombre de Clavel a nuestro juicio, no tenía ningún origen que mereciera los honores de ser perpetuado". 

Finalmente, en 1848 la calle se rotulará con el nombre de un ilustre marino nacido en ella en 1716: Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, quien no sólo navegó por todo el mundo al servicio de la corona española, sino que mantuvo una más que interesante faceta como explorador y naturalista. Procedente de una familia de cierto abolengo, de origen zamorano, antepasados suyos habían sentado plaza como caballeros veinticuatro en el cabildo de la ciudad, mientras el padre de nuestro marino administró las fábricas de jabón que eran propiedad del ducado de Medinaceli. 

Retrato del Almirante Ulloa. Archivo de Indias.

Ulloa embarcó siendo prácticamente un chiquillo, a la edad de catorce años y como "aventurero" (tripulante sin derecho a sueldo) en el galeón San Luis, de la Flota de Tierra Firme, siendo discípulo del también sevillano teniente general Manuel López Pintado (que tuvo plaza junto a la parroquia de Santiago hasta no hace mucho), accediendo finalmente a los estudios que se impartían en la Academia de Guardamarinas.


Giro fundamental en su vida fue el tener la fortuna de participar en la expedición geodésica promovida por científicos franceses para la medición del meridiano terrestre y auspiciada por la corona española, quien concedió permiso para ello, con la condición de la presencia de dos guardamarinas que actuarían como colaboradores y cartógrafos y que serían ascendidos al grado de teniente de navío: Jorge Juan y Antonio de Ulloa. El viaje abarcó diversas latitudes y supuso para Ulloa el descubrimiento del Platino, metal al que en principio llamo "Platina". Fruto de aquellas travesías fue su impagable obra, a la limón con Jorge Juan, con un título un tanto largo, pero fundamental para entender el cometido de su labor: 

"Relación histórica del viaje a la América Meridional, hecho en orden de Su Majestad, para medir algunos grados del meridiano terrestre y venir por ellos en consecuencia con la verdadera figura y magnitud de la tierra con otras varias observaciones astronómicas y físicas, por Don Jorge Juan, Comendador de Aliaga en el Orden de San Juan, socio correspondiente de la Real Academia de las Ciencias de París, y D. Antonio de Ulloa, de la Real Sociedad de Londres. Ambos capitanes de fragata de la Real Armada. Impresa por orden del Rey Nuestro Señor, en Madrid por Antonio Marín, año de 1748"

A su regreso, el marino sevillano estuvo al frente de diversos mandos militares y misiones diplomáticas, fue hecho prisionero y liberado con honor por los ingleses aunque sin dejar de lado su curiosidad por todo y el deseo permanente de formarse, desde en cuestiones hidráulicas o mineras (administró las minas de Huancavelica en Perú) hasta científicas o geográficas, ostentando también el cargo de gobernador de Luisiana. Morirá de pulmonía en julio de 1795, siendo enterrado en San Fernando (Cádiz), donde una placa le recuerda en el Panteón de Marinos Ilustres.

No descuidó a su ciudad natal, ya que el compromiso con Sevilla quedó plasmado en 1752 mediante la elaboración de un proyecto de malecones para la Puerta de la Barqueta, con el que se pretendía encauzar las aguas del Guadalquivir en tiempo de riadas y evitar, así, las constantes inundaciones que tenían lugar en esta zona de la ciudad cuando el río se desbordaba. 

Cambiamos de época, pero no abandonamos la calle Almirante Ulloa.

Es un gélido sábado de enero de 1920, a eso de las ocho de la noche. De regreso a casa, un vecino de esta calle, arrebujado en su gabán y calado el sombrero por el frío reinante, nota la presencia de varios individuos. Unos parecen esperar algo o a alguien, apostadps en las esquinas, mientras otros parece le están aguardando ante la cancela de acceso a su domicilio. No tiene tiempo material para reaccionar. Dos (o quizá tres) fogonazos y detonaciones rompen la noche, mientras puede oír el silbido de los proyectiles rozando su cuerpo e incluso, una de las balas casi da en el blanco, atravesando de parte a parte una de las mangas de su gabán. Ileso, milagrosamente ileso. Precipitadamente, los agresores (que luego las criadas de la víctima afirmarán haber visto merodear la calle durante toda la jornada) se dan a la fuga y en su huida se enfrentan a tiros con un comandante de Infantería que acierta a pasar por allí, de nombre Pedro Gómez Loigómar, y que usa su arma reglamentaria, sin que se produzcan heridos. Imposible capturarles. Los vecinos, alertados por los disparos, se asoman a ventanas y balcones e incluso algún viandante corre hacia la víctima, que milagrosamente ha salido ilesa del atentado. 

El superviviente es, ni más ni menos, que el arquitecto Aníbal González, figura clave para entender todo el ciclo histórico de la Exposición Iberoamericana de 1929, de la que fue diseñador y a la que se entregó en cuerpo y alma. Una huelga obrera, un clima social enardecido por las malas condiciones laborales y la propia popularidad del arquitecto, que él siempre ha rehuido, han sido caldo de cultivo para este intento de homicidio que a la mañana siguiente impresionará vivamente a toda la ciudad, tanto, que hasta se convocará una concentración ciudadana de repulsa a las puertas del Gobierno Civil, entonces situado a espaldas de la Plaza Nueva, en la calle Madrid. Como testimonio de la tentativa de asesinato, en la pared de la calle Almirante Ulloa aparecieron unas extrañas marcas, una media luna con tres cruces, quizá especie de código para que los pistoleros reconociesen la vivienda del arquitecto y que la prensa madrileña comparó con otras similares registradas en Barcelona, dándole significación "cabalística". 

Repuesto del susto, el arquitecto proseguirá con su infatigable labor, mientras la policía comenzará sus pesquisas, dando como resultado la detención de varios sospechosos, pertenecientes al sindicato de albañiles, entonces radicado en la calle Peral; se trataba de Manuel Carreras de la Osa, presidente de dicho sindicato y tres obreros afiliados al mismo: Juan Negroles,  Fernando Carmona y Miguel Cala, siendo el primero de estos tres identificado como autor de los disparos; todos habían puesto tierra de por medio fuera de Sevilla tras el suceso pero, como decíamos, puestos finalmente a disposición judicial.


Por cierto, en esta misma calle ya existía un edificio de estilo modernista, gemelo a otro en Alfonso XII, diseñado por el propio Aníbal González, construido entre 1905 y 1906 para Laureano Montoto con gran despliegue de materiales como el ladrillo rojo, la forja y la cerámica, sin olvidar cierto historicismo decorativo, valga como ejemplo la serie de dragones que sostienen los balcones, pero esa, esa ya es otra historia.